EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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viernes, 14 de junio de 2019

La biblioteca de Medina Azahara, en 'Más allá del mar de las Tinieblas'

Medina Azahara, Salón Rico

Más allá del mar de las tinieblas es una apasionante novela juvenil que nos sumerge en la maravillosa historia de la escritura. La acción se sitúa en el siglo x, cuando la antigua Córdoba era el límite del mundo conocido, más allá del cual se extendía el mar de las Tinieblas. A esta ciudad, capital del califato cuyos territorios ocupaban la mayor parte de la península Ibérica, llega Abul Anbas, un mercader que dice haber estado más allá del mar de las Tinieblas. En su carromato guarda los secretos del mundo: un cargamento de libros -en aquella época, objetos escasos y preciados- que despertará el interés de los bibliófilos de la ciudad. Entre ellos, se encuentra Maryam, la bibliotecaria del califa Al-Hakam II, conocido como el Señor de los Libros. Su biblioteca del palacio de Medina Azahara era entonces la mayor del mundo. Así describe palacio y biblioteca  Antonio Álamo, autor de la novela:
     El famoso palacio de Medina Azahara se encontraba a una hora de camino a pie de la ciudad de Qurtuba y estaba destinado a ser el más hermoso del mundo. En aquel palacio, rodeado de jardines, huertas y casas de campo, vivían unas cinco mil personas. La Casa Real era un palacio dentro del palacio, y en el Salón del Trono, cuyos techos habían sido cubiertos con finas láminas de oro, había una fuente de mármol llena de mercurio que producía fantasmagóricos juegos de luz y maravillaba a los visitantes. En sus jardines era posible encontrar un museo de autómatas, una mezquita de cristal, una pradera de almendros en flor, una jaula de leones, otra de monos, un cercado de jirafas, además de loros, pavos reales, gansos y estanques con nenúfares, ranas y peces de colores. Solo para alimentar a estos peces se empleaban doce mil hogazas de pan diarias. Naturalmente, el palacio contaba con un cuartel para los soldados, despachos para los mil y un funcionarios, un palacete para los invitados, un harén para las mujeres, unas caballerizas para las monturas, una escuela para los niños y una biblioteca para los libros.
     El propio califa Al-Hakam II había proyectado y dirigido la construcción del elegante edificio que albergaba sus libros. La antigua biblioteca, que había fundado su padre y estaba situada en el alcázar de Qurtuba, había sido desmantelada tras una mudanza para la que se habían requerido más de tres semanas de trabajo y setecientos viajes de camello. Pero el esfuerzo había merecido la pena. La nueva biblioteca de Al-Hakam II era un lugar único en el mundo. Algunos viajeros se acercaban hasta el palacio de Medina Azahara solo para poder conocerla y certificar su rotunda existencia.
     En el centro de la sala principal el califa había dispuesto un estanque con peces de colores y una fuente, pues era de la opinión de que el rumor del agua favorecía la concentración en la lectura. Tenía grandes ventanales con el fin de aprovechar la luz del sol, pero también lámparas majestuosas para trabajar y leer de noche.
     En principio cualquiera podía visitarla y pedir alguno de los libros o ser aconsejado sobre una materia en particular. Luego se le asignaba un pupitre y, en caso de que estuviera interesado en copiar alguno de los documentos, se le facilitaban papel, cálamo y tinta. Divanes, cojines, tapices y pupitres de escritura se desperdigaban aquí y allá sin mucho concierto, y once puertas conducían a otras once dependencias llenas de más libros, pliegos y rollos de papiro. Pero cada cierto tiempo la biblioteca proyectada se revelaba insuficiente, así que de las once habitaciones nacían otras once puertas que conducían a nuevas dependencias. Y cada vez que los libros empezaban a amontonarse en el suelo, el califa ordenaba abrir otra puerta y construir una nueva sala, ganando cada vez más terreno al jardín que circundaba el edificio. Al final la biblioteca se asemejaba a un laberinto.
     En cualquier caso, si había un lugar del palacio que al califa le gustaba frecuentar era, precisamente, la biblioteca, de la que se sentía enormemente orgulloso. Tenía sobrados motivos para ello, pues no había una mayor en el mundo. Cuando terminaba de estudiar uno de los libros, anotaba su nombre, la fecha y hasta un pequeño comentario con sus impresiones. Aunque era un consumado genealogista y mostraba predilección por los libros de historia, también se dejaba tentar por la poesía, la filosofía y la ciencia. Se diría que estaba empeñado en leer todos y cada uno de los libros de su colección, que incluía rollos de papiro de la mítica Biblioteca de Alejandría, pergaminos antiguos de enigmática escritura y, por supuesto, las últimas creaciones  de los más afamados historiadores, poetas, matemáticos, astrónomos y alquimistas.
 (Antonio Álamo, Más allá del mar de las Tinieblas, Madrid, Siruela, 2017, pp. 32-33)

Dionisio Baixeras, Recepción de embajadores de Bizancio en Medina Azahara

Antonio Álamo, nombre por el que se conoce a Antonio Díaz Gutiérrez del Álamo (Córdoba, 1964), es un escritor español cuya obra literaria incluye narrativa, libros de viajes y obras de teatro.  Ha sido traducido al catalán, al italiano, al portugués, al árabe, al inglés, al francés, al rumano y al ruso. Ha publicado las novelas Breve historia de la inmortalidad (1996), Una buena idea (1998), ¿Quién se ha meado en mi cama?  (1999), Nata soy (2001), El incendio del paraíso (2004) y Más allá del mar de las Tinieblas (2017). Como autor teatral pertenece a la dramaturgia del milenio, heredera de las vanguardias, y ha escrito una docena de piezas de teatro -entre las que destaca la trilogía formada por Los borrachos, Los enfermos y Yo Satán, además de Caos, Cantando bajo las balas y Veinticinco años menos un día-, reconocidas con premios tan prestigiosos como el Tirso de Molina o el Born.  Es autor asimismo de numerosas versiones y dramaturgias, tanto de autores clásicos como contemporáneos, como Cardenio, para la Royal Shakespeare Company; La mujer y el pelele; Fuenteovejuna, o Los empeños de una casa, para la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Entre sus direcciones escénicas se cuentan La Copla Negra, en coproducción con el Centro Dramático Nacional, Juanita Calamidad o El pintor de batallas. Su trayectoria teatral lo ha convertido en uno de los más firmes valores del teatro español actual, cuyas obras se representan tanto en España como en el extranjero. Durante las temporadas 2004-2011  fue  director del Teatro Lope de Vega de Sevilla.

Antonio Álamo [dramatologia.com]

jueves, 14 de mayo de 2015

La biblioteca del Nautilus en 'Veinte mil leguas de viaje submarino'


Veinte mil leguas de viaje submarino ( Vingt mille lieues sous les mers) es una de las más  famosas novelas del escritor francés Julio Verne (Nantes, 1828-Amiens, 1905), quien escribió la obra mucho antes de que los submarinos fuesen una realidad. La obra fue publicada por entregas en la revista Magasin d'Éducation et de Récréation desde el 20 de marzo de 1869 hasta el 20 de junio de 1870. Como libro apareció en Francia  en dos partes, editadas en 1869 y 1870, respectivamente. Un año después tendrá lugar en Francia la edición de la novela en un solo volumen.  Curiosamente, la obra completa, traducida por Vicente Guimerá, apareció en España en 1969, un año antes de la publicación en Francia de la segunda parte, si bien la tirada fue muy corta y, lógicamente, poco conocida.

