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jueves, 14 de mayo de 2015

La biblioteca del Nautilus en 'Veinte mil leguas de viaje submarino'


Veinte mil leguas de viaje submarino ( Vingt mille lieues sous les mers) es una de las más  famosas novelas del escritor francés Julio Verne (Nantes, 1828-Amiens, 1905), quien escribió la obra mucho antes de que los submarinos fuesen una realidad. La obra fue publicada por entregas en la revista Magasin d'Éducation et de Récréation desde el 20 de marzo de 1869 hasta el 20 de junio de 1870. Como libro apareció en Francia  en dos partes, editadas en 1869 y 1870, respectivamente. Un año después tendrá lugar en Francia la edición de la novela en un solo volumen.  Curiosamente, la obra completa, traducida por Vicente Guimerá, apareció en España en 1969, un año antes de la publicación en Francia de la segunda parte, si bien la tirada fue muy corta y, lógicamente, poco conocida.

   La historia, narrada en primera persona por Pierre Aronnax,  profesor de Historia Natural del Museo de París, comienza en el año 1866, cuando los ataques sufridos por diferentes barcos y la desaparición de otros en extrañas circunstancias mantiene en vilo a la población de ciertas zonas, especialmente a los hombres de mar. Los daños sufridos por las embarcaciones, así como los testimonios de algunos testigos llevan a pensar que el causante es  un enorme monstruo fusiforme, a veces fosforescente, de fuerza descomunal y muy superior a una ballena en tamaño y velocidad, al parecer un gigantesco narval, un unicornio marino armado de un verdadero espolón, en opinión de Aronnax.
   Para  darle caza y acabar con un peligro que amenazaba seriamente el comercio por mar, se organiza una expedición en la que participan, entre otros, el profesor Aronnax, su ayudante, Conseil (Consejo), y el experto arponero canadiense Ned Land, quienes el 2 de julio parten del puerto de Brooklyn a bordo de la fragata Abraham Lincoln, al mando del comandante Farragut.
    Tras bordear el cabo de Hornos,  la fragata se dirige hacia los mares de la China, escenario de las últimas apariciones del monstruo. Durante tres meses surca los mares septentrionales del Pacífico, sin dejar un solo punto inexplorado. Cuando el desánimo hace mella en la tripulación y cuando el 2 de noviembre esta solicita regresar a la base, el comandante pide un plazo de tres días, con la promesa de retornar si en ese tiempo no dan con el monstruo.


    El plazo expiraba a mediodía del 5 de noviembre, pero por la noche, cuando el barco se encontraba a menos de doscientas millas de las costas de Japón, Ned Land dio la voz de alarma y toda la tripulación pudo ver la superficie del mar iluminada por el resplandor del monstruo sumergido, que se lanzó a perseguir a la fragata a enorme velocidad, hasta que a medianoche desapareció. Todos los intentos de darle caza a lo largo de la jornada del 6 de noviembre resultaron infructuosos. Por la noche la fragata inicia una cautelosa maniobra de aproximación al animal, que parece dormido, y se produce  una colisión, a consecuencia de la
cual Aronnax se precipita al mar. Junto a su fiel Consejo, que lo ha seguido, trata de mantenerse a flote, mientras la fragata, rotos el timón y la hélice, se pierde en la lejanía. A punto de hundirse, es transportado a la superficie y, al recobrar el conocimiento, se encuentra con Ned y Consejo sobre lo que aquel creyó en principio una isla flotante pero que es  el supuesto narval gigante perseguido por ellos. Como ha descubierto Ned, se trata de un "monstruo" construido con planchas de acero, es decir, en realidad se encuentran sobre una nave submarina con forma de enorme pez de acero.
     Capturados por sus tripulantes y prisioneros en el interior del submarino, son recibidos por el capitán Nemo (cuyo nombre significa 'nadie'), un hombre de oscuro pasado que ha roto con la sociedad y que sólo en el mar se siente libre. El capitán conoce la reputación de Aronnax y, tras invitarlo a compartir su mesa, le muestra su nave, el Nautilus. La visita comienza por la biblioteca, que -como se verá- es mucho más que una biblioteca. El episodio es narrado en el capítulo 11 de la primera parte, que reproducimos a continuación.



