EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 11 de noviembre de 2018

"La gran guerra", de Joaquín Pérez Azaústre

"Auf Wiedersehen". Despedida de un soldado alemán frente
a la planta de ácido carbónico Gotha. Foto de Bains News Service,
27 de enero de 1915. Colección Library of Congress, Washington D. C.



LA GRAN GUERRA


Te he buscado
perdido por la lluvia
que arrasa la nación estas semanas.

El tráfico de gestos en las calles
húmedas y cargadas de silencio
me dice que tu rostro podía ser cualquiera.

Lejos quedaron ya los días del festejo,
tú admirada por mí, por mi uniforme,
repartidos tú y yo por las esquinas,
soñando en el café nuestros destinos,
el ambiente insensato de alborozo,
de tu mano el periódico doblado
con grandes titulares celebrando la guerra.

Nunca amamos, sin duda, como entonces.
Días de permiso, hoteles viejos.

Un fantasma de gas me espera en la ventana,
tú corres las cortinas y te tiendes,
no sabes qué podrá pasarnos luego.

No pides más que este lugar y este ahora,
un recodo de hotel
donde el amor habita en un instante.

Hoy he vuelto. La guerra la perdimos.

Perdimos la gran guerra; estamos muertos.

Alguien quedó dormido en los alambres,
mis amigos se enredan
en el frío de cada amanecer.

Visito cada tarde a sus familias.
Me miran como a un ser de tierra extraña.

Les pregunto por ti, si no te han visto.

Todas las chicas se parecen ahora,
llevan todas el mismo traje gris,
la misma sombra larga,
son espectros delgados
ocultos de la luz.

Te he buscado
perdido por la lluvia
que arrasó la nación esas semanas.

El tráfico de gestos en las calles
húmedas y cargadas de silencio
me dice que tu rostro podría ser cualquiera.

Es posible que tú me reconozcas.

Entonces yo me miro en los espejos,
en los ojos ausentes de soldados que vuelven.
Somos todos el hombre derrotado.

También tú,
si me estuvieras buscando,
podrías confundirme con cualquiera.

      En Andalucía poesía joven. Sel. de Guillermo Ruiz Villagordo.
                                                                                          Plurabelle, 2004


Joaquín Pérez Azaústre
Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) es escritor y columnista. Desde 1998 reside en Madrid, donde obtuvo una beca de creación  en la Residencia de Estudiantes y se licenció en Derecho. Su producción abarca distintos géneros literarios: poesía, narrativa, ensayo y artículos periodísticos. En 2001 publicó su primer libro de poemas, Una interpretación (Premio Adonáis 2000), al que siguieron Delta (2004, accésit del XV Premio Jaime Gil de Biedma), El jersey rojo (2006, Premio Loewe de Creación Joven), El precio de una cena en Chez Mourice (2007), Las Ollerías (2011, XXIII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe), Vida y leyenda del jinete eléctrico (2013, XXIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma), la antología Ella estaba detrás del laberinto (2016) y Poemas para ser leídos en un centro comercial (2017). Ha publicado los libros de relatos Cartas a Isadora (2001) y Ser lobo  y otras narraciones (2015), además de las novelas América (2004), El gran Felton (2006), La suite de Manolete (2008, Premio Fernando Quiñones), Los nadadores (2012, traducida a varios idiomas) y Corazones en la oscuridad (2016). Es autor, asimismo, de los ensayos Reloj de sol (2004), Lucena sefardita. La ciudad de los poetas (2005), El corresponsal de Boston (2006), After-Hour. Una lectura de 'Descrédito del héroe', de José Manuel Caballero Bonald (2007) y La chica del calendario (2008). Colabora o ha colaborado en El País Andalucía, La razón, El Cultural de El Mundo y Diario de Córdoba; en 2003 obtuvo el Premio Meridiana del Instituto Andaluz de la Mujer por sus artículos periodísticos. Fue nombrado Cordobés del año 2000, y en 2001 obtuvo el Premio Andalucía Joven a la Creación en Córdoba. Fue coordinador literario del festival Cosmopoética en 2012 y 2013. Poemas y relatos suyos están incluidos en numerosas antologías.


*          *          *
Hoy se cumplen cien años del final de la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, que acabó el 11 de noviembre de 1918.