   La historia, narrada en primera persona por Pierre Aronnax,  profesor de Historia Natural del Museo de París, comienza en el año 1866, cuando los ataques sufridos por diferentes barcos y la desaparición de otros en extrañas circunstancias mantiene en vilo a la población de ciertas zonas, especialmente a los hombres de mar. Los daños sufridos por las embarcaciones, así como los testimonios de algunos testigos llevan a pensar que el causante es  un enorme monstruo fusiforme, a veces fosforescente, de fuerza descomunal y muy superior a una ballena en tamaño y velocidad, al parecer un gigantesco narval, un unicornio marino armado de un verdadero espolón, en opinión de Aronnax.
   Para  darle caza y acabar con un peligro que amenazaba seriamente el comercio por mar, se organiza una expedición en la que participan, entre otros, el profesor Aronnax, su ayudante, Conseil (Consejo), y el experto arponero canadiense Ned Land, quienes el 2 de julio parten del puerto de Brooklyn a bordo de la fragata Abraham Lincoln, al mando del comandante Farragut.
    Tras bordear el cabo de Hornos,  la fragata se dirige hacia los mares de la China, escenario de las últimas apariciones del monstruo. Durante tres meses surca los mares septentrionales del Pacífico, sin dejar un solo punto inexplorado. Cuando el desánimo hace mella en la tripulación y cuando el 2 de noviembre esta solicita regresar a la base, el comandante pide un plazo de tres días, con la promesa de retornar si en ese tiempo no dan con el monstruo.


    El plazo expiraba a mediodía del 5 de noviembre, pero por la noche, cuando el barco se encontraba a menos de doscientas millas de las costas de Japón, Ned Land dio la voz de alarma y toda la tripulación pudo ver la superficie del mar iluminada por el resplandor del monstruo sumergido, que se lanzó a perseguir a la fragata a enorme velocidad, hasta que a medianoche desapareció. Todos los intentos de darle caza a lo largo de la jornada del 6 de noviembre resultaron infructuosos. Por la noche la fragata inicia una cautelosa maniobra de aproximación al animal, que parece dormido, y se produce  una colisión, a consecuencia de la
cual Aronnax se precipita al mar. Junto a su fiel Consejo, que lo ha seguido, trata de mantenerse a flote, mientras la fragata, rotos el timón y la hélice, se pierde en la lejanía. A punto de hundirse, es transportado a la superficie y, al recobrar el conocimiento, se encuentra con Ned y Consejo sobre lo que aquel creyó en principio una isla flotante pero que es  el supuesto narval gigante perseguido por ellos. Como ha descubierto Ned, se trata de un "monstruo" construido con planchas de acero, es decir, en realidad se encuentran sobre una nave submarina con forma de enorme pez de acero.
     Capturados por sus tripulantes y prisioneros en el interior del submarino, son recibidos por el capitán Nemo (cuyo nombre significa 'nadie'), un hombre de oscuro pasado que ha roto con la sociedad y que sólo en el mar se siente libre. El capitán conoce la reputación de Aronnax y, tras invitarlo a compartir su mesa, le muestra su nave, el Nautilus. La visita comienza por la biblioteca, que -como se verá- es mucho más que una biblioteca. El episodio es narrado en el capítulo 11 de la primera parte, que reproducimos a continuación.



