EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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domingo, 31 de diciembre de 2023

"Final de año", de Jorge Luis Borges





FINAL DE AÑO

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.

(De Fervor de Buenos Aires. En Obras completas, I, 
RBA-Instituto Cervantes, 2005)

Fervor de Buenos Aires es el primer poemario publicado de Jorge Luis Borges (1899-1986).  Apareció en 1923, cuando Borges tenía 24 años, en una edición del autor impresa en la imprenta Serantes de Buenos Aires, con una tirada estimada de 300 ejemplares y con las páginas sin numerar. La portada fue ilustrada por Norah Borges, hermana del autor. 

Compuso la mayor parte de los poemas entre 1921 y 1922, una vez que  la familia hubo regresado a Buenos Aires después de su estancia en Suiza, país en el que se refugiaron durante la Primera Guerra Mundial, y posteriormente en España, donde Borges entró en contacto con el ultraísmo. Argentina era en aquellos años el mayor exportador de cereales del mundo, y la prosperidad económica había llenado la capital, una ciudad en plena transformación,  de rascacielos y automóviles. Pero, frente a lo que parece sugerir el título del libro, Borges, que, a diferencia de sus coetáneos, no desea ser un autor a la moda y cantar la modernidad, sino encontrar su propia voz, se siente desencantado con ese nuevo Buenos Aires, y prefiere expresar la nostalgia del Buenos Aires de sus padres, el de finales del siglo XIX. Sus poemas son, pues, una elegía al Buenos Aires perdido, como indica Fernando García Ramírez.

En ellos inmortaliza muchos de los rincones de la ciudad de Buenos Aires, pero el tema del libro no es el Buenos Aires de las calles del centro, sino el de las afueras, el de los arrabales, el de las casas bajas con patio y con aljibe, como aquella en que vino al mundo el poeta, en la calle Tucumán 840. Como observa  García Ramírez, 

"En estos poemas no hay personajes, hay paisaje urbano, o mejor dicho, hay un solo personaje, un caminante de las orillas, un flaneur que se pasea por los barrios viejos, un joven poeta que recupera las imágenes de la ciudad que fue y las transforma en meditaciones filosóficas sobre el tiempo y la inmortalidad, versos en los que resuenan Berkeley y Schopenhauer".

En opinión de Sylvia Saítta, la importancia de Fervor de Buenos Aires reside en que es el libo en que Borges  "propone la primera invención literaria de su Buenos Aires, pensada a partir de un barrio, que es Palermo, a partir del cual se arma la mitología de Buenos Aires que estalla en esta obra" y que después reaparece en otros de sus libros.

Se trata de un libro que Borges fue corrigiendo en cada una de sus reediciones. La transformación más radical la llevó a cabo en la edición de 1969, en la que los cuarenta y seis poemas de la primera edición quedaron reducidos a treinta y tres, se incluyó un poema nuevo y otros fueron reescritos. También incluye un prólogo en el que niega haber reescrito el libro y justifica las modificaciones:

PRÓLOGO

No he reescrito el libro. He mitigado sus excesos barrocos, he limado asperezas, he tachado sensiblerías y vaguedades y, en el decurso de esta labor a veces grata y otras veces incómoda, he sentido que aquel muchacho que en 1923 lo escribió ya era esencialmente —¿qué significa esencialmente?— el señor que ahora se resigna o corrige. Somos el mismo; los dos descreemos del fracaso y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas; los dos somos devotos de Schopenhauer, de Stevenson y de Whitman. Para mí, Fervor de Buenos Aires prefigura todo lo que haría después. Por lo que dejaba entrever, por lo que prometía de algún modo, lo aprobaron generosamente Enrique Díez-Canedo y Alfonso Reyes.
      Como los de 1969, los jóvenes de 1923 eran tímidos. Temerosos de una íntima pobreza, trataban, como ahora, de escamotearla bajo inocentes novedades ruidosas. Yo, por ejemplo, me propuse demasiados fines: remedar ciertas fealdades (que me gustaban) de Miguel de Unamuno, ser un escritor español del siglo XVII, ser Macedonio Fernández, descubrir las metáforas que Lugones ya había descubierto, cantar un Buenos Aires de casas bajas y, hacia el poniente o hacia el sur, de quintas con verjas.
  En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad. 
J.L.B.
Buenos Aires, 18 de agosto de 1969

