EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


biblioteca.ies.goya@gmail.com


miércoles, 29 de abril de 2020

‘Peter Pan y Wendy’, de J. M. Barrie


FICHA BIBLIOGRÁFICA:
-     Título del libro: Peter Pan y Wendy.
-     Autor: James Matthew Barrie (J.M. Barrie)
-     Editorial: Juventud.
-   Lugar y año de edición: Barcelona, noviembre 1973.
-     Nº páginas: 189.

PRESENTACIÓN:
-    Género y subgénero: Novela y literatura fantástica.
-  Público al que va dirigida la obra: A niños y jóvenes, a partir de 12 años.
EL AUTOR:
J. M. Barrie nació el 9 de mayo de 1860 en Kirriemuir, Escocia.  Fue un novelista y dramaturgo inglés. Escribió más de 50 obras pero todas ellas son de literatura infantil, drama o fantasía. Murió el 19 de junio de 1937 en Londres, Reino Unido.
PERSONAJES PRINCIPALES:
·   Peter Pan. Es un niño que vive en el País de Nunca-Jamás, porque desea vivir en la infancia, sin llegar a ser nunca un hombre. 
·  Wendy. Es una chica que de pequeña consiguió vivir en dos mundos: en el País de Nunca- Jamás, en el que nunca se crece, y en la vida real, en el que sí se crece.
· Campanilla. Es un hada que acompaña a Peter Pan en sus aventuras.
· El Capitán Garfio. Es el jefe de su ejército de piratas; estos viven en el País de Nunca-Jamás, con la intención de matar a Peter Pan por haberle cortado una mano a su Capitán.

ESPACIO Y TIEMPO:
La acción se desarrolla en dos lugares imaginarios para nosotros: la casa de la familia Gentil y el País de Nunca- Jamás.
La historia transcurre en el siglo XIX, concretamente en Londres, y los sucesos ocurridos en esta obra duran varios meses hasta extensos años.
ARGUMENTO:
Relata la vida de la única niña de la familia Gentil. Un día, mientras dormían, entró un niño por la ventana de su habitación buscando su sombra. Iba acompañado de su hada, Campanilla de Cobre. Este niño era Peter Pan.
Peter se puso a llorar desesperado por no encontrarla y la hija de los Gentil se despertó. Se llamaba Wendy y se ofreció a ayudarle a buscarla. Cuando se la entrega, Peter le pide que le acompañe al País de Nunca-Jamás y que sea su madrecita. Acaba aceptando y despierta a sus hermanos para comenzar la aventura. Van los cinco hacia allí volando.
Cuando llegan, reciben a Wendy los niños perdidos y tras ella van sus compañeros. Estos niños piden a la niña que sea su madrecita y ella acepta. En este lugar no se puede crecer y pasan los años muy rápido sin que se den cuenta.
Durante estos años luchan contra el Capitán Garfio y su tripulación, pero un día la madrecita y sus hijos (sin Peter Pan) son secuestrados por ellos cuando intentan irse a sus casas con sus madres verdaderas.
¿Podrán librarse de los piratas? ¿Conseguirán volver a sus casas? ¿Les acabará ayudando Peter Pan?
VALORACIÓN PERSONAL:
Leí esta obra cuando tenía siete años, pero su vocabulario era demasiado complejo para esa edad. Entonces la he retomado y la he vuelto a leer. Este libro era de mi madre y me lo ha prestado para que me lo leyera.
He aprendido vocabulario nuevo con este libro, ya que la traducción al castellano tenía bastantes años.
El autor narra con bastantes detalles lo que va ocurriendo y eso está muy bien para imaginárselo mejor. Además, no es muy extenso para leer, me he leído libros de más páginas.
RECOMENDACIONES:
Se la recomiendo a cualquier persona, joven o adulto, que le guste leer, porque es bastante entretenida y divertida la historia.
Adriana Esteban García, 2º ESO B.

domingo, 26 de abril de 2020

"Morirse de cordura", de Ana Merino

© Juan Burguete Albalat


MORIRSE DE CORDURA

A Alonso Quijano el Bueno

Ya tienes juicio,
se agota tu ser
desencantado de saberse mortal,
frágil y cuerdo.

Todo lo que creías
era sólo extrañeza
de sombras familiares
transformada en invento.

Los libros fabricaban
el aliento inmortal
de los que habitan
en los encantamientos.

Y tú eras invencible
imaginando anhelos
en las palabras huecas
de los miedos ajenos.

Ahora que la cordura
es tu epitafio
ya no podrá existir
lo que soñabas,
ya no podré vivir
en tu locura,
vestida de espejismo
cosido a tu mirada.

De Compañera de celda, Visor, 2006

Sobre este poemario, el quinto publicado por Ana Merino, ha escrito Francisco Díaz de Castro (El Cultural, 14/12/2006):
Entre sueños y sombras, lo colectivo y lo privado, Ana Merino explora las vías de la emoción, tan a menudo imposibles de razonar, conjuga desengaños y deseos y se abraza a la aparente inocencia de sus motivos infantiles cargados de ironía para entregarnos el balance de ese sentimiento de cautiverio en la ciudad carcelaria que alegoriza el vivir.
Y añade que los poemas de Compañera de celda "nos hablan de desamor, dolor y desengaño, de memoria y soledad", pero también del sufrimiento y la explotación ajenos, sin olvidar "los guiños a las canciones infantiles, a la pintura o a la literatura". En el poema elegido Dulcinea se dirige al hidalgo  Alonso Quijano, que en el lecho de muerte recobra la cordura, de modo que ya no podrá existir Dulcinea, espejismo creado por la locura de don Quijote.

jueves, 23 de abril de 2020

"¿Dónde está mi cabeza?", un cuento de Benito Pérez Galdós

Detalle del óleo sobre lienzo Le principe du plaisir, de Magritte. (EFE)

¿Dónde está mi cabeza?

Benito Pérez Galdós 
(1843-1920)


          I

    Antes de despertar, ofrecióse a mi espíritu el horrible caso en forma de angustiosa sospecha, como una tristeza hondísima, farsa cruel de mis endiablados nervios, que suelen desmandarse con trágico humorismo. Desperté; no osaba moverme, no tenía valor para reconocerme y pedir a los sentidos la certificación material de lo que ya tenía en mi alma todo el valor del conocimiento. Por fin pudo más la curiosidad que el terror; alargué mi mano, me toqué, palpé... Imposible exponer mi angustia cuando pasé la mano de un hombro a otro sin tropezar en nada... El espanto me impedía tocar la parte, no diré dolorida, pues no sentía dolor alguno..., la parte que aquella increíble mutilación dejaba al descubierto... Por fin, apliqué mis dedos a la vértebra cortada como un troncho de col; palpé los músculos, los tendones, los coágulos de sangre, todo seco, insensible, tendiendo a endurecerse ya, como espesa papilla que al contacto del aire se acartona... Metí el dedo en la tráquea, tosí... Metílo también en el esófago, que funcionó automáticamente queriendo tragármelo...; recorrí el circuito de piel de afilado borde... Nada, no cabía dudar ya. El infalible tacto daba fe de aquel horroroso, inaudito hecho. Yo, yo mismo, reconociéndome vivo, pensante y hasta en perfecto estado de salud física, no tenía cabeza.