El capitán Nemo se levantó y yo le seguí. Por una doble puerta situada al fondo de la pieza entré en una sala de dimensiones semejantes a las del comedor.
Era la biblioteca. Altos muebles de palisandro negro, con incrustaciones de cobre, soportaban en sus anchos estantes un gran número de libros encuadernados con uniformidad. Las estanterías se adaptaban al contorno de la sala, y terminaban en su parte inferior en unos amplios divanes tapizados con cuero marrón y extraordinariamente cómodos. Unos ligeros pupitres móviles, que podían acercarse o separarse a voluntad, servían de soporte a los libros en curso de lectura o de consulta. En el centro había una gran mesa cubierta de publicaciones, entre las que aparecían algunos periódicos ya viejos. La luz eléctrica que emanaba de cuatro globos deslustrados, semiencajados en las volutas del techo, inundaba tan armonioso conjunto. Yo contemplaba con una real admiración aquella sala tan ingeniosamente amueblada y apenas podía dar crédito a mis ojos.
 -Capitán Nemo -dije a mi huésped, que acababa de sentarse en un diván-, he aquí una biblioteca que honraría a más de un palacio de los continentes. Y es una maravilla que esta biblioteca pueda seguirle hasta lo más profundo de los mares.
-¿Dónde podría hallarse mayor soledad, mayor silencio, señor profesor? ¿Puede usted hallar tanta calma en su gabinete de trabajo del museo?
-No, señor, y debo confesar que al lado del suyo es muy pobre. Hay aquí por lo menos seis o siete mil volúmenes, ¿no?
-Doce mil, señor Aronnax. Son los únicos lazos que me ligan a la tierra. Pero el mundo se acabó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Aquel día compré mis últimos libros y mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad ha cesado de pensar y de escribir. Señor profesor, esos libros están a su disposición y puede utilizarlos con toda libertad.
Di las gracias al capitán Nemo, y me acerqué a los estantes de la biblioteca. Abundaban en ella los libros de ciencia, de moral y de literatura, escritos en numerosos idiomas, pero no vi ni una sola obra de economía política, disciplina que al parecer estaba allí severamente proscrita. Detalle curioso era el hecho de que todos aquellos libros, cualquiera que fuese la lengua en que estaban escritos, se hallaran clasificados indistintamente. Tal mezcla probaba que el capitán del Nautilus debía leer corrientemente los volúmenes que su mano tomaba al azar.
Entre tantos libros, vi las obras maestras de los más grandes escritores antiguos y modernos, es decir,
Ilustración de Alphonse de Neuille
todo lo que la humanidad ha producido de más bello en la historia, la poesía, la novela y la ciencia, desde Homero hasta Victor Hugo desde Jenofonte hasta Michelet, desde Rabelais hasta la señora Sand. Pero los principales fondos de la biblioteca estaban integrados por obras científicas; los libros de mecánica, de balística, de hidrografía, de meteorología, de geografía, de geología, etc., ocupaban en ella un lugar no menos amplio que las obras de Historia Natural, y comprendí que constituían el principal estudio del capitán. Vi allí todas las obras de Humboldt, de Arago, los trabajos de Foucault, de Henri Sainte Claire Deville, de Chasles, de Milne Edwards, de Quatrefages, de Tyndall, de Faraday, de Berthelot, del abate Secchi, de Petermann, del comandante Maury, de Agassiz, etc.; las memorias de la Academia de Ciencias, los boletines de diferentes sociedades de Geografía, etcétera. Y también, y en buen lugar, los dos volúmenes que me habían valido probablemente esa acogida, relativamente caritativa, del capitán Nemo. Entre las obras que allí vi de Joseph Bertrand, la titulada Los fundadores de la Astronomía me dio incluso una fecha de referencia; como yo sabía que dicha obra databa de 1865, pude inferir que la instalación del Nautilus no se remontaba a una época anterior. Así, pues, la existencia submarina del capitán Nemo no pasaba de tres años como máximo. Tal vez -me dije -hallara obras más recientes que me permitieran fijar con exactitud la época, pero tenía mucho tiempo ante mí para proceder a tal investigación, y no quise retrasar más nuestro paseo por las maravillas del Nautilus.
-Señor -dije al capitán-, le agradezco mucho que haya puesto esta biblioteca a mi disposición. Hay aquí tesoros de ciencia de los que me aprovecharé.
-Esta sala no es sólo una biblioteca -dijo el capitán Nemo-, es también un fumadero.
-¿Un fumadero? ¿Se fuma, pues, a bordo?
-En efecto.
-Entonces eso me fuerza a creer que ha conservado usted relaciones con La Habana.
-De ningún modo -respondió el capitán-. Acepte este cigarro, señor Aronnax, que aunque no proceda de La Habana habrá de gustarle, si es usted buen conocedor.
Tomé el cigarro que me ofrecía. Parecía fabricado con hojas de oro, y por su forma recordaba al «londres». Lo encendí en un pequeño brasero sustentado en una elegante peana de bronce, y aspiré las primeras bocanadas con la voluptuosidad de quien no ha fumado durante dos días.
-Es excelente -dije-, pero no es tabaco.
-No -respondió el capitán-, este tabaco no procede ni de La Habana ni de Oriente. Es una especie de alga, rica en nicotina, que me provee el mar, si bien con alguna escasez. ¿Le hace echar de menos los «londres», señor?
-Capitán, a partir de hoy los desprecio.
-Fume, pues, sin preocuparse del origen de estos cigarros. No han pasado por el control de ningún monopolio, pero no por ello son menos buenos, creo yo.
-Al contrario.
En este momento el capitán Nemo abrió una puerta situada frente a la que me había abierto paso a la biblioteca, y por ella entré a un salón inmenso y espléndidamente iluminado.
 Era un amplio cuadrilátero (diez metros de longitud, seis de anchura y cinco de altura) en el que las intersecciones de las paredes estaban recubiertas por paneles. Un techo luminoso, decorado con ligeros arabescos, distribuía una luz clara y suave sobre las maravillas acumuladas en aquel museo. Pues de un museo se trataba realmente. Una mano inteligente y pródiga había reunido en él tesoros de la naturaleza y del arte, con ese artístico desorden que distingue al estudio de un pintor.
Grabado de Gustavo Doré
Una treintena de cuadros de grandes maestros, en marcos uniformes, separados por resplandecientes panoplias, ornaban las paredes cubiertas por tapices con dibujos severos. Pude ver allí telas valiosísimas, que en su mayor parte había admirado en las colecciones particulares de Europa y en las exposiciones. Las diferentes escuelas de los maestros antiguos estaban representadas por una madona de Rafael, una virgen de Leonardo da Vinci, una ninfa del Correggio, una mujer de Tiziano, una adoración de Veronese, una asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un fraile de Velázquez, un mártir de Ribera, una fiesta de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres pequeños cuadros de género de Gerard Dow, de Metsu y de Paul Potter, dos telas de Gericault y de Prudhon, algunas marinas de Backhuysen y de Vernet. Entre las obras de la pintura moderna, había cuadros firmados por Delácroix, Ingres, Decamps, Troyon, Meissonier, Daubigny, etc., y algunas admirables reducciones de estatuas de mármol o de bronce, según los más bellos modelos de la Antigüedad, se erguían sobre sus pedestales en los ángulos del magnífico museo. El estado de estupefacción que me había augurado el comandante del Nautilus comenzaba ya a apoderarse de mi ánimo.
-Señor profesor -dijo aquel hombre extraño-, excusará usted el descuido con que le recibo y el desorden que reina en este salón.
-Señor -respondí-, sin que trate de saber quién es usted, ¿puedo reconocer en usted un artista?
-Un aficionado, nada más, señor. En otro tiempo gustaba yo de coleccionar estas bellas obras creadas por la mano del hombre. Era yo un ávido coleccionista, un infatigable buscador, y así pude reunir algunos objetos inapreciables. Estos son mis últimos recuerdos de esta tierra que ha muerto para mí. A mis ojos, sus artistas modernos ya son antiguos, ya tienen dos o tres mil años de existencia, y los confundo en mi mente. Los maestros no tienen edad.
-¿Y estos músicos? -pregunté, mostrando unas partituras de Weber, de Rossini, de Mozart, de Beethoven, de Haydn, de Meyerbeer, de Herold, de Wagner, de Auber y de Gounod, y otras muchas, esparcidas sobre un piano órgano de grandes dimensiones, que ocupaba uno de los paneles del salón.
-Estos músicos -respondió el capitán Nemo -son contemporáneos de Orfeo, pues las diferencias cronológicas se borran en la memoria de los muertos, y yo estoy muerto, señor profesor, tan muerto como aquéllos de sus amigos que descansan a seis pies bajo tierra.
El capitán Nemo calló, como perdido en una profunda ensoñación. Le miré con una viva emoción, analizando en silencio los rasgos de su fisonomía. Apoyado en sus codos sobre una preciosa mesa de cerámica, él no me veía, parecía haber olvidado mi presencia.
Respeté su recogimiento y continué examinando las curiosidades que enriquecían el salón.
Además de las obras de arte, las curiosidades naturales ocupaban un lugar muy importante. Consistían principalmente en plantas, conchas y otras producciones del océano, que debían ser los hallazgos personales
del capitán Nemo. En medio del salón, un surtidor iluminado eléctricamente caía sobre un pilón formado por una sola tridacna. Esta concha, perteneciente al mayor de los moluscos acéfalos, con unos bordes delicadamente festoneados, medía una circunferencia de unos seis metros; excedía, pues, en dimensiones alas bellas tridacnas regaladas a Francisco I por la República de Venecia y de las que la iglesia de San Sulpicio, en París, ha hecho dos gigantescas pilas de agua bendita.
Ilustración de Henri Theophile Hildibrand

En torno al pilón, en elegantes vitrinas fijadas por armaduras de cobre, se hallaban, convenientemente clasificados y etiquetados, los más preciosos productos del mar que hubiera podido nunca contemplar un naturalista. Se comprenderá mi alegría de profesor. La división de los zoófitos ofrecía muy curiosos especímenes de sus dos grupos de pólipos y de equinodermos. En el primer grupo, había tubíporas; gorgonias dispuestas en abanico; esponjas suaves de Siria; ¡sinos de las Molucas; pennátulas; una virgularia admirable de los mares de Noruega; ombelularias variadas; los alcionarios; toda una serie de esas madréporas que mi maestro Milne Edwards ha clasificado tan sagazmente en secciones y entre las que distinguí las adorables fiabelinas; las oculinas de la isla Borbón; el «carro de Neptuno» de las Antillas; soberbias variedades de corales; en fin, todas las especies de esos curiosos pólipos cuya asamblea forma islas enteras que un día serán continentes Entre los equinodermos, notables por su espinosa envoltura, las asterias, estrellas de mar, pantacrinas, comátulas, asterófonos, erizos, holoturias, etc., representaban la colección completa de los individuos de este grupo.
Un conquiliólogo un poco nervioso se hubiera pasmado y vuelto loco de alegría ante otras vitrinas, más numerosas, en las que se hallaban clasificadas las muestras de la división de los moluscos. Vi una colección de un valor inestimable, para cuya descripción completa me falta tiempo. Por ello, y a título de memoria solamente, citaré el elegante martillo real del océano Índico, cuyas regulares manchas blancas destacaban vivamente sobre el fondo rojo y marrón; un espóndilo imperial de vivos colores, todo erizado de espinas, raro espécimen en los museos europeos y cuyo valor estimé en unos veinte mil francos; un martillo común de los mares de la Nueva Holanda, de difícil obtención pese a su nombre; berberechos exóticos del Senegal, frágiles conchas blancas bivalvas que un soplo destruiría como una pompa de jabón; algunas variedades de las regaderas de Java, especie de tubos calcáreos festoneados de repliegues foliáceos, muy buscados por los aficionados; toda una serie de trocos, unos de color amarillento verdoso, pescados en los mares de América, y otros, de un marrón rojizo, habitantes de los mares de Nueva Holanda, o procedentes del golfo de México y notables por su concha imbricada; esteléridos hallados en los mares australes, y, por
último, el más raro de todos, el magnífico espolón de Nueva Zelanda; admirables tellinas sulfuradas, preciosas especies de citereas y de venus; el botón trencillado de las costas de Tranquebar; el turbo marmóreo de nácar resplandeciente; los papagayos verdes de los mares de China; el cono casi desconocido del género Coenodulli; todas las variedades de porcelanas que sirven de moneda en la India y en África; la «Gloria del mar», la más preciosa concha de las Indias orientales; en fin, litorinas, delfinulas, turritelas, jantinas, óvulas, volutas, olivas, mitras, cascos, púrpuras, bucínidos, arpas, rocas, tritones, ceritios, husos, estrombos, pteróceras, patelas, hiálicos, cleodoras, conchas tan finas como delicadas que la ciencia ha bautizado con sus nombres más encantadores. Aparte en -vitrinas especiales había sartas de perlas de la mayor belleza a las que la luz eléctrica arrancaba destellos de fuego; perlas rosas extraídas de las ostras peñas del mar Rojo; perlas verdes del hialótide iris; perlas amarillas, azules, negras; curiosos productos de los diferentes moluscos de todos los océanos y de algunas ostras del Norte, y, en fin, varios especímenes de un precio incalculable, destilados por las más raras pintadinas. Algunas de aquellas perlas sobrepasaban el tamaño de un huevo de paloma, y valían tanto o más que la que vendió por tres millones el viajero Tabernier al sha de Persia o que la del imán de Mascate, que yo creía sin rival en el mundo.
Imposible hubiera sido cifrar el valor de esas colecciones. El capitán Nemo había debido gastar millones para adquirir tales especímenes. Estaba preguntándome yo cuál sería el alcance de una fortuna que permitía satisfacer tales caprichos de coleccionista, cuando el capitán interrumpió el curso de mi pensamiento.
-Lo veo muy interesado por mis conchas, señor profesor, y lo comprendo, puesto que es usted naturalista. Pero para mí tienen además un encanto especial, puesto que las he cogido todas con mis propias manos, sin que un solo mar del globo haya escapado a mi búsqueda.
-Comprendo, capitán, comprendo la alegría de pasearse en medio de tales riquezas. Es usted de los que han hecho por sí mismos sus tesoros. No hay en toda Europa un museo que posea una semejante colección de productos del océano. Pero si agoto aquí mi capacidad de admiración ante estas colecciones, ¿qué me quedará para el barco que las transporta? No quiero conocer secretos que le pertenecen, pero, sin embargo, confieso que este Nautilus, la fuerza motriz que encierra, los aparatos que permiten su maniobrabilidad, el poderoso agente que lo anima, todo eso excita mi curiosidad... Veo en los muros de este salón instrumentos suspendidos cuyo uso me es desconocido. ¿Puedo saber...?...
-Señor Aronnax, ya le dije que sería usted libre a bordo, y consecuentemente, ninguna parte del Nautilus le está prohibida. Puede usted visitarlo detenidamente, y es para mí un placer ser su cicerone.
-No sé cómo agradecérselo, señor, pero no quiero abusar de su amabilidad. Únicamente le preguntaré acerca de la finalidad de estos instrumentos de física.
-Señor profesor, esos instrumentos están también en mi camarote, y es allí donde tendré el placer de explicarle su empleo. Pero antes voy a mostrarle el camarote que se le ha reservado. Debe usted saber cómo va a estar instalado a bordo del Nautilus.
Seguí al capitán Nemo, quien, por una de las puertas practicadas en los paneles del salón, me hizo volver al corredor del barco. Me condujo hacia adelante y me mostró no un camarote sino una verdadera habitación, elegantemente amueblada, con lecho y tocador.
Di las gracias a mi huésped.
-Su camarote es contiguo al mío -me dijo, al tiempo que abría una puerta-. Y el mío da al salón del que acabamos de salir.
Entré en el camarote del capitán, que tenía un aspecto severo, casi cenobial. Una cama de hierro, una mesa de trabajo y una cómoda de tocador componían todo el mobiliario, reducido a lo estrictamente necesario.
El capitán Nemo me mostró una silla.
-Siéntese, por favor.
 Me senté y él tomó la palabra en los términos que siguen.

[El texto está tomado de iesmh.edu.gva.es. Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported //creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/mm]


viernes, 20 de febrero de 2015

La biblioteca de doña Elena en 'El lector de Julio Verne', de Almudena Grandes


Obra de Arkady Plastov


El lector de Julio Verne, la segunda entrega de la serie "Episodios de una Guerra Interminable"*, tiene como protagonista a Nino, un niño de nueve años hijo de un guardia civil destinado en Fuensanta de Martos, un pueblo de la Sierra Sur de Jaén. La acción transcurre entre 1947 y 1949, cuando en la Sierra se libra una cruenta guerra entre la Guardia Civil y los hombres del mítico guerrillero apodado Cencerro.  El  sugerente título  anuncia  la importancia que  los libros y la lectura tienen  en la novela, pues Nino encontrará en los libros de aventuras un refugio para "soportar la calamitosa aventura de vivir  en la casa cuartel de Fuensanta de Martos en 1948". 
    Pero los libros eran un bien escaso en la España de los años cuarenta, por eso, al terminar de leer el ejemplar de Los hijos del capitán Grant que cae en sus manos, de forma accidental y algo misteriosa, en el verano de 1947, siente  la "sensación de orfandad que me dejaban los libros que me habían gustado mucho, sobre todo porque no sabía de dónde iba a sacar otro parecido". Una vez más, Pepe el Portugués, el hombre fascinante y enigmático que se ha instalado en un molino apartado y se ha convertido en su amigo y modelo, acude en su auxilio con un ejemplar prestado de La isla misteriosa, y después, en enero de 1948,  le regalará Veinte mil leguas de viaje submarino por su décimo aniversario. 
    Más tarde, cuando conozca a doña Elena, una maestra represaliada que vive con su nieta en la casilla vieja del cortijo de las Rubias, Nino quedará maravillado al descubrir el tesoro guardado en la humilde vivienda: una biblioteca de más de trescientos volúmenes, algo realmente extraordinario en esa época y en ese lugar, y que para el chico equivale a la felicidad. La biblioteca incluye quince novelas de Julio Verne, puestas por doña Elena  a disposición de Nino, quien se convertirá así en el lector de Julio Verne que da título a la novela.


