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jueves, 21 de septiembre de 2023

"Años", un cuento de Cesare Pavese


©Eduardo Úrculo

 

Años

De lo que yo era entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales de invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella: ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probásemos de nuevo; estaba acostado a su lado y la abrazaba. Ella me dijo:

—¿Con qué finalidad? —Hablábamos en voz baja, a oscuras.

Luego Silvia se durmió y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.

Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.

Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:

—Es bonito ser sinceros, como nosotros.

—¡Oh, Silvia! —susurré—, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré?

Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.

—Bobo —dijo—, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.

Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba impaciente.

—Tú eres como una prostituta —le dije— y siempre lo has sido.

Silvia no abrió los ojos.

—¿Estás mejor ahora que lo has dicho? —me dijo.

Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.

Luego Silvia me dijo:

—Ya basta. Tengo que levantarme.

Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana; y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.

Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba. 

Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba por recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.

Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.

(Cesare Pavese, Los cuentos. Traducción de Esther Benítez Eiroa. Debolsillo, 2012)


En estos cuentos, reunidos y escritos entre 1936 y 1946, la época más fructífera de Cesare Pavese, se condensan los temas más queridos por el autor y que luego veremos repetidos en sus novelas y ensayos: la soledad de los campesinos y el desconcierto de los obreros, el rencor y la rebelión de unas amas de casa abandonadas por el amor y obligadas a buscar otras razones para vivir, los silencios que casi pueden palparse en una cena de familia, las caricias furtivas en los prados, unas copas de vino peleón con los amigos y el sexo cansado en ciertos hoteluchos de la periferia de Torino.

"Estamos predestinados, Pavese y todos nosotros, los de su generación, a no contentarnos nunca con los resultados conseguidos. Lo nuestros es empeñarnos en ciertos temas, y exprimir lo cotidiano, sacando jugo literario ahí donde otros solo vieron casas, campos, fábricas y humo de cigarrillos". Italo Calvino

Con esos retales de vida Cesare Pavese cosió gran literatura, una prosa capaz de cruzar fronteras para instalarse en el ánimo de quien lee y hacer preguntas incómodas, que obligan a revisar nuestra idea del mundo.

María Lebedev, que recuerda la conexión entre la obra de Pavese y su vida,  destaca en Letras Libres (30 de junio de 2011),  entre todos los temas, el de la mujer:

"Pavese no solo reproduce con acierto la voz femenina, sino que parece comprender la esencia de una identidad ajena, de un género diferente. Por momentos, caricaturiza al hombre y este se reduce a un cúmulo de violencia, engaños e ineptitud. La mujer, por su parte, o bien es sumisa o bien es libre y no debe nada a nadie. Disfruta sentirse mujer, mira a los ojos. En ocasiones habla del hombre, en otras se dirige a él. A veces, la mujer impide al niño ser hombre. El mérito de Pavese consiste en saber adueñarse de manera indiscriminada de las diversas voces que conforman ese coro".

domingo, 5 de agosto de 2012

"Los gatos lo sabrán", de Cesare Pavese


El escritor Cesare Pavese

Los gatos lo sabrán


Aún caerá la lluvia
sobre dulces empedrados,
una lluvia ligera
como un hálito o un paso.
Aún la brisa y el alba
florecerán ligeras
como bajo tu paso,
y tú regresarás.
Entre flores y alféizares,
los gatos lo sabrán.

Llegarán otros días,
llegarán otras voces.
Sonreirás sola.
Los gatos lo sabrán.
Oirás viejas palabras,
vanas y cansadas
como vestidos usados
de las fiestas pasadas.

Tú también harás gestos.
Responderás palabras;
rostro de primavera,
tú también harás gestos.

Los gatos lo sabrán,
rostro de primavera,
y la lluvia ligera,
el alba de jacinto,
que el corazón lacera
de quien no te espera,
son la triste sonrisa
que tú sonríes sola,
Llegarán otros días,
voces y despertares.
Sufriremos al alba,
rostro de primavera.
                                           10 de abril 1950

(Cesare Pavese, de "Verrà la morte e avrà i tuoi occhi",
en Poesie, Mondadori, 1969. Versión: Jorge Aulicino)


     Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Cuneo, 1908-Turín, 1950) fue un poeta y narrador italiano. Pasó su infancia y juventud en Turín, donde su padre ejerció como  procurador del tribunal. La pérdida de su padre a la edad de cinco años, junto con el rigor y la falta de afecto con que lo educó su madre, lo marcaron profundamente y lo convirtieron en un ser inseguro, triste e inmaduro. En Turín  estudió filología inglesa, para dedicarse después a la traducción de autores británicos y estadounidenses, como Dickens, Melville, Dos Passos, Gertrude Stein, Steinbeck y Hemingway, así como a la crítica literaria. Fue codirector de la editorial Einaudi, fundada en 1933, en la que permaneció como editor hasta su muerte. En ella coincidió con intelectuales de la talla de Italo Calvino, Natalia Ginzburg, Elio Vittorini y Primo Levi. En 1934 lo nombraron director de la revista Cultura, de la que era colaborador.  

