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viernes, 16 de agosto de 2013

La ría de Vigo, el mar de las cantigas

Vista de la ría, con las bateas, desde Cangas. Foto: JLG

La ría de Vigo (en la provincia de Pontevedra), con el archipiélago de  las islas Cíes en su boca y  con el estrecho de Rande que la divide en dos zonas, una de las cuales forma una tranquila ensenada en la que emerge la isla de San Simón (unida a la de San Antón por un puente), es para muchos  la más hermosa de las rías Baixas gallegas. Pero  se trata, además, de  un lugar estrechamente vinculado a la literatura pues no son pocos los escritores que la han elegido como motivo o escenario de sus obras.


El mar de Vigo aparece ligado a los orígenes de la lírica galaica, ya que naturales de esta zona eran algunos de los trovadores y juglares medievales autores de  “cantigas de amigo”, en las que la naturaleza es interlocutor y escenario de las penas de amor.  Así, Martín Codax, juglar que llegó a trovador cortesano y que ha dado nombre a uno de los más afamados vinos “alvariños”, habla en todas sus cantigas marineras, de entre mediados del siglo XIII y comienzos del XIV,  de la ría de Vigo. En una de ellas, una joven que espera impaciente a su amigo, se dirige a las ondas del mar para preguntarles por él: “Ondas do mar de Vigo, /¿se vistes meu amigo / e —¡ay Deus— se verrá cedo?”; en otra, una muchacha pide a su hermana que la acompañe a la iglesia de Vigo, donde está el mar agitado, para ver las olas: “Mia irmana fremosa, ¿treides comigo / a la igrexa de Vigo, u é o mar salido / e miraremolas ondas?”, y  en la ermita de la isla de San Simón, frente a Redondela, se encuentra esperando a su amigo la joven que se expresa en la única cantiga conservada de Mendhinho (o Mendiño), juglar a quien se cree originario de Redondela o Vigo:

            Sediame na ermida de San Simón
           e cercaronmi as ondas, que grandes son:
              ¡eu atendendo o meu amigo,
              eu atendendo o meu amigo!
           Estando na ermida ante o altar,
           e cercarommi as ondas grandes  do mar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          E cercaronmi as ondas, que grandes son;
          non ei barqueiro nen remador;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          E cercaronmi as ondas do alto mar;
          non ei barqueiro nen sei remar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          Non hei barqueiro nen remador,
          morrerei fremosa no mar maior;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!
          Non ei barqueiro nen sei remar;
          morrerei fremosa no alto mar;
             ¡eu atendendo o meu amigo,
             eu atendendo o meu amigo!*

*Estaba yo en la ermita de San Simón / y me cercaron las olas que grandes  son; / ¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // Estando en la ermita ante el altar / me cercaron las olas grandes del mar; /¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo[estaba] esperando a mi amigo!// Y cercáronme las olas que grandes son; / no hay allí barquero ni remero; / ¡yo [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo!//  Y me rodearon las olas del alto mar; / no hay allí barquero ni sé remar; / ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // No hay allí barquero ni remero; / moriré hermosa en el mar mayor; / ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo! // No hay allí barquero ni sé remar; / moriré hermosa  en el alto mar; ¡yo  [estaba] esperando a mi amigo, / yo [estaba] esperando a mi amigo!
Monumento a los cantores de la ría, en Vigo
Vigo  recuerda a los cantores, poetas y trovadores de la ría (A Martín Codax, Mendiño, Pero Meogo y Paio Gómez Chariño) en un monumento inaugurado en 2006 (una ninfa, con la flauta de Pan, cabalgando sobre un dragón alado),  levantado en el paseo de Alfonso XII, junto a uno de los miradores de la ciudad.