Sierra Sur de Jaén/Foto: Blas Prieto Sánchez 
Así cuenta el narrador protagonista el hallazgo de la biblioteca:
[..] Debajo del voladizo de madera, encajadas contra él como si formaran una biblioteca hecha a medida, cuatro hileras contiguas de cajas de fruta a las que les había arrancado los tablones del fondo para apilarlas una sobre otra por su lado más largo, contenían, limpios y ordenados, más libros de los que yo había podido imaginar jamás que poseyera una sola persona.
   Cuando los vi, no pude decir nada. Sentí que las piernas se me doblaban solas al acercarme a ellos, y avancé los dedos de la mano derecha para acariciar con el borde de las yemas los lomos de piel y de papel, desgastados los primeros, suaves como el cuero viejo, estriados los segundos como si los hubieran abierto muchas veces. El origen de las especies, Don Quijote de la Mancha, Novelas Ejemplares, Persiles y Segismunda, La rebelión de las masas, España invertebrada, El príncipe idiota, Sin novedad en el frente, El Lazarillo de Tormes, Robinson Crusoe, Flor de leyenda, Don Juan Tenorio, Lope de Vega Teatro, Rojo y negro, La Divina Comedia, Romancero gitano, Los papeles póstumos del club Pickwick, La Celestina, Azul, La Comedia Humana, Cumbres borrascosas, Campos de Castilla, Antonio Machado Poesía completa, Anna Karenina, La montaña mágica, La Regenta, El sentimiento trágico de la vida, San Manuel Bueno, mártir, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, El árbol de la ciencia, Rimas y Leyendas, Edgar Allan Poe Cuentos, Diario de un poeta recién casado, Benito Pérez Galdós Obras Completas, Episodios Nacionales, Tomo I, Tomo II, Tomo III, Tomo IV, Novelas, Tomo I...
   Leí todos estos títulos saltando de un cajón a otro, de una fila a otra, casi sin fijarme en las letras que descifraba a toda velocidad, como si temiera que fueran a desaparecer de un momento a otro, fruto de un ensalmo, de un hechizo, una ilusión perversa que se desvanecería en el aire sin haber llegado a existir jamás. Hasta que logré cerrar la boca, y volví a respirar por la nariz, y mi corazón recuperó el gobierno de sus propios latidos. Entonces moví la cabeza y vi que doña Elena me miraba muy sonriente.
  -Usted debe de ser muy feliz -le dije, sin pensar muy bien en el significado de las palabras que pronunciaba.
   -Pues no -y me pasó un brazo por el hombro, como si mi comentario la hubiera conmovido-. No soy muy feliz. ¿Por qué lo dices?
  -No sé, teniendo tantos libros... -moví las manos en el aire para ganar tiempo, mientras buscaba unas palabras que no logré encontrar-. Yo nunca he visto tantos juntos en mi vida.

   -Pues en Carmona tenía muchísimos más, y en unas librerías muy buenas, por cierto, con puertas de cristal y todo -pero acarició con ternura los lados bastos, astillados, de la caja de naranjas a la que le había correspondido custodiar lo que yo aprendería un día que se llamaba Siglo de Oro de la literatura española-. Aquí tengo poco más de trescientos, pero llegamos a tener casi cinco mil.

   -¿Sí? -y volví a jadear sin darme cuenta-. ¿Y los ha dejado allí? Pues es una pena, porque podríamos...
   -No -negó con la cabeza sin dejar de sonreír-. Allí ya no queda nada. Lo vendí todo, la casa, los muebles, los libros de medicina que eran los que más valían... [...] Sólo me quedé con mi cama, con mi mesa, mi butaca favorita, los libros sin los que no podría vivir y los que pensé que ayudarían a vivir a mi nieta, pero, ya ves... A Elenita no le gusta leer. No hay manera de que coja un libro.
   -¿No? Pues a mí...
   -Ya, ya lo sé, me lo ha contado Pepe. Pero todavía no has mirado donde más te conviene. Yo en tu lugar, me fijaría en el tercer estante de los que están al lado de la escalera.
   Cinco semanas en globo, Viaje al centro de la Tierra, La vuelta al mundo en ochenta días, De la Tierra a  la Luna, Escuela de Robinsones, Un capitán de quince años, Miguel Strogoff, Los quinientos millones de la Begún, Las tribulaciones de un chino en China, El testamento de un excéntrico, Por un billete de lotería, El dueño del mundo, Las aventuras del capitán Hatteras, los dos tomos de La isla misteriosa que yo ya había leído, y Veinte mil leguas de viaje submarino en la misma edición forrada en tela y con una ilustración a todo color pegada en la portada, mucho más bonita que la mía.
   -No sé qué decir -tenía los ojos turbios y la sensación de estar tambaleándome, como si hiciera equilibrios en la cubierta de un barco o en el vértice de una inmensa borrachera-. Es increíble.
  -No -ella se echó a reír-. Es una colección, nada más. A mí también me gustaba mucho Verne, de jovencita, y lo sigo leyendo de vez en cuando, no creas, aunque me sé de memoria casi todas las novelas. Así que puedes coger la que tú quieras.
   -¿De verdad? -y de golpe, el corazón trepó por mi garganta para latir contra mi paladar.
 -Claro -pero ella no le dio ninguna importancia a aquella milagrosa sucesión de acontecimientos extraordinarios-. Ahora nos vamos a ver mucho, ¿no? Cuando la termines me la devuelves y te llevas otra. Porque me puedo fiar de ti, ¿verdad? Los hijos del capitán Grant la presté el año pasado y todavía no me la han devuelto...
   Cuando escuché su último comentario, me dije que no tenía tiempo para pensar en eso, y después de mucho dudar, decidí empezar por el principio. Escogí Cinco semanas en globo y no lo solté ni un instante mientras ella ponía encima de la mesa una funda de cartón azul marino cuyo objeto no pude identificar hasta que la abrió para dejarme ver una máquina de escribir pequeña, más antigua pero también más liviana, más graciosa que la de la oficina.
                                       (Almudena Grandes, El lector de Julio Verne, Tusquets, 2012, páginas 185-187) 
Campos de olivos/ Clara Bon
Nino acabará leyendo las quince novelas  de Julio  Verne, la cuales "también eran el pretexto que me consentía empezar a preguntar lo que no sabía, historia, geografía, física [...] Así, aquellos libros me irían llevando hacia otros libros, otros autores a quienes leería con la misma avidez, porque me descubrían mundos distintos pero igual de fascinantes, que terminaba de explorar haciendo preguntas sobre asuntos cuya existencia había ignorado siempre" (p. 192).
   La isla del tesoro será uno de los libros que leerá cuando se acaben los de Verne, lo que celebrará más tarde, porque la novela de Stevenson le ayudará a entender el papel de Pepe y su relación con él. Pero además, cuando en su vida surja una aventura real, el recuerdo  de Jim Hawkins le  dará ánimos  para  enfrentarse al peligro con la seguridad de salir victorioso.
   Los libros de la biblioteca de doña Elena abrirán ante él nuevos caminos y le ofrecerán la posibilidad de elegir su propia vida, una vida muy distinta a la que parecía aguardar al hijo de un guardia civil.