En el prólogo afirma que este libro, de cuya primera edición se han cumplido cien años en 2023, "prefigura todo lo que haría después", una idea que desarrolla más adelante en su Ensayo autobiográfico y que evidencia la importancia que Borges concedía a esta obra de juventud:

"Pienso que nunca me he alejado mucho de este libro; pienso que mis trabajos sólo han sido desarrollo de los temas que en él toqué por primera vez; pienso que toda mi vida ha transcurrido volviendo a ese único libro".

Referencias:

-Fernando García Ramírez, "Cien años de Fervor de Buenos Aires". Consultado en: https://letraslibres.com/literatura/fernando-garcia-ramirez-siglo-fervor-buenos-aires-borges/
-Sylvia Saítta, entrevista consultada en: https://www.argentina.gob.ar/noticias/cien-anos-de-fervor-de-buenos-aires-el-primer-libro-de-poemas-de-jorge-luis-borges-tuvo-su

Otras entradas relacionadas con el autor en este blog:
-Sobre el nombre de nuestro blog: AQUÍ.
-El poema "Alhambra": AQUÍ.
-El poema "Los justos": AQUÍ.
-El poema "La noche de san Juan": AQUÍ.
-El cuento "La biblioteca de Babel": AQUÍ.
-El poema "Ya somos el olvido que seremos...": AQUÍ.
-El texto en prosa poética "Posesión del ayer": AQUÍ.

[Imagen inicial: Okdiario]

viernes, 1 de enero de 2016

"Posesión del ayer", de Jorge Luis Borges



POSESIÓN DEL AYER


    Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swinburne*, lo hago, me dicen, con su voz. Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Ilión fue, pero Ilión perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

                                         De Los conjurados, Alianza, 1985, pág. 63

*Swinburne (1837-1909) fue un poeta inglés de la época victoriana.                                          

domingo, 1 de noviembre de 2015

"Ya somos el olvido que seremos...", de Jorge Luis Borges


Cementerio viejo de Fuentespalda (Teruel)


                  Aquí. Hoy


Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.


[Selección: Javier Aznar]

Cuando el 25 de agosto de 1987 el médico colombiano Héctor Abad Gómez  muere asesinado por paramilitares en el centro de Medellín, su hijo, el escritor Héctor Abad Faciolince, encuentra, en uno de sus bolsillos, este soneto copiado a mano por el doctor y firmado JLB. El poema se convirtió en epitafio de la tumba del padre, y en noviembre de ese mismo año, el escritor lo publicó  en el dominical de 'El Espectador', atribuyéndolo a Borges*. 

 Veinte años más tarde, Héctor Abad Faciolince escribe un libro sobre su padre titulado El olvido que seremos, en el que incluye el soneto. Y con el éxito comercial de la obra, surge la polémica en torno al soneto: la insinuación de que se trata de un apócrifo,  e incluso de que el escritor ha inventado lo del hallazgo en el bolsillo de su padre. Entonces, Abad decide rastrear el origen de los versos -no incluidos ni en la Obra poética ni en las Obras completas de Borges-, bien para confirmar que son de Borges o para atribuirlos a un autor distinto. Comienza así un largo proceso de investigación que lo lleva desde Francia hasta Argentina y que termina  por confirmar la autoría de Borges, algo en lo que el escritor colombiano siempre había creído, y descubrir cinco poemas inéditos del autor argentino.

