EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 14 de julio de 2024

"Verano", de Idea Vilariño






                VERANO

                  Mediodía

Transparentes los aires, transparentes
la hoz de la mañana,
los blancos montes tibios, los gestos de las olas,
todo ese mar, todo ese mar que cumple
su profunda tarea,
el mar ensimismado,
el mar,
a esa hora de miel en que el instinto
zumba como una abeja somnolienta...
Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas,
ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos,
vastas arenas pálidas.
Transparentes los aires, transparentes
las voces, el silencio.
A orillas del amor, del mar, de la mañana,
en la arena caliente, temblante de blancura,
cada uno es un fruto madurando su muerte.

              Tarde

Cuerpos tendidos, cuerpos
infinitos, concretos, olvidados del frío
que los irá inundando, colmando poco a poco.
Cuerpos dorados, brazos, anudada tibieza
olvidando la sombra ahora estremecida,
detenida, expectante, pronta para emerger
que escuda la piel ciega.
Olvidados también los huesos blancos
que afirman que no es un sueño cada vida,
más fieles a la forma que a la piel,
que la sangre, volubles, momentáneas.
Cuerpos tendidos, cuerpos
sometidos, felices, concretos,
infinitos...
Surgen niños alegres, húmedos y olorosos,
jóvenes victoriosos, de pie, como su instinto,
mujeres en el punto más alto de dulzura,
se tienden, se alzan, hablan,
habla su boca, esa un día disgregada,
se incorporan, se miran con miradas de eternos.

          La noche

Es un oro imposible de comprender, un acabado
silencio que renace y se incorpora.
Las manos de la noche buscan el aire, el aire
se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto
en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano...
El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo, el cielo
a estrellas. La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma, inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderosos, el triste,
el que contempla,
conoce su poder que crea, ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.

                                                                  (1944)

(En Poesía completa, Lumen, 2022)

"Verano" forma parte del grupo de poemas no incluidos en ninguno de los ocho libros de poesía publicados por la autora y que quedaron inéditos o dispersos en revistas o publicaciones periódicas.

-Otros poemas de la autora en este blog:
        -"No te amaba": AQUÍ.
        -"Ya no": AQUÍ.

[Imagen: Cala Tortuga, Menorca. Lánzate a viajar]

jueves, 11 de julio de 2024

"Picabueyes", un cuento de Sara Mesa

 

Arrozales en Isla Mayor, Sevilla. (discoveringdonana.com)


Picabueyes

 

Vuelve sin levantar la vista del suelo, las zapatillas emborronadas por las lágrimas que no terminan de caer del todo. Le arden los ojos. Vuelve bajo el sol que le golpea en los hombros desnudos, en la nuca sudorosa, sin rabia, sin resentimiento. Vuelve únicamente acompañada por el miedo: el miedo de llegar tarde, de llegar sola, de llegar sin la bici.

 —¿Dónde está la bicicleta? —preguntarán las tías.

 —¿De dónde vienes? —preguntarán también.

Ella tendrá que inventar una excusa. La olvidó en una esquina, se la prestó a unos niños que luego desaparecieron.

Se la robaron.

 —¿Quién te la robó? -preguntarán desconfiadas, sabias.

Esa sabiduría resentida, murmura ella para sí. Las tías locas, posesivas, guardianas. Las tías. Los veranos.

No le pueden robar la bici en un pueblo tan pequeño. A plena luz del día. Sin que nadie lo vea, sin que nadie intervenga. No van a creerla. Aprieta el paso, piensa otras alternativas. Se seca las lágrimas con el antebrazo y siente el picor del polvo en los ojos y el escozor de la sal en los rasguños. Al caerse se llenó de tierra. Se raspó todo el brazo, la rodilla derecha. El pantalón se le pega ahora en la herida. Late. Sangra un poco. La mancha se va extendiendo paulatinamente hacia abajo. Marrón oscuro, en el azul gastado de los jeans.

Los días largos, los picabueyes que la miran pasar metidos en el fango de los arrozales. El camino estrecho, arenoso, flanqueado por juncos, hierbas secas. Si al menos pudiera lavarse las manos. Cada vez que se frota los ojos sabe que se restriega la suciedad por las mejillas. Está tan sucia que averiguarán que se cayó.

No va a poder evitar que al final lo sepan. Hace calor y tiembla. Se cayó. De acuerdo, admitirá que se cayó. Pero por qué tan lejos. Por qué en los caminos de los arrozales. Por qué fuera del pueblo. Eso no podría explicarlo. Dónde quedó la bici. Por qué no la lleva consigo. Cómo justificar lo del pinchazo, la cadena reliada. Sobre todo, cómo explicar que se quedó tan lejos, que pesaba, que sólo pudo transportarla consigo los diez primeros metros.

Los radios de la rueda girando levemente, brillando levemente bajo el sol de agosto.

Y las risas de fondo.

Los veranos allí, en los arrozales, mientras sus amigas disfrutan de la playa, untándose crema bajo el sol, preparándose para la animación de la noche.

 Los veranos allí, su sangre joven, y el pueblo del que quiere escapar aunque sea en una bici vieja con los neumáticos gastados, aunque sea por los caminos de los arrozales por donde no va nadie, los caminos prohibidos, solitarios, donde ella puede pedalear más rápido, imaginar quizá, aunque sea fugazmente, el sabor de una libertad que no conoce.

Los caminos donde no la verá nadie, porque allí nunca hay nadie, salvo los picabueyes, los ratones de campo, los mosquitos que le acribillan los tobillos y los brazos, algún milano que sobrevuela el cielo casi blanco.

Nadie salvo al final, junto al muro de contención.

Un grupo de personas junto a un coche viejo, y ella que no sabe si debe seguir pedaleando o dar la vuelta.

No te fíes de la gente dicen siempre las tías—. No te fíes.

¿Por qué no ha de fiarse? Un grupo de personas junto a un coche, todavía lejanas, sólo es eso. ¿Son dos o tres? ¿Dos fuera y uno más dentro del coche? ¿Lo que hay apoyado junto al muro es una moto? ¿Una moto, un coche, tres personas?

Una masa informe entre la polvareda que se va definiendo a medida que ella pedalea y se acerca. En cuanto los alcance girará a la derecha por un nuevo camino, pero no, no va a dar la vuelta. Jamás dará la vuelta, por qué desconfiar y verse ahora forzada a dar la vuelta.

Y los chicos la miran, dos desde fuera del coche uno apoyado sobre el capó del Clío maltratado por las carreras en el campoy otro desde dentro, con el brazo sobre la ventanilla medio bajada, y una suave sonrisa en todos ellos pendiendo de sus labios, de sus bocas hambrientas de crueldad y diversión. La miran y entrecruzan un par de palabras que ella no puede oír porque jadea y pedalea más fuerte tras el giro, y es entonces, cuando les da la espalda, cuando siente la piedra que rebota en la bici, se asusta y acelera, y siente la otra piedra, la piedra final que le hace tambalearse, levantar las manos del manillar, descontrolar, derrapar, caerse junto a las hierbas secas y el fango del reborde del cultivo.

Ahora camina apresurada, la herida que le late, las sienes que le laten, el corazón desbocado, y el pueblo perfilándose al fin entre la reverberación del aire cálido. El pueblo, las tías, el verano. Cómo ocultar ahora que vio desde el suelo los zapatos de los chicos, cómo ocultar las carcajadas crueles, la patada humillante. El brillo de la navaja que se acerca a ella y luego se desvía enseguida para clavarse en un neumático. Los radios de la rueda dando vueltas, la cadena ya fuera de lugar, sus brazos engrasados, raspados, las risas que no cesan. Una mano que le agarra los pechos, primero uno, luego otro, como con cierto miedo, sin lascivia. Ella sin tiempo todavía de asustarse. La bici, piensa. Las tías, piensa. Y ellos dejan de manosearla. También se asustan porque ella no se mueve, se repliega y espera simplemente. Ríen más fuerte, pero desconcertados, sin saber qué hacer luego. Quizá son más jóvenes que ella. Unos críos que recién empiezan a probar, a probarse. En ese pueblo los niños de diez años conducen por los caminos de los arrozales con el permiso de sus padres embrutecidos e incultos. Lo dijeron las tías.

  No debes ir por allí, no hay que fiarse.

Lo dijeron. Malditas tías, son ellas peores que los chicos, piensa. Los chicos que se marchan enseguida y la dejan tirada en el borde del fango, bajo el sol mudo, bajo el Dios impasible que jamás actuó cuando hizo falta. Las chicharras tenaces que no rompen, sin embargo, el silencio.

Se levanta, se sacude, mira la bici rota, imposible de transportar desde tan lejos. A pesar de todo lo intenta, sin lloriquear, sin quejarse, únicamente apresurada por la hora.

Pero no llegará, no llegará a tiempo. La deja en el camino.

Tan lejos, y ahora sí está llegando. Los pies doloridos, la mancha en la rodilla aún más extendida, más oscura, parda, rojiza, delatora. El dolor sordo, amortiguado, que le atormenta menos que las dudas. El picor en los ojos.

¿Qué decirles ahora a las tías?

¿Qué decirles?

 

(Sara Mesa, Mala letra, Anagrama, 2016)


Mala letra es el tercer volumen de cuentos publicado por Sara Mesa. La autora  coge mal el lápiz. Lo ha cogido mal desde niña, cuando algunos profesores se empeñaban en corregirla porque «hay que escribir como Dios manda», e, incapaz de aprender, ha seguido cogiéndolo mal hasta el día de hoy, con todas las consecuencias. Porque... ¿puede acaso salir buena letra de un lápiz torcido? Esta es una de las cuestiones que planean sobre este conjunto de cuentos: la de la escritura indócil, libre y acelerada, la escritura que araña y rasga la memoria, que destroza los recuerdos y hace de ellos otra cosa.

Las historias que aparecen en este volumen abordan temas como la culpa y la redención, la falta de libertad y esos «pequeños instantes, epifanías, revelaciones, imágenes que se abren, palabras que se desdoblan», cuando «algo se quiebra, y todo cambia». Niños que se resisten a obedecer y que viven con asombro y soledad el difícil proceso de crecer; chicas rebeldes cuya rebeldía es subterránea, rabiosa y poco aprovechable; seres atormentados –o no– por los remordimientos y las dudas; picabueyes y nutrias que representan agresión o consuelo; el desconcierto de vidas en apariencia normales que a veces encierran crímenes y otras únicamente el deseo de cometerlos.

Encontrarás información sobre la autora y sobre su novela Cara de pan: AQUÍ.

domingo, 7 de julio de 2024

" De paso" y otros tres poemas de Lola Mascarell

 



DE PASO

Voy de paso por sendas y caminos,
de paso entre las rocas, de prestado
por estos caminales
repletos de memoria y de pisadas.

Voy tratando de asir alguna cosa,
una rama de árbol, 
una breve emoción, algún recuerdo,
un pájaro, una piedra, una pisada,
una mínima prueba que me deje
saber que estuve aquí, solo de paso,
y que nada era mío.

(De Un vaso de agua, Pre-Textos, 2018)

CANTAR DEL REGRESO

Mientras cruzo las huertas
en la hora del riego
pienso en salmo y juntura,
en palabras que suenan a oración,
en música y en versos
que salvan a ese niño que regresa
deprisa hacia su casa.

El coro de los pájaros 
cincela en su gorjeo
el caer de la tarde.

Hay un mirlo que salta entre los setos
y una urraca que sigue desde arriba 
sus pasos indecisos.

¿Qué vuelos se levantan en la hora
en que todo regresa y se recoge?

La noche ya ha caído en las montañas
y el niño llega al cuarto y se recuesta
a escuchar los sonidos que se encienden
mientras todo se apaga.

A salvo ya del mundo y sus fantasmas,
sin miedo a la intemperie,
en medio del silencio de la noche,
donde solo resuenan los acordes
que escribe el pensamiento,
comprende que la casa es el poema,
aprende que el refugio es la canción.

(De Préstame tu voz, Tusquets, 2024)
Niñas saltando a la comba. (iobhar.livejournal.com)

AL PASAR LA BARCA

Qué lejos se oye hoy aquella letra,
qué distancia en el aire,
los frágiles compases,
la vieja cantinela de la comba.

Qué quieta permanece en el recuerdo
la niña de las trenzas,
qué inmóvil en su orilla va contando
las vueltas uniformes,
los giros casi mágicos del cabo.
Y el dulce cosquilleo que le sube
trepando por las tripas
apenas la arrebata de ese trance.
Muñeca embelesada se ha lanzado
al eco persistente de la cinta,
al hueco que dibuja sobre el cielo
el ritmo sincopado de la cuerda.

Qué quieta permanece en el recuerdo
la niña de las trenzas,
sumida en ese círculo vacío
que juega a recogerla en sus entrañas:
el látigo del tiempo
que llega y que se marcha mientras ella
sortea los vaivenes de su envite
con técnica cadencia.

Y así pasa la tarde entre las brisas,
pretérita y absorta. Qué lejana
su voz y su distancia.
Qué inmóvil permanece en el recuerdo
su dicha sin objeto.
La barca impetuosa de las horas,
azota su minúscula alegría,
su cándida ignorancia
de niña tan bonita,
que salta y se detiene y va cantando
que no paga dinero todavía.

(De Mecánica del prodigio, Pre-Textos, 2010)

VENCEJOS

Cuando volvéis a la ciudad, vencejos,
acaso regresáis como si nada
hubiera sucedido desde entonces,
como si este verano fuera el mismo
que dejasteis ayer flotando inmersos
en el giro sin fin de vuestro grito.

Pertinaces y aleves os he visto
volando en redondel sobre el asfalto,
dejando en el presente la sospecha
de un retorno falaz al tiempo antiguo.
¿Por qué nos engañáis con la esperanza
de habitar otra vez aquel instante
que el aire se ha llevado para siempre?

Unidos al misterio de la rueda
esta tarde, otra vez, habéis cruzado
las altas azoteas incendiadas.
Otra vez, obstinados, agoreros,
otra vez ululando en desbandada
otra vez, esta tarde, habéis trazado
un círculo sonoro que constela
el nítido crepúsculo de junio.

Y al cabo del estío que os regresa,
de nuevo os marcharéis mientras nosotros
tratamos de afrontar esa certeza
de ser como vosotros breve vuelo,
leve sombra fugaz sobre la tierra.

(En circulodepoesia.com)


Lola Mascarell (Valencia, 1979) es una periodista y escritora española. Actualmente ejerce como profesora de Lengua y Literatura en un centro de enseñanza secundaria de su ciudad natal. Desde 2008 hasta 2012 dirigió el Taller de Narrativa de la Universidad Politécnica de Valencia.  Es autora de los libros de poemas Mecánica del prodigio (2010), Mientras la luz (2013, Premio Internacional de Poesía Emilio Prados 2013 y Premio Alcalá de Poesía 2014), Un vaso de agua (2018) y Préstame tu voz (2024). Muchos de sus poemas han sido recogidos en diversas revistas y antologías. Ha escrito también la novela Nosotras ya no estaremos (2021), así como artículos críticos aparecidos en distintas publicaciones. 