Isla de San Simón, unida a la de San  Antón por un puente
Precisamente, con la cantiga de Mendiño se abre la novela Erec y Enide (2002), de Manuel Vázquez Montalbán, pues el personaje de Julio Matasanz, catedrático de literatura medieval ya a punto de la jubilación, elige la isla de San Simón como marco  del  homenaje que se le tributa unos días antes de Navidad,  a raíz de habérsele concedido  el Premio Carlomagno. Allí  dictará su última lección magistral,  sobre el significado del relato medieval Erec y Enide, de Chretien de Troyes.
Tras observar, desde la ventana de su habitación del hotel Stella Maris, la singladura de las  lanchas que van desde el puerto de Cesantes al  de la isla, a la espera de que a bordo de una de ellas haga su aparición su amante Myrna, Matasanz decide dar un paseo mientras evoca la historia de  la isla:
Pronto llegaría a San Simón el implacable anochecer de diciembre y mi observatorio sería inútil, sin otro remedio ya que acercarme al embarcadero, a la espera de los últimos transbordos del día, así que decido anticiparme para dar el breve paseo permitido por los islotes unidos en su rincón de la bahía de Vigo, apenas un pretexto terrestre que había cumplido las funciones de centro religioso, templario, disputado por reyes y obispos, conventual y sanitario, prolongado lazareto, caserna, cárcel de rojos durante y después de la guerra civil de 1936, albergue dentro de la red de Albergues Nacionales del Movimiento Nacional Sindicalista, hogar para huérfanos de marineros, ruina y prerruina restaurada por la Xunta de Galicia para convertirla en centro cultural, convocada una vez más la cultura para tapar los horrores de la vida y la historia y convertirse en su metáfora.
Elogia la sobria belleza del puente de unión entre las islas ( "Tan sobrio como bello y rítmico, de una eficacia de ingeniería militar bordado el granito por vegetaciones como costras, pátinas del tiempo, en este caso creadas por las humedades del mar y las que llegan con los vientos a través de la ría.") y admira la majestuosidad de los bojes que bordean el paseo:
Salgo del hotel, bordeo la plaza de palmeras con fuente y la terraza del restaurante para encaminarme por la avenida enmarcada por bojes centenarios que conducía hacia el Mirador de la Boca de la Ría, que sobre todo contempla el fragmento de autopista que salta a través del cielo para unir Vigo con Marín y Pontevedra. Nunca había visto bojes tan majestuosos, tan escapados a su condición de arbustos y tan bien plantados; en contraste, su disciplina con la libertad con que habían crecido en la isla acacias, castaños, tilos, camelias, pinos,  eucaliptos y plátanos emergentes sobre tapices espontáneos de hierbas correderas hijas de las lluvias gallegas, como los helechos que cohabitan con las palmeras en esta fragua isleña de vegetales robinsones de algún primitivo naufragio de la naturaleza.
Puente de Rande, que une las dos orillas de la ría. La isla de San Simón, al fondo
En el estrecho de Rande tuvo lugar, en octubre de 1702,  la batalla de Rande, entre las coaliciones anglo-holandesa y franco-española,  durante la guerra de Sucesión española. Los fabulosos tesoros, procedentes de América, de los diecinueve galeones hundidos en la batalla estimularon la imaginación del escritor Julio Verne (1828-1905), cuyo capitán Nemo, protagonista de 20 000 leguas de viaje submarino (1869),  acude allí periódicamente con el Nautilus para financiar sus expediciones con esos tesoros:
-Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y sólo de usted depende que pueda conocer sus secretos.   
El capitán se levantó y me rogó que le siguiera. Le obedecí, ya recuperada mi sangre fría. El salón estaba oscuro, pero a través de los cristales transparentes refulgía el mar. Miré. En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata. Comprendí entonces que nos hallábamos en el escenario de la batalla del 22 de octubre de 1702 y que aquél era el lugar en que se habían hundido los galeones fletados por el gobierno español. Allí era donde el capitán Nemo subvenía a sus necesidades y lastraba con aquellos millones al Nautilus. Para él, para él sólo había entregado América sus metales preciosos. Él era el heredero directo y único de aquellos tesoros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés.
Monumento al capitán Nemo en Cesantes. Foto: Cristian Tello
Un grupo escultórico ubicado entre la isla de San Simón y la playa de Cesantes -que representa el momento en que dos buzos, visibles solo con la marea baja, extraen las riquezas hundidas en el estrecho de Rande, bajo la supervisión del capitán Nemo- es mudo homenaje a la novela verniana.
Cuando Julio Verne escribió 20.000 leguas de viaje submarino, no conocía estos lugares que había imaginado a partir de sus lecturas; sin embargo, posteriormente visitó la ciudad de Vigo al menos en dos ocasiones (a comienzos de junio de 1878 y el 21 de mayo de 1884),  en ambas llegó a bordo de su famoso yate a vapor Saint Michel III.  La primera visita del famoso escritor, que se prolongó durante una semana y representó un acontecimiento en la ciudad, fue reseñada así por la prensa local:
Casi al mismo tiempo que el Flore soltó el ancla en este puerto, presentóse cruzando la ría un bonito yatch de vapor con pabellón francés; era el Saint Michel Nantes, propiedad del popular novelista Julio Verne, que con otros amigos va de paso para el Mediterráneo, donde piensa visitar algunas poblaciones de España. El famoso novelista estuvo anoche en el paseo de la Alameda, y más tarde concurrió al baile de La Tertulia, donde pronunció algunos brindis en español, los cuales fueron contestados por el Sr. Bárcena (D. .Manuel) como presidente de la sociedad. Es indudable que Mr.Verne, a quien le ha agradado mucho la posición geográfica de Vigo y su pintoresca campiña, lleva a la vez grato recuerdo de la sociedad viguesa que tuvo ocasión de conocer bajo uno de sus más bellos aspectos, en un baile de La Tertulia.
En 2005, conmemoración del centenario de la muerte del escritor,  la ciudad  de Vigo inauguró un monumento a Julio Verne. Se trata de una escultura en bronce, de gran tamaño, que representa al escritor sentado sobre los tentáculos de un calamar gigante, representación del monstruo que lucha con el Nautilus en la novela del autor francés.

