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[Imagen principal: ABC de Sevilla]
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La composición arranca de un ofrecimiento amoroso, de carácter cósmico y religioso, que el poeta hace a los demás de su voz poética, pero también, metonímicamente, de todo él. Los elementos naturales preceden al hombre en el ejercicio de la donación: así el viento, la luz, el canto de las aves, la flor que, al darse, se convierte "en ímpetu de entrega". El fervor irracionalista de Don de la ebriedad se muestra aquí en forma de imperativos, preguntas al aire, imprecaciones y rupturas del discurso lógico. Un lenguaje afín al de la mística, sincopado y paradójico -la noche que "en los chopos arde"-, expresa ese calambre visionario mediante la referencia a la muerte: "Que todo acabe aquí, que todo acabe / de una vez para siempre!" El poema, que había comenzado con el júbilo del ofrecimiento, termina con una amarga execración del cuerpo, incapaz de "ser hostia para darse" y cumplir así el afán panteísta de disolución en lo ajeno.
Todo esto proporciona una impresión de armonía y de unidad, justamente la misma impresión de armonía y unidad que se da entre las cosas, los seres, los elementos de la naturaleza, gracias a su "unánime entrega". Esta es la entrega que anhela, que persigue el poeta cuando le pide al invierno que le haga "parte", "inútil polen"... "de todos y de nadie", o cuando se duele por su limitación "de no poder ser hostia para darse". La hostia, con su significado y su redondez, se convierte así en la imagen más cabal y afortunada de la entrega, dado que esa entrega implica a la vez muerte y resurrección del poeta.Otros poemas del autor en este blog: