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miércoles, 23 de diciembre de 2020

"Papá Noel duerme en casa", de Samanta Schweblin



                                  PAPÁ NOEL DUERME EN CASA

 

La navidad en que Papá Noel pasó la noche en casa fue la última vez que estuvimos todos juntos, después de esa noche papá y mamá terminaron de pelearse, aunque no creo que Papá Noel haya tenido nada que ver con eso. Papá había vendido su auto unos meses atrás porque había perdido el trabajo, y aunque mamá no estuvo de acuerdo, él dijo que un buen árbol de navidad era importante esa vez, y compró uno de todas formas. Venía en una caja de cartón, larga y plana, y traía una hoja que explicaba cómo encajar las tres partes y abrir las ramas de forma que se viera natural. Armado era más alto que papá, era inmenso, y yo creo que por eso ese año Papá Noel durmió en nuestra casa. Yo había pedido de regalo un coche a control remoto. Cualquiera me venía bien, no quería uno en particular, pero todos los chicos tenían uno en esa época y cuando jugábamos en el patio los autos a control remoto se dedicaban a estrellarse contra los autos comunes, como el mío. Así que había escrito mi carta y papá me había llevado hasta el correo para enviarla. Y le dijo al tipo de la ventanilla:

—Se la enviamos a Papá Noel —y le pasó el sobre.

El tipo de la ventanilla ni saludó, porque había mucha gente y se ve que ya estaba cansado de tanto trabajo, la época navideña debe ser la peor para ellos. Tomó la carta, la miró y dijo:

—Falta el código postal.

—Pero es para Papá Noel —dijo papá, y le sonrió, y le guiñó un ojo, se ve que para hacerse amigo, y el tipo dijo:

—Sin código postal no sale.

—Usted sabe que la dirección de Papá Noel no tiene código postal —dijo papá.

—Sin código postal no sale —dijo el tipo, y llamó al siguiente.

Y entonces papá trepó al mostrador, agarró al tipo del cuello de la camisa, y la carta salió.

Por eso yo estaba preocupado ese día, porque no sabía si la carta le había llegado o no a Papá Noel. Además no podíamos contar con mamá desde hacía casi dos meses, y eso también me preocupaba, porque la que siempre estaba en todo era mamá, y las cosas salían bien entonces. Hasta que dejó de preocuparse, así nomás, de un día para el otro. La vieron unos médicos, papá siempre la acompañaba y yo me quedaba en la casa de Marcela, que es nuestra vecina. Pero mamá no mejoró. Dejó de haber ropa limpia, leche y cereales a la mañana, papá llegaba tarde a los lugares a los que debía llevarme, y después llegaba otra vez tarde para pasarme a buscar. Cuando pedí explicaciones papá dijo que mamá no estaba enferma ni tenía cáncer ni se iba a morir. Que bien podría haber pasado algo así pero él no era hombre de tanta suerte. Marcela me explicó que mamá simplemente había dejado de creer en las cosas, que eso era estar “deprimido”, y te quitaba las ganas de todo, y tardaba en irse. Mamá no iba más a trabajar ni se juntaba con amigas ni hablaba por teléfono con la abuela. Se sentaba con su bata frente al televisor, y hacía zapping toda la mañana, toda la tarde y toda la noche. Yo era el encargado de darle de comer. Marcela dejaba comida hecha en el freezer con las porciones marcadas. Había que combinarlas. No podía, por ejemplo, darle todo el pastel de papas y después toda la tarta de verdura. La descongelaba en el microondas y se la alcanzaba en una bandeja, con el vaso de agua y los cubiertos. Mamá decía:

—Gracias mi amor, no tomes frío —lo decía sin mirarme, sin perder de vista lo que sucedía en el televisor.

