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miércoles, 10 de febrero de 2021

Poesía para llevar: "Aprender a mirar", de Francisca Aguirre

     El refranero nos dice: No te acostarás sin saber una cosa más. Y los profesores sabemos que Aprender a aprender es una competencia básica. Por ello, fue para nosotros una gran alegría darnos cuenta de que el alumnado de 2º de ESO, que ni conoce ya el refranero ni maneja con soltura el listado de competencias, de un modo casi intuitivo -aún son unos niños- comprendía perfectamente que la vida es un continuo aprendizaje y que, sin esa mirada curiosa, nuestro paso por el mundo carecería de sentido.

    De entre el repertorio de poemas que les ofrecimos, previamente seleccionados por el grupo de Poesía para llevar, eligieron el de Francisca Aguirre. Hubo consenso y coincidencia en todos los grupos y es que este poema, de aparente sencillez, transmite una vitalidad y un entusiasmo que ahora son más valiosos y precisos que nunca.

    Francisca Aguirre, Paca, además de ser una excelente poeta, es también una mujer fuerte y sabia. Supo sobreponerse sin vacilar a las desgracias que la vida le presentó: su padre, el pintor Lorenzo Aguirre, fue condenado a muerte por la dictadura franquista y ejecutado a garrote vil en 1942; ella, a los quince años, ya trabajaba como telefonista para colaborar con la maltrecha economía familiar. La lectura, la escritura y la literatura fueron el refugio en el que guarecerse de la dura realidad y así, en los años 50, ya frecuentaba las tertulias del Ateneo de Madrid y el Café Gijón, donde conoció a escritores y poetas (Luis Rosales, Gerardo Diego, Miguel Delibes, Antonio Buero Vallejo, Julio Cortázar, Juan Rulfo...), entre ellos al que sería su marido, el poeta Félix Grande. Siempre inquieta por conocer, por aprender, participó de la militancia política y vivió el mayo del 68. Su hija, la poeta Guadalupe Grande, recientemente fallecida, heredó la pasión de sus padres por la escritura y la literatura y colaboró con su madre en la preparación de la antología de su obra titulada Prenda de abrigo.

    Los alumnos de 2º de ESO han trabajado en clase los recursos literarios del poema y han realizado variaciones sobre el mismo, así como vídeo-poemas y pequeñas ilustraciones. Exponemos más abajo una muestra del trabajo realizado.

    Si «aprender cada día » debería ser una máxima en nuestras vidas, «aprender a confiar», «aprender a esperar» o «aprender a mirar de otra manera» es lo que todos necesitamos en estos difíciles momentos y lo que os deseamos desde el IES Goya. Esperamos que disfrutéis del poema y Paca Aguirre sea ya un nombre importante entre vuestros poetas preferidos.

Marisa Mateo, coordinadora de PPLL en el IES Goya


 
vídeo-poema de Eric Castillo Rodríguez, E2D

 
vídeo-poema de Néstor Moya Escolano, E2D

 
vídeo-poema de Violeta Castro Calavia, E2D 

Variaciones sobre el poema. Trabajo de los alumnos de 2º ESO https://es.calameo.com/read/006544152d750b3e2a554

Otros poemas de Francisca Aguirre en este blog:

domingo, 24 de febrero de 2019

"Los trescientos escalones", de Francisca Aguirre




LOS TRESCIENTOS ESCALONES


Estaba todo quieto en la casa apagada.
Hasta el día siguiente, hasta sabe Dios cuándo
el silencio reinaba como un ídolo antiguo.
No funcionaban las leyes del tráfico,
esas imprescindibles ordenanzas
que hay que acatar para transitar el pasillo.
Es como si la noche propusiera una tregua,
como si al apagar la luz se apagara el peligro.
Escucho. Nada. Todos callan unánimes.
Mirar la oscuridad es profesar de muerto:
los ojos van de lo negro que nos habita
a lo negro que nos envuelve.
Somos los apagados, los ausentes,
los que gavillan tiempo en sus muñecas,
somos los auditores del silencio
y ese silencio es como un túnel por el que solo avanza el tiempo.
No ver, no estando ciegos, es hundirse en el tiempo.

El armario, con su puerta entreabierta, da a las costas de Francia.
Oigo los barcos que salen o entran por el puerto del Havre.
Veo tres niñas muy contentas, en Barcelona,
porque se iban de viaje:
se acababan los bombardeos,
ya no tendrían que esconderse debajo de aquella escalerita
que conducía a las habitaciones superiores
mientras oían, espantadas, el agudo silbido de las bombas.
Nos íbamos, nos íbamos a Francia.
Y así llegamos a Bañolas:
nosotras contentísimas de ver el lago,
papá, mamá y la abuela
arrastrando su corazón, empujándolo a la frontera.
París fue para mí, durante mucho tiempo, un gato.
Había un gato en aquella pobre pensión en que vivimos,
un gato que dormía al lado de una estufa.
Yo nunca vi París: tan solo vi ese gato.