El capitán Nemo se levantó y yo le seguí. Por una doble puerta situada al fondo de la pieza entré en una sala de dimensiones semejantes a las del comedor.
Era la biblioteca. Altos muebles de palisandro negro, con incrustaciones de cobre, soportaban en sus anchos estantes un gran número de libros encuadernados con uniformidad. Las estanterías se adaptaban al contorno de la sala, y terminaban en su parte inferior en unos amplios divanes tapizados con cuero marrón y extraordinariamente cómodos. Unos ligeros pupitres móviles, que podían acercarse o separarse a voluntad, servían de soporte a los libros en curso de lectura o de consulta. En el centro había una gran mesa cubierta de publicaciones, entre las que aparecían algunos periódicos ya viejos. La luz eléctrica que emanaba de cuatro globos deslustrados, semiencajados en las volutas del techo, inundaba tan armonioso conjunto. Yo contemplaba con una real admiración aquella sala tan ingeniosamente amueblada y apenas podía dar crédito a mis ojos.
 -Capitán Nemo -dije a mi huésped, que acababa de sentarse en un diván-, he aquí una biblioteca que honraría a más de un palacio de los continentes. Y es una maravilla que esta biblioteca pueda seguirle hasta lo más profundo de los mares.
-¿Dónde podría hallarse mayor soledad, mayor silencio, señor profesor? ¿Puede usted hallar tanta calma en su gabinete de trabajo del museo?
-No, señor, y debo confesar que al lado del suyo es muy pobre. Hay aquí por lo menos seis o siete mil volúmenes, ¿no?
-Doce mil, señor Aronnax. Son los únicos lazos que me ligan a la tierra. Pero el mundo se acabó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Aquel día compré mis últimos libros y mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad ha cesado de pensar y de escribir. Señor profesor, esos libros están a su disposición y puede utilizarlos con toda libertad.
Di las gracias al capitán Nemo, y me acerqué a los estantes de la biblioteca. Abundaban en ella los libros de ciencia, de moral y de literatura, escritos en numerosos idiomas, pero no vi ni una sola obra de economía política, disciplina que al parecer estaba allí severamente proscrita. Detalle curioso era el hecho de que todos aquellos libros, cualquiera que fuese la lengua en que estaban escritos, se hallaran clasificados indistintamente. Tal mezcla probaba que el capitán del Nautilus debía leer corrientemente los volúmenes que su mano tomaba al azar.
Entre tantos libros, vi las obras maestras de los más grandes escritores antiguos y modernos, es decir,
Ilustración de Alphonse de Neuille
todo lo que la humanidad ha producido de más bello en la historia, la poesía, la novela y la ciencia, desde Homero hasta Victor Hugo desde Jenofonte hasta Michelet, desde Rabelais hasta la señora Sand. Pero los principales fondos de la biblioteca estaban integrados por obras científicas; los libros de mecánica, de balística, de hidrografía, de meteorología, de geografía, de geología, etc., ocupaban en ella un lugar no menos amplio que las obras de Historia Natural, y comprendí que constituían el principal estudio del capitán. Vi allí todas las obras de Humboldt, de Arago, los trabajos de Foucault, de Henri Sainte Claire Deville, de Chasles, de Milne Edwards, de Quatrefages, de Tyndall, de Faraday, de Berthelot, del abate Secchi, de Petermann, del comandante Maury, de Agassiz, etc.; las memorias de la Academia de Ciencias, los boletines de diferentes sociedades de Geografía, etcétera. Y también, y en buen lugar, los dos volúmenes que me habían valido probablemente esa acogida, relativamente caritativa, del capitán Nemo. Entre las obras que allí vi de Joseph Bertrand, la titulada Los fundadores de la Astronomía me dio incluso una fecha de referencia; como yo sabía que dicha obra databa de 1865, pude inferir que la instalación del Nautilus no se remontaba a una época anterior. Así, pues, la existencia submarina del capitán Nemo no pasaba de tres años como máximo. Tal vez -me dije -hallara obras más recientes que me permitieran fijar con exactitud la época, pero tenía mucho tiempo ante mí para proceder a tal investigación, y no quise retrasar más nuestro paseo por las maravillas del Nautilus.
-Señor -dije al capitán-, le agradezco mucho que haya puesto esta biblioteca a mi disposición. Hay aquí tesoros de ciencia de los que me aprovecharé.
-Esta sala no es sólo una biblioteca -dijo el capitán Nemo-, es también un fumadero.
-¿Un fumadero? ¿Se fuma, pues, a bordo?
-En efecto.
-Entonces eso me fuerza a creer que ha conservado usted relaciones con La Habana.
-De ningún modo -respondió el capitán-. Acepte este cigarro, señor Aronnax, que aunque no proceda de La Habana habrá de gustarle, si es usted buen conocedor.
Tomé el cigarro que me ofrecía. Parecía fabricado con hojas de oro, y por su forma recordaba al «londres». Lo encendí en un pequeño brasero sustentado en una elegante peana de bronce, y aspiré las primeras bocanadas con la voluptuosidad de quien no ha fumado durante dos días.
-Es excelente -dije-, pero no es tabaco.
-No -respondió el capitán-, este tabaco no procede ni de La Habana ni de Oriente. Es una especie de alga, rica en nicotina, que me provee el mar, si bien con alguna escasez. ¿Le hace echar de menos los «londres», señor?
-Capitán, a partir de hoy los desprecio.
-Fume, pues, sin preocuparse del origen de estos cigarros. No han pasado por el control de ningún monopolio, pero no por ello son menos buenos, creo yo.
-Al contrario.
En este momento el capitán Nemo abrió una puerta situada frente a la que me había abierto paso a la biblioteca, y por ella entré a un salón inmenso y espléndidamente iluminado.
 Era un amplio cuadrilátero (diez metros de longitud, seis de anchura y cinco de altura) en el que las intersecciones de las paredes estaban recubiertas por paneles. Un techo luminoso, decorado con ligeros arabescos, distribuía una luz clara y suave sobre las maravillas acumuladas en aquel museo. Pues de un museo se trataba realmente. Una mano inteligente y pródiga había reunido en él tesoros de la naturaleza y del arte, con ese artístico desorden que distingue al estudio de un pintor.
Grabado de Gustavo Doré
Una treintena de cuadros de grandes maestros, en marcos uniformes, separados por resplandecientes panoplias, ornaban las paredes cubiertas por tapices con dibujos severos. Pude ver allí telas valiosísimas, que en su mayor parte había admirado en las colecciones particulares de Europa y en las exposiciones. Las diferentes escuelas de los maestros antiguos estaban representadas por una madona de Rafael, una virgen de Leonardo da Vinci, una ninfa del Correggio, una mujer de Tiziano, una adoración de Veronese, una asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un fraile de Velázquez, un mártir de Ribera, una fiesta de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres pequeños cuadros de género de Gerard Dow, de Metsu y de Paul Potter, dos telas de Gericault y de Prudhon, algunas marinas de Backhuysen y de Vernet. Entre las obras de la pintura moderna, había cuadros firmados por Delácroix, Ingres, Decamps, Troyon, Meissonier, Daubigny, etc., y algunas admirables reducciones de estatuas de mármol o de bronce, según los más bellos modelos de la Antigüedad, se erguían sobre sus pedestales en los ángulos del magnífico museo. El estado de estupefacción que me había augurado el comandante del Nautilus comenzaba ya a apoderarse de mi ánimo.
-Señor profesor -dijo aquel hombre extraño-, excusará usted el descuido con que le recibo y el desorden que reina en este salón.
-Señor -respondí-, sin que trate de saber quién es usted, ¿puedo reconocer en usted un artista?
-Un aficionado, nada más, señor. En otro tiempo gustaba yo de coleccionar estas bellas obras creadas por la mano del hombre. Era yo un ávido coleccionista, un infatigable buscador, y así pude reunir algunos objetos inapreciables. Estos son mis últimos recuerdos de esta tierra que ha muerto para mí. A mis ojos, sus artistas modernos ya son antiguos, ya tienen dos o tres mil años de existencia, y los confundo en mi mente. Los maestros no tienen edad.
-¿Y estos músicos? -pregunté, mostrando unas partituras de Weber, de Rossini, de Mozart, de Beethoven, de Haydn, de Meyerbeer, de Herold, de Wagner, de Auber y de Gounod, y otras muchas, esparcidas sobre un piano órgano de grandes dimensiones, que ocupaba uno de los paneles del salón.
-Estos músicos -respondió el capitán Nemo -son contemporáneos de Orfeo, pues las diferencias cronológicas se borran en la memoria de los muertos, y yo estoy muerto, señor profesor, tan muerto como aquéllos de sus amigos que descansan a seis pies bajo tierra.
El capitán Nemo calló, como perdido en una profunda ensoñación. Le miré con una viva emoción, analizando en silencio los rasgos de su fisonomía. Apoyado en sus codos sobre una preciosa mesa de cerámica, él no me veía, parecía haber olvidado mi presencia.
Respeté su recogimiento y continué examinando las curiosidades que enriquecían el salón.
Además de las obras de arte, las curiosidades naturales ocupaban un lugar muy importante. Consistían principalmente en plantas, conchas y otras producciones del océano, que debían ser los hallazgos personales
del capitán Nemo. En medio del salón, un surtidor iluminado eléctricamente caía sobre un pilón formado por una sola tridacna. Esta concha, perteneciente al mayor de los moluscos acéfalos, con unos bordes delicadamente festoneados, medía una circunferencia de unos seis metros; excedía, pues, en dimensiones alas bellas tridacnas regaladas a Francisco I por la República de Venecia y de las que la iglesia de San Sulpicio, en París, ha hecho dos gigantescas pilas de agua bendita.
Ilustración de Henri Theophile Hildibrand

En torno al pilón, en elegantes vitrinas fijadas por armaduras de cobre, se hallaban, convenientemente clasificados y etiquetados, los más preciosos productos del mar que hubiera podido nunca contemplar un naturalista. Se comprenderá mi alegría de profesor. La división de los zoófitos ofrecía muy curiosos especímenes de sus dos grupos de pólipos y de equinodermos. En el primer grupo, había tubíporas; gorgonias dispuestas en abanico; esponjas suaves de Siria; ¡sinos de las Molucas; pennátulas; una virgularia admirable de los mares de Noruega; ombelularias variadas; los alcionarios; toda una serie de esas madréporas que mi maestro Milne Edwards ha clasificado tan sagazmente en secciones y entre las que distinguí las adorables fiabelinas; las oculinas de la isla Borbón; el «carro de Neptuno» de las Antillas; soberbias variedades de corales; en fin, todas las especies de esos curiosos pólipos cuya asamblea forma islas enteras que un día serán continentes Entre los equinodermos, notables por su espinosa envoltura, las asterias, estrellas de mar, pantacrinas, comátulas, asterófonos, erizos, holoturias, etc., representaban la colección completa de los individuos de este grupo.
Un conquiliólogo un poco nervioso se hubiera pasmado y vuelto loco de alegría ante otras vitrinas, más numerosas, en las que se hallaban clasificadas las muestras de la división de los moluscos. Vi una colección de un valor inestimable, para cuya descripción completa me falta tiempo. Por ello, y a título de memoria solamente, citaré el elegante martillo real del océano Índico, cuyas regulares manchas blancas destacaban vivamente sobre el fondo rojo y marrón; un espóndilo imperial de vivos colores, todo erizado de espinas, raro espécimen en los museos europeos y cuyo valor estimé en unos veinte mil francos; un martillo común de los mares de la Nueva Holanda, de difícil obtención pese a su nombre; berberechos exóticos del Senegal, frágiles conchas blancas bivalvas que un soplo destruiría como una pompa de jabón; algunas variedades de las regaderas de Java, especie de tubos calcáreos festoneados de repliegues foliáceos, muy buscados por los aficionados; toda una serie de trocos, unos de color amarillento verdoso, pescados en los mares de América, y otros, de un marrón rojizo, habitantes de los mares de Nueva Holanda, o procedentes del golfo de México y notables por su concha imbricada; esteléridos hallados en los mares australes, y, por
último, el más raro de todos, el magnífico espolón de Nueva Zelanda; admirables tellinas sulfuradas, preciosas especies de citereas y de venus; el botón trencillado de las costas de Tranquebar; el turbo marmóreo de nácar resplandeciente; los papagayos verdes de los mares de China; el cono casi desconocido del género Coenodulli; todas las variedades de porcelanas que sirven de moneda en la India y en África; la «Gloria del mar», la más preciosa concha de las Indias orientales; en fin, litorinas, delfinulas, turritelas, jantinas, óvulas, volutas, olivas, mitras, cascos, púrpuras, bucínidos, arpas, rocas, tritones, ceritios, husos, estrombos, pteróceras, patelas, hiálicos, cleodoras, conchas tan finas como delicadas que la ciencia ha bautizado con sus nombres más encantadores. Aparte en -vitrinas especiales había sartas de perlas de la mayor belleza a las que la luz eléctrica arrancaba destellos de fuego; perlas rosas extraídas de las ostras peñas del mar Rojo; perlas verdes del hialótide iris; perlas amarillas, azules, negras; curiosos productos de los diferentes moluscos de todos los océanos y de algunas ostras del Norte, y, en fin, varios especímenes de un precio incalculable, destilados por las más raras pintadinas. Algunas de aquellas perlas sobrepasaban el tamaño de un huevo de paloma, y valían tanto o más que la que vendió por tres millones el viajero Tabernier al sha de Persia o que la del imán de Mascate, que yo creía sin rival en el mundo.
Imposible hubiera sido cifrar el valor de esas colecciones. El capitán Nemo había debido gastar millones para adquirir tales especímenes. Estaba preguntándome yo cuál sería el alcance de una fortuna que permitía satisfacer tales caprichos de coleccionista, cuando el capitán interrumpió el curso de mi pensamiento.
-Lo veo muy interesado por mis conchas, señor profesor, y lo comprendo, puesto que es usted naturalista. Pero para mí tienen además un encanto especial, puesto que las he cogido todas con mis propias manos, sin que un solo mar del globo haya escapado a mi búsqueda.
-Comprendo, capitán, comprendo la alegría de pasearse en medio de tales riquezas. Es usted de los que han hecho por sí mismos sus tesoros. No hay en toda Europa un museo que posea una semejante colección de productos del océano. Pero si agoto aquí mi capacidad de admiración ante estas colecciones, ¿qué me quedará para el barco que las transporta? No quiero conocer secretos que le pertenecen, pero, sin embargo, confieso que este Nautilus, la fuerza motriz que encierra, los aparatos que permiten su maniobrabilidad, el poderoso agente que lo anima, todo eso excita mi curiosidad... Veo en los muros de este salón instrumentos suspendidos cuyo uso me es desconocido. ¿Puedo saber...?...
-Señor Aronnax, ya le dije que sería usted libre a bordo, y consecuentemente, ninguna parte del Nautilus le está prohibida. Puede usted visitarlo detenidamente, y es para mí un placer ser su cicerone.
-No sé cómo agradecérselo, señor, pero no quiero abusar de su amabilidad. Únicamente le preguntaré acerca de la finalidad de estos instrumentos de física.
-Señor profesor, esos instrumentos están también en mi camarote, y es allí donde tendré el placer de explicarle su empleo. Pero antes voy a mostrarle el camarote que se le ha reservado. Debe usted saber cómo va a estar instalado a bordo del Nautilus.
Seguí al capitán Nemo, quien, por una de las puertas practicadas en los paneles del salón, me hizo volver al corredor del barco. Me condujo hacia adelante y me mostró no un camarote sino una verdadera habitación, elegantemente amueblada, con lecho y tocador.
Di las gracias a mi huésped.
-Su camarote es contiguo al mío -me dijo, al tiempo que abría una puerta-. Y el mío da al salón del que acabamos de salir.
Entré en el camarote del capitán, que tenía un aspecto severo, casi cenobial. Una cama de hierro, una mesa de trabajo y una cómoda de tocador componían todo el mobiliario, reducido a lo estrictamente necesario.
El capitán Nemo me mostró una silla.
-Siéntese, por favor.
 Me senté y él tomó la palabra en los términos que siguen.

[El texto está tomado de iesmh.edu.gva.es. Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported //creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/mm]


viernes, 16 de agosto de 2013

La ría de Vigo, el mar de las cantigas

Vista de la ría, con las bateas, desde Cangas./ Foto: Josefina López

La ría de Vigo (en la provincia de Pontevedra), con el archipiélago de  las islas Cíes en su boca y  con el estrecho de Rande que la divide en dos zonas, una de las cuales forma una tranquila ensenada en la que emerge la isla de San Simón (unida a la de San Antón por un puente), es para muchos  la más hermosa de las rías Baixas gallegas. Pero  se trata, además, de  un lugar estrechamente vinculado a la literatura pues no son pocos los escritores que la han elegido como motivo o escenario de sus obras.


El mar de Vigo aparece ligado a los orígenes de la lírica galaica, ya que naturales de esta zona eran algunos de los trovadores y juglares medievales autores de  “cantigas de amigo”, en las que la naturaleza es interlocutor y escenario de las penas de amor.  Así, Martín Codax, juglar que llegó a trovador cortesano y que ha dado nombre a uno de los más afamados vinos “alvariños”, habla en todas sus cantigas marineras, de entre mediados del siglo XIII y comienzos del XIV,  de la ría de Vigo. En una de ellas, una joven que espera impaciente a su amigo, se dirige a las ondas del mar para preguntarles por él: “Ondas do mar de Vigo, /¿se vistes meu amigo / e —¡ay Deus— se verrá cedo?”; en otra, una muchacha pide a su hermana que la acompañe a la iglesia de Vigo, donde está el mar agitado, para ver las olas: “Mia irmana fremosa, ¿treides comigo / a la igrexa de Vigo, u é o mar salido / e miraremolas ondas?”, y  en la ermita de la isla de San Simón, frente a Redondela, se encuentra esperando a su amigo la joven que se expresa en la única cantiga conservada de Mendhinho (o Mendiño), juglar a quien se cree originario de Redondela o Vigo:

