EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 13 de septiembre de 2020

"Todas las cosas cantan bajo el cielo", de Raúl Zurita


Volcán Licancabur, Atacama, Chile


Todas las cosas cantan bajo el cielo


                                    Querido cielo de mi país

Cantan las cumbres de los Andes, los pastos,
el desierto de Atacama, los grandes ríos, 
canales y aguas del sur, Pacífico, nevados
y glaciares
                cantan y cantan
Las aves, las bandadas y nieves de las cimas,
garzas, loicas
y las aves más lóbregas de los pequeños de
alma cantan
Canta el día radiante y el día nublado, el
vuelo de las inmaculadas praderas, de las 
montañas y los archipiélagos del amor
más helado cantan
Como todas las cosas cantan y cantan
Sólo porque están vivas cantan
cantan y cantan
                          bajo el cielo de mi país

De La vida nueva, 1994


El poeta chileno Raúl Zurita ha sido galardonado con el XXIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Según el jurado, el premio reconoce " su ejemplo poético de sobreponerse al dolor, con versos, con palabras comprometidas con la vida, con la libertad y con la naturaleza".

El poeta Raúl Zurita. (E. P.)


Raúl Zurita. Escrituras sobre los acantilados. Proyecto 2008. En el contexto de
Verás un mar de piedras. Fotografía: Nicolás Piwonka. (museoreinasofia.es)


[Imagen: Mancura Wines]

jueves, 10 de septiembre de 2020

"Jules y Jim", de Mario Benedetti


 

JULES Y JIM


Fue un sábado de tarde, en plena siesta, cuando sonó la primera llamada. Aún medio aturdido, había alargado el brazo hasta el teléfono, y una voz masculina, ni demasiado grave ni demasiado aguda, había inaugurado el ciclo de amenazas con aquello, después tan repetido, de hola Agustín, te vamos a matar, no sabemos si en esta semana o en la próxima, lo único seguro es que te vamos a matar, chau Agustín. Esa vez la sorpresa no le permitió decir ni hola ni quién habla, pero en la siguiente, también sábado de tarde, logró al menos preguntar por qué, y le respondieron vos bien sabés, no te hagas el imbécil.

Desde entonces se habían acabado para Agustín las fiestas sabatinas. Pensó en motivos políticos, comerciales, amorosos. Pero ninguno le proporcionó una pista medianamente fiable. Su actividad política en el 71 se había limitado a los comités de base y había sido por cierto bastante floja. Compartía las preocupaciones y actitudes de aquella linda y despierta muchachada, pero no aguantaba las fervorosas e interminables discusiones hasta la media noche, de modo que se hacía humo no bien se presentaba una aceptable coyuntura. Es cierto que había aportado su cuota, ayudado en lo que podía, pero nunca se consideró un auténtico militante. Después del golpe, sencillamente se borró.

Por otra parte, su vida comercial no provocaba envidias ni animadversiones. Había pocos empleados en la modesta ferretería que heredara del viejo y nunca había tenido conflictos con su personal. Dos de los empleados vivían también en Pocitos y más de una vez se habían encontrado en las reuniones del comité barrial. Sólo que ellos se quedaban siempre hasta el final de las discusiones, y al día siguiente, en el trabajo, él no se animaba a preguntarles a qué conclusión habían llegado, sencillamente porque nunca le había gustado que la política se introdujera en la ferretería.

En el rubro mujeres, su soltería, que en el filo de los cuarenta se iba volviendo inexpugnable, no le impedía una relación casi estable con una antigua amiga de su hermana (la que ahora vivía en Maldonado, casada con un dentista), cuya atractiva madurez había reencontrado hacía casi cinco años durante un viaje a Buenos Aires. A partir de esa buena y agradable vinculación con Marta, había renunciado a los inestables y a menudo riesgosos mariposeos de años atrás. De manera que tampoco ese sector privado podía ser caldo de cultivo para resentimientos o chantajes. 

En el ámbito familiar no había problemas. Toda su parentela, no muy abundante, estaba repartida en ciudades y pueblos del interior: los tíos en Paysandú, la madre en Sarandí del Yi, las dos hermanas y una sobrina en Maldonado. Raras veces bajaban a la capital, y él, por su parte, casi sin darse cuenta, había ido espaciando las visitas.

Al principio no tomó en serio la nueva situación. Se dijo que ya no eran los duros tiempos del 72 o el 73, cuando estas anomalías podían tener causas y pretextos muy diversos y hasta verosímiles. Cabía la posibilidad de que fuese una broma, pero quién de sus pocos amigos podía ser tan pesado como para mantener durante varias semanas un juego así de oscuro. Un chantaje tal vez, pero qué enemigo podía ser tan sádico como para molestarlo de esa manera impúdica y siniestra. Y además, quién podía ignorar que la ferretería daba para vivir y nada más. 

Lo cierto es que había decidido no abandonar el apartamento en las tardes de los sábados. Su lema personal, adecuado a las circunstancias, era que al sadismo de los amenazadores él correspondía con su masoquismo de amenazado. Pero semejante tozudez tenía una lógica: si desaparecía los sábados, la previsible respuesta del fantasma agresor consistiría en trasladar la llamada intimidatoria para el martes o el viernes.

Así fue que el mundo empezó a tener otro color y otro ritmo para Agustín. Por las mañanas, cuando concurría a la ferretería, ya no usaba el auto. Aunque desde el comienzo había aceptado  que si alguien planeaba acabar con él, las precauciones estaban de más, de todos modos había tomado algunas medidas primarias, elementales. Por ejemplo, viajar en autobús. Caminaba una cuadra y media y tomaba el 121, que rara vez venía repleto, o sea que viajaba cómodo. Le acompañaban sin embargo suficientes pasajeros como para que el supuesto enemigo lo pensara dos veces antes de emprenderla a tiros. Pero ¿por qué precisamente a tiros? Alguien podría terminar con él, por ejemplo, en un ascensor, digamos el de su edificio, entre el segundo y el tercer piso, o quizá viceversa, y como eso tampoco era descartable, empezó a usar el ascensor sólo cuando lo compartía con otros habitantes del inmueble. ¿Y si el autor de las llamadas fuera precisamente un habitante del inmueble? Durante una semana bajó los ocho pisos por la escalera, pero no le fue difícil admitir que, en ciertas horas de poco movimiento, una agresión entre piso y piso podía no ser algo descabellado. De modo que volvió a usar el ascensor.

Carmen, la mujer que tres veces por semana venía a cocinar y a hacer la limpieza, estaba con él desde el 70 y era de absoluta confianza, pero así y todo le hizo discretas preguntas acerca de su ex marido (hace más de un año que no sé nada de él, don Agustín) o de su hermano (se fue a Australia, qué otra cosa iba a hacer el pobre, un obrero especializado como él y aquí con los brazos cruzados). Por un viejo acuerdo, Carmen no venía los sábados ni los domingos, de modo que nunca le había tocado atender una de aquellas llamadas, y Agustín tampoco la había prevenido, tal vez porque pensaba que ella podía asustarse y dejarlo plantado.

Por otra parte, Marta nunca venía al apartamento. Agustín siempre había preferido concurrir al suyo, en el Cordón, y aunque ella le preguntó por qué ahora venía sin el auto, él sólo invocó la suba de la nafta. Después de todo, qué solucionaba transmitiéndole a ella su ansiedad. No obstante, en una relación tan regular y sin rupturas como la de casi pareja que ellos constituían, cada cuerpo aprende a reconocer los desajustes y tensiones del otro, aunque no medien gestos ni palabras, y eso fue precisamente lo que detectó el lindo cuerpo de Marta. Él mencionó el trabajo, la crisis, los acreedores, las minidevaluaciones, bah. Pero tres días más tarde y por primera vez en  cinco años, Agustín fue un fracaso en la cama, y aunque Marta apeló a sus mejores reservas de comprensión y de ternura, él no osó decirle que sus pensamientos frecuentemente andaban lejos de aquel busto y aquel pubis, tan atractivos como de costumbre.

Ir y volver. Vigilar y sentirse vigilado. Se metía a veces en el cine pero no conseguía concentrarse en la película, salvo que ésta se enredase en amenazas y atentados, en crímenes y secuestros. Y cuando ello ocurría, entonces le escapaba al desenlace, no quería saber si la víctima sucumbía o se libraba.

En la ferretería, sólo una vez hubo una llamada sospechosa. Le tocó a Luis, el cajero. Era una voz de hombre, preguntó por usted, don Agustín, le dije que estaba atendiendo a una clienta, y entonces comentó que no importaba, que lo llamaría como siempre a su casa, el sábado por la tarde, pero no quiso dejar el nombre, me pareció un poco raro. Y él, que no se preocupara, que ya sabía quién era, y el sábado a las tres y media la voz de siempre llamó para decir su estribillo, hola Agustín te vamos a matar, no sabemos si en esta semana o en la próxima, lo único seguro es que te vamos a matar, chau Agustín. Él nunca colgaba en primer término, dejaba que la voz completara su mensaje, pero tampoco hacía preguntas, no quería que el otro lo volviera a apabullar con aquel estrambote, vos bien sabés, no te hagas el imbécil.

En tiempos pretelefónicos (como él los llamaba para sí mismo, con extraña nostalgia), aquellas tardes en que no iba a lo de Marta, llegaba al apartamento, se daba una ducha, se servía un trago, encendía el tocadiscos. En materia de música, había dos cosas que le atraían y le descansaban: los solos de guitarra y las canciones latinoamericanas. Hasta el 72 había escuchado casi diariamente a Viglietti, Los Olimareños, Zitarrosa, Soledad Bravo, Alicia Maguiña, Mercedes Sosa. Después que las cosas se complicaron, los escuchaba menos y siempre con auriculares. No quería que algunos vecinos recientes (los porteños del séptimo, los copetudos del noveno) sacaran conclusiones políticas de sus preferencias musicales. Pero, a partir de las llamadas, no tenía ganas de sentarse a escuchar nada, ni guitarra, ni canciones, nada. La ducha sí, el trago también, pero en vez de Narciso Yepes o Víctor Jara, prefería un segundo trago y a veces un tercero.

Hasta aquel martes de tarde en que, al cerrar la ferretería, se encontró por azar con Alfredo Sánchez, no había hablado con nadie de su problema. Durante diez años no había sabido de Sánchez, pero el hecho de encontrarlo y también la satisfacción de que el otro a su vez lo reconociera, lo arrancaron de su habitual discreción. Fueron a un café, charlaron largamente, se pusieron al día. Sánchez había sido su compañero de clase en los tiempos del liceo Rodó, cuando Agustín obtenía notas brillantes y era el orgullo de los profesores y sobre todo de las profesoras, y Sánchez en cambio pasaba de año a duras penas, siempre con alguna previa de contrapeso, pero salvándola al fin, tras pagar el odioso precio de quedarse sin vacaciones para estudiar como un condenado. Agustín siempre había percibido la callada envidia de Sánchez, o tal vez lo que él creía que era envidia o resentimiento y sólo era timidez, retraimiento, cortedad. Agustín le ofrecía ayuda, lo invitaba a que estudiaran y repasaran juntos, pero Sánchez, orgulloso y casi hosco, siempre se negaba. Después, en Preparatorios, como Agustín se decidió por química y Sánchez por abogacía, se habían visto bastante menos y quizá por eso la relación había seguido cauces más normales. Años después, y sin que Agustín recordara si había existido algún motivo concreto, sus vidas se habían bifurcado.

Ahora, cuando repasaban en todos sus detalles los respectivos itinerarios, Agustín registraba una curiosa contradicción y se la decía sin ambages al compañero reencontrado: él, Agustín, el ex brillante, ni siquiera había concluido Preparatorios (a la muerte del viejo, tuvo que hacerse cargo de la ferretería y ya no pudo seguir estudiando, o le dio sencillamente pereza, al ver que su situación económica se normalizaba) y Sánchez, en cambio, el estudiante que parecía mediocre y avanzaba a los tumbos, ahora era abogado, tenía un estudio con dos socios de primera, asesoraba a importantes compañías nacionales y extranjeras, era en fin alguien mucho más encumbrado que el modesto ferretero. Además, Sánchez se había casado, tenía tres hijos, dos niñas y un varón, le mostró las fotos, linda mujer, preciosos chiquilines. Agustín, en cambio, solterón empedernido (no tenía por qué mencionar a Marta) o sea que la soledad lo esperaba, agazapada, implacable y paciente, qué se la va a hacer. Y fue después de tanto intercambio, de tanto repaso de antiguos profesores y compañeros de clase (Casenave murió, ¿lo sabías?, y el Pulpo, aquel de Matemáticas, se fue a los Estados Unidos y allí es un capo, y la gordita Moreno se casó con un árbitro de fútbol, quién iba a decir), fue después de tanta amistad recuperada, que Agustín abrió las compuertas de la confidencia y por primera vez le narró a alguien su tortura privada. Sánchez le dedicó una atención que Agustín le agradeció con el alma. Y el remate de toda la historia (a esta altura ya no sé qué hacer, estoy desorientado, y además, a vos puedo confesártelo, tengo miedo) halló la sonrisa franca, estimulante, del nuevo Alfredo. Así no podés seguir, qué esperanza, y se quedó un rato pensando, con la mirada fija en la pared. Mirá, si han pasado siete semanas y te siguen llamando y no te ha ocurrido nada, lo más probable es que sea una broma o simplemente ganas de joder. Cuando ocurre una cosa así, uno genera un miedo real, pero también, y es lógico que así suceda, uno inventa otra porción de miedo. Vos que siempre supiste de música: ¿conocés un tango de Eladia Blásquez que habla de los miedos que inventamos? "Los miedos que inventamos / nos acercan a todos." Ah, no estoy de acuerdo. Esos miedos que inventamos son los más peligrosos. De ésos tenés que librarte, y con urgencia, porque los miedos que inventamos son los únicos que nos pueden enloquecer. Agustín, ha sido una suerte que te encontrara, o que me encontraras, porque voy a sacarte del cepo. Este sábado vas a venir conmigo. Siempre paso los fines de semana con la familia en un lindo rancho que tengo en las afueras, casi en el campo. No me gustan las playas, sabés, demasiada gente, demasiado ruido. Yo soy tipo de pastito y no de arena. Precisamente este sábado mi familia no puede ir y no me gusta pasarla solo, así que te venís conmigo y se acabó. Allá tenés libros, música, naipes, cuadros, televisor. Te hace falta un fin de semana sin sobresaltos.

Así quedaron. El sábado, poco después del mediodía, tras bajar la cortina metálica del comercio, fue recogido por Sánchez en un flamante Mercedes. Almorzaron en un boliche medio escondido de la Ciudad Vieja. Nadie lo conoce, dijo Sánchez en tono casi conspirativo, pero aquí se come estupendamente. A Agustín no le pareció tan estupendo, pero valoró el gesto y la invitación. Se sentía bien, por primera vez en varias semanas. Narrarle a Sánchez toda la absurda historia había sido para él casi como haberla traspasado. Se sentía más libre, casi sereno. Menos mal, che, que me topé con vos, ya estaba como para internarme, no sé si en el nosocomio, en el manicomio o en la morgue. No digas pavadas, dijo Sánchez, y él no tuvo más remedio que reírse.

La carretera estaba fatal, o sea como en cualquier tarde de sábado, pero Sánchez no se inmutaba. ¿Qué te gusta ahora en música? ¿Lo clásico? Sí, pero sobre todo guitarra. ¿Y en la canción? Bueno, rioplatenses, latinoamericanas. Ah. ¿Viglietti? ¿Chico? ¿Los Olima? ¿Silvio y Pablo? Sí, todos ésos me gustan. Decime Agustín: en música vos fuiste siempre medio subversivo. No tanto, che, además ahora es difícil conseguir esos discos. Por supuesto, pero yo los consigo, tengo mis medios, qué te parece.

El rancho no era rancho sino espléndida casa, con jardín y un cerco de troncos, bastante alto. Por los perros, sabés, explicó Sánchez. Los perros. Eran verdaderamente impresionantes. Ante la presencia del extraño se abalanzaron mostrando su admirable dentadura, pero Sánchez los llamó a sosiego: ¡Jules! ¡Jim! Hay que tener estos bichos, no hay más remedio, ha habido muchos robos y asaltos en la zona, y además aquí estamos demasiado aislados, más vale prevenir. Quien se encargó de adiestrarlos fue mi primo el comisario (eh, no pienses mal) y por eso son una garantía, mejor que todas las armas y las alarmas. Hay un viejo que viene todas las tardes (camina como un quilómetro, pero él dice que le hace bien) a darles de comer. Menos los fines de semana, porque venimos nosotros.

Cuando pasó, no demasiado tranquilo, entre Jules y Jim (es mi modesto homenaje a Truffaut, te acordás de la película, a mí me encantó), Agustín se asombró de su tamaño. ¿Y los tenés siempre sueltos? Claro, encadenados no me servirían. Además, si estamos nosotros aquí, los de la familia, obedecen y no atacan, pero cuando vengo con los botijas y salen a jugar al jardín, entonces sí los ato, por las dudas.

El interior del "rancho" era muy confortable. Sánchez le mostró la habitación que le había destinado y le ofreció ropa liviana, para que se cambiara, bah creo que tenemos el mismo talle, después si hace frío encendemos la estufa. Mientras Sánchez aprontaba los tragos, nada menos que Chivas, Agustín fue revisando los libros, los discos, las cassettes. Había para todos los gustos. ¿Quién iba a pensar que aquel botija taciturno, medio lerdo para los números, casi un pichón de hipocondriaco, se iba a convertir con los años en este tipo abierto, enterado, comprensivo, que sabía vivir, y que hasta lo había empezado a curar de su miedo inventado? Mirá Agustín, con las amenazas pasa como con los perros bravos: si les tenés miedo, se te echan encima. Si en cambio los afrontás con serenidad, entonces te respetan.

