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domingo, 27 de octubre de 2019

"La cuestión homérica: a vueltas con La Ilíada", de Jaime Siles




LA CUESTIÓN HOMÉRICA:
A VUELTAS CON LA ILÍADA


 A Don Martín S. Ruipérez, in memoriam

Delante de mis ojos veo a Aquiles combatiendo.
Mirmídones y dólopes no se quedan atrás:
avanzan con su pesado armamento, mientras
Héctor y los troyanos cierran filas en frente
y las flechas de ambos se cruzan en el aire
como enjambres de abejas
y las lanzas de bronce brillan bajo el intenso sol.
Tengo dieciséis años y leo en griego
los versos de la Ilíada que ignoro entonces
cuánto y de cuántas formas me van a acompañar.
Cóncavas naves navegan por mi mente.
Catálogo de armas y guerreros también.
Se me va haciendo familiar su estilo:
tanto el de ellos como el de las palabras
que cada hexámetro, bajo la luz del flexo,
extiende sobre mí. Quiero que los aqueos
venzan y los troyanos pierdan, o al revés.
Me gustan los parlamentos de los dioses.
Admiro la belleza de Helena, que imagino,
los recursos de Ulises, la humanidad de Héctor,
los consejos de Hipóloco a Glauco y cómo
las generaciones de los hombres
—como las de las hojas— están destinadas a caer.
Todo está dicho —muy bien dicho— allí.
Cada composición tiene estructura,
cada ser humano es un relato, cada héroe
es una canción. Leo cómo los dos ejércitos
se mueven, cómo va sucediendo todo
lo que en la caída de Troya sucedió.
Tengo sesenta y cinco años y leo a Homero
en griego y ya no soy aquel ni el mismo
muchacho que hace cincuenta años lo leyó.
El texto no ha cambiado y sigue siendo el mismo.
Delante de mis ojos Aquiles sigue
combatiendo. Los mirmídones y los dólopes
no se quedan atrás: avanzan con todo su pesado
armamento, mientras frente a ellos cierran filas
Héctor y los troyanos y las flechas de ambos
se cruzan en el aire como enjambres de abejas
y las lanzas de bronce brillan bajo el intenso sol.
La familia de Príamo contempla cómo se desarrollan
los combates y las cóncavas naves varadas en la playa
y las tiendas del campamento aqueo y a Menelao
y Agamenón. Soy yo, y no ellos, el que cambia.
Soy yo el que, al no formar parte de la Ilíada,
está de antemano condenado a morir. Navego
por la página como el sol por sus rutas
y voy viendo cadáveres cerca o en torno a mí
y no son de troyanos ni de aqueos ni de dólopes:
son de padres, familiares, compañeros y amigos.
Nada muere en el verso: el ritmo del hexámetro
con su ámbar protege el tiempo que no acaba
nunca de suceder, pero el nuestro termina.
No: no mueren los héroes de La Ilíada
sino nosotros, sus lectores, que, a diferencia de ellos,
somos lo que somos pero sólo una vez.
Sólo como ficción el ser perdura. Pero nuestra epopeya
no es el combate en las playas de Troya
sino otro más humilde, condenado 
a un oscuro y anónimo morir. Por eso mismo
siguen teniendo su sentido Héctor y Aquiles,
Patroclo, Príamo, Helena, Agamenón.
Ellos ni morirán ni han muerto. Pero nosotros sí.

   De Galería de rara antigüedad, Visor, 2018


Entrada relacionada:
https://elhacedordesuenos.blogspot.com/2019/04/sobre-un-instante-griego-de-jaime-siles.html

[La imagen, de la película Troya (2004), está tomada de hdnh.es]

domingo, 14 de abril de 2019

"Sobre un instante griego", de Jaime Siles





                 SOBRE UN INSTANTE GRIEGO

¿Hay un momento más hermoso y único en la historia
que aquel en que los griegos de la Anábasis, dakruontes,
"con lágrimas en los ojos", pudieron ver por fin el mar?
Pienso que no, aunque quiero creer que hubo,
hay y habrá otros muchos instantes como aquel.
Esos momentos son los que, con más entusiasmo
y pasión, debemos recordar. Aprendemos en ellos tantas
       cosas:
estuvimos allí antes de tener nosotros existencia y seguimos
y seguiremos estando y asistiendo como testigos siempre
a su mágica y coral intensidad. Lo profundo del tiempo
allí se manifiesta, y la verdad del ser humano se nos da.
En un momento u otro de la vida todos somos partícipes
de su misma alegría y sentimos dentro de nosotros
aquella mágica y coral intensidad que Jenofonte narra.