            Sediame na ermida de San Simón
           e cercaronmi as ondas, que grandes son:
              ¡eu atendendo o meu amigo,
              eu atendendo o meu amigo!
           Estando na ermida ante o altar,
           e cercarommi as ondas grandes  do mar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          E cercaronmi as ondas, que grandes son;
          non ei barqueiro nen remador;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          E cercaronmi as ondas do alto mar;
          non ei barqueiro nen sei remar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          Non hei barqueiro nen remador,
          morrerei fremosa no mar maior;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          Non ei barqueiro nen sei remar;
          morrerei fremosa no alto mar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!*

*Estaba yo en la ermita de San Simón / y me cercaron las olas que grandes  son; / ¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // Estando en la ermita ante el altar / me cercaron las olas grandes del mar; /¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo[estaba] esperando a mi amigo!// Y cercáronme las olas que grandes son; / no hay allí barquero ni remero; / ¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo!//  Y me rodearon las olas del alto mar; / no hay allí barquero ni sé remar; / ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // No hay allí barquero ni remero; / moriré hermosa en el mar mayor; / ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // No hay allí barquero ni sé remar; / moriré hermosa  en el alto mar; ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo!
Monumento a los cantores de la ría, en Vigo

Vigo  recuerda a los cantores, poetas y trovadores de la ría (A Martín Codax, Mendiño, Pero Meogo y Paio Gómez Chariño) en un monumento inaugurado en 2006 (una ninfa, con la flauta de Pan, cabalgando sobre un dragón alado),  levantado en el paseo de Alfonso XII, junto a uno de los miradores de la ciudad.

Isla de San Simón, unida a la de San  Antón por un puente
Precisamente, con la cantiga de Mendiño se abre la novela Erec y Enide (2002), de Manuel Vázquez Montalbán, pues el personaje de Julio Matasanz, catedrático de literatura medieval ya a punto de la jubilación, elige la isla de San Simón como marco  del  homenaje que se le tributa unos días antes de Navidad,  a raíz de habérsele concedido  el Premio Carlomagno. Allí  dictará su última lección magistral,  sobre el significado del relato medieval Erec y Enide, de Chretien de Troyes.
Tras observar, desde la ventana de su habitación del hotel Stella Maris, la singladura de las  lanchas que van desde el puerto de Cesantes al  de la isla, a la espera de que a bordo de una de ellas haga su aparición su amante Myrna, Matasanz decide dar un paseo mientras evoca la historia de  la isla:
Pronto llegaría a San Simón el implacable anochecer de diciembre y mi observatorio sería inútil, sin otro remedio ya que acercarme al embarcadero, a la espera de los últimos transbordos del día, así que decido anticiparme para dar el breve paseo permitido por los islotes unidos en su rincón de la bahía de Vigo, apenas un pretexto terrestre que había cumplido las funciones de centro religioso, templario, disputado por reyes y obispos, conventual y sanitario, prolongado lazareto, caserna, cárcel de rojos durante y después de la guerra civil de 1936, albergue dentro de la red de Albergues Nacionales del Movimiento Nacional Sindicalista, hogar para huérfanos de marineros, ruina y prerruina restaurada por la Xunta de Galicia para convertirla en centro cultural, convocada una vez más la cultura para tapar los horrores de la vida y la historia y convertirse en su metáfora.
Elogia la sobria belleza del puente de unión entre las islas ("Tan sobrio como bello y rítmico, de una eficacia de ingeniería militar bordado el granito por vegetaciones como costras, pátinas del tiempo, en este caso creadas por las humedades del mar y las que llegan con los vientos a través de la ría.") y admira la majestuosidad de los bojes que bordean el paseo:
Salgo del hotel, bordeo la plaza de palmeras con fuente y la terraza del restaurante para encaminarme por la avenida enmarcada por bojes centenarios que conducía hacia el Mirador de la Boca de la Ría, que sobre todo contempla el fragmento de autopista que salta a través del cielo para unir Vigo con Marín y Pontevedra. Nunca había visto bojes tan majestuosos, tan escapados a su condición de arbustos y tan bien plantados; en contraste, su disciplina con la libertad con que habían crecido en la isla acacias, castaños, tilos, camelias, pinos,  eucaliptos y plátanos emergentes sobre tapices espontáneos de hierbas correderas hijas de las lluvias gallegas, como los helechos que cohabitan con las palmeras en esta fragua isleña de vegetales robinsones de algún primitivo naufragio de la naturaleza.
Puente de Rande, que une las dos orillas de la ría. La isla de San Simón, al fondo

