EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 24 de mayo de 2020

"Campos de tierra" y otro poema de Maribel Andrés Llamero





Campos de tierra

Esto es Castilla,
                          mi cuerpo tan seco,
esta carne prieta y dura como alpaca,
levantada por leves lomas, colinas
modestas, algún apacible remanso.
Esto es Castilla,
los ojos oscuros color de barro,
la piel y las trenzas recias, pardas.

Vengo de la tierra del pan y del vino,
donde otros antes que yo 
escondieron la cebada
que no saciaría su hambre ni su sed.
Soy nieta de emigrantes, carbón humano,
las entrañas unidas con alambre,
mujeres y hombres ceñidos de esparto
y entregados al delito del trabajo
manual. Ellos me levantaron el alma
con golpes de azada que aún retumban
en amor áspero y tierno que me puebla
los surcos de las severas costillas.
En frágiles pasos de albarcas me han traído
para que un día yo soltara
las hoces de la siega, la esteva del arado
y cantara estos poemas;
me han colmado la boca de trigales,
me han confiado toda la luz,
la digna primavera de la maleza.

Soy de un hogar que se seca y se adhiere
como costra en los codos de la tez morena.
Soy de un hogar compacto hasta la grieta,
donde el roble solo sangra si lo partes.
Ay del agua oculta  —dentro siempre dentro
en nuestro pecho, quién oirá este canto
de labranza que cargo en las espaldas,
quién este ruido de savia entre los huesos.

Esto es Castilla
y todos los árboles
que me brotan en hilera
señalan que debajo
fluye un río.


Far West

Esta planicie sigue siendo el oeste
y en mí siempre cupo el espanto
de los grandes desiertos, 
de la soledad de la encina de Castilla.
Jamás laberinto más terrible
que aquel que no conoce muros.

La noche se cierne aquí sobre nosotros
de una sola vez y por entero
y cuando el sol te inunda
—qué hacer si te calcina
nadie se puede guardar.

Abandonados somos a la llanura.


De Autobús de Fermoselle, Hiperión, 2019


Maribel Andrés Llamero (Salamanca, 1984) es licenciada en Filología portuguesa y en Teoría de la Literatura y Literatura comparada. Actualmente trabaja como profesora asociada de Literatura brasileña y portuguesa en la Universidad de Salamanca, al tiempo que imparte clases de Lengua y cultura españolas a extranjeros, y realiza su tesis doctoral en Filología hispánica en el ámbito del estudio del bilingüismo literario luso-español. La vida académica la ha llevado a vivir en París, Río de Janeiro, Buenos Aires y Lisboa. En 2018 publicó su primer poemario, La lentitud del liberto. Con el segundo, Autobús de Fermoselle, ganó el XXXIV Premio de Poesía Hiperión (ex aequo).

Como un "viaje vindicativo de la infancia y los orígenes en Castilla"  define Enrique García Pozo este libro que toma su título de una canción de Agustín García Calvo.  La localidad zamorana de Fermoselle funciona, según Luis Bagué Quilez, en este libro tan alejado de "la fascinación neorrural como del lamento elegiaco", "como metáfora germinativa del corazón  de Castilla: decorado de película del oeste, ruta trashumante donde convergen todos los caminos o campo horizontal en el que solo desentona la verticalidad del ciprés y de la cruz". El jurado ha destacado "la defensa de los valores éticos, vitales y familiares" y "su conciencia del medio natural y de la lucha por la vida de las generaciones anteriores, como acicate para actuar sobre un presente áspero y difícil".

[Imagen inicial: valladolidenbici.wordpress.com]

jueves, 21 de mayo de 2020

"El pueblo en la cara", de Miguel Delibes

Palomar en Tierra de Campos

El pueblo en la cara 


Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra. Y el Aniano se vino a mí y me dijo: "¿Dónde va el Estudiante?". Y yo le dije: "¡Qué sé yo! Lejos". "¿Por tiempo?" dijo él. Y yo le dije: "Ni lo sé". Y él me dijo con su servicial docilidad: "Voy a la capital. ¿Te se ofrece algo?". Y yo le dije: "Nada, gracias Aniano".

Ya en el año cinco, al marchar a la ciudad para lo del bachillerato, me avergonzaba ser de pueblo y que los profesores me preguntasen (sin indagar antes si yo era de pueblo o de ciudad): "Isidoro, ¿de qué pueblo eres tú?". Y también me mortificaba que los externos se diesen de codo y cuchichearan entre sí: "¿Te has fijado qué cara de pueblo tiene el Isidoro?" o, simplemente, que prescindieran de mí cuando echaban a pies para disputar una partida de zancos o de pelota china y dijeran despectivamente: "Ése no; ese es de pueblo." Y yo ponía buen cuidado por entonces en evitar decir: "Allá en mi pueblo"... o "El día que regrese a mi pueblo", pero, a pesar de ello, el Topo, el profesor de Aritmética y Geometría, me dijo una tarde en que yo no acertaba a demostrar que los ángulos de un triángulo valieran dos rectos: "Siéntate, llevas el pueblo escrito en la cara". 

Y, a partir de entonces, el hecho de ser de pueblo se me hacía una desgracia y yo no podía explicar cómo se cazan gorriones con cepos o colorines con liga, ni que los espárragos, junto al arroyo, brotaran más recio echándoles porquería de caballo, porque mis compañeros me menospreciaban y se reían de mí. Y toda mi ilusión, por aquel tiempo, estribaba en confundirme con los muchachos de ciudad y carecer de pueblo que parecía que le marcaba a uno, como a las reses, hasta la muerte. Y cada vez que en vacaciones visitaba el pueblo, me ilusionaba que mis viejos amigos, que seguían matando tordas con el tirachinas y cazando ranas en la charca con un alfiler y un trapo rojo, dijeran con desprecio: "Mira el Isi; va cogiendo andares de señoritingo".

Así, en cuanto pude, me largué de allí, a Bilbao, donde decían que embarcaban mozos gratis para el Canal de Panamá y que luego le descontaban a uno el pasaje de la soldada. Pero aquello no me gustó, porque ya por entonces padecía yo del espinazo y me doblaba mal y se me antojaba que no estaba hecho para trabajos tan rudos y, así de que llegué, me puse primero de guardagujas y después de portero en la Escuela Normal y más tarde empecé a trabajar las radios Philips que dejaban una punta de pesos sin ensuciarse uno las manos.

Pero lo curioso es que allá no me mortificaba tener un pueblo y hasta deseaba que cualquiera me preguntase algo para decirle: "Allá, en mi pueblo, el cerdo lo matan así, o asao". O bien: "Allá, en mi pueblo, los hombres visten traje de pana rayada y las mujeres sayas negras, hasta los pies". O bien: "Allá, en mi pueblo, la tierra y el agua son tan calcáreas que los pollos se asfixian dentro del huevo sin llegar a romper el cascarón." O bien: "Allá, en mi pueblo, si el enjambre se larga, basta arrimarle una escriña agujereada con una rama de carrasca para reintegrarle a la colmena".

Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo es un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro.

(De Viejas historias de Castilla la Vieja, 1964)

Fotografía "Entre el cielo y el suelo" de Alfredo López Hernangómez. (eladelantado.com)


Miguel Delibes Setién (Valladolid, 1920-2010) fue escritor, periodista y profesor. Era el tercero de ocho hijos de una familia acomodada, en la que el padre, de ascendencia francesa e ideología liberal, era catedrático de Derecho Mercantil, y la madre, conservadora, era hija de un abogado carlista. Terminó el bachillerato en 1936 y, una vez comenzada la Guerra Civil (1936-1939), se enroló como voluntario en la Marina del ejército sublevado. Tras la contienda estudió Comercio y Derecho, y en 1945 obtuvo la cátedra de Derecho Mercantil de la Escuela de Comercio de Valladolid. Dos años antes había sido contratado como caricaturista  y crítico cinematográfico del diario El Norte de Castilla y, durante años compaginó la labor periodística con la dedicación literaria. Llegó a ser director de ese periódico, al que imprimió una orientación liberal no ajena a las reivindicaciones sociales en la línea del Concilio Vaticano II, lo que le ocasionó en los años sesenta serios problemas con la censura que acabaron con su salida del diario en 1963. En 1946 contrajo matrimonio con Ángeles Castro, con quien tuvo siete hijos, tres mujeres y cuatro varones. En 1947 obtuvo el Premio Nadal con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada. Aunque siempre residió en la ciudad de Valladolid, viajó por España y por el extranjero y fue profesor visitante en universidades norteamericanas. La muerte de su esposa en 1974 lo sumió en una profunda tristeza. Años más tarde escribió sobre la experiencia del duelo en Señora de rojo sobre fondo gris. Ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Príncipe  de Asturias en 1982 y el Cervantes en 1993. Desde 1972 fue académico de la RAE.

