EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


biblioteca.ies.goya@gmail.com


Mostrando entradas con la etiqueta Emilia Pardo Bazán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emilia Pardo Bazán. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de noviembre de 2025

Día contra la violencia machista

 

        “El encaje roto”, Emilia Pardo Bazán

 

                        

 

Convidada a la boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al día siguiente -la ceremonia debía verificarse a las diez de la noche en casa de la novia- que esta, al pie mismo del altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Acre si recibía a Bernardo por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la pregunta, se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la reunión y el enlace a la vez.

No son inauditos casos tales, y solemos leerlos en los periódicos; pero ocurren entre gente de clase humilde, de muy modesto estado, en esferas donde las conveniencias sociales no embarazan la manifestación franca y espontánea del sentimiento y de la voluntad.

Lo peculiar de la escena provocada por Micaelita era el medio ambiente en que se desarrolló. Parecíame ver el cuadro, y no podía consolarme de no haberlo contemplado por mis propios ojos. Figurábame el salón atestado, la escogida concurrencia, las señoras vestidas de seda y terciopelo, con collares de pedrería; al brazo la mantilla blanca para tocársela en el momento de la ceremonia; los hombres, con resplandecientes placas o luciendo veneras de órdenes militares en el delantero del frac; la madre de la novia, ricamente prendida, atareada, solícita, de grupo en grupo, recibiendo felicitaciones; las hermanitas, conmovidas, muy monas, de rosa la mayor, de azul la menor, ostentando los brazaletes de turquesas, regalo del cuñado futuro; el obispo que ha de bendecir la boda, alternando grave y afablemente, sonriendo, dignándose soltar chanzas urbanas o discretos elogios, mientras allá, en el fondo, se adivina el misterio del oratorio revestido de flores, una inundación de rosas blancas, desde el suelo hasta la cupulilla, donde convergen radios de rosas y de lilas como la nieve, sobre rama verde, artísticamente dispuesta, y en el altar, la efigie de la Virgen protectora de la aristocrática mansión, semioculta por una cortina de azahar, el contenido de un departamento lleno de azahar que envió de Valencia el riquísimo propietario Aránguiz, tío y padrino de la novia, que no vino en persona por viejo y achacoso -detalles que corren de boca en boca, calculándose la magnífica herencia que corresponderá a Micaelita, una esperanza más de ventura para el matrimonio, el cual irá a Valencia a pasar su luna de miel-. En un grupo de hombres me representaba al novio algo nervioso, ligeramente pálido, mordiéndose el bigote sin querer, inclinando la cabeza para contestar a las delicadas bromas y a las frases halagüeñas que le dirigen…

Y, por último, veía aparecer en el marco de la puerta que da a las habitaciones interiores una especie de aparición, la novia, cuyas facciones apenas se divisan bajo la nubecilla del tul, y que pasa haciendo crujir la seda de su traje, mientras en su pelo brilla, como sembrado de rocío, la roca antigua del aderezo nupcial… Y ya la ceremonia se organiza, la pareja avanza conducida con los padrinos, la cándida figura se arrodilla al lado de la esbelta y airosa del novio… Apíñase en primer término la familia, buscando buen sitio para ver amigos y curiosos, y entre el silencio y la respetuosa atención de los circunstantes… el obispo formula una interrogación, a la cual responde un «no» seco como un disparo, rotundo como una bala. Y -siempre con la imaginación- notaba el movimiento del novio, que se revuelve herido; el ímpetu de la madre, que se lanza para proteger y amparar a su hija; la insistencia del obispo, forma de su asombro; el estremecimiento del concurso; el ansia de la pregunta transmitida en un segundo: «¿Qué pasa? ¿Qué hay? ¿La novia se ha puesto mala? ¿Que dice «no»? Imposible… Pero ¿es seguro? ¡Qué episodio!…«

Todo esto, dentro de la vida social, constituye un terrible drama. Y en el caso de Micaelita, al par que drama, fue logogrifo. Nunca llegó a saberse de cierto la causa de la súbita negativa.