Cuando sonó el teléfono, a Agustín casi se le cae el vaso. Sánchez advirtió su sofocón, tranquilo viejo, aquí no te va a llamar nadie, aunque sea sábado. Él mismo atendió la llamada, escuchó con aire de sorpresa y no te preocupes, salgo enseguida, andá llamando al médico para ganar tiempo. El gesto era más de fastidio que de preocupación. Qué pasa. Nada, nada, anoche el más chico de los pibes tenía un poquito de fiebre pero ahora de golpe le subió a casi cuarenta. Es bastante frágil, sabés, así que cada vez que se enferma mi mujer se muere de susto. Puta qué lástima, tengo que irme.

Voy contigo, dijo Agustín. De ningún modo, vos te quedás aquí, descansando, tranquilo, recuperando fuerzas, leyendo lo que quieras, escuchando guitarra (tengo a Segovia, Julien Bream, Carlevaro, Yepes, Williams, Parkening, podés elegir) o lo que se te antoje. Nadie sabe que viniste, así que nadie te va a llamar. Ahí te queda la heladera, llena de carne, verduras, fruta, bebidas, como para que te alimentes una semana a cuerpo de rey. Pero yo de cualquier manera vengo a buscarte mañana por la tarde, a más tardar. Eso sí, no salgas al jardín. Por los perros, entendés, te saltarían encima, por eso las ventanas tienen rejas, aquí estarás tranquilo. Te hace falta reposo. Y tranquilidad. Aprovechate, gaviota.

Sánchez recogió rápidamente el bolso, la boina, el llavero, que al entrar habían quedado sobre una mesa ratona. Antes de salir le dio un semiabrazo. Que no sea nada lo del botija, dijo Agustín. No te preocupes, se pondrá bien, ya conozco esos vaivenes, es más el susto de mi mujer que la fiebre del chico. Pero tengo que ir.

Y, cuando ya salía, me dijiste que te gustan los Olima ¿no? Mirá, en aquel estante está su última casette. Donde arde el fuego nuestro. Me la mandaron de Barcelona unos amigos. Te la recomiendo, sobre todo la cara B, donde figura Ta' llorando, es para conmover hasta las piedras. Y además es clandestina, así que sos un privilegiado, no te la pierdas. 

Cerró la puerta con un golpe seco. Agustín escuchó los ladridos de los perrazos (¡Jules! ¡Jim! ¡Quietos! ¡Basta!) y luego el Mercedes que arrancaba. Estaba un poco desconcertado por el inesperado cambio de programa. Así y todo, se dispuso a pasarla lo mejor posible. Pobre Sánchez, con la buena voluntad que había puesto para que él se recuperara. Se quedó saboreando y terminando el segundo Chivas y mirando uno a uno los cuadros. En realidad eran reproducciones (Miró, Torres García, Pollock, Chagall) pero excelentes. Había que hacer balance. De pronto toma una decisión. Si llega a librarse de los miedos inventados y, por supuesto, también de los reales, se casará con Marta. 

Lo sobresaltó un ruido en la ventana y distinguió, tras las rejas, las cabezas impresionantes de Jules y Jim. No ladraban, simplemente lo miraban con fijeza, como asegurando un objetivo. Evidentemente, esos mastines no eran símbolo de hospitalidad, así que empezó a mirar los discos y las casettes. Qué estúpido, no le había pedido a Sánchez el número de su teléfono en la ciudad, para llamarlo más tarde y preguntarle cómo sigue el botija. Así y todo, aunque con vestigios de recelo, se acercó al teléfono y levantó el tubo. La línea estaba muerta. Se ve que con la última llamada se estropeó. Mejor, así estoy seguro de que el de los sábados no llama. Otra vez las casettes. Eligió una de Segovia y también la de Los Olimareños que le recomendara Sánchez. Colocó la del guitarrista y oprimió la tecla play.

Con la cajita en una mano y el vaso en la otra, fue siguiendo el repertorio mientras escuchaba: Fantasía, Suite, Homenaje ante la tumba de Debussy, Variaciones sobre un tema de Mozart. La guitarra sonaba cálida y acogedora en aquel ambiente que, de tan impecable, parecía virgen de ocupantes. Aprovechó aquella paz (sólo perturbada por la visión de Jules y Jim en la ventana) para examinar el desasosiego de sus últimos y penúltimos sábados. Mañana, cuando Sánchez venga a buscarlo, le diré que, gracias a él, ya se siente libre de Los Miedos Que Inventamos. Sólo le queda el Miedo Real, pero ahora sí tiene la impresión de que éste es menos grave, más gobernable. La guitarra concluye grave y melancólica y el aparato se frena automáticamente. Retira la casette de Segovia y pone la de Los Olimareños (se fija bien que sea la cara B) pero antes de oprimir de nuevo la tecla play, se sirve otro Chivas y toma un trago largo. Es cómodo y simpático el ranchito, jajá, del amigo Sánchez, del amigazo Alfredo Sánchez. Carajo estoy borracho, se dice al advertir que la enorme estantería va perdiendo nitidez, entremezclando sus colores. ¿Cómo será ese Ta' llorando? Oprime por fin la tecla, hay un espacio de zumbante silencio, y luego el formidable equipo estereofónico se limita a decir hola Agustín, te vamos a matar, no sabemos si en esta semana o en la próxima, lo único seguro es que te vamos a matar, chau Agustín.

(Mario Benedetti, Geografías, Alfaguara, Madrid, 1984, págs. 110-121)


Geografías es un libro escrito íntegramente durante el exilio español del  uruguayo Mario Benedetti, de cuyo nacimiento se cumplen cien años el próximo día 14. El libro reúne catorce cuentos y otros tantos poemas agrupados en dúos afines, colocando cada uno de esos pares bajo un epígrafe geográfico que, como observa Fabio Rodríguez Amaya*, 

a modo de metáfora, nos acerca a un espacio mental o físico, real o imaginario, filtrado por la nostalgia, la idealización e incluso la deformación, producida en lo más profundo de la psicología o de los sueños por parte del exiliado.