De Galería de rara antigüedad, Visor, 2018


Con Galería de rara antigüedad el prestigioso poeta y filólogo Jaime Siles, catedrático de  Filología Latina en la Universidad de Valencia, obtuvo el XXVIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma. Se trata de un libro con el que el autor intenta expresar su visión de la Antigüedad clásica, "un mundo inagotable". El término 'galería' del título parte de una frase del filólogo Luis Gil incluida en el libro Introducción a Homero, en la que  afirma que la Antigüedad clásica y, en especial, La Ilíada "constituyen una galería de conductas, de paradigmas, de conductas humanas a seguir". El sintagma 'de rara antigüedad' que complementa al núcleo se debe, explica el autor, a que en el poemario "hay muchos monólogos dramáticos, pero objetivados en otras personas que no son el autor. Los poemas son de ahora, aunque el mundo al que se refieren sea de entonces". Porque, como se explica en la contraportada del poemario:
Este libro asume y desarrolla el precepto nietzscheano de revivir en sí la Antigüedad Clásica, de objetivarla sobre una serie de imágenes, estampas y situaciones en las que se proyecta no tanto la nostalgia de su mundo  como la consistencia de su realidad, tan necesaria para comprender en su compleja profundidad la nuestra.
El poema elegido hace referencia a  un pasaje de la Anábasis del historiador Jenofonte (Atenas, ca. 431 a. C.- Corinto, 354 a. C.). En este libro, también llamado Expedición de los diez mil, Jenofonte narra la expedición de los mercenarios griegos que apoyaron la rebelión de Ciro el Joven de Persia, quien ambicionaba despojar del trono a su hermano Artajerjes II. Este cuerpo de ejército, al que se unió Jenofonte, en el año 401 a. C., atravesó Asia Menor, donde se unió a otras fuerzas reclutadas por Ciro. Pero en Cunaxa, cerca de Babilonia, el ejército de Ciro (integrado por 12.500 griegos, entre hoplitas y peltastas, y 50.000 bárbaros)   fue derrotado por el de Artajerjes, formado por 200.000 hombres, y Ciro, alcanzado por una flecha, resultó muerto. El ejército de Ciro se dispersó y los griegos se encontraron en territorio desconocido, sin protección alguna y a merced del ejército del rey, que se proponía exterminarlos. Muertos los jefes de los expedicionarios griegos, Jenofonte, que tenía entonces de veinticinco a treinta años, se vio obligado a tomar el mando de este ejército destrozado y conducirlo de vuelta a casa hasta llegar a las costas del mar Negro. El poema alude al emocionante momento en que estos hombres, nacidos en islas o en poblaciones costeras, vuelven a ver el mar después de tanto tiempo y tantas calamidades:
Al quinto día llegaron a la cima de la montaña llamada Teques. Cuando los primeros alcanzaron la cumbre y vieron el mar prodújose un gran vocerío. Al oírlo Jenofonte y los que iban en la retaguardia creyeron que se habían encontrado con nuevos enemigos [...]. Pero como el vocerío se hacía mayor y más cercano y los que se aproximaban corrían hacia los voceadores, como el escándalo se hacía más estruendoso a medida que se iba juntando mayor número, parecióle a Jenofonte que debía de tratarse de algo más importante, y montando a caballo se adelantó con Licio y la caballería a ver si ocurría algo grave. Y en seguida oyeron  que los soldados gritaban: "¡El mar!, ¡El mar!", y que se transmitían el grito de boca en boca. Entonces todos subieron corriendo; retaguardia, acémilas y caballos avanzaron vivamente. Cuando llegaron todos a la cima se abrazaron con lágrimas los unos a los otros, generales y capitanes.
 (Jenofonte, La expedición de los diez mil (Anábasis), Espasa-Calpe, Colección Austral, nº 79, Madrid, 1939)
Francisco García Jurado, en  su reseña Jaime Siles, "lo profundo del tiempo", escribe sobre este poema:
En otras lenguas acaso se puede vivir, pero sólo en la griega reside esa capacidad intelectiva [...] Por ello, una sola palabra griega, "dakuóntes", que aparece en un pasaje de la Anábasis de Jenofonte (4, 7, 24), sirve para revelar un momento único de la literatura griega, justamente el instante en que los helenos que iban con Jenofonte, tras recorrer la Anatolia, vieron el mar en Cilicia; fue allí donde su emoción, compartida, les hizo llorar.
Ruta de Jenofonte y los Diez mil. [Wikipedia]
Entrada relacionada:
[Imagen inicial: Home-CostaClub]

domingo, 16 de julio de 2017

"Acis y Galatea", de Jaime Siles

Nicolas Poussin, Acis y Galatea, 1629. National Gallery of Ireland (Dublin)


                Acis y Galatea

Ese cuerpo labrado como plata,
ese oro, esa túnica, esa piel,
ese color que tiñe la escarlata
corola del pistilo de un clavel;

ese cielo de cárdenos espacios,
esa carne que tiembla en el vaivén
de las rodillas y de los topacios
nos dicen que este cuadro es de Poussin.