Las palabras de la  sinopsis de su último poemario ponen luz a toda la obra poética de Lola Mascarell:

"En este libro de poemas Lola Mascarell regresa a los lugares de siempre (la casa, la montaña, el bosque, la naturaleza, la infancia) con una mirada nueva: la mirada de quien ha visto su cuerpo modificarse al compás de la transformación del mundo. Retoma así el pulso de los poemas recogidos en Un vaso de agua: la búsqueda de la claridad expresiva para dar cuenta de la sencillez del mundo. Un mundo plácido, donde todo está unido, donde las cosas suceden en su cotidianidad más desnuda, donde el amor doméstico, la mirada serena y la aceptación del paso del tiempo se entrelazan. También la reflexión poética: buscar la poesía que hay en cualquier parte por si logra su luz atenuar las sombras de los tiempos difíciles".

El poema titulado "Al pasar la barca" hace referencia a una canción infantil para saltar a la comba. Como ocurre con todos los textos de transmisión oral, existen distintas versiones. La que yo conozco dice así: "Al pasar la barca / me dijo el barquero: / Las niñas bonitas / no pagan dinero./ Yo no soy bonita / ni lo quiero ser. / Arriba la barca, / una, dos y tres".

Lola Mascarell./ L. M.

jueves, 4 de julio de 2024

"La lengua de las mariposas", de Manuel Rivas


Fotograma de la película de José Luis Cuerda La lengua de las mariposas (1998)
                                  

LA LENGUA DE LAS MARIPOSAS

 A Chabela

 

“¿Qué hay, Pardal? Espero que por fin este año podamos ver la lengua de las mariposas”.

El maestro aguardaba desde hacía tiempo que les enviasen un microscopio a los de la Instrucción Pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuviesen el efecto de poderosas lentes.

“La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un muelle de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar, ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuese la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa”.

Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Qué maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de almíbar.

Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Quiero decir que no podían entender cómo yo quería a mi maestro. Cuando era un pequeñajo, la escuela era una amenaza terrible. Una palabra que se blandía en el aire como una vara de mimbre.

“¡Ya verás cuando vayas a la escuela!”.

Dos de mis tíos, como muchos otros jóvenes, habían emigrado a América para no ir de quintos a la guerra de Marruecos. Pues bien, yo también soñaba con ir a América para no ir a la escuela. De hecho, había historias de niños que huían al monte para evitar aquel suplicio. Aparecían a los dos o tres días, ateridos y sin habla, como desertores del Barranco del Lobo.

Yo iba para seis años y todos me llamaban Pardal. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado. Prefería verme lejos que no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando por la Alameda, y fue Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, el que me puso el apodo: «Pareces un pardal[1]».

Creo que nunca he corrido tanto como aquel verano anterior a mi ingreso en la escuela. Corría como un loco y a veces sobrepasaba el límite de la Alameda y seguía lejos, con la mirada puesta en la cima del monte Sinaí, con la ilusión de que algún día me saldrían alas y podría llegar a Buenos Aires. Pero jamás sobrepasé aquella montaña mágica.

“¡Ya verás cuando vayas a la escuela!”.

Mi padre contaba como un tormento, como si le arrancaran las amígdalas con la mano, la forma en que el maestro les arrancaba la jeada[2] del habla, para que no dijesen ajua ni jato ni jracias. «Todas las mañanas teníamos que decir la frase Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo[3]. ¡Muchos palos llevamos por culpa de Juadalagara!». Si de verdad me quería meter miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí. Encogido en la cama, escuchaba el reloj de pared en la sala con la angustia de un condenado. El día llegó con una claridad de delantal de carnicero. No mentiría si les hubiese dicho a mis padres que estaba enfermo.

El miedo, como un ratón, me roía las entrañas.

Y me meé. No me meé en la cama, sino en la escuela.

Lo recuerdo muy bien. Han pasado tantos años y aún siento una humedad cálida y vergonzosa resbalando por las piernas. Estaba sentado en el último pupitre, medio agachado con la esperanza de que nadie reparase en mi presencia, hasta que pudiese salir y echar a volar por la Alameda.

“A ver, usted, ¡póngase de pie!”.

El destino siempre avisa. Levanté los ojos y vi con espanto que aquella orden iba por mí. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. Era pequeña, de madera, pero a mí me pareció la lanza de Abd el Krim[4].

“¿Cuál es su nombre?”.

“Pardal”.

Todos los niños rieron a carcajadas. Sentí como si me golpeasen con latas en las orejas.

“¿Pardal?”.

No me acordaba de nada. Ni de mi nombre. Todo lo que yo había sido hasta entonces había desaparecido de mi cabeza. Mis padres eran dos figuras borrosas que se desvanecían en la memoria. Miré hacia el ventanal, buscando con angustia los árboles de la Alameda.