El título del libro, que se corresponde con el primero de los cuentos, incluye además ese sentido que comprende las distintas geografías del exilio y también de la nostalgia, los sueños e incluso el desexilio.  

El cuento "Jules y Jim" está agrupado con el poema "Finta" bajo el membrete "Humus".  Vicente Cervera Salinas ("Los cuentos 'crueles' de Benedetti", en cervantesvirtual.com), relaciona este relato con el cuento de Villiers titulado "La esperanza" pues

también se trata aquí de una creciente dosificación del mal, y asimismo, de convertir la presumible liberación, otra vez la espera, en el último estertor de lo cruel. La falsa amistad es aquí el rostro del cruel resentimiento, alimentado por el sustento de lo innoble. 

Pero, a diferencia de Villiers,   Benedetti lleva su  ficción al territorio de lo social, según Cervera Salinas: 

el cruel Alfredo Sánchez, metaforizado en los impresionantes mastines que custodian su lujosa villa y que, acertadamente, dan título al cuento, es presentado como un triunfador, un hombre de prestigio, fama, posición y dinero. La masa lo ha convertido en un personaje respetable, a pesar de su inadvertido rencor que lo gobierna, y por tal razón es tan responsable como él de su miseria y crueldad.

Mario Benedetti, en Madrid. /CONSUELO BAUTISTA (elpais.com)


*"Poéticas y dialéctica del exilio en GEOGRAFÍAS de Mario Benedetti, en Lingua e Letteratura 4 /1985, pp. 151-174.

[Imagen inicial: mauriciorodriguezeace.blogspot.com]

domingo, 6 de septiembre de 2020

"Gaviotas" y "Abandono", de Vincenzo Cardarelli



GAVIOTAS

No sé dónde las gaviotas tengan su nido,
dónde hallen la paz.
Como ellas soy,
en perpetuo vuelo.
Rozo la vida
como ellas el agua al pescar el alimento.
Y acaso también como ellas amo la calma,
la gran calma marina,
pero mi destino es vivir
resplandeciendo en la borrasca.


ABANDONO

Volaste, huiste
como una paloma
y te perdiste hacia allá, hacia el oriente.
Pero perduran los sitios que te vieron
y las horas de los encuentros.
Horas desiertas,
sitios que volviéronse para mí un sepulcro
en el que monto guardia.


Versión original en italiano:

GABBIANI

Non so dove i gabbiani abbiano il nido,
ove trovino pace.
Io son come loro,
in perpetuo volo.
La vita la sfioro
com'essi l'acqua ad acciuffare il cibo.
E come forse anch'essi amo la quiete,
la gran quiete marina,
ma il mio destino è vivere
balenando in burrasca.

ABBANDONO

Volata sei, fuggita
come una colomba
e ti sei persa là, verso oriente.
Ma son rimasti i luoghi che ti videro
e l'ore dei nostri incontri.
Ore deserte,
loughi per me divenuti un sepolcro
a cui faccio la guardia.

En Poetas italianos del siglo XX, UNAM, México, D. F., 2004.
Traducción de Marco Antonio Campos


Vincenzo Cardarelli./ Paolo Monti, 1957
Vincenzo Cardarelli
es  seudónimo del escritor italiano Nazareno Caldarelli (Tarquinia, 1887-Roma, 1959). Hijo no reconocido por su padre y abandonado más tarde por su madre, tuvo una infancia difícil. Fue en gran parte autodidacta, pues apenas cursó estudios reglados. Se libró de participar en la Primera Guerra Mundial por una minusvalía en el brazo izquierdo. Muy joven se mudó a Roma, donde desempeñó diversos trabajos para sobrevivir, antes de empezar su labor como periodista en 1905. En 1911 se trasladó a Florencia. En esta época colaboró en diversas revistas. En 1919 fundó la prestigiosa revista literaria La Ronda, que propugnaba la vuelta al clasicismo, y una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, fue nombrado director de la Fiera Letteraria. En Roma pasó la mayor parte de su vida, sin familia, alojándose en hoteles, y solo, a pesar de su relativa fama. Y en Roma murió, solo y pobre. 

En sus primeros libros combinó poesía y prosa, pero más tarde separó estas dos formas de expresión. Sus poemas fueron reunidos en el libro Poesie, publicado por primera vez en 1936 y reeditado en su versión definitiva en 1958. Influenciado por Dante, Leopardi, Goethe y Baudelaire, es autor de una poesía desnuda, opuesta al hermetismo de sus coetáneos italianos. En ella trata temas tópicos (el paso del tiempo, el dolor por todo lo perdido, la vejez y la muerte o el amor), pero expresados de forma intensa y original. Escribió, además,  prosa autobiográfica recogida en títulos como Prólogos (1916, su primer libro), Viaje en el tiempo (1920), Fábulas y memorias (1925), El sol ardiente (1929), El cielo sobre la ciudad (1939), Las cartas no enviadas (1946) y Villa Tarantola (1948).

[Imagen inicial: dreamstime.com]

domingo, 30 de agosto de 2020

Dos poemas de Rocío Acebal


Playa de Cavalleria, Menorca. © Tolo Mercadal


EL CÍRCULO
A Mario Vega

La sábana escarchada de la arena
en tu mirar refleja el desgastado
recuerdo de otra aurora: el verde prado
testigo de pasión, la luna llena,

un cigarro, los gritos, tu melena,
su aliento de caballo desbocado;
de pronto, la tormenta del pasado
y su rostro teñido por la pena.

Entonces  sin ti— al paso de los años
un venturoso idilio en otra orilla,
una radio de fondo, el mismo tema;

el antiguo deseo, un gesto huraño,
los restos de salitre en mi mejilla,
la memoria del mar y este poema.

De Memoria del mar, Valparaíso, 2016

HIJOS DE LA BONANZA

Mi infancia son recuerdos de un piso a las afueras
y un huerto descuidado en la ventana;
mi juventud, veinte años de cuadernos de inglés.

Conseguirás —dijeron
mucho más que tus padres y sus padres:
estudia cuatro años y tendrás un trabajo,
trabaja y vivirás siempre tranquila,
trabaja y serás digna de un futuro.
Asentí, como todos —hijos de la bonanza—.