En 1936, en plena guerra civil, otro escritor europeo, el austriaco Stefan Zweig (1881-1942), de camino hacia América del Sur donde iba a participar en un congreso del PEN Club Internacional, pasa unas horas en la ciudad, controlada por el  bando franquista, y lo que observa en ella le provoca hondas reflexiones que recogió en El mundo de ayer, su libro de memorias:
En aquel verano de 1936, había estallado la guerra civil española, la cual, vista superficialmente, sólo era una  disensión interna en el seno de ese bello y trágico país, pero que, en realidad, era ya una maniobra   preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque.  Había salido    yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el barco evitaría la primera escala, en Vigo, para eludir la zona en conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en ese puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar a tierra durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas, traídos   seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que daban de comer? Pero al cabo de un cuarto de hora los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron    como un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde lo había visto  antes? ¡Primero en Italia y luego en Alemania!  Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empujaba a luchar contra el poder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo?     
En la década de los cincuenta será el argentino Julio Cortázar (1914-1984) ) quien visite estas tierras acompañado de su primera esposa, Aurora Bernárdez, de familia gallega.
Julio Cortázar en los pinares de Lourido
Su primer viaje tuvo lugar en 1956. Durante mes y medio, recorrieron  diferentes ciudades españolas y en Galicia tuvieron ocasión de visitar, además de Compostela, Ourense, Redondela, las rías... Cortázar quedó gratamente impresionado por el paisaje gallego, y en una carta expresa su deseo de volver para "instalar cuarteles de primavera en Redondela y dedicarse a los paseos, a la pesca y a arborizar, como Rousseau". Al año siguiente pudo cumplir este anhelo. Llegaron desde Lisboa, ciudad en la que el escritor trabajaba como traductor, buscando "una playa tranquila, donde descansar dos semanas antes de la vuelta a París y del viaje a Buenos Aires". El lugar elegido es Lourido, en el municipio de Nigrán, "un sitio precioso al sur de Vigo. Se llega en tranvía, hay un hotel donde nos adoran porque desde el patrón hasta el cocinero todos han trabajado alguna vez en Argentina". De esta estancia, que se prolongó durante tres semanas, quedan cartas y abundantes fotografías con anotaciones en el reverso que recogen impresiones o anécdotas del viaje (el "maravilloso" olor de los pinos o sus paseos hasta el mirador del monte Lourido, desde el cual la vista de la marisma del río Miñor, de las islas Cíes y de las playas América y Ladeira es espectacular). Estos documentos forman parte del legado que Aurora Bernárdez, albacea testamentaria de Cortázar, donó a la Xunta de Galicia.

