EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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jueves, 22 de julio de 2021

"Casa tomada", de Julio Cortázar


Edouard Vuillard, Habitación iluminada por el sol


Casa tomada

 

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de debajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas  viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.


Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esa parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da mucho trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.


Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados

—¿Estás seguro?

Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.


Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

—No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media, por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.


(Cuando Irene soñaba en voz alta yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de esto todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarme le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí el ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y en el baño, o en el pasillo mismo donde empezada el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado soltó el tejido sin mirarlo.

—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las doce de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarme tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

(Julio Cortázar, Bestiario, Alfaguara, “Biblioteca” de Julio Cortázar, Madrid, 1982, págs. 13-21)


 "Casa tomada", uno de los relatos más conocidos de Julio Cortázar (1914-1984), se publicó por primera vez, con dibujos de Norah Borges,  en diciembre de 1946, en el número 11 de 'Los Anales de Buenos Aires', revista dirigida entonces por Jorge Luis Borges. Posteriormente fue incluido en el volumen Bestiario (1951), primer libro de cuentos de Cortázar, integrado por ocho relatos que sorprenden por la adecuación precisa del lenguaje y la perfección estructural.  Con ellos se inicia la tendencia de la literatura cortazariana hacia lo fantástico y, como observa su editor, nos sumergen "en un mundo en el que las pesadillas se arman con los objetos y las circunstancias cotidianas". O, como explica María Clara Lucifora, el género fantástico en Cortázar se presenta de acuerdo con lo expresado por Barrenechea:

En un contexto familiar y conocido, algo va mutando hasta transformarse completamente. Esto produce vacilación, temblor, extrañeza. Ante esto, los personajes van acomodándose como pueden a través de cambios graduales, porque consideran esa mutación, ya sea del entorno o de sí mismos, como algo natural e inexorable. Por ello, los desenlaces nunca son los esperados , sino que son extraordinarios, sorprendentes e inquietantes.

"Casa tomada" tiene su origen en una pesadilla, según confesó el autor en entrevista con Joaquín Soler Serrano en el programa de RTVE 'A fondo' (1977):

Yo soñé ese cuento, sólo que no estaban los hermanos, había una sola persona que era yo, y algo que no se podía identificar me desplazaba poco a poco a lo largo de las habitaciones de una casa hasta echarme a la calle. Había esa sensación que tienes en las pesadillas en que el espanto es total sin que nada se defina. Es, simplemente, el miedo en estado puro.

Cortázar se despertó sobresaltado y empezó a escribir el cuento, que completó en apenas tres días.

Se trata de un relato modelo en la cuentística cortazariana, el cual ha sido objeto de numerosos estudios  y de muy diversas interpretaciones ya que, como en todos los cuentos de Cortázar, ante la ausencia de explicaciones, se destaca más la ambigüedad produciéndose infinitas interpretaciones (Seong, Yu-Jin). La imagen de Irene tejiendo sin descanso remite constantemente al mito de Penélope en espera de Ulises, pero también se ha visto en él una recreación del mito del Minotauro o una alegoría del aislamiento de Latinoamérica después de la Segunda Guerra Mundial. Otros han establecido una analogía entre los hermanos "expulsados" de la casa  con  Adán y Eva arrojados del Paraíso. La casa ha sido vista por otros como representación del claustro materno que los hermanos se resisten a abandonar. Algunos estudiosos, en cambio, se han centrado en describir y fundamentar una relación incestuosa entre los dos hermanos. Para Alazraki, que relaciona "Casa tomada" con El proceso de Kafka por la imposibilidad de que el personaje descubra la naturaleza de su delito, el cuento es una parábola o una metáfora de la existencia humana.

Pero la interpretación más conocida quizá sea  la llamada "hipótesis Sebreli" (atribuida al intelectual argentino Juan José Sebreli), una lectura en clave política antiperonista, en que la casa representa al país, Argentina, y los hermanos ociosos, que viven de las rentas agrarias y admiran la cultura francesa, serían la clase dominante en decadencia, incapaz de hacer frente al avance de las clases populares. El hecho de que los protagonistas sean hermanos haría referencia a las relaciones endogámicas propias de las élites. Sebastián Hernaíz admite que el cuento se puede leer como "una forma de representar esa 'sensación de invasión' que la clase media tuvo durante el periodo del peronismo clásico", pero niega que el relato sea una respuesta crítica al peronismo. Se trata, más bien, de una forma de representar el lugar histórico del peronismo frente a las clases dominantes, pues encuentra en la pareja de hermanos "una representación crítica, paródica, de una clase social en decadencia" y "en el ser mentecato del narrador que sostiene la matriz narrativa del cuento, un argumento justificativo de la invasión".

César Eduardo Ambriz Aguilar se aparta de interpretaciones simbólicas o alegóricas y aplica el método narratológico al análisis del cuento para concluir que es el espacio, la casa, lo que determina el relato; a partir de ella se configuran todos los elementos narrativos:

Hemos visto que el relato se rige bajo la lógica de interior = seguridad, la cual se altera de tal modo al escuchar una presencia que invade la casa, que podemos hablar de que tras la toma de la casa, la lógica se modifica: interior = peligro, encontrando aquí la significación del relato. Hay que hacer notar que la invasión es progresiva, al presentarse primero en el espacio sobrante [...] hasta llegar a hacerse presente en la parte central de la casa, donde habitan los hermanos. Tan repetidamente se ha argumentado que aquí se encuentra la inestabilidad del relato, su ambigüedad, su centro, que no queda sino estar de acuerdo. Se ha dicho que la actitud de los personajes es lo inquietante del cuento, aun así que no es el único factor, pues el hecho de que aquello que invade el espacio venga de adentro del espacio mismo, de ese espacio tan cerrado y seguro, es sumamente inquietante. Y pienso que esto responde a la excesiva interioridad que hay en esa casa y que se refleja en los personajes. Es como si la casa empujara a sus habitantes para que salgan al verdadero mundo, no al que han edificado a través de la limpieza, tejiendo y leyendo literatura francesa.

Añade Ambriz Aguilar que esa fuerza que expulsa a los habitantes les da mayor libertad: el narrador rodea la cintura de Irene, mostrando sus sentimientos. Cuando están fuera de la casa, los personajes toman conciencia de lo material (el dinero, lo que llevan con ellos) y del tiempo (mención al reloj) ya que el tejido de Irene, "esa red que atrapaba el tiempo y lo detenía", se ha quedado en el interior. Observa, además, una sensibilización inexistente antes en los personajes (Irene llora, el narrador siente lástima). 