[La fotografía del autor procede de: dossierjuanasalabert-otrolunes.]

domingo, 4 de noviembre de 2018

"Mientras cantaba a la naturaleza", según Thou-Fou

Hiroshige, Puente bajo la lluvia, 1857


MIENTRAS CANTABA A LA NATURALEZA

Según Thou-Fou


Sentado en mi pabellón al borde del agua, contempla-
ba la belleza del  tiempo; el  sol marchaba lentamente
hacia occidente a través del cielo límpido.

Los navíos se balanceaban sobre el  agua, más ligeros
que los pájaros sobre las ramas, y el sol de otoño derra-
maba su oro sobre el mar.

Cogí  mi  pincel e, inclinado  sobre  el  papel, tracé  ca-
racteres comparables a negros cabellos que una mujer
alisa con la mano.

Y, bajo el sol de oro, canté a la belleza del tiempo.

En el último verso, levanté la cabeza; y entonces vi la
lluvia cayendo en el agua.

             Judith Gautier, El libro de jade. Versión de
Julián Gea. Ardicia, 2013


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miércoles, 31 de octubre de 2018

"El almohadón de plumas", un cuento de Horacio Quiroga


                      





                         EL ALMOHADÓN DE PLUMAS



SU LUNA de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En este extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegara su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza[1] que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de la calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámenme en seguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio y que descendieron luego a ras de suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no podía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella sus ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora ahora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo tiempo en silencio y siguieron al comedor.
—Pst… —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio… Poco hay que hacer…
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiendo en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía
siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós[2]: sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas.

(Horacio Quiroga, El almohadón de plumas y otros relatos. Maestros del terror, El País, Madrid, 2009, pp. 9-15*)




[1] influenza, gripe.
[2] bandó, parte del cabello que en un peinado femenino cubre la sien.

*Las notas son nuestras.

Horacio Quiroga
Horacio Quiroga (El Salto, Uruguay, 1878-Buenos Aires, Argentina, 1937), además de poeta y dramaturgo,  es uno de los más grandes cuentistas latinoamericanos.

Hijo del vicecónsul argentino en Salto, su vida estuvo marcada por terribles tragedias: su padre murió por un disparo accidental de su propia escopeta; su padrastro se voló la cabeza años más tarde; el propio Quiroga mató involuntariamente a un amigo, y su primera esposa se suicidó. En 1900 viajó a París, donde conoció a Rubén Darío, pero fue el viaje que en 1903 realizó con el poeta Leopoldo Lugones a la selva de Misiones el que provocó un cambio radical en su vida y en su obra. Deseando vivir en contacto con la naturaleza, se instaló  con su familia en una cabaña en la selva, pero su primera esposa, incapaz de soportar esa vida, cayó en una profunda depresión y tomó un veneno que le provocó una lenta agonía. Quiroga se instaló con sus hijos en Buenos Aires, si bien regresó a la selva con su segunda esposa, que lo abandonó. Enfermo de cáncer, también él se quitó la vida ingiriendo cianuro en 1937.

Empezó escribiendo cuentos de tono modernista, bajo la influencia de Poe, Maupassant y Baudelaire. Más tarde, sin abandonar las preocupaciones anteriores (la muerte, el horror, la fatalidad, el misterio), sus relatos, bajo la influencia de Kipling, se ambientan en la selva americana, que pasará a ser el asunto central de sus narraciones. Su obra muestra así el paso del decadentismo cosmopolita  a la americanización del Modernismo con la búsqueda de la esencia de lo americano en lo criollo y  en la Naturaleza, grandiosa y terrible. Conoció el éxito  con Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), el que pertenece el relato "El almohadón de Plumas", Cuentos de la selva (1918), Anaconda (1921) o Los desterrados (1926). Nos legó también el "Decálogo del perfecto cuentista".

domingo, 28 de octubre de 2018

"Minúsculo suplemento al libro egipcio de los muertos", de Claude Roy

La balanza de Maat. Sección del Libro de los Muertos. Tebas, dinastía XXI,
1075-945 a. C. [www.metmuseum.org]


Minúsculo suplemento al libro egipcio de los muertos

Me gusta imaginar que emprendo el camino antes que tú
(es probable y justo que así sea)
me gusta poder imaginar que se trata en efecto
de emprender un viaje a bordo de la barca egipcia
a lo largo de las aguas privadas de cielo
luego por la comarca al envés del espejo

Y si los pesadores de almas y los guardianes del umbral
me dejasen pasar
llegaría el primero a una casa parecida
a esta en la que vivimos
Lo prepararía todo mientras espero tu llegada
La cama estaría hecha las provisiones preparadas
el fuego encendido apenas una cerilla

Una tarde llaman a la puerta  Abro Eres tú
“¿Te ha parecido mucho tiempo?”

Pero ya     al hacer la pregunta
no comprendes más el sentido de tus palabras
pues tú semejante aquí a en quien yo me he convertido
no sabemos ya qué quiere decir
la palabra tiempo

     (Publicado por Martín López-Vega en el blog Rima interna de El Cultural,
11 de noviembre de 2013)

Claude Roy [www.ina.fra]

Claude Roy (Charentais, 1915-París, 1997) fue escritor, periodista y crítico de arte francés, además de gran viajero y traductor de poesía china. Hijo de un pintor español, fue compañero de estudios y amigo de François Mitterrand. Se encontraba prestando el servicio militar cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, por lo que fue movilizado. Fue hecho prisionero en junio de 1940, pero en octubre se evadió y alcanzó la zona libre. En 1941 se unió a la Resistencia, de la que formaba parte el poeta Louis Aragon, quien lo persuadió para que se uniera al Partido Comunista (PCF) en 1943. Fue corresponsal de guerra durante la campaña en Alemania. En 1956 rompió con el PCF, por su desacuerdo con la intervención soviética en Hungría. En 1957 comenzó sus colaboraciones con el semanario France Observateur (después, Nouvelle Observateur), en las que expuso sus posiciones antisoviéticas y se manifestó contra la guerra de Argelia. Fue también cronista de Libération, el periódico fundado por Sartre en 1973, y miembro del comité de lectura de la editorial Gallimard hasta su muerte. Se casó en segundas nupcias con la actriz y dramaturga Loleh Bellon (1925-1999), divorciada del escritor español Jorge Semprún (1923-2011). Su vida estuvo marcada por la guerra ("Nacido en la guerra, en 1915, la conciencia de ser hombre me vino viendo sucederse las guerras."), la política ("la pesadilla de la historia") y la enfermedad (se le detectó un cáncer de pulmón en 1983). 

Es autor de una importante obra, que incluye poesía, crítica, memorias, narrativa, libros de viajes y libros para niños. Destacan sus libros de viajes (Clés pour la Chine), las novelas (Le malheur d'aimer, Le soleil sour la terre), su autobiografía en tres tomos (Moi je, Nous y Somme toute), y los seis tomos de diarios (Reencontres des jours) que dio a la imprenta desde 1983 hasta su muerte (mezcla de reflexiones, historias, diarios de viaje, poemas y aforismos), así como su obra ensayística, especialmente sus estudios sobre Balthus y Picasso.

De la veintena de poemarios que compuso, Martín López-Vega (en www.epdlp.com) destaca À la lisière du temps (1984), Le voyage d'automne (1987), Le noir de l'aube (1990) y Les pas du silence (1993). López-Vega describe la poesía de Claude Roy como una poesía elegíaca de factura sencilla, con enorme presencia de lo autobiográfico y en la que la muerte es el tema fundamental, una muerte "vista desde la ignorancia del día siguiente", como ocurre en el poema elegido. Y añade:
La certeza de la muerte lleva al autor a elaborar un carpe diem melancólico, porque no se trata sólo de una celebración del presente, sino sobre todo de un intento de llenarlo con instantes felices recobrados del pasado. Claude Roy quiere cantar el amor y la felicidad, y en sus poemas aparecen transparentes otros temas: la angustia, el tiempo, la muerte.
Su obra fue reconocida con importantes galardones, entre ellos, el primer Premio Goncourt de poesía en 1985, el Premio Guillaume Apollinaire en 1995, y el Premio Valery Larbaud para ensayos en 1996.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Día de la Biblioteca 2018



Hoy, 24 de octubre, es el Día de la Biblioteca. En España se celebra desde 1997 por iniciativa de la Asociación de Amigos del Libro Infantil y Juvenil. La propuesta de esta celebración surgió en memoria del incendio de la biblioteca de Sarajevo en 1992, durante la guerra de los Balcanes, para trasladar a la opinión pública la importancia de las bibliotecas como lugar de encuentro de los lectores con la cultura, así como la importancia de los libros para conservar la memoria colectiva y como instrumento de mejora de la formación y la convivencia humana.

Con la celebración de este día se quiere concienciar a la sociedad de la importancia de la lectura, y agradecer la labor de  los profesionales de las bibliotecas, difundiendo la existencia de un servicio público de proximidad que contribuye a facilitar una vía de acceso al conocimiento a todos los ciudadanos.

Cada año un escritor y un ilustrador de reconocido prestigio se encargan  de la redacción del pregón y el diseño del cartel. Este año se ha contado para ello con el escritor Gonzalo Moure,  Premio Cervantes Chico 2017, y con el ilustrador Alfonso Zapico,  Premio Nacional de Cómic en 2012.


Texto del pregón:


El día de la luz

Vengo del desierto del Sáhara, de inaugurar una biblioteca. Está en Dajla, el más alejado, el más olvidado de los cinco campamentos de refugiados saharauis. Es la cuarta biblioteca que construimos, y es preciosa. En el centro hemos plantado árboles, para que los niños y los jóvenes del Sáhara puedan experimentar el gozo de sentarse a su sombra a leer un libro. No queremos que esa biblioteca sea ningún “templo de silencio”, sino más bien un espacio para del sonido, para el ruido. Una biblioteca que ya es el lugar más hermoso del campamento. Un espacio para desear ir a buscar lectura, pero también amistad, sueños compartidos. Incluso amor. Un lugar en el que enamorarse mirando unos ojos por encima de un libro. Porque al fin y al cabo, la biblioteca es el lugar en el que se descubre al otro, de papel o de carne.

En una película inolvidable, la mejor película de ciencia ficción de la historia, 2001, una odisea del espacio, aparece un monolito cada vez que el hombre se dispone a dar un salto cualitativo. Kubrick, su director, debería haber puesto un libro en su lugar. Porque han sido los libros los que han marcado el ritmo de los cambios del ser humano. Porque el libro es el laboratorio del hombre, el lugar en el que se experimenta con emociones, descubrimientos, utopías, apuestas. Somos lo que somos porque hemos pensado y escrito sobre cómo ser y sobre cómo no ser. Y seremos lo que pensemos, lo que piensen y escriban las próximas generaciones.

Así que una biblioteca no es solo un lugar en el que invitar a leer, sino también, o por eso, un lugar en el que invitar a escribir. Las bibliotecas del siglo XXI son, pueden ser, tienen que ser el semillero de nuevas novelas, nuevos monolitos, mojones de nuestro futuro. Si el siglo XX fue sin duda el siglo de la lectura, el siglo XXI puede llegar a ser el siglo de la escritura, ya lo está siendo.

Por todo eso construimos bibliotecas en los campamentos del desierto. Porque no son solo para los saharauis. Las paga nuestra sociedad civil, mediante socios adultos, y mediante actividades solidarias en colegios, institutos y bibliotecas. Y los alumnos y lectores que las sufragan se hacen conscientes de lo extraordinario que es tener una biblioteca, aprenden a valorar la suya, a defenderla. Cada biblioteca del desierto tiene detrás a miles de niños, jóvenes y adultos que la han hecho posible con su pequeño esfuerzo. Sumando. Cada lector saharaui tiene a su lado a miles de lectores, más conscientes de la importancia de una biblioteca, porque con su trabajo se ha construido una, en un clima y un lugar tan hostil.

Piensa en tu biblioteca. Hubo un día en el que esa biblioteca no existía. Alguien la soñó, luchó por ella, la llenó de libros y también de sueños. Hazte del equipo de ese alguien que la hizo posible, lucha por un mundo en el que no haya un ser humano que no tenga cerca una biblioteca, o un amoroso bibliobús. Que no haya un solo niño, joven o adulto, que no roce la mano de una bibliotecaria que le aconseje, que le oriente en el laberinto. Que es lo mismo que decir que no haya un solo ser humano conectado a lo que fue, lo que es y lo que será.

En tu mano hay millones de manos, estrechando la tuya, acompañándote en el camino. Tiernas o callosas, pequeñas o grandes. En el libro que te espera en la mesilla de noche o junto al sofá, hay millones de libros. Ingenuos o complejos, humildes o lujosos. Pero todo preciosos. Conectados todos por un invisible hilo de plata que une mano con mano, estantería con estantería, un hilo inacabable y luminoso. Inacabable, y así sea. Hoy es el Día de la Biblioteca, que es lo mismo que decir El día de la Luz.

Feliz día, feliz siglo.


(Texto: Gonzalo Moure. Cartel: Alfonso Zapico. Ambos se han tomado de revistababar.com)

martes, 23 de octubre de 2018

Vuelve "Poesía para llevar"



Este otoño Poesía para llevar (PPLL) regresa a los centros públicos aragoneses con un ímpetu arrollador. Si el curso pasado participaron más de cuarenta centros en este programa de innovación educativa, hoy (curso 18/19), entre IES, Centros Públicos Integrados y Centros de Adultos, somos ya setenta y cinco. Y se nos han sumado dos centros de Tesalónica (relacionados con el IES Parque Goya) y algunos otros más, también extranjeros, en los que trabajan compañeros aragoneses. ¡Poesía para llevar traspasa las fronteras nacionales! Todo un éxito que, si bien podemos atribuirnos en cierta medida todos los participantes, es justo agradecérselo muy especialmente a los responsables de la organización, encargados de revisar la maquetación de los poemas que enviamos semanalmente, de difundirlos a través de la red, de mantener activos el blog del grupo y las redes sociales (Facebook, Twitter, Pinterest, Instagram), en fin, de ser el espíritu que anima y vivifica esta actividad.

            Perdón, ¿no sabéis todavía en qué consiste este proyecto de poesía? Podéis informaros en el universo virtual. Seguidnos en:

            PPLL es una actividad de difusión del género poético abierta a toda la comunidad educativa y vinculada a la Biblioteca escolar, cuyo principal objetivo es contribuir al desarrollo de la capacidad comunicativa y el hábito lector, a la educación de la sensibilidad literaria y al gusto por la poesía de nuestro alumnado. Nació hace ya diecisiete cursos en el IES Bajo Cinca de Fraga (Huesca) con el profesor Julio Moreno y contó desde su inicio con el respaldo del Departamento de Educación. Otros centros supieron reconocer y valorar la importancia educativa de esta actividad, la imitaron y los resultados son la difusión que ha logrado en la actualidad. A nuestro IES llegó de la mano de Isabel Abanto, profesora del Departamento de Lengua y Literatura.


             
             Cada semana, cumpliendo escrupulosamente con el calendario que nos fija la organización, un centro selecciona un poema de un autor clásico o contemporáneo que, trabajado previamente con los alumnos, comentado por ellos y acompañado por una breve biografía de su autor, se envía a los responsables para que sea distribuido en red a todos los centros participantes quienes, a su vez, los imprimen, distribuyen y trabajan en sus propios centros escolares. Los poemas, numerados, acaban formando parte de un coleccionable que los alumnos pueden encuadernar y conservar.


             
             La actividad poética semanal se completa, por ejemplo, con exposiciones de poemas ilustrados o con la participación en el concurso autonómico de poesía cuyo fallo se realiza en torno al 23 de abril (en la convocatoria pasada nuestra alumna Ada Monleón ganó el primer premio en la categoría de 1º-3º de ESO y Margarita Oyarzábal consiguió un excelente 4º puesto en la suya: 4º de ESO y BTO).  Pero hay más momentos de encuentro entre los centros participantes: creación de números monográficos, conmemoración de días señalados (Día de las bibliotecas, Día de la paz, Día de la mujer, Día de la poesía, etc.), encuentros con autores y periódicas reuniones que permiten compartir y debatir distintas experiencias. En PPLL trabajan muchos compañeros con excelentes ideas y un entusiasmo contagioso e inspirador que permite llevarlas a cabo.

            Ya tenemos preparados en nuestro IES los puntos de difusión de PPLL: uno en la biblioteca (no podía ser de otro modo) y otro en el vestíbulo del pabellón central del IES. También las aulas cuentan con su lugar para la poesía.


            Un nuevo curso ha comenzado, estad atentos a la llegada semanal del poema. Ya sabéis dónde encontrarlo. En esta semana nos llega el nº 2A. Leedlos, releedlos, disfrutadlos, saboreadlos y compartidlos. Nuestro centro participará el 21 de noviembre, con el número 6A.  ¡No os lo perdáis!

            Poesía para llevar ha vuelto a nuestro centro y ha llegado para quedarse.  


                                                                                              M. L. Mateo