EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL I.E.S. "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 25 de septiembre de 2016

"Fin del verano", de Juan Lamillar



Foto: Simon Schaffer-Goldman


              FIN DEL VERANO

Suele ser en las tardes de septiembre:
declina el sol, cambia el color del cielo,
la brisa se hace incómoda de pronto,
la claridad que agosto regalaba
resbala ya hacia la playa oscura.
Se marcharon los rostros sonrientes
dejando en sombra las terrazas, gestos
de ocio, de placer, de indolencia:
lo fugaz y lo incierto del verano,
las telas blancas, la luz, la ligereza,
los cuerpos transcurriendo en el descuido
lento y hermoso de la juventud.

A traición, una tarde de septiembre,
el tiempo se hace gris y se dan prisa
las horas que en agosto eran eternas.
La arena ya no siente el pie descalzo.
El mar, que fue la vida, ahora es silencio,
y este viento de otoño, inesperado,
es el saludo leve de la muerte.

              De Las lecciones del tiempo, 1998

Juan Lamillar./ Paco Puentes/ El correo de Andalucía
Juan Lamillar (Sevilla, 1957) es escritor y poeta español de la generación de los ochenta, adscrito a la corriente de la "poesía de la experiencia". Licenciado en Filología Hispánica, compagina su labor como poeta con la docencia en un instituto de secundaria. 
El amor, el paso del tiempo, la luz, la música y la pintura son temas constantes en su poesía, donde se combina el intimismo con cierto culturalismo que le sirve para iluminar las experiencias cotidianas. Su producción poética, ejemplo de mesura, contención  verbal y cuidado formal, comprende los siguientes poemarios: Muro contra la muerte (1982), Interiores (1986), Música oscura (1989, Premio Luis Cernuda), El arte de las sombras (1991), El paisaje infinito (1992), Los días más largos (1993, Premio Vicente Núñez), Las lecciones del tiempo (1998), El fin de la magia (2006), La hora secreta (2008, Premio Villa de Rota) y Las formas del regreso (2005-2015), 2015; además de las antologías Las lecciones del tiempo, 2003; El paisaje infinito (1982-1997), 1997, y Entretiempo. Antología poética 1982-2009, 2009.
   Sus artículos periodísticos han sido recopilados en La otra Abisinia (1998) y El desorden del canto (2000). En 2004 publicó Joaquín Murube. La luz y el horizonte, biografía de este autor sevillano.

domingo, 18 de septiembre de 2016

"Cuando el amor inventa laberintos, alguien se tiene que perder", de Jenaro Talens




CUANDO EL AMOR INVENTA LABERINTOS,
ALGUIEN SE TIENE QUE PERDER

    
   Tras tanto  viaje  inútil,  después de  tantas   tentativas  de
fuga,sin saber con  certeza qué  y adónde  buscar,   sin  otras
convicciones que  la de haber escrito sobre lo que  viví, o he
visto  (a menudo, también,  sobre lo imaginado  o  por vivir),
tantas frases vacías o escasamente necesarias,  ahora,  de im-
proviso, vuelvo a sentir cada palabra como un acto  de amor.
Las  alas raramente  dejan  huellas.  Se  mueven  con  la preci-
sión de  un  dardo,  la  nostalgia  de  un  fuego donde la  volun-
tad  crepite   como  bajo un  difuso cielo de  celofán. Y espero.
Hay una tierra remota, de voces muy oscuras, de cristales sin
cuerpo que hunden sus raíces en la noche. Amo cada palabra
porque   me   obliga   a  construir  los  límites  de  mi  silencio,
como la yedra construye  su fidelidad, su sueño, su armonía,
o la espuma rompe sobre la cresta  del acantilado tanto en la
calma como en la tempestad.  Amo los sitios donde la luz fue
nuestra, el color de  sus nombres,  y amo también los que no
vimos  porque  habrán  de obligarnos a  inventar sus contor-
nos, y su pequeña historia, y  unos pocos recuerdos con que
volverlos habitables. Amo, incluso, la muerte, esta forma de
muerte, porque obliga a vivir.