     En 1935 se enamoró locamente de Battistina Pizzardo, Tina, estudiante de matemáticas y activista del Partido Comunista (PCI), quien lo utilizó como receptor de las cartas que le remitía Altiero Spinelli, un dirigente del PCI encarcelado. La policía encontró las cartas, y Pavese fue condenado a tres años de cárcel, pena conmutada posteriormente por una especie de destierro en el sur de Italia. En esta época inicia su obra literaria con la redacción de un diario, publicado póstumamente con el título El oficio de vivir (1952), en el se encuentran algunas de las páginas más conmovedoras escritas por Pavese. También sufre severas depresiones que se agudizan cuando, al cabo de un año, es puesto en libertad debido a su asma y, al regresar a Turín, se entera de que Tina, "la mujer de la voz ronca", se ha casado con Spinelli  —su novio, en realidad—, que ha salido de la cárcel. 

    Durante la Segunda Guerra Mundial se libra de ser movilizado por sus problemas de salud, y se marcha de Turín huyendo de la guerra, mientras que muchos de sus amigos entran a formar parte de la Resistencia. Regresa a la ciudad en 1945, allí se entera de que sus amigos han muerto en acción o han sido fusilados, lo que provoca en él un sentimiento de angustia y remordimiento.  Se dedica a reorganizar la editorial y se afilia al PCI, partido con el que mantendrá una difícil relación.

    Mientras,  va sumando fracasos sentimentales. En 1947 conoce en Roma a la actriz estadounidense Constance Dowling, Connie, quien había mantenido una complicada relación amorosa con el director de cine Elia Kazan. Pavese se enamora perdidamente, ella se siente halagada por las atenciones del escritor, pero se produce la ruptura cuando este le propone matrimonio y ella le responde que se casará con otro. El 26 de agosto de 1950, Cesare Pavese se suicidó en la habitación de un hotel, antes de cumplir los 42 años. Pero, como él mismo había escrito antes, "Uno no se mata por el amor de una mujer. Se mata porque un amor, cualquier amor, le revela su desnudez, su miseria, su indefensión, su nada."

Sobre su muerte, la escritora Natalia Ginzburg escribió en "Retrato de un amigo" (recogido en Las pequeñas virtudes): "Para morir eligió un día cualquiera de aquel tórrido agosto, y la habitación de un hotel cerca de la estación: en la ciudad que le pertenecía quiso morir como un forastero".

     Pavese publicó en 1936 su primera colección de versos, Trabajar cansa, en la que su fascinación por los ambientes urbanos y el descubrimiento de la literatura norteamericana, ejercieron una notable influencia. Póstumamente se publicará el poemario Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (1951, dedicado a Constance, "rostro de primavera"), que incluye el hermoso y escalofriante poema que da nombre a la colección. Pero lo más interesante de su producción es su narrativa,  que, junto con Vitorini, lo convierten en el iniciador del neorrealismo italiano, y en la que trata sobre los conflictos de la sociedad contemporánea. El camarada (1947), La casa en la colina (1948, en parte autobiográfica, sobre la falta de compromiso político de un intelectual), El bello verano (1949) y  La luna y las fogatas (1950), considerada su mejor novela, son algunos de los títulos más representativos.
*

El poeta español Juan Luis Panero escribió este conmovedor  poema sobre la muerte de Cesare Pavese:


Constance Dowling y Cesare Pavese (1950)


A la mañana siguiente Cesare Pavese
no pidió el desayuno

Solo bajó del tren,
atravesó solo la ciudad desierta, 
solo entró en el hotel vacío,
abrió su solitaria habitación
y escuchó con asombro el silencio.
Dicen que descolgó el teléfono
para llamar a alguien,
pero es falso, completamente falso.
No había nadie a quien llamar,
nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo.
Bebió el vaso, las pequeñas pastillas,
y esperó la llegada del sueño.
Con cierto miedo a su valor
—por primera vez había afirmado su existencia—,
tal vez curioso, con cansado gesto,
sintió el peso de sus párpados caer.
Horas después —una extraña sonrisa dibujada en sus labios—
se anunció a sí mismo, tercamente,
la única certidumbre que al fin había adquirido:
jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.

(Juan Luis Panero, Los trucos de la muerte, 1975)

Puedes leer "Años", un cuento de Pavese: AQUÍ.
También puedes escuchar el poema "Los gatos lo sabrán" cantado por Loquillo: