EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL IES "GOYA" DE ZARAGOZA


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domingo, 17 de octubre de 2021

"Esta imagen de ti", de José Ángel Valente

 



Esta imagen de ti

Estabas a mi lado
y más próxima a mí que mis sentidos.

Hablabas desde dentro del amor,
armada de su luz.
                             Nunca palabras
de amor más puro respirara.

Estaba tu cabeza suavemente 
inclinada hacia mí.
                               Tu largo pelo
y tu alegre cintura.
Hablabas desde el centro del amor,
armada de su luz,
en una tarde gris de cualquier día.

Memoria de tu voz y de tu cuerpo
mi juventud y mis palabras sean
y esta imagen de ti me sobreviva.

De La memoria y los signos, 1966

Escribe Andrés Sánchez Robayna en el prólogo a la edición de La memoria y los signos  (Huerga & Fierro, 2004)  que hay en este libro  de José Ángel Valente "una conciencia de la poesía como revelación de una zona de lo real a la que solo se tiene acceso mediante el conocimiento poético". El libro, dividido en siete secciones, aborda dos núcleos temáticos: la identidad y la memoria, y recoge, entrelazadas, historias personales y colectivas: poemas dedicados a la memoria de su padre, pero también a la Guerra Civil y  a personajes como César Vallejo, Antonio Machado o el poeta inglés Jonh Cornford.

Sobre el poema elegido,  Armando López Castro (en "José Ángel Valente y la búsqueda del centro") explica lo que sigue:

Hay una interiorización del amor y una plegaria por su duración en la palabra. El personaje no está fuera del que habla, sino dentro y lo hace "desde el centro del amor". Lo que busca el poema es unificar la experiencia poética y la experiencia amorosa en un descenso radical hacia el centro de esta.

[Imagen: Pinterest]

miércoles, 13 de octubre de 2021

Grupo de lectura "Leer juntos" - curso 21/ 22

El pasado lunes día 4 de octubre el grupo de lectura “Leer juntos” del IES Goya inició la andadura de su XI curso con una tertulia dedicada a “Las ratas” (1962), que nos había quedado pendiente del curso pasado en nuestra conmemoración del centenario del nacimiento de Miguel Delibes.

Asimismo, a partir de las propuestas de los miembros del club, se concretó el plan de lecturas para este curso junto con el calendario de las tertulias, que a continuación presentamos.

Os recordamos que el grupo de lectura está abierto a toda la comunidad educativa (alumnado y familias, profesorado y personal de servicios) y a amigos del instituto (antiguos alumnos, profesoras y profesores jubilados, etc.). Si queréis participar, debéis solicitarlo en un mensaje dirigido a la dirección electrónica de este blog.

 

PLAN DE LECTURAS Y CALENDARIO DE LAS TERTULIAS

8 de noviembre: De la roca nacidas, de Carmen Romeo Pemán. Centro de Estudios de las Cinco Villas/ Institución Fernando el Católico, 2021.

Estamos organizando la presentación-coloquio del libro de relatos de nuestra querida compañera Carmen Romeo en un encuentro presencial (¡por fin!) en el salón de actos del instituto y una exposición, en la Sala Cebrián, de las acuarelas que ilustran la obra, pintadas por María Aguirre Romeo.

El libro contiene una selección de relatos relacionados con las tradiciones y las gentes de El Frago (comarca de las Cinco Villas), agrupados en tres series: “Las fragolinas de mis ayeres”, “Leyendas escolares” y “De la tradición oral”. Algunos proceden del blog Letras desde Mocade y otros son inéditos. La obra se cierra con un artículo, “El Frago, el nombre del pueblo”, síntesis de un estudio toponímico académico realizado por la autora a comienzos de los años 70.

 

13 de diciembre: La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine. El Acantilado, 2013.

El profesor y filósofo Nuccio Ordine nos presenta su ensayo con las siguientes palabras: “El oxímoron evocado por el título merece una aclaración. La paradójica 'utilidad' a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista. [...] Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante 'homo sapiens' pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad”.

 

17 de enero: Catedrales, de Claudia Piñeiro. Alfaguara, 2021.


