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domingo, 17 de diciembre de 2017

"El arte de perder", de Elizabeth Bishop


Elizabeth Bishop, con su gato Tobias, en 1954 (Vassar College Library)




                    UN ARTE

No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.

Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.

Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.

He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
—quizás por la penúltima— de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.

He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.



Versión original en inglés:


                      ONE ART

The art of losing isn’t hard to master;
 so many things seem filled with the intent to be
 lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
 of lost door keys, the hour badly spent. The art
 of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last,
or next-to-last, of three loved houses went. The
art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
 some realms I owned, two rivers, a continent
 I miss them, but it wasn’t a disaster.

—Even losing you (the joking voice, a gesture
 I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master though it may
look like (Write it!) like disaster.

Elizabeth Bishop, Obra poética. Edición bilingüe. Prólogo de 
Sam Abrams, estudio preliminar y traducción de S. Abrams y J. Margarit.
Igitur, Montblanc (Tarragona), 2008


Elizabeth Bishop (1911-1979) fue una poeta estadounidense (laureada en 1949 y Premio Pulitzer en 1956) que, como recuerda Natalia Carbajosa ("Poesía en movimiento: Elizabeth Bishop", en: www.jotdown.es), es una rara avis en la poesía contemporánea por  la escasez de su obra poética, por su ausencia del escenario literario angloamericano (debido a sus numerosos viajes y a sus años de residencia en Brasil) y por hacer una poesía "de una contención extrema, ajena a la poesía confesional de los años cincuenta, y concienzudamente basada en la forma, en evidente contraste con la espontaneidad y el coloquialismo preconizados por los poetas del movimiento Beat en los sesenta".

Nacida en Worcester (Massachusetts), perdió  a sus padres  prematuramente: su padre falleció cuando ella tenía apenas ocho meses, y su madre, aquejada de graves episodios de inestabilidad mental, fue internada en un manicomio cuando la futura escritora tenía cinco años y, a pesar de que vivió hasta 1934, no volvieron a verse más. Por ello, Elizabeth pasó su infancia y adolescencia en hogares ajenos: primero en un pequeño pueblo de Nueva Escocia (que después idealizará en su obra), a cargo de sus abuelos maternos, y más tarde, bajo la tutela de la familia paterna, personas adineradas de Massachusetts que no tardaron en internarla en la elitista Walnut Hill School for the Arts (en cuya revista The Blue Pencil aparecieron sus primeras publicaciones) y posteriormente en el Vassar College, institución que, tras la muerte de la autora,  custodia su legado. Sus años en el Vassar College fueron de enorme importancia para ella ya que  conoció a la  escritora Marianne Moore (que se convertirá en amiga, mentora y fuerza estabilizadora de su vida), y  fundó con otros estudiantes  la influyente revista literaria Con Spirito. Una vez graduada en 1934, vivió en Nueva York y viajó por Francia, España, Irlanda, Italia y norte de África. En 1938 se trasladó a Key West (Florida), donde escribió muchos de los poemas incluidos en su primer poemario Norte y Sur (1946), por el que ganó el Premio Houghton Mifflin de poesía.

Su falta de arraigo le ocasionó dolencias y traumas que arrastrará toda su vida (alergias, depresión, alcoholismo) y que pondrán en peligro su carrera literaria. Para dejar atrás esa vida deprimente que incluía una grave  crisis de creatividad, en 1951, becada por el Bryn Mawr College, se embarca en Nueva York en un carguero, con intención de circunnavegar América del Sur. Aprovecha la  escala en el puerto brasileño de Santos para visitar a una compatriota y a su pareja (la arquitecta y paisajista Carlota Costallat de Macedo Soares, Lota), a quienes había conocido cuatro años antes. Una virulenta reacción alérgica que le obliga a guardar cama durante semanas trastoca sus planes, de manera que lo que iba a ser una breve visita se convertirá en una estancia de quince años. Lota, hija de un magnate de la prensa carioca, la acoge en su hacienda Samanbaia, en Petrópolis, y se inicia entre ellas una relación amorosa de catorce años que acabó con el  suicidio de Lota en 1967, tras el abandono de Elizabeth a causa del deterioro de la relación. Después de la muerte de Lota, la escritora alterna sus estancias en la  casa que había restaurado en el pintoresco pueblo minero de Ouro Preto, en el sureste de Brasil, con sus viajes a Estados Unidos.   Por primera vez en su vida, la tímida y frágil Elizabeth  había conseguido echar raíces en un lugar. Durante su estancia en Brasil ganó el Premio Pulitzer en 1956 por el volumen  titulado Poemas: Norte y Sur-Una primavera fría (1955), reunión de sus dos primeros poemarios; y compuso, además,  un tercero, Cuestiones de viaje, que vio la luz en 1965. En 1969 publicó su Poesía completa, galardonado con el National Book Award.