En el estrecho de Rande tuvo lugar, en octubre de 1702,  la batalla de Rande, entre las coaliciones anglo-holandesa y franco-española,  durante la guerra de Sucesión española. Los fabulosos tesoros, procedentes de América, de los diecinueve galeones hundidos en la batalla estimularon la imaginación del escritor Julio Verne (1828-1905), cuyo capitán Nemo, protagonista de 20.000 leguas de viaje submarino (1869),  acude allí periódicamente con el Nautilus para financiar sus expediciones con esos tesoros:
-Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y sólo de usted depende que pueda conocer sus secretos.   
El capitán se levantó y me rogó que le siguiera. Le obedecí, ya recuperada mi sangre fría. El salón estaba oscuro, pero a través de los cristales transparentes refulgía el mar. Miré. En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata. Comprendí entonces que nos hallábamos en el escenario de la batalla del 22 de octubre de 1702 y que aquél era el lugar en que se habían hundido los galeones fletados por el gobierno español. Allí era donde el capitán Nemo subvenía a sus necesidades y lastraba con aquellos millones al Nautilus. Para él, para él sólo había entregado América sus metales preciosos. Él era el heredero directo y único de aquellos tesoros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés.
Monumento al capitán Nemo en Cesantes. Foto: Cristian Tello
Un grupo escultórico ubicado entre la isla de San Simón y la playa de Cesantes -que representa el momento en que dos buzos, visibles solo con la marea baja, extraen las riquezas hundidas en el estrecho de Rande, bajo la supervisión del capitán Nemo- es mudo homenaje a la novela verniana.
Cuando Julio Verne escribió 20.000 leguas de viaje submarino, no conocía estos lugares que había imaginado a partir de sus lecturas; sin embargo, posteriormente visitó la ciudad de Vigo al menos en dos ocasiones (a comienzos de junio de 1878 y el 21 de mayo de 1884),  en ambas llegó a bordo de su famoso yate a vapor Saint Michel III.  La primera visita del famoso escritor, que se prolongó durante una semana y representó un acontecimiento en la ciudad, fue reseñada así por la prensa local:
Casi al mismo tiempo que el Flore soltó el ancla en este puerto, presentóse cruzando la ría un bonito yatch de vapor con pabellón francés; era el Saint Michel Nantes, propiedad del popular novelista Julio Verne, que con otros amigos va de paso para el Mediterráneo, donde piensa visitar algunas poblaciones de España. El famoso novelista estuvo anoche en el paseo de la Alameda, y más tarde concurrió al baile de La Tertulia, donde pronunció algunos brindis en español, los cuales fueron contestados por el Sr. Bárcena (D. Manuel) como presidente de la sociedad. Es indudable que Mr.Verne, a quien le ha agradado mucho la posición geográfica de Vigo y su pintoresca campiña, lleva a la vez grato recuerdo de la sociedad viguesa que tuvo ocasión de conocer bajo uno de sus más bellos aspectos, en un baile de La Tertulia.
En 2005, conmemoración del centenario de la muerte del escritor,  la ciudad  de Vigo inauguró un monumento a Julio Verne. Se trata de una escultura en bronce, de gran tamaño, que representa al escritor sentado sobre los tentáculos de un calamar gigante, representación del monstruo que lucha con el Nautilus en la novela del autor francés.

En 1936, en plena guerra civil, otro escritor europeo, el austriaco Stefan Zweig (1881-1942), de camino hacia América del Sur donde iba a participar en un congreso del PEN Club Internacional, pasa unas horas en la ciudad, controlada por el  bando franquista, y lo que observa en ella le provoca hondas reflexiones que recogió en El mundo de ayer, su libro de memorias:
En aquel verano de 1936, había estallado la guerra civil española, la cual, vista superficialmente, sólo era una  disensión interna en el seno de ese bello y trágico país, pero que, en realidad, era ya una maniobra   preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque.  Había salido    yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el barco evitaría la primera escala, en Vigo, para eludir la zona en conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en ese puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar a tierra durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas, traídos   seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que daban de comer? Pero al cabo de un cuarto de hora los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron    como un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde lo había visto  antes? ¡Primero en Italia y luego en Alemania!  Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empujaba a luchar contra el poder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo?     
En la década de los cincuenta será el argentino Julio Cortázar (1914-1984) ) quien visite estas tierras acompañado de su primera esposa, Aurora Bernárdez, de familia gallega.
Julio Cortázar en los pinares de Lourido
Su primer viaje tuvo lugar en 1956. Durante mes y medio, recorrieron  diferentes ciudades españolas y en Galicia tuvieron ocasión de visitar, además de Compostela, Ourense, Redondela, las rías... Cortázar quedó gratamente impresionado por el paisaje gallego, y en una carta expresa su deseo de volver para "instalar cuarteles de primavera en Redondela y dedicarse a los paseos, a la pesca y a arborizar, como Rousseau". Al año siguiente pudo cumplir este anhelo. Llegaron desde Lisboa, ciudad en la que el escritor trabajaba como traductor, buscando "una playa tranquila, donde descansar dos semanas antes de la vuelta a París y del viaje a Buenos Aires". El lugar elegido es Lourido, en el municipio de Nigrán, "un sitio precioso al sur de Vigo. Se llega en tranvía, hay un hotel donde nos adoran porque desde el patrón hasta el cocinero todos han trabajado alguna vez en Argentina". De esta estancia, que se prolongó durante tres semanas, quedan cartas y abundantes fotografías con anotaciones en el reverso que recogen impresiones o anécdotas del viaje (el "maravilloso" olor de los pinos o sus paseos hasta el mirador del monte Lourido, desde el cual la vista de la marisma del río Miñor, de las islas Cíes y de las playas América y Ladeira es espectacular). Estos documentos forman parte del legado que Aurora Bernárdez, albacea testamentaria de Cortázar, donó a la Xunta de Galicia.