                        De Proximidad del silencio, 1981 
                                             


Jenaro Talens (Tarifa, Cádiz, 1946) es poeta, ensayista y traductor español. Pasó su infancia y juventud en Granada, ciudad a la que se trasladó su familia en 1948. Doctor en Filología Románica por la Universidad de Granada, ha sido catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Valencia y de Literaturas Hispánicas, Literatura Comparada y Estudios Europeos en la Universidad de Ginebra, de la que es profesor emérito. Ha publicado ensayos sobre Cervantes, Quevedo, Espronceda y Cernuda, entre otros, y es traductor de escritores como Beckett, Hölderlin, Hesse,  Rilke, Shakespeare, Brecht o Takl.

Es miembro destacado de la generación poética de los 70, pero su obra se distancia estéticamente de las características generales del grupo de los novísimos. Su poesía reflexiona sobre las relaciones entre el texto poético y la realidad, entre el sujeto y la producción de su discurso. Es autor de más de veinte poemarios, entre los que destacan Proximidad del silencio (premio de la Crítica del País Valenciano en 1981), Tabula rasa (finalista del Nacional de Literatura en 1985), El sueño del origen y la muerte (con el que fue nuevamente finalista del Nacional de Literatura en 1988), Orfeo filmado en el campo de batalla (finalista del Nacional de Literatura en 994), Viaje al fin del invierno (premio Andalucía de la Crítica en 2001, premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana, premio Francisco de Quevedo de la Comunidad de Madrid, y finalista del premio Nacional de Literatura), La permanencia de las estaciones. Los poemas en prosa (2005, premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana) y El cielo avaro de esplendor (2011). Su poesía ha sido traducida al francés, inglés, alemán, portugués, italiano, búlgaro, lituano y hebreo.

[La imagen inicial está tomada de: blog.pianetadonna.it]

domingo, 11 de septiembre de 2016

Dos poemas de Vanesa Pérez-Sauquillo


[www.elheraldo.co]


En campos de silencio
las estrellas que caen 
siempre germinan.


Todo nos reconoce.
Todo inclina su gesto generoso
hacia donde la vida
nos cubre y nos concreta.


Hay un cuenco de asombro 
en el umbral 
de los que saben esperar milagros,
susurra una verdad.


Hay música, también,
bajo las cuerdas.



De La isla que prefieren los pájaros, Calambur, 2014


me equivoqué a tus pies.
Pensé que eran raíces
lo que siempre fue sombra.



                De Bajo la lluvia equivocada, Hiperión, 2006


Vanesa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978) es poeta española y autora de libros infantiles y juveniles, además de traductora. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, donde también obtuvo el Diploma de Estudios Avanzados en Literatura Francesa.
  Ha publicado los siguientes libros de poesía: Estrellas por la alfombra (2001, Premio Antonio Carvajal), Vocación de Rabia (2002, Accésit del Premio Federico García Lorca), Invención del gato (2006), Bajo la lluvia equivocada (2006, Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid), Climax Road (Accésit del Premio Adonais, 2012, y Premio Ojo Crítico de Radio Nacional) y La isla que prefieren los pájaros (2014). 
   Sus poemas han sido incluidos en varias antologías de poesía y en libros de texto de España y Brasil. Invitada por universidades nacionales y extranjeras, entidades culturales y festivales poéticos, a menudo recita acompañada por la guitarra clásica y de jazz de Paul Gladis.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