 Hace treinta años, en un terreno baldío de un barrio tranquilo de Buenos Aires, apareció descuartizado y quemado el cadáver de una adolescente. La investigación se cerró sin culpables y su familia –de clase media educada, formal y católica– silenciosamente se fue resquebrajando. Pero, pasado ese largo tiempo, la verdad oculta saldrá a la luz gracias al persistente amor del padre de la víctima.

Esa verdad mostrará con crudeza lo que se esconde detrás de las apariencias; la crueldad a la que pueden llevar la obediencia y el fanatismo religioso; la complicidad de los temerosos e indiferentes, y también, la soledad y el desvalimiento de quienes se animan a seguir su propio camino, ignorando mandatos heredados.

 

 

21 de febrero: A las afueras del mundo, de Jesús Gil Vilda. Destino, 2015.


 Un hombre, Jesús, presencia el suicidio de Krzysztof Sobolewski y decide suplantar la vida que este ha decidido arrojar a la desembocadura del río Tees, en el mar del Norte. El impostor es un español en el límite de su capacidad de resistencia, un representante de una clase media en vías de extinción. Estamos en Inglaterra en un futuro próximo, reconocible. Los nuevos desheredados se organizan en las afueras de Londres para administrar su pobreza. Nuestro hombre ha perdido su plaza de profesor en la universidad y se ha visto obligado a aceptar un trabajo venenoso en las cuadrillas que se dedican a limpiar centrales nucleares, y no duda en aprovechar la oportunidad que le brinda el azar. El navegador del coche que Sobolewski ha abandonado lo guía hasta un hotel donde el suicida tenía su primera cita con una mujer, Dorothea Mitford, que no parece notar la suplantación. Comienzan una relación intelectual y sexual, sin transiciones, de lo uno a lo otro. Cromwell, Heisenberg, Locke, Rousseau... les acompañan en sus interminables diálogos por la ribera del Támesis…

 

 28 de marzo: El ruido del tiempo, de Julian Barnes. Anagrama, 2016.

El 26 de enero de 1936 el todopoderoso Iósif Stalin asiste a una representación de Lady Macbeth de Mtsensk de Dmitri Shostakóvich en el Bolshoi de Moscú. Lo hace desde el palco reservado al gobierno y oculto tras una cortinilla. El compositor sabe que está allí y se muestra intranquilo. Dos días después aparece en Pravda un demoledor editorial que lo acusa de desviacionista y decadente. Un editorial aprobado o acaso escrito de su puño y letra por el propio Stalin. Son los años del Gran Terror, y el músico sabe que una acusación como ésa puede significar la deportación a Siberia o directamente la muerte…

La historia de Shostakóvich y Stalin es un ejemplo particularmente desolador de las relaciones entre el arte y el poder. Uno de los más grandes compositores del siglo XX adaptó su arte a la estética oficial, abjuró de amigos y maestros, se postró ante el dictador para sobrevivir en un periodo en el que sus conocidos caían como moscas.

  

25 de abril: El mar, de John Banville. Alfaguara, 2019.


 Tras la reciente muerte de su esposa después de una larga enfermedad, el historiador de arte Max Morden se retira a escribir al pueblo costero en el que de niño veraneó junto a sus padres. Pretende huir así del profundo dolor por la reciente pérdida de la mujer amada, cuyo recuerdo le atormenta incesantemente. El pasado se convierte entonces en el único refugio y consuelo para Max, que rememorará el intenso verano en el que conoció a los Grace, por quienes se sintió inmediatamente fascinado y con los que entablaría una estrecha relación…  

El mar, ganadora del Premio Man Booker 2005, es una conmovedora meditación acerca de la pérdida, la dificultad de asimilar y reconciliarse con el dolor y la muerte, y el poder redentor de la memoria.

 

30 de mayo: El mal de Montano (2002), de Enrique Vila-Matas. Debolsillo, 2021.