El resplandor del sol en los minutos
del gris del agua sobre el gouache del gres,
el césped de corales diminutos
que puntean las puntas de sus pies;

el placer de los vicios absolutos,
el maquillado estambre, el cascabel
de sus tacones, los ojos resolutos
disueltos en vidrieras de bisel;

las dunas de su cuerpo y esas manos
que la luz difumina en el papel
de este poema dicen que eran vanos
ese oro, esa túnica, esa piel.

La chica que los mira aquí a mi lado
es más real que el lienzo y que el pincel:
hace un gesto de geisha emocionado,
más certero, más cierto, más rimado
de rimmel que la estrofa del clavel.

El cuadro del museo que miramos
no está en la sala, ni en el Louvre, ni en
la Tate Gallery, el Ermitage o Samos,
y no es -ni por asomo- de Poussin.

El cuadro del museo que miramos,
Acis y Galatea, ella y él,
somos nosotros mismos mientras vamos
-ojo, labio, boca, lengua, mano-
sobre la carne del amor humano
ensortijando flores, cuerpos, ramos
de un verano mejor que el del pincel.



De Semáforos, semáforos,  1990


En 1989 un jurado presidido por Octavio Paz y compuesto por Carlos Bousoño, Antonio Colinas, Francisco Brines, Juan Luis Panero y Luis Antonio de Villena concedía el II Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe a la obra Semáforos, semáforos, de Jaime Siles.

Este libro representa un gran cambio en la trayectoria poética de Siles, que olvidando la poesía metafísica o más intelectual se acerca al mundo de la cotidianeidad, expresa lo fugaz, lo visual, lo sensorial, y da entrada al paisaje urbano de la modernidad. En opinión de Ángel Díaz Arenas ("Evolución poética de Jaime Siles: introducción al análisis poetológico"), los poemas de "Semáforos, semáforos" son claras muestras de una nueva tendencia "expresadora de la modernidad" cuyas características ha resumido Gustav Siebenmann ("Prefacio", en Iberomanía, Nº 34. Citado por Díaz Arenas):
Vuelta a la estrofa y al metro; incorporación de las tradiciones a modo de intertextos, adaptados a una nueva sensibilidad; combinación de campos semánticos y niveles discursivos distintos (lenguas especiales, cotidianeidad); guiños irónicos a la sociedad de consumo y, sobre todo, comunicación de emociones y experiencias en complicidad con el lector.
El poema elegido parte de la écfrasis, la descripción literaria de una obra de arte: el cuadro "Acis y Galatea", del pintor clasicista Poussin. La pintura se inspira en el mito de Acis y Galatea narrado por Ovidio en las Metamorfosis: la nereida Galatea estaba enamorada del joven y hermoso  Acis, pastor siciliano que todas las tardes se acercaba a la orilla del mar para ver y hablar con la  bella Galatea. Pero  el monstruoso cíclope Polifemo se había prendado de la ninfa marina y vagaba desconsolado por valles y montañas entonando canciones para su amada. Un día sorprende a Galatea en brazos de Acis  y, enfurecido por los celos,  lanza una enorme roca contra el joven y lo mata. Galatea llora desconsoladamente y sus lágrimas, mezcladas con la sangre de su amado, dan origen al  río Acis. El lienzo de Poussin representa, a la izquierda, a los enamorados enmarcados por una tela roja sujeta por dos amorcillos. Tras ellos, aparece Polifemo tocando la flauta de pan para distraer sus penas. A la derecha del lienzo, tritones y nereidas retozan voluptuosamente.