REFERENCIAS:

-ALAZRAKI, Jaime: En busca del unicornio: los cuentos de Julio Cortázar, Madrid, Gredos, 1983.

-AMBRIZ AGUILAR, César Eduardo: "Texto tomado. Análisis narratológico de 'Casa tomada' de Julio Cortázar", en: https://webs.ucm.es/info/especulo/numero42/casatoma.html.

-HERNAÍZ, Sebastián: "Peronismo... ¿y lo otro? La lucidez narrativa de Cortázar", en http://www.historiapolitica.com/datos/biblioteca/literatura_hernaiz.pdf.

-LUCIFORA, María Clara: "La presencia de lo fantástico en Bestiario, de Julio Cortázar", en https://webs.ucm.es/info/especulo/numero35/fanbesti.html.

-SEONG, Yu-Jin: "Los espacios de la Casa tomada, de Cortázar", en https://webs.ucm.es/info/especulo/numero34/cortcasa.html

domingo, 29 de diciembre de 2019

"Happy New Year", de Julio Cortázar

Foto: Jeanloup Sieff



Happy New Year

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.

                                                   31 de diciembre de 1951

 De Salvo el crepúsculo, 1984

Julio Cortázar (1967)./ Sara Facio [wikipedia]

Julio Cortázar
, uno de los grandes renovadores de la narrativa hispanoamericana,  fue escritor, traductor y guionista argentino. 

De padres argentinos, nació en Bruselas en agosto de 1914, pues su padre era agregado comercial en la embajada argentina en Bruselas. Su nacimiento coincidió con la ocupación de la ciudad por los alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Los Cortázar  se refugiaron en Suiza y poco después en Barcelona, hasta que en 1918 pudieron regresar a su país. Pasó el resto de su infancia y su adolescencia en el suburbio bonaerense de Banfield, junto a su madre, su única hermana y su abuela, pues su padre los abandonó cuando Cortázar tenía seis años. Fue una etapa poco feliz para él, un joven enfermizo que pronto encontró refugio en la lectura y se convirtió en un escritor precoz.

Se formó como maestro (1932)  y profesor en Letras (1935) en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta. Comenzó la carrera de Filosofía y Letras en 1935, pero la abandonó para trabajar y ayudar a su madre. Impartió clases en  Bolívar, Saladillo, en la Escuela Normal de Chivilcoy y, desde 1944,  en la Universidad Nacional de Cuyo, en la ciudad de Mendoza, trabajo que tuvo que abandonar por motivos políticos. Publicó artículos y relatos en revistas literarias. Tras conseguir en 1948  el título de traductor público de inglés y francés, emigró para siempre a París en octubre de 1951, becado por el Gobierno francés.  En diciembre de 1952 se le unió en París Aurora Bernárdez,  traductora argentina de ascendencia gallega a quien había conocido en 1948. Habían iniciado una relación antes de la marcha de Cortázar y habían planeado viajar juntos a París, donde contrajeron matrimonio civil el 22 de agosto de 1953.  Poco después, Cortázar consiguió trabajo como traductor temporal de la UNESCO, entidad para la que trabajó también Aurora. Juntos viajaron por distintos países y vivieron la época más fecunda del escritor. En los años 60 se ocupó de la traducción, considerada canónica, de la obra en prosa de Edgar Allan Poe para la Universidad de Puerto Rico.

En 1967 el matrimonio se separó y Cortázar se unió a la lituana Ugné Karvelis, con la que no se casó, y en 1970, tras divorciarse de Aurora, contrajo matrimonio con la fotógrafa y escritora Carol Dunlop.  En esta época manifiesta un enorme interés por la política, interés que se había  despertado con su viaje a Cuba en 1963 y que le llevó a donar los derechos de autor de alguna de su obras a los presos políticos de diferentes países. En 1970 visitó el Chile de Salvador Allende y, un año después, se opuso junto a un grupo de escritores a la detención del  cubano Heberto Padilla. En 1974 se manifestó a favor de la libertad  de Juan Carlos Onetti, detenido por la dictadura argentina por formar parte del jurado que premió el cuento "El guardaespaldas" de Nelson Marra. En 1973 publicó su novela más comprometida políticamente, El libro de Manuel, galardonado en 1974 con el Premio Médicis Étranger, cuyo importe donó al Frente Unificado de la resistencia chilena. Ese mismo año formó parte del Tribunal Russell reunido en Roma para estudiar la violación de los Derechos Humanos en América Latina. En 1976 viajó clandestinamente  a Nicaragua para entrevistarse con los dirigentes del Frente Sandinista Ernesto Cardenal y Sergio Ramírez.

Cortázar, en el Pont Neuf de París./ Antonio
Gálvez
En 1981 el presidente Mitterrand le otorgó la nacionalidad francesa. La muerte de Carol en noviembre de 1982 lo sumió en una profunda depresión, a pesar de lo cual, en 1983, una vez acabada la dictadura, pudo viajar por última vez a su país. Murió en París el 12 de febrero de 1984 a causa de la leucemia y fue enterrado en el cementerio de Montparnasse. Aurora Bernárdez (1920-2014), que lo acompañó tras la muerte de Carol, fue la heredera única de su obra publicada y su albacea literaria.

Cortázar fue un maestro del relato breve, género en el que destacó tempranamente. En sus primeros cuentos es evidente la influencia de Borges; sin embargo, Cortázar se centra en sucesos cotidianos y personajes normales, afectados de pronto por fenómenos o presencias extrañas, que ellos no consideran como anormales. Esos hechos extraordinarios que irrumpen en la vida cotidiana desbordan el racionalismo de los lectores, haciéndoles sentir la presencia de otra causalidad, la mágica,  y desvelando facetas desconocidas de la realidad. Reunió sus cuentos en varios volúmenes: Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1958, que incluye la novela corta El perseguidor, obra maestra del género), Todos los fuegos el fuego (1966), Último round (1972), Octaedro (1974), Alguien que anda por ahí (1977), Un tal Lucas (1979) y Queremos tanto a Glenda (1981).