A la salida del colegio me agarraba de la mano de la mamá de Augusto, que era hermosa. Eso funcionaba cuando venía a buscarme papá, pero después, cuando empezó a venir Marcela, a ninguna de las dos parecía gustarle eso, así que esperaba solo debajo del árbol de la esquina. Viniera quien viniera a buscarme, siempre llegaban tarde.

Marcela y papá se hicieron muy amigos, y algunas noches papá se quedaba con ella en la casa de al lado, jugando al póquer, y a mamá y a mí nos costaba dormirnos sin él en la casa. Nos cruzábamos en el baño y entonces mamá decía:

—Cuidado mi amor, no tomes frío —y volvía frente al televisor.

Muchas tardes Marcela estaba en casa, eran las tardes en que cocinaba para nosotros y ordenaba un poco. No sé por qué lo hacía. Supongo que papá le pediría ayuda y como ella era su amiga se sentía en la obligación, porque la verdad es que no se la veía muy contenta. Un par de veces le apagó el televisor a mamá, se sentó frente a ella y le dijo:

—Irene, tenemos que hablar, esto no puede seguir así…

Le decía que tenía que cambiar de actitud, que así no llegaría a ningún lado, que ella ya no podía seguir ocupándose de todo, que tenía que reaccionar y tomar una decisión o terminaría por arruinarnos la vida. Pero mamá nunca contestaba. Y al final Marcela terminaba yéndose con un portazo, y esa noche papá pedía pizza porque no había nada para cenar, y a mí la pizza me encanta.

Yo le había dicho a Augusto que mamá había dejado de “creer en las cosas”, y que entonces estaba “deprimida”, y él quiso venir a ver cómo era. Hicimos algo muy feo que a veces me avergüenza: saltamos frente a ella un rato, mamá apenas nos esquivaba con la cabeza; después le hicimos un sombrero de papel de diario, se lo probamos de distintas maneras y se lo dejamos puesto toda la tarde, pero ella ni se movió. Le quité el sombrero antes de que llegue papá. Estaba seguro de que mamá no iba a decirle nada, pero me sentía mal de todos modos.

Después llegó navidad. Marcela hizo su pollo al horno con verduras horribles pero como era una noche especial me preparó además papas fritas. Papá le pidió a mamá que dejara el sillón y cenara con nosotros. La movió cuidadosamente hasta la mesa —Marcela la había preparado con un mantel rojo, velas verdes y los platos que usamos para las visitas—, la sentó en una de las cabeceras y se alejó unos pasos hacia atrás, sin dejar de mirarla, supongo que pensó que podía funcionar, pero en cuanto él estuvo lo suficientemente lejos de ella se levantó y volvió a su sillón. Así que mudamos las cosas a la mesa ratonera del living y comimos ahí con ella. La tele estaba prendida, por supuesto, y el noticiero mostraba una nota sobre un sitio de gente pobre que había recibido un montón de regalos y comida de gente de más plata, y entonces ahora estaban muy contentos. Yo estaba nervioso y miraba todo el tiempo el árbol de navidad porque ya iban a ser las doce y quería mi auto. Entonces mamá señaló el televisor. Fue como moverse un mueble. Papá y Marcela se miraron. En la tele Papá Noel estaba sentado en el living de una casa, con una mano abrazaba a un chico sentado sobre sus piernas, y con la otra a una mujer parecida a la mamá de Augusto, y entonces la mujer se inclinaba y besaba a Papá Noel y Papá Noel te miraba y decía:

—… y cuando vuelvo del trabajo sólo quiero estar con mi familia —y un logo de café aparecía en la pantalla.

Mamá se puso a llorar. Marcela me tomó de la mano y me dijo que subiera al cuarto, pero yo me negué. Volvió a decírmelo, esta vez con el tono impaciente con el que le habla a mamá, pero nada iba a alejarme esa noche del árbol. Papá quiso apagar el televisor pero mamá empezó a luchar con él como una nena. Sonó el timbre y yo dije:

—Es Papá Noel —y Marcela me dio una cachetada y entonces papá empezó a pelear con Marcela y mamá encendió otra vez el televisor pero Papá Noel ya no estaba en ningún canal. El timbre volvió a sonar y papá dijo:

—¿Quién mierda es?