Micaelita se limitaba a decir que había cambiado de opinión y que era bien libre y dueña de volverse atrás, aunque fuese al pie del ara, mientras el «sí» no hubiese partido de sus labios. Los íntimos de la casa se devanaban los sesos, emitiendo suposiciones inverosímiles. Lo indudable era que todos vieron, hasta el momento fatal, a los novios satisfechos y amarteladísimos; y las amiguitas que entraron a admirar a la novia engalanada, minutos antes del escándalo, referían que estaba loca de contento y tan ilusionada y satisfecha, que no se cambiaría por nadie. Datos eran estos para oscurecer más el extraño enigma que por largo tiempo dio pábulo a la murmuración, irritada con el misterio y dispuesta a explicarlo desfavorablemente.

A los tres años -cuando ya casi nadie iba acordándose del sucedido de las bodas de Micaelita-, me la encontré en un balneario de moda donde su madre tomaba las aguas. No hay cosa que facilite las relaciones como la vida de balneario, y la señorita de Aránguiz se hizo tan íntima mía, que una tarde paseando hacia la iglesia, me reveló su secreto, afirmando que me permite divulgarlo, en la seguridad de que explicación tan sencilla no será creída por nadie.

-Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas… Pero son pequeñeces que significan algo, y para ciertas personas significan demasiado. Verá usted lo que pasó: y no concibo que no se enterase nadie, porque el caso ocurrió allí mismo, delante de todos; solo que no se fijaron porque fue, realmente, un decir Jesús.

Ya sabe usted que mi boda con Bernardo de Meneses parecía reunir todas las condiciones y garantías de felicidad. Además, confieso que mi novio me gustaba mucho, más que ningún hombre de los que conocía y conozco; creo que estaba enamorada de él. Lo único que sentía era no poder estudiar su carácter; algunas personas le juzgaban violento; pero yo le veía siempre cortés, deferente, blando como un guante. Y recelaba que adoptase apariencias destinadas a engañarme y a encubrir una fiera y avinagrada condición. Maldecía yo mil veces la sujeción de la mujer soltera, para la cual es imposible seguir los pasos a su novio, ahondar en la realidad y obtener informes leales, sinceros hasta la crudeza -los únicos que me tranquilizarían-. Intenté someter a varias pruebas a Bernardo, y salió bien de ellas; su conducta fue tan correcta, que llegué a creer que podía fiarle sin temor alguno mi porvenir y mi dicha.

Llegó el día de la boda. A pesar de la natural emoción, al vestirme el traje blanco reparé una vez más en el soberbio volante de encaje que lo adornaba, y era el regalo de mi novio. Había pertenecido a su familia aquel viejo Alençón auténtico, de una tercia de ancho -una maravilla-, de un dibujo exquisito, perfectamente conservado, digno del escaparate de un museo. Bernardo me lo había regalado encareciendo su valor, lo cual llegó a impacientarme, pues por mucho que el encaje valiese, mi futuro debía suponer que era poco para mí.

En aquel momento solemne, al verlo realzado por el denso raso del vestido, me pareció que la delicadísima labor significaba una promesa de ventura y que su tejido, tan frágil y a la vez tan resistente, prendía en sutiles mallas dos corazones. Este sueño me fascinaba cuando eché a andar hacia el salón, en cuya puerta me esperaba mi novio. Al precipitarme para saludarle llena de alegría por última vez, antes de pertenecerle en alma y cuerpo, el encaje se enganchó en un hierro de la puerta, con tan mala suerte, que al quererme soltar oí el ruido peculiar del desgarrón y pude ver que un jirón del magnífico adorno colgaba sobre la falda. Solo que también vi otra cosa: la cara de Bernardo, contraída y desfigurada por el enojo más vivo; sus pupilas chispeantes, su boca entreabierta ya para proferir la reconvención y la injuria… No llegó a tanto porque se encontró rodeado de gente; pero en aquel instante fugaz se alzó un telón y detrás apareció desnuda un alma.

Debí de inmutarme; por fortuna, el tul de mi velo me cubría el rostro. En mi interior algo crujía y se despedazaba, y el júbilo con que atravesé el umbral del salón se cambió en horror profundo. Bernardo se me aparecía siempre con aquella expresión de ira, dureza y menosprecio que acababa de sorprender en su rostro; esta convicción se apoderó de mí, y con ella vino otra: la de que no podía, la de que no quería entregarme a tal hombre, ni entonces, ni jamás… Y, sin embargo, fui acercándome al altar, me arrodillé, escuché las exhortaciones del obispo… Pero cuando me preguntaron, la verdad me saltó a los labios, impetuosa, terrible… Aquel «no» brotaba sin proponérmelo; me lo decía a mí propia… ¡para que lo oyesen todos!