"Una isla", relato de Carlos Castán



UNA ISLA


Era una isla. Siempre la recuerdo así a doña Adela, como un pequeño paréntesis de delicadeza en medio de la tosquedad de un pueblo que braceaba sin demasiadas fuerzas buscándole la salida a una posguerra interminable. Allí la vida era una confusión de contiendas superpuestas, los niños levantábamos barricadas de adobe y erigíamos atalayas  en lo alto de las carrascas, perros muertos de hambre perseguían por las callejas a gatos erizados, las partidas de guiñote en el casino eran un puro aporrear la mesa con los puños, todo el mundo escupía de lado y con la manga se secaba el vino de la barbilla, los hombres discutían sobre lindes y mojones con los ojos inyectados en sangre y la escopeta cargada de postas, desde el púlpito  rugía la amenaza del fuego más voraz, y la carne colgaba en las bodegas de ganchos oxidados.
En medio de todo eso estaba ella, con su traje de chaqueta color verde botella, su falda larga, sus zapatones de monja y esa voz serena que hablaba como debían de hacerlo los libros olvidados. Probablemente, ni doña Adela era tan exquisita ni la vida en el lugar tan hostil y sobresaltada como a veces los presenta una memoria herida ya por el cansancio de  las sucesivas derrotas, pero lo cierto es que si no hubiera sido por ella no me costaría trabajo comparar mi infancia con el patio oscuro donde se amontonaban las guadañas.
Cuando por primera vez bajó las escalerillas del coche de línea un día de septiembre, un haz de miradas la fue espiando en su desorientada marcha hasta la puerta de la casa seguida de una nube nerviosa de mocosos, los visillos se iban descorriendo a su paso sin el menor disimulo y los perros se lanzaban ladrando contra las verjas. Las mujeres que a esa hora regresaban del huerto dejaban en el suelo los pozales llenos de cebollas y lechugas para poder mirarla mejor, con los brazos en jarras o poniendo la mano a modo de visera contra el sol de media tarde.
A partir de allí comenzó el juego doble de la fascinación y el recelo. La señorita de ciudad no sabía limpiar borrajas ni desplumar gallinas, ni siquiera tenía traza para coger una escoba como Dios manda, pero si alguien en el pueblo quería saber cómo era en realidad un cocodrilo o un volcán no tenía más remedio que recurrir a sus enciclopedias ilustradas, y lo mismo sucedía con los verdaderos nombres de las estrellas o las dudas sobre el interés que venían aplicando los usureros. Su poder era ése. Forró literalmente las paredes del aula con aquellas láminas de Bastinos donde pudimos contemplar por primera vez los dólmenes de Karnak o los colosos egipcios, esos dioses de arena con palmeras al fondo, y en general la existencia del mundo ahí fuera repleto de misterios y caminos. Doña Adela nos enseñó que al otro lado de aquellas cumbres que se nos antojaban los límites del universo, partían vías de tren hacia todos los confines de Europa. Aunque eso en el fondo lo sabíamos desde mucho antes, fue ella la que nos lo hizo sentir, cambió por verdadero lo que para nosotros no eran sino mapas de ficción descoloridos, nombres de capitales y ríos lejanos recitados a coro como tablas de multiplicar o nóminas de reyes o mandamientos de Dios, la letra absurda de una canción infame que atravesaba la infancia de cabo a rabo. Y nos enseñó también que en cualquiera de los tinteros abiertos sobre el pupitre vivían como dormidas todas las palabras del mundo.

