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[La imagen, de la película Troya (2004), está tomada de hdnh.es]
Este libro asume y desarrolla el precepto nietzscheano de revivir en sí la Antigüedad Clásica, de objetivarla sobre una serie de imágenes, estampas y situaciones en las que se proyecta no tanto la nostalgia de su mundo como la consistencia de su realidad, tan necesaria para comprender en su compleja profundidad la nuestra.
Al quinto día llegaron a la cima de la montaña llamada Teques. Cuando los primeros alcanzaron la cumbre y vieron el mar prodújose un gran vocerío. Al oírlo Jenofonte y los que iban en la retaguardia creyeron que se habían encontrado con nuevos enemigos [...]. Pero como el vocerío se hacía mayor y más cercano y los que se aproximaban corrían hacia los voceadores, como el escándalo se hacía más estruendoso a medida que se iba juntando mayor número, parecióle a Jenofonte que debía de tratarse de algo más importante, y montando a caballo se adelantó con Licio y la caballería a ver si ocurría algo grave. Y en seguida oyeron que los soldados gritaban: "¡El mar!, ¡El mar!", y que se transmitían el grito de boca en boca. Entonces todos subieron corriendo; retaguardia, acémilas y caballos avanzaron vivamente. Cuando llegaron todos a la cima se abrazaron con lágrimas los unos a los otros, generales y capitanes.
(Jenofonte, La expedición de los diez mil (Anábasis), Espasa-Calpe, Colección Austral, nº 79, Madrid, 1939)
En otras lenguas acaso se puede vivir, pero sólo en la griega reside esa capacidad intelectiva [...] Por ello, una sola palabra griega, "dakuóntes", que aparece en un pasaje de la Anábasis de Jenofonte (4, 7, 24), sirve para revelar un momento único de la literatura griega, justamente el instante en que los helenos que iban con Jenofonte, tras recorrer la Anatolia, vieron el mar en Cilicia; fue allí donde su emoción, compartida, les hizo llorar.
Vuelta a la estrofa y al metro; incorporación de las tradiciones a modo de intertextos, adaptados a una nueva sensibilidad; combinación de campos semánticos y niveles discursivos distintos (lenguas especiales, cotidianeidad); guiños irónicos a la sociedad de consumo y, sobre todo, comunicación de emociones y experiencias en complicidad con el lector.El poema elegido parte de la écfrasis, la descripción literaria de una obra de arte: el cuadro "Acis y Galatea", del pintor clasicista Poussin. La pintura se inspira en el mito de Acis y Galatea narrado por Ovidio en las Metamorfosis: la nereida Galatea estaba enamorada del joven y hermoso Acis, pastor siciliano que todas las tardes se acercaba a la orilla del mar para ver y hablar con la bella Galatea. Pero el monstruoso cíclope Polifemo se había prendado de la ninfa marina y vagaba desconsolado por valles y montañas entonando canciones para su amada. Un día sorprende a Galatea en brazos de Acis y, enfurecido por los celos, lanza una enorme roca contra el joven y lo mata. Galatea llora desconsoladamente y sus lágrimas, mezcladas con la sangre de su amado, dan origen al río Acis. El lienzo de Poussin representa, a la izquierda, a los enamorados enmarcados por una tela roja sujeta por dos amorcillos. Tras ellos, aparece Polifemo tocando la flauta de pan para distraer sus penas. A la derecha del lienzo, tritones y nereidas retozan voluptuosamente.
Como puede verse, el arranque del poema incide en los elementos plásticos de una pintura del Barroco francés a través de una serie de elementos suntuosos (plata, oro, topacios) y una paleta de colores encendidos (escarlata, cárdenos). En los versos de cierre, la escena mítica de la unión de los amantes se ha metamorfoseado en una 'historia' real, en un 'amor de verano' compartido por el yo lírico y la joven amada. [...] para realizar esta singular transposition d'art, Jaime Siles se va apropiando sutilmente de algunas claves propias del estilo gongorino. Rasgos elocutivos como los ya citados (la ponderación a través de referentes suntuarios, el gusto por los colores cálidos y las armonía cromáticas) se alían con imágenes procedentes de la Fábula de Polifemo y Galatea. Sin duda, la presencia floral del clavel se vincula a la escena culminante del epilio gongorino (el momento del beso, que precede a la desfloración de la ninfa): "No a las palomas concedió Cupido /juntar de sus dos picos los rubíes, /cuando al clavel el joven atrevido /las dos hojas le chupa carmesíes" (estancia XLII, vv. 329-332). De hecho, el gesto de la muchacha que contempla el cuadro se exaltará -no sin humor- como "más certero, más cierto, más rimado /(de rimmel) que la estrofa del clavel". El uso de la cumulatio ("ojo, labio, boca, lengua, mano") o la construcción trimembre de algún verso ("ensortijando flores, cuerpos, ramos") permite identificar asimismo el poso gongorino en esta evocación plástica del mito.Sergio Arlandis ("Asedio y transformación de los cuerpos amantes en la poesía amorosa de J. Siles". En Liburna 4 [Nov. 2011]. 41-47) observa, por su parte, que los amantes protagonistas de ese 'amor de verano' representan, al unirse, una escena idéntica a la de la pintura "dándoles sentido no sólo como objeto artístico en sí, sino también como espejo de una realidad que busca -y necesita- superar los límites de lo cotidiano".
En este "Himno a Venus", con estructura de soneto clásico anafórico, de Jaime Siles (1951) -que clausura con una magistral aliteración sinestésica de corte modernista- se enumeran los lugares ilimitados y coetáneos en los que se puede amar.