Fuensanta de Martos

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La fotografía de Blas Prieto ha sido tomada de www.fotonatura.org

miércoles, 29 de octubre de 2014

La biblioteca de Drácula


Fotograma de Drácula, de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola

Para estas fechas en que celebramos nuestra VI Semana de la literatura de misterio y terror, nada más adecuado que recordar a uno de los grandes clásicos de la literatura gótica: Drácula (1897), del irlandés Bram Stoker.  En esta ocasión hemos elegido una parte que transcurre en la biblioteca del castillo de Drácula, donde el conde se reúne con el joven abogado londinense Jonathan Harker. Este ha acudido a la morada del conde, en Transilvania, para cerrar con él la compra de unas propiedades en Inglaterra, país al que Drácula piensa trasladarse en un futuro inmediato en busca de sangre joven. Así refleja  el joven Harker en su diario su entrevista con el vampiro,  en la que ya  se  traslucen algunos detalles inquietantes:
En la biblioteca encontré, para mi gran regocijo, un vasto número de libros en inglés, estantes enteros llenos de ellos, y volúmenes de periódicos y revistas encuadernados. Una mesa en el centro estaba llena de revistas y periódicos ingleses, aunque ninguno de ellos era de fecha muy reciente. Los libros eran de las más variadas clases: historia, geografía, política, economía política, botánica, biología, derecho, y todos refiriéndose a Inglaterra y a la vida y costumbres inglesas. Había incluso libros de referencia tales como el directorio de Londres, los libros "Rojo" y "Azul", el almanaque de Whitaker, los catálogos del Ejército y la Marina, y, lo que me produjo una gran alegría ver, el catálogo de Leyes.
     Mientras estaba viendo los libros, la puerta se abrió y entró el conde. Me saludó de manera muy efusiva y deseó que hubiese tenido buen descanso durante la noche.
     Luego, continuó:
     —Me agrada que haya encontrado su camino hasta aquí, pues estoy seguro de que aquí habrá muchas cosas que le interesarán. Estos compañeros —dijo, y puso su mano sobre unos libros— han sido muy buenos amigos míos, y desde hace algunos años, desde que tuve la idea de ir a Londres, me han dado muchas, muchas horas de placer. A través de ellos he aprendido a conocer a su gran Inglaterra; y conocerla es amarla. Deseo vehemente caminar por las repletas calles de su poderoso Londres; estar en medio del torbellino y la prisa de la humanidad, compartir su vida, sus cambios y su muerte, y todo lo que la hace ser lo que es. Pero, ¡ay!, hasta ahora sólo conozco su lengua a través de libros. A usted, mi amigo, ¿le parece que sé bien su idioma?
      —Pero, señor conde —le dije —, ¡usted sabe y habla muy bien el inglés!
      Hizo una grave reverencia.
      —Le doy las gracias, mi amigo, por su demasiado optimista estimación; sin embargo, temo que me encuentro apenas comenzando el camino por el que voy a viajar. Verdad es que conozco la gramática y el vocabulario, pero todavía no me expreso con fluidez.
      —Insisto —le dije— en que usted habla en forma excelente.
    —No tanto —respondió él—. Es decir, yo sé que si me desenvolviera y hablara en su Londres, nadie allí hay que no me tomara por un extranjero. Eso no es suficiente para mí. Aquí soy un noble, soy un boyar; la gente común me conoce y yo soy su señor. Pero un extranjero en una tierra extranjera, no es nadie; los hombres no lo conocen, y no conocer es no importar. Yo estoy contento si soy como el resto, de modo que ningún hombre me pare si me ve, o haga una pausa en sus palabras al escuchar mi voz, diciendo: "Ja, ja, ¡un extranjero!" He sido durante tanto tiempo un señor que seré todavía un señor, o por lo menos nadie prevalecerá sobre mí. Usted no viene a mí solo como agente de mi amigo Peter Hawkins, de Exéter, a darme los detalles acerca de mi nueva propiedad en Londres. Yo espero que usted se quede conmigo algún tiempo, para que mediante muestras conversaciones yo pueda aprender el acento inglés; y me gustaría mucho que usted me dijese cuando cometo un error, aunque sea el más pequeño, al hablar. Siento mucho haber tenido que ausentarme durante tanto tiempo hoy, pero espero que usted perdonará  a alguien que tiene tantas cosas importantes en la mano.
     Por supuesto que yo dije todo lo que se puede decir acerca de tener buena voluntad, y le pregunté si podía entrar en aquel cuarto cuando quisiese. Él respondió que sí, y agregó:
     —Puede usted ir a donde quiera en el castillo, excepto donde las puertas están cerradas con llave, donde por supuesto usted no querrá ir. Hay razón para que todas las cosas sean como son, y si usted viera con mis ojos y supiera con mi conocimiento, posiblemente entendería mejor.
     Yo le aseguré que así sería, y él continuó:
    —Estamos en Transilvania; y Transilvania no es Inglaterra. Nuestra manera de ser no es como su manera de ser, y habrá para usted muchas cosas extrañas. Es más, por lo que usted ya me ha contado de sus experiencias, ya sabe algo de qué cosas extrañas pueden ser.
    Esto condujo a mucha conversación; y era evidente que él quería hablar aunque sólo fuese por hablar. Le hice muchas preguntas relativas a cosas que ya me habían pasado o de las cuales yo ya había tomado nota. Algunas veces esquivó el tema o cambió de conversación simulando no entenderme; pero generalmente me respondió a todo lo que le pregunté de la manera más franca. Entonces, a medida que pasaba el tiempo y yo iba entrando en más confianza, le pregunté acerca de algunos de los sucesos extraños de la noche anterior, como por ejemplo, porqué el cochero iba a los lugares a donde veía la llama azul. Entonces él me explicó que era creencia común que cierta noche del año (de hecho la noche pasada, cuando los malos espíritus, según se cree, tienen ilimitados poderes) aparece una llama azul en cualquier lugar donde haya sido escondido algún tesoro.
     —Que hayan sido escondidos tesoros en la región por la cual usted pasó anoche —continuó él—, es cosa que está fuera de toda duda. Esta ha sido tierra en la que han peleado durante siglos los valacos, los sajones y los turcos. A decir verdad, sería difícil encontrar un pie cuadrado de tierra en esta región que no hubiese sido enriquecido por la sangre de hombres, patriotas o invasores. En la antigüedad hubo tiempos agitados, cuando los austriacos y húngaros llegaban en hordas y los patriotas salían a enfrentárseles, hombres y mujeres, ancianos y niños, esperaban su llegada entre las rocas arriba de los desfiladeros para lanzarles destrucción y muerte a ellos con sus aludes artificiales. Cuando los invasores triunfaban encontraban muy poco botín, ya que todo lo que había era escondido en la amable tierra.
