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jueves, 15 de abril de 2021

"Cementerio alemán", un relato de Javier Morales


Cementerio alemán de Cuacos de Yuste, Cáceres. (wikipedia)


 Cementerio alemán


                                                                                                                                       "Respeto y humildad para los muertos, mas,
                                                                                                               no, nunca jamás, para la muerte". (2008)
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                ÁLVARO VALVERDE
                                                                                                                                                             Regreso al cementerio alemán


EL 28 DE MARZO DE 1943 un escuadrón británico de la base aérea de Gibraltar avistó y hundió cerca del Peñón de Ifach al submarino alemán U-77, uno de los que más daño había causado a los barcos aliados que navegaban por el Mediterráneo para abastecer a las tropas instaladas en África. De los cuarenta y cinco tripulantes del sumergible, murieron treinta y seis. El resto logró sobrevivir gracias al auxilio prestado por unos marineros calpianos. A los fallecidos los enterraron en Altea y Alicante y en 1983, junto a los restos de otros soldados alemanes de la Primera y la Segunda Guerra Mundial desperdigados por España, los trasladaron al cementerio de Yuste, en Cáceres. Fue allí donde vi por primera vez a Paul Kirkwood.

EL DÍA DE MI ENCUENTRO con Kirkwood, mi padre estaba de un humor de perros. De madrugada, cuando se levantó para mirar al cielo, empezó a gritar y a maldecir su suerte en la vida. Despertó a toda la familia. Por suerte para ellos, mis dos hermanos mayores se habían ido ya a trabajar a la central nuclear de Almaraz y, como siempre, mi padre acabó discutiendo con mi madre, como si ella fuera la culpable del mal tiempo. Aproveché para leer un rato antes de ir a clase. Cuando regresé del instituto, mi padre dormía la mona en un banco de madera que teníamos en la cocina. Mi madre veía la televisión. Tenía los ojos enrojecidos. No me hizo falta preguntar por qué. Se ofreció a servirme el almuerzo, pero le dije que no. Comí a toda velocidad, me calcé las botas de goma, guardé dos libros en uno de los bolsillos interiores del impermeable  y salí de nuevo a la calle, en dirección al cementerio alemán. Solía refugiarme allí cuando quería estar solo.
     Aún llovía con saña. Me sorprende que la gente deteste los días lluviosos. A mí me salvaban la vida. Un cielo crispado, amenazador, era mi pasaporte, el salvoconducto para disfrutar de mi tiempo libre. Me sentía un poco culpable por esos momentos de felicidad, a fin de cuentas vivíamos del campo, sobre todo de la cereza, pero el remordimiento cesaba en cuanto salía del pueblo.
     Empecé a caminar. La cabeza escondida en la capucha no solo me protegía de la lluvia, también de las miradas untuosas de los vecinos. Cabizbajo, mi mundo se reducía a lo que veían los pies. Las calles empedradas, las vigas de madera que sujetaban las casas de adobe, una fuente, el porche de la iglesia, un sendero de tierra, el paso de un pequeño puente que cruza una cascada, una trocha que asciende en una loma, más gargantas, con la piedra pulida por la erosión de años, la carretera sinuosa que se abre en la montaña abancalada, el muro del monasterio de Yuste.
    El agua emborronaba las letras grabadas en la lápida de bronce de la entrada del cementerio: "Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad". Me gustaba pasear entre las tumbas, alineadas, como en un último desfile, manchas grises en un campo sesgado en terrazas de olivos, vides y cerezos. Casi me sabía de memoria el nombre de los soldados: Hermann Lange, Otto Meyer, Heinz Ernest, Friedrich Ludders, Otto Schüssler, Sigfried Lorenz, Paul Neumann... Me estremecía al leer la edad de los muertos, con apenas unos años más que yo cuando perdieron la vida.
     El cementerio casi nunca recibía visitantes, pero esa tarde, sin embargo, había alguien más. Desde el parterre de la entrada vi a un joven entre las tumbas. Bajé las escaleras hasta el porche de piedra. Le observé. El joven parecía varado en la tumba de Otto Hartmann, el comandante del U-77 hundido por una escuadrilla de pilotos británicos. Llevaba una mochila pequeña y un impermeable verde, grueso, como el que usan los ganaderos y los pescadores. Me extrañó que no se hubiera puesto la capucha, el agua le resbalaba por la melena y daba a su cabeza un aspecto de medusa.
     Mientras esperaba a que el joven se marchara, decidí cambiar de planes. Leer primero y pasear después. Me senté en uno de los muros del porche y me recosté en una columna. Uno de los libros que llevaba en el bolsillo me lo había regalado mi profesora de Literatura. Cuando me entregó el paquete después de clase, me quedé atónito. Me emocionó que se hubiera acordado de mi cumpleaños. En mi casa no se estilaban los regalos, para mi padre eran algo superfluo e innecesario. Rasgué el papel y leí el título, Una oculta razón, de Álvaro Valverde. Tiene un poema dedicado al cementerio alemán, me dijo la profesora, mientras revolvía mi pelo con la mano. A mi profesora le había enseñado algunos de mis ripios, inspirados en la lectura de una antología de los cincuenta que habíamos analizado en clase. Un libro que cambió mi vida. Si echo la vista atrás, compruebo que siempre ha habido un libro acompañando las decisiones importantes que he tomado, las que me han transformado como ser humano. Con los poetas de los cincuenta, los Brines, Rodríguez, Hierro y compañía, no solo aprendí a leer poesía, también a escribirla. Abrí el libro por el poema Cementerio alemán. Yuste. Con el mismo ritual de los últimos meses, lo leí en voz alta, mi voz amortiguada por la lluvia incesante:

Tiene la muerte una medida exacta.
En línea, los túmulos recuerdan
los nombres y las fechas de los héroes.
La edad ignora cuándo
podría haber llegado el dulce fruto
final de la derrota. 
Nada  preserva, en cambio, la memoria
de aquellos que cayeron en combate.
Sus rostros son anónimos. Sus vidas,
hermosas y lejanas como el sueño
que habita las ciudades que dejaron.  
 
Nos trae a este lugar una costumbre
de  ausencia y de sosiego.
Hacia el sur, bajo el muro,
duermen  viñas caídas
y a la sombra sin sombra de los viejos olivos
el silencio es solemne.
Con las últimas luces, la mirada se pierde,
luminosa de eterno. 
 
    Cuando terminé, lo guardé de nuevo en el bolsillo interior del impermeable. El joven seguía en el mismo sitio. Ahora formaba parte del paisaje, el verde del chubasquero parecía haberse fundido con la masa boscosa que se veía al otro lado del valle. Saqué la novela que tenía entre manos, La metamorfosis. Era de mi hermano mayor. Me había prohibido que le cogiera las cosas de la estantería sin su permiso, pero estaba seguro de que no se daría cuenta. Inmerso en la historia de Gregor Samsa, casi convertido yo mismo en un insecto, no oí los pasos del joven.
      -Die Verwandlung -dijo una voz cavernosa.
      Por un momento pensé que uno de los soldados alemanes había resucitado.
      -¿Qué? -pregunté, como si me acabara de despertar.
   -Perdona que te haya asustado -dijo, mientras sacaba de la mochila un ejemplar ajado de La metamorfosis, en alemán-. Cuando me acercaba he visto que leemos el mismo libro y me ha hecho gracia. Me llamo Paul, Paul Kirkwood.
     Su español era casi perfecto, con un leve acento extranjero que no supe ubicar.
     -¿Eres alemán?
     -No -rió-. De Belfast. Irlanda del Norte.
   Era la primera vez que hablaba con alguien de otro país y sentí una mezcla de intimidación y curiosidad. Me levanté. Paul era un poco más alto que yo. Sus facciones me resultaban familiares, la cara redonda, la mirada apacible, con un poso de ingenuidad que contrastaba con su voz. Su cara me sonaba, no sabía de qué. Le había visto antes, pero no en la vida real, sino en la televisión, de eso me di cuenta después. Aunque Paul era rubio, me recordó a Ed, el nativo americano de Doctor en Alaska, una serie a la que me había enganchado. Me preguntó si solía ir al cementerio a leer. Le dije que sí.
    -Es un lugar idóneo. Este silencio -dijo, pero no terminó la frase, sino que giró la cabeza y con la mano abarcó las tumbas, lo que había más allá de la cortina de agua.
     Nos sentamos en el poyo y estuvimos unos minutos sin hablar, hechizados por el sonido monocorde de la lluvia. Le dije que era raro que no le hubiera visto antes en el pueblo, que nadie hubiera hablado de él. 
     -Solo llevo un día aquí. Aún no ha dado tiempo para los chismes -dijo, entre risas-. Además, me alojo en el hotel rural. Casi no he salido de allí.
    Me llamó la atención el vocabulario tan preciso que utilizaba. De no ser por su aspecto y el deje extranjero de su acento, habría pensado que era español. Me contó que había pasado temporadas en varios países y aparte del castellano hablaba con fluidez alemán, francés e italiano. Le pregunté por Irlanda del Norte. De Belfast yo apenas sabía nada. Asociaba el nombre al terrorismo y al IRA, a los atentados de los que cada cierto tiempo daban cuenta en la televisión. En clase de inglés habíamos visto hacía poco Agenda oculta, de Ken Loach, pero al final tenía la duda de si los irlandeses del IRA eran buenos o malos. Paul se rio.
     -¿Matar a alguien es bueno o malo?
     -Malo, claro, pero si lo haces en nombre de una causa, para defenderte, está justificado, ¿no? ¿Cómo habríamos derrotado a los nazis sin un ejército?
     -Suponiendo que sea lícito el uso de la violencia en algunas situaciones, como la que dices, creo que el punto débil de tu argumento es cómo definir qué causa es la justa, por qué merece la pena matar a alguien y si tenemos derecho a hacerlo.
     Me quedé un rato pensando.
     -¿Qué tal la vida en el pueblo? ¿Estás contento? -Paul cambió de tema.
     Fruncí el ceño. Le dije que no. Cuando terminara el instituto al año siguiente, iría a la Universidad. Paul me contó que había estudiado Económicas, pero no quería trabajar en ninguna empresa y la única opción laboral que le quedaba era dar clase en un instituto, algo que detestaba.
     -No soporto a los adolescentes -dijo.
     Al ver la expresión de mi cara, al fin y al cabo yo tenía dieciséis años, añadió.
     -Como alumnos, claro -posó su mano en la mía durante unos segundos.
     Le pregunté por su viaje a España. Había decidido tomarse un año sabático para escribir un libro, una novela, y pensaba que la visita al cementerio alemán podía servirle de inspiración. Quise saber por qué y observé que a Paul le cambió el gesto. Le temblaban los labios o eso me pareció. Temí que le hubiera sentado mal la pregunta. Había dejado de llover y su silencio era rotundo, más tenso. Yo le miraba, expectante.
     -Déjame que lo piense -dijo al fin-. Es una especie de superstición. Puede parecerte raro, pero no me gusta hablar de lo que estoy escribiendo. Creo que si lo hago, de alguna manera modificaré el resultado, como una teoría de la física cuántica, que el observador altera lo observado a escala atómica.
     Era la primera vez que hablaba con un escritor, cara a cara, y me sentí orgulloso, importante. Aunque no entendía muy bien su reparo a hablar de su libro ni sus explicaciones, me halagaba que compartiera esa intimidad conmigo, con un desconocido. Pensé que Paul era alguien con quien podía conectar, que hablábamos el mismo idioma, aunque viviésemos en países distintos y en realidades diferentes. Era un sentimiento nuevo y excitante.

CUANDO SALIMOS del cementerio, me propuso que fuéramos a tomar algo. Le dije que sí sin dudarlo, no deseaba que el día terminara nunca. Como era viernes, podía regresar más tarde, no me importaba que a la mañana siguiente tuviera que levantarme de madrugada para ir a la finca.
     -Mientras regresábamos al pueblo, apenas hablamos. Después de desahogarse durante todo el día, las nubes flotaban ahora con mansedumbre entre los últimos rayos de sol, los charcos espejeaban a nuestro paso. Paul me preguntó si conocía algún lugar para cenar. No era un hábito que tuviéramos en mi casa, nunca salíamos excepto en las bodas o comuniones. Ni siquiera lo hacían mis hermanos mayores, que podían permitírselo y habían visto algo de mundo. Me daba vergüenza que Paul pensara de mí que era un paleto, pero le dije la verdad, que no se me ocurría ningún sitio, salvo el bar "Los leones". Lo descarté porque mi padre estaría chateando allí en ese momento con sus amigos y no quería encontrarme con él, menos si iba con Paul.
     -Te comprendo -dijo.
     No sabía a qué se refería, pero no quise indagar.
    -Si te parece bien, podemos ir a mi hotel. Allí no nos verá nadie -dijo, como si de pronto nuestro encuentro se hubiera convertido en algo clandestino, una idea que aportaba una nueva dimensión del momento.