En 1970 regresa a su país para sustituir a su amigo Robert Lowell (que había aceptado un puesto en la Universidad de Essex, Inglaterra) como profesora en la Universidad de Harward, donde permanecerá siete años. Antes había impartido cursos durante un breve periodo de tiempo en la Universidad de Washington; después enseñará en la de Nueva York y, finalmente, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.  En 1977 apareció su cuarto  y último poemario, Geografía III, con el que obtuvo el Neustadt International Prize for Literature, que ninguna mujer había ganado antes. Falleció de una hemorragia cerebral en su casa de Lewis Wharf (Boston), a los sesenta y ocho años, y fue enterrada en su ciudad natal. Sus derechos literarios fueron heredados por Alice Methfessel, su pareja en los últimos años. Con tan solo cuatro poemarios, uno por década, y poco más de cien poemas publicados en vida, está considerada  uno de los poetas  estadounidenses más importantes del siglo XX.

Bishop concibe la poesía como una necesidad de expresar la realidad contemplada, no la vivida. Evita en sus versos la emoción así como lo autobiográfico, busca  la distancia y la perfección formal. No  obstante,  Sam Abrams observa en su obra un difícil equilibrio entre la contención, el retraimiento, y la expansión:
Elizabeth Bishop controlaba a la perfección la distancia entre ella y el lector, en definitiva, entre ella y el mundo. Sus poemas son muy personales, próximos, solidarios con los otros y con el entorno, pero a la vez la poeta ejerce un sutil sentido de la reserva, de la reticencia y del replegamiento [...]. Se podría decir que existe un punto de tensión equilibrada entre ambas tendencias, la tendencia a la expansión y la tendencia al retraimiento, de modo que nuestra autora disfrutaba del uso calculado de una curiosa y nueva mezcla entre la herencia del romanticismo, con la proyección de la personalidad, y la modernidad, con la huida de la personalidad. Y sobre esta base Bishop supo construir una obra que tiene el calor humano de la particularidad y la fuerza intelectual atemporal de la universalidad. Este punto  de vista tan peculiar que supo crear Bishop para canalizar su discurso poético acabó manifestándose también en la visión de la realidad subyacente en toda su obra [....]. Creo que no hay mejor poeta que Bishop para ayudarnos a entender el dilema de la condición humana en la actualidad, con todas sus dudas, su falta de certezas, su profundo sentido de la provisionalidad. 
Escrito en la madurez e incluido en Geografía III, "One Art" es el poema más antologado de Elizabeth Bishop. En él se sirve de la villanelle, estructura métrica tradicional basada en la repetición -formada por cinco tercetos (aba) y una cuarteta (abaa)-, que también utilizaron autores del siglo XX como Dylan Thomas o Sylvia Plath. 
  Lo que comienza como una reflexión de carácter general sobre la inevitabilidad de las pérdidas y la necesidad de aceptarlas, pronto da paso al recuento de sus propias pérdidas personales y el impacto de las mismas sobre ella (tercetos 3º y 4º). En la última estrofa aparece la verdadera razón del poema: la pérdida de una persona, si bien los detalles están silenciados y solo en el paréntesis se revela la importancia de esa pérdida. Aunque el yo poético reitera que ninguna pérdida representa un desastre, la cuarteta final, dirigida a la persona perdida, revela que su pérdida la ha dejado devastada. Es decir, lo que  el poema pone de manifiesto, en realidad,  es  la imposibilidad de superar las pérdidas, esto es, que el perder es un arte que nunca logra dominar. Porque, como ha señalado Elizabeth Dodd, el poema es, al menos en parte, "una elegía profundamente sentida, pero Bishop usa una forma estricta y difícil y un tono informal y coloquial para silenciar la intensidad emocional". En palabras de Natalia Carbajosa, "Es el artificio extremo el que le permite enfrentarse a la enormidad de la pérdida".

2 comentarios:

  1. Siempre hay que tener arte para todo y como es hasta normal también conviene tener unas grandes dosis de arte para perder seres, lugares, emociones y cosas.

    Elizabeth Bishop es sin ningún género de duda, aparte de una buena perdedora, una gran poetisa del siglo XX.

    Un Saludo.

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    Respuestas
    1. Gracias por compartir tu opinión con nosotros.
      Saludos.

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