Islas Cíes
Motivos profesionales   llevaron a Vigo a notables escritores gallegos durante la segunda mitad del siglo XX.  El poeta  de Celanova Celso Emilio Ferreiro (1912-1979) se traslada a Vigo en 1950 para ejercer como Procurador de los Tribunales y permanece en la ciudad hasta 1966, cuando emigra a Venezuela. En Vigo, también, lo sorprendió la muerte mientras disfrutaba de unos días de descanso. La huella de la ciudad y de la ría en su poesía se percibe en versos  como los fechados en Miami, que hablan de despedida ( "Dígoche adiós dende o barco/ que lonxanas terras vai. / Dígoche adiós dende as Cíes / que están preñadas de mar.") o en el poema " Amencer en Vigo", de su libro Viaxe a o pais dos ananos (1968):

Amencer en Vigo

Unha fiestra alcendida
na noite da cidá
é coma un ollo insomne.
Balbordo a bordo dos bous.
Os tranvías van, fe,
fe, fe, ferrové,
ferrové, ferrovello
polas rúas en costa coas leiteiras.
“Canta, cantore,
meu compañeiro”,
dice o borracho
na rúa baixo a lúa derradeira.
“Anda compadre,
xa son as seis e meia.”
Un odioso reloxio espertador
crebóu o petenexo
da fámula María.
I entón o señorito,
dempóis de agallopar coma un centauro
polos leitos noxentos dos prostíbulos,
pedíu o desaúno a grandes voces*.
*Amanecer en Vigo // Una ventana encendida / en la noche de la ciudad / es como un ojo insomne. // Algazara a bordo de los bous. // Los tranvías van, fe, / fe, fe, ferrové, / ferrové, ferrovello / por las calles empinadas con las lecheras.// "Canta, cantor, / compañero mío", / dice el borracho / en la calle bajo la última luna. // "Anda compadre, / ya son las seis y media."/ Un odioso reloj despertador / rompió el duermevela / de la fámula María. / Y entonces el señorito, / después de galopar como un centauro / por los lechos asquerosos de los prostíbulos, / pidió el desayuno a grandes voces.
Cangas do Morrazo

Más prolongada fue la relación  de Álvaro Cunqueiro (1911-1981), nacido en Mondoñedo, con la ciudad de Vigo, pues su colaboración en el diario "Faro de Vigo", que llegó a dirigir (1965-1970), se extiende desde los años 50 hasta 1970. Cunqueiro (a quien le gustaba sentarse frente a Cangas para contemplar  la ría, de la que escribe: " Emergen islas y en sus riberas crecen puertos. Nacen a flor de agua cada vez más bateas. Esta es la cuna de las vocaciones marineras que se notan sobre la gamela. Espacio de reposo para el gran barco crucero... Placer de viajeros de mar tranquila que buscan el verano al otro lado. Campo   de regatas de veleros bien arbolados. Y grandes o pequeñas playas bajo techo azul de cielos claros...")  es autor de las palabras más hermosas que se han escrito sobre la ciudad: "Vigo fue fundada a la orilla de un verso de Martín Codax."

Puente románico de A Ramallosa, que une los municipios de Nigrán y Baiona

El ferrolano Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), colaborador asimismo de "Faro de Vigo" entre 1964 y 1967,  impartió clases en el instituto vigués La Guía desde 1973 hasta su traslado a Salamanca en 1975. Durante este tiempo residió en A Ramallosa, parroquia del municipio de Nigrán -el mismo que visitó Cortázar algunos años antes-, y aquí escribió sus Cuadernos de La Romana y Nuevos Cuadernos de La Romana, recopilación de artículos publicados en el diario "Informaciones" desde octubre de 1973 hasta agosto de 1975, donde  leemos:
Se llama así, La Romana, un lugar de La Ramallosa, Municipio de Nigrán, provincia de Pontevedra, en que ahora vivo. Dista de Vigo quince kilómetros y tres de la real villa de Bayona, que veo desde mi casa como una mancha blanca sobre el verde oscuro del monte, de día, y como una fila de luces rutilantes por la noche. Mi casa pertenece al género de los "chalés", subgénero "pequeño burgués", en lo cual va, además, implícito el tamaño. Está bien situada, le da el sol cuando lo hay y, por la parte trasera, abre sus luces a un paisaje campesino de parras y maizales, con la montaña al fondo. Tengo delante una terraza y un conato de jardín, y detrás algo así como un patio, bastante grande, que me valdrá en su día para ampliar la casa, aunque me cueste sacrificar dos jóvenes cipreses, en cuya contemplación a veces me entretengo. No sé de dónde viene ese nombre de La Romana, aunque lo creo muy antiguo; hasta hace poco lo atravesaba una calzada, hoy desaparecida por los cuidados de un urbanizador amante de las antigüedades; abajo, junto al cruce de caminos, sobre el río Miñor, hay una puente romana bien conservada, con su San Telmo y su cruz bien visibles (los cuales, naturalmente, son algo más modernos que la puente).
En los Cuadernos se ocupa de asuntos muy diversos: la vida cotidiana, sus lecturas recientes, las obras
Pazo de Cea
literarias que tiene entre manos, su impresión sobre la actualidad nacional e internacional, pero también encontramos críticas contra los efectos de una intervención urbanística desafortunada ("No hay un solo lugar bello en el contorno que no haya sido estropeado por una edificación horrible.") así como breves descripciones del valle del río Miñor: la del puente románico o la del pazo  de Cea, propiedad de  la escritora Elena Quiroga.
Foto: Josefina López
Tras su traslado a Salamanca, conservó la casa de A Ramallosa, adonde regresó todos los veranos. Con frecuencia se le podía ver caminando por el paseo que bordea la marisma -hoy bautizado con su nombre y en cuyos jardines hay un monumento en su honor- o sentado en la cafetería Monterrey, en el paseo marítimo de Baiona, departiendo con un grupo de amigos entre los que se encontraba el también escritor Carlos Casares (algunas fotografías en un rincón de este establecimiento mantienen vivo su recuerdo, como puede apreciarse en la imagen superior). "La villa está vacía, los marineros parecen más seguros, más dueños de sus calles, y hablan de sus cosas en voz alta. Ya no hay franceses ni madrileños", escribe sobre Baiona en otoño.
Vista del puerto de Baiona. Foto: FreeCat

Así pues, el viajero que se acerque a la ría de Vigo, además de gozar  de   un marco natural de extraordinaria belleza (con lugares de enorme interés ecológico, como las islas Cíes o la marisma del río Miñor) y de  degustar los ricos productos de la gastronomía local, podrá seguir la huella de aquellos escritores que, a lo largo de varios siglos, hicieron de   este rincón privilegiado un espacio literario. Y tal vez, mientras contempla el mar, vengan a su memoria  aquellas palabras  que Martín Codax puso en   boca de la muchacha enamorada de otra de sus cantigas:

                                              Quantas sabedes amar amigo
                                              treides comigo a lo mar de Vigo
                                              e bañarnos hemos nas ondas.