Pensé que ojalá que no fuese el del correo porque volverían a pelear porque papá ya estaba de mal humor.

El timbre sonó otra vez muchas veces seguidas y entonces papá se cansó, fue hasta la puerta y cuando la abrió vio que era Papá Noel. No era tan gordo como en televisión y se lo veía cansado, no podía mantenerse de pie y se apoyaba un momento de un lado de la puerta, otro momento del otro.

—¿Qué quiere? —dijo papá.

—Soy Papá Noel —dijo Papá Noel.

—Y yo soy Blanca Nieves —dijo papá y le cerró la puerta.

Entonces mamá se levantó, corrió hacia la puerta, la abrió y Papá Noel todavía estaba ahí, tratando de sostenerse, y lo abrazó. A papá le agarró un ataque:

—¿Éste es el tipo, Irene? —le gritó a mamá, y empezó a decir malas palabras  y a tratar de separarlos. Y mamá le dijo a Papá Noel:

—Bruno, no puedo vivir sin vos, me estoy muriendo.

Papá logró separarlos y le dio a Papá Noel una trompada y Papá Noel cayó para atrás y quedó seco sobre la entrada. Mamá empezó a gritar como loca. Yo estaba triste por lo que le estaba pasando a Papá Noel, y porque todo esto atrasaba lo del auto, aunque por otro lado me alegraba ver a mamá otra vez en movimiento.

Papá le dijo a mamá que iba a matarlos a los dos y mamá le dijo que si él era tan feliz con su amiga  por qué ella no podía ser amiga de Papá Noel, cosa que a mí me pareció lógica. Marcela se acercó a ayudar a Papá Noel, que empezaba a moverse en el piso, y le dio una mano para levantarse. Y entonces papá otra vez empezó a decirle de todo y mamá a gritar. Marcela decía cálmense, entremos, por favor, pero nadie la escuchaba. Papá Noel se llevó la mano a la nuca y vio que le sangraba. Escupió a papá y papá le dijo:

—Maricón de mierda.

Y mamá le dijo a papá:

—Maricón serás vos, hijo de puta —y también le escupió.

Le dio a Papá Noel la mano, lo hizo entrar en la casa, se lo llevó a su cuarto y se encerró.

Papá se quedó como congelado, y en cuanto reaccionó se dio cuenta que yo todavía seguía ahí y me mandó furioso a la cama. Sabía que no estaba en condiciones de discutir, me fui al cuarto sin navidad y sin regalo. Esperé acostado a que todo quedara en silencio, mirando nadar en las paredes el reflejo de los peces de plástico de mi velador. No tendría mi auto a control remoto, eso era clarísimo, pero Papá Noel dormía en casa esa noche y eso me aseguraba un año mejor.

(Samanta Schweblin, Pájaros en la boca y otros cuentos, Literatura Random House, 2017)


Entrada relacionada:

http://elhacedordesuenos.blogspot.com/2020/05/mariposas-un-cuento-de-samanta-schweblin.html

Imagen: eluniversal.com.

