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jueves, 14 de enero de 2016

Leer juntos Hoy: 'Las reputaciones', de Juan Gabriel Vásquez

Grupo de lectura I "Leer juntos Hoy" del IES Goya
Sesión del 14 de diciembre de 2015
Obra comentada: Las reputaciones, Alfaguara, 2013
Autor: Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973)


Poco partidario de repetir fórmulas narrativas, Juan Gabriel Vásquez se enfrenta en Las reputaciones  al reto de escribir una novela breve (139 páginas) que, pese al cambio de género, comparte las obsesiones de sus obras anteriores: el pasado y la memoria; pero, a diferencia de las primeras —Los informantes, Historia secreta de Costaguana y El ruido de las cosas al caer—, no se ocupa de la memoria colectiva, de la historia de Colombia, ni de su influencia en la vida de los individuos, sino que constituye una “narración íntima con una memoria personal y privada”.

Galardonada con el Premio Real Academia Española en su edición de 2014, es una interesante novela, no solo por la actualidad de los temas tratados, sino por el dibujo   de los personajes, su impecable estructura y  su estilo brillante. Una novela breve sobre la que, no obstante,  se podría hablar durante horas, y de la que  en nuestra tertulia comentamos lo que sigue: 

La acción de Las reputaciones arranca la tarde de un miércoles del año 2010 (setenta y nueve años después del suicidio del dibujante Ricardo Rendón en 1931) para narrarnos tres días (o, más exactamente, cuarenta y ocho horas) en la vida de Javier Mallarino, un hombre de sesenta y cinco años que, tras cuatro décadas de brillante carrera, se ha convertido en el caricaturista político más influyente de su país. A lo largo de esa tarde en que es objeto de un homenaje oficial, Mallarino hace un recorrido por su pasado, desde que a los veinticinco años, cuando parecía abrirse ante él un prometedor futuro como pintor, contrae matrimonio con Magdalena y se inicia en el ejercicio de la caricatura como medio de subsistencia. El homenaje público propiciará el encuentro con la joven Samanta Leal, que le obligará a “hacer memoria”, a mirar hacia atrás y traer al presente un oscuro episodio olvidado cuya evocación cambiará  la visión que Mallarino tiene de su pasado y provocará un vuelco en la vida del dibujante.
Sentado frente al parque Santander de Bogotá, Mallarino cree ver el fantasma 
del caricaturista Ricardo Rendón, su maestro

El centro de la  ciudad de Bogotá (el parque Santander, la carrera Séptima, el teatro Colón, la plaza de toros  Santamaría…)  y la casa de la sierra adonde se traslada Mallarino a principios de los ochenta componen el escenario por el que transitan los personajes de ficción creados por Vásquez, quienes cobran mayor verosimilitud al cruzarse con figuras reales (el pintor Alejandro Obregón, el futbolista Apolinar Paniagua, la escultora Feliza Bursztyn o el torero Antoñete) y al ser testigos de acontecimientos históricos que Mallarino refleja en sus caricaturas, pues el dibujante “asociaría cada suceso importante de su vida a la caricatura que estuviera haciendo en ese momento (los pómulos sin ojos del guerrillero Tirofijo, secuestrador del cónsul holandés, evocarían siempre el primer cáncer de su padre; el mentón inexistente y el cuello de ganso del enfermo Francisco Franco, el nacimiento de su hija Beatriz” (pág.30). Así, mediante sus dibujos, Mallarino, como los personajes de Galdós, va relacionando los sucesos de su vida con los acontecimientos históricos.