Y nos fuimos al Havre para tomar un barco.
Nosotras con dos muñecos y un monito,
papá con su caja de pinturas y un sueño acorralado,
un sueño convertido en pesadilla,
un sueño multitudinario
arrastrado como único equipaje
por una inmensa procesión de solos.
Pero aquel barco no llegó a su puerto:
esperamos, mientras mamá, para alumbrarnos,
cantaba algunos días El niño judío: "De España vengo, soy española".

No llegó el barco. Llegaron aviones alemanes.
Hubo que caminar a gatas por las habitaciones del hotel,
que estaba frente al puerto.
Aquel hotel tenía un nombre,
se llamaba La Rotonde de la Gare.
Papá pintaba. Y, como Modigliani,
iba a ofrecer sus cuadros a las gentes. Tampoco a él le compraban.
Nosotras aprendimos francés en dos semanas.

El reloj de La Gare ha dado un cuarto,
papá me dice que levante la cara un poco más,
dos o tres pinceladas y termina el retrato.
Mi padre, no sé bien por qué, me pintó de japonesa.
Para siempre quedé con mi abanico,
con los ojos ligeramente oblicuos y asombrados,
en una edad más bien indefinida
y con una diadema de pensamientos sobre el pelo.

Papá, vamos al puerto, vamos al puerto ahora que hay tiempo
y luego vámonos corriendo a ver el Bois del Hallates,
vamos, que se perdió tu cuadro y ya solo podré verlo contigo y
                                                                                       [para siempre.

Papá, perdimos tantas cosas
además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,
que tal vez me dijiste entonces
que había que subirlos y bajarlos
y para eso los pintaste
y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiera subir,
vivir,
y una escalera para descender,
callar,
y sentarme a tu lado como entonces.

Me he levantado para cerrar la puerta del armario.
Está mi casa sosegada,
apenas en el aire zumba tenue la remota sirena de un barco.
Los que más amo duermen:
mi hija arropada en sus nueve años
y Félix indefenso ante sus treinta y ocho.
Al fin se extingue el eco de los barcos.
Vuelvo a la cama.
—Buenas noches, papá. Hasta mañana si Dios quiere. Que descanses.


                                De Los trescientos escalones, 1977

"Los trescientos escalones" es el poema clave que da nombre al segundo poemario de Francisca Aguirre, con el que ganó el Premio Ciudad de Irún en 1976. Toma su título de un cuadro perdido del padre de la autora, el pintor Lorenzo Aguirre, que fue también policía y ocupó cargos de responsabilidad durante la Segunda República. En él, la escritora rememora el pasado y desvela algunas claves fundamentales de su existencia: el exilio, la estancia en París y en el puerto de Le Havre esperando un barco que los trasladase a América, la llegada de los alemanes y el regreso a España, donde su padre fue detenido, condenado a muerte y ejecutado en la cárcel madrileña de Porlier bajo la acusación de auxilio a la rebelión.

Francisca Aguirre. Al fondo, el cuadro Japonesita,
 pintado por su padre en 1940. [Ed. Tigres de papel]
El poema está dedicado a sus hermanas, Susy y Margara, porque, como afirma Emilio Miró, en el prólogo a Ensayo general. Poesía completa (1966-200), "las tres se repartieron la orfandad, el miedo y el hambre, en un país y un tiempo terribles".

En entrevista concedida a Noni Benegas ("Francisca Aguirre: Las palabras y la memoria histórica son mis dos grandes amores", en www.cervantesvirtual.com), desvela su intención al escribir este poemario en la casa alquilada por su abuela en 1940, la casa donde sigue viviendo la autora y donde comenzó su idilio con las palabras:
Aquí rememoré los mágicos días que mis hermanitas y yo vivimos en Le Havre y fue aquí donde tras atravesar el infierno que fue la vuelta a España, recuperé, llena de nostalgia y miedo, los cantarines descensos de los trescientos escalones de Le Havre cogidas de la mano de papá hasta llegar al jardín donde él instalaba su caballete y pintaba mientras canturreaba. Duró poco ese tiempo. Un par de meses después empezaron los bombardeos alemanes. Pero ya para siempre mis hermanas y yo recordaremos a papá pintando y cantando mientras nosotras jugábamos al corro o saltábamos a la comba. Cuando escribí Los trescientos escalones solo pretendía, además de conservar los detalles de aquel tiempo, dejar constancia de que, a pesar de la desdicha y el horror de la guerra, aquellas tres niñas y su padre fueron felices bajo el cielo de Le Havre. Tanto mis hermanas como yo hemos tenido la suerte de tener una madre que nunca nos permitió olvidar todo lo hermoso que le debíamos a nuestro padre, siempre nos recordaba cómo cantaba, cómo nos mecía con sardanas, cómo nos llevaba a caballito a dormir. Y sobre todo, el extraordinario y feliz pintor que fue.
Porque,  como observa Santos Domínguez (encuentrosconlasletras.blogspot.com), Los trescientos escalones es también "una obra celebratoria en la que hay un homenaje constante a lo que nos salva de la desgracia": la amistad, la literatura, la música o la pintura.
Francisca Aguirre y Guadalupe Grande, su hija. Foto: Demian Ortiz