II

    Largo rato estuve inmóvil, aturdido, divagando en penosas imaginaciones. Mi mente, después de juguetear con todas las ideas posibles, empezó a fijarse en las causas de mi decapitación. ¿Había sido degollado durante la noche por mano del verdugo? Mis nervios no guardaban reminiscencia del cortante filo de la cuchilla. Busqué en ellos algún rastro de escalofrío tremendo y fugaz, y no lo encontré. Sin duda, mi cabeza había sido separada del tronco por medio de una preparación anatómica desconocida, y el caso era de robo más que de asesinato; una sustracción alevosa, consumada por manos hábiles, que me sorprendieron indefenso, solo y profundamente dormido.
    En mi pena y turbación, centellas de esperanza iluminaban a ratos mi ser... Instintivamente me incorporé en el lecho, miré a todos lados, creyendo encontrar sobre la mesa de noche, en alguna silla, en el suelo, lo que en rigor de verdad anatómica debía estar sobre mis hombros, y nada..., no la vi. Hasta me aventuré a mirar debajo de la cama..., y tampoco. Confusión igual no tuve en mi vida, ni creo que hombre alguno en semejante perplejidad se haya visto nunca. El asombro era en mí tan grande como el terror.
    No sé cuánto tiempo pasé en aquella turbación muda y ansiosa. Por fin se me impuso la necesidad de llamar, de reunir en amistad, la ciencia. Lo deseaba y lo temía, y el pensar en la estupefacción de mi criado cuando me viese aumentaba extraordinariamente mi ansiedad.
   Pero no había más remedio; llamé... Contra lo que yo esperaba, mi ayuda  de cámara no se asombró tanto como yo creía. Nos miramos un rato en silencio.
    —Ya ves, Pepe —le dije, procurando que el tono de mi voz atenuase la gravedad de lo que decía—; ya lo ves: no tengo cabeza.
    El pobre viejo me miró con lástima silenciosa: me miró mucho, como expresando lo irremediable de mi tribulación.
    Cuando se apartó de mí llamado por sus quehaceres, me sentí tan solo, tan abandonado, que le volví a llamar en tono quejumbroso y aun huraño, diciéndole con cierta acritud:
    —Ya podréis ver si está en alguna parte, en el gabinete, en la sala, en la biblioteca... No se os ocurre nada.
    A poco volvió José, y con su afligida cara y su gesto de inmenso desaliento, sin emplear palabra alguna, díjome que mi cabeza no aparecía.

III

    La mañana avanzaba, y decidí levantarme. Mientras me vestí, la esperanza volvió a sonreír dentro de mí.
    "¡Ah! —pensé—. De fijo que mi cabeza está en mi despacho... ¡Vaya, que no habérseme ocurrido antes!... ¡Qué cabeza! Anoche estuve trabajando hasta hora muy avanzada... ¿En qué? No puedo recordarlo fácilmente; pero ello debió de ser mi discurso-memoria sobre la Aritmética filosófico social, o sea, Reducción a fórmulas numéricas de todas las ciencias metafísicas.  Recuerdo haber escrito dieciocho veces un párrafo de inaudita profundidad, no logrando en ninguna de ellas expresar con fidelidad mi pensamiento. Llegué a sentir horriblemente caldeada la región cerebral. Las ideas, hirvientes, se me salían por ojos y oídos, estallando como burbujas de aire, y llegué a sentir un ardor irresistible, una obstrucción congestiva, que me inquietan sobre manera..."
    Y enlazando estas impresiones, vine a recordar claramente un hecho que llevó la tranquilidad a mi alma. A eso de las tres de la madrugada, horriblemente molestado por el ardor de mi cerebro, y no consiguiendo atenuarlo pasándome la mano por la calva, me cogí con ambas manos la cabeza, la fui ladeando poquito a poco, como quien saca un tapón muy apretado, y, al fin, con ligerísimo escozor en el cuello, me la quité, y cuidadosamente la puse sobre la mesa. Sentí un gran alivio y me acosté tan fresco.

IV

    Este recuerdo me devolvió la tranquilidad. Sin acabar de vestirme, corrí al despacho. Casi, casi tocaban el techo los rimeros de libros y papeles que sobre la mesa había. ¡Montones de ciencias, pilas de educación! Vi la lámpara ahumada, el tintero tan negro por fuera como por dentro, cuartillas mil llenas de números chirriquitines..., pero la cabeza no la vi.
    Nueva ansiedad. La última esperanza era encontrarla en los cajones de la mesa. Bien pudo suceder que al guardar el enorme fárrago de apuntes se quedase la cabeza entre ellos, como una hoja de papel secante o una cuartilla en blanco. Lo revolví todo, pasé hoja por hoja, y nada... ¡Tampoco allí!
    Salí de mi despacho de puntillas, evitando el ruido, pues no quería que mi familia me sintiese. Metíme de nuevo en la cama, sumergiéndome en negras meditaciones. ¡Qué situación, qué conflicto! Por de pronto, ya no podría salir a la calle, porque el asombro y el horror de los transeúntes habían de ser nuevo suplicio para mí. En ninguna parte podía presentar mi decapitada personalidad. La burla en unos, la compasión en otros, la extrañeza en todos me atormentarían horriblemente. Ya no podría concluir mi discurso-memoria sobre la Aritmética filosófico-social, ni aun podría tener el consuelo de leer en la Academia los voluminosos capítulos ya escritos de aquella importante obra. ¡Cómo era posible que me presentase ante mis dignos compañeros con mutilación tan lastimosa! ¡Ni cómo pretender que un cuerpo descabezado tuviera dignidad oratoria, ni representación literaria!... ¡Imposible! Era ya hombre acabado, perdido para siempre.