Ricardo Rendón  (revistacorrientes.co)
Las reputaciones es, ante todo,  una novela sobre la memoria que cuestiona la certeza que tenemos sobre nuestros recuerdos. Pero es también una novela sobre el olvido, su contrario, "lo único democrático en Colombia": el olvido en que ha caído el gran caricaturista Ricardo Rendón, que evidencia  lo efímero de la fama (“También de mí se olvidarán un día”, piensa Mallarino); pero también el voluntario silencio de que rodeamos determinados hechos para, una vez olvidados por los demás, poder olvidarlos nosotros, pues la memoria tiene “la capacidad maravillosa de acordarse del olvido, de su existencia y su acecho, y  así nos permite mantenernos alerta cuando no queremos olvidar  y olvidar cuando lo preferimos” (pág. 137). La memoria no es solo el tema principal de la novela sino que los recuerdos del protagonista constituyen, en gran medida, la materia que conforma la narración.  La importancia de la memoria se subraya mediante la cita  de Alicia en el País de las Maravillas (“Es muy pobre la  memoria que solo funciona hacia atrás”) que acude a la mente de Mallarino de forma recurrente sin que recuerde su procedencia ni logre hasta el final comprender su significado. 
   Las dos primeras partes de la novela se centran en la memoria del pasado. En la primera parte, el repaso de su vida, en la que las facetas profesional y  familiar se encuentran estrechamente relacionadas, hace de Mallarino  un hombre satisfecho: convertido en la conciencia moral de su país, reconocido por todos y dueño de ese inmenso poder que persiguió durante años. Todo (pérdida de amigos y familiares, censura, amenazas, ruptura con Magdalena…) ha merecido la pena para él  en esa lenta escalada profesional, una línea ascendente que parte de una situación inicial de ninguneo y desprecio y se eleva hasta alcanzar el respeto y la consideración de los demás, hasta ganarse su buena reputación. Por si fuera poco,  el reencuentro con su exmujer le hace concebir la esperanza de una próxima  reconciliación. La ausencia de Beatriz, su hija, el día del homenaje parece ser la única sombra que empaña su momento de gloria. Sin embargo, el despreocupado comentario de Magdalena sobre la foto de Mallarino en El Espectador del día siguiente —“si el fotógrafo estaba pensando en Citizen Kane, el modelo estaba pensando en el Titanic” (pág. 43)—  parece anticipar lo que ocurrirá después.
   En la segunda parte, a petición de Samanta Leal, Mallarino  hace memoria sobre un suceso olvidado durante veintiocho años,  un suceso clave en la novela, donde ocupa la parte central y abarca más de veinte páginas. Había ocurrido  en julio de 1982, durante la fiesta de inauguración de la casa de la montaña, y nunca se había vuelto a hablar de lo sucedido. Samanta  (amiga del colegio de Beatriz, olvidada también) aparecía como víctima del turbio suceso en el que se vio  implicado un hombre despreciado por Mallarino: el congresista conservador Adolfo Cuéllar, quien dos días después protagoniza la caricatura de Mallarino. Este recuerda también las noticias y rumores que, sobre la vida de Cuéllar, circulan en los meses posteriores: su renuncia como congresista, el divorcio, su trágico final;  y la censura de Magdalena  por la reacción de Mallarino al ser informado del suicidio de Cuéllar: "Estás orgulloso y yo no puedo entenderlo. Estás orgulloso y ya no sé quién eres. No sé quién eres, pero una cosa sé: que no quiero estar aquí . No quiero estar contigo. No quiero que Beatriz esté contigo. Te quiero lejos de ella y lejos de mí. Te quiero lejos, lejos, lejos" (pág. 39). Palabras que confirman lo que ya habíamos intuido en la primera parte: la oposición entre la trayectoria profesional de Mallarino y su vida familiar, el alto precio que ha pagado por sus triunfos.
   En la  tercera parte, tras la comida en la que  Magdalena echa por tierra definitivamente sus esperanzas de
Caricatura del rey Louis- Philippe, de Daumier, 1834
reconciliación y mientras se dispone a entrevistarse con la que fue esposa de Cuéllar, Mallarino (como la caricatura de Louis-Philippe de la pared de su estudio) contempla su pasado, su presente y su futuro, y comprende que  ya no hay nada que lo una al pasado y que el presente es un estorbo; por tanto, "Todo era cuestión de ver el futuro, de saber verlo con claridad y deshacernos por un instante de nuestra propensión al engaño [...]" (pág.137). A la luz del pasado recuperado, ya sin engaños ni olvidos, planifica, imagina, "recuerda", su futuro, lo que ha decidido hacer esa misma noche en su casa de la montaña. 