    —¿Pero cómo es posible —pregunté yo— que haya pasado tanto tiempo sin ser descubierto, habiendo una señal tan certera para descubrirlo, bastando con que el hombre se tome el trabajo solo de mirar?
    El conde sonrió, y al correrse sus labios hacia atrás sobre sus encías, los caninos, largos y agudos, se mostraron insólitamente. Respondió:
    —¡Porque el campesino es en el fondo de su corazón cobarde e imbécil! Esas llamas sólo aparecen en una noche; y en esa noche ningún hombre de esta tierra, si puede evitarlo, se atreve siquiera a espiar por su puerta. Y, mi querido señor, aunque lo hiciera, no sabría qué hacer. Le aseguro que ni siquiera el campesino que usted me dijo que marcó los lugares de la llama sabrá donde buscar durante el día, por el trabajo que hizo esa noche. Hasta usted, me atrevo a afirmar, no sería capaz de encontrar esos lugares otra vez. ¿No es cierto?
      —Sí, es verdad —dije yo—. No tengo ni la más remota idea de dónde podría buscarlos.
     Luego pasamos a otros temas.
    —Vamos —me dijo al final—, cuénteme de Londres y de la casa que ha comprado a mi nombre.
    Excusándome por mi olvido, fui a mi cuarto a sacar los papeles de mi  portafolios. Mientras los estaba colocando en orden, escuché un tintineo de porcelana y plata en el otro cuarto, y al atravesarlo, noté que la mesa había sido arreglada y la lámpara encendida, pues para entonces ya era bastante tarde. También en el estudio o biblioteca estaban encendidas las lámparas, y encontré al conde yaciendo en el sofá, leyendo, de todas las cosas en el mundo, una Guía Inglesa de Bradshaw. Cuando yo entré, él quitó los libros y papeles de la mesa; y entonces comencé a explicarle los planos y los hechos, y los números. Estaba interesado por todo, y me hizo infinidad de preguntas relacionadas con el lugar y sus alrededores. Estaba claro que él había estudiado de antemano todo lo que podía esperar en cuanto al tema de su vecindario, pues evidentemente al final él sabía mucho más que yo. Cuando yo le señalé eso, respondió:
     —Pero, mi amigo, ¿no es necesario que sea así? Cuando yo vaya allá estaré completamente solo, y mi amigo Harker Jonathan, no, perdóneme, caigo siempre en la costumbre de mi país de poner primero su nombre patronímico; así pues, mi amigo Jonathan Harker no va a estar a mi lado para corregirme y ayudarme. Estaré en Exéter, a kilómetros de distancia, trabajando probablemente en papeles de la ley con mi otro amigo, Peter Hawkins. ¿No es así?
    Entramos de lleno al negocio de la compra de la propiedad en Purfleet. Cuando le hube explicado los hechos y ya tenía su firma para los papeles necesarios, y había escrito una carta con ellos para enviársela al señor Hawkins, comenzó a preguntarme cómo había encontrado un lugar tan apropiado. Entonces yo le leí las notas que había hecho en aquel tiempo, y las cuales transcribo aquí:
    "En Purfleet, al lado de la carretera, me encontré con un lugar que parece ser justamente el requerido, y donde había expuesto un rótulo que anunciaba que la propiedad estaba en venta. Está rodeado de un alto muro, de estructura antigua, construido de pesadas piedras, y que no ha sido reparado durante un largo número de años. Los portones cerrados son de pesado roble viejo y hierro, todo carcomido por el moho.
    "La propiedad es llamada Carfax, que sin duda es una corrupción del antiguo Quatre Face, ya que la casa tiene cuatro lados, coincidiendo con los puntos cardinales. Contiene en total unos veinte acres, completamente rodeados por el sólido muro de piedra arriba mencionado. El lugar tiene muchos árboles, lo que le da un aspecto lúgubre, y también hay una poza o pequeño lago, profundo, de apariencia oscura, evidentemente alimentado por algunas fuentes, ya que el agua es clara y se desliza en una corriente bastante apreciable. La casa es muy grande y de todas las épocas pasadas, diría yo, hasta los tiempos medievales, pues una de sus partes es de piedra sumamente gruesa, con solo unas pocas ventanas muy arriba y pesadamente abarrotadas con hierro.
    “Parece una parte de un castillo, y está muy cerca a una vieja capilla o iglesia. No pude entrar en ella, pues no tenía la llave de la puerta que conducía a su interior desde la casa, pero he tomado con mi kodak vistas desde varios puntos. La casa ha sido agregada, pero de una manera muy rara, y solo puedo adivinar aproximadamente la extensión de tierra que cubre, que debe ser mucha. Sólo hay muy pocas casas cercanas, una de ellas es muy larga, recientemente ampliada, y acondicionada para servir de asilo privado de lunáticos. Sin embargo, no es visible desde el terreno.
    Cuando hube terminado, el conde dijo:
    —Me alegra que sea grande y vieja. Yo mismo provengo de una antigua familia, y vivir en una casa nueva me mataría. Una casa no puede hacerse habitable en un día, y, después de todo, qué pocos son los días necesarios para hacer un siglo. También me regocija que haya una capilla de tiempos ancestrales. Nosotros, los nobles transilvanos, no pensamos con agrado que nuestros huesos puedan algún día descansar entre los muertos comunes. Yo no busco ni la alegría ni el júbilo, ni la brillante voluptuosidad de muchos rayos de sol y aguas centelleantes que agradan tanto a los jóvenes alegres. Yo ya no soy joven; y mi corazón, a través de los pesados años de velar sobre los muertos, ya no está dispuesto para el regocijo. Es más: las murallas de mi castillo están quebradas; muchas son las sombras, y el viento respira frío a través de las rotas murallas y casamatas. Amo la sombra y la oscuridad, y prefiero, cuando puedo, estar a solas con mis pensamientos.
    De alguna forma sus palabras y su mirada no parecían estar de acuerdo, o quizá era que la expresión de su rostro hacía que su sonrisa pareciera maligna y saturnina.
   Al momento, excusándose, me dejó, pidiéndome que recogiera todos mis papeles. Había estado ya un corto tiempo ausente, y yo comencé a hojear algunos de los libros que tenía más cerca. Uno era un atlas, el cual, naturalmente, estaba abierto en Inglaterra, como si el mapa hubiese sido muy usado. Al mirarlo encontré ciertos lugares marcados con pequeños anillos, y al examinar éstos noté que uno estaba cerca de Londres, en el lado este, manifiestamente donde su nueva propiedad estaba situada. Los otros dos eran Exéter y Whitby, en la costa de Yorkshire.


viernes, 26 de septiembre de 2014

Una biblioteca de instituto en "Una habitación en Babel", de Eliacer Cansino



Por su condición de docente, el escritor Eliacer Cansino (Sevilla, 1954) conoce bien la problemática de las bibliotecas de los centros de enseñanza, carentes en muchos casos de recursos materiales y humanos. La situación de la biblioteca del instituto donde trabaja Ángel, personaje de Una habitación en Babel, es una excelente muestra:

