Te lo digo siempre: no les prestas demasiada atención a los secundarios. Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo. Mira a Proust