Foto: Robert Doisneau

Cada vez que regresaba tras algunas vacaciones perseguíamos en su ropa el olor a carburante de la ciudad. De alguna manera debía de traerse algo del aire de aquellas calles repletas de automóviles y luces, la magia de un mundo en el que era posible sentarse en veladores a la sombra de grandes toldos y ver pasar todo el tiempo tranvías y muchachas.
Algunas tardes, al salir de permanencias, venía a coser a la cocina de mi tía Adoración, que era donde yo estudiaba porque en ningún lugar de mi casa había una luz como aquélla ni un rincón tan acogedor como el que me reservaban allí entre el aparente desorden de las telas y los montones de revistas con patrones y figurines. Muchas jóvenes acudían a diario allí para que mi tía les enseñara costura y les ayudase en la preparación de sus pliegas, y doña Adela no paraba de dar ideas sobre posibles motivos para los arabescos de las sábanas, dibujaba iniciales, opinaba sobre si los camisones tenían o no estilo y explicaba al detalle cómo eran las prendas que se exhibían en los escaparates zaragozanos de la calle Alfonso. A media tarde pasaban las más mayores a una salita a tomarse el café, decían que para evitar que alguna taza se derramase sobre las telas, pero en realidad era para hablar de sus cosas, todo ese mundo femenino a mitad de camino entre la saña del lavadero y las revistas de moda que llegaban de Francia llenas de señoritas con las rodillas doradas. Tenía que coger el gran reloj despertador que había sobre la mesa y metérmelo debajo de la ropa si quería ahogar algo de la ruidosa furia con que aquel aparato señalaba la huida del tiempo y tener la oportunidad de escuchar aunque fueran fragmentos, palabras sueltas que llegaban de la habitación de al lado. Así supe de la añoranza que doña Adela sentía por las noches, de lo incómoda que estaba en su casa de patrona, de ciertas cartas que no llegaban nunca, nombres de varón pronunciados como pecados, sueños dejados estar. Estas confesiones cazadas furtivamente tras el tabique supusieron el acercamiento a una mujer de carne y hueso con lágrimas dentro y sangre y nostalgias como todos, y me dieron cierta base real para -tal como me gustaba hacer- aventurar el hilo de sus pensamientos en tantos paseos solitarios como solía dar por las veredas cercanas. Y fue también en una de esas tardes de azulete y café de puchero cuando la escuché hablar de la guerra, borrosamente, de paredones y fugas y vidas mutiladas para siempre.
A decir verdad, desde el principio se comentaba en el pueblo que ella no tenía una camisa azul* para las grandes ocasiones como la maestra de antes y que los niños ya no aprendían con ella más himnos triunfales, sólo canciones de corro, el patio de mi casa y todas esas cosas, tonterías para saltar a la cuerda o poesías sobre las estaciones del año, versos de flores y pájaros. Siguió esparciendo gotas de decepción la tarde del Vía Crucis, cuando sólo muy bajito y para sus adentros cantaba aquello de perdona a tu pueblo, como si no conociera la canción o, peor aún, la cosa no fuera con ella, justo al revés que la maestra de antes, fundadora precisamente del coro de la iglesia, que lanzaba sin pudor su voz chillona contra el viento perfumado de incienso.
Dicen que el motivo de su marcha no fue que pretendiese llevarnos a los alumnos de excursión a ver el mar con cargo a las arcas municipales, ni aquel poema del rojo Machado sobre las moscas** que nos hizo aprendernos de memoria, ni los celos de las madres hartas de oír en boca de sus críos el nombre de doña Adela para arriba y para abajo, ni siquiera los informes que el secretario iba solicitando a hurtadillas  sobre su familia y su afección al Régimen y su conducta en anteriores destinos. Todo vino, más tarde lo supimos, por culpa de una petición formal que doña Adela hizo al cura párroco rogándole que los restos mortales del padre de mi tía Adoración, a la sazón mi abuelo, ametrallado años atrás contra la tapia del cementerio, fueran exhumados de la vergonzante fosa común y enterrados en sagrado junto a los de su esposa.
La nueva maestra enviada por el Ministerio para sustituirla se negó a estrecharle la mano en el relevo. Pero en su camino de regreso hacia la parada del coche de línea la acompañamos todos los niños de la escuela, y los mismos perros que le habían ladrado a su llegada, pugnaban ahora por lamerle las manos. Cuando el autobús rugió y comenzó a descender ruidosamente hacia la carretera con ella dentro, fue como cuando esos oleajes terribles provocados por los volcanes del Pacífico borran como si nada las ínsulas de los mapas. Nos quedamos sin la isla en el pueblo de la noche a la mañana, sin la mansedumbre de su imagen recitando versos o recogiendo por los alrededores minerales o flores. Sólo pura agua interminable y adusta, como el infinito lomo de un monstruo de piel helada y gris.


Cuando por primera vez se presentó ante mis ojos toda la majestuosidad de ese Mediterráneo luminoso que a ella le habían impedido mostrarme, no tuve más remedio que volver a pensar en doña Adela y en todas las cosas que aquel curso me enseñó, las coletillas latinas, los viejos libros que acabó por regalarme, las Lecturas agrícolas, de Dantín Cereceda, el Tratado de Aritmética, de don Juan Cortázar, y, por encima de eso, el mundo tras los montes, el sentido de la Historia, la sed de libertad; pero, sobre todo, cómo hay que tratar al miedo cuando aletea cerca si se quiere vivir con la cabeza alta.
Si hoy miro en el interior de un tintero, me veo reflejado sobre esa mínima superficie temblorosa y sé que, bajo mi perpleja imagen estampada en negro, aguardan como dormidas todas las palabras del mundo. La primera, su nombre. El nombre de una isla sumergida.