-¿Y por qué no declaró usted el verdadero motivo, cuando tantos comentarios se hicieron?

-Lo repito: por su misma sencillez… No se hubiesen convencido jamás. Lo natural y vulgar es lo que no se admite. Preferí dejar creer que había razones de esas que llaman serias…

 

jueves, 31 de octubre de 2019

"La resucitada", de Emilia Pardo Bazán



LA RESUCITADA



ARDÍAN los cuatro blandones[1] soltando gotazas de cera. Un murciélago, descolgándose de la bóveda, empezaba a describir torpes curvas en el aire. Una forma negruzca, breve, se deslizó al ras de las losas y trepó con sombría cautela por un pliegue del paño mortuorio. En el mismo instante abrió los ojos Dorotea de Guevara, yacente en el túmulo[2].
            Bien sabía que no estaba muerta; pero un velo de plomo, un candado de bronce la impedían ver y hablar. Oía, eso sí, y percibía, como se percibe entre sueños, lo que con ella hicieron al lavarla y amortajarla[3]. Escuchó los gemidos de su esposo, sintió lágrimas de sus hijos en sus mejillas blancas y yertas[4]. Y ahora, en la soledad de la iglesia cerrada, recobraba el sentido, y le sobrecogía mayor espanto. No era pesadilla sino realidad. Allí el féretro[5], allí los cirios[6]…, y ella misma envuelta en el blanco sudario[7], al pecho el escapulario[8] de la Merced.
            Incorporada[9] ya, la alegría de existir se sobrepuso a todo. Vivía. ¡Qué bueno es vivir, revivir, no caer en el pozo oscuro! En vez de ser bajada al amanecer, en hombros de criados, a la cripta[10], volvería a su dulce hogar, y oiría el clamoreo[11] regocijado de los que la amaban y ahora la lloraban sin consuelo. La idea deliciosa de la dicha que iba a llevar a la casa hizo latir su corazón, todavía debilitado por el síncope[12]. Sacó las piernas del ataúd, brincó al suelo, y con la rapidez suprema de los momentos críticos combinó su plan. Llamar, pedir auxilio a tales horas sería inútil. Y de esperar al amanecer, en la iglesia solitaria, no era capaz; en la penumbra de la nave[13] creía que asomaban caras fisgonas de espectros y sonaban dolientes quejumbres de ánimas en pena[14]… Tenía otro recurso: salir por la capilla del Cristo.
            Era suya: pertenecía a su familia en patronato[15]. Dorotea alumbraba perpetuamente, con rica lámpara de plata a la santa imagen de Nuestro Señor de la Penitencia. Bajo la capilla se cobijaba la cripta, enterramiento de los Guevara Benavides. La alta reja se columbraba a la izquierda, afiligranada, tocada a trechos de oro rojizo, rancio. Dorotea elevó desde su alma una deprecación fervorosa al Cristo. ¡Señor! ¡Que encontrase puestas las llaves! Y las palpó: allí colgaban las tres, el manojo; la de la propia verja, la de la cripta, a la cual se descendía por un caracol dentro del muro, y la tercera llave, que abría la portezuela oculta entre las tallas del retablo[16] y daba a estrecha calleja, donde erguía su fachada infanzona[17] el caserón de Guevara, flanqueado de torreones. Por la puerta excusada[18] entraban los Guevara a oír misa en su capilla, sin cruzar la nave. Dorotea abrió, empujó… Estaba fuera de la iglesia, estaba libre.
            Diez pasos hasta su morada… El palacio se alzaba silencioso, grave, como un enigma. Dorotea cogió el aldabón[19], trémula, cual si fuese una mendiga que pide hospitalidad en una hora de desamparo. “¿Esta casa es mi casa, en efecto?”, pensó, al secundar al aladabonazo[20] firme… Al tercero, se oyó ruido dentro de la vivienda muda y solemne, envuelta en su recogimiento como en larga faldamenta[21] de luto. Y resonó la voz de Pedralvar, el escudero, que refunfuñaba:
—¿Quién? ¿Quién llama a estas horas, que comido le vea yo de perros?
—Abre, Pedralvar, por tu vida… ¡Soy tu señora, soy doña Dorotea de Guevara!... ¡Abre presto!...
—Váyase enhoramala el borracho… ¡Si salgo, a fe que lo ensarto!...
—Soy doña Dorotea… Abre… ¿No me conoces en el habla?