Delibes cuenta con una amplia obra narrativa  que evoluciona desde un relato de concepción tradicional a otro de técnica más novedosa. Sus obras de ambiente rural castellano alternan con otras sobre la burguesía provinciana. La contraposición entre la vida sencilla del campo frente al progreso incontrolado o la deshumanización de la ciudad, la denuncia de las injusticias sociales y la rememoración de la infancia son  motivos recurrentes en su obra, junto con la representación de los hábitos y el habla propia del mundo rural, muchos de cuyos términos incorpora al texto literario. Su visión crítica, que aumenta progresivamente, se centra sobre todo en la pequeña burguesía y en la  violencia de la vida urbana.

Su evolución  permite distinguir varios periodos distintos por los temas abordados y por su tratamiento formal:
  • A su etapa de iniciación (1947-1949) se adscriben sus dos primeros libros: La sombra del ciprés es alargada, con el que se dio a conocer, y Aún es de día (1949). Es una etapa de tanteo caracterizada por utilizar el esquema narrativo del realismo tradicional al servicio de argumentaciones filosóficas superficiales impregnadas de pesimismo. 
  • Su segunda etapa (1950-1962), de realismo crítico, se distingue por la depuración del lenguaje y el empleo de una técnica más moderna y objetiva, junto con el tratamiento de la problemática del momento y la observación atenta  de su entorno. Comienza con El camino (1950) y sigue con  Mi idolatrado hijo Sisí (1953), en la que se hace patente la crítica antiburguesa; Diario de un cazador (1955) y Diario de un emigrante (1958), acerca de temas tan queridos para el autor como la defensa del campo, la protección de la naturaleza y la caza; La hoja roja (1959), sobre la soledad de un pensionista, y Las ratas (1962), en la que se denuncian las duras condiciones de vida del protagonista.
  • La tercera etapa o de madurez se distingue por la renovación técnica,  una mayor conciencia, desarrollando temas como la deshumanización del hombre contemporáneo, y el interés por las experiencias personales del escritor. Se inicia con Cinco horas con Mario (1966) novela con la que emprende la vía de experimentación propia de la década de los 60. Se trata de un largo monólogo de la protagonista  durante la noche en la que vela el cadáver de su marido, en el que su visión conservadora y mediocre contrasta con las preocupaciones sociales de su marido. Parábola del náufrago (1969) es una parodia del hombre moderno, alienado por la sociedad capitalista, y del vanguardismo literario del momento. Otras novelas de  esta etapa son El príncipe destronado (1973), La guerra de nuestros antepasados (1975), El disputado voto del señor Cayo (1978) y Los santos inocentes (1981), otro de los hitos de su narrativa, en la que vuelve de nuevo al mundo campesino para denunciar la miseria, la explotación y el trato vejatorio sufrido por los débiles. A esta seguirán Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983), 377 A, madera de héroe (1987), Señora de rojo sobre fondo gris (1991) y la novela histórica El hereje (1998), Premio Nacional de Narrativa.
Delibes es autor asimismo de una treintena de relatos recogidos en El loco (1953), Los raíles (1954), La partida (1954), Siestas con viento Sur (1957), La mortaja (1970) y El tesoro (1985). Abundan en su producción los libros dedicados a la caza y la pesca, sus grandes aficiones, (El libro de la caza menor, 1964; Mis amigas las truchas, 1977; Las perdices del domingo, 1981...), a la tierra castellana (Castilla, 1960; Viejas historias de Castilla la Vieja, 1964; Castilla, lo castellano y los castellanos, 1979), a sus recuerdos personales (Un año de mi vida, 1972; La censura de prensa en los años 40, 1985; Mi vida al aire libre, 1989) y los libros de viajes: Por esos mundos (Sudamérica con escala en las Canarias), 1961; Europa: parada y fonda, 1963; La primavera de Praga, 1968; Dos viajes en automóvil, Suecia y Países Bajos, 1982. Recopiló  muchos de sus artículos periodísticos en libros como Vivir al día (1968) y Pegar la hebra (1990).