Y fue entonces cuando me meé.

Cuando los otros chavales se dieron cuenta, las carcajadas aumentaron y resonaban como latigazos.

Huí. Eché a correr como un locuelo con alas. Corría, corría como sólo se corre en sueños cuando viene detrás de uno el Hombre del Saco[5]. Yo estaba convencido de que eso era lo que hacía el maestro. Venir tras de mí. Podía sentir su aliento en el cuello, y el de todos los niños, como jauría de perros a la caza de un zorro. Pero cuando llegué a la altura del palco de la música y miré hacia atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba a solas con mi miedo, empapado de sudor y meos[6]. El palco estaba vacío. Nadie parecía fijarse en mí, pero yo tenía la sensación de que todo el pueblo disimulaba, de que docenas de ojos censuradores me espiaban tras las ventanas y de que las lenguas murmuradoras no tardarían en llevarles la noticia a mis padres. Mis piernas decidieron por mí. Caminaron hacia el Sinaí con una determinación desconocida hasta entonces. Esta vez llegaría hasta Coruña y embarcaría de polizón en uno de esos barcos que van a Buenos Aires.

Desde la cima del Sinaí no se veía el mar, sino otro monte aún más grande, con peñascos recortados como torres de una fortaleza inaccesible. Ahora recuerdo con una mezcla de asombro y melancolía lo que logré hacer aquel día. Yo solo, en la cima, sentado en la silla de piedra, bajo las estrellas, mientras que en el valle se movían como luciérnagas los que con candil andaban en mi busca. Mi nombre cruzaba la noche a lomos de los aullidos de los perros. No estaba impresionado. Era como si hubiese cruzado la línea del miedo. Por eso no lloré ni me resistí cuando apareció junto a mí la sombra recia de Cordeiro. Me envolvió con su chaquetón y me cogió en brazos. “Tranquilo, Pardal, ya pasó todo”.

Aquella noche dormí como un santo, bien arrimado a mi madre. Nadie me había reñido. Mi padre se había quedado en la cocina, fumando en silencio, con los codos sobre el mantel de hule, las colillas amontonadas en el cenicero de concha de vieira[7], tal como había sucedido cuando se murió la abuela.

Tenía la sensación de que mi madre no me había soltado la mano durante toda la noche. Así me llevó, cogido como quien lleva un serón[8], en mi regreso a la escuela. Y en esta ocasión, con el corazón sereno, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo.

El sapo sonreía. Me pellizcó la mejilla con cariño. “Me gusta ese nombre, Pardal”. Y aquel pellizco me hirió como un dulce de café. Pero lo más increíble fue cuando, en medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano hacia su mesa y me sentó en su silla. Él permaneció de pie, cogió un libro y dijo:

“Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso”. Pensé que me iba a mear de nuevo por los pantalones, pero sólo noté una humedad en los ojos. “Bien, y ahora vamos a empezar un poema. ¿A quién le toca? ¿Romualdo? Venga, Romualdo, acércate. Ya sabes, despacito y en voz bien alta”.

A Romualdo los pantalones cortos le quedaban ridículos. Tenía las piernas muy largas y oscuras, con las rodillas llenas de heridas.


Una tarde parda y fría…


“Un momento, Romualdo, ¿qué es lo que vas a leer?”.

“Una poesía, señor”.

“¿Y cómo se titula?”.

Recuerdo infantil. Su autor es don Antonio Machado”.

“Muy bien, Romualdo, adelante. Con calma y en voz alta. Fíjate en la puntuación”.

El llamado Romualdo, a quien yo conocía de acarrear sacos de piñas como niño que era de Altamira, carraspeó como un viejo fumador de picadura[9] y leyó con una voz increíble, espléndida, que parecía salida de la radio de Manolo Suárez, el indiano[10] de Montevideo.

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo y muerto Abel,

junto a una mancha carmín…

 

“Muy bien. ¿Qué significa monotonía de lluvia, Romualdo?”, preguntó el maestro.

“Que llueve sobre mojado, don Gregorio”.

 

“¿Rezaste?”, me preguntó mamá, mientras planchaba la ropa que papá había cosido durante el día. En la cocina, la olla de la cena despedía un aroma amargo de nabiza.

“Pues sí”, dije yo no muy seguro. “Una cosa que hablaba de Caín y Abel”.

“Eso está bien”, dijo mamá, “no sé por qué dicen que el nuevo maestro es un ateo”.

“¿Qué es un ateo?”.

“Alguien que dice que Dios no existe”. Mamá hizo un gesto de desagrado y pasó la plancha con energía por las arrugas de un pantalón.

“¿Papá es un ateo?”.

Mamá apoyó la plancha y me miró fijamente.

“¿Cómo va a ser papá un ateo? ¿Cómo se te ocurre preguntar esa bobada?”.

Yo había oído muchas veces a mi padre blasfemar contra Dios. Lo hacían todos los hombres. Cuando algo iba mal, escupían en el suelo y decían esa cosa tremenda contra Dios. Decían las dos cosas: me cago en Dios, me cago en el demonio. Me parecía que sólo las mujeres creían realmente en Dios.

“¿Y el demonio? ¿Existe el demonio?”.

“¡Por supuesto!”.

El hervor hacía bailar la tapa de la cacerola. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor y gargajos de espuma y verdura. Una mariposa nocturna revoloteaba por el techo alrededor de la bombilla que colgaba del cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. La cara se le tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriese a un desvalido.

“El demonio era un ángel, pero se hizo malo”.

La mariposa chocó con la bombilla, que se bamboleó ligeramente y desordenó las sombras.

“Hoy el maestro ha dicho que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el muelle de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que enviar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?”.

“Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te ha gustado la escuela?”.

“Mucho. Y no pega. El maestro no pega”.

No, el maestro don Gregorio no pegaba. Al contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos se peleaban durante el recreo, él los llamaba, «parecéis carneros», y hacía que se estrecharan la mano. Después los sentaba en el mismo pupitre. Así fue como conocí a mi mejor amigo, Dombodán, grande, bondadoso y torpe. Había otro chaval, Eladio, que tenía un lunar en la mejilla, al que le hubiera zurrado con gusto, pero nunca lo hice por miedo a que el maestro me mandase darle la mano y que me cambiase del lado de Dombodán. La forma que don Gregorio tenía de mostrarse muy enfadado era el silencio.

“Si vosotros no os calláis, tendré que callarme yo”.

Y se dirigía hacia el ventanal, con la mirada ausente, perdida en el Sinaí. Era un silencio prolongado, descorazonador, como si nos hubiese dejado abandonados en un extraño país. Pronto me di cuenta de que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que él tocaba era un cuento fascinante. El cuento podía comenzar con una hoja de papel, después de pasar por el Amazonas y la sístole y diástole del corazón. Todo conectaba, todo tenía sentido. La hierba, la lana, la oveja, mi frío. Cuando el maestro se dirigía hacia el mapamundi, nos quedábamos atentos como si se iluminase la pantalla del cine Rex. Sentíamos el miedo de los indios cuando escucharon por vez primera el relinchar de los caballos y el estampido del arcabuz. Íbamos a lomos de los elefantes de Aníbal de Cartago por las nieves de los Alpes, camino de Roma. Luchábamos con palos y piedras en Ponte Sampaio[11] contra las tropas de Napoleón. Pero no todo eran guerras. Fabricábamos hoces y rejas de arado en las herrerías del Incio. Escribíamos cancioneros de amor en la Provenza y en el mar de Vigo. Construíamos el Pórtico de la Gloria. Plantábamos las patatas que habían venido de América. Y a América emigramos cuando llegó la peste de la patata.

“Las patatas vinieron de América”, le dije a mi madre a la hora de comer, cuando me puso el plato delante.

“¡Qué iban a venir de América! Siempre ha habido patatas”, sentenció ella.

“No, antes se comían castañas. Y también vino de América el maíz”. Era la primera vez que tenía clara la sensación de que gracias al maestro yo sabía cosas importantes de nuestro mundo que ellos, mis padres, desconocían.

Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos. Las arañas de agua inventaban el submarino. Las hormigas cuidaban de un ganado que daba leche y azúcar y cultivaban setas. Había un pájaro en Australia que pintaba su nido de colores con una especie de óleo que fabricaba con pigmentos vegetales. Nunca me olvidaré. Se llamaba el tilonorrinco. El macho colocaba una orquídea en el nuevo nido para atraer a la hembra.

Tal era mi interés que me convertí en el suministrador de bichos de don Gregorio y él me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y festivos que pasaba por mi casa e íbamos juntos de excursión. Recorríamos las orillas del río, las gándaras[12], el bosque y subíamos al monte Sinaí. Cada uno de esos viajes era para mí como una ruta del descubrimiento. Volvíamos siempre con un tesoro. Una mantis. Un caballito del diablo. Un ciervo volante. Y cada vez una mariposa distinta, aunque yo sólo recuerdo el nombre de una a la que el maestro llamó Iris, y que brillaba hermosísima posada en el barro o el estiércol.

Al regreso, cantábamos por los caminos como dos viejos compañeros. Los lunes, en la escuela, el maestro decía: “Y ahora vamos a hablar de los bichos de Pardal”.

Para mis padres, estas atenciones del maestro eran un honor. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos: “No hace falta, señora, yo ya voy comido”, insistía don Gregorio. Pero a la vuelta decía: “Gracias, señora, exquisita la merienda”.

“Estoy segura de que pasa necesidades”, decía mi madre por la noche.

“Los maestros no ganan lo que tendrían que ganar”, sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. “Ellos son las luces de la República”.

“¡La República, la República! ¡Ya veremos adónde va a parar la República!”.

Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia. Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero a veces los sorprendía.

“¿Qué tienes tú contra Azaña? Eso es cosa del cura, que os anda calentando la cabeza”.

“Yo voy a misa a rezar”, decía mi madre. “Tú sí, pero el cura no”.

Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría tomarle las medidas para un traje.

“¿Un traje?”.

“Don Gregorio, no lo tome a mal. Quisiera tener una atención con usted. Y yo lo que sé hacer son trajes”.

El maestro miró alrededor con desconcierto.

“Es mi oficio”, dijo mi padre con una sonrisa.

“Respeto mucho los oficios”, dijo por fin el maestro.

Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año, y lo llevaba también aquel día de julio de 1936, cuando se cruzó conmigo en la Alameda, camino del ayuntamiento.

“¿Qué hay, Pardal? A ver si este año por fin podemos verle la lengua a las mariposas”.

Algo extraño estaba sucediendo. Todo el mundo parecía tener prisa, pero no se movía. Los que miraban hacia delante, se daban la vuelta. Los que miraban para la derecha, giraban hacia la izquierda. Cordeiro, el recogedor de basura y hojas secas, estaba sentado en un banco, cerca del palco de la música. Yo nunca había visto a Cordeiro sentado en un banco. Miró hacia arriba, con la mano de visera. Cuando Cordeiro miraba así y callaban los pájaros, era que se avecinaba una tormenta.

Oí el estruendo de una moto solitaria. Era un guardia con una bandera sujeta en el asiento de atrás. Pasó delante del ayuntamiento y miró para los hombres que conversaban inquietos en el porche. Gritó: “¡Arriba España!”. Y arrancó de nuevo la moto dejando atrás una estela de explosiones.

Las madres empezaron a llamar a sus hijos. En casa, parecía que la abuela se hubiese muerto otra vez. Mi padre amontonaba colillas en el cenicero y mi madre lloraba y hacía cosas sin sentido, como abrir el grifo de agua y lavar los platos limpios y guardar los sucios.

Llamaron a la puerta y mis padres miraron el pomo con desazón. Era Amelia, la vecina, que trabajaba en casa de Suárez, el indiano.

“¿Sabéis lo que está pasando? En Coruña, los militares han declarado el estado de guerra. Están disparando contra el Gobierno Civil”.

“¡Santo Cielo!”, se persignó mi madre.

“Y aquí”, continuó Amelia en voz baja, como si las paredes oyesen, “dicen que el alcalde llamó al capitán de carabineros, pero que éste mandó decir que estaba enfermo”.

Al día siguiente no me dejaron salir a la calle. Yo miraba por la ventana y todos los que pasaban me parecían sombras encogidas, como si de repente hubiese llegado el invierno y el viento arrastrase a los gorriones de la Alameda como hojas secas.

Llegaron tropas de la capital y ocuparon el ayuntamiento. Mamá salió para ir a misa, y volvió pálida y entristecida, como si hubiese envejecido en media hora.

“Están pasando cosas terribles, Ramón”, oí que le decía, entre sollozos, a mi padre. También él había envejecido. Peor aún. Parecía que hubiese perdido toda voluntad. Se había desfondado en un sillón y no se movía. No hablaba. No quería comer.

“Hay que quemar las cosas que te comprometan, Ramón. Los periódicos, los libros. Todo”.

Fue mi madre la que tomó la iniciativa durante aquellos días. Una mañana hizo que mi padre se arreglara bien y lo llevó con ella a misa. Cuando regresaron, me dijo: “Venga, Moncho, vas a venir con nosotros a la Alameda”. Me trajo la ropa de fiesta y mientras me ayudaba a anudar la corbata, me dijo con voz muy grave: “Recuerda esto, Moncho. Papá no era republicano. Papá no era amigo del alcalde. Papá no hablaba mal de los curas. Y otra cosa muy importante, Moncho. Papá no le regaló un traje al maestro”.

“Sí que se lo regaló”.

“No, Moncho. No se lo regaló. ¿Has entendido bien? ¡No se lo regaló!”.

“No, mamá, no se lo regaló”.

Había mucha gente en la Alameda, toda con ropa de domingo. También habían bajado algunos grupos de las aldeas, mujeres enlutadas, paisanos viejos con chaleco y sombrero, niños con aire asustado, precedidos por algunos hombres con camisa azul y pistola al cinto. Dos filas de soldados abrían un pasillo desde la escalinata del ayuntamiento hasta unos camiones con remolque entoldado, como los que se usaban para transportar el ganado en la feria grande. Pero en la Alameda no había el bullicio de las ferias, sino un silencio grave, de Semana Santa. La gente no se saludaba. Ni siquiera parecían reconocerse los unos a los otros. Toda la atención estaba puesta en la fachada del ayuntamiento.

Un guardia entreabrió la puerta y recorrió el gentío con la mirada. Luego abrió del todo e hizo un gesto con el brazo. De la boca oscura del edificio, escoltados por otros guardias, salieron los detenidos. Iban atados de pies y manos, en silente cordada. De algunos no sabía el nombre, pero conocía todos aquellos rostros. El alcalde, los de los sindicatos, el bibliotecario del ateneo Resplandor Obrero, Charli, el vocalista de la Orquesta Sol y Vida, el cantero al que llamaban Hércules, padre de Dombodán… Y al final de la cordada, chepudo y feo como un sapo, el maestro.

Se escucharon algunas órdenes y gritos aislados que resonaron en la Alameda como petardos. Poco a poco, de la multitud fue saliendo un murmullo que acabó imitando aquellos insultos.

“¡Traidores! ¡Criminales! ¡Rojos!”.

“Grita tú también, Ramón, por lo que más quieras, ¡grita!”. Mi madre llevaba a papá cogido del brazo, como si lo sujetase con todas sus fuerzas para que no desfalleciera. “¡Que vean que gritas, Ramón, que vean que gritas!”.

Y entonces oí cómo mi padre decía: “¡Traidores!” con un hilo de voz. Y luego, cada vez más fuerte, “¡Criminales! ¡Rojos!”. Soltó del brazo a mi madre y se acercó más a la fila de los soldados, con la mirada enfurecida hacia el maestro. “¡Asesino! ¡Anarquista! ¡Comeniños!”.

Ahora mamá trataba de retenerlo y le tiró de la chaqueta discretamente. Pero él estaba fuera de sí. “¡Cabrón! ¡Hijo de mala madre!”. Nunca le había oído llamar eso a nadie, ni siquiera al árbitro en el campo de fútbol. “Su madre no tiene la culpa, ¿eh, Moncho?, recuerda eso”. Pero ahora se volvía hacia mí enloquecido y me empujaba con la mirada, los ojos llenos de lágrimas y sangre. “¡Grítale tú también, Monchiño, grítale tú también!”.

Cuando los camiones arrancaron, cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrieron detrás, tirando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la Alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: “¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!”.

(Manuel Rivas, ¿Qué me quieres, amor?, Nueva Narrativa, RBA, 1999, págs. 15-29. Traducción del gallego de Dolores Vilavedra)


[1] En gallego, gorrión. (N. de la T.)

[2] jeada o gheada, fenómeno fonético de la lengua gallega que consiste en la articulación de la g fricativa u oclusiva velar sonora como una fricativa velar sorda similar a la j castellana.

[3] En castellano en el original. (N. de la T.)

[4] Abd el Krim (1882 o1883-1963) fue un político y líder militar marroquí que encabezó la resistencia contra las administraciones coloniales de España y Francia durante la guerra del Rif (1911-1927).

[5] Personaje del folclore infantil español con el que se asusta a los niños.

[6] meos (vulg , reg), “meados, orines”.

[7] vieira, molusco comestible muy común en los mares de Galicia cuya concha es la insignia de los peregrinos de Santiago.

[8] serón, especie de espuerta o cesta de esparto u otros materiales, generalmente sin asas, que sirve para llevar carga por los caminos.

[9] picadura, tabaco picado para fumar.

[10] indiano, dicho de un español: Que emigró a América en busca de fortuna y volvió rico.

[11] Lugar emblemático de la provincia de Pontevedra en el que durante la guerra de Independencia las tropas gallegas derrotaron a las francesas, mandadas por el mariscal Ney. (N. de la T.)

[12] gándara, tierra baja, inculta y llena de maleza.

Imagen de La lengua de las mariposas

¿Qué me quieres, amor? es una colección de dieciséis relatos del escritor y periodista gallego Manuel Rivas. La obra, publicada en 1995, ganó diversos premios, entre los que destacan el Premio Torrente Ballester (1995) y el Premio Nacional de Narrativa (1996). Escrito en gallego, el título está tomado de un verso del trovador gallego (de finales del siglo XIII y comienzos del XIV) Fernando Esquío. 

El gran misterio de las relaciones humanas es el hilo conductor de ¿Qué me quieres, amor?. Relatos duros. Algunos con una dureza extrema, encaramados al dolor y a la soledad, pero donde emergen la ternura y el humor como los mejores amuletos y las posibles salvaciones de los males del mundo actual. Un viajante, vendedor de lencería, espera ansioso la reaparición de su hijo, y recibe la milagrosa ayuda de un héroe del rock. El misterio de la luz de un cuadro, La lechera de Vermeer, devuelve a un escritor al regazo de su madre. Un niño tiene su mejor aliado y amigo en un televisor portátil. Un joven saxofonista encuentra el don de la música en la mirada de una chica, en una verbena popular invadida por la niebla. "La lengua de las mariposas", el relato más conocido de los que recoge este volumen, en el que la amistad fraternal entre un escolar y un maestro librepensador, afianzada por la mutua curiosidad por la vida de los animales, queda destruida por la brutalidad de los hechos acaecidos en el verano de 1936.

Este relato -junto a "Un saxo en la noche" y "Carmiña"- dio origen al guion de Rafael Azcona para la película del mismo nombre dirigida por José Luis Cuerda y estrenada en 1998. 

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Del mismo autor puedes leer en este blog:
-Un fragmento del artículo "La resistencia erótica de las bibliotecas": AQUÍ.
-Un fragmento de su libro Las voces bajas: AQUÍ.
-Tres poemas: AQUÍ.