De la descripción del cuadro, el poema salta a la descripción de una escena cotidiana, del arte se pasa a la vida, como explica Jesús Ponce Cárdenas ("Eros siempre recomenzado: cuatro siglos para un poema barroco". Ínsula, Nº 781-782. Enero 2012):
Como puede verse, el arranque del poema incide en los elementos plásticos de una pintura del Barroco francés a través de una serie de elementos suntuosos (plata, oro, topacios) y una paleta de colores encendidos (escarlata, cárdenos). En los versos de cierre, la escena mítica de la unión de los amantes se ha metamorfoseado en una 'historia' real, en un 'amor de verano' compartido por el yo lírico y la joven amada. [...] para realizar esta singular transposition d'art, Jaime Siles se va apropiando sutilmente de algunas claves propias del estilo gongorino. Rasgos elocutivos como los ya citados (la ponderación a través de referentes suntuarios, el gusto por los colores cálidos y las armonía cromáticas) se alían con imágenes procedentes de la Fábula de Polifemo y Galatea. Sin duda, la presencia floral del clavel se vincula a la escena culminante del epilio gongorino (el momento del beso, que precede a la desfloración de la ninfa): "No a las palomas concedió Cupido /juntar de sus dos picos los rubíes, /cuando al clavel el joven atrevido /las dos hojas le chupa carmesíes" (estancia XLII, vv. 329-332). De hecho, el gesto de la muchacha que contempla el cuadro se exaltará -no sin humor- como "más certero, más cierto, más rimado /(de rimmel) que la estrofa del clavel". El uso de la cumulatio ("ojo, labio, boca, lengua, mano") o la construcción trimembre de algún verso ("ensortijando flores, cuerpos, ramos") permite identificar asimismo el poso gongorino en esta evocación plástica del mito.
Sergio Arlandis ("Asedio y transformación de los cuerpos amantes en la poesía amorosa de J. Siles". En Liburna 4 [Nov. 2011]. 41-47) observa, por su parte, que los amantes protagonistas de ese 'amor de verano' representan, al unirse, una escena idéntica a la de la pintura "dándoles sentido no sólo como objeto artístico en sí, sino también como espejo de una realidad que busca -y necesita- superar los límites de lo cotidiano".

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domingo, 30 de junio de 2013

"Himno a Venus", de Jaime Siles



Himno a Venus

Amor bajo las jarcias de un velero,
amor en los jardines luminosos,
amor en los andenes peligrosos
y amor en los crepúsculos de enero.

Amor a treinta grados bajo cero,
amor en terciopelos procelosos,
amor en los expresos presurosos
y amor en los océanos de acero.

Amor en las cenizas de la noche,
amor en un combate de carmines,
amor en los asientos de algún coche,

amor en las butacas de los cines.
Amor, en las hebillas de tu broche,
gimen gemas de jades y jazmines.



                  (Jaime Siles, de "Semáforos, semáforos", 1990)


Jaime SILES (Valencia, 1951) es poeta, traductor, ensayista y crítico español. Doctor en Filología por la universidad de Salamanca, ha sido profesor en distintas universidades europeas y director del Instituto Español de Cultura en Viena. Actualmente es catedrático de Filología Clásica en la Universidad de Valencia y presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Representante del clasicismo contemporáneo, Siles es uno de los poetas más notables del  actual panorama español por la riqueza de su poesía en la que, en palabras de Cecilia Castro, "se aúnan el rigor verbal con la versatilidad de la forma en una perenne indagación del ser, su identidad y su destino". Su poesía, que parte de un lenguaje culterano próximo a los Novísimos y evoluciona después hacia la poesía pura  en un proceso de despojamiento,  experimenta un paulatino proceso de humanización en una poesía de la experiencia y de la memoria. Su formación clasicista hace que muchos de sus temas y motivos poéticos procedan de la cultura grecolatina. Ha publicado los siguientes poemarios: Génesis de la luz (1969), Biografía sola (1971), Canon (Premio Ocnos 1973), Alegoría (1977), Música de Agua (Premio de la Crítica 1983), Poemas al revés (1987), Columnae (1987), Semáforos, semáforos (Premio Loewe 1989), obra en la que evoca experiencias pasadas con profunda melancolía y, además, integra elementos cotidianos; Himnos tardíos (Premio Internacional Generación del 27, 1998), Pasos en la nieve (2004), Colección de tapices (2008), Actos de habla (2009) y Desnudos y acuarelas (2009). 

Sobre el poema elegido, escribe Eva Álvarez Ramos ("Afrodita en la poesía española contemporánea: revisión del eros clásico"):
En este "Himno a Venus", con estructura de soneto clásico anafórico, de Jaime Siles (1951) -que clausura con una magistral aliteración sinestésica de corte modernista- se enumeran los lugares ilimitados y coetáneos en los que se puede amar.

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