                                          Carlos Castán, Sólo de lo perdido, Destino, Barcelona, 2008, pp. 109-116

*Se refiere a la camisa azul mahón, con el yugo y las flechas bordados en rojo, que formaba parte del uniforme de Falange Española y de la Sección Femenina. El que la maestra no tuviese camisa azul indica que no era una persona afecta al Régimen franquista, lo mismo que el hecho de que no enseñara a los niños los himnos triunfales que se solían entonar en las escuelas de posguerra.

**Entrada relacionada:

Carlos Castán./ Foto: Lydia Solans

Carlos Castán Andolz (Barcelona, 1960) es licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, ciudad en la que ha transcurrido buena parte de su vida. Ha trabajado como  profesor de filosofía en varios institutos de enseñanza secundaria, entre ellos el IES Goya, de Zaragoza. Actualmente da clases en un instituto de la Comunidad de Madrid.
Es autor de los libros de relatos  Frío de vivir (1997), Museo de la soledad (2000), Sólo de lo perdido (2008, Premio Vargas Llosa-NH 2010 al mejor libro de cuentos), Polvo en el neón (2012), relato ilustrado con fotografías de Dominique Leyva; la novela La mala luz (2013), así como del volumen de artículos Papeles dispersos (2009).

domingo, 4 de septiembre de 2016

"Septiembre", de Luis Muñoz




                       SEPTIEMBRE 

En el pálido azul que acogen las terrazas,
los labios desprovistos que saben regresar
y el vuelo de las últimas gaviotas.

Voces que el mar congrega,
que vienen con las olas y son la lejanía.
Playas tendidas como alas de nieve
al pie de los bañistas
y autobuses velados con tenues pasajeros
que persiguen la falta de costumbre.

También entonces,
rubias muchachas sumergidas
en el agua templada de las historias breves,
y la pasión del horizonte, el hilo de ciudades
que definen los barcos que se alejan.

No es más real, septiembre, que un recuerdo,
pero nombres que dimos por perdidos
recobran claridad, el aire que atraían,
y el sueño en que resisten los veranos.

                         De Septiembre, 1991


Luis Muñoz (Granada, 1966) es poeta y traductor español. Licenciado en Filología Española y Filología Románica, dirigió en su ciudad natal el Aula de Literatura de la Universidad (1992-2000) y la revista de poesía Hélice, desde su fundación hasta su cierre (1992-2002). En 1994 preparó el libro colectivo Un lugar para la poesía, y en 2008 comisarió la exposición Gallo. Interior de una revista, sobre la publicación dirigida por García Lorca en 1928. Ha traducido a Giuseppe Ungaretti y a poetas británicos de la New Generation. Actualmente es profesor visitante de la Universidad de Iowa, Estados Unidos.
   Para Cano Ballesta, la  poesía de Luis Muñoz, que tiende al tono coloquial y meditativo y gusta de la narratividad, destaca por sus imágenes originales y deslumbrantes ("playas tendidas como alas de nieve") y la percepción sensorial insólita ("el pálido azul", "la pasión del horizonte"). Ha publicado los libros de poemas Calle del mar (1987), Septiembre (1991, finalista del Premio Hiperión), Manzanas amarillas (Premio Ciudad de Córdoba, 1995), El apetito (1998), Correspondencias (IV Premio Internacional de Poesía Generación del 27, 2001, y Premio Ojo Crítico de Poesía) y Querido silencio (2006). Su obra poética hasta 2005 está recogida en el volumen Limpiar pescado. Poesía reunida (1991-2005), 2005.

domingo, 28 de agosto de 2016

"El mantel ruso" y otro poema de José Carlos Llop



                      El mantel ruso

Esto quiero que sea mi vida para ti:
este mantel de colores, las confituras,
el pan y la leche, blancos; las tazas de té
y los pájaros que juegan en los naranjos.
Que es a esta hora de la mañana,
cuando el sol tiñe el jardín con luz benigna,
la hora en que todo se empieza
por vez primera y nada puede dañarnos.
No dejes que el torvo rostro del mundo
salpique de miserias nuestro desayuno.
Que tus ojos se detengan en los míos
y lean que es para ti todo lo que he escrito.
Y las sombras que hayamos conocido
serán sólo migajas sobre este mantel ruso.