Estrechamente relacionado con la memoria y el pasado  está  otro de los temas de la novela, la responsabilidad moral de los creadores de opinión. Javier Mallarino en su discurso del teatro Colón sostiene que "las caricaturas pueden exagerar la realidad, pero no inventarla. Pueden distorsionar, nunca mentir" (pág. 41). Y durante la conversación con Samanta expresa el alto concepto que tiene de su profesión: se considera un humanista, no un chismógrafo, que cuenta a la gente lo que pasa y da una versión distinta a la de los políticos porque "no podemos confiar en ellos, no podemos quedarnos con su versión" (pág. 50). 
   La carta de protesta firmada por los Amigos del congresista Adolfo Cuéllar recibida en el diario tras la publicación de la caricatura, refuerza la seguridad de Mallarino pues confirmaba, en  su opinión, lo que el dibujo sugería. Meses más tarde, cuando un grupo de periodistas le informa del suicidio de Cuéllar y uno de ellos, después de expresar el convencimiento de todos de que la caída en desgracia del congresista comenzó con la caricatura de Mallarino, le pregunta si se siente responsable de su muerte, la respuesta del dibujante no deja lugar a dudas: "Por supuesto que no, dijo. Ninguna caricatura es capaz de algo semejante" (pág. 98). 
   Sin embargo, las palabras de Rodrigo Valencia  ("Porque si ella no sabe, usted tampoco"), cuando Mallarino le pide la dirección y el teléfono de la viuda de Cuéllar para ayudar a Samanta porque  no sabe, no recuerda lo sucedido aquel día, ponen en evidencia algo que el caricaturista no había admitido o no se había atrevido a verbalizar hasta entonces: que lo que no  sabía ahora era algo  sobre lo que tuvo certeza en el pasado y de lo que  hizo una caricatura. "De manera que las certezas adquiridas en algún momento del pasado podían dejar de ser certezas con el tiempo: algo podía suceder, un hecho fortuito o voluntario, y de repente toda evidencia quedaba invalidada, lo verdadero dejaba de ser verdadero, lo visto dejaba de haber sido visto y lo ocurrido de haber ocurrido [...]" (pág. 110).
   Las certezas de Mallarino  se han derrumbado, y Rodrigo Valencia comprende que lo que pretende, en realidad,
Monumento a Uribe, en el Parque Nacional,
frente al lugar de trabajo de doña Carmenza
entrevistándose con la que fue mujer de Cuéllar es confirmar que no se equivocó al hacer la caricatura. Mallarino acaba por aceptar lo que negó antes, su responsabilidad en la muerte de Cuéllar: "Él simplemente había puesto en marcha el mecanismo, sí, él había encendido el fuego y luego se había calentado las manos..." (pág. 135), y decide obrar en consecuencia. Admite que Rodrigo Valencia tenía razón al advertirle de que la entrevista con la mujer es un gran error ya que, si esa conversación se producía, fuera cual fuera su contenido,  "dejaría de ser la autoridad moral que era en ese momento para convertirse en un barato mercader de rumores, un francotirador de las reputaciones ajenas" (pág. 136),  porque lo importante ya no sería la verdad sobre lo sucedido en el pasado sino las dudas de Mallarino y lo que  revelaban: que hizo el dibujo sin haber visto realmente lo sucedido;  sus enemigos y la cambiante opinión pública le caerían encima sin piedad.

   A punto de atravesar la puerta  que cambiaría su vida, Mallarino reflexiona: "¿De qué servía arruinar la vida de un hombre, aunque el hombre mereciera la ruina? ¿De qué servía ese poder si nada más cambiaba, salvo la ruina de ese hombre?" (pág. 136). El balance final  de su carrera no puede ser más negativo: el hombre al que se le atribuía la capacidad de "causar la revocación de una ley, trastornar el fallo de un magistrado, tumbar a un alcalde o amenazar gravemente la estabilidad de un ministerio" se da cuenta de que en cuarenta años no ha cambiado nada a su alrededor.
    El papel de los medios de comunicación, la veracidad de sus informaciones , sus relaciones con el poder y su influencia en la opinión pública, así como la indefensión  de las víctimas, son otros de los temas apuntados en la novela, que tuvimos ocasión de comentar en la tertulia.
   