 Un narrador, que firma sus libros con el matrónimo de Rosario Girando, escribe un diario personal y un diccionario tímido de su vida y lleva tan lejos su mal de Montano, está tan enfermo de literatura que la ficción inicial (la creación de un personaje obsesionado por el porvenir de la literatura y dedicado a descifrar el arte de los diarios personales de sus escritores favoritos) acaba transformándose en una realidad cuando el autor decide convertirse en carne y hueso en la literatura misma, encarnarse en ella, transformarse en la memoria de la Biblioteca universal, entrar a formar parte de una sociedad secreta de conjurados contra los enemigos de lo literario. A partir de ese momento, Rosario Girando escribirá su diario como si de este dependiera la suerte de la literatura, como si ese texto o tapiz mestizo abriera el presente a lo nuevo, a la libertad, y la literatura tuviera otra oportunidad.

domingo, 10 de octubre de 2021

"Geórgica imposible", de Rosendo Tello




Geórgica imposible

Beatus hille qui procul negotiis
(HORACIO)

Yo podría haber sido agricultor, dichoso
en mi finca vallada con un seto de vincas.
Entre viñas e higueras pasaría las horas
sin envidiar a nadie, atento a los augurios
de mis antepasados, que a todo antepusieron
el arte de vivir en la serenidad
de acuerdo con la edad y sus ocios fecundos.
El olivo sagrado señorea la tierra
que heredé de mis padres, entreabren los frutales
sus botones granados como pechos granados
de doncellas en flor, dialogan al aire
los parrales latinos y el corazón del mar
late en la lejanía.
¡Tener un pozo blanco
en el atrio de casa, con una piedra negra
sobre el brocal labrado para oír los oráculos
de los tiempos antiguos en los claros de luna!
¿Qué distracción mayor que ver rumiar los bueyes
bajo los tamarindos, a la sombra dorada
de sus verdes sombrillas con encaje de sedas?
¿Y qué decir si pienso en los rubios panales
que, al pie de las laderas, hacen dulces y amables
las suertes de la vida?
Los domingos podría
ensayarme en la pesca, leer en las entrañas
de los peces los cambios que los cielos anuncian
y evitar con las aves los desastres del tiempo.
O pasear cantando por bancales de avenas
y pajizos trigales, y oír los ruiseñores
en las foscas umbrías. Ser pastor solitario,
como lo fue mi abuelo, ¡suprema ocupación!
La que a Lope dictaba tiernas alegorías
tras vida borrascosa, la que aprendí de Rilke
y sus noches de Ronda.
Yo no sería nunca
Salicio o Nemoroso, pues mi amada estaría
sin disfraz esperándome, tendida en la espesura
al ventalle almenado de sauces amorosos.
¿Son enajenaciones? ¿O tal vez, sólo el sueño
de un solitario errante que ha perdido el sentido
de las cosas sagradas y ahora se empeña en vano
en ser lo que no fue? ¿O que no pudo ser?
¿Que no será jamás?

            
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domingo, 3 de octubre de 2021

"Al otoño" (To Autumn), de John Keats

 
Viñedos en la región de Umbría, Italia. MAURIZIO RELLINI


AL OTOÑO

 

I

 

    Estación de nieblas y frutos maduros

         compañera íntima del sol que madura,

    que con él conspiras para bendecir y llenar

         de fruto las viñas que los tejados rodean;

    para colmar de manzanas los árboles cubiertos de musgo,

         y hacer que el corazón de la fruta madure;

              que crezca la calabaza, y las cáscaras de avellana se llenen

         de pulpa sabrosa; que nazcan brotes nuevos,

    flores tardías que hagan creer a las abejas

    que jamás han de acabar los días cálidos,

              pues el verano sus panales ha colmado.

 

II

 

    ¿Quién entre los de tu especie, no te ha visto a menudo?

         Quien sea que te busque puede a veces encontrarte

    Sentada con descuido en el suelo del granero,

         tu cabello agitado por ráfagas de viento;

    o profundamente dormida en los surcos labrados,

         ebria por los efluvios de la adormidera, mientras tu hoz

    evita el siguiente haz y sus flores entrelazadas.

    Y, a veces, cual espigador, mantienes

         la carga firme sobre tu cabeza al cruzar el arroyo;

         o con mirada paciente, junto al lagar,

    vigilas hora tras hora los últimos olores.

 

III

 

    ¿Dónde están las canciones de primavera? Sí, ¿dónde están?

         No pienses en ellas, que también tú tienes tu música,

    mientras nubes ligeras florecen en el ocaso

         y tiñen de rosa pálido las llanuras;

    y un coro de lamentos entonan los insectos

         entre los sauces del río, y se alejan

              o se hunden en el viento ligero que nace o muere;

    y los corderos adultos balan ruidosos desde las colinas;

         cantan las cigarras, y con voz atiplada

         el petirrojo silba desde el jardín en flor;

               y golondrinas en bandadas revolotean en el cielo.