V

    La desesperación me sugirió una idea salvadora: consultar al punto el caso con mi amigo el doctor Miquis*, hombre de mucho saber, a la moderna, médico, filósofo y, hasta cierto punto, sacerdotal, porque no hay otro para consolar a los enfermos cuando no puede curarlos, o hacerles creer que sufren menos de lo que sufren.
    La resolución de verle me alentó; vestíme a toda prisa. ¡Ay! ¡Qué impresión tan extraña cuando, al embozarme, pasaba mi capa de un hombro a otro, tapando el cuello como servilleta en plato para que no caigan moscas! Y al salir de mi alcoba, cuya puerta, como de casa antigua, es de corta alzada, no tuve que inclinarme para salir, según costumbre de toda mi vida. Salí bien derecho, y aún sobraba un palmo de puerta.
    Salí y volví a entrar para cerciorarme de la disminución de mi estatura. Y en una de éstas redobláronse  de tal modo mis ganas de mirarme al espejo, que ya no pude vencer la tentación, y me fui derecho hasta el armario de luna. Tres veces me acerqué y otras tantas me detuve, sin valor bastante para verme... Al fin me vi... ¡Horripilante figura!... Era yo como un ánfora jorobada, de corto cuello y asas muy grandes. El corte del pescuezo me recordaba los modelos en cera o pasta que yo había visto mil veces en Museos anatómicos.
    Mandé traer un coche, porque me aterraba la idea de ser visto en la calle y de que siguieran los chicos, y de ser espanto y chacota de la muchedumbre. Metíme con rápido movimiento en la berlina. El cochero no advirtió nada, y durante el trayecto nadie se fijó en mí.
    Tuve la suerte de encontrar a Miquis en su despacho y me recibió con la cortesía graciosa de costumbre, disimulando con su habilidad profesional el asombro que debí causarle. 
     —Ya  ves, querido Augusto  —le dije, dejándome caer en un sillón—; ya ves lo que me pasa.
     —Sí, sí... —replicó, frotándose las manos y mirándome atentamente—; ya veo, ya... No es cosa de cuidado. 
    —¡Que no es cosa de cuidado!
    —Quiero decir... Efectos del mal tiempo, de este endiablado viento frío del Este...
    —¡El viento frío es la causa de...!
    —¿Por qué no?
   —El problema, querido Augusto, es saber si me han cortado violentamente o me la han substraído por un procedimiento latro-anatómico, que sería grande y pasmosa novedad en la historia de la malicia humana.
    Tan torpe estaba aquel día el agudísimo doctor, que no me comprendía. Al fin, refiriéndole mis angustias, pareció enterarse, y al punto su ingenio fecundo me sugirió ideas consoladoras.
    —No es tan grave el caso como parece —me dijo—, y casi, casi me atrevo a asegurar que la encontraremos muy pronto. Ante todo, conviene que te llenes de paciencia y calma. La cabeza existe. ¿Dónde está? Ese es el problema.
     Y dicho esto echó por aquella boca unas erudiciones tan amenas y unas sabidurías tan donosas, que me tuvo como encantado más de media hora. Todo ello era muy bonito; pero no veía yo que por tal camino fuéramos al fin capital de encontrar una cabeza perdida. Concluyó prohibiéndome en absoluto la continuación de mis trabajos sobre la Aritmética filosófica-social, y, al fin, como quien no dice nada, dejóse caer con una indicación, en la que al punto reconocí la claridad de su talento.
    ¿Quién tenía la cabeza? Para despejar esta incógnita convenía que yo examinase en mi conciencia y en mi memoria todas mis conexiones mundanas y sociales. ¿Qué casas y círculos frecuentaba yo? ¿A quién trataba con intimidad más o menos constante y pegajosa? ¿No era público y notorio que mis visitas a la marquesa viuda de X... traspasaban por su frecuencia y duración los límites a que debe circunscribirse la cortesía? ¿No podría suceder que en una de aquellas visitas me hubiera dejado la cabeza o me la hubiera secuestrado y escondido, como en rehenes que garantizara la próxima vuelta?...
    Dióme tanta luz esta indicación, y tan contento me puse, y tan claro vi el fin de mi desdicha, que apenas pude mostrar al conspicuo doctor mi agradecimiento, y abrazándole salí presuroso. Ya no tenía sosiego hasta no personarme en casa de la marquesa, a quien tenía por autora de la más pesada broma que mujer alguna pudo inventar.