Hotel Tequendama, donde Mallarino recibe la noticia
de la muerte de Cuéllar


Las reputaciones es también una novela de personaje pues el desarrollo de la acción se subordina al análisis psicológico de Mallarino. Junto a Javier Mallarino, el  protagonista en conflicto consigo mismo; junto a Cuéllar, el hombre humillado ante la opinión pública sin que quede claro si es un depravado o una víctima; junto a Rodrigo Valencia, el director del periódico al que poco importan la verdad ni la ética;  junto al oscuro padre de Samanta,  hay que destacar la relevancia de cuatro personajes femeninos, cuatro mujeres decisivas en la vida del caricaturista. Magdalena, la esposa inteligente, independiente y segura, que encauza la carrera de Mallarino en sus inicios y actúa después como conciencia del dibujante. Beatriz,  un enorme vacío en la vida de Mallarino, la hija ausente que elige trabajar en el extranjero  para no sentir el odio de los enemigos de su padre. Samanta, la joven cuyos padres quisieron borrar o modificar  su infancia, pero a quien las imágenes proyectadas en el homenaje a Mallarino llevarán a escarbar en el pasado. Carmenza de Cuéllar,  una voz   percibida solo a través de una entrevista sobre obras de beneficencia, apenas una imagen en la pantalla del televisor mientras  presencia la humillación de su esposo, la mujer que quizá posea la clave de lo sucedido, la verdad perseguida por Mallarino. 
Embolador bogotano (www.skilshare.com)

Las novelas breves de Henry James se cuentan entre los modelos a los que recurre Vásquez para escribir Las reputaciones. Del autor estadounidense aprende, sobre todo,  el uso de la ambigüedad,  que el  colombiano consigue por medio de  un narrador en tercera persona que no sabe más que el protagonista, y  por medio del   final abierto. Así, los lectores terminaremos sin saber qué sucedió realmente en la fiesta de inauguración de la casa de la sierra, como tampoco lo sabe el protagonista ni sus invitados, porque los únicos personajes que podrían explicarlo, el padre de Samanta y el propio Cuéllar, no tienen oportunidad de hacerlo. Tampoco conoceremos la versión de Carmenza Cuéllar puesto que la novela acaba justo antes de que Mallarino pueda hablar con ella. ¿Qué lleva a Cuéllar a acceder a la planta superior de la casa de la sierra?, se preguntaba una de las participantes en la tertulia. ¿Pretende vengarse de Mallarino o es otra su motivación? 
   Otro tanto ocurre con el padre de Samanta, un hombre aparentemente apocado cuyo comportamiento el día de la fiesta le resulta extraño a Mallarino, un padre del que su hija ignora muchas cosas y se pregunta si su abandono,  cuando ella  tenía quince años, guarda alguna relación con lo sucedido en casa del protagonista. Otra de las preguntas sin respuesta, que tortura a Samanta e inquieta a los lectores, obligados a  imaginar lo que no se nos cuenta. Por lo que respecta al final, que alguien en la tertulia calificó de confuso, cabe preguntarse hasta dónde va a llevar Mallarino la asunción de responsabilidades, ¿a qué se refiere el narrador con ese "todo lo demás" que cierra la enumeración final? Preguntas sin respuesta que no representan fallos en la construcción de la historia, sino vacíos conscientes a los que los lectores volvemos una y otra vez tras cerrar el libro, tratando de completar la historia.
Plaza de toros Santamaría (www.elespectador.co)

El ritmo de la prosa y la riqueza del vocabulario (en el que los americanismos y colombianismos, como embolador, buseta, manejando o parqueadero,  no entorpecen la comprensión del texto), así como la sintaxis, de frases muy largas y sin embargo  claras, fueron aspectos muy valorados por los asistentes. Se comentó la presencia de abundantes rasgos de la lengua oral, no solo en los frecuentes diálogos sino también en la narración, y se elogiaron las magníficas descripciones de personajes y ambientes, en especial la corrida de toros en la plaza Santamaría, una pequeña obra maestra, en opinión de una de nuestras compañeras.

Las reputaciones es, además,  una novela amena, cuya lectura resulta muy recomendable, especialmente para aquellos creadores de opinión que, como Mallarino, corren el riesgo de convertirse en ocasiones en "francotiradores de reputaciones ajenas". Recomendable porque, como ha escrito J. A. Masoliver Ródenas, "son muchas las cosas que ocurren aquí y son muchas las que solo están insinuadas, de modo que saboreamos a un mismo tiempo plenitud y vacío, presencia y ausencia".

                                                                                                            Josefina López Granada
   
Juan Gabriel Vásquez./Foto: Camilo Rozo

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