EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 23 de septiembre de 2018

"Misterios", de Marcos Díez



     Misterios

A veces, simplemente, desearía
crecer a la manera de los árboles,
estar siempre en mi sitio, ser el sitio,
dejar que el mundo sea lo inmediato,
jamás representarlo, pertenecer a él
como el grano de arena que no piensa en la playa,
como el hombre que no piensa en la historia.

A veces, simplemente, desearía
que habitase mi cuerpo 
un idioma que nada significa,
no intentar descifrar ningún misterio.

Quizá el misterio sea
la más inútil niebla de la mente.

               De Desguace, Visor, 2018



Marcos Díez Manrique (Santander, 1976) es escritor y periodista cuya trayectoria profesional ha estado vinculada a los medios de comunicación y a la producción audiovisual. Desde 2011 dirige la Fundación Santander Creativa.

Como poeta, ha publicado Quince pequeños apuntes sobre la longitud de la tristeza (Premio José Hierro 1998), la plaquette Aprendiendo a ser Clint Eastwood (1999), Puntos de Apoyo (2011), Combustión (2014, Premio Internacional de poesía Hermanos Argensola y Premio de poesía Alcalá de Henares) y Desguace (Premio de poesía Ciudad de Burgos). Es autor, además, del libro de cuentos Desdoblados (2012). En El festín (2017) recoge los artículos semanales publicados en eldiario.es en Cantabria.

Respecto a su producción audiovisual, ha sido director y guionista de los cortometrajes Fe y Todo incluido, y ha escrito los guiones de El sueño de Caracol y de Intercambios.

domingo, 16 de septiembre de 2018

"Los invitados", de Pablo Martínez Zarracina

Foto: Elliott Erwitt, 1961



           LOS INVITADOS


Dame la mano. Ven. Abandonemos
esta fiesta insistente
en la que hace tanto tiempo que estamos
atrapados
sin saber ya muy bien qué se celebra.

Busquemos el refugio de un rincón
velado por la sombra
o ganemos mejor la intimidad
de esos cuartos de arriba en los que los abrigos
aprovechan la ausencia de sus dueños
para fingir que han sido asesinados
sobre una cama ajena y misteriosa.

Nadie se dará cuenta. Sígueme.

Entremos con cuidado en esa habitación
y cerremos la puerta,
acallando las risas y los suaves aplausos
que animan al pianista a interpretar
una canción radiante, de otro tiempo.

Y ahora que estamos solos, ven aquí.
Déjame que te diga: "Estás preciosa"
y vamos a abrazarnos un instante,
en medio del silencio,
sintiendo en lo más hondo, muy profundo,
la alegría profunda de estar vivos.

                            De Los invitados, 2005

Pablo Martínez Zarracina


Pablo Martínez Zarracina nació en Bilbao en 1974. Es columnista y crítico literario del diario El Correo. Ha publicado dos libros de poemas -Señales de vida (ganador del XIV Premio de Poesía Esperanza Spínola, Ayuntamiento de Teguise, 2002) y Los invitados (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005)-, el dietario La fascinación de los extremos (AMG, 2000, ganador de VIII edición del Premio Café Bretón), una recopilación de sus crónicas de la Semana Grande de Bilbao (Resaca crónica, Pepitas de Calabaza, 2008) y una selección de sus mejores columnas (Es muy raro todo esto, 2015). Ha sido incluido en las antologías La casa del poeta (2007) y Poesía viva, poetas vascos en castellano (2009). En Los invitados combina el intimismo con la recreación de historias que tienen la literatura como argumento.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

"Alabemos a las mujeres tontas", de Margaret Atwood


© Jack Vettriano


                  Alabemos a las mujeres tontas


—las cabezas huecas, las descerebradas, las rubias explosivas:
las adolescentes tercas demasiado tontas para escuchar a sus madres:
todas las que tienen relleno de colchón entre oreja y oreja,
todas las empleadas de lujo que nos desean un buen día, y nos dan el cambio 
    mal, mientras se retocan el superpeinado en el espejo,
aquellas que meten el caniche recién bañado en el microondas,
y aquellas cuyos novios les dicen que el chicle de clorofila es anticonceptivo, y
    se lo creen;
todas las que se muerden las uñas de nervios porque no saben si hacer pis o
    salir del wáter, todas las que no saben escribir pis ni wáter, todas las que se 
    ríen, complacientes, de chistes tontos como éste, aunque no los entiendan.