VI

    La esperanza me alentaba. Corrí por las calles hasta que el cansancio me obligó a moderar el paso. La gente no reparaba en mi horrible mutilación, o si la veía no manifestaba gran asombro. Algunos me miraban como asustados; vi la sorpresa en muchos semblantes, pero el terror, no.
    Dióme por examinar los escaparates de las tiendas, y para colmo de confusión, nada de cuanto vi me atraía tanto como las instalaciones de sombreros. Pero estaba de Dios que una nueva y horripilante sorpresa trastornase mi espíritu, privándome de la alegría que lo embargaba y sumergiéndome en dudas crueles. En la vitrina de una peluquería elegante vi...
    Era una cabeza de caballero admirablemente peinada, con barba corta, ojos azules, nariz aguileña... Era, en fin, mi cabeza, mi propia y auténtica cabeza... ¡Ah!, cuando la vi, la fuerza de la emoción por poco me priva del conocimiento... Era, era mi cabeza, sin más diferencia que la perfección del peinado, pues yo apenas tenía cabello que peinar, y aquella cabeza ostentaba una espléndida peluca.
    Ideas contradictorias cruzaron por mi mente. ¿Era? ¿No era? Y si era, ¿cómo había ido a parar allí? Si no era, ¿cómo explicar el pasmoso parecido? Dábanme ganas de detener a los transeúntes con estas palabras: "Hágame usted el favor de decirme si es ésa mi cabeza".
    Ocurrióme que debía entrar en la tienda, inquirir, proponer, y, por último comprar la cabeza a cualquier precio... Pensado y hecho; con trémula mano abrí la puerta y entré... Dado el primer paso, detúveme cohibido, recelando que mi descabezada presencia produjese estupor y quizá hilaridad. Pero una mujer hermosa, que de la trastienda salió risueña y afable, invitóme a sentarme, señalando la más próxima silla con su bonita mano, en la cual tenía un peine.

* El personaje del doctor Augusto Miquis aparece en la novela La desheredada (1881) y reaparece en Lo prohibido (1884-1885), Tristana (1882) y Torquemada y San Pedro (1895). (La nota es nuestra)

(En Cuentos del siglo XIX. Edición de J. Mª Carandell, Moby Dick. Biblioteca de Bolsillo Júnior. La Gaya Ciencia, 4ª edición, Barcelona, 1981, pp. 135-147)

Joaquín Sorolla, Retrato de Benito Pérez Galdós, 1894

Benito Pérez Galdós fue un escritor español. Está considerado el mejor novelista español del siglo XIX y uno de los grandes novelistas europeos de la época.

Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843 en el seno de una familia acomodada, en la que era el menor de nueve hermanos. A los diecinueve años marchó a Madrid, donde inició la carrera de Derecho, pero pronto abandonó los estudios para dedicarse al periodismo y a la literatura. En la capital frecuenta las tertulias del Ateneo, el café Fornos y el Suizo y escribe en los diarios La Nación y El Debate. Viaja por España y Europa como corresponsal de prensa, lo que le puso en contacto con la realidad social y le permitió conocer las corrientes literarias del momento, como el realismo y el naturalismo. Su obra recibió la influencia de Balzac, a quien conoció personalmente, de Zola, Flaubert, Dickens, Tolstoi e Ibsen, entre otros.