Tierra de Campos, Valladolid, 1962. Foto: Ramón Masats. La foto ilustró la portada de la edición de 1964

Delibes escribió Viejas historias de Castilla la Vieja  a petición de Jaume Pla, para ilustrar una serie de grabados realizados por el artista. El libro apareció en 1960 con el título abreviado de Castilla, en una edición limitada, en la que el texto de Delibes ilustra los grabados de Pla, y no al contrario, como puntualizó el escritor en su momento. Posteriormente Lumen recuperó el texto de Delibes para su colección 'Palabra e Imagen', donde se publicó con  el título completo e ilustrado por treinta y dos fotografías de Ramón Masats, tomadas principalmente en la comarca de Tierra de Campos. Previamente, en 1962, Miguel Delibes había acompañado al fotógrafo en un recorrido de un día por la zona, para conocer los parajes en que se ambienta el relato. Masats regresó unos días después para tomar unas instantáneas que reflejan la vida dura y la pobreza de un mundo que empieza a agonizar debido a la emigración a las ciudades.  El escritor confesó a César Alonso de los Ríos, en sus Conversaciones, que esta  obra  es consecuencia de la censura periodística:
En cierto modo Las ratas y Viejas historias de Castilla la Vieja son la consecuencia inmediata de mi amordazamiento como periodista. Es decir, que cuando a mí no me dejan hablar en los periódicos, hablo en las novelas.
Delibes retrata en diecisiete estampas (de las que hemos seleccionado la primera) el mundo rural del que proviene Isidoro, el protagonista, un mundo del que no logra desvincularse cuando emigra a la ciudad a comienzos del siglo XX. Isidoro tiene "el pueblo en la cara". Sus modales y pensamientos campesinos dificultarán que se confunda  con las multitudes de la ciudad y permitirán que su memoria rescate el universo del que proviene.  A través de Isidoro, que tras cuarenta y ocho años de ausencia decide regresar a su pueblo, el autor refleja la problemática del mundo rural y las consecuencias de la emigración de los campesinos  castellanos  en la primera mitad del pasado siglo.

Este relato, de apenas 70 páginas, era uno de los libros más queridos de Miguel Delibes, del que anota en Mi mundo y el mundo (1964):
En este breve relato resumo todo mi amor por la naturaleza y por la región donde he nacido y vivo, Castilla, país de agricultores pobres y hombres duros y resistentes.

EL 17 DE OCTUBRE SE CUMPLEN CIEN AÑOS DEL NACIMIENTO DE MIGUEL DELIBES.

Ángeles de Castro y Miguel Delibes, entonces novios. Foto:
Archivo familiar, cortesía de Círculo de lectores (diariodemallorca.es)


Otra imagen de Delibes (Elcasar.com)

domingo, 17 de mayo de 2020

Un poema de Julio Llamazares




Desde esta misma roca contemplaron la doma de los potros que habrían
   de montar en el combate.

Junto a este mismo río levantaron sus cabañas, derramaron sus rebaños y
   leyendas y bebieron el profundo licor de las grosellas.

Y, en noches de luna llena como esta, cortaron con sus hoces sagradas
   plantas de muérdago para ofrecer al dios de las montañas.

Todavía se escucha, cuando nieva en la noche, el eco de sus flautas y
   cítaras perdidas.

Todavía se escucha, cuando nieva en la noche, el rumor de sus gritos
   guerreros.

Pero de nuevo brilla el sol, se deshace la nieve y el dios de las montañas
   queda solo.

Solo y lejano como mi corazón ahora. Como mi corazón ahora.


      De Memoria de la nieve, Hiperión, 1985


Memoria de la nieve, segundo poemario de Julio Llamazares, vio la luz originalmente en 1982, tras ganar la cuarta edición del Premio Jorge Guillén de poesía. En 1985 apareció bajo el sello Hiperión, en edición conjunta con La lentitud de los bueyes, su primer libro de poemas. En 2009 la misma editorial, bajo el título de Versos y ortigas, volvía a reunir ambos poemarios y les añadía algunos poemas inéditos. Diez años después, Nórdica ha publicado una edición de Memoria de la nieve ilustrada  por Adolfo Serra.

En Memoria de la nieve el poeta evoca, en largos versos libres cargados de melancolía, su infancia y el pasado de su tierra. El título procede del verso que abre esta evocación: "Mi memoria es la memoria de la nieve". En él recoge los dos símbolos presentes en todo cuanto escribe, como reconoce el autor:
Son símbolos de mi biografía: la nieve, los bueyes, las montañas, etcétera. Otros tendrían el mar, los cañaverales, el sol, como paisaje de su historia. Pero la mía es ésta, de esta simbología parte lo que digo, y surge lo mismo en prosa que en poesía. Ese título, Memoria de la nieve, resume muy bien no solo la poesía sino toda mi obra. Creo, además, que es una redundancia: la memoria es como la nieve, escribes sobre ella, y mientras escribes se va derritiendo. Es como si siempre escribiera sobre la nieve, no sobre el papel.
Podría decirse que, en realidad,  nieve y memoria forman parte de un único símbolo: "seguramente es el mismo en dos variantes descriptivas, porque al final la memoria es como la nieve, que se va derritiendo poco a poco, y la nieve es como la memoria, que también va desapareciendo poco a poco".

[Imagen: elhorizonte.mex]

jueves, 14 de mayo de 2020

'Internamiento', de Samira Ahmed


FICHA BIBLIOGRAFÍCA:
Titulo: Internamiento
Autor: Samira Ahmed
Editorial: Fandom Books. España, 2019
Número de páginas: 398
PRESENTACIÓN:
Género: Ficción
Público al que va dirigida la obra: novela juvenil
LA AUTORA:
Samira Ahmed nació en Bombay, (India) y actualmente reside en Estados Unidos y tiene la nacionalidad americana. Es novelista y lleva publicando libros desde el 2016. Su literatura va dirigida a adultos jóvenes. Escribe los géneros de ficción, no ficción y poesía. Ha estado en las listas de superventas del New York Times con Internamiento y su primera novela  Amor, Odio y otros filtros.
Samira Ahmed (wikipedia)
PERSONAJES:
Layla: protagonista de la historia, hija de musulmanes con origen indio. Vive en un campo de internamiento y es una revolucionaria.
Ayesha: amiga de Layla, se conocen en el campo y ayudara a Layla con todas sus revoluciones.
Cabo Reynolds: guardia de exclusión del campo.
David: novio de Layla. Vive fuera del campo e intentara ayudar a Layla a filtrar información del campo al exterior.
ESPACIO Y TIEMPO:
La acción se desarrolla en Estados Unidos, en un futuro cercano y aterrador. Comienza en una pequeña ciudad universitaria pero la historia se desarrolla en Manzanares, que es un campo de internamiento de la Segunda Guerra Mundial rehabilitado para internar a los musulmanes.
ARGUMENTO:
En Estados Unidos los musulmanes son declarados una amenaza para el país; por eso a Layla y a sus padres, junto a otras familias musulmanas, se les obligará a dejar sus hogares para pasar a vivir en un campo de internamiento. En el campo vivirán en caravanas y divididos según su país de procedencia. Layla conocerá a Ayesha y junto a ella y otras personas del campamento intentarán rebelarse contra las normas impuestas.
VALORACIÓN PERSONAL:
Este ha sido un libro que me ha gustado mucho a pesar de no ser el tipo de género que habitualmente me gusta. Es una novela que se me ha hecho amena y los temas que trata me han parecido muy interesantes y me han hecho ver hasta qué punto pueden llegar a llevar la  xenofobia por otras culturas.
RECOMENDACIONES:
Lo recomendaría porque trata un tema de la actualidad política y social y se lo recomendaría a lectores de 13 o 14 años en adelante.
Agnés Petronila Sorolla Muñoz, 2º ESO B

domingo, 10 de mayo de 2020

"El otro costado", de Miguel Florián




EL OTRO COSTADO

Este ocaso que se apaga,
¿qué es lo que tiene detrás?
J.R.J.

Qué mundo podrías darme tú 
que fuera más dulce que este mundo.

¿Acaso en él las ramas se alzarían
desde su sombra hasta alcanzar la luz,
y caería el agua para calmar la sed
profunda de los árboles? ¿Y los ojos
oscuros de una mujer nos raptarían
hacia el confín del alma, donde el alma
no existe? No ambiciono otra carne,
ni otros besos. Dame los mismos días
encendidos. Dame las mismas noches
y sus cielos poblados de secretos.

¿Qué delicioso pan me saciaría?
¿En qué seno, de mujer o de ángel,
hallaría reposo? Amo el fulgor 
dorado del mar en las pupilas,
la ciencia generosa de algún vino.

No preciso otro mundo sino éste
que ya me has otorgado. Y sus afanes,
y poderlo decir. No me des paraísos
que el corazón no sepa contener. 

De Los mares, las memorias, 1992

Los mares, las memorias, primer poemario de Miguel Florián, pertenece a una etapa de su trayectoria poética que abarca hasta Memoria común (1998). En ella, según Francisco Martínez Cuadrado*, celebra la plenitud del instante, la manifestación de los pequeños seres y cosas, el advenimiento de la luz, la emoción de la belleza, el estremecimiento del cuerpo enamorado, el don de la palabra transformada en memoria. Los poemas suelen ser breves y rescatan el instante epifánico a menudo asociado a la revelación de la luz, símbolo de un estado de pureza e inocencia. Este es el Florián más próximo a Juan Ramón Jiménez, a Claudio Rodríguez, e incluso a Vicente Aleixandre.

*F. Martínez Cuadrado, "La poesía de Miguel Florián. Conciencia y coherencia", estudio preliminar en Cuerpo nombrado. Antología poética de Miguel Florián, Algaida, Sevilla, 2005, págs. 9-19.

[Imagen: PxHere]

jueves, 7 de mayo de 2020

"La rama seca", un cuento de Ana María Matute


Carl Holsoe, Little girl at a window


LA RAMA SECA


Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La dejaban en casa, cerrada con llave y le decían:
   —Que seas buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a doña Clementina.
   Ella decía que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al borde de la ventana, jugando con "Pipa".
   Doña Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abría la ventanuca tras la cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los ojos de su costura y la miraba.
   —¿Qué haces, niña?
   La niña tenía la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.
   —Juego con "Pipa"  —decía.
  Doña Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco, fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día hablando, al parecer, con alguien.
   —¿Con quién hablas, tú?
   —Con "Pipa".
   Doña Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y por "Pipa". Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurriera. La mujer Mediavilla se lo pidió:
   —Doña Clementina, ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es aún pequeña para llevarla a los pagos...
   —Sí, mujer; nada me cuesta. Marcha sin cuidado...
  Luego, poco a poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba, fueron metiéndosele pecho adentro.
   —Cuando acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré a faltar  —se decía.
   Un día, por fin, se enteró de quién era Pipa.
   —La muñeca —explicó la niña.
   —Enséñamela...
   La niña levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver claramente.
   —No la veo, hija. Échamela...
   La niña vaciló.
   —Pero luego, ¿me la devolverá?
   —Claro está...
   La niña le echó a "Pipa" y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó pensativa. "Pipa" era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía las dos manos.
   —¿Me la echa, doña Clementina...?
   Doña Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a "Pipa" hacia la ventana. "Pipa" pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en su juego.
   Desde aquel día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con "Pipa". 
   —"Pipa", no tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, "Pipa", cómo me miras! Cogeré un palo grande y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, "Pipa"... Siéntate, estate quietecita, te voy a contar: el lobo está ahora escondido en la montaña...
   La niña hablaba con "Pipa" del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la niña cogía el plato que su madre le dejó tapado al arrimo de las ascuas. Lo llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a "Pipa" en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
   —Abre la boca, "Pipa", que pareces tonta...
  Doña Clementina la oía en silencio: la escuchaba, bebía cada una de sus palabras. Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía de los pájaros y el rumor de la acequia.
 Un día, la niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer de Mediavilla:
   —¿Y la pequeña?
   —Ay, está delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.
   —No sabía nada...
   Claro, ¿cómo iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.
   —Sí   —continuó explicando la Mediavilla—. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin hervir..., ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.
   Pascualín tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad, Pascualín se iba a la calle o se iba a robar fruta al huerto del vecino, al del cura o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba. Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
   La casa era angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se acostaban las gallinas. Subió pisando con cuidado los escalones apolillados, que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:
   —¡Pascualín! ¡Pascualín!
 Entró en una estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.
    —Hola, pequeña  —dijo doña Clementina—. ¿Cómo estás?
   La niña empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y contempló su su carita amarillenta entre sus trenzas negras.
   —Sabe usted —dijo la niña—, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a "Pipa", que me aburro sin "Pipa"...
   Seguía llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
   Salió de allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas, desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
   —Pascualín —dijo doña Clementina.
   El muchacho levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.
   —Pascualín, ¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
   Pascualín lanzó una blasfemia y se levantó.
   —¡Anda! ¡La muñeca, dice! ¡Aviaos estamos!
   Dio media vuelta y se fue hacia la casa murmurando.
   Al día siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de "Pipa".
    —Que me traiga a "Pipa", dígaselo usted, que la traiga...
   El llanto levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían despacio hasta la manta.
   —Yo te voy a traer una muñeca, no llores.
   Doña Clementina dijo a su marido, por la noche:
   —Tendría que bajar a Fuenmayor, a unas compras.
   —Baja —respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.
   A las seis de la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado y un gran bazar llamado "El Ideal". Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de seda. En "El Ideal" compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y fijos, que le pareció muy hermosa. "La pequeña va a alegrarse de veras", pensó. Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
   Anochecía ya cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma, notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa, preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
   —¡Ay, usté, doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién iba a pensar...!
   Cortó sus exclamaciones.
   —Venía a ver a la pequeña: le traigo un juguete...
   Muda de asombro, la Mediavilla la hizo pasar.
    —Ay, cuitada, y mira quién viene a verte...
   La niña levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en la pared, temblaba, amarilla.
    —Mira lo que te traigo: te traigo otra "Pipa", mucho más bonita.
   Abrió la caja y la muñeca apareció, rubia y extraña.
   Los ojos negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
   —No es "Pipa"  —dijo—. No es "Pipa".
   La madre empezó a chillar:
    —¡Habráse visto, la tonta! ¡Habráse visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido retrasada...!
   Doña Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer muy tímida y solitaria, y le tenían cierta compasión.)
   Salió. La mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de una flor.
   —¡Ay, madre, y qué cosa más preciosa! ¡Habráse visto, la tonta ésta...!
   Al día siguiente doña Clementina cogió del huerto una ramita seca y la envolvió en un retal. Subió a ver a la niña:
    —Te traigo a tu "Pipa".
  La niña levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a sus ojos oscuros.
   —No es "Pipa".
   Día a día, doña Clementina confeccionó "Pipa" tras "Pipa", sin ningún resultado. Una gran tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
   —Oye, mujer: que no sepa yo de más majaderías de ésas... ¡Ya no estamos, a estas alturas, para andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se va a morir de todos modos...
   —¿Se va a morir?
   —Pues claro, ¡qué remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa... ¡Va a ser mejor para todos!
   En efecto, apenas iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande, allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por "Pipa" y su pequeña madre.
   Fue en la primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en un pedazo de percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a "Pipa" entre sus dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
   —Verdaderamente —se dijo—. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene esta muñeca!

(En Siete narradores de hoy, Jesús Fernández Santos (sel.), Temas de España, Taurus, Madrid, 1982)


La escritora Ana María Matute. (elcultural.com)
Ana María Matute Ausejo fue una escritora española que formó parte de la generación del medio siglo, llamada también de "los niños de la guerra" o de los "jóvenes asombrados", término acuñado por la autora para denominar a los escritores que reflejan la Guerra Civil en su infancia.

Nació en Barcelona el 26 de julio de 1925, hija de una familia de la pequeña burguesía catalana, de madre castellana y padre catalán. Su infancia estuvo marcada por la enfermedad —que la obligó a pasar un tiempo en casa de sus abuelos en Mansilla de la Sierra (La Rioja), donde conoció a los niños sin infancia— y la Guerra Civil española. Con diecisiete años escribió su primera novela, Pequeño teatro, publicada once años después y galardonada con el Premio Planeta en 1954. Se casó en 1952 con el escritor Eugenio de Goicoechea, padre de Juan Pablo, su único hijo, al que dedicó gran parte de su narrativa infantil. Cuando ella decidió separarse en 1963, las leyes de la época concedieron la custodia al padre y apenas pudo ver a su hijo durante años, lo que le provocó problemas emocionales. Cuando lo superó, marchó a Estados Unidos, donde ejerció de lectora en las universidades de Bloomington (Indiana) y Norman (Oklahoma), y comenzó su relación con Julio Brocard, su segundo marido, que falleció en 1990. A su regreso de Estados Unidos, fijaron su residencia en Sitges. En la década de los setenta padeció una fuerte depresión que la mantuvo alejada de la escritura durante quince años. En 1996 fue elegida miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "K", en sustitución de Carmen Conde. En 2010 le fue concedido el Premio Cervantes, máximo galardón de las letras hispánicas, y se convirtió en la tercera mujer en obtenerlo. Falleció en Barcelona el 25 junio de 2014, días antes de cumplir los ochenta y nueve años.

Considerada una de las voces más personales de la narrativa española del siglo XX, es autora de
Una jovencísima Ana María Matute juega con
su hijo en una imagen de archivo
novelas realistas y de intención social pero caracterizadas por el tono poético en la descripción de ambientes y personajes, de ahí que se haya utilizado para estas obras la etiqueta de "realismo lírico". Manuel Rico explica que la inclusión de la autora en la generación del medio siglo (discutida por algunos estudiosos) se debe al peso de la historia, sobre todo de la traumática experiencia de la Guerra Civil, en sus primeras novelas, pero que posteriormente ha incorporado a su narrativa otros temas como la indagación en los conflictos de la relación amorosa, la recuperación del pasado medieval, y un mundo urbano condicionado y relacionado con el mundo rural. Néstor Bórquez  ("Memoria, infancia y guerra civil: El mundo narrativo de Ana María Matute", en Olivar Nº 16, 2011) recuerda, por su parte, algo que comparte la crítica respecto a la narrativa de la autora: la creación de un hermético universo narrativo:
Ha creado un cerrado mundo narrativo que mezcla ficción y realidad con un estilo particular, pleno de poesía pero cargado de crueldad. Parte de ese mundo se forja por la convivencia de la mirada inocente de los niños con la desencantada de los adultos.
Los puntos centrales que dan consistencia a ese mundo son, según Bórquez, la infancia, los cuentos de hadas, la crueldad, la fantasía, la Guerra Civil, los enfrentamientos cainitas y los datos autobiográficos dispersos por sus obras.

En 1948 publicó Los Abel, novela a la que siguieron Fiesta al Noroeste (1952); Pequeño teatro (1954); En esta tierra (1955, reeditada como Las luciérnagas en 1993); Los hijos muertos (1958); Primera memoria (Premio Nadal 1959), primera entrega  de la trilogía Los mercaderes, a la que pertenecen también Los soldados lloran de noche (1963, Premio Fastenrath de la RAE) y La trampa (1969); Algunos muchachos (1964); La torre vigía (1971), que compone junto a Olvidado Rey Gudú (1996, Premio Ojo Crítico Especial) y Aranmanoth (2000) su trilogía medieval; El río (1975); Paraíso inhabitado (2009), y su novela póstuma Demonios familiares (2014).

Es autora, además,  de más de veinte libros de cuentos, tanto infantiles como para adultos. El país de la pizarra (1957), El polizón de Ulises (1965, Premio Lazarillo), Sólo un pie descalzo (1984, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil), De ninguna manera (1993), La oveja negra (1994) y La puerta de la luna (2010) son algunos de los títulos más significativos. "La rama seca" forma parte del libro Historias de la Artámila (1961), en el que recoge recuerdos de sus estancias en Mansilla de la Sierra. El libro reúne veintidós relatos en que los protagonistas son niños o adolescentes que se resisten a entrar en el mundo de los adultos.
La escritora Ana María Matute, durante la gala de entrega del
Premio Nadal, el 8 de enero de 1960. CARLOS PÉREZ DE ROZA (EFE)
Ana María Matute (vestida de blanco) baila con un mozo
 en Mansilla de la Sierra durante las fiestas de la Cruz de septiembre, 
posiblemente a mediados de los años 40. (larioja.com)