La biblioteca está, como casi siempre, cerrada. Últimamente, los profesores no saben qué hacer con ella. Falta espacio en el centro y sobran los libros. Ángel ha intentado abrirla, establecer unos turnos de guardia, pero parece que lucha contra gigantes: que si ya verás como no sirve de nada, que si antes que estar cuidando la biblioteca hay que vigilar los pasillos, que para qué abrirla si acuden solo para comer y charlar, que van a robar los vídeos, que si no hay un vigilante, mejor que no entren, que las vitrinas tienen que estar cerradas con llave, que es preferible que bajen allí los castigados que merodean por todo el instituto y no sabemos dónde meterlos… Unos por convicción de que el orden bibliotecario es la manera que tienen de vivir los libros y que es preferible no abrir que desordenar, y otros porque están cansados, aburridos de intentarlo; los unos por los otros, la casa sin barrer. En realidad la biblioteca es el calabozo de los libros. Se les oye gritar, removerse en los estantes, golpear los cristales de las vitrinas, quieren salir, quieren que alguien los lea. Sus historias no avanzan sin los lectores. En el estante de novela española alguien tomó Tiempo de silencio y no prosiguió su lectura, dejó al Muecas con el ratón mordiéndole la mano, ahí se detuvo, dejó de leer y no volvió. El Muecas sigue con esa mordedura infinita, inacabable, y se le oye gritar, en su lengua resuelta y clara sin puntos ni comas, que alguien lea por favor, que alguien siga adelante hasta donde el ratón suelta el dedo. En la sección de teatro, Luces de bohemia ha quedado con un separador en la escena del cementerio: Rubén y el Marqués mantienen una disputa eterna sobre si cementerio o camposanto, si oscuridad o luz. Y nadie los saca de ese recinto de muerte. Espera Melibea la llegada de Calixto y el alba se ha detenido como una flor enferma, en la que Calixto no aparecerá si otro joven enamorado del amor no entra, toma el libro y lee; detenidas las mariposas blancas en Platero, el guardia de los consumos no sabe si dejarlo o no pasar y Juanra no termina de decir que es solo alimento ideal lo que llevan; lo intenta no obstante, tartamudea, se le oye como un fantasma que quisiera hablar y olvidó la lengua, la lengua que fue su médula, Juanra sin médula, transparente ya y atrapado. No todos oyen. La mayoría pasa y no escucha el griterío, el dilema de Hamlet, las razones de la sinrazón de don Quijote, las blasfemias de don Juan, las humildes palabras con que Juan de la Cruz agradece el amor… Pero Ángel sí los escucha, oye la algarabía, la confesión, la amenaza, la orden, la inmodestia, el ¡ay, infelice, ¡la botella de ron!, el vivo sin vivir en mí… y no puede soportarlo, introduce la llave, abre la puerta de la biblioteca y con el espanto contenido de verse venir contra él el tropel de ese ejército anárquico y ucrónico, ve en cambio que se hace el silencio. Un silencio sepulcral, de cementerio, no, de camposanto, mejor de camposanto que tiene una lámpara -insiste solo la voz de Rubén que no se calla ni debajo del agua-, silencio porque no quieren asustar a nadie y porque conocen la regla del juego, la ley profundísima que rige desde siempre la naturaleza de los libros, como un precepto mayor, inviolable: son los lectores quienes eligen, la libertad de ellos es nuestra libertad. Y espera, eso sí, cada uno en su temblor, la mano de nieve que venga a salvarlos. 
                                                             (Eliacer Cansino, Una habitación en Babel, pp. 113-115)

miércoles, 17 de septiembre de 2014

"La biblioteca de Babel", de Jorge Luis Borges


Nuestras "bibliotecas de papel" existen sólo en los libros pues son fruto de la imaginación de los autores. Bajo esta etiqueta 'El hacedor de sueños' pretende agrupar algunas páginas literarias  sobre bibliotecas de ficción. La primera  debía ser forzosamente la ideada por el autor de El hacedor en el cuento "La biblioteca de Babel", incluido  primero en El jardín de los senderos que se bifurcan, publicado por Sur en 1942, y que a partir de 1944 pasará a engrosar el volumen Ficciones.

Borges  escribió "La biblioteca de Babel" cuando trabajaba  como auxiliar en la biblioteca municipal "Miguel Cané", en el barrio porteño de Boedo, alejado del centro de Buenos Aires. Su ocupación en una biblioteca poco concurrida le resultaba al escritor bastante vulgar y rutinaria, pero le permitía pasarse los días entre libros, leyendo y escribiendo. Borges trasladó al relato algo de ese ambiente  de opresión y monotonía en que se desarrollaba su trabajo.

La biblioteca es para Borges símbolo del universo por el que el hombre-bibliotecario deambula; un universo concebido no como un cosmos ordenado,  sino como un caos, de ahí que se vincule al símbolo del laberinto. La describe como una esfera cuyo centro es el vacío y cuya circunferencia resulta  inaccesible. Está formada por hexágonos cuyos anaqueles contienen todos los libros, formando así el libro total; pero el hombre no puede comprenderlos porque son caóticos e impenetrables pues están escritos en lenguas secretas, algunas ya desaparecidas, y las letras se combinan al azar. Por otra parte, el tamaño de la biblioteca hace que no baste una vida para recorrer sus estantes y leer todos los libros. El hombre no puede acceder a los libros que explican  los misterios fundamentales  pues le están vedados, de ahí que no pueda alcanzar el conocimiento total, tan  solo   pequeñas parcelas de conocimiento. El título remite al mito de la  torre de Babel narrado en el Génesis, símbolo del orgullo humano castigado por la divinidad: los hombres quisieron construir una torre que llegara hasta el cielo, pero Dios los castigó confundiendo sus lenguas, de manera que la imposiblilidad de comunicarse impidió la terminación  de la obra. De igual modo, la biblioteca de Babel prueba la imposibilidad de que el ser humano acceda al conocimiento de la realidad. La biblioteca, además de laberíntica, es inútil pues no puede ser descifrada.



La biblioteca de Babel

          By this art you may contemplate the variation of the 23 letters...
          
The Anathomy of Melancholy, part. 2, sec. ii, mem. iv.

         El UNIVERSO (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante
         Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita.Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

Planos de la biblioteca de Babel
(Rice/Lipka, SUMO, Bernheimer arquitectura)

         A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
         El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
         El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco[1]. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras M C V perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice Oh tiempo tus pirámides. Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
         Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables M C V no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podia influir en la subsiguiente y que el valor de M C V en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
         Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior[2] dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
         Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
         También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
         A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
         Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
         También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total[3]; ruego a los dioses ignorados que un hombre —¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!— lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
         Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de "la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira". Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres

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que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores: que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos —y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
         La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
         Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar —lo cual es absurdo. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.[4]

                                                                                                                                 Mar del Plata, 1941


[1] El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido. (Nota del Editor.)

[2] Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa proporción. Memoria de indecible melancolía: A veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.

[3] Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya estructura corresponde a la de una escalera.

[4] Letizia Álvarez Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nuevo o cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri, a principios del siglo xvii, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparentemente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.

Grabado de Erik Desmazieres inspirado en el cuento de Borges