La revolución del 68, que puso fin al reinado de Isabel II, lo sorprendió en Barcelona, de regreso de un viaje por Francia, pero llegó a Madrid a tiempo para ver la entrada de los generales Serrano y Prim. Participó activamente en la política de su tiempo. Se afilió al Partido Progresista de Sagasta y en 1886 fue elegido diputado por Puerto Rico. Desde su inicial ideología liberal, fue evolucionando: tras ingresar en el Partido Republicano a principios de siglo, en 1909 es copresidente de la Conjunción Republicano-Socialista, junto con Pablo Iglesias, por quien manifestó su simpatía en diversas ocasiones. En 1907 y 1910 fue diputado a Cortes por Madrid, y en 1914 por Las Palmas. Sus ideas políticas le granjearon la animadversión de los grupos conservadores, que hasta 1897 impidieron su ingreso en la Real Academia de la Lengua e hicieron fracasar su candidatura al Premio Nobel en 1912.  Sin embargo, sus ideas moderadas y su talante conciliador le permitieron mantener cordiales relaciones con escritores de ideología contraria como Menéndez Pelayo o Pereda.
Benito Pérez Galdós, en Las Palmas de
Gran Canaria, 1890

En Madrid vivió con otros miembros de su familia; permaneció soltero y, pese a su discreción, se le conocen  relaciones amorosas con varias mujeres, entre ellas, la escritora Emilia Pardo Bazán. De una de estas relaciones nació una hija  a la que reconoció en 1905. Sus últimos años fueron difíciles por los problemas económicos y la progresiva pérdida de la visión, que le obligaba a dictar sus obras. Sin embargo, contó con el reconocimiento general. En 1919, por suscripción popular,  se erigió un monumento en su honor en el madrileño parque de El Retiro. El escritor no pudo verlo, solamente palparlo, porque se había quedado ciego. En la madrugada del  4 de enero de 1920 murió en su casa de Madrid. Unas treinta mil personas acompañaron el féretro hasta el cementerio de la Almudena.

Su producción narrativa sorprende por su vastedad y contenido.  Los Episodios Nacionales están constituidos por cuarenta y seis novelas, agrupadas en cinco series de diez episodios cada una, excepto la última, que quedó inacabada. Son una reconstrucción novelada de los acontecimientos históricos más importantes del siglo XIX español. Pretende así explicar a sus coetáneos los orígenes de los conflictos políticos de su tiempo narrándoles su pasado más reciente, desde las vísperas de la invasión francesa hasta el gobierno de Cánovas del Castillo.

El resto de sus novelas se suelen dividir  en tres grupos:
  • Las primeras, publicadas durante la década de los setenta, son novelas de tesis o prerrealistas, en las  que la contraposición de dos ideologías o tesis contrarias  predomina sobre la creación de ambientes o el estudio psicológico de los personajes. Sus personajes son tipos y los lugares, imaginarios. Pertenecen a esta época La Fontana de Oro (1870), Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), Marianela (1878) y La familia de León Roch (1878).
  • El segundo grupo está formado por sus novelas realistas,  las denominadas por su autor novelas españolas contemporáneas. Madrid es el escenario donde aparece una galería de personajes que representan todos los estamentos sociales, aunque  analiza con especial maestría el mundo de la clase media. Los personajes son complejos, llenos de matices,  y muchos reaparecen en otras novelas. Destaca, además, la minuciosa captación de ambientes y tipos, el uso magistral de los diálogos, el empleo del novedoso monólogo interior, así como el sabio manejo de múltiples anécdotas argumentales. Comienza con La desheredada (1881), influida en parte por el naturalismo de Zola, a la que siguen otras como El amigo Manso (1882), La de Bringas (1884), Fortunata y Jacinta (1886-1887), su obra más ambiciosa y en la que despliega lo mejor de sus artes narrativas, y Miau (1888).
  • A partir de 1889, busca nuevos cauces expresivos. En sus últimas novelas ensaya originales procedimientos narrativos: novelas dialogadas y epistolares, introducción de elementos como lo fantástico, el sueño, lo simbólico. En algunas de ellas es visible la influencia del espiritualismo finisecular europeo. De este periodo son La incógnita (1889), Realidad (1889), Ángel Guerra (1891), Tristana (1892), la tetralogía del usurero  Torquemada (1889-1895), Nazarín (1895), Misericordia (1897) y El caballero encantado (1909).
Galdós fue también un notable autor de teatro que pretendió renovar la escena española introduciendo en sus dramas problemas de conciencia individual. Algunos de sus títulos teatrales son La de San Quintín (1894), Electra (1901), Mariucha (1903) y adaptaciones de novelas como El abuelo (1904) y Casandra (1910).