No viven en el mundo real, nos decimos, benévolas: pero, ¿qué clase de crítica
    es esa?
Si se las arreglan para no vivir en él, tanto mejor. También nosotras preferi-
    ríamos  no vivir en él.
Y en realidad no lo hacen, porque tales mujeres son ficciones: compuestas por
    otros, pero con igual frecuencia por sí mismas, 
aunque hasta las mujeres tontas son menos tontas de lo que aparentan: lo 
    aparentan por amor.
Los hombres las adoran porque hacen que hasta los hombres tontos parezcan
    listos: las mujeres por la misma razón,
y porque les recuerdan las cosas tontas que han hecho ellas,
pero sobre todo porque sin ellas no habría historias.

¡No habría historias! ¡Imagínate un mundo sin historias!
Pues eso es exactamente lo que tendríamos, si todas las mujeres fueran sabias.
Las Vírgenes Sensatas cuidan sus lámparas, se proveen de aceite, y llega
    el esposo, como debe ser, llamando a la puerta principal, a tiempo para 
    la cena;
no hay lío, no hay follón, no hay historia.
¿Qué se puede contar de las Vírgenes Sensatas, insulsos parangones de virtud?
Se muerden la lengua, cierran sus boquitas inteligentes, se cosen su propia
    ropa,
alcanzan reconocimiento profesional, lo hacen todo bien sin esfuerzo.
Son en cierto modo insoportables: no tienen vicios narrativos:
sus sonrisitas sensatas son demasiado sabias, saben demasiado de nosotras y
    nuestras tonterías.
Sospechamos que tienen corazones mezquinos.
Se pasan de listas, no en detrimento suyo, sino en el nuestro.

Las Vírgenes Necias, en cambio, dejan que las lámparas se apaguen:
y cuando el esposo llega y llama al timbre,
están en la cama durmiendo, y tiene que entrar por la ventana:
y la gente grita y tropieza con cosas, y las identidades se confunden,
y hay una escena de persecución, y de rotura, y el placer de la trifulca
    consiguiente:
nada de lo cual se hubiera producido si a estas chicas no les faltasen unos
    cuantos veranos.

¡Ah, la Eterna Mujer Tonta! Cómo nos gusta oír hablar de ella:
cuando escucha los entramados pseudo-artísticos de la creíble serpiente, y
    acaba comiendo la muestra gratuita de la manzana de Árbol de la Sabiduría:
dando así origen a la ciencia de la Teología;
o mientras abre la fraudulenta caja-sorpresa que contiene todos los males
    humanos, y es tan tonta que cree que la Esperanza servirá de alivio.

Habla con lobos sin saber qué clase de bestias son:
¿Dónde has estado toda mi vida?, le preguntan. ¿Dónde he estado toda mi
    vida? responde ella.
¡Nosotras sí lo sabemos! ¡Lo sabemos! Y reconocemos un lobo cuando lo
    vemos.
Cuidado, le gritamos en silencio, pensando en todas las cosas inteligentes que
    haríamos en su lugar.
Pero atrapada en las páginas blancas, no nos oye, y va brincando, canturreando
    y retozando hacia su destino.
(¡La inocencia! Quizá ésa sea la clave de la estupidez, nos decimos, nosotras
    que la abandonamos hace tiempo).
Si escapa a algún peligro, es gracias a la buena suerte, o al héroe: esta chica 
    se ahogaría en un vaso de agua.

                                                                    * * *

A veces es tontamente temeraria; por otro lado, puede ser igualmente
    miedosa, aunque también tontamente.
Padrastros incestuosos la persiguen por claustros en ruinas,
a los que ha sido llevada con artimañas que no engañarían a un palomo.
Los ratones la hacen gritar: va por este mundo amenazante gimoteando entre
    castañetear de dientes,
corriendo pero correr implica el uso de las piernas, y es poco airoso
    desvaneciéndose, más bien.
(Sin piernas) huye despavorida, equivocándose de camino en cada cruce,
un foulard blanco en la oscuridad, y nosotros huimos con ella.
Huérfana y carente de tías bondadosas, toma decisiones matrimoniales
    poco apropiadas,
y tiene que evitar cuerdas, cuchillos, perros asilvestrados, macetas de piedra
    que caen de los balcones,
dirigidas a su agitada cabecita por esposos ladinos y viles que van a por sus
    huesos y sus pesos.
No la compadezcas, cuando la veas ahí desvalida retorciéndose las manos:
el miedo es su armadura.

¡Admitámoslo, es nuestra inspiración! ¡La Musa como pelusa de polvo!
¡Y la inspiración de los hombres, también! ¿Por qué, si no, se compusieron
    las sagas de héroes,
de su fuerza cuasi-divina y sus hazañas sobrehumanas,
sino para la admiración de las mujeres a quien se juzga tan tontas como para
    creérselas?
¿De dónde, si no, quinientos años de poemas de amor,
por no hablar de esas canciones suplicantes, lastimeras, llenas de gemidos
    y sollozos musicales?
¡Dirigidas directamente a las mujeres tan tontas como para encontrarlas
    seductoras!
Cuando una hermosa mujer cae en desgracia, o se tira a ella,
alegando sus buenas intenciones, su deseo de agradar,
y abusan de ella, sobre todo si el que abusa es famoso,
si es lo bastante tonta o lo bastante lista, la pillan, como en las novelas
    clásicas,
y aparece en los periódicos, desconcertada y llorosa,
y de ahí directa al corazón.
¡Te perdonamos! Exclamamos. ¡Lo comprendemos! ¡Ahora hazlo
    otra vez!

Hypocrite lecteuse! Ma sembable! Ma soeur!
Alabemos a las mujeres tontas,
que nos han dado la Literatura.


           De Asesinato en la oscuridad. Traducción de Isabel Carrera Suárez.
KRK Ediciones, 2003, pp. 67-71

"Alabemos a las mujeres tontas" es un divertimento literario en el  que están presentes dos de las características de la obra poética  de Margaret Atwood: la ironía y las referencias culturales.

El título ("Let us now praise stupid women") está formado a partir de un versículo del Eclesiástico (44:1) que en inglés suele enunciarse como "Let us now praise famous men", utilizado ya por el estadounidense James Rufus Agee (1909-1945) como título de la obra homónima publicada en 1941, traducida al castellano como Elogiemos ahora a hombres famosos (Planeta, 2009). Se trata del versículo inicial del "Elogio de los patriarcas" (Henoc y Noé, Abraham, Isaac, Moisés, etc.), que Nacar y Colunga (BAC, Madrid, 1969) traducen así: "Alabemos a los varones gloriosos, nuestros padres, que vivieron en el curso de las edades".

Con enormes dosis de humor e ironía, la broma poética invita a la "Hipocrite lecteuse" (variante en femenino del "hypocrite lecteur" de  Baudelaire) a creer  que la mujeres estúpidas -como las vírgenes necias de la "Parábola de las diez vírgenes" (Mateo, 25), la Eva del Antiguo Testamento, la Pandora de la mitología griega o la Caperucita Roja de los cuentos populares, presentadas como las "cabezas huecas, las descerebradas" de las versiones patriarcales- "nos han dado la Literatura", ya que han servido de inspiración tanto a hombres como a mujeres, y por tanto merecen nuestra alabanza.

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domingo, 9 de septiembre de 2018

"Retornos", de Federico Díaz-Granados



                                RETORNOS


No creo en retornos
pero este amargo corazón de casas viejas y calles rotas
late en cada regreso
sin gestos ni ademanes
y sabe que el mundo es un mal lugar para llegar.

Y se regresa a escribir un poema que trate de una muchacha
en un aeropuerto
que espera un avión de quién sabe dónde
o escribir sobre la carta que nunca recibí aquel sábado
escuchando el mismo disco de las nostalgias perpetuas
o sobre los versos robados a Salinas, Borges, Walcott*
y las tardes de sol en el estadio de fútbol.

No creo en los regresos
pero este seco corazón de otros días canta a destiempo
sobre el cielo que calcina el nombre de una mujer que amé.

No creo en retornos
pero mi vocación de viajero hace,
cuando parto hacia la intemperie en el mundo
que deje, como en mis días de boy scout,
piedritas y migas de pan
para no perder el camino de regreso a tu cuerpo.

             De Las prisas del instante, 2015
Federico Díaz-Granados [www.revistamomentos.co]
Federico Díaz-Granados (Bogotá, 1974) es poeta, periodista, profesor de literatura y divulgador cultural. Actualmente dirige la biblioteca del Gimnasio Moderno y, desde 2000 es subdirector de la revista de poesía 'Golpe de dados'. Fanático de la saga Star Wars, de Forrest Gump, del blues y del lejano territorio ruso, está considerado uno de los referentes  de la nueva poesía colombiana.

Ha publicado los libros de poesía Las voces del fuego (1995), La casa del viento (2000), Hospedaje de paso (2003, 2004),  Las prisas del instante (2015) y Adiós a Lenin (2017), antología en la que reconstruye los versos dos de sus libros más emblemáticos, Hospedaje de paso y Las prisas del instante. Es además un reconocido antologuista de las nuevas voces poéticas de su país, autor de las antologías Oscuro es el canto de la lluvia (1997), Inventario a contraluz (2001), Poemas a Dios (2001) y Poemas a la patria (2001), y coautor de El amplio jardín (2005). En 1998  publicó sus versiones de la poesía de Jim Morrison bajo el título de Una oración americana.

Para Santiago Díaz Benavides ("Federico Díaz-Granados: la vida hecha poesía", en El Espectador, 1 de enero de 2018), los poemas de Díaz Granados son:
Un canto a la certeza de sabernos sentenciados al olvido, al paso de los años, a la muerte y la mirada indiferente de una mujer [...]. Son la vida hecha poesía, los desprendimientos, las despedidas, la niñez que se recupera, los recuerdos de una Rusia evaporada, las palabras a los amigos, los homenajes a lo que no se mueve, a la comida, a las calles, a los sonidos y a los que se han ido.

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domingo, 2 de septiembre de 2018

"Desnúdate otra vez para ver...", de Juan Antonio Masoliver Ródenas

Pintura de Anna Ancher



Desnúdate otra vez para ver
que eres tú, que has regresado
a casa y no por misericordia
sino porque la luz del corazón
ha trazado el camino del desierto.
Abre otra vez la puerta,
ilumina la casa hasta inundarla
y besa estas cenizas: son mi aliento,
el amor que esperaba en el umbral
como si fuera cierta tu existencia.

   De La negación de la luz, Acantilado,
Barcelona, 2017, pág. 67



Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) ha sido catedrático de Literatura
Juan Antonio Masoliver./Foto: Jesús Quintanar
española e hispanoamericana en la Universidad de Westminster, Londres, durante cuatro décadas. En la actualidad vive en El Masnou (Barcelona), es profesor en el Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y traductor y crítico literario de diversas publicaciones europeas y americanas y columnista  de La Vanguardia. Una amplia recopilación de sus artículos sobre literatura española y mexicana ha sido recogida en Las libertades enlazadas (2000) y Voces contemporáneas (2004). Como narrador ha publicado los libros de relatos La sombra del triángulo (1996), La noche de la conspiración de la pólvora (2006), La calle Fontanills (2010) y El ciego en la ventana. Monotonías (2014), y las novelas Retiro lo escrito (1988), Beatriz Miami (1991), La puerta del inglés (2001) y La inocencia lesionada (2016). Ha traducido entre otros a Cesare Pavese, Giorgio Saviane, Carson McCullers, Djuna Barnes y Vladimir Nabokov. 

Su obra poética, considerada como un monólogo interior caracterizado por asociaciones inconscientes de recuerdos y erotismo, está contenida en Poesía reunida (1999) -que incluye los títulos: Vertedero de Otaca (1977-1982), El jardín aciago (1986), La casa de la maleza (1992), Poemas dispersos (1980-1993), En las rejas del tiempo (1991-1994), En el bosque de Celia (1995), Los espejos del mar (1998) y Poesía reciente (1995-1998)-, La memoria sin tregua (2002), Sònia (2008), Paraísos a ciegas (2102) y La negación de la luz (2017). 

En este último libro reúne dos poemarios, "La negación de la luz" y "El cementerio de los dioses", en los que elabora su universo poético de madurez o senectud, impregnado de erotismo y vitalidad, pero también de nostalgia y desgarro. Se trata de una poesía meditabunda y sombría en la que el autor, confiesa, pretende hablar de la realidad de la edad, de la muerte, de todo aquello que ha ido negando a favor de la vida.

domingo, 26 de agosto de 2018

"Todos tenemos un jardín oculto...", de Francisca Aguirre




Todos tenemos un jardín oculto,
un pequeño parterre transeúnte
que nadie aceptaría como tal
salvo los que lo cuidan y mantienen.

Todos tenemos una tierra propia,
una pequeña huerta clandestina
en la que crecen flores bien extrañas,
extrañas para aquellos que no saben,
que no pueden saber lo bien que huelen
o cómo se enderezan sus corolas
cuando las baña el sol de la nostalgia
o las riegan las lluvias del consuelo.

Todos tenemos un jardín secreto
sembrado de dedales, cartas, libros,
caleidoscopios, cuentos, viejas fotos,
playas, reclinatorios, parameras...
Nadie diría que esto es un jardín
salvo aquellos que viven para cultivarlo,
para cambiar de sitio los cuadernos
y darle cuerda a los relojes viejos.

Sin embargo, resulta muy difícil
procurar que el jardín no se marchite,
darle el riego preciso a cada planta,
saber las que requieren sol
y las que son de sombra,
no dejar que se nublen los retratos,
abrir los libros y orear sus páginas
para que los recuerdos no se sequen
como si fueran hojas de eucaliptus.

Es difícil el arte de la jardinería.

                De La herida absurda, Bartleby, Madrid, 2006


La herida absurda, cuyo título está tomado del tango de Catulo Castillo ("La vida es una herida absurda /y es todo tan fugaz...") es un libro de poemas en que la meditación sobre la condición humana se impregna de un tono cordial y emotivo, desvelando la singularidad de un lenguaje donde lo coloquial se funde con lo inesperado y sorprendente.

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domingo, 19 de agosto de 2018

"Los ríos" (I fiumi), de Giuseppe Ungaretti


Río Isonzo


          Los ríos

                         Cotici, 16 de agosto de 1916

Me apoyo en este árbol mutilado
Abandonado en esta torca
Que tiene la languidez
De un circo
Antes o después del espectáculo
Y miro
El pasaje tranquilo
De las nubes sobre la luna

Esta mañana me he tendido
En una urna de agua
Y como una reliquia
He reposado

El Isonzo corriendo
Me suavizaba
Como a una de sus piedras
He levantado mis cuatro huesos
Y me he marchado
Como un acróbata
Sobre el agua

Me he acurrucado
Junto a mis trapos
Sucios de guerra
Y como un beduino
Me he inclinado para recibir
El sol

Este es el Isonzo
Donde mejor
Me he reconocido
Una dócil fibra
Del universo.

Mi suplicio
Es cuando
No me creo en armonía

Pero esas ocultas
Manos
Que me deslíen
Me regalan
La rara
Felicidad

He repasado
Las épocas
De mi vida

Estos son
Mis ríos

Este es el Serchio
En el que han bebido
Dos mil años tal vez
De mi gente campesina
Y mi padre y mi madre.

Este es el Nilo
Que me ha visto
Nacer y crecer
Y arder de inconsciencia
En las extensas llanuras

Este es el Sena
Y en su turbulencia
Me he mezclado
Y me he conocido

Estos son mis ríos
Reunidos en el Isonzo

Esta es mi nostalgia
Que en cada uno
Me trasparenta
Ahora que es noche
Que mi vida me parece
Una corola
De tinieblas

De La alegría.Versión de Jorge Aulicino


VERSIÓN ORIGINAL EN ITALIANO:


       I fiumi

                             Cotici il 16 agosto 1916

Mi tengo a quest’albero mutilato
Abbandonato in questa dolina
Che ha il languore
Di un circo
Prima o dopo lo spettacolo
E guardo
Il passaggio quieto
Delle nuvole sulla luna

Stamani mi sono disteso
In un’urna d’acqua
E come una reliquia
Ho riposato

L’Isonzo scorrendo
Mi levigava
Come un suo sasso
Ho tirato su
Le mie quattro ossa
E me ne sono andato
Come un acrobata
Sull’acqua
Mi sono accoccolato
Vicino ai miei panni
Sudici di guerra
E come un beduino
Mi sono chinato a ricevere
Il sole

Questo è l’Isonzo
E qui meglio
Mi sono riconosciuto
Una docile fibra
Dell’universo

Il mio supplizio
È quando
Non mi credo
In armonia

Ma quelle occulte
Mani
Che m’intridono
Mi regalano
La rara
Felicità

Ho ripassato
Le epoche
Della mia vita

Questi sono
I miei fiumi

Questo è il Serchio
Al quale hanno attinto
Duemil’anni forse
Di gente mia campagnola
E mio padre e mia madre.

Questo è il Nilo
Che mi ha visto
Nascere e crescere
E ardere d’inconsapevolezza
Nelle distese pianure

Questa è la Senna
E in quel suo torbido
Mi sono rimescolato
E mi sono conosciuto

Questi sono i miei fiumi
Contati nell’Isonzo

Questa è la mia nostalgia
Che in ognuno
Mi traspare
Ora ch’è notte
Che la mia vita mi pare
Una corolla
Di tenebre

Da L'allegria, 1931

El poema fue compuesto  durante la Primera Guerra Mundial,  mientras Ungaretti  combatía contra el Imperio Austro-Húngaro en el Carso (Meseta del Kars), una zona de rocas calizas que ocupa el sudoeste de la actual Eslovenia y se extiende hasta el nordeste de Italia. Las torcas o dolinas (grandes depresiones formadas por el agua), a las que se hace referencia en el poema,  son  algunas de las formas características del relieve kárstico. 

Atraviesa el Carso el río Isonzo (Soca, en esloveno), que nace en los Alpes Julianos, en el noroeste de Eslovenia, y desemboca en el mar Adriático, en Italia. El valle del Isonzo  fue escenario de una serie de sangrientas batallas en el frente italiano (las Doce batallas del Isonzo)  que se libraron entre junio de 1915 y noviembre de 1917, en las que perdieron la vida trescientos mil soldados.

"Los ríos" es el poema número veintidós de Il porto sepulto (El puerto sepultado), primer poemario de Ungaretti, incluido después en La alegría (1931). El puerto sepultado reúne los poemas escritos en el Carso entre el 22 de diciembre de 1915 y el 2 de octubre de 1916. Son poemas urgentes, de versos cortos y sin signos de puntuación, en los que la guerra es  tema o motivo recurrente.

El poema elegido, considerado por su autor como su "tarjeta de identidad", ya que sintetiza su vida, está compuesto por  quince versos libres en los que se entrelaza la recuperación del pasado por medio de la memoria y el restablecimiento de la relación de armonía con la naturaleza que la experiencia  de la guerra parece haber roto.   

De noche, mientras contempla el paso de las nubes sobre la luna, apoyado en un árbol "mutilado" (la elección del adjetivo humaniza al árbol y establece una analogía con los cuerpos de los soldados mutilados por las bombas ), abandonado en una torca o dolina, cuya tristeza compara con la de un circo vacío, el poeta soldado recuerda un momento del día: el baño en las aguas del río Isonzo. 

Del presente de la escena nocturna, retrocede al pasado reciente de ese día. Las imágenes de la  "urna" y  la "reliquia" (dos términos estrechamente relacionados) envuelven el acto del baño en una atmósfera  casi sagrada y confieren solemnidad a un hecho común. Mientras descansa en el agua, la corriente del río pule sus miembros, elimina las durezas de la guerra, como pule los cantos rodados. Después se levanta y camina con dificultad sobre las piedras del lecho de río, intentando mantener el equilibrio ("como un acróbata"). 

En la orilla se tiende junto a su uniforme para secarse al sol. La referencia a sus "sucios trapos de guerra", que contrastan con su cuerpo purificado por el agua, introduce el recuerdo del conflicto bélico en ese espacio idílico, mientras que la comparación con un beduino "inclinado para recibir el sol" es una primera evocación de  la infancia del poeta en Alejandría y dota al acto del secado de un sentido simbólico y ritual. En el Isonzo  siente  que forma parte (es "una dócil fibra") de la naturaleza, y cesa el tormento (producido por la brutalidad de la guerra) pues el agua del río, como unas manos ocultas de la naturaleza, le proporcionan esa felicidad rara de sentirse en armonía con el mundo.

Las aguas del Insonzo le traen a la memoria  su vida pasada, recordada con nostalgia y vinculada a otros ríos, que va enumerando en orden cronológico. El Serchio, río de la Toscana que fluye cerca de Lucca, la tierra de sus antepasados; el Nilo, que baña las llanuras egipcias y desemboca en Alejandría, cuidad donde nació el poeta y donde transcurrió su infancia, la edad de la inconsciencia; el Sena, en cuyas aguas turbias (alusión a las experiencias tumultuosas de la vida parisina) habría crecido y madurado. Todos estos ríos le son recordados por el Isonzo. Con la memoria nace la nostalgia de cada uno de estos ríos y de su vida pasada, ahora que inmerso en el drama de la guerra, su existencia le parece tan frágil como la corola de una flor y tan oscura y misteriosa como la noche que lo rodea. En palabras de Maurizio Dardano (Los textos, las formas, la historia), "la oscuridad de la noche  evoca la imagen de una vida llena de incógnitas, encerrada en un círculo oscuro de miedos y augurios de muerte".

Puedes leer otros poemas del autor en este blog:



Río Isonzo [www.isonzobattlefields.com]



Años más tarde, el escritor holandés Cees Nooteboom homenajeó a Ungaretti con una composición en la que recrea la escena de "I fiume" mientras traduce el poema. El yo poético, testigo de  una escena -concebida como tomas sucesivas de una película- que mediante el uso del presente acerca también a los lectores, se dirige al poeta italiano que la protagoniza. En su poema Nooteboom también evoca  ríos, ríos europeos exclusivamente que fueron escenario de cruentas batallas (Somme, Sedán e Isonzo), y a otros poetas que, como Ungaretti,  quedaron marcados profundamente por su participación en la Primera Guerra Mundial y escribieron sobre ello. Así trasciende el caso concreto y particular para convertir el poema en una reflexión sobre la guerra.
Ungaretti soldado. (Succedeoggi)



            UNGARETTI

 Mi tengo a quest' albero mutilato

Encontré tu poema,
bilingüe, en el Mercat Sant Antoni
de Barcelona. Italiano, catalán.

Ahora estoy sentado con tres diccionarios
traduciendo I fiumi, Los ríos, 
escrito en Cotici, 16 de agosto de 1916,
la guerra olvidada que tú nunca
olvidaste.

Los monumentos, bayonetas, rostros heroicos,
afligidas mujeres, se han vuelto patéticos,
Somme, Sedán, Isonzo,
todo por la patria,
la tristeza ha desaparecido con los supervivientes.

Sólo tú has quedado.
Tú no andas como en las viejas películas,
con ese humillante paso corto y rápido, no,
tú caminas despacio hacia el río
como un joven soldado
y sobre el agua te extiendes
como en una tumba de agua,
y duermes.

L'Insonzo scorrendo                 L'Insonzo fluint
mi levigava                                  m'esmerilava
come un suo sasso                     com a còdol del seus

El agua del río
fluye a tu alrededor,
te acaricia y moldea,
te pule como a un guijarro.

Entonces te levantas
y sales de la imagen
andando sobre el agua
y te arrodillas como un beduino
junto a tu sucio uniforme
para la próxima toma,
y ves, tú mismo lo dices, lo que eres,
una fibra obediente del universo.

Un hombre desnudo y solo junto a los rápidos
del agua. Apollinaire, Owen, Graves, Ungaretti,
la poesía no trata nunca de una guerra
sino siempre de
la.

Cees Nooteboom, Así pudo ser: poesía selecta. Edición bilingüe. 
Traducción de Fernando García de la Banda. Huerga & Fierro,
Madrid,  2003, pp. 33-35