Aurora y Cortázar, en la India, 1956
(elpais.com)
Cortázar es autor asimismo de una de las novelas más innovadoras de la literatura hispanoamericana contemporánea, Rayuela (1963), obra dividida en tres partes -de una de las cuales se puede prescindir, según el escritor-, y en 155 capítulos que se pueden leer en dos órdenes distintos. Una novela vanguardista que narra la historia de amor entre el argentino Horacio Oliveira y la figura prodigiosa de la Maga, en la que se utiliza la técnica del collage, distintos tipos de narrador o rupturas temporales. Escribió también libros de difícil clasificación como la original Historias de cronopios y de famas (1962) o La vuelta al día en ochenta mundos (1967).

La poesía, que empezó a escribir a los doce años, fue la gran pasión de Cortázar, según Aurora Bernárdez, para quien  Cortázar era poeta hasta cuando escribía en prosa. Sin embargo, la brillantez de su  narrativa, por una parte,  y la timidez del escritor  para mostrar unos versos que descubren sus más profundos sentimientos, por otra, explica el olvido de su obra poética, reunida en tres poemarios. En 1938 publicó, con el seudónimo de Julio Denis, Presencia, un libro de sonetos, al que siguieron Pameos y meopas (1971) y Salvo el crepúsculo (1984), cuyo título procede de un haiku de  Basho. Se trata de una poesía muy próxima a sus vivencias personales: "La mejor biografía que uno puede encontrar sobre Julio Cortázar está en sus poemas", en opinión de Aurora Bernárdez, lo que  el poema seleccionado ilustra a la perfección. Incluido en la sección "Ars Amandi" de Salvo el crepúsculo,  fue compuesto 31 de diciembre de 1951, la primera noche de fin de año que Cortázar pasó en París, lejos de sus tierra y de las personas queridas. Por ello el yo poético expresa su nostalgia de la persona amada  y su deseo de tenerla con él en un momento tan especial.

Carol Dunlop y  Julio Cortázar. Fotografía incluida en el libro
Los autonautas de la cosmopista. © Fondo Aurora Bernárdez, CGAI
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domingo, 16 de junio de 2019

"Soneto XIII", de Garcilaso de la Vega

Gian Lorenzo Bernini, Apolo y Dafne, 1622
Galleria Borghese, Roma



                     SONETO XIII


    A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban[1];
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro oscurecían[2];

de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aún bullendo estaban[3];
los blancos pies en tierra se hincaban[4]
y en torcidas raíces se volvían.

    Aquel que fue la causa de tal daño[5]
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.

    ¡Oh miserable estado, oh mal tamaño[6],
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba[7]!

(En El oro de los siglos. Antología. Edición, prólogo y notas:
José María Micó. Austral, Barcelona, 2017, pp. 51-52)




NOTAS DEL EDITOR:

[1] y en luengos ramos vueltos se mostraban: “y aparecían convertidos
en largas ramas”.
[2] los cabellos que el oro oscurecían: “los cabellos que con su resplandor
hacían que el oro pareciese oscuro”.
[3] miembros: “partes del cuerpo”, incluidos los órganos internos; bullendo:
“agitándose, moviéndose”.
[4] se hincaban: “se clavaban” (debe pronunciarse sin sinalefa, aspirando
la h inicial).
[5] aquel que fue…: se refiere a Apolo.
[6] tamaño: “tan grande, tan enorme”
[7] Como sucede alguna vez en el Canzoniere de Petrarca, la condición de
Apolo (también dios de la poesía) como emblema del dolor amoroso
parece estar relacionada con la escritura poética, simbolizada por el laurel
(causa y razón de su llanto). El desdichado Apolo solo consigue con su llanto
regar y hacer crecer el motivo de su sufrimiento.


Garci Lasso de la Vega y Guzmán, conocido como Garcilaso de la Vega, (Toledo, h. 1501-Niza, 1536) fue un poeta y soldado que ha pasado a la posteridad como prototipo del caballero renacentista, según el modelo propuesto por Castiglione en El cortesano, pues armonizó en su persona el viejo ideal de las armas y las letras: fue soldado, cortesano y poeta.

Era de familia muy noble (entre sus antepasados estaba el Marqués de Santillana) y en la corte recibió
una selecta educación -dominaba el griego, el latín, el italiano y el francés; el manejo de las armas y el arte de la esgrima, y aprendió a tocar la cítara, el arpa y el laúd- y conoció en 1519 a quien se convertiría en su gran amigo, el poeta Juan Boscán. Perteneció al séquito de Carlos V y, como militar, participó en todas las campañas defendiendo al emperador, incluso contra su hermano Pedro Laso, que era comunero.

En 1525 se casó con Elena de Zúñiga, con quien tuvo cinco hijos. Fue un matrimonio de conveniencia, contraído a instancias del emperador. Para entonces Garcilaso ya había sido nombrado Caballero de la Orden de Santiago. Al año siguiente, en compañía de Juan Boscán, acudió a Granada con ocasión del viaje de bodas del emperador con Isabel de Portugal. En el Generalife tuvo lugar la famosa conversación de Boscán con el embajador de Venecia, Andrea Navagero, en la que le animó a probar los nuevos metros que estaban de moda en Italia.

Simultáneamente conoció a Isabel Freyre, una de las damas portuguesas de la emperatriz Isabel, de la cual  se enamoró el poeta. Pero ella se casó en 1529 con Antonio de Fonseca y murió de sobreparto en 1533. Hasta fechas recientes, los estudiosos de su obra consideraban que este amor imposible y la temprana muerte de Isabel habían dejado una profunda huella en las composiciones de Garcilaso. Sin embargo, el descubrimiento de María Carmen Vaquero de que antes de su matrimonio el poeta había  tenido una larga relación con doña Guiomar de Carrillo, de la cual nació un hijo al que Garcilaso reconoció en 1529, cuando otorgó testamento, ha generado dudas sobre si sus versos de amor fueron inspirados por Isabel o por Guiomar, o bien por el desdén de  Beatriz de Sá, dama portuguesa de legendaria belleza y segunda esposa de su hermano Pedro.

En 1531 fue desterrado a una isla del Danubio y más tarde a Nápoles por haber asistido a la boda, no autorizada por Carlos V,  de un sobrino del poeta. Su estancia en Italia fue decisiva ya que se relacionó con notables humanistas, profundizó en el conocimiento de los clásicos y escribió sus mejores versos. Con treinta y cinco años, murió en Niza en 1536, a consecuencia de las heridas recibidas en el asalto a la fortaleza de  Muy, en la Provenza. Parece ser que el emperador estaba impaciente por conquistarla y Garcilaso se lanzó el primero al ataque, sin casco ni coraza. Alcanzado por una piedra lanzada desde la muralla por los defensores, quedó malherido y falleció a los tres días, el 13 o 14 de octubre.

Sus poemas se publicaron por primera vez siete años después de su muerte,  en 1543, en una edición conjunta con los versos de Boscán que este había preparado  poco antes de fallecer . Pronto los versos de Garcilaso se reeditaron una y otra vez como cancionero independiente. Su obra es relativamente breve: tres églogas, treinta y ocho sonetos, cuatro canciones, la "Oda a la flor de Gnido", dos elegías, una epístola en verso a Boscán y algunas muestras de poesía tradicional de cancionero. A pesar de la brevedad de su obra, es uno de los poetas que ha ejercido más influencia en nuestra lírica, pues de sus poemas nace una corriente que transforma  la poesía española. Garcilaso produce una ruptura con la poesía medieval, tanto en la forma, mediante la introducción de las estrofas y metros italianos, como en la expresión de la pasión amorosa, influencia de Petrarca: la melancolía, la ternura y el análisis de los estados afectivos, si bien en  Garcilaso se percibe una mayor emoción y una fuerte sensación de sinceridad.

En su trayectoria poética, se distinguen tres etapas:
  • En una primera época cultivó la poesía de cancionero, en la que alterna composiciones en octosílabos con la introducción de algunas formas italianas. No hay elementos petrarquistas pero sí se percibe la influencia del valenciano Ausias March. Sus poemas se centran en el dolor amoroso y no hay referencias a la naturaleza ni al mundo exterior. Abundan los recursos típicos de la poesía de cancionero: antítesis, paradojas y juegos de palabras.
  • En su segunda etapa es evidente la imitación de Petrarca en la interiorización del amor,  la descripción del sentimiento amoroso y el empleo de la naturaleza como marco de reflexión y medio para retratar a la amada.  Por otra parte, la lectura de La Arcadia de Sannazzaro le llevó a incluir en sus composiciones pastores que expresan sus tristezas de amor en un entorno idealizado.
  • El tercer periodo es el de plenitud creadora, en el que integra todas las influencias recibidas, especialmente las de los clásicos. En estas composiciones, caracterizadas por la sobriedad formal y la naturalidad expresiva, une el intimismo amoroso, la naturaleza como entorno ideal y la mitología. 
Henrietta Rae, Apolo y Dafne

El Soneto XIII pertenece a su época de plenitud y constituye un ejemplo perfecto del uso de la mitología en la poesía renacentista: el poeta utiliza el mito para trazar un paralelismo con su propia vida.

Recordemos que, según la mitología griega, Apolo -dios de las artes y la música-, por una venganza de Eros, de quien se había burlado, se enamoró de la ninfa Dafne, hija del río Penneo, pero ella, herida con la flecha del desdén, lo rechazó. Perseguida por Apolo y a punto de ser alcanzada, imploró la ayuda de su padre que la convirtió en laurel (ese es el significado de "dafne" en griego). Su piel se transformó en la áspera corteza del árbol, su cabello en hojas, sus brazos en ramas y sus pies enraizaron en la tierra. Puesto que ya no podía convertirla en su esposa, el dios decidió que fuera su árbol, siempre verde, con cuyas ramas se coronarían las cabezas de los héroes y de los poetas.

El proceso de  transformación de la hermosa ninfa en laurel se describe magistralmente en los dos cuartetos, en los que destaca el uso de abundantes epítetos, algunos  de los cuales contrastan el cuerpo de la ninfa y el árbol en que se va transformando: luengos, verdes, áspera/tiernos, blancos/torcidas). Los tercetos expresan el dolor de Apolo que, paradójicamente, cuanto más llora más riega y hace crecer el laurel, motivo de su llanto. De igual manera, al poeta el recuerdo de su amor perdido  le incrementa el dolor, el sufrimiento amoroso.

En este enlace puedes leer un excelente comentario de texto del poema:

Como ocurre con aquellos autores que se convierten en clásicos, Garcilaso de la Vega fue evocado por otros muchos poetas,  con frecuencia lo hicieron los poetas de la Generación del 27. Uno de los poemas más conocidos es el que comienza "Si Garcilaso volviera...", escrito por Rafael Alberti e incluido en Marinero en tierra (1924). Una composición, muy alabada por Juan Ramón Jiménez, en la que Rafael Alberti expresa su admiración por el poeta toledano:

Si Garcilaso volviera,
yo sería su escudero;
que buen caballero era.

Mi traje de marinero
se trocaría en guerrera
ante el brillar de su acero;
que buen caballero era.

¡Qué dulce oírle, guerrero,
al borde de su estribera!
En la mano, mi sombrero;
que buen caballero era.

(Rafael Alberti, Antología comentada (Poesía), ed. de María Asunción Mateo, 
dibujos de Rafael Alberti, Ediciones de la Torre, 1990)

En su libro Sermones y moradas (1929-1930) Rafael Alberti recoge otro poema a Garcilaso, una elegía encabezada por un verso de la octava 29 de la Égloga II de Garcilaso, donde hace referencia a la muerte de una ninfa. En el poema de Alberti el verso de Garcilaso se actualiza para hablar de la temprana muerte del poeta:

Elegía a Garcilaso. (Luna, 1503-1536)

                                           ...antes de tiempo y casi en flor cortada.
                                                                         Garcilaso de la Vega


Hubierais visto llorar sangre a las yedras cuando el agua más triste se
pasó toda una noche velando a un yelmo ya sin alma,
a un yelmo moribundo sobre una rosa nacida en el vaho que duerme los
espejos de los castillos
a esa hora en que los nardos más secos se acuerdan de su vida
al ver que las violetas difuntas abandonan sus cajas y los laúdes se 
ahogan por arrollarse a sí mismos.

Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía de las espadas
si piensan en que un delirio es vigilado por hojas que duran mucho más
tiempo?
Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.

En el Sur es cortada casi en flor el ave fría.