Islas Cíes
Motivos profesionales   llevaron a Vigo a notables escritores gallegos durante la segunda mitad del siglo XX.  El poeta  de Celanova Celso Emilio Ferreiro (1912-1979) se traslada a Vigo en 1950 para ejercer como Procurador de los Tribunales y permanece en la ciudad hasta 1966, cuando emigra a Venezuela. En Vigo, también, lo sorprendió la muerte mientras disfrutaba de unos días de descanso. La huella de la ciudad y de la ría en su poesía se percibe en versos  como los fechados en Miami, que hablan de despedida ( "Dígoche adiós dende o barco/ que lonxanas terras vai. / Dígoche adiós dende as Cíes / que están preñadas de mar.") o en el poema " Amencer en Vigo", de su libro Viaxe a o pais dos ananos (1968):

Amencer en Vigo

Unha fiestra alcendida
na noite da cidá
é coma un ollo insomne.
Balbordo a bordo dos bous.
Os tranvías van, fe,
fe, fe, ferrové,
ferrové, ferrovello
polas rúas en costa coas leiteiras.
“Canta, cantore,
meu compañeiro”,
dice o borracho
na rúa baixo a lúa derradeira.
“Anda compadre,
xa son as seis e meia.”
Un odioso reloxio espertador
crebóu o petenexo
da fámula María.
I entón o señorito,
dempóis de agallopar coma un centauro
polos leitos noxentos dos prostíbulos,
pedíu o desaúno a grandes voces*.
*Amanecer en Vigo // Una ventana encendida / en la noche de la ciudad / es como un ojo insomne. // Algazara a bordo de los bous. // Los tranvías van, fe, / fe, fe, ferrové, / ferrové, ferrovello / por las calles empinadas con las lecheras.// "Canta, cantor, / compañero mío", / dice el borracho / en la calle bajo la última luna. // "Anda compadre, / ya son las seis y media."/ Un odioso reloj despertador / rompió el duermevela / de la fámula María. / Y entonces el señorito, / después de galopar como un centauro / por los lechos asquerosos de los prostíbulos, / pidió el desayuno a grandes voces.
Cangas do Morrazo

Más prolongada fue la relación  de Álvaro Cunqueiro (1911-1981), nacido en Mondoñedo, con la ciudad de Vigo, pues su colaboración en el diario "Faro de Vigo", que llegó a dirigir (1965-1970), se extiende desde los años 50 hasta 1970. Cunqueiro (a quien le gustaba sentarse frente a Cangas para contemplar  la ría, de la que escribe: " Emergen islas y en sus riberas crecen puertos. Nacen a flor de agua cada vez más bateas. Esta es la cuna de las vocaciones marineras que se notan sobre la gamela. Espacio de reposo para el gran barco crucero... Placer de viajeros de mar tranquila que buscan el verano al otro lado. Campo   de regatas de veleros bien arbolados. Y grandes o pequeñas playas bajo techo azul de cielos claros...")  es autor de las palabras más hermosas que se han escrito sobre la ciudad: "Vigo fue fundada a la orilla de un verso de Martín Codax."