                                                 Josefina López Granada, profesora del IES Goya

Actualización (mayo de 2018)

Ancianos presos, ante un pabellón de San Simón./
Foto: Dámaso Carrasco. (Incluida en Trilogía de
la guerra)
Ya en el siglo XXI, el escritor gallego Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) sitúa el inicio de su novela Trilogía de la guerra (2018) en la isla de San Simón. En la primera parte del "Libro primero", titulado "Isla de San Simón (Combustibles fósiles)", el 15 de septiembre de 2014 el protagonista viaja a esta isla situada en la ría de Vigo para participar en un congreso sobre redes digitales. Mientras se desplaza en coche hacia Redondela, descubre  la isla que, de pronto, se recorta sobre el mar:
Su vegetación, verde y espesa, parecía plata bajo el sol del mediodía. Minutos más tarde, una construcción, blanca y antigua, con base de piedra, se hizo visible entre la maleza. (pág. 15)
Tras el desembarco, todo adquiere su tamaño natural:
La isla se fue haciendo grande, y el edificio blanco, de unos cuatro pisos de altura y base de piedra, que había visto desde el coche, también se agigantó; su fachada posterior caía hasta incrustarse directamente en el mar. (pág. 15)
Ese edificio es el hotel donde se alojan los participantes. Desde la ventana de la habitación 486, que da a la parte de atrás de la isla, descubre otra panorámica:
A lo lejos se veía el Puente de Rande, que se parece al de Brooklyn pero con más hormigón y menos hierro. Bajo mi ventana  arrancaba un camino de tierra  que descendía suavemente hasta un pequeño puente de piedra que, sobrevolando el istmo que días atrás había visto en Google Earth, conectaba la isla de San Simón con la  otra isla más pequeña, no más grande que cuatro campos de tenis. En esa pequeña isla veo entonces que se alza otra construcción, de estilo modernista y estucada en azul celeste, de una sola planta y rodeada de altísimos eucaliptos. (pág. 17)
Con él ha traído un ejemplar de  Aillados (1995), un libro de los periodistas Clara María de Saá, Antonio Caeiro y Juan A. González, sobre los años en que la isla fue utilizada como campo de concentración. El libro incluye fotografías de los presos, realizadas casi todas en 1937. El narrador se propone localizar el lugar donde habían sido tomadas las fotografías reproducidas en Aillados y hacer fotografías de ese lugar en el momento actual. Buscando esos lugares comienza a recorrer la isla.
Llegué hasta el puente de piedra que atraviesa el istmo a la isla pequeña. En una placa de bronce, adosada a uno de los pilares, leí que aunque pertenece a la isla de San Simón tiene nombre propio, isla de San Antón, y que había sido el lazareto sucio de San Simón, donde en el siglo XIX separaban a los leprosos, y también donde en la guerra civil habían ido a parar toda clase de cautivos enfermos. Distinguí entonces las bisagras de lo que habían sido las puertas a ambos lados del puente, que crucé a paso rápido. Una vez allí, caminé entre restos de construcciones que emergían apenas unos centímetros del suelo, parecían un mapa a escala real de lo que alguna vez había existido. (pp. 19-20)
Tras bordear el edificio estucado de azul, dedicado actualmente a archivo histórico, se topa con un grupo de tumbas de granito sin inscripción.
Todo en la isla tenía su correspondiente placa metálica de datos, todo menos las tumbas, me dije. En ellas no funcionaba el binomio antes/ahora. (pág. 20) 
De regreso al hotel, atraviesa de nuevo el puente y advierte que una de las construcciones que había visto antes era uno de los lugares que estaba buscando y, cuando la fotografía con el móvil, le parece "estar observando dos ríos que, idénticos, corren ante mí a velocidad distinta" (pág. 21).

Antes de la cena, asciende por el paseo de los Mirtos:
Noté entonces la presencia de decenas de capas de materia bajo mis pies. Sabía que allí abajo había cientos de huesos y cientos de dientes, cientos de tenedores y de cucharas, y ropa y fotografías y armas, y muchos más objetos que jamás podría ver -algunos de ellos ni tan siquiera reconocer aunque los tuviera delante-, pero aquella sensación no me hablaba de cada uno de esos objetos sino de la suma de todos ellos, de un herrumbroso e incandescente magma, una especie de Centro de la Tierra de San Simón, un generador de su energía motriz o algo así. (pp. 23-24)
Porque la isla, como los otros escenarios de la novela asociados a la guerra, es un lugar en que los muertos y los vivos se comunican, establecen conexiones sorprendentes. Al final del paseo de los Mirtos encuentra otra correspondencia y, ya en el hotel, sube a su blog la foto del libro y la recién hecha.

Meses más tarde regresa a la isla de forma clandestina y los nuevos hallazgos desplazarán la acción de la novela a otros escenarios: Nueva York, en la segunda parte, y Uruguay, en la tercera.