Además, escribió cuentos, la mayoría de los cuales aparecieron en periódicos y revistas de la época antes de ser incluidos en algún volumen  recopilatorio.  En ellos es frecuente el uso de lo fantástico y lo imaginario. "¿Dónde está mi cabeza?" fue publicado por El imparcial de Madrid, en el número especial  de 30-31 de diciembre de 1892. Es un cuento inconcluso cuya continuación se anunciaba para el número de Navidad del año siguiente, pero Galdós no llegó a escribirla.

Galdós, en 1897, durante la lectura de las galeradas de su discurso de ingreso en la Academia. (Diario de Sevilla)


La polémica

La celebración del centenario de un escritor es momento para los homenajes y ocasión para releer su obra, pero en el caso de Galdós ha suscitado  una viva polémica iniciada por Javier Cercas cuando en su artículo Galdós (El País Semanal, 9-2-2020) expresaba su convicción de que la obra literaria de don Benito no estaba a la altura de sus contemporáneos Dickens o Flaubert.

Margarita Garbisu Bueso nos recuerda ("Galdós y Valle", en Rinconete, 20-3-2020) que Galdós contó siempre  con admiradores y detractores, y alguno evolucionó de amigo a detractor. Tal es el caso de Valle-Inclán, del que se cuenta que tenía una foto de Galdós en su habitación de trabajo y le dedicó en distintas ocasiones encendidos elogios. Pero la amistad que los unía se rompió en 1913, cuando Valle quiso estrenar en el Teatro  Español (del que Galdós era director artístico) su drama El embrujado, y este fue rechazado por los empresarios teatrales, sin que Galdós tuviera, al parecer, nada que ver. Este suceso produjo el desencuentro entre ambos e hizo nacer en Valle cierto afán de venganza contra Galdós, cuando este se encontraba ya en sus horas más bajas.  La culminación de esa venganza la llevó a cabo, una vez muerto Galdós,  en Luces de bohemia, donde uno de los personajes, el poetastro Dorio de Gadex, se refiere a Galdós en la escena cuarta como "Don Benito el Garbancero", un mote cruel que hizo fortuna y que parece sugerir  la escasa calidad literaria y el carácter alimenticio de su abundante obra. Sin embargo, señala Ignacio Echevarría ("La incómoda herencia de Galdós", en El Cultural,3-1-2020), la deuda de Valle con Galdós es evidente:
Es imposible entender el asombroso proyecto narrativo de Valle sin tener en cuenta la plantilla que le procuró Galdós, tanto para la serie de La guerra carlista como para la de El ruedo ibérico.
A partir de entonces, según Ignacio Echevarría, "el culto a Galdós tendría algo de vergonzante", con las únicas excepciones, dice,  de Max Aub, María Zambrano y Cernuda. Añade que durante el siglo XX en nuestro país la de Galdós ha sido "una herencia embarazosa: la de un realismo que las consignas de la modernidad proponían superar". Sabido es el rechazo hacia la obra de Galdós de autores como Francisco Umbral, Javier Marías y, sobre todo, Juan Benet.

No obstante, ese realismo galdosiano que, en opinión de Echevarría, "parece pertenecer al ADN de la tradición española",  dio origen en las últimas décadas a un rebrote  que, explica Jesús Ferrer, está encabezado por Rafael Chirbes, al que siguen Belén Gopegui, Ignacio Martínez de Pisón, Isaac Rosa, y Almudena Grandes e incluye a Pérez Reverte. 

El profesor Germán Gullón, especialista en Galdós, ha terciado en la polémica suscitada por Cercas, para negar, en su artículo "Palos de ciego a Galdós" (El Cultural, 18-2-2020), la superioridad de Madame Bovary sobre La desheredada o Fortunata y Jacinta, y afirmar el carácter innovador de la obra de Galdós:
Galdós fue un narrador tan innovador como cualquier europeo, y me apoyo en Leopoldo Alas Clarín, quien describió el genial uso hecho por Galdós en La desheredada del fluir de la conciencia del personaje, su uso de la segunda persona narrativa, o en la invención de la novela de acción interior, El amigo Manso, que sirvió de modelo a Unamuno  sobre sus nivolas, o de la novela dialogada, Realidad, o la epistolar, La incógnita.[...]
En fin, recuerdo que los mejores avales de la obra de Galdós fueron firmados por Gregorio Marañón, por Jacinto Benavente, por Juan Ramón Jiménez, por García Lorca, que reescribió Doña Perfecta en su drama La casa de Bernarda Alba, por Luis Cernuda, por Vicente Aleixandre, por Luis Buñuel, por Octavio Paz, a quien lo que más le gustaba, por cierto, era la segunda serie de Episodios.
En su respuesta a Cercas, sostiene Germán Gullón que Cervantes, Velázquez, Goya y Galdós "son los creadores que se situaron junto a sus personajes":
Ellos aportaron a la cultura europea una verdad humana que sólo encontraremos en Dostoievski; no la literaria, sino la del ser humano, español, por cierto, que quiere librarse de los grilletes de la verdad religiosa y política.
Lean o relean a Galdós en su centenario y juzguen ustedes mismos. 

Con este cuento queremos recordar, en el Día Internacional del Libro,  a don Benito Pérez Galdós, de cuya muerte se cumplieron cien años el pasado 4 de enero.

Galdós, en su finca de San Quintín, en Santander, donde pasó
largas temporadas y escribió algunas de sus obras. COLECCIÓN
BIBLIOTECA MENÉNDEZ PELAYO

domingo, 19 de abril de 2020

"La libertad" (La Llibertat), de Joan Margarit


Fotograma de La librería (2017), de Isabel Coixet



LA LIBERTAD

Es la razón de nuestra vida,
dijimos, estudiantes soñadores.
La razón de los viejos, matizamos ahora,
su única y escéptica esperanza.
La libertad es un extraño viaje.
Son las plazas de toros con las sillas
sobre la arena en las primeras elecciones.
Es el peligro, que de madrugada,
nos acecha en el metro,
son los periódicos al fin de la jornada.
La libertad es hacer el amor en los parques.
Es el alba de un día de huelga general.
Es morir libre. Son las guerras médicas.
Las palabras República y Civil.
Un rey saliendo en tren hacia el exilio.
La libertad es una librería.
Ir indocumentado.
Las canciones prohibidas.
Una forma de amor, la libertad.

Versión en catalán:

LA LLIBERTAT

La llibertat és la raó de viure,
dèiem, somniadors, d'estudiants.
És la raó dels vells, matisem ara,
la seva única esperança escèptica.
La llibertat és un estrany viatge.
Va començar en les places
de toros amb cadires a la sorra
en les primeres eleccions.
És el perill, de matinada, al metro,
sóns els diaris al final del dia.
La llibertat és fer l'amor als parcs.
La llibertat és quam comença l'alba
en un dia de vaga general.
És morir lliure. Són les guerres mèdiques.
Les paraules República i Civil.
Un rei sortint en tren cap a l'exili.
La llibertat és una llibreria.
Anar indocumentat.
Les cançons prohibides.
Una forma d'amor, la llibertat.

De Aiguaforts (Aguafuertes), 1995

Aguafuertes cierra el ciclo poético que Joan Margarit, Premio Cervantes 2019,  inició con Llum de pluja (Luz de lluvia), 1987,  y continuó con Edat roja (Edad roja), 1989, y Els motius del llop (Los motivos del lobo), 1993. Sobre Aguafuertes escribe el autor, en el prólogo del libro,  que está formado por  "escenas o imágenes inmovilizadas en blanco y negro, o sepia, en mi memoria sentimental", de ahí el título, porque  ha procurado trasladarlas al poema "con la misma austeridad que en el campo de la plástica tiene esa técnica", la del aguafuerte, "con un mínimo de recursos lingüísticos y retóricos".

Un verso del poema seleccionado, "La libertad es una librería", se ha convertido en el lema de la campaña de reconocimiento a las librerías que ha puesto en marcha el Instituto Cervantes, dirigido por el poeta Luis García Montero.  Con las librerías cerradas temporalmente por la crisis del coronavirus y ante la imposibilidad de celebrar el Día del Libro el próximo 23 de abril, y con la cancelación de la entrega del Premio Cervantes, así como  de otros eventos culturales relacionados con el libro,  el Instituto Cervantes ha decidido celebrar el "mes del libro" para insistir en la importancia de las librerías.