La  de Francisca Aguirre fue una de las muchas familias que se vieron obligadas a salir de España en los primeros meses de 1939: se calcula que, entre el 28 de enero y el 13 de febrero, 475.000 españoles cruzaron a Francia desde Cataluña huyendo del avance de las tropas franquistas, en lo que se conoce como La Retirada. La autora recuerda que su padre le contó que a la vez cruzó el poeta Antonio Machado, el que después se convertiría para ella -considerada la más machadiana de los poetas de su generación- en  "el primero de sus dioses literarios". Sin embargo, no llegó a ver a don Antonio, como lamenta en otro de los poemas de Los trescientos escalones, "Frontera", que puedes escuchar recitado por la autora:



Actualización (14/04/2019):
Francisca Aguirre falleció el 13 de abril de 2019 en su domicilio de Madrid, a los 88 años.

Otros poemas de la autora en este blog:

domingo, 26 de agosto de 2018

"Todos tenemos un jardín oculto...", de Francisca Aguirre




Todos tenemos un jardín oculto,
un pequeño parterre transeúnte
que nadie aceptaría como tal
salvo los que lo cuidan y mantienen.

Todos tenemos una tierra propia,
una pequeña huerta clandestina
en la que crecen flores bien extrañas,
extrañas para aquellos que no saben,
que no pueden saber lo bien que huelen
o cómo se enderezan sus corolas
cuando las baña el sol de la nostalgia
o las riegan las lluvias del consuelo.

Todos tenemos un jardín secreto
sembrado de dedales, cartas, libros,
caleidoscopios, cuentos, viejas fotos,
playas, reclinatorios, parameras...
Nadie diría que esto es un jardín
salvo aquellos que viven para cultivarlo,
para cambiar de sitio los cuadernos
y darle cuerda a los relojes viejos.

Sin embargo, resulta muy difícil
procurar que el jardín no se marchite,
darle el riego preciso a cada planta,
saber las que requieren sol
y las que son de sombra,
no dejar que se nublen los retratos,
abrir los libros y orear sus páginas
para que los recuerdos no se sequen
como si fueran hojas de eucaliptus.

Es difícil el arte de la jardinería.

                De La herida absurda, Bartleby, Madrid, 2006


La herida absurda, cuyo título está tomado del tango de Catulo Castillo ("La vida es una herida absurda /y es todo tan fugaz...") es un libro de poemas en que la meditación sobre la condición humana se impregna de un tono cordial y emotivo, desvelando la singularidad de un lenguaje donde lo coloquial se funde con lo inesperado y sorprendente.

Entradas relacionadas:

domingo, 27 de noviembre de 2011

"¿Qué hacías tú en la guerra, Garcilaso?", de Francisca Aguirre

Retrato de Garcilaso de la Vega


¿QUE HACÍAS TÚ EN LA GUERRA, GARCILASO?


A cada cual lo suyo, pero dime ¿qué hacías en la guerra, desdichado? ¿Qué hacías tú en los campos de batalla, si lo tuyo era el prado nemoroso, el murmullo del río y los pastores?

No puedo imaginarte lanza en ristre, no te puedo pensar hiriendo cuerpos o revolcado en sangre. Tú con peto, loriga y estandarte. Tú defendiendo imperios y ambiciones. ¿Cómo pudo pasarte ese estropicio? Si tu ambición estaba en las palabras, en las remotas ascuas de los verbos, en la súbita llamarada de un pronombre que ardía como un grito en el desierto.

Lo justo hubiera sido que murieras de amor, como Abelardo, que hubieses acabado entre unos brazos, repitiendo "te quiero". Pero morir en una tierra extraña, morir lejos de Elisa, caballero, lejos del cielo que abrigó tus ansias. Qué estafa, amigo mío, qué injusticia. Contigo fue el destino bien avaro.

Cuando leo tus versos temblorosos, tus sonetos, tus dolientes endecasílabos, tus églogas, tu vida: siento que la nostalgia me devora. Lo justo hubiera sido que cayeses entre suspiros, que terminases recordando los ojos de tu amada y confundiendo aquel temblor postrero con la dulce inquietud de sus caricias. ¡Oh mi incansable amante, mi empecinado soñador, no tiene Elisa lágrimas bastantes para llorar conmigo!

                                            (Francisca Aguirre, de Los maestros cantores)

Francisca Aguirre con Félix Grande
Francisca Aguirre (Alicante, 1930), poeta española. Su infancia estuvo marcada por la Guerra Civil y por la muerte de su padre, el pintor Lorenzo Aguirre, condenado a muerte y ejecutado por garrote vil en 1942 por sus ideas políticas. De formación autodidacta, durante su juventud leyó cuantas obras literarias estuvieron a su alcance (principalmente, clásicos españoles). Mientras trabajaba en la empresa privada (1945-1963), empezó a frecuentar las tertulias literarias y a escribir poesía. En una de estas tertulias conoció al poeta Luis Rosales, que se convirtió en su maestro. En 1957 conoce al poeta Félix Grande*, con quien se casa en 1963. Empieza a trabajar como redactora en el Diccionario enciclopédico dirigido por Dámaso Alonso y Luis Rosales. A partir de 1971 trabaja en el Instituto de Cultura Hispánica.

En 1966, tras la lectura del poema “Esperando a los bárbaros” de Kavafis, quema toda su producción poética anterior y empieza a escribir un nuevo libro: Ítaca (1972), galardonado con el premio de poesía Leopoldo Panero. A este seguirán poemarios como Los trescientos escalones (1977), Premio Ciudad de Irún; Ensayo general, (1996), XV Premio Esquío; Pavana del desasosiego (1998), Premio María Isabel Fernández Simal; Ensayo general. Poesía completa (1966-2000), Premio de la Crítica de la Generalitat Valenciana; La herida absurda (2006); Nanas para dormir desperdicios (2007), Premio Valencia de poesía. Su obra Historia de una anatomía (2010) —dedicada a la memoria de su padre y a la importancia del cuerpo— ha recibido el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2010 y el Premio Nacional de Poesía 2011, otorgado por el Ministerio de Cultura. El galardón coincide con la publicación como obra independiente de Los maestros cantores, obra a la que pertenece el poema elegido, poema en prosa sobre Garcilaso de la Vega —uno de sus poetas más leídos, con el que confiesa haber llorado “a tumbos”—, muerto prematuramente en 1536, a consecuencia de las heridas recibidas en una acción de guerra. Ha publicado también el libro de relatos Que planche Rosa Luxemburgo (Premio Galiana, 1994) y el libro de recuerdos Espejito, espejito (1995).

Francisca Aguirre pertenece a la llamada "otra generación del 50", la formada por  poetas mujeres (como Angelina Gatell, Julia Uceda y María Beneyto) que inicialmente quedaron fuera de las antologías de la época. La aparición tardía de su primer poemario, cuando la obra de sus coetáneos (Valente, Brines, Ángel González, Caballero Bonald o Gil de Biedma) estaba ya consolidada, la situó fuera de los cánones literarios, y aunque la crítica ha prestado atención a su producción literaria, ha tenido un reconocimiento institucional tardío.

Actualización (13 de noviembre de 2018):
Francisca Aguirre ha sido galardonada con el Premio Nacional de las Letras 2018, reconocimiento concedido por el Ministerio de Cultura que distingue el conjunto de la obra de un autor español.

Actualización (14/04/2019):
Francisca Aguirre falleció en su domicilio de Madrid el 13 de abril de 2019, a los 88 años.
Manuel Rico (El País, 14/04/2019) escribe sobre la autora:
participó en la consolidación de una poesía hecha de cotidianidad y de meditación, de precisión formal y de aliento colectivo a la que las mujeres que vivieron los años más duros de la posguerra en el lugar de los vencidos aportaron altas dosis de experiencia y de lucidez. Su mirada hacia la realidad nunca fue complaciente: siempre estuvo atenta a los males colectivos y, en la estela del Machado más esencial, el de las Soledades más que el de Campos de Castilla, pero también asimilando ecos de Miguel Hernández, o de José Hierro, a quien le unió una profunda amistad, acabó construyendo una obra de un alto nivel de calidad pese a los tonos conversacionales y directos que dominan en la mayor parte de los poemas.

* En este blog:
http://elhacedordesuenos.blogspot.com.es/2011/06/poema-de-la-semana_26.html
Dos poemas de Guadalupe Grande: