EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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martes, 20 de noviembre de 2018

X Semana de la Literatura de Misterio y Terror


 Ya se ha convertido en una tradición en el IES Goya la celebración de la Semana de la Literatura de Misterio y Terror en torno a las fechas de Todos los Santos y la Noche de las ánimas, de modo que acabamos de alcanzar la décima edición.
 La actividad central ha sido, como siempre, la audición de relatos de terror en el ambiente recogido, oscuro y sugerente de nuestra biblioteca histórica, decorada al efecto con motivos siniestros. Los profesores de Lengua y literatura han leído o narrado a sus alumnos de ESO cuentos relacionados con “tumbas, sepulcros y cementerios”, como La resucitada, de Emilia Pardo Bazán, o La tumba, La cripta o El sabueso, de Lovecraft, entre otros. 


Otras actividades realizadas han sido la búsqueda de informaciones curiosas sobre el origen de la festividad del Día de difuntos y sobre los ritos y celebraciones en Aragón y en el mundo, en general, navegando por la web http://trucatruca.lenguasdearagon.org/trucaalmetas, o también el visionado y comentario, en algunas aulas, del cortometraje Il Mondo mio de José Manuel Fandós y Javier Estella, basado en un guion de Óscar Sipán y Mario de los Santos, sobre un sepulturero solitario y feliz que protagoniza un poético encuentro con la última moradora de su cementerio. Podéis ver el premiado cortometraje en el enlace siguiente:
  Asimismo desde los departamentos de Francés, Alemán e Inglés se han organizado actividades de diverso tipo. Así, los alumnos de la sección Bilingüe de Alemán (2º de ESO grupo avanzado y 3º de ESO) se lo pasaron “de miedo” escuchando una terrorífica historia titulada Das Silberbein, que les contaron dos estudiantes en prácticas, Christina y Eda, procedentes de dos universidades alemanas. (Por si estáis interesados, nos dejaron copias del cuento en la biblioteca a disposición de “los valientes que se atrevan con el miedo y con el alemán”).
 Desde el departamento de Inglés se les acercó a los alumnos de 1º y 2º de ESO a la figura y la obra del célebre escritor norteamericano Edgar Allan Poe. La auxiliar de conversación, Grace Barrett, les presentó al maestro de los cuentos de terror. Y, tras la introducción, los alumnos descubrieron alguna curiosidad sobre su trágica vida y leyeron The Tell-Tale Heart (El corazón delator). La lectura se acompañó de un corto de animación basado en el relato, que podéis ver aquí:

De la decoración de la biblioteca y otros espacios del centro se ocuparon los departamentos de Actividades Extraescolares y de Artes Plásticas. 
Al respecto queremos poner de relieve el Proyecto realizado por los alumnos de 1º de Bachillerato de Artes del Libro que, en este curso, ha versado sobre el mundo del CINE. La profesora Gloria García, que ha dirigido al grupo formado por Alina Baranescu, Naroa Benito, Sergio Blasco, Nerea Carrasco, Paula Díaz, Leyre Flores, Yaiza Oré, Juan Rodrigo y Neida Val, nos explica su trabajo:
“Tras una selección de películas, cada alumno eligió una sobre la que componer e idear su imaginario y poder transmitir las sensaciones que reafirmamos mediante palabras como: Miedo, Susto, Asco, Temor o Terror.



 Los ítems para todos serían comunes: tamaño de las imágenes din-a3, solo el uso del blanco y negro, rojo y un azul, y la variedad de técnicas y acabados que cada alumno necesitara para conseguir expresar su sensación concreta ligada al mundo de lo inquietante.
En el pasillo de la primera planta de camino a la biblioteca, montamos en las paredes grandes letras negras formando cada una de las cinco palabras arriba citadas colocando la ilustración dentro de cada letra “O”, que estaba diferenciada con una cartulina roja. Además, una serie de películas asociadas a cada sensación, así como la elegida por el alumno, acompañarían a cada montaje.
Los dibujos originales fueron montados en el interior de la Biblioteca.”







Los alumnos quedaron satisfechos con su trabajo y el resultado fue valorado de forma muy positiva por todo el instituto. Desde la biblioteca, esperamos seguir contando con la brillante colaboración de “nuestros alumnos artistas” en sucesivas ediciones, como lo llevan haciendo en las últimas.
 

Por último queremos recordar que muchos alumnos ya están escribiendo sus propios relatos de terror, una selección de los cuales recogeremos próximamente en nuestra revista “Cuadernos de biblioteca”.

domingo, 18 de noviembre de 2018

"La caída" y otro poema de Luisa Castro

Rocas naturales de la playa de Las Catedrales, Lugo (J.Wildman/
Getty Images/iStockphoto). lavanguardia.com



                  LA CAÍDA

Las montañas cristalizan en mil años
y el mar gana un centímetro a la tierra
cada dos milenios,
horada el viento la roca
en cuatro siglos
y la lluvia,
también la lluvia se toma su tiempo para caer.
Sé paciente con mi corazón
que suspira por una obra duradera.
Como el viento,
como la lluvia,
también mi corazón 
se toma su tiempo para caer.

De Amor mi señor, Tusquets, 2005


Mi madre trabaja en una fábrica de conservas.
Un día mi madre me dijo:
el amor es una sardina en lata. ¿Tú sabes
cómo se preparan las conservas
en lata?
Un día mi madre me dijo: el amor es una obra de arte
en lata.
Hija,
¿sabes de dónde vienes? Vienes
de un vivero de mejillones
en lata. Detrás de la fábrica, donde se pudren
las conchas
y las cajas de pescado. Un olor imposible, un azul
que no vale. De allí vienes.

¡Ah!, dije yo, entonces soy la hija del mar.

No.
Eres la hija de un día de descanso.

¡Ah!, dije yo,
soy la hija de la hora del bocadillo.

Sí, detrás, entre las cosas que no valen.

De Ballenas, Hiperión, 1992

La escritora Luisa Castro

Luisa Castro Legazpi
(Foz, Lugo, 1966) es poeta, novelista y columnista en gallego y en castellano.  Se licenció en Lingüística por la Universidad Complutense de Madrid  y ha realizado estudios de cine en Columbia y en New York University.

Hija de un marinero y un ama de casa,  con dieciséis años publicó sus primeros artículos en El Progreso y El Faro de Vigo. En 1984 inició estudios de Filología Hispánica en Santiago de Compostela, año en que apareció Odisea definitiva. Libro póstumo, su primer poemario,  y en 1986 ganó el I Premio Hiperión de Poesía por Los versos del eunuco.  Inició una colaboración semanal en ABC, y se trasladó a Madrid,  desde donde colabora  en diversos medios de comunicación como El País y El Mundo y se licencia en Lingüística. Tras ampliar estudios en Italia y Estados Unidos, se establece en Barcelona y en 1995 contrae matrimonio con el filósofo y político catalán Xavier Rubert de Ventós (Barcelona, 1939), padre de sus dos hijos. En la capital catalana imparte clases de Adaptación Cinematográfica en el Institut d' Humanitats y trabaja como jefa de prensa de la editorial Ronsel. Después de la separación matrimonial se instaló en  Santiago de Compostela. En 2012 fue nombrada directora del Instituto Cervantes de Nápoles. Tras cinco años en la sede italiana, se trasladó a Burdeos.

A partir de la década de los noventa diversifica su carrera, como poeta y como narradora. Además de los citados anteriormente, ha publicado los siguientes poemarios: Baleas y baleas (1988, accésit VI Premio Esquío), Los seres vivos (1988), Los hábitos del astillero (1990, Premio Rey Juan Carlos), Ballenas (1992), De mí haré una estatua ecuestre (1997), Señales con una sola bandera: poesía reunida 1984-1997 (2004), Amor mi señor (2005) y Actores vestidos de calle (2018). Su obra narrativa se inicia con la novela El somier, finalista del Premio Herralde de novela en 1990. Con su segunda novela, La fiebre amarilla (1994) es reconocida por la crítica como uno de los jóvenes valores de la narrativa de nuestro país, lo que parece confirmar su producción posterior:  las novelas El secreto de la lejía (2001, XXVI Premio Azorín), Viajes con mi padre (2003), La segunda mujer (inspirada en el naufragio de su matrimonio, Premio Biblioteca Breve 2006) y el libro de relatos Podría hacerte daño (2005, XVI Premio Torrente Ballester). Su Diario de los años apresurados (1998) rememora sus inicios literarios en Galicia y su traslado a Madrid. Melancolía de sofá (2010) reúne los artículos publicados en gallego a lo largo de seis años. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

"La gran guerra", de Joaquín Pérez Azaústre

"Auf Wiedersehen". Despedida de un soldado alemán frente
a la planta de ácido carbónico Gotha. Foto de Bains News Service,
27 de enero de 1915. Colección Library of Congress, Washington D. C.



LA GRAN GUERRA


Te he buscado
perdido por la lluvia
que arrasa la nación estas semanas.

El tráfico de gestos en las calles
húmedas y cargadas de silencio
me dice que tu rostro podía ser cualquiera.

Lejos quedaron ya los días del festejo,
tú admirada por mí, por mi uniforme,
repartidos tú y yo por las esquinas,
soñando en el café nuestros destinos,
el ambiente insensato de alborozo,
de tu mano el periódico doblado
con grandes titulares celebrando la guerra.

Nunca amamos, sin duda, como entonces.
Días de permiso, hoteles viejos.

Un fantasma de gas me espera en la ventana,
tú corres las cortinas y te tiendes,
no sabes qué podrá pasarnos luego.

No pides más que este lugar y este ahora,
un recodo de hotel
donde el amor habita en un instante.

Hoy he vuelto. La guerra la perdimos.

Perdimos la gran guerra; estamos muertos.

Alguien quedó dormido en los alambres,
mis amigos se enredan
en el frío de cada amanecer.

Visito cada tarde a sus familias.
Me miran como a un ser de tierra extraña.

Les pregunto por ti, si no te han visto.

Todas las chicas se parecen ahora,
llevan todas el mismo traje gris,
la misma sombra larga,
son espectros delgados
ocultos de la luz.

Te he buscado
perdido por la lluvia
que arrasó la nación esas semanas.

El tráfico de gestos en las calles
húmedas y cargadas de silencio
me dice que tu rostro podría ser cualquiera.

Es posible que tú me reconozcas.

Entonces yo me miro en los espejos,
en los ojos ausentes de soldados que vuelven.
Somos todos el hombre derrotado.

También tú,
si me estuvieras buscando,
podrías confundirme con cualquiera.

      En Andalucía poesía joven. Sel. de Guillermo Ruiz Villagordo.
                                                                                          Plurabelle, 2004


Joaquín Pérez Azaústre
Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) es escritor y columnista. Desde 1998 reside en Madrid, donde obtuvo una beca de creación  en la Residencia de Estudiantes y se licenció en Derecho. Su producción abarca distintos géneros literarios: poesía, narrativa, ensayo y artículos periodísticos. En 2001 publicó su primer libro de poemas, Una interpretación (Premio Adonáis 2000), al que siguieron Delta (2004, accésit del XV Premio Jaime Gil de Biedma), El jersey rojo (2006, Premio Loewe de Creación Joven), El precio de una cena en Chez Mourice (2007), Las Ollerías (2011, XXIII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe), Vida y leyenda del jinete eléctrico (2013, XXIII Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma), la antología Ella estaba detrás del laberinto (2016) y Poemas para ser leídos en un centro comercial (2017). Ha publicado los libros de relatos Cartas a Isadora (2001) y Ser lobo  y otras narraciones (2015), además de las novelas América (2004), El gran Felton (2006), La suite de Manolete (2008, Premio Fernando Quiñones), Los nadadores (2012, traducida a varios idiomas) y Corazones en la oscuridad (2016). Es autor, asimismo, de los ensayos Reloj de sol (2004), Lucena sefardita. La ciudad de los poetas (2005), El corresponsal de Boston (2006), After-Hour. Una lectura de 'Descrédito del héroe', de José Manuel Caballero Bonald (2007) y La chica del calendario (2008). Colabora o ha colaborado en El País Andalucía, La razón, El Cultural de El Mundo y Diario de Córdoba; en 2003 obtuvo el Premio Meridiana del Instituto Andaluz de la Mujer por sus artículos periodísticos. Fue nombrado Cordobés del año 2000, y en 2001 obtuvo el Premio Andalucía Joven a la Creación en Córdoba. Fue coordinador literario del festival Cosmopoética en 2012 y 2013. Poemas y relatos suyos están incluidos en numerosas antologías.


*          *          *
Hoy se cumplen cien años del final de la Primera Guerra Mundial, la Gran Guerra, que acabó el 11 de noviembre de 1918.

[La fotografía del autor procede de: dossierjuanasalabert-otrolunes.]

domingo, 4 de noviembre de 2018

"Mientras cantaba a la naturaleza", según Thou-Fou

Hiroshige, Puente bajo la lluvia, 1857


MIENTRAS CANTABA A LA NATURALEZA

Según Thou-Fou


Sentado en mi pabellón al borde del agua, contempla-
ba la belleza del  tiempo; el  sol marchaba lentamente
hacia occidente a través del cielo límpido.

Los navíos se balanceaban sobre el  agua, más ligeros
que los pájaros sobre las ramas, y el sol de otoño derra-
maba su oro sobre el mar.

Cogí  mi  pincel e, inclinado  sobre  el  papel, tracé  ca-
racteres comparables a negros cabellos que una mujer
alisa con la mano.

Y, bajo el sol de oro, canté a la belleza del tiempo.

En el último verso, levanté la cabeza; y entonces vi la
lluvia cayendo en el agua.

             Judith Gautier, El libro de jade. Versión de
Julián Gea. Ardicia, 2013


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miércoles, 31 de octubre de 2018

"El almohadón de plumas", un cuento de Horacio Quiroga


                      





                         EL ALMOHADÓN DE PLUMAS



SU LUNA de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En este extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegara su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza[1] que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ése el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de la calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámenme en seguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio y que descendieron luego a ras de suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no podía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella sus ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora ahora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo tiempo en silencio y siguieron al comedor.
—Pst… —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio… Poco hay que hacer…
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiendo en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía
siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero en seguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós[2]: sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón sin duda había impedido al principio su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de plumas.

(Horacio Quiroga, El almohadón de plumas y otros relatos. Maestros del terror, El País, Madrid, 2009, pp. 9-15*)




[1] influenza, gripe.
[2] bandó, parte del cabello que en un peinado femenino cubre la sien.

*Las notas son nuestras.

Horacio Quiroga
Horacio Quiroga (El Salto, Uruguay, 1878-Buenos Aires, Argentina, 1937), además de poeta y dramaturgo,  es uno de los más grandes cuentistas latinoamericanos.

Hijo del vicecónsul argentino en Salto, su vida estuvo marcada por terribles tragedias: su padre murió por un disparo accidental de su propia escopeta; su padrastro se voló la cabeza años más tarde; el propio Quiroga mató involuntariamente a un amigo, y su primera esposa se suicidó. En 1900 viajó a París, donde conoció a Rubén Darío, pero fue el viaje que en 1903 realizó con el poeta Leopoldo Lugones a la selva de Misiones el que provocó un cambio radical en su vida y en su obra. Deseando vivir en contacto con la naturaleza, se instaló  con su familia en una cabaña en la selva, pero su primera esposa, incapaz de soportar esa vida, cayó en una profunda depresión y tomó un veneno que le provocó una lenta agonía. Quiroga se instaló con sus hijos en Buenos Aires, si bien regresó a la selva con su segunda esposa, que lo abandonó. Enfermo de cáncer, también él se quitó la vida ingiriendo cianuro en 1937.

Empezó escribiendo cuentos de tono modernista, bajo la influencia de Poe, Maupassant y Baudelaire. Más tarde, sin abandonar las preocupaciones anteriores (la muerte, el horror, la fatalidad, el misterio), sus relatos, bajo la influencia de Kipling, se ambientan en la selva americana, que pasará a ser el asunto central de sus narraciones. Su obra muestra así el paso del decadentismo cosmopolita  a la americanización del Modernismo con la búsqueda de la esencia de lo americano en lo criollo y  en la Naturaleza, grandiosa y terrible. Conoció el éxito  con Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), el que pertenece el relato "El almohadón de Plumas", Cuentos de la selva (1918), Anaconda (1921) o Los desterrados (1926). Nos legó también el "Decálogo del perfecto cuentista".