 Fundamental para el avance de la investigación fue el artículo aparecido en un diario de Medellín en el que la estudiante contratada para ayudarle en la investigación solicitaba información sobre el poema. Una mujer llamada Tita Botero respondió a la petición y entregó al escritor un recorte de la revista 'Semana' (a la que estaba suscrito el doctor), de 26 de mayo de 1987, en el que se lee lo siguiente: 

Acaba de aparecer  en Argentina un "librito", hecho a mano, de 300 copias para distribuir entre amigos. El cuaderno fue publicado por Ediciones Anónimas  y en él hay cinco poemas de Jorge Luis Borges, inéditos todos, y, posiblemente, los últimos que escribió en vida. Casi un año después de la muerte de Borges, se publica este cuaderno por un grupo de estudiantes de Mendoza, Argentina, que tiene toda la credibilidad y el respeto para obligarse a decir la verdad. Aquí reproducimos dos de esos cinco últimos poemas de Borges.

Uno de los dos poemas era el soneto que nos ocupa, una meditación sobre la muerte que el doctor Abad había leído en su programa de radio semanal. Más tarde, Jaime Correas -uno de los estudiantes mendocinos- le confirmará la historia y le explicará cómo llegaron a sus manos los poemas, que habían sido traducidos al francés y publicados en Francia por el poeta Jean-Dominique Rey. El relato pormenorizado de sus pesquisas ha sido narrado  por el autor: http://www.letraslibres.com/revista/convivio/un-poema-en-el-bolsillo 


Sobre el olvido que sucede a la muerte, escribe Abad Faciolince en el capítulo 42 del libro:
Todos estamos condenados al polvo y al olvido [...]. Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca de desaparecer. Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito. Todas esas personas con las que está tejida la trama más entrañable de mi memoria, todas esas presencias que fueron mi infancia y mi juventud, o ya desaparecieron y son solo fantasmas, o vamos camino de desaparecer, y somos proyectos de espectros que todavía se mueven por el mundo. En breve todas estas personas de carne y hueso, todos estos amigos y parientes a quienes tanto quiero, todos esos enemigos que devotamente me odian, no serán más reales que cualquier personaje de ficción, y tendrán su misma consistencia fantasmal de evocaciones y espectros, y eso en el mejor de los casos, pues de la mayoría de ellos no quedará sino un puñado de polvo y la inscripción de una lápida cuyas letras se irán borrando en el cementerio. Visto en perspectiva, como el tiempo del recuerdo vivido es tan corto, si juzgamos sabiamente, "ya somos el olvido que seremos", como decía Borges. Para él este olvido y ese polvo elemental en el que nos convertiremos eran un consuelo "bajo el indiferente azul del Cielo". Si el cielo, como parece, es indiferente a todas nuestras alegrías y a todas nuestras desgracias, si al universo le tiene sin cuidado que existan hombres o no, volver a integrarnos a la nada de la que vinimos es, sí, la peor desgracia, pero al mismo tiempo, también, el mayor alivio y el único descanso, pues ya no sufriremos con la tragedia, que es la conciencia del dolor y de la muerte de las personas que amamos.
                                   Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, Seix Barral, Booket, 2010, pp. 272-273


miércoles, 17 de septiembre de 2014

"La biblioteca de Babel", de Jorge Luis Borges


Nuestras "bibliotecas de papel" existen sólo en los libros pues son fruto de la imaginación de los autores. Bajo esta etiqueta 'El hacedor de sueños' pretende agrupar algunas páginas literarias  sobre bibliotecas de ficción. La primera  debía ser forzosamente la ideada por el autor de El hacedor en el cuento "La biblioteca de Babel", incluido  primero en El jardín de los senderos que se bifurcan, publicado por Sur en 1942, y que a partir de 1944 pasará a engrosar el volumen Ficciones.

Borges  escribió "La biblioteca de Babel" cuando trabajaba  como auxiliar en la biblioteca municipal "Miguel Cané", en el barrio porteño de Boedo, alejado del centro de Buenos Aires. Su ocupación en una biblioteca poco concurrida le resultaba al escritor bastante vulgar y rutinaria, pero le permitía pasarse los días entre libros, leyendo y escribiendo. Borges trasladó al relato algo de ese ambiente  de opresión y monotonía en que se desarrollaba su trabajo.