EL HOTEL ESTABA al otro lado del pueblo, se accedía a través de un camino de tierra. Bajo la techumbre de los robles y castaños, el cielo adquirió un tono ceniciento. Apenas llevaba  abierto un año y casi todo el mundo, incluidos mis padres y mis hermanos, hablaban mal de él, con desconfianza, lo veían como una amenaza a su forma de vida secular, dedicada a la agricultura y la ganadería. Con el paso de los años, cualquiera que tuviera una casa vieja aprovecharía la oportunidad de las subvenciones para convertirla en alojamiento rural, pero en aquella época la llegada de los visitantes aún se percibía como una novedad inquietante.
    Cuando llegamos no se veía a nadie. Nos adentramos en el vestíbulo y subimos un tramo de las
El submarino U-77 sumergiéndose. (guerra-abierta.blogspot.com)
escaleras que llevaban a las habitaciones. La oscuridad impregnaba nuestra presencia allí de un barniz clandestino, prohibido.
     -Hola -gritó Paul varias veces, hasta que de una puerta enorme y pesada salió un hombre joven, de unos treinta años.
     Supuse que era el dueño de la casa. Paul le preguntó si podíamos cenar algo y el hombre nos llevó al comedor. Estaba cerrado, también a oscuras. El hombre nos trajo la carta y  nos señaló los platos que podíamos pedir y los que no. Me sorprendió saber que Paul era vegetariano. Me parecía algo exótico, como casi todo lo que iba conociendo de él. Cuando terminamos de cenar, subimos a su habitación. Había dos camas y me senté en una de ellas. Me sentía cohibido por estar con alguien a quien acababa de conocer en un lugar tan íntimo, y tomé una de las revistas que había en la mesita de noche. Paul empezó a pasear de un lado a otro, parecía inquieto. Yo le observaba con el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, por fin se tumbó en la otra cama y empezó a hablar, al principio con una voz temblorosa.
     Me contó que su abuelo estaba destinado en la base de Gibraltar cuando los dos cazas de la RAF hundieron el U-77. Al parecer, el talón de Aquiles de estos temibles submarinos era su escasa autonomía. Cada cierto tiempo debían emerger para recargar la batería del motor eléctrico, un momento que podían aprovechar los aviones enemigos para hundirlo, como así ocurrió. Aunque el abuelo de Paul no participó directamente en el ataque, que con el tiempo adquiriría tintes heroicos, su paso por la guerra no era algo de lo que se sintiera orgulloso. Sus abuelos hablaban poco de esos años. En realidad, me dijo Paul, la vida de sus abuelos era casi un secreto para sus hijos y para sus nietos, no porque tuvieran algo que ocultar, sino porque apenas le daban importancia, se vive, sin más, decían, se asumen las luces y las sombras, no hay necesidad de hablar, ni siquiera de episodios tan dolorosos como la guerra, en la que sus abuelos se habían enfrentado de cara a la muerte. Cuando Paul descubrió por azar que había un cementerio alemán en el que estaban enterrados los soldados del U-77, quiso visitarlo.
     -Mi abuelo había muerto años atrás y ya no podía compartir la noticia con él. Pero a medida que pensaba en el cementerio, en su significado, de algún modo empecé a desentrañar también la vida de mi abuelo, a entender qué fue lo que lo atormentó durante tantos años, aunque se negase a hablar de ello. ¿Qué habría sido de los jóvenes si el conflicto bélico no se los hubiera llevado por delante? Estoy seguro de que mi abuelo se lo había preguntado decenas de veces. Y en parte para honrar su memoria, decidí escribir una historia inventada de cada uno de los soldados muertos, pequeñas biografía imaginadas, como si la vida les hubiera otorgado una segunda oportunidad.

ME QUEDÉ DORMIDO pensando en la historia que me había contado Paul y cuando desperté era de día. La luz arañaba los cristales de las ventanas. Me había dormido con la ropa puesta. Me giré y vi el cuerpo de Paul en la otra cama, bajo la sábana. Me levanté con cuidado. La vivienda estaba a oscuras y tuve que bajar con sigilo para no despertar a los dueños. Me costó abrir el portón de madera. La casa se encontraba a pocos metros de un riachuelo y a esa hora se oía el palpitar del agua, parecido al de mi corazón cuando eché a correr para llegar a casa.

PIENSO EN AQUEL DÍA, el de mi encuentro con Paul. Medio pueblo andaba buscándome. Se habían llevado a mi padre al hospital. Nunca más volvería a verlo con vida. Tampoco vi más a Paul. Justo ahora estoy sentado en el mismo lugar en el que conversamos durante horas, guarecidos de la lluvia. Esta mañana las tumbas reflejan la luz de un sol primaveral, como si estuvieran enviando un mensaje al cielo. Como antaño, voy a aprovechar el silencio de los muertos para abrir un libro y leer. The other lives, by Paul Kirkwood. Las otras vidas. Las de Hermann Lange, Otto Meyer, Heinz Ernest, Friedrich Ludders, Otto Schüssler, Sigfried Lorenz, Paul Neumann. Aunque a través de otros, quiero pensar que de alguna manera su novela habla también de mi propia vida, la que vino después. Tal como quería, dejé el pueblo para estudiar en la Universidad. Aprobé unas oposiciones y ahora enseño Lengua y Literatura castellana en un instituto de la periferia de Barcelona. Tengo la misma edad que Paul cuando nos conocimos, pero no se me da mal el trato con los adolescentes, incluso me gusta. Y dentro de poco publicaré mi primer libro de poemas, en el que aún resuena el eco de los versos que leí tantas veces en el cementerio alemán. 

(Javier Morales, La moneda de Carver, Madrid, Reino de Cordelia, 2020, pp. 31-43)

Javier Morales. (elperiodicodeextremdurura.com)

Javier Morales
(Plasencia, España, 1968) es escritor, periodista y profesor de escritura en varios centros y universidades. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense (UCM) de Madrid, ciudad en la que reside actualmente. Prepara una tesis doctoral sobre el escritor y crítico de arte John Berger.  Ha publicado los libros de relatos La despedida, Lisboa, Ocho cuentos y medio y La moneda de Carver, las novelas Pequeñas biografías por encargo  y Trabajar cansa, y el ensayo autobiográfico El día que dejé de comer animales.

Ha colaborado con los principales medios de comunicación españoles, como reportero y como periodista literario: El País, El Mundo, EFE, Quimera, Leer, entre otros. Desde hace años mantiene una columna semanal sobre libros, Área de Descanso, en El Asombrario, revista cultural asociada al diario Público.es. Ha recogido sus artículos en un libro con el mismo título, Área de Descanso. Diario de lecturas.

Con un lenguaje conciso y eficaz, los ocho relatos que componen La moneda de Carver se centran en la infancia en el mundo rural, el paso a la edad adulta, la búsqueda de la felicidad, las respuestas  que el arte puede ofrecer a las grandes preguntas o la vida malograda de algunos escritores como Raymond Carver.    

domingo, 11 de abril de 2021

Dos poemas de Antonio Martínez Sarrión

Acacia blanca


PRECAUCIONES

Abril, abril ¿y tu jinete bello?
¡Mi pobre amor, mi pobre amor, abril!
Jorge Guillén

Sucede cualquier día
que las acacias
tienen mil hojas nuevas
y los enamorados
se abrazan más furtivos o más locos.
                                                             Sucede
que notamos,
mi antiguo amor,
muchacha ya no mía,
que otro milagro no está descartado,
que abril ha licenciado a la tristeza,
que a ratos nos miramos como entonces,
que el aire está más claro
cuando viajas a mí,
aun ocultando tu billete de vuelta.