                           De  En el hangar vacío, 1995


El tiempo de los poetas

Los poetas nombran el mundo
y así renace en cada poema.
Conocen el desierto y las estrellas,
pisan la nieve virgen en pos
de un ave albina o un oso blanco.
La verdad los ilumina sin que sepan.
Navegan en el barco de Ulises,
comparten su lecho con Helena
y no temen el grito de Aquiles.

Nadie sino ellos conoce su secreto.
Caen ciudades, reyes, civilizaciones.
Mueren lenguas y escrituras;
como el amor mueren.
Y como el amor permanecen
los poetas en el tiempo:
un tiempo que nunca les pertenece,
aunque sean ellos quienes lo crean.

                    La vida distinta,  2015


José Carlos Llop (www.lefigaro.fr)
José Carlos Llop (Palma de Mallorca, 1956) es poeta, narrador y ensayista español. Su obra destaca por su componente autobiográfico y está considerado el gran diarista de su generación.  Trabaja como bibliotecario en su ciudad natal, ejerce la crítica literaria en distintas publicaciones y es traductor, entre otros,  de Derek Walcott y  Patrick Modiano.  Es Premio de Las Letras del periódico El Mundo y, por el conjunto de su obra,  ha recibido el Premi Ramon Llull del Govern Balear.
   Ha publicado diez libros de poemas: Drakul-Lettre (1983), La naturaleza de las cosas (1987), La tumba etrusca (Premio Anthropos 1991), En el hangar vacío (1995), La oración de Mr. Hyde (2001), Quartet (2002), La dádiva (2004), La avenida de la luz (2007), Cuando acaba septiembre (2011) y La vida distinta (2015).
  Es autor de cinco volúmenes de  Diarios -el sexto, La deserción del diarista, está en preparación-; de seis novelas -El informe Stein (Prix Écureil), La cámara de ámbar, Háblame del tercer hombre, El mensajero de Argel, París suite:1940, y Reyes de Alejandría- y de tres libros de relatos: Pasaporte diplomático, El canto de las ballenas y La novela del siglo (Premio NH al mejor libro de relatos editado en España). Ha publicado también cuatro colecciones de ensayos y dos obras de no ficción: En la ciudad sumegida - un recorrido literario por Palma cuya edición francesa obtuvo la Mention Spéciale du Jury Prix Méditerranée Étranger 2013- y Solsticio.

domingo, 21 de agosto de 2016

"Luciérnaga", de Justo Navarro



© David Hockney



                                LUCIÉRNAGA

¿Te acuerdas de las últimas luciérnagas? Latía
su fulgor movedizo sobre la fronda ilesa.
Ahora que, caprichoso el verano, se enfría
y un aire de inclinada caligrafía inglesa
hace vibrar los cables y se instala en los setos,
las he visto otra vez. Me has cerrado los ojos
muy apretadamente: una trama de objetos
menudos, de neón, bulle como despojos
de luz. El agua es una seda estrujada
en la piscina: un viento fugaz nos acurruca.
¿No brilla una luciérnaga en tu córnea, parada,
cuando tocas mi carne y me besas la nuca
y acatamos felices la noche de verano?
Vivir es esta dulce disolución en vano.

    Justo Navarro, Un aviador prevé su muerte, 1986

Justo Navarro (Granada, 1953) es escritor, traductor y periodista español. Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Granada, colabora ocasionalmente en publicaciones periódicas y es traductor de Paul Auster, T. S. Eliot, F. Scott Fitzgerald, Pere Gimferrer o Virginia Woolf. Desde 2003 es miembro de la Academia de las Buenas Letras de Granada.
   Ha publicado las novelas El doble del doble (1988), Hermana muerte (1990), Accidentes íntimos (1990, Premio Herralde de Novela), La casa del padre (1994, Premio Andalucía de la Crítica), El alma del controlador aéreo (2000), Finalmusik (2007), El espía (2011) y Gran Granada (2016, Premio Andalucía de la Crítica).
    Su poesía,  intimista, melancólica y con cierta inclinación hacia las formas clásicas, se encuentra próxima a "la otra sentimentalidad". Cierto culturalismo, las imágenes sorprendentes y las notas humorísticas son otras de las características de su breve producción poética, recogida en Los nadadores (1985), Un aviador prevé su muerte (1986) y La visión (plaquette), 1987.