Puente románico de A Ramallosa, que une los municipios de Nigrán y Baiona
El ferrolano Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), colaborador asimismo de "Faro de Vigo" entre 1964 y 1967,  impartió clases en el instituto vigués La Guía desde 1973 hasta su traslado a Salamanca en 1975. Durante este tiempo residió en A Ramallosa, parroquia del municipio de Nigrán -el mismo que visitó Cortázar algunos años antes-, y aquí escribió sus Cuadernos de La Romana y Nuevos Cuadernos de La Romana, recopilación de artículos publicados en el diario "Informaciones" desde octubre de 1973 hasta agosto de 1975, donde  leemos:
Se llama así, La Romana, un lugar de La Ramallosa, Municipio de Nigrán, provincia de Pontevedra, en que ahora vivo. Dista de Vigo quince kilómetros y tres de la real villa de Bayona, que veo desde mi casa como una mancha blanca sobre el verde oscuro del monte, de día, y como una fila de luces rutilantes por la noche. Mi casa pertenece al género de los "chalés", subgénero "pequeño burgués", en lo cual va, además, implícito el tamaño. Está bien situada, le da el sol cuando lo hay y, por la parte trasera, abre sus luces a un paisaje campesino de parras y maizales, con la montaña al fondo. Tengo delante una terraza y un conato de jardín, y detrás algo así como un patio, bastante grande, que me valdrá en su día para ampliar la casa, aunque me cueste sacrificar dos jóvenes cipreses, en cuya contemplación a veces me entretengo. No sé de dónde viene ese nombre de La Romana, aunque lo creo muy antiguo; hasta hace poco lo atravesaba una calzada, hoy desaparecida por los cuidados de un urbanizador amante de las antigüedades; abajo, junto al cruce de caminos, sobre el río Miñor, hay una puente romana bien conservada, con su San Telmo y su cruz bien visibles (los cuales, naturalmente, son algo más modernos que la puente).
En los Cuadernos se ocupa de asuntos muy diversos: la vida cotidiana, sus lecturas recientes, las obras
Pazo de Cea
literarias que tiene entre manos, su impresión sobre la actualidad nacional e internacional, pero también encontramos críticas contra los efectos de una intervención urbanística desafortunada ("No hay un solo lugar bello en el contorno que no haya sido estropeado por una edificación horrible.") así como breves descripciones del valle del río Miñor: la del puente románico o la del pazo  de Cea, propiedad de  la escritora Elena Quiroga.
Foto: JLG
Tras su traslado a Salamanca, conservó la casa de A Ramallosa, adonde regresó todos los veranos. Con frecuencia se le podía ver caminando por el paseo que bordea la marisma -hoy bautizado con su nombre y en cuyos jardines hay un monumento en su honor- o sentado en la cafetería Monterrey, en el paseo marítimo de Baiona, departiendo con un grupo de amigos entre los que se encontraba el también escritor Carlos Casares (algunas fotografías en un rincón de este establecimiento mantienen vivo su recuerdo, como puede apreciarse en la imagen superior). "La villa está vacía, los marineros parecen más seguros, más dueños de sus calles, y hablan de sus cosas en voz alta. Ya no hay franceses ni madrileños", escribe sobre Baiona en otoño.
Vista del puerto de Baiona. Foto: FreeCat
Así pues, el viajero que se acerque a la ría de Vigo, además de gozar  de   un marco natural de extraordinaria belleza (con lugares de enorme interés ecológico, como las islas Cíes o la marisma del río Miñor) y de  degustar los ricos productos de la gastronomía local, podrá seguir la huella de aquellos escritores que, a lo largo de varios siglos, hicieron de   este rincón privilegiado un espacio literario. Y tal vez, mientras contempla el mar, vengan a su memoria  aquellas palabras  que Martín Codax puso en   boca de la muchacha enamorada de otra de sus cantigas:

                                              Quantas sabedes amar amigo
                                              treides comigo a lo mar de Vigo
                                              e bañarnos hemos nas ondas.

                                                 Josefina López Granada, profesora del IES Goya

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