(Rafael Alberti, Con la luz primera. Antología de verso y prosa ( Obra de 1920 a 1996),
ed. de María Asunción Mateo, EDAF, 2002)

También Julio Cortázar escribió un poema a Garcilaso. El soneto va encabezado en este caso  por un verso tomado del parlamento de Salicio en la Égloga I, en la que el pastor, alter ego de Garcilaso (Salicio es anagrama del poeta), expresa su dolor por el desdén de su amada Galatea:

RECADO A GARCILASO

Tu dulce habla, ¿en cúya oreja suena?

Aquí, señor, prosigue tu combate
de palomas y fuentes encendido
aunque en la noche esté el jinete herido
y el corcel no obedezca al acicate.

Aquí la guerra, aquí el Danubio abate
el estandarte con su azor ceñido,
Garcilaso, venado perseguido,
por no nacido arquero que le mate.

Si vanamente ardida tanta nieve,
si de llantos la fronda entretejida
y hosca la estrella como amargo el higo,

más bella esta esperanza que nos mueve
los cantos y el encargo de tu vida.
—Adiós hermano. Adiós, Salicio amigo.

(Julio Cortázar, Salvo el crepúsculo, Alfaguara, 1985)

Otro ejemplo es el poema "¿Qué hacías tú en la guerra, Garcilaso?", de Francisca Aguirre, que puedes leer AQUÍ.

viernes, 16 de agosto de 2013

La ría de Vigo, el mar de las cantigas

Vista de la ría, con las bateas, desde Cangas./ Foto: Josefina López

La ría de Vigo (en la provincia de Pontevedra), con el archipiélago de  las islas Cíes en su boca y  con el estrecho de Rande que la divide en dos zonas, una de las cuales forma una tranquila ensenada en la que emerge la isla de San Simón (unida a la de San Antón por un puente), es para muchos  la más hermosa de las rías Baixas gallegas. Pero  se trata, además, de  un lugar estrechamente vinculado a la literatura pues no son pocos los escritores que la han elegido como motivo o escenario de sus obras.


El mar de Vigo aparece ligado a los orígenes de la lírica galaica, ya que naturales de esta zona eran algunos de los trovadores y juglares medievales autores de  “cantigas de amigo”, en las que la naturaleza es interlocutor y escenario de las penas de amor.  Así, Martín Codax, juglar que llegó a trovador cortesano y que ha dado nombre a uno de los más afamados vinos “alvariños”, habla en todas sus cantigas marineras, de entre mediados del siglo XIII y comienzos del XIV,  de la ría de Vigo. En una de ellas, una joven que espera impaciente a su amigo, se dirige a las ondas del mar para preguntarles por él: “Ondas do mar de Vigo, /¿se vistes meu amigo / e —¡ay Deus— se verrá cedo?”; en otra, una muchacha pide a su hermana que la acompañe a la iglesia de Vigo, donde está el mar agitado, para ver las olas: “Mia irmana fremosa, ¿treides comigo / a la igrexa de Vigo, u é o mar salido / e miraremolas ondas?”, y  en la ermita de la isla de San Simón, frente a Redondela, se encuentra esperando a su amigo la joven que se expresa en la única cantiga conservada de Mendhinho (o Mendiño), juglar a quien se cree originario de Redondela o Vigo:

            Sediame na ermida de San Simón
           e cercaronmi as ondas, que grandes son:
              ¡eu atendendo o meu amigo,
              eu atendendo o meu amigo!
           Estando na ermida ante o altar,
           e cercarommi as ondas grandes  do mar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          E cercaronmi as ondas, que grandes son;
          non ei barqueiro nen remador;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          E cercaronmi as ondas do alto mar;
          non ei barqueiro nen sei remar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          Non hei barqueiro nen remador,
          morrerei fremosa no mar maior;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          Non ei barqueiro nen sei remar;
          morrerei fremosa no alto mar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!*

*Estaba yo en la ermita de San Simón / y me cercaron las olas que grandes  son; / ¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // Estando en la ermita ante el altar / me cercaron las olas grandes del mar; /¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo[estaba] esperando a mi amigo!// Y cercáronme las olas que grandes son; / no hay allí barquero ni remero; / ¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo!//  Y me rodearon las olas del alto mar; / no hay allí barquero ni sé remar; / ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // No hay allí barquero ni remero; / moriré hermosa en el mar mayor; / ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // No hay allí barquero ni sé remar; / moriré hermosa  en el alto mar; ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo!
Monumento a los cantores de la ría, en Vigo

Vigo  recuerda a los cantores, poetas y trovadores de la ría (A Martín Codax, Mendiño, Pero Meogo y Paio Gómez Chariño) en un monumento inaugurado en 2006 (una ninfa, con la flauta de Pan, cabalgando sobre un dragón alado),  levantado en el paseo de Alfonso XII, junto a uno de los miradores de la ciudad.

Isla de San Simón, unida a la de San  Antón por un puente
Precisamente, con la cantiga de Mendiño se abre la novela Erec y Enide (2002), de Manuel Vázquez Montalbán, pues el personaje de Julio Matasanz, catedrático de literatura medieval ya a punto de la jubilación, elige la isla de San Simón como marco  del  homenaje que se le tributa unos días antes de Navidad,  a raíz de habérsele concedido  el Premio Carlomagno. Allí  dictará su última lección magistral,  sobre el significado del relato medieval Erec y Enide, de Chretien de Troyes.
Tras observar, desde la ventana de su habitación del hotel Stella Maris, la singladura de las  lanchas que van desde el puerto de Cesantes al  de la isla, a la espera de que a bordo de una de ellas haga su aparición su amante Myrna, Matasanz decide dar un paseo mientras evoca la historia de  la isla:
Pronto llegaría a San Simón el implacable anochecer de diciembre y mi observatorio sería inútil, sin otro remedio ya que acercarme al embarcadero, a la espera de los últimos transbordos del día, así que decido anticiparme para dar el breve paseo permitido por los islotes unidos en su rincón de la bahía de Vigo, apenas un pretexto terrestre que había cumplido las funciones de centro religioso, templario, disputado por reyes y obispos, conventual y sanitario, prolongado lazareto, caserna, cárcel de rojos durante y después de la guerra civil de 1936, albergue dentro de la red de Albergues Nacionales del Movimiento Nacional Sindicalista, hogar para huérfanos de marineros, ruina y prerruina restaurada por la Xunta de Galicia para convertirla en centro cultural, convocada una vez más la cultura para tapar los horrores de la vida y la historia y convertirse en su metáfora.
Elogia la sobria belleza del puente de unión entre las islas ("Tan sobrio como bello y rítmico, de una eficacia de ingeniería militar bordado el granito por vegetaciones como costras, pátinas del tiempo, en este caso creadas por las humedades del mar y las que llegan con los vientos a través de la ría.") y admira la majestuosidad de los bojes que bordean el paseo:
Salgo del hotel, bordeo la plaza de palmeras con fuente y la terraza del restaurante para encaminarme por la avenida enmarcada por bojes centenarios que conducía hacia el Mirador de la Boca de la Ría, que sobre todo contempla el fragmento de autopista que salta a través del cielo para unir Vigo con Marín y Pontevedra. Nunca había visto bojes tan majestuosos, tan escapados a su condición de arbustos y tan bien plantados; en contraste, su disciplina con la libertad con que habían crecido en la isla acacias, castaños, tilos, camelias, pinos,  eucaliptos y plátanos emergentes sobre tapices espontáneos de hierbas correderas hijas de las lluvias gallegas, como los helechos que cohabitan con las palmeras en esta fragua isleña de vegetales robinsones de algún primitivo naufragio de la naturaleza.
Puente de Rande, que une las dos orillas de la ría. La isla de San Simón, al fondo

En el estrecho de Rande tuvo lugar, en octubre de 1702,  la batalla de Rande, entre las coaliciones anglo-holandesa y franco-española,  durante la guerra de Sucesión española. Los fabulosos tesoros, procedentes de América, de los diecinueve galeones hundidos en la batalla estimularon la imaginación del escritor Julio Verne (1828-1905), cuyo capitán Nemo, protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino (1869),  acude allí periódicamente con el Nautilus para financiar sus expediciones con esos tesoros:
-Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y sólo de usted depende que pueda conocer sus secretos.   
El capitán se levantó y me rogó que le siguiera. Le obedecí, ya recuperada mi sangre fría. El salón estaba oscuro, pero a través de los cristales transparentes refulgía el mar. Miré. En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata. Comprendí entonces que nos hallábamos en el escenario de la batalla del 22 de octubre de 1702 y que aquél era el lugar en que se habían hundido los galeones fletados por el gobierno español. Allí era donde el capitán Nemo subvenía a sus necesidades y lastraba con aquellos millones al Nautilus. Para él, para él sólo había entregado América sus metales preciosos. Él era el heredero directo y único de aquellos tesoros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés.
Monumento al capitán Nemo en Cesantes. Foto: Cristian Tello
Un grupo escultórico ubicado entre la isla de San Simón y la playa de Cesantes -que representa el momento en que dos buzos, visibles solo con la marea baja, extraen las riquezas hundidas en el estrecho de Rande, bajo la supervisión del capitán Nemo- es mudo homenaje a la novela verniana.
Cuando Julio Verne escribió 20.000 leguas de viaje submarino, no conocía estos lugares que había imaginado a partir de sus lecturas; sin embargo, posteriormente visitó la ciudad de Vigo al menos en dos ocasiones (a comienzos de junio de 1878 y el 21 de mayo de 1884),  en ambas llegó a bordo de su famoso yate a vapor Saint Michel III.  La primera visita del famoso escritor, que se prolongó durante una semana y representó un acontecimiento en la ciudad, fue reseñada así por la prensa local:
Casi al mismo tiempo que el Flore soltó el ancla en este puerto, presentóse cruzando la ría un bonito yatch de vapor con pabellón francés; era el Saint Michel Nantes, propiedad del popular novelista Julio Verne, que con otros amigos va de paso para el Mediterráneo, donde piensa visitar algunas poblaciones de España. El famoso novelista estuvo anoche en el paseo de la Alameda, y más tarde concurrió al baile de La Tertulia, donde pronunció algunos brindis en español, los cuales fueron contestados por el Sr. Bárcena (D. Manuel) como presidente de la sociedad. Es indudable que Mr.Verne, a quien le ha agradado mucho la posición geográfica de Vigo y su pintoresca campiña, lleva a la vez grato recuerdo de la sociedad viguesa que tuvo ocasión de conocer bajo uno de sus más bellos aspectos, en un baile de La Tertulia.
En 2005, conmemoración del centenario de la muerte del escritor,  la ciudad  de Vigo inauguró un monumento a Julio Verne. Se trata de una escultura en bronce, de gran tamaño, que representa al escritor sentado sobre los tentáculos de un calamar gigante, representación del monstruo que lucha con el Nautilus en la novela del autor francés.

En 1936, en plena guerra civil, otro escritor europeo, el austriaco Stefan Zweig (1881-1942), de camino hacia América del Sur donde iba a participar en un congreso del PEN Club Internacional, pasa unas horas en la ciudad, controlada por el  bando franquista, y lo que observa en ella le provoca hondas reflexiones que recogió en El mundo de ayer, su libro de memorias:
En aquel verano de 1936, había estallado la guerra civil española, la cual, vista superficialmente, sólo era una  disensión interna en el seno de ese bello y trágico país, pero que, en realidad, era ya una maniobra   preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque.  Había salido    yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el barco evitaría la primera escala, en Vigo, para eludir la zona en conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en ese puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar a tierra durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas, traídos   seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que daban de comer? Pero al cabo de un cuarto de hora los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron    como un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde lo había visto  antes? ¡Primero en Italia y luego en Alemania!  Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empujaba a luchar contra el poder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo?     
En la década de los cincuenta será el argentino Julio Cortázar (1914-1984) ) quien visite estas tierras acompañado de su primera esposa, Aurora Bernárdez, de familia gallega.
Julio Cortázar en los pinares de Lourido
Su primer viaje tuvo lugar en 1956. Durante mes y medio, recorrieron  diferentes ciudades españolas y en Galicia tuvieron ocasión de visitar, además de Compostela, Ourense, Redondela, las rías... Cortázar quedó gratamente impresionado por el paisaje gallego, y en una carta expresa su deseo de volver para "instalar cuarteles de primavera en Redondela y dedicarse a los paseos, a la pesca y a arborizar, como Rousseau". Al año siguiente pudo cumplir este anhelo. Llegaron desde Lisboa, ciudad en la que el escritor trabajaba como traductor, buscando "una playa tranquila, donde descansar dos semanas antes de la vuelta a París y del viaje a Buenos Aires". El lugar elegido es Lourido, en el municipio de Nigrán, "un sitio precioso al sur de Vigo. Se llega en tranvía, hay un hotel donde nos adoran porque desde el patrón hasta el cocinero todos han trabajado alguna vez en Argentina". De esta estancia, que se prolongó durante tres semanas, quedan cartas y abundantes fotografías con anotaciones en el reverso que recogen impresiones o anécdotas del viaje (el "maravilloso" olor de los pinos o sus paseos hasta el mirador del monte Lourido, desde el cual la vista de la marisma del río Miñor, de las islas Cíes y de las playas América y Ladeira es espectacular). Estos documentos forman parte del legado que Aurora Bernárdez, albacea testamentaria de Cortázar, donó a la Xunta de Galicia.

Islas Cíes
Motivos profesionales   llevaron a Vigo a notables escritores gallegos durante la segunda mitad del siglo XX.  El poeta  de Celanova Celso Emilio Ferreiro (1912-1979) se traslada a Vigo en 1950 para ejercer como Procurador de los Tribunales y permanece en la ciudad hasta 1966, cuando emigra a Venezuela. En Vigo, también, lo sorprendió la muerte mientras disfrutaba de unos días de descanso. La huella de la ciudad y de la ría en su poesía se percibe en versos  como los fechados en Miami, que hablan de despedida ( "Dígoche adiós dende o barco/ que lonxanas terras vai. / Dígoche adiós dende as Cíes / que están preñadas de mar.") o en el poema " Amencer en Vigo", de su libro Viaxe a o pais dos ananos (1968):

Amencer en Vigo

Unha fiestra alcendida
na noite da cidá
é coma un ollo insomne.
Balbordo a bordo dos bous.
Os tranvías van, fe,
fe, fe, ferrové,
ferrové, ferrovello
polas rúas en costa coas leiteiras.
“Canta, cantore,
meu compañeiro”,
dice o borracho
na rúa baixo a lúa derradeira.
“Anda compadre,
xa son as seis e meia.”
Un odioso reloxio espertador
crebóu o petenexo
da fámula María.
I entón o señorito,
dempóis de agallopar coma un centauro
polos leitos noxentos dos prostíbulos,
pedíu o desaúno a grandes voces*.
*Amanecer en Vigo // Una ventana encendida / en la noche de la ciudad / es como un ojo insomne. // Algazara a bordo de los bous. // Los tranvías van, fe, / fe, fe, ferrové, / ferrové, ferrovello / por las calles empinadas con las lecheras.// "Canta, cantor, / compañero mío", / dice el borracho / en la calle bajo la última luna. // "Anda compadre, / ya son las seis y media."/ Un odioso reloj despertador / rompió el duermevela / de la fámula María. / Y entonces el señorito, / después de galopar como un centauro / por los lechos asquerosos de los prostíbulos, / pidió el desayuno a grandes voces.
Cangas do Morrazo

Más prolongada fue la relación  de Álvaro Cunqueiro (1911-1981), nacido en Mondoñedo, con la ciudad de Vigo, pues su colaboración en el diario "Faro de Vigo", que llegó a dirigir (1965-1970), se extiende desde los años 50 hasta 1970. Cunqueiro (a quien le gustaba sentarse frente a Cangas para contemplar  la ría, de la que escribe: " Emergen islas y en sus riberas crecen puertos. Nacen a flor de agua cada vez más bateas. Esta es la cuna de las vocaciones marineras que se notan sobre la gamela. Espacio de reposo para el gran barco crucero... Placer de viajeros de mar tranquila que buscan el verano al otro lado. Campo   de regatas de veleros bien arbolados. Y grandes o pequeñas playas bajo techo azul de cielos claros...")  es autor de las palabras más hermosas que se han escrito sobre la ciudad: "Vigo fue fundada a la orilla de un verso de Martín Codax."

Puente románico de A Ramallosa, que une los municipios de Nigrán y Baiona

El ferrolano Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), colaborador asimismo de "Faro de Vigo" entre 1964 y 1967,  impartió clases en el instituto vigués La Guía desde 1973 hasta su traslado a Salamanca en 1975. Durante este tiempo residió en A Ramallosa, parroquia del municipio de Nigrán -el mismo que visitó Cortázar algunos años antes-, y aquí escribió sus Cuadernos de La Romana y Nuevos Cuadernos de La Romana, recopilación de artículos publicados en el diario "Informaciones" desde octubre de 1973 hasta agosto de 1975, donde  leemos:
Se llama así, La Romana, un lugar de La Ramallosa, Municipio de Nigrán, provincia de Pontevedra, en que ahora vivo. Dista de Vigo quince kilómetros y tres de la real villa de Bayona, que veo desde mi casa como una mancha blanca sobre el verde oscuro del monte, de día, y como una fila de luces rutilantes por la noche. Mi casa pertenece al género de los "chalés", subgénero "pequeño burgués", en lo cual va, además, implícito el tamaño. Está bien situada, le da el sol cuando lo hay y, por la parte trasera, abre sus luces a un paisaje campesino de parras y maizales, con la montaña al fondo. Tengo delante una terraza y un conato de jardín, y detrás algo así como un patio, bastante grande, que me valdrá en su día para ampliar la casa, aunque me cueste sacrificar dos jóvenes cipreses, en cuya contemplación a veces me entretengo. No sé de dónde viene ese nombre de La Romana, aunque lo creo muy antiguo; hasta hace poco lo atravesaba una calzada, hoy desaparecida por los cuidados de un urbanizador amante de las antigüedades; abajo, junto al cruce de caminos, sobre el río Miñor, hay una puente romana bien conservada, con su San Telmo y su cruz bien visibles (los cuales, naturalmente, son algo más modernos que la puente).
En los Cuadernos se ocupa de asuntos muy diversos: la vida cotidiana, sus lecturas recientes, las obras
Pazo de Cea
literarias que tiene entre manos, su impresión sobre la actualidad nacional e internacional, pero también encontramos críticas contra los efectos de una intervención urbanística desafortunada ("No hay un solo lugar bello en el contorno que no haya sido estropeado por una edificación horrible.") así como breves descripciones del valle del río Miñor: la del puente románico o la del pazo  de Cea, propiedad de  la escritora Elena Quiroga.
Foto: Josefina López
Tras su traslado a Salamanca, conservó la casa de A Ramallosa, adonde regresó todos los veranos. Con frecuencia se le podía ver caminando por el paseo que bordea la marisma -hoy bautizado con su nombre y en cuyos jardines hay un monumento en su honor- o sentado en la cafetería Monterrey, en el paseo marítimo de Baiona, departiendo con un grupo de amigos entre los que se encontraba el también escritor Carlos Casares (algunas fotografías en un rincón de este establecimiento mantienen vivo su recuerdo, como puede apreciarse en la imagen superior). "La villa está vacía, los marineros parecen más seguros, más dueños de sus calles, y hablan de sus cosas en voz alta. Ya no hay franceses ni madrileños", escribe sobre Baiona en otoño.
Vista del puerto de Baiona. Foto: FreeCat

Así pues, el viajero que se acerque a la ría de Vigo, además de gozar  de   un marco natural de extraordinaria belleza (con lugares de enorme interés ecológico, como las islas Cíes o la marisma del río Miñor) y de  degustar los ricos productos de la gastronomía local, podrá seguir la huella de aquellos escritores que, a lo largo de varios siglos, hicieron de   este rincón privilegiado un espacio literario. Y tal vez, mientras contempla el mar, vengan a su memoria  aquellas palabras  que Martín Codax puso en   boca de la muchacha enamorada de otra de sus cantigas:

                                              Quantas sabedes amar amigo
                                              treides comigo a lo mar de Vigo
                                              e bañarnos hemos nas ondas.

                                                 Josefina López Granada, profesora del IES Goya

Actualización (mayo de 2018)

Ancianos presos, ante un pabellón de San Simón./
Foto: Dámaso Carrasco. (Incluida en Trilogía de
la guerra)
Ya en el siglo XXI, el escritor gallego Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) sitúa el inicio de su novela Trilogía de la guerra (2018) en la isla de San Simón. En la primera parte del "Libro primero", titulado "Isla de San Simón (Combustibles fósiles)", el 15 de septiembre de 2014 el protagonista viaja a esta isla situada en la ría de Vigo para participar en un congreso sobre redes digitales. Mientras se desplaza en coche hacia Redondela, descubre  la isla que, de pronto, se recorta sobre el mar:
Su vegetación, verde y espesa, parecía plata bajo el sol del mediodía. Minutos más tarde, una construcción, blanca y antigua, con base de piedra, se hizo visible entre la maleza. (pág. 15)
Tras el desembarco, todo adquiere su tamaño natural:
La isla se fue haciendo grande, y el edificio blanco, de unos cuatro pisos de altura y base de piedra, que había visto desde el coche, también se agigantó; su fachada posterior caía hasta incrustarse directamente en el mar. (pág. 15)
Ese edificio es el hotel donde se alojan los participantes. Desde la ventana de la habitación 486, que da a la parte de atrás de la isla, descubre otra panorámica:
A lo lejos se veía el Puente de Rande, que se parece al de Brooklyn pero con más hormigón y menos hierro. Bajo mi ventana  arrancaba un camino de tierra  que descendía suavemente hasta un pequeño puente de piedra que, sobrevolando el istmo que días atrás había visto en Google Earth, conectaba la isla de San Simón con la  otra isla más pequeña, no más grande que cuatro campos de tenis. En esa pequeña isla veo entonces que se alza otra construcción, de estilo modernista y estucada en azul celeste, de una sola planta y rodeada de altísimos eucaliptos. (pág. 17)
Con él ha traído un ejemplar de  Aillados (1995), un libro de los periodistas Clara María de Saá, Antonio Caeiro y Juan A. González, sobre los años en que la isla fue utilizada como campo de concentración. El libro incluye fotografías de los presos, realizadas casi todas en 1937. El narrador se propone localizar el lugar donde habían sido tomadas las fotografías reproducidas en Aillados y hacer fotografías de ese lugar en el momento actual. Buscando esos lugares comienza a recorrer la isla.
Llegué hasta el puente de piedra que atraviesa el istmo a la isla pequeña. En una placa de bronce, adosada a uno de los pilares, leí que aunque pertenece a la isla de San Simón tiene nombre propio, isla de San Antón, y que había sido el lazareto sucio de San Simón, donde en el siglo XIX separaban a los leprosos, y también donde en la guerra civil habían ido a parar toda clase de cautivos enfermos. Distinguí entonces las bisagras de lo que habían sido las puertas a ambos lados del puente, que crucé a paso rápido. Una vez allí, caminé entre restos de construcciones que emergían apenas unos centímetros del suelo, parecían un mapa a escala real de lo que alguna vez había existido. (pp. 19-20)
Tras bordear el edificio estucado de azul, dedicado actualmente a archivo histórico, se topa con un grupo de tumbas de granito sin inscripción.
Todo en la isla tenía su correspondiente placa metálica de datos, todo menos las tumbas, me dije. En ellas no funcionaba el binomio antes/ahora. (pág. 20) 
De regreso al hotel, atraviesa de nuevo el puente y advierte que una de las construcciones que había visto antes era uno de los lugares que estaba buscando y, cuando la fotografía con el móvil, le parece "estar observando dos ríos que, idénticos, corren ante mí a velocidad distinta" (pág. 21).

Antes de la cena, asciende por el paseo de los Mirtos:
Noté entonces la presencia de decenas de capas de materia bajo mis pies. Sabía que allí abajo había cientos de huesos y cientos de dientes, cientos de tenedores y de cucharas, y ropa y fotografías y armas, y muchos más objetos que jamás podría ver -algunos de ellos ni tan siquiera reconocer aunque los tuviera delante-, pero aquella sensación no me hablaba de cada uno de esos objetos sino de la suma de todos ellos, de un herrumbroso e incandescente magma, una especie de Centro de la Tierra de San Simón, un generador de su energía motriz o algo así. (pp. 23-24)
Porque la isla, como los otros escenarios de la novela asociados a la guerra, es un lugar en que los muertos y los vivos se comunican, establecen conexiones sorprendentes. Al final del paseo de los Mirtos encuentra otra correspondencia y, ya en el hotel, sube a su blog la foto del libro y la recién hecha.

Meses más tarde regresa a la isla de forma clandestina y los nuevos hallazgos desplazarán la acción de la novela a otros escenarios: Nueva York, en la segunda parte, y Uruguay, en la tercera.