jueves, 2 de julio de 2020

"Mariposas", un cuento de Samanta Schweblin



Mariposas

Ya vas a ver qué lindo vestido tiene hoy la mía, le dice Calderón a Gorriti, le queda tan bien con esos ojos almendrados, por el color, viste; y esos piecitos... Están junto al resto de los padres, esperan ansiosos la salida de sus hijos. Calderón habla, Gorriti mira las puertas todavía cerradas. Vas a ver, dice Calderón, quedate acá, hay que quedarse cerca porque ya salen. ¿Y el tuyo cómo va? El otro hace un gesto de dolor y se señala los dientes. No me digas, dice Calderón. ¿Y le hiciste el cuento de los ratones...? Ah, no, con la mía no se puede, es demasiado inteligente. Gorriti mira el reloj. En cualquier momento se abren las puertas y los chicos salen disparados, riendo a gritos en un tumulto de colores, a veces manchados de témpera, o de chocolate. Por alguna razón, el timbre se retrasa. Los padres esperan. Una mariposa se posa en el brazo de Calderón, que se apura a atraparla. La mariposa lucha por escapar, él une las alas y la sostiene de las puntas. Aprieta fuerte para que no se escape. Vas a ver cuando la vea, le dice a Gorriti sacudiéndola, le va a encantar. Pero aprieta tanto que empieza a sentir que las puntas se empastan. Desliza los dedos hacia abajo y comprueba que la ha marcado. La mariposa intenta soltarse, se sacude, y una de las alas se abre al medio como un papel. Calderón lo lamenta, cuando intenta inmovilizarla para ver bien los daños termina por quedarse con parte del ala pegada a uno de los dedos. Gorriti lo mira con asco y niega, le hace un gesto para que la tire. Calderón la suelta. La mariposa cae al piso. Se mueve con torpeza, intenta volar pero no puede. Al fin se queda quieta, sacude cada tanto una de sus alas, y ya no intenta nada más. Gorriti le dice que termine con eso de una vez y él, por el propio bien de la mariposa por supuesto, la pisa con firmeza. No alcanza a apartar el pie cuando advierte que algo extraño sucede. Mira hacia las puertas y, como si un viento repentino hubiese violado las cerraduras, estas se abren, y cientos de mariposas de todos los colores y tamaños se abalanzan sobre los padres que esperan. Piensa si irán a atacarlo, tal vez piensa que va a morir. Los otros padres no parecen asustarse; las mariposas solo revolotean entre ellos. Una última cruza rezagada y se une al resto. Calderón se queda mirando las puertas abiertas, y tras los vidrios del hall central, las salas silenciosas. Algunos padres todavía se amontonan frente a las puertas y gritan los nombres de sus hijos. Entonces las mariposas, todas ellas en pocos segundos, se alejan volando en distintas direcciones. Los padres intentan atraparlas. Calderón, en cambio, permanece inmóvil. No se anima a levantar el pie de la que ha matado, teme, quizá, reconocer en sus alas muertas los colores de la suya.

(Samanta Schweblin, Pájaros en la boca y otros cuentos, Literatura Random House, 2017)


Samanta Schweblin. Foto: Isabel Wagermann

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es una escritora argentina que está considerada una de las mejores cuentistas argentinas de las últimas décadas. Estudió Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires y se especializó en guion cinematográfico. Ha vivido durante breves periodos de tiempo en México, Italia, Alemania y China. Desde 2012 reside en Berlín, donde imparte talleres de literatura. Cuentista por excelencia, sus relatos han obtenido numerosos premios internacionales. Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio (2002), fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes y en el Concurso Haroldo Conti. Pájaros en la boca (2009), traducido a varios idiomas y publicado en veintidós países,  fue galardonado con el Premio Casa de América y obtuvo la beca DAAD en Alemania. Su relato "Un hombre sin suerte" ganó el Premio Juan Rulfo 2012, y "La respiración cavernaria", incluido en el libro Siete casas vacías (2015), fue merecedor del Premio Narrativa Breve Ribera del Duero en 2015. Distancia de rescate, su primera novela y su obra más celebrada, obtuvo el Premio Tigre Juan, el Tournament of Books y el Shirley Jackson, además  fue nominada al Man Booker Prize 2017. Su segunda novela, Kentukis (2018) desvela el lado más inquietante de las nuevas tecnologías. Pájaros en la boca y otros cuentos es una antología que reúne veinte cuentos publicados anteriormente en sus libros y otro relato aparecido en la revista 'Granta'. 

Otro relato de la autora en este blog:

[Imagen inicial: Murales y vinilos]