De Muescas del tiempo oscuro, 2010

 
EL CINE DE LOS SÁBADOS

                                                       a ramón moix

maravillas del cine galerías
de luz parpadeante entre silbidos
niños con sus mamás que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
por alcanzar los frutos más dorados
ivonne de carlo baila en scherezade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años marilyn
ríos de la memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros

De Teatro de operaciones, 1967


Antonio Martínez Sarrión. (elcultural.com)

 Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) es un poeta, ensayista y traductor de la generación del 68. Junto a Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, José María Álvarez, Manuel Vázquez Montalbán, Leopoldo María Panero, Ana María Moix, Félix de Azúa y Vicente Molina Foix, fue incluido por Josep Maria Castellet en su célebre antología Nueve novísimos poetas españoles (1970). 

Estudió bachillerato en Albacete y se licenció en Derecho por la Universidad de Murcia en 1961. Dos años más tarde, marchó a Madrid, donde trabajó como funcionario público en la Administración Central hasta 1992, fecha a partir de la cual se dedicó exclusivamente a tareas literarias. Entre 1974 y 1976 codirigió, con Jesús Munárriz y José Esteban, 'La Ilustración Poética Española e Iberoamericana', revista de poesía de la que aparecieron doce números.

Es un excelente traductor del francés. A él debemos una de las mejores versiones en castellano de Las flores del mal, de Baudelaire. Ha traducido también a Victor Hugo -su versión de Lo que dice la boca de sombra y otros poemas mereció el Premio Stendhal de traducción en 1990-, así como a Chamfort, Genet y Rimbaud. Es autor de dietarios y de tres volúmenes autobiográficos: Infancia y corrupciones, Una juventud y Jazz y días de lluvia.

En cuanto a su poesía,  Héctor Acebo Bello -siguiendo a Prieto de Paula- distingue dos etapas en la poesía de Martínez Sarrión. Al primer periodo -el experimental, el novísimo- pertenecen las siguientes obras: Teatro de operaciones (1967), Muescas del tiempo oscuro (2010), colección de poemas compuestos de forma paralela a su primer libro; Pautas para conjurados (1970); Ocho elegías con pie en versos antiguos (1972); Una tromba mortal para los balleneros (1975) y Canción triste para una parva de heterodoxos (1976). En su segunda etapa, de madurez, conecta más con la tradición. Pertenecen a esta etapa El centro inaccesible (1981), Horizonte desde la rada (1983), De acedía (1986), Ejercicio sobre Rilke (1990), Cantil (1995), Cordura (1999), Poeta en Diwan (2004) y Farol de Saturno (2011). 

Señala Pietro de Paula que la estética de Martínez Sarrión nace de un pacto entre modernidad y tradición, entre hermetismo y realidad extrapoética. El primero de los dos polos, la modernidad, aparece con más intensidad en la primera etapa; mientras que la tradición predomina en la segunda. Sin embargo, ciertos rasgos de la primera perduran en la segunda, y algunos de la etapa de madurez ya estaban presentes en su poesía juvenil.

Su primer libro, explica Prieto de Paula, presenta "una serie de estampas relativas a su educación sentimental, en torno a ciertas notas de época y con un lenguaje formado mediante pinceladas sueltas y sin apenas conectores gramaticales". En los libros estrictamente generacionales -Pauta para conjurados y Una tromba mortal para los balleneros- según Prieto de Paula, encontramos "un recuento de los temas, iconos y mitos  sesentayochistas (cultura cinematográfica, drogas, música, irracionalismo surrealista...) " junto a una "constatación de la muerte de aquellos mitos y de la inexistencia de cualquier posible paraíso".

En su segunda etapa, su expresión poética tiende hacia una mayor transparencia, que -en opinión de Prieto de Paula- en Horizonte desde la rada y De acedía, muestra las dos facetas anímicas que marcan esa etapa vital: complacencia y acidez; mientras que en Ejercicio sobre Rilke la síntesis entre cultura y vida alcanza su mejor momento. Cantil es para Prieto de Paula  un paréntesis en su evolución por su densidad culturalista, y en sus últimos libros, de lenguaje más llano, sin apenas ornamentos, encontramos un compendio de temas, actitudes y referencias culturales aplicados a la reflexión sobre la vejez.

Los poemas elegidos ilustran lo dicho sobre el pacto entre modernidad y tradición. Encabezado por una cita de Juan Ramón Jimenez que el autor atribuye erróneamente a Jorge Guillén, como observa certeramente Héctor Acebo Bello, el primer poema trata "sobre el rescoldo amoroso que queda entre el yo lírico y su exnovia".  En el comienzo de la primavera, en el mes de abril, mes muy presente en la tradición lírica y, a menudo, cargado de connotaciones eróticas, el nacimiento de nuevas hojas en las acacias y la actitud de los enamorados  hacen concebir esperanzas al yo lírico de que también se produzca otro milagro: el renacimiento de su antiguo amor. 

En el segundo poema evoca la importancia del cine   en su educación sentimental mediante la yuxtaposición de frases, eliminando cualquier toque de nostalgia. Las referencias al cine y a los mitos eróticos de la época -Ivonne de Carlo y Marilyn Monroe-, junto a la yuxtaposición o la ausencia de mayúsculas son rasgos que comparte la poesía experimental y culturalista de los novísimos. Pero junto a ello encontramos la presencia de la triste realidad de la España de la época, que contrasta con los sueños, las "maravillas" vistas en la pantalla.

´De izquierda a derecha: Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, Ana M. Moix,
Vicente Molina Foix, Félix de Azúa, José María Álvarez, Josep M. Castellet,
Manuel Vázquez Montalbán y Antonio Martínez Sarrión, en 2007, en Barcelona.
Foto: Quique García


REFERENCIAS:
-Acebo Bello, Héctor: "La ambigüedad en la metáfora de Antonio Martínez Sarrión", en Moenia 24 (2018), pp. 253-281.
-Prieto de Paula, Á. L. : "Introducción". En  Martínez Sarrión, A.: Última fe. Antología poética 1965-1999,  Cátedra, 2003, pp. 13-120.
-Prieto de Paula, Á. L. : "Semblanza crítica de Antonio Martínez Sarrión", en: http://www.cervantesvirtual.com/portales/antonio_martinez_sarrion/semblanza/?_ga=2.184104486.1011768616.1611942145-1706564628.1480336062

domingo, 4 de abril de 2021

Homenaje poético a don Francisco de Goya

Francisco de Goya, Autorretrato ante su
caballete (1785)


A Goya

Poderoso visionario,
raro ingenio temerario,
por ti enciendo mi incensario.

Por ti, cuya gran paleta, 
caprichosa, brusca, inquieta,
debe amar todo poeta;

por tus lóbregas visiones,
tus blancas irradiaciones,
tus negros y bermellones; 

por tus colores dantescos,
por tus majos pintorescos
y la gloria de tus frescos.