No atendimos aquel presentimiento
aquel olor a pólvora —aún distante
que asomaba en voz baja
como un eco de angustia a puertas de palacio.

De aquel país ajeno a las fronteras
solo guardo el recuerdo de la luz
y una aversión a la palabra patria.

De Hijos de la bonanza, Hiperión, 2020
Rocío Acebal. (lavozdeasturias.es)
Rocío Acebal (Oviedo, 1997) ha estudiado Doble Grado de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid. Desde 2014 es editora de la revista Maremágnum. Ha publicado los poemarios Memorias del mar (2016) e Hijos de la bonanza (2020),  por el que ganó el XXXV Premio de Poesía Hiperión. Ha colaborado en las antologías Diversos (Círculo Cultural de Valdediós, 2015), Mucho por venir: muestra consultada de poesía asturiana (Maremágnum, 2018) y 52 semanas (Entropía, 2019), entre otras. Sus poemas y críticas literarias han aparecido en publicaciones como la revista Anáfora, Estación Poesía e infoLibre. 

jueves, 27 de agosto de 2020

"Té sin azúcar", un relato de Ana María Navales

Teatime on a summer day at Ham Spray House, showing painter Carrington,
her husband Ralph Partridge, and Lytton Strachey. Saxon Sydney-Turner.
Archivo PartridgesStrachey


Té sin azúcar

Ham Spray está solitario y en orden. La biblioteca, tu dormitorio, el jardín. He sembrado campanillas de invierno y narcisos junto al bosque de tejos donde quisiera que fueran enterradas mis cenizas con las tuyas. Tu muerte crece dentro de mí. En Golden Green, sin  funeral ni ceremonia, según tu voluntad, sólo en presencia de James y Saxon, ardió tu cuerpo en el horno crematorio. Después, una escueta placa in memoriam, en Chew Magna, la capilla familiar. Roger se ha llevado ya    tus libros antiguos, los impresos antes de 1841. Me pregunto por qué señalaste en tu legado esa fecha, irregular, caprichosa, si había alguna razón oculta o sólo fue para mostrarnos una vez más lo original e impredecible de todos tus actos. 

Tu inteligencia, aquel aire de irrealidad, tu voz leyendo a Morley, Gibbon o Shakespeare, las veladas en que James interpretaba a Bach mientras yo leía en soledad a Platón o dibujaba un rostro, un paisaje, las conversaciones, sentados en el suelo frente a la chimenea, atenta a cada palabra tuya, transparente de felicidad, llena de adoración, asombrada de que toda aquella riqueza fuese para mí, una bohemia romántica, temerosa siempre de hacer las cosas mal, el pequeño caballo salvaje que hoy, sin ti, parece un cachorro abandonado, un niño perdido en el bosque de la vida.

Ahora leo sola los libros, la poesía que tú acostumbrabas a leerme después de la cena. Hablabas como el rey Lear en tu agonía. Te veo en los últimos momentos, la cara pálida, los ojos cerrados, la frente húmeda y fría, sin dolor aparente. Afuera la luna brillaba junto a la casa, filtrándose a través de los olmos, deteniéndose sobre los pajares. En el tejado del cobertizo se recortaban las siluetas de unas palomas contra la luz pálida de la noche y tú respirabas aún, muy rápida, muy profundamente. Ya no era el reloj el que marcaba el tiempo, sino los débiles latidos de tu corazón. He descrito tu muerte en el diario. Nadie podrá contar la mía.

Mi sentido del humor, ese dudoso ingenio, la alegre vitalidad, el gusto por la vida que yo tenía cuando nos encontramos en Asheham, el atractivo de la juventud que te conquistó aquel otoño de 1915, todo lo que yo quise conservar para ti mientras, a lo largo de los años, cultivaba hortalizas en el huerto, cocinaba, te servía sin preocuparme de mí misma, dejando inacabados los cuadros, poniendo más energía en el cuidado del jardín  y en que tu vida fuera apacible que en luchar por sacar a flote mi talento, todo eso ya se ha perdido. Mis ojos azules achinados, mi cabello rubio, mi corazón libre, todo se ha apagado en estas últimas semanas.

Nuestra vida fue fascinante, nuestra relación tan íntima, tan fuerte, que me siento inútil para explicar cuánto y cómo era lo que tan firmemente nos unía. Dibujo en los márgenes de estas cuartillas, como único don para ofrecerte, preciosos gatos, como los que hay en la vajilla de la casa, gatos tocando el violín, dormidos en el brazo del sillón o encaramados al respaldo de una silla, un gato gigante dando de comer a Tiber, otro quieto, frente a un pájaro en el jardín, gatos con sombrilla o paraguas, bajo el sol o la lluvia, o sobre mi cama, ahora que no hay nadie.

Esto me trae el recuerdo de nuestros amantes mezclado al de la palidez de tu rostro, la inmensa pena de verte allí, en tu dormitorio, frío y solo. Ralph, tú, nuestra vida en Tidmarsh, aquel triángulo apasionado que la aparición de Francis hizo imposible.

Cuando la casa estaba llena de enfermeras, de familiares y amigos que leían novelas policíacas o hacían crucigramas para entretener la llegada de la muerte, Ralph puso toda su atención en mí, me preparaba tazas de té o me ofrecía brandy, y tras el momento final, salió al jardín y trajo un ramo de hojas de olivo con las que hice una corona para adornar tu frente. Era hermoso el contraste del verde olivo con el color de cera de tu piel. Besé tus labios y mis lágrimas cayeron sobre tu cara sin que fueras capaz de abrir los ojos. Horas antes yo había intentado quitarme la vida para seguirte hasta el fin. El azar hizo que Ralph me descubriese en el garaje cuando el gas aún no había hecho su efecto. Soy torpe hasta para planear mi muerte. Alguien pensará que fue un gesto histriónico. Oliver cree que tengo derecho a morir cuando lo desee. Nunca más que ahora.

Entro a tu dormitorio. La habitación está muy ordenada. La mirada cae sin ningún reproche sobre el mosaico de Anrep, la figura hermafrodita de la chimenea. Tú sabes que nunca hice demasiado caso a tus jóvenes amigos, si algo me irritaba es que no supieras valorar tu grandeza, comprender que nuestra unión no hubiera sido más profunda, más perfecta, de haber sido posible la sexualidad entre nosotros.

La libertad era seguir el rumbo de las emociones, no tener la obligación de elegir entre la extrema necesidad de moldear mi vida contigo, de acoplarla a la tuya en cada instante, o dejarme arrastrar por los apasionados amores que se sucedían y que yo acaso no hubiera aceptado sin tu aprobación. Estos episódicos amantes, del uno y del otro, que irrumpían con fuerza avasalladora, no siempre eran capaces de entender que tú o yo podíamos enamorarnos de otras personas permaneciendo fieles el uno al otro. Una relación indecente, absurda, para quien ha olvidado su niñez, la necesidad en la infancia de amar y ser amado sin límites, para quien vive según las reglas convencionales, que tanto odio, haciendo lo que no siente, pretendiendo ser algo distinto de lo que es, sin dejarse llevar por sus emociones. Una relación, la nuestra, absurda e indecente para los que no pueden admitir una actitud de vida en la que los celos no existen, tal era nuestra seguridad, un círculo emocional en el que los problemas se resuelven tratando de causar el menor daño a las víctimas. Quizá esto sólo sea posible entre gente compleja, excéntrica y rebelde, ¿así somos?, que siente que crece más el amor cuando está dividido.

Perdona esta rabieta, este desahogo, no te sientas molesto por mi adoración. Sabes que jamás escuché a los que hablaban de tu frialdad, de tu egoísmo, a los que comparaban nuestro amor con una taza de té sin azúcar. Quizá ésta sea sólo una expresión de Mark, de su pasión directa, insensible, violenta. No sé si se recuerda siempre mejor al primer amante o si esta presencia de Mark, aquí, mientras obsesivamente aliso la colcha de tu cama para que esté impecable, sin una sola arruga, se debe únicamente a esa frase, a esa idea de comparar el amor sin sexo al té sin azúcar. Cuando yo tenía veinte años, todo intento de dulzura, cada uno de los terrones que caían en mi taza de té, de una porcelana fragilísima, me dejaba herida, desconcertada, toda mi piel llena de arena, como si después de un baño en el mar me hubiese tendido directamente en la playa, sin una toalla protectora. Desde niña había sentido vergüenza de ser mujer, el sexo era un elemento intruso al que me resistía con todas mis fuerzas, el matrimonio era el diablo que, con su arpón amenazante, destruiría mi independencia, la libertad que había conquistado en una larga y agotadora lucha, una guerra en la que todo valía, incluso la mentira que tanto detesto. 

Sobre la mesilla, en el dormitorio, Orgullo y prejuicio, que estuve leyendo hasta la tarde anterior a tu muerte, cuando ya tus ojos de spaniel estaban cerrados y jamás volverían a abrirse.  Ahora soledad y soledad, frío, sólo he encendido la chimenea de tu estudio, y recuerdos.

Nuestro primer paseo por el campo, aquel otoño de 1915, cuando sin saber por qué inesperado   impulso
Dora Carrington. (EcuRed)
me besaste. Yo era tan joven, tan celosa de mi intimidad, acostumbrada sólo a las monótonas demandas pasionales de Mark, tres terrones al mes eran mis débiles concesiones, que estaba furiosa. Dormí mal aquella noche y, al amanecer, entré sigilosamente en tu habitación dispuesta a  vengarme. Iba a cortarte de raíz la barba, tu cabellera de Sansón, pero algo te despertó, saltaste como un felino, y casi me ahogas, confundiéndome en las sombras con un ladrón.

Y cuando te dije, sentada en la hierba de Mill House, en Tidmarsh, "Amo a Gerald muchísimo, tanto como a las ciruelas, el pato asado con guisantes, Venecia, las coronas imperiales, los tulipanes, las frambuesas con nata de Devonshire, pasear por  Combe Downs, Padua... más más más que a todas esas cosas yo amo a Gerald".

Ahora, sentada al borde de tu cama, sin poder llorar, sintiéndome muy lejos de aquí, bajo la tierra que rodea el bosque de tilos, te amo más que a Mark, a Ralph, a Gerald, a Clare, a Henrietta, a Julia, más que a todas las mujeres que me compensaron del escaso placer que me dieron los hombres, más que a todos los hombres a los que se aferraban mis sentimientos, más que al campo en primavera, las llanuras de Ham Spray, la nieve cayendo sobre las colinas de Hurstbourne, los prados de Tidmarsh, el paisaje de Watendlath, más que a Teddy, más que a todos y cada uno de los cuadros que llenan las paredes de los museos, más que a cualquier hermoso lugar de la tierra, más que oírte recitar a Shakespeare mientras James interpreta a Bach, más más más que al azúcar que cae sobre una taza de té hirviendo, más que a todos los libros, toda la música, la respiración o el latido que me hacen seguir viviendo.

*     *     *

A la mañana siguiente, C. se disparó un tiro con una escopeta que había pedido prestada para cazar conejos. El jardinero llamó al médico y telefoneó a Ralph. Tardó en morir unas tres horas. En sus últimos momentos, pidió perdón por las molestias, se excusó por su torpeza. Hubiera deseado una muerte instantánea, sin testigos.

(Ana María Navales, Cuentos de Bloomsbury, Edhasa, 1991)

Interior de Ham Spray House. (Pinterest)

 Cuentos de Bloomsbury es el tercer conjunto de relatos publicado por la escritora aragonesa Ana María Navales. Tiene su germen en la pasión de la autora por el universo de Virginia Woolf y el grupo de Bloomsbury. Navales explica en la breve introducción a la primera edición que los cuentos son "una libre recreación de algunos de los personajes que protagonizaron el grupo de Bloomsbury" y, en la entrevista concedida a Ángeles Encinar para Lectora 2 (1996), añade:
En Cuentos de Blomsbury hay un balanceo entre realidad-irrealidad, un intento de sacar a la superficie la rebeldía del artista, de descubrir los espacios ocultos en que él vive aislado, en tensión creadora.
Los doce cuentos constituyen una mirada caleidoscópica sobre el grupo de Bloomsbury, una muy libre recreación que busca la vertiente secreta de cada uno de los personajes, iluminados con enorme respeto. Es un libro escrito desde el punto de vista del seducido o enamorado que recuerda detalles y actuaciones dispersas del motivo de su amor.
En la mayoría de las narraciones, impregnadas de lirismo, la "indagación en el mundo femenino y la literatura son el telón de fondo", como observa Ángeles Encinar en "Cuentos escritos por mujeres: Crónica apasionada de una época" (1999).

A los doce cuentos de la edición inicial se añadió el relato "Mi corazón está contigo" en la edición de Calambur de 1999. En la tercera, también en Calambur (2003), se suman otros dos nuevos relatos ("Aquel verano de Carbis Bay" y "La última carta"), sumando un total de quince.
 
En opinión de Isabel Carabantes (Ana María Navales, la vida de un relato, 2017), la conexión entre los textos es tan poderosa que podría hablarse de una novela fragmentaria. Según esta estudiosa, es el ambiente el elemento que establece esa fuerte relación entre los relatos:
Es esa particular atmósfera la que hace que cada uno de los relatos funcione como una tesela que forma parte de un peculiar mosaico y, al mismo tiempo, sigue manteniendo su propio sentido.
Carabantes observa asimismo que "Té sin azúcar" fue el primero en aparecer, en 1987, en uno de los números iniciales de la revista Turia. El relato, cuyo  título es una metáfora de la relación amorosa sin sexo, se centra en la peculiar relación entre el biógrafo y erudito Lytton Strachey y la pintora Dora Carrington. 

Dora Carrington (1893-1932) fue una pintora inglesa que, aunque no formó parte del grupo de Bloomsbury, se la asocia indirectamente con este círculo por su vida bohemia y por su relación con  uno de sus miembros, Lytton Strachey. Se conocieron en 1915, cuando Dora tenía veintidós años y Strachey, treinta y cinco. Entre ellos se estableció una relación tan estrecha y especial que, a pesar de la homosexualidad de Lytton, se fueron a vivir juntos en 1917. Carrington tuvo una breve relación amorosa durante los años de la Primera Guerra Mundial con el pintor Mark Gertler, uno de sus compañeros de la Escuela de Artes,  y en 1919 inició un idilio intermitente y tormentoso con el escritor Gerald Brenan, el mejor amigo de Ralph Partridge, el hombre con el que  Dora aceptó  casarse en 1921, aunque no por amor. Ralph tuvo que admitir que Lytton formara parte de su matrimonio y los tres se trasladaron a vivir juntos.  En 1924 se instalaron en Ham Spray House. Pero en 1926 Ralph inició una aventura con Frances Marshall y se marchó a vivir con ella a Londres, si bien seguía visitándolos todos los fines de semana. En 1928 Dora conoció a Bernard Penrose, amigo de Ralph, e iniciaron una relación que acabó cuando la pintora se quedó embarazada y sufrió un aborto. Esta fue su última aventura amorosa con un hombre. En enero de 1932, dos meses después de la muerte de Strachey a causa de un cáncer de estómago, Carrington se suicidó disparándose con un arma prestada. Sus cenizas fueron enterradas bajo los laureles del jardín de Ham Spray House. 

domingo, 23 de agosto de 2020

"El mundo que yo no viva", de Agustín García Calvo

Foto: Edward Weston


El mundo que yo no viva


El mundo que yo no viva

lo pensé como cosa extraña,

como arca de maravilla.

Ay de mi vida.


Allí ¿sonará la lluvia

junto al fuego las noches frías?

¿Tendrá Agosto en el río barcas?

Y tú ¿la gentil sonrisa?

¿Durará en el papel que siembro

la negra flor de la tinta?

Ay de mi vida.


¿Será posible que vengan

los amigos y que "Era" digan

"un hombre, y te quiso mucho"

y "Mucho" llorando digas?

Es el mundo que no conozco,

Atlántida sumergida.

Ay de mi vida.


Allí las palmeras echan

esmeraldas. Allí las crías

del delfín esmeraldas pacen.

Allí no hay noche ni día:

cuando ordeñan a los rebaños,

de púrpura el mar se agría,

Ay de mi vida.


Más limpio que agua de oro

es el mundo que yo no viva:

no hay naves de arar espumas

ni arado para las viñas;

el gran árbol le da su fruto

al que el nombre del fruto diga.

Ay de mi vida.


Ese mundo no es el mío:

es el tuyo: el que en tus pupilas

hundido está desde siempre

y no lo alcanza mi vista.

A ese mundo quisiera entrar,

antes que suene la hora

 —ay— de mi vida.

De Canciones y soliloquios, 1982


Entrada relacionada:

Puedes escuchar el poema, cantado por Amancio Prada y María Dolores Pradera:

[Imagen inicial: Pinterest]

domingo, 16 de agosto de 2020

"Tú no has visto el alba", de José Luis Hidalgo

Charles Courtney Curran, A Breezy Day, 1887


Tú no has visto el alba

No podía decirte
por qué el alba mató aquella paloma sin una gota de sangre;
es una mujer
que tiende ropa blanca sobre la madrugada,
una mujer con una palabra congelada entre los dientes
que pone un punto de hielo
en los gritos que ha ido desmelenando sobre los prados.
A lo lejos, a lo lejos.
Unos brazos azules van abrazando la tierra,
hay también un canto de ruiseñor sobre los árboles;
en las flores los escarabajos, y tú sin enterarte.
No te lo puedo decir, rompe tu sueño y míralo.

¡Con el alba, con el alba!

La alegría de la luz me penetra por las plantas.
Me sacude como un lirio.
Voy a desnudarme. 
Quiero que para mi carne oculta también amanezca.

De Raíz, 1944

Otros poemas del autor en este blog:
http://elhacedordesuenos.blogspot.com/2013/01/que-es-la-noche-de-reyes-de-jose-luis.html