 

    Versión original:

 

TO AUTUMN

 

I

 

    Season of mists and mellow fruitfulness,

       Close bosom-friend of the maturing sun;

    Conspiring with him how to load and bless

       With fruit the vines that round the thatch-eves run;

    To bend with apples the moss'd cottage-trees,

       And fill all fruit with ripeness to the core;

          To swell the gourd, and plump the hazel shells

       With a sweet kernel; to set budding more,

    And still more, later flowers for the bees,

    Until they think warm days will never cease,

          For summer has o'er-brimm'd their clammy cells.

 

II

 

    Who hath not seen thee oft amid thy store?

       Sometimes whoever seeks abroad may find

    Thee sitting careless on a granary floor,

       Thy hair soft-lifted by the winnowing wind;

    Or on a half-reap'd furrow sound asleep,

       Drows'd with the fume of poppies, while thy hook

          Spares the next swath and all its twined flowers:

    And sometimes like a gleaner thou dost keep

       Steady thy laden head across a brook;

       Or by a cyder-press, with patient look,

          Thou watchest the last oozings hours by hours.

 

III

 

    Where are the songs of spring? Ay, Where are they?

       Think not of them, thou hast thy music too,—

        While barred clouds bloom the soft-dying day,

       And touch the stubble-plains with rosy hue;

    Then in a wailful choir the small gnats mourn

       Among the river sallows, borne aloft

          Or sinking as the light wind lives or dies;

    And full-grown lambs loud bleat from hilly bourn;

       Hedge-crickets sing; and now with treble soft

       The red-breast whistles from a garden-croft;

          And gathering swallows twitter in the skies.

 

En Poemas escogidos, ed. bilingüe de Juan V. Martínez

Luciano, Pedro Nicolás Payá y Miguel Teruel Pozas,

Cátedra, Letras Universales, 4ª ed., 2011.



"Al otoño", considerada la culminación de la obra literaria del poeta romántico John Keats (1795-1821) y uno de los mejores poemas de la lírica inglesa de todos los tiempos, es la última oda compuesta por el autor, que la escribió el 19 de septiembre de 1819, después de un paseo por las afueras de Winchester. Fue incluida en el libro Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas (1820).

Dividida en tres partes de once versos cada una, agrupados en  una cuarteta de Shakespeare (abab) y un septeto (cdecdde), el poema es una celebración del otoño, contemplado no como una estación melancólica, sino como una época de completa madurez y fertilidad. La oda ha sido objeto de muy variadas interpretaciones por parte de la crítica. Para unos, el poema se centra en la belleza del otoño, que depende de su devenir reflejado en las sucesivas partes, desde el momento anterior a la cosecha, la cosecha misma, y el vacío posterior que precede al invierno. Para otros se trata de un recorrido por los sentidos: comienza con el tacto, continúa con las sensaciones visuales y concluye con las auditivas. Otros lo interpretan como un recorrido que va  desde el mundo de lo vegetal al de lo humano y acaba en el mundo de los animales. Finalmente,  Barnard ha visto en el poema una interconexión, implícita en todo el poema, entre madurez, muerte y regeneración (Juan V. Martínez Luciano).

2021 es el año del bicentenario de la muerte de John Keats, acaecida en Roma el 23 de febrero de 1821. 

jueves, 30 de septiembre de 2021

"Cabeza rapada", un cuento de Jesús Fernández Santos





Cabeza  rapada

Era un viento templado. Las hojas volaban llenando la calzada, remontándose hasta caer de nuevo desde las copas de los árboles. Su cabeza, rapada al cero, aparecía oscura del sudor y el sol, como las piernas con sus largos pantalones de pana. No había cumplido los diez años; era un chico pequeño. Íbamos andando a través de aquel amplio paseo, mecidos por el rumor de los frondosos eucaliptos, envueltos en remolinos de polvo y hojas secas que lo invadían todo: los rincones de los bancos, las vías… Menudas y rojizas, pardas, como de castaño enano o abedul, llenaban todos los huecos por pequeños que fuesen, pegándose a nosotros como el alma al cuerpo.

Cruzaban sombras negras, luminosas, de los coches; los faros rojos atrás, acentuando su tono hasta el morado. Aunque no hacía frío nos arrimamos a una hoguera en que el guarda de las obras quemaba ramas de eucaliptos esparciendo al aire un agradable olor a monte abierto. Allí estuvimos un buen rato, llenando de él nuestros pulmones, hasta que el chico se puso a toser de nuevo.

—¿Te duele? —le pregunté.

Y contestó:

—Un poco —hablando como con gran trabajo.

—Podemos estar un poco más, si quieres.

Dijo que sí, y nos sentamos. Eran enormes aquellos árboles flotando sobre nosotros, cantando las ráfagas en la copa con un zumbido constante que a intervalos subía; y, más allá del pilón donde el hilo de la fuente saltaba, se veía a la gente cruzar, la ropa pegada al cuerpo, íntimamente unidas las parejas.

El chico volvió a quejarse.

—¿Te duele ahora?

—Aquí, un poco…

Se llevó la mano bajo la camisa. Era la piel blanca, sin rastro de vello, cortada como las manos de los que en invierno trabajan en el agua. Otra vez tenía miedo. Yo también, pero me esforzaba en tranquilizarle.

—No te apures; ya pasará como ayer.

—¿Y si no pasa?

—¿Te duele mucho?

El guarda nos miraba con recelo, pero no dijo nada cuando nos recostamos en el cajón de las herramientas. Freía sardinas en una sartén de juguete. A la luz anaranjada de la llama, el olor de la grasa se mezclaba al aroma de la madera que ardía.

—Ese chico no está bueno…

—¡Qué va! No es más que frío…

El chico no decía palabra. Miraba el fuego pesadamente, casi dormido.

—No está bueno…

Ahora no tenía un gesto tan hosco. El chico escupió al fuego y guardó silencio.

—Va a coger una pulmonía, ahí sentado.

Me levanté y le cogí del brazo, medio dormido como estaba.

—Vamos —dije—; vámonos.

Le fui llevando, poco a poco, lejos del fuego y de la mirada del guarda.

Mientras andábamos, por animarle un poco, froté aquella cabeza monda y suave, con la mano, al tiempo que le decía:

—¡Que no es nada, hombre!

Pero él no se atrevía a creerlo, y por si era poco, vino de atrás la voz del otro:

—¡Le debía ver un médico!

—¡Ya lo vio ayer!

Esto pasó con el médico: como no conocíamos a nadie, fuimos al hospital y nos pusimos a la cola de la consulta, enana habitación alta y blanca, con un ventanillo de cristal mate en lo más alto y dos puertas en los extremos abriéndose constantemente. La gente aguardaba en bancos, a lo largo de las paredes, charlando; algunos en silencio, los ojos fijos, vagos, en la pared de enfrente. La enfermera abría una de las puertas, diciendo: “Otro”, y el que en aquel momento salía, saludaba: “Buenos días, doctor”.

Una mujer olvidó algo y entró de nuevo en la consulta. Salió aprisa, sin ver a nadie, sin saludar. Exclamaba algo que no entendimos bien. Todos miraron las baldosas, como si cada cual no pudiera soportar la mirada de los otros, y un hombre joven, de cara macilenta, maldijo muchas veces en voz baja.

El médico auscultaba al chico y, al mismo tiempo, me miraba a mí. Nos dio un papel con unas señas para que fuéramos al día siguiente.

—¿Es hermano tuyo?

—No.

Al día siguiente no fuimos adonde el papel decía.

Se inclinó un poco más. Debía sufrir mucho con aquella punzada en el costado. Sudaba por la fiebre y toda su frente brillaba, brotada de menudas gotas. Yo pensaba: “Está muy mal. No tiene dinero. No se puede poner bien porque no tiene dinero. Está del pecho. Está listo. Si pidiera a la gente que pasa no reuniría ni diez pesetas. Se tiene que morir. No conoce a nadie. Se va a morir porque de eso se muere todo el mundo. Aunque pasara el hombre más caritativo del mundo, se moriría”.

Reunimos tres pesetas. Decidimos tomar un café y entrar en calor.

—Con el calor se te quita.

Un café vacío y mal alumbrado, con sillas en los rincones. La barra estaba al fondo, de muro a muro, cerrando una esquina, con el camarero más viejo sentado porque padecía del corazón, y sólo para los buenos clientes se levantaba. Tres paisanos jugaban al dominó. Llegaban los sones de un tango entre el soplido del exprés y los golpes de fichas sobre el mármol.

Sólo estuvimos un momento; lo justo para tomar el café. Al salir todo continuaba igual: el viejo tras el mostrador, mirando sus pies hinchados; los otros jugando, y el que andaba en la radio con los botones en la mano. La música y la luz parecían ir a desaparecer de pronto. Viéndolos por última vez, quedaban como un mal recuerdo, negro y triste.

En el paseo, bajo los árboles, de nuevo empezó a quejarse, y se quiso sentar. Pisábamos el césped a oscuras. Buscó un árbol ancho, frondoso, y apoyando en él su espalda, rompió a llorar. De nuevo acaricié la redonda cabeza, y al bajar la mano me cayó una lágrima. Lloraba sobre sus rodillas, sobre sus puños cerrados en la tierra.

—No llores —le dije.

—Me voy a morir.

—No te vas a morir, no te mueres…

(Jesús Fernández Santos, Cabeza rapada, Barcelona, Seix Barral, 1982)


Jesús Fernández Santos


Jesús Fernández Santos
(Madrid, 1926-1988) fue un escritor perteneciente a la Generación de los 50, además de director y guionista cinematográfico. 

Hijo de una familia de clase media, quedó huérfano de madre cuando contaba poco más de un año y perdió a su padre con catorce. La Guerra Civil lo sorprendió en Segovia, donde permaneció hasta el final de la misma. En Madrid inició los estudios de Filosofía y Letras, en cuya Facultad entró en contacto con otros escritores de su generación y, junto a Florentino Trapero y al futuro  dramaturgo Alfonso Sastre, dirigió el Teatro Experimental Universitario. Sin acabar los estudios, a finales de la década de los 40 se matriculó en la Escuela Oficial de Cine, donde coincidió con Carlos Saura, Borau y Camus, entre otros. Una vez obtenido el título de realizador, el cine se convirtió en su segunda profesión, que compatibilizó con la literatura. Dirigió numerosos documentales, una película de larga duración (Llegar a más, basada en uno de sus cuentos) y varios cortometrajes. En  los años 60 inició una estrecha colaboración con Radio Televisión Española, dirigiendo capítulos de  diversas series culturales (La víspera de nuestro tiempo, Los españoles, Los libros, Conozca usted España...). Ejerció la crítica cinematográfica en el diario El País.

Su producción literaria se inicia con la novela Los Bravos (1954), en la que, con técnica objetivista, describe la dureza de la vida en un pueblo leonés dominado por el caciquismo, la violencia y la incultura. El objetivismo y la intención social son rasgos también de su segunda novela, En la hoguera (1957, Premio Gabriel Miró) y de su volumen de relatos Cabeza rapada (1958, Premio de la Crítica). Sus numerosas novelas posteriores siguen caminos diversos: novela intimista (El hombre de los santos, 1968, Premio de la Crítica), histórica: Lo que no tiene nombre (1977, Premio Fastenrath de la Real Academia), Extramuros (1978, Premio Nacional de Literatura) y Cabrera (1981) o  biografía novelada (El Griego, 1985, Premio Ateneo de Sevilla), con   predominio de las de tono moral, como Laberintos (1964), Las catedrales (1970) o Libro de la memoria de las cosas (1971, Premio Nadal 1970). En 1978 se editaron sus Cuentos completos y, en 1979, A orillas de la vieja dama, libro de narraciones breves. Su narrativa se caracteriza por su sencillo pero muy cuidado lenguaje, el lento desarrollo de la acción y la influencia de técnicas cinematográficas.

El libro de cuentos Cabeza rapada es una recopilación de catorce cuentos, algunos de los cuales habían aparecido previamente en periódicos y revistas. Todos ellos están escritos desde la perspectiva de los niños, lo que da unidad al volumen, a pesar de la diversidad temática. Susana Pastor Cesteros señala como núcleos temáticos de los mismos las vivencias infantiles, el recuerdo de la Guerra Civil, la dureza del trabajo y del mundo rural y el aburrimiento de la burguesía. El relato que da título al volumen presenta el desamparo de un niño de nueve años enfermo de tuberculosis que, sin dinero ni medios para combatir la enfermedad y con la sola compañía de un amigo, teme morir.

[Imagen inicial: freepik.es]