La biblioteca es para Borges símbolo del universo por el que el hombre-bibliotecario deambula; un universo concebido no como un cosmos ordenado,  sino como un caos, de ahí que se vincule al símbolo del laberinto. La describe como una esfera cuyo centro es el vacío y cuya circunferencia resulta  inaccesible. Está formada por hexágonos cuyos anaqueles contienen todos los libros, formando así el libro total; pero el hombre no puede comprenderlos porque son caóticos e impenetrables pues están escritos en lenguas secretas, algunas ya desaparecidas, y las letras se combinan al azar. Por otra parte, el tamaño de la biblioteca hace que no baste una vida para recorrer sus estantes y leer todos los libros. El hombre no puede acceder a los libros que explican  los misterios fundamentales  pues le están vedados, de ahí que no pueda alcanzar el conocimiento total, tan  solo   pequeñas parcelas de conocimiento. El título remite al mito de la  torre de Babel narrado en el Génesis, símbolo del orgullo humano castigado por la divinidad: los hombres quisieron construir una torre que llegara hasta el cielo, pero Dios los castigó confundiendo sus lenguas, de manera que la imposiblilidad de comunicarse impidió la terminación  de la obra. De igual modo, la biblioteca de Babel prueba la imposibilidad de que el ser humano acceda al conocimiento de la realidad. La biblioteca, además de laberíntica, es inútil pues no puede ser descifrada.



La biblioteca de Babel

          By this art you may contemplate the variation of the 23 letters...
          
The Anathomy of Melancholy, part. 2, sec. ii, mem. iv.

         El UNIVERSO (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante
         Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita.Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

Planos de la biblioteca de Babel
(Rice/Lipka, SUMO, Bernheimer arquitectura)

         A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
         El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo corolario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
         El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco[1]. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras M C V perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice Oh tiempo tus pirámides. Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
         Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables M C V no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podia influir en la subsiguiente y que el valor de M C V en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.
         Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior[2] dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
         Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
         También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
         A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
         Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
         También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total[3]; ruego a los dioses ignorados que un hombre —¡uno solo, aunque sea, hace miles de años!— lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
         Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de "la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira". Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres

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que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores: que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos —y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).
         La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
         Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar —lo cual es absurdo. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.[4]

                                                                                                                                 Mar del Plata, 1941


[1] El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido. (Nota del Editor.)

[2] Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa proporción. Memoria de indecible melancolía: A veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin hallar un solo bibliotecario.

[3] Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya estructura corresponde a la de una escalera.

[4] Letizia Álvarez Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen, de formato común, impreso en cuerpo nuevo o cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas infinitamente delgadas. (Cavalieri, a principios del siglo xvii, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparentemente se desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.

Grabado de Erik Desmazieres inspirado en el cuento de Borges

domingo, 23 de junio de 2013

"La noche de San Juan", de Jorge Luis Borges



La noche de San Juan

El poniente impecable en esplendores
quebró a filo de espada las distancias.
Suave como un sauzal está la noche.
Rojos chisporrotean
los remolinos de las bruscas hogueras;
leña sacrificada
que se desangra en altas llamaradas,
bandera viva y ciega travesura.
La sombra es apacible como una lejanía;
hoy las calles recuerdan 
que fueron campo un día.
Toda la santa noche la soledad rezando
su rosario de estrellas desparramadas.

(Jorge Luis Borges, de Fervor de Buenos Aires, 1923)

Otros poemas del autor en este blog:

domingo, 23 de diciembre de 2012

"Los justos", de Jorge Luis Borges

"El viejo jardinero", de Maurice de Vlaminck (1876-1958)


                                        Los justos

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.


                                    (Jorge Luis Borges, de La Cifra, 1981)

[Selección de la profesora Pilar López]



 Del mismo autor puedes leer en este blog el poema "Alhambra":

domingo, 15 de enero de 2012

"Alhambra", de Jorge Luis Borges


               ALHAMBRA

Grata la voz del agua
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.
Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.

(Jorge Luis Borges, de Historia de la noche, 1977)

[Selección del profesor Jose Molina]

El poema, fechado en Granada en 1976, fue compuesto por Borges con motivo de su estancia en la ciudad en compañía de María Kodama. Borges (1899-1986) había visitado Granada con sus padres siendo un adolescente, y se enamoró de la ciudad. Regresa a ella, anciano y ciego, porque desea mostrársela a su compañera. Antonio Muñoz Molina escribe que María le contó “la impaciencia con que Borges se preparaba aquella mañana para la visita, anticipándole las maravillas que recordaba bien y que ella aún no había visto, tan ilusionado por volver y mostrárselas que hasta se le olvidó que estaba ciego”. María Kodama recuerda también, en una entrevista, la incomodidad que sintió ella cuando se disponían a cruzar una de las puertas de la Alhambra, al leer en una placa de cerámica la inscripción con unos versos de Francisco A. de Icaza: “que no hay en la vida nada / como la pena de ser / ciego en Granada”. El escritor, al notarlo, la tranquilizó diciéndole: “No te sientas mal. Tú me la enseñarás con los ojos de otro Oriente”, haciendo alusión a la ascendencia japonesa de Kodama.

 El escritor Francisco Ayala (1906-2009) observó que, en el poema, la luminosidad de la Alhambra está percibida por el ciego Borges por medio de los otros sentidos: “Grata la voz del agua / a quien abrumaron negras arenas, comienza recogiendo a través del oído la impresión del paraje que se niega a sus ojos, para apelar en seguida al sentido del tacto: Grato a la mano cóncava / el mármol circular de la columna. Y otra vez al oído: Gratos los finos laberintos del agua […]”. 

El poema evoca la última tarde del rey Boabdil en la ciudad de Granada, que, perdida para siempre, debe entregar a los reyes cristianos; pero quizá, como intuye Muñoz Molina, el último verso sea también la despedida del propio Borges, que murió diez años después.

Otros poemas del autor en este blog:
   -"Los justos": AQUÍ.
   -"La noche de San Juan": AQUÍ.
   -"Ya somos el olvido que seremos": AQUÍ.
   -"Final de año": AQUÍ.

Textos en prosa:
   -"Posesión del ayer": AQUÍ.
   -"La biblioteca de Babel": AQUÍ.

También encontrarás  información sobre el autor en "El nombre del blog": AQUÍ.

miércoles, 6 de enero de 2010

El nombre del blog


El nombre del blog "El hacedor de sueños" quiere rendir tributo a uno de los grandes literatos de las letras hispanas: Jorge Luis Borges. Este prolífico escritor argentino, autor de numerosos ensayos breves, cuentos y poemas, y lector empedernido, publicó en 1960 un poemario titulado "El hacedor", una suerte de parábola sobre su propia labor de escritor, en la que el poeta ya ciego, cual Homero, hace una reflexión sobre el gran papel de los libros en su vida.
"Hacedor" es el significado literal de la palabra griega poeta "poites", del verbo "poiein", 'hacer', porque los poetas y los escritores, en general, son hacedores de sueños, pues mediante la lectura de las miles de historias encerradas en los libros se pueden vivir mil vidas distintas haciendo volar la imaginación como en los sueños.

Bibliotecario ya en 1937 en la Biblioteca Miguel Cané, donde catalogaba libros y, en sus ratos libres, empezó a escribir sus primeros cuentos, fue obligado a abandonar su puesto en la biblioteca durante el gobierno de Perón y nombrado director de la Biblioteca Nacional tras su derrocamiento. Siempre confesó Borges su amor por los libros y las bibliotecas: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Jorge Luis Borges.

Dedicatoria de El hacedor de Borges

A Leopoldo Lugones

Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a la derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores,a la luz de las lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquel otro epíteto que también define por el contorno, el árido camello del Lunario, y después aquel hexámetro de la Eneida, que maneja y supera el mismo artificio:

Ibant obscuri sola sub norte per umbras.

Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.
En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua. La vasta biblioteca que me rodea está en la calle México, no era la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del treinta y ocho. Mi vanidad y mi nostalgia han armado una escena imposible. Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se
perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado.
J. L. B.
Buenos Aires, 9 de agosto de 1960.
(Alianza Editorial,2003)


Frases famosas de Borges sobre los libros y la lectura:
  • “De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”.
  • “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído".
  • “La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.”
  • “Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida".