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jueves, 15 de agosto de 2024

"La mancha de humedad", un cuento de Juana de Ibarbourou

 


La mancha de humedad


Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era este un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:

—Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuántos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.

Ella me miraba espantada:

—¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mío, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:

—No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una “O” de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:

—¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:

—¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odio a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como solo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece… ¡Ay, yo lo sé bien!

(De Chico Carlo, 1944)


-Información sobre la autora en este blog: AQUÍ.

-Puedes leer su poema "Como la primavera": AQUÍ

-El poema "La hora": AQUÍ.


[Imagen: Sanysec]

domingo, 10 de abril de 2016

"La hora", de Juana de Ibarbourou





                  La hora

Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora, que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora, que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.

Ahora, que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida aprisa.

Después... ¡Ah, yo sé
que nada de eso más tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Hoy, y no mañana. Oh amante. ¿No ves
que la enredadera crecerá ciprés?

              De Las lenguas de diamante, 1919


"Jamás ha hablado  en español, que yo sepa, así la pasión desnuda y ardiente. Me recuerda a trechos a Safo, pero a la de verdad, no a la legendaria", escribió Miguel de Unamuno  a Juan Ramón Jiménez, en carta fechada en Salamanca el 22 de diciembre de 1919, tras leer Las lenguas de diamante. Ejemplo de  esa pasión es el poema elegido, en que, con sones especialmente eróticos, rompiendo con el pudor que la sociedad tradicional imponía a la mujer,  Juana de Ibarbourou recrea el tema horaciano del carpe diem, la invitación a gozar de la vida y la juventud ante la certidumbre de que pronto llegarán la vejez y la muerte. 

Muy ilustrativas resultan las palabras de María del Rocío Contreras Romo sobre este poema:
 Poema hedonista donde el imperativo del primer verso determina los contenidos semánticos del mismo, y que conforme avanza va adquiriendo un cierto tono irónico. El sujeto de la enunciación, la mujer que ama, demanda a su interlocutor, el amante, que se fundan en el acto amoroso antes de que la frescura de la piel, la belleza la abandone. El poema avanza de acuerdo con el ritmo de la vida humana y de la naturaleza. Los sustantivos dalias, primavera, nardos y enredadera, nos hablan de la juventud, en tanto que ofrenda, mausoleo, y ciprés aluden a la vejez, a la muerte. Esto está reforzado con los adjetivos, nuevas, olorosa, limpios, ligera, viva, inútil, mustia; y por la conciencia del tiempo, ahora, temprano, hoy, después, más tarde y mañana.
  La amante de este poema es doblemente transgresora, pues por un lado es una mujer que, consciente de su cuerpo, de su sexualidad, exige su satisfacción; y por el otro, es ella la que le demanda al hombre y no al revés, como tradicionalmente se ha impuesto.
                   De  "El placer de la palabra o la palabra del placer, la poesía de Juana de Ibarbourou", en Espéculo: Revista de Estudios Literarios, Nº 22, 2002

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domingo, 27 de marzo de 2011

"Como la primavera", de Juana de Ibarbourou

Juana de Ibarbourou

Como la primavera

Como un ala negra tendí mis cabellos
sobre tus rodillas.
Cerrando los ojos su olor aspiraste
diciéndome luego:
-¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgos?
¿Con ramas de sauces te atas las trenzas?
¿Tu almohada es de trébol? ¿Las tienes tan negras
porque acaso en ellas exprimiste un zumo
retinto y espeso de moras silvestres?

¡Qué fresca y extraña fragancia te envuelve!
Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas.
¿Qué perfume usas? Y riendo te dije:
-¡Ninguno, ninguno!
Te amo y soy joven, huelo a primavera.

Este olor que sientes es de carne firme,
de mejillas claras y de sangre nueva.
¡Te quiero y soy joven, por eso es que tengo
las mismas fragancias de la primavera!

                             (Juana de Ibarbourou, de Raíz salvaje)


Juana de Ibarbourou (Melo, Uruguay, 1895 - Montevideo, 1979), nombre por el que se conoce a la poeta uruguaya Juana Fernández Morales, que adoptó el apellido de su marido, el capitán Lucas Ibarbourou. Hija de gallego y uruguaya, está considerada una de las voces más personales y figura clave de la lírica hispanoamericana de principios del siglo XX. Sus poemarios Lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920) y Raíz salvaje (1922), de estilo apasionado y sensual, tienen una clara influencia modernista. Más tarde evolucionó hacia el vanguardismo (La rosa de los vientos, 1930). Tras un silencio de veinte años reaparece con obras en las que profundiza en el abandono, la soledad y la cercanía de la muerte, entre las que destacan Romance del destino (1955), Canto rodado (1956) y Elegía (1968). El éxito de sus primeros poemarios hizo que en 1929 un grupo de artistas y diplomáticos de distintos países la proclamara “Juana de América”. A partir de 1940 su popularidad traspasó las fronteras de América, y para 1953 ya se publicaban sus obras completas en España; en 1950 la nombraron presidenta de la Sociedad Uruguaya de Escritores, y en 1955, su obra fue premiada por el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. Cuatro años más tarde, recibió por primera vez el Premio Nacional de Literatura de Uruguay.

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