Un reniego, enronquecido por el miedo, contestó nuevamente. En vez de abrir, Pedralvar subía la escalera otra vez. La resucitada pegó dos aldabonazos más. La austera casa pareció reanimarse; el terror del escudero corrió al través de ella como un escalofrío por un espinazo. Insistía el aldabón, y en el portal se escucharon taconazos, corridas y cuchicheos. Rechinó, al fin, el claveteado portón entreabriendo sus dos hojas, y un chillido agudo salió de la boca sonrosada de la doncella Lucigüela, que elevaba un candelabro de plata con vela encendida, y lo dejó caer de golpe; se había encarado con su señora, la difunta, arrastrando la mortaja y mirándola de hito en hito[22]…
Pasado algún tiempo, recordaba Dorotea, ya vestida de acuchillado[23] terciopelo genovés, trenzada la crencha con perlas y sentada en un sillón de almohadones, al pie del ventanal, que también Enrique de Guevara, su esposo, chilló al reconocerla; chilló y retrocedió. No era de gozo el chillido, sino de espanto… De espanto, sí; la resucitada no lo podía dudar. Pues acaso sus hijos, doña Clara, de once años; don Félix, de nueve, ¿no habían llorado de puro susto cuando vieron a su madre que retornaba de la sepultura? Y con llanto más afligido, más congojoso que el derramado al punto en que la llevaban… ¡Ella que creía ser recibida entre exclamaciones de intensa felicidad! Cierto que días después se celebró una función solemnísima en acción de gracias; cierto que se dio un fastuoso convite a los parientes y allegados; cierto, en suma, que los Guevaras hicieron cuanto cabe hacer para demostrar satisfacción por el singular e impensado suceso que les devolvía a la esposa y a la madre… Pero doña Dorotea, apoyado el codo en la repisa del ventanal y la mejilla en la mano, pensaba en otras cosas.
Desde su vuelta al palacio, disimuladamente todos la huían. Dijérase que el soplo frío de la huesa[24], el hálito glacial de la cripta, flotaba alrededor de su cuerpo. Mientras comía, notaba que la mirada de los servidores, la de sus hijos, se desviaba oblicuamente de sus manos pálidas, y que cuando acercaba a sus labios secos la copa del vino, los muchachos se estremecían. ¿Acaso no les parecía natural que comiese y bebiese la gente del otro mundo? Y doña Dorotea venía de ese país misterioso que los niños sospechan aunque no lo conozcan… Si las pálidas manos maternales intentaban jugar con los bucles rubios de don Félix, el chiquillo se desviaba, descolorido él a su vez, con el gesto del que evita un contacto que le cuaja la sangre. Y a la hora medrosa del anochecer, cuando parecen oscilar las largas figuras de las tapicerías, si Dorotea se cruzaba con doña Clara en el comedor del patio, la criatura, despavorida, huía al modo en que se huye de una maldita aparición…
Por su parte, el esposo, guardando a Dorotea tanto respeto y reverencia que ponía maravilla, no había vuelto a rodearle el fuerte brazo a la cintura… En vano la resucitada tocaba de arrebol[25] sus mejillas, mezclaba a sus trenzas cintas y aljófares[26] y vertía sobre su corpiño[27] pomitos de esencias de Oriente. Al trasluz del colorete se transparentaba la amarillez cérea; alrededor del rostro persistía la forma de la toca funeral, y entre los perfumes sobresalía el vaho húmedo de los panteones. Hubo un momento en que la resucitada hizo a su esposo lícita caricia; quería saber si sería rechazada. Don Enrique se dejó abrazar pasivamente; pero en sus ojos, negros y dilatados por el horror que a pesar suyo se asomaba a las ventanas del espíritu; en aquellos ojos un tiempo galanes atrevidos y lujuriosos, leyó Dorotea una frase que zumbaba dentro de su cerebro, ya invadido por rachas de demencia.
—De donde tú has vuelto no se vuelve…
Y tomó bien sus precauciones. El propósito debía realizarse por tal manera, que nunca se supiese nada; secreto eterno. Se procuró el manojo de llaves de la capilla y mandó fabricar otras iguales a un mozo herrero que partía con el tercio[28] a Flandes al día siguiente. Ya en poder de Dorotea las llaves de su sepulcro, salió una tarde sin ser vista, cubierta con un manto; se entró en la iglesia por la portezuela, se escondió en la capilla del Cristo, y al retirarse el sacristán[29]cerrando el templo, Dorotea bajó lentamente a la cripta, alumbrándose con un cirio prendido en la lámpara; abrió la mohosa puerta, cerró por dentro, y se tendió, apagando antes el cirio con el pie…

(Emilia Pardo Bazán, El corazón perdido y otros relatos*, El País, Maestros del terror, Madrid, 2009, págs. 53-60)

*Las notas son nuestras.