Porque entra en tu gran tesoro
el diestro que mata al toro,
la niña de rizos de oro,

y con el bravo torero,
el infante, el caballero,
la mantilla y el pandero.

Tu loca mano dibuja
la silueta de una bruja
que en la sombra se arrebuja,

y aprende una abracadabra
del diablo patas de cabra
que hace una mueca macabra.

Musa soberbia y confusa,
ángel, espectro, medusa.
Tal aparece tu musa.

Tu pincel asombra, hechiza,
ya en sus claros electriza,
ya en sus sombras sinfoniza;

con las manolas amables,
los reyes, los miserables,
o los cristos lamentables.

En tu claroscuro brilla
la luz muerta y amarilla
de la horrenda pesadilla,

o hace encender tu pincel
los rojos labios de miel
o la sangre del clavel.

Tienen ojos asesinos
en sus semblantes divinos
tus ángeles femeninos.

Tu caprichosa alegría
mezclaba la luz del día
con la noche oscura y fría:

Así es de ver y admirar
tu misteriosa y sin par
pintura crepuscular.

De lo que da testimonio:
por tus frescos, San Antonio;
por tus brujas, el demonio.

(Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza, 1905)

  
Francisco de Goya, Toro enmaromado (1793)
                    
               Goya

       La dulzura, el estupro,
       la risa, la violencia,
       la sonrisa, la sangre,
       el cadalso, la feria.
       Hay un diablo demente persiguiendo
       a cuchillo la luz y las tinieblas.

       De ti me guardo un ojo en el incendio.
       A ti te dentelleo la cabeza.
       Te hago crujir los húmeros. Te sorbo
       el caracol que te hurga en una oreja.
       A ti te entierro solamente
       en el barro las piernas.
                Una pierna.
                Otra pierna.
                                                             Golpea.

       ¡Huir!
       Pero quedarse para ver,
       para morirse sin morir.

¡Oh luz de enfermería!
Ruedo tuerto de la alegría.
Aspavientos de la agonía.
Cuando todo se cae
y en adefesio España se desvae
y una escoba se aleja.
                                                              Volar.
       El demonio, senos de vieja.
       Y el torero,
       Pedro Romero.
       Y el desangrado en amarillo,
       Pepe-Hillo.
       Y el anverso
       de la duquesa con reverso.
       Y la Borbón esperpenticia
       con su Borbón espertenticio.
       Y la pericia
       de la mano del Santo Oficio.
       Y el escarmiento
       del más espantajado
       fusilamiento.
       Y el repolludo
       cardenal narigado,
       narigudo.
       Y la puesta de sol en la Pradera.
       Y el embozado
       con su chistera.
       Y la gracia de la desgracia.
       Y la desgracia de la gracia.
       Y la poesía
       de la pintura clara
       y la sombría.
       Y el mascarón
       que se dispara
       para
       bailar en la procesión.

El mascarón, la muerte,
la Corte, la carencia,
el vómito, la ronda,
la hartura, el hambre negra,
el cornalón, el sueño,
la paz, la guerra.

¿De dónde vienes tú, gayumbo extraño, animal fino,
corniveleto,
rojo y zaíno?
¿De dónde vienes, funeral,
feto,
irreal
disparate real,
boceto,
alto
cobalto,
nube rosa,
arboleda,
seda umbrosa,
jubilosa
seda?

       Duendecitos. Soplones.
       Despacha, que despiertan.
       El sí pronuncian y la mano alargan
       al primero que llega.
       Ya es hora.

                             ¡Gaudeamus!
                                                           Buen viaje.

       Sueño de la mentira.

                                             Y un entierro
       que verdaderamente amedrenta al paisaje.

       Pintor.
       En tu inmortalidad llore la Gracia
       y sonría el Horror.

(Rafael Alberti, A la Pintura. Poema del color y la línea, 1948)


Francisco de Goya, Carlos IV en traje
de caza (1799)


Carlos IV

Bartolomé Zenarro, arcabucero
del Rey, esta magnífica escopeta
fabricó, y es tan fina y tan coqueta
como listo este perro perdiguero.

Riofrío, La Granja, El Pardo, los ardores
cinegéticos vieron y amorosos,
con que pasaron por aquí dichosos
los currutacos y los mirliflores.

Los ciervos y conejos cortesanos,
siempre al alcance de las reales manos,
acuden a batidas y encerronas.

Don Carlos cuarto los persigue y mata,
bonachón y feliz, cual lo retrata
el oro viejo de las peluconas*.

(Manuel Machado, Apolo. Teatro pictórico, 1911)

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*pelucona: moneda, onza de oro, y especialmente
cualquiera de las acuñadas con el busto de uno de
los reyes de la casa de Borbón, hasta Carlos IV inclusive.


Con esta selección de poemas, el blog de la biblioteca del IES Goya de Zaragoza quiere rendir homenaje a don Francisco de Goya en el 275 aniversario de su nacimiento, celebrado el pasado 30 de marzo.
 
 
 
Vídeo "Aragón, tierra de Goya" 
(Gobierno de Aragón y Diputación Provincial de Zaragoza)
 

Entrada relacionada: 

domingo, 28 de marzo de 2021

"Canción del emigrado" y otro poema de Adam Zagajewski


©Marcel Giró. (ndmagazine.net)


Canción del emigrado

En ciudades ajenas venimos al mundo
y las llamamos patria, mas breve es
el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres.
Caminamos de este a oeste, ante nosotros rueda
el gran aro del sol
ardiente, a través del cual, como en un circo
salta ágilmente un león domado. En ciudades extrañas
contemplamos las obras de viejos maestros
y, sin asombro, en añejos cuadros vemos
nuestros propios rostros. Habíamos existido
antes, e incluso conocíamos el sufrimiento,
nos faltaban tan solo las palabras. En la iglesia
ortodoxa de París los últimos rusos blancos,
encanecidos, rezan a Dios, varios lustros
más joven que ellos, y, como ellos, 
impotente. En ciudades ajenas
permaneceremos, como los árboles, como las piedras.

De Poemas escogidos, Pre-Textos, 2005. Traducción de
Elzbieta Bortkiewicz

Un poema chino

Leo un poema chino
escrito hace mil años.
El autor habla de la lluvia 
que cae toda la noche
sobre el techo de bambú de la barca,
y de la paz que finalmente
anidó en su corazón.
¿Será casualidad que vuelva a ser
noviembre, haya niebla
y una puesta de sol plomiza?
¿Será por azar 
que otra vez alguien viva?
Los poetas dan mucha importancia 
a los éxitos y a los premios,
pero otoño tras otoño los árboles
orgullosos van deshojándose
y si algo queda es el murmullo
delicado de la lluvia
en los poemas que no son
ni alegres ni tristes.
Tan solo la pureza es invisible
y el atardecer, cuando luz y sombra
se olvidan de nosotros un momento, 
ocupados en barajar secretos.

De Tierra del fuego, El Acantilado, 2004. Traducción 
de Xavier Farré


Adam Zagajewski. (ahorasemanal.es)
El escritor polaco Adam Zagajewski, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017, es uno de los poetas más destacados de la llamada Generación del 68 o de la Nueva Ola. Nació en Lvov (actual Ucrania) en 1945. Pasó su infancia en Gliwice, un lugar "feo y gris" de la Silesia alemana  adonde sus padres fueron repatriados poco después del nacimiento del escritor y que se incorporó a Polonia al final de la Segunda Guerra Mundial. Estudió Filosofía y Psicología en la Universidad de Cracovia y debutó como escritor en 1967 en la revista Vida Literaria. En 1982 emigró de Polonia y se estableció en París. A partir de 1988 ejerció como profesor visitante en diversas universidades estadounidenses. Dos décadas después regresó a Polonia, tras la caída del régimen comunista. Vivía entre París y Cracovia, donde falleció, a los setenta y cinco años, el 21 de marzo de 2021, coincidiendo con la celebración del Día Mundial de la Poesía.

Es autor de poesía Comunicado (1972), Carnicerías (1975), Carta. Oda a la mayoría (1982), Ir a Lvov (1985), Lienzo (1990), Tierra del fuego (1994) y Sed (1999)—, narrativa Calor y frío (1975), Oído absoluto (1982)— y ensayo: El mundo no representado (1974, en colaboración con Julian Kornhauser), Solidaridad y soledad (1986), Dos ciudades (1991) y Defensa del fervor (2002), además del volumen de memorias En la belleza ajena (2000). Ha traducido al polaco a Raymond Aron y Mircea Eliade. 

Entre los numerosos premios recibidos, figuran el Prix de la Liberté del PEN Club de Francia (1987), el Tranströmer 2000, el Premio de Literatura de la fundación Konrad Adenauer de Weimar (2002) y el Premio Horst Nienek de la Academia de Bellas Artes de Baviera (2003).

sábado, 27 de marzo de 2021

'Mujeres', una novela de Mihail Sebastian



Grupo de lectura "Leer juntos" del IES Goya
Sesión del 15 de marzo de 2021
Obra comentada: Mujeres (Femei), Impedimenta, 2008
Autor: Mihail Sebastian
Traducción de Marian Ochoa de Eribe





1. Mihail Sebastian, el autor

Mihail Sebastian (Discogs)

Mihail Sebastian es el seudónimo más conocido de Iosif Hechter, dramaturgo, ensayista, periodista y novelista rumano. De familia judía, nació en 1907 en la ciudad de Braila, a orillas del Danubio. Estudió Derecho en Bucarest, convertida tras la Primera Guerra Mundial en capital cultural del Este de Europa y conocida como el "pequeño París". Pronto se sintió atraído por la vida literaria de la ciudad y por las ideas de la nueva generación de brillantes intelectuales rumanos. Empezó a publicar sus primeros escritos con el apoyo del carismático filósofo y profesor Nae Ionescu, que lo nombró redactor de la revista Cuvântul (Palabra), donde en agosto de 1927 apareció su primer artículo, firmado con el seudónimo con el que se haría célebre.  

Acabada la carrera de Derecho, marchó a París en 1931 con la intención de realizar el doctorado. Allí entró en contacto con la literatura francesa, que siempre le había interesado, y pronto se convirtió en un especialista en la obra de Balzac, Gide y Proust. Tras su regreso a Rumanía ejerció como abogado en Bucarest pero mantuvo sus colaboraciones en periódicos y revistas. Junto a escritores de la talla de Nae Ionescu, Emil Cioran o Mircea Eliade formó en 1932 el grupo literario Criterion, y alcanzó notoriedad con la publicación, un año más tarde,  de su primera novela, Femei (Mujeres) y con el estreno de algunas obras teatrales.

En 1934 se disolvió el grupo Criterion por discrepancias políticas entre sus miembros, pues algunos de
Emil Cioran, el dramaturgo Eugène
Ionesco y Mircea Eliade. (Flacara TV)
ellos incluido Nae Ionescu, su mentor se habían aproximado a las posturas fascistas y antisemitas de la Guardia de Hierro de Corneliu Codreanu, lo que los fue alejando de Sebastian  por su condición de judío. Especialmente doloroso para el autor fue el progresivo distanciamiento de Mircea Eliade, su "primer y último amigo", con quien había compartido también el amor por Nina Mares, una secretaria divorciada amiga de ambos que acabaría casándose con Eliade. Los amigos perdieron todo contacto a partir de 1940, a raíz del nombramiento de Eliade como agregado cultural de la embajada de Rumanía en Londres.  No obstante, todavía pudo contar con su apoyo cuando en 1934 publicó una de sus obras más representativas y polémicas, De doua mii de ani... (Desde hace dos mil años), novela seudoautobiográfica sobre las penalidades de un judío, estudiante de arquitectura en la Rumanía de la época, en la que el autor defiende la tesis de la integración de los judíos en la sociedad rumana.  Al frente de la publicación, figuraba un prólogo de Nae Ionescu, que Sebastian le había pedido en 1931 y que, pese a su contenido antisemita, decidió incluir en la edición definitiva, a modo de venganza. En él, Ionescu, en contra de la tesis de la novela,  defendía la persecución de los judíos como justo castigo por la muerte de Jesuscristo y sostenía que la identidad rumana y la judía eran totalmente irreconciliables. La publicación del libro escandalizó a la sociedad rumana y provocó las críticas, tanto de la comunidad judía, que  tachó al autor de "perro faldero de Ionescu", como de la extrema derecha, que lo acusó de agente sionista.

Mihail Sebastian y la actriz Leni Caler
(fundingtimetowrite-wordPress.com)
Durante la Segunda Guerra Mundial, Sebastian permaneció en su país, que se alineó con las potencias del Eje  y promulgó leyes antisemitas, en virtud de las cuales se le expulsó de su casa, fue apartado de su trabajo en la Fundación Real  y hubo de estrenar sus obras de teatro  bajo seudónimo. Sus amigos lo abandonaron y durante algún tiempo se vio obligado a vivir escondido para evitar ser deportado a Polonia. En estos años de  soledad y terror, su único consuelo fue la música clásica, que escuchaba a través de la BBC y de Radio París. Todos estos pormenores de su vida se conocen por su diario, escrito de 1935 a 1944  y publicado  póstumamente en 1996, en Bucarets  y en Estados Unidos, con el título de Journal, 1935-1944. Se trata de un  diario íntimo, un diario literario y un diario político que documenta la convulsa época que le tocó vivir, un testimonio fundamental del antisemitismo en Europa antes y durante la Segunda Guerra Mundial, comparado con los de Ana Frank, Primo Levi o Victor Kemplere. 

Tras sobrevivir a las persecuciones antisemitas y a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, Mihail Sebastian murió el 29 de mayo de 1945, atropellado por un camión del Ejército Rojo, el mismo ejército que había liberado Bucarest, cuando se dirigía a tomar el tranvía para impartir su primera clase sobre Balzac. Tenía 38 años.

A partir de la publicación de su diario, la figura de Mihail Sebastian despertó el interés de los países occidentales, donde se empezó a recuperar sus obra. En 2004 el dramaturgo estadounidense David Auburn escribió una obra de teatro basada en el diario de Sebastian titulada The Jornals of Mihail Sebastian, estrenada en Nueva York ese mismo año, con Stephen Kunken en el papel de Sebastian. En 2006 recibió póstumamente el Geschwister-Schooll-Preis, premio dedicado a la memoria de los hermanos Schooll, creadores de un grupo de resistencia contra el régimen nazi. En España, Corradino Vega recreó en su novela La noche más profunda (2019) la vida de Mihail Sebastian a partir de los recuerdos de este en las horas previas a su muerte.

Nina Mares, tercera por la izquierda, y Mircea Eliade, sentado,
en 1939


2. Mujeres, una novela de entreguerras

Mujeres (1933), una primera novela sorprendente por su profundidad y por su  belleza, forma con La ciudad de las acacias (1935) y El accidente (1940) una trilogía de novelas psicológicas de ambiente urbano (Ochoa de Uribe). Se trata de una magnífica  muestra de la sincronización producida tras la Primera Guerra Mundial  entre la literatura rumana y la de los países europeos que marcan las nuevas tendencias estéticas, algunas de las cuales se incorporan a esta novela, que aborda uno de los temas más queridos para sus compañeros de generación, el de la aventura erótica. 

Ambientada en los años veinte del pasado siglo, la novela se divide en cuatro partes ordenadas cronológicamente. Cada una de ellas constituye un relato completo que puede ser leído de forma independiente, pero que  adquiere pleno sentido en relación con los otros tres. Un hilo sutil enlaza los cuatro relatos: las referencias a sucesos o personajes de las partes anteriores y, sobre todo,  la presencia  en todas ellas del personaje de Stefan Valeriu, un joven rumano de veinticuatro años que, cuando empieza la novela,  acaba de terminar su último examen de médico residente, para pasar después a ejercer como médico en un hospital de París y convertirse, al final, en un artista de music-hall tras perder su trabajo en el Ministerio de Sanidad  Rumano.

Baile en el restaurante Flora de Budapest, 1927.
(Nicolae Ionescu)
En cada uno de los relatos, el autor recurre a distintas fórmulas narrativas. En el primero, un narrador en tercera persona focalizado en la conciencia de Stefan narra en presente su relación, durante unas vacaciones  veraniegas, con tres mujeres —Marthe, Renée y Odette con quienes coincide en una pensión de los Alpes franceses. En el segundo, Stefan es el narrador testigo que cuenta en primera persona la desgraciada historia  de Émilie,  con el fin de demostrar que él no desempeñó papel alguno  en la tragedia. El tercero adopta la forma de una carta que Maria, una amiga rumana, le dirige a Estefan tras la declaración amorosa de este convertido así en narratario y personaje del relato, para aclarar cualquier malentendido entre ellos y para  confesarle su amor por Andrei, un amigo común. En el último, Stefan  evoca en primera persona sus amores con Arabella, una enigmática mujer con la que formó pareja artística,  con intención de explicarse a sí mismo lo que se niega a contar a la prensa: por qué se separaron en pleno éxito y por qué lo amó Arabella. En todos los casos, el autor ha elegido un narrador que no comprende ni conoce enteramente lo que cuenta, de modo que la novela, siguiendo las tendencias del momento, no llega a desentrañar la ambigüedad de algunas situaciones ni a explicar cabalmente el comportamiento de los personajes. Así, el narrador de la primera parte desconoce cuáles son los verdaderos sentimientos de Marthe hacia Stefan, si cuando, antes de su precipitada marcha, ella se pregunta si no parte "un poco tarde, demasiado tarde, tal vez...", quiere decir que es  tarde para el joven, que ya se ha enamorado de ella, o tarde para ella misma. Tampoco sabe si el señor Rey consiente la aventura extramatrimonial de su esposa o permanece ajeno a la misma. Por otra parte, la justificación de los relatos, junto con las referencias a lugares y personajes reales o a acontecimientos históricos, incrementa la verosimilitud de los mismos. 

Domingo en CaleaVictorei, la arteria principal
de la capital rumana, 1923. (Nicolae Ionescu)
Siete nombres de mujer dan título a las diferentes partes de la novela, que constituye una galería de retratos femeninos, de la que no se excluye lo raro o deforme (Émilie)  ni lo exótico (Arabella). Siete mujeres en la vida de Stefan que, por uno u otro motivo, le han dejado huella y forman parte de su educación sentimental. Se trata, por tanto, de una novela de personajes, en que el estudio psicológico de los mismos predomina sobre la acción. Marthe Bonneau es  una bella mujer madura, cuya  serenidad logra minar la seguridad del joven aprendiz de seductor. La tunecina Renée Rey es la esposa infiel que oscila entre el placer y el arrepentimiento, una amante  torpe y de escasa belleza que termina por resultar tediosa a Stefan. Odette Mignon es una joven de dieciocho años, inteligente y de enorme madurez para su edad, que decide perder la virginidad, libre y voluntariamente, y desaparecer después de la vida de Stefan, "como una chica que conoces en un tranvía". Maria, el amor imposible de Stefan,  se presenta como una divorciada rumana, mujer de mundo inteligente, culta e independiente, convertida desde hace cinco años en amante de Andrei, un hombre que ha sido "en infinitas ocasiones, brutal, obsceno y malo"; una mujer que se creía libre y acaba comportándose como una esclava, enredada en una relación tóxica de la que su dependencia emocional (o su pereza) le impide escapar. Arabella, la mujer que da título a la cuarta parte, es una exótica y misteriosa mujer a la que Stefan conoce por casualidad en un circo, en el que ella, sin especiales habilidades, era "la poesía de sus trapecios", "la flor inútil"; una amante poco apasionada en la que Stefan encuentra una pasión tranquila, pero también una mujer que lleva las riendas de su propia vida. Para los amigos de Stefan, una mujer fatal,  causante de su perdición. Émilie Vignou, la única mujer no amada por Stefan, es, en la segunda parte, una amiga de Mado, la amante de este en ese momento. Es vista como una rareza, no solo por mantenerse virgen a los veinte años (algo que, en su ambiente  del Barrio Latino de París, se considera decadente), sino también por su anatomía poco apta para el amor (un cuerpo "construido de una sola pieza, inarticulado, rígido"). Stefan la observa con  la curiosidad científica del médico y compone sobre ella un retrato degradante, rayano en la crueldad: Émilie  tenía "la discreción de  un topo", "debería haber sido la pata  de una mesa mal tallada. Era lo único que hubiera hecho bien sin tener que esforzarse".

Los personajes femeninos evidencian las pequeñas conquistas alcanzadas por la mujer europea, en lo que a libertad e independencia se refiere,  tras la Primera Guerra Mundial, si bien estas se limitan a determinados ambientes o clases sociales y siempre se ven restringidas por la hipocresía social, que impone el decoro, y por el peso de la ideología tradicional.  Son mujeres desinhibidas que, como Renée y Odette, se muestran desnudas sin asomo de pudor  o que desnudan su alma, como María. Mujeres jóvenes que, como Odette, viajan solas, practican deporte igual que los hombres y muestran sus pies desnudos, o  fuman, como Arabella. Mujeres que, como Maria o Arabella, prescinden  de la tutela de un hombre y mantienen relaciones sentimentales libres, sin papeles, pero deben soportar los comentarios y las murmuraciones, en el caso de Maria, o  se sienten felices, como Arabella, quizá la más libre de todas ellas,  cuando la gente confunde a la pareja de amantes con un joven matrimonio, haciéndole sentir "la ilusión del amor legítimo". 

Esta galería de retratos femeninos sirve como inmersión en el mundo amatorio de Stefan, verdadero protagonista de la novela, que se define por su relación con las mujeres, pues fuera de eso, poco más sabemos de su vida. Este hombre,  en el que el deseo, la búsqueda de placer,  parece ser el único motor de su vida, emprende en los Alpes un viaje iniciático en torno a sus conquistas amorosas. Conquistas amorosas que, por principio, tienen fecha de caducidad, pues el compromiso es para él como para su amigo Andrei—  algo inaceptablemente burgués y en su mundo, como en el de las amigas de Émilie, "se hace el amor sin pensar en responsabilidades". En este sentido, Stefan es el contrapunto de su compatriota Irimia C. Irimia, un joven cuyos sólidos principios de campesino honrado le obligan a casarse con Émilie, tras acostarse con ella y comprobar que era virgen. Así, Mujeres se convierte también en una novela sobre la moral sexual de la época, en la que el autor no juzga ni moraliza.

Pese a sus principios, hay una mujer que logra vencer su "vocación de vagabundo en el amor", algo de lo que Valeriu  se muestra consciente cuando, desde su  presente en Rumanía, rememora su historia:
Toda mi vida he sido un atolondrado y un huraño, y me he rebelado siempre que una mujer ha intentado permanecer unida a mí durante demasiado tiempo; he sido alguien preocupado exclusivamente por su libertad de decidir, un soltero por predestinación. No había entendido hasta entonces cómo era posible el matrimonio; la simple idea de volver a encontrar cada noche el mismo cuerpo, con los mismos estremecimientos, me parecía absurda, a mí, deseoso siempre de sorpresas y acuerdos transitorios.
París, años 20. (pinterest.es)
Esta mujer es Arabella, que  sabía "a miga de pan". Con ella Stefan encuentra la "felicidad tranquila" y ambos se aman, desde el primero al último día, "con la misma voluptuosidad apacible en la que todo era tan conocido como el sabor eterno del pan". Incapaz de  renunciar a ella y consciente de lo embarazoso que resultaría aparecer con Arabella en Bucarest, Valeriu,  el hombre a cuya ascensión social hemos asistido a lo largo de la novela, se enfrenta a su brusca caída, a su hundimiento. Así, Stefan, que al inicio de la novela se sentía viejo y cansado olvida sus responsabilidades "para convertirse en aquello que había querido ser siempre: un hombre joven". 

Se da la paradoja de que este hombre contrario al compromiso es el abandonado por las mujeres que le importan. La marcha de Odette, en la primera parte, prefigura la marcha de Arabella y la soledad final del protagonista. Stefan aborda el fin de cada historia cuyo comienzo parece obedecer siempre al azar, a la casualidad de forma natural, pero todas ellas dejan en él un poso de tristeza. 

La tristeza, la  melancolía, impregna toda la novela, cuyos personajes, dominados por el cansancio y la pereza, que parece condicionar sus vidas, encarnan el sentimiento de decadencia, la crisis de valores y creencias del momento que les ha tocado vivir, como explica Maria en su carta:
Hay en mí un cansancio antiguo que viene no sé de dónde, que me hace sensible a todo lo que signifique valentía, a un gesto brusco, a un comentario atrevido, al rostro inconsciente de un joven. ¡Qué sé yo! Debe de ser algo parecido a la melancolía que sobreviene al final del verano, cuando el sol está todavía entero y la luz es todavía blanca, pero las copas de los árboles se estremecen por la noche por el presentimiento de ese declive que se acerca y que ellas llevan en sí mismas como una brasa íntima, envuelta en miga de pan.
La novela es también un recorrido por diferentes lugares y ambientes cosmopolitas de la Europa de entreguerras. Con Maria conoceremos la activa vida cultural y social de Bucarest;  con Stefan compartiremos la sensualidad  del idílico paisaje de los Alpes y las amistades superficiales forjadas en un lugar de vacaciones, recorreremos el París del barrio Latino y el Montparnasse de la bohemia; el mundo del circo, tan presente en las  vanguardias artísticas,  y la vida cultural y nocturna de la capital francesa, en un momento en que el cine mudo debe hacer frente a la competencia del sonoro. La música, la literatura, el arte, en general, forman parte de la vida de los personajes, pero, sobre todo, el cine, con el que Stefan llega a confundir la vida. En la primera parte, Stefan es protagonista involuntario de la cinta rodada por el señor Rey, una película en la que el personaje se siente libre y  "todo es diferente, más animado, más cálido, más íntimo", evidenciando la superioridad del arte sobre la vida. Pero también pone al descubierto,  a los ojos de la avispada Odette y quizá de los otros huéspedes,  una aventura erótica clandestina. La cinta casera tiene su correlato en la película de la Paramount que protagonizan Arabella y Stefan  en la última parte, en la que este, que desea mantenerse en el anonimato, se asegura de permanecer en la sombra, "como una sobria figura negra", de modo que las luces y las sombras del expresionismo escondan "una ligerísima historia de amor en la que, Dios es testigo, nada había sido premeditado".

Sorprendente resulta la escasez de referencias históricas, en una etapa tan pródiga en acontecimientos. Da la impresión de que los personajes permanecen ajenos al mundo que les rodea, ensimismados. Solo cuando Stefan se queda en Ginebra  definitivamente solo, compra los periódicos "para ver qué había sucedido por la mañana en la Sociedad de Naciones". La historia de Stefan,  que había comenzado junto a un lago alpino, concluye en Ginebra a la orilla de otro lago.

Josefina López Granada

Montparnasse, años 20. Terraza del café Le Dôme. (maca-alicante.es)