[1] blandón: vela de cera cilíndrica, grande y gruesa de un solo pabilo.
[2] túmulo: armazón de madera, vestida de paños fúnebres, que se erige para la celebración de las honras de un difunto.
[3] amortajar: poner a un difunto la mortaja (vestidura, sábana u otra cosa con que se envuelve el cadáver para el sepulcro).
[4] yerta: tiesa o rígida, especialmente a causa del frío o de la muerte.
[5] féretro: caja o andas en que se lleva a enterrar a los difuntos.
[6] cirio: vela de cera, larga y gruesa.
[7] sudario: lienzo que se pone sobre el rostro de los difuntos o en que se envuelve el cadáver.
[8] escapulario: objeto devoto formado por dos pedazos pequeños de tela unidos con dos cintas largas para echarlo al cuello.
[9] incorporar: sentar o reclinar el cuerpo que estaba echado o tendido.
[10] cripta: lugar subterráneo en que se acostumbraba enterrar a los muertos.
[11] clamoreo: clamor repetido o continuado.
[12] síncope: pérdida repentina del conocimiento y de la sensibilidad, debida a la suspensión súbita y momentánea de la acción del corazón.
[13] nave: cada uno de los espacios que entre muros o filas de arcadas se extiende a lo largo de los templos u otros edificios importantes.
[14] ánima en pena o alma en pena: alma errante, sin reposo definitivo.
[15] patronato: consejo formado por varias personas que ejercen funciones rectoras, asesoras o de vigilancia en una institución.
[16] retablo: estructura de piedra, madera u otros materiales que cubre el muro situado detrás del altar, compuesta de obras escultóricas o pictóricas con motivos religiosos.
[17] La casa pertenecía a una familia de infanzones, hidalgos que en sus heredamientos tenían potestad y señorío limitados. Las fachadas de dichas casas  estaban decoradas con  escudos de armas.
[18] excusada: reservada
[19] aldabón o aldaba: pieza de hierro o bronce que se pone a las puertas para llamar golpeando con ellas.
[20] aldabonazo: golpe dado en la puerta con la aldaba o aldabón
[21] faldamenta: falda larga.
[22] de hito en hito: fijamente.
[23] acuchillado: adornado con aberturas semejantes a cuchilladas, particularmente en las mangas.
[24] huesa: hoyo para enterrar un cadáver.
[25] arrebol: colorete; cosmético, por lo general de tonos rojizos, que  se aplica en las mejillas para darles color.
[26] aljófar: perla  de forma irregular y, comúnmente, pequeña.
[27] corpiño: vestidura sin mangas que cubría desde los hombros hasta la cintura, ceñida y ajustada al cuerpo.
[28] tercio: regimiento de infantería española de los siglos XVI y XVII.
[29] sacristán: persona que en las iglesias tiene a su cargo ayudar al sacerdote en el servicio del altar y cuidar de los ornamentos y de la limpieza y aseo de la iglesia y sacristía.



Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1852-Madrid, 1921) fue novelista, poeta, periodista, ensayista, crítica literaria y una de las figuras más relevantes del siglo XIX español. Su prestigio no se debe solo a su producción literaria, sino también a su activa participación en movimientos sociales y culturales y a su defensa de la promoción de la mujer, lo que la convirtió en blanco de las sátiras de muchos de sus contemporáneos.

Hija única de familia noble y desahogada posición económica, recibió una esmerada educación, a
Emilia Pardo Bazán retratada por
Joaquín Vaamonde
pesar de que no pudo asistir a la universidad, vetada entonces a las mujeres.  Después de contraer matrimonio a los dieciséis años  con un joven de diecinueve,  se trasladó a Madrid con su marido y viajó por varios países europeos. Buena conocedora de las corrientes narrativas europeas de su tiempo, inició su labor literaria en el periodismo de ensayo y crítica. Su primer libro fue el premiado Estudio crítico de las obras del padre Feijoo (1876).

Fue una de las principales impulsoras en España del naturalismo, que Zola había puesto de moda en Francia. Ya en el prólogo de su novela Un viaje de novios (1881) hizo explícita su adhesión al mismo, pero fue su colección de artículos recogidos en el polémico libro La cuestión palpitante (1883) la que la convirtió en activa promotora del naturalismo de Zola. Sin embargo, el naturalismo presente en algunas de sus novelas como La tribuna (1882), Los pazos de Ulloa (1886) y La madre naturaleza (1887) es puramente formal (temas sórdidos y escabrosos, técnicas objetivas, detallada descripción de personajes y ambientes, influencia de los factores ambientales y biológicos en la formación del carácter), pues excluye el determinismo social y está matizado por sus creencias religiosas y su visión optimista de la sociedad. Posteriormente, Pardo Bazán evolucionó hacia el espiritualismo ruso y, al final de su producción, hacia la estética modernista.

A raíz de la polémica suscitada por la publicación de La cuestión palpitante, considerada un alegato a favor de una literatura atea y pornográfica, el marido de la autora -con quien había tenido tres hijos- le exigió que abandonara la literatura. Pardo Bazán eligió la literatura y se separó de él en 1884, si bien fue una ruptura amistosa. Poco después inició una relación amorosa con el escritor Benito Pérez Galdós, la cual se prolongará durante algunos años, a pesar de los desencuentros provocados por algunas aventuras esporádicas de la autora.

Su participación en la vida cultural y social del país fue muy activa. Colaboró en la revista La España Moderna de Lázaro Galdiano, y en 1992 fundó la Biblioteca de la Mujer, proyecto editorial cuyo fin era la difusión entre el público femenino de ideas progresistas relacionadas con los derechos de las mujeres. Publicó la revista Nuevo Teatro Crítico, presidió la sección literaria del Ateneo de Madrid desde 1906 y en 1916 fue nombrada profesora de la universidad.  Se enfrentó a la Real Academia Española  por negar el ingreso a las mujeres: propuso a Concepción Arenal, que fue rechazada, como le ocurriría a la propia Pardo Bazán en tres ocasiones. No obstante, la escritora fue la primera mujer en ocupar una cátedra en la Universidad Central de Madrid.

Se calcula  que publicó en prensa más de medio millar de cuentos (fantásticos, policíacos, humorísticos, realistas, históricos, intimistas o de misterio), muchos de los cuales, reunidos más tarde en diversos volúmenes, son magníficas muestras de su talento para la narrativa breve que han resistido el paso del tiempo mejor que sus novelas más célebres. Cuentos de Marineda, Cuentos de Navidad, Cuentos de amor, Cuentos sacroprofanos y Cuentos de la tierra son algunos de  sus títulos. En ellos trata una gran variedad de temas y utiliza las más diversas técnicas narrativas.

"La resucitada" apareció en el diario El Imparcial el 29 de junio de 1908. Fue incluido en el volumen Cuentos trágicos, integrado por veintisiete relatos, en el que "La aparecida" ocupa la décima posición. Este libro fue publicado en 1912, año de la muerte de quien había sido su marido, José Quiroga, por quien la autora guardó un año de luto riguroso.

En opinión de Isabel Clúa Ginés ("Los secretos de las damas muertas: dos reelaboraciones de lo fantástico", en C. I. F, XXVI, 2000, págs. 125-135), "La resucitada" puede ser leído como "una revisión paródica de las narraciones fantásticas y del modelo femenino que difunden", que reúne dos motivos muy popularizados por Poe: la mujer que regresa de la muerte junto al amado y el entierro prematuro:
"La resucitada" es, como "Ligeia", la historia de una muerta que se levanta de la tumba para regresar al lado de los que ama; sin embargo, no estamos ante una historia sobrenatural ni ante una difunta letalmente bella y amenazadora; por el contrario, desde el inicio del cuento contamos con la explicación racional de esa resurrección (el entierro prematuro), narrada, justamente, desde la conciencia de esa difunta, cuya angustia ante la situación es totalmente opuesta a la misteriosa —por desconocida— actitud de Ligeia.
Emilia Pardo Bazán, en una lectura en el Ateneo. (El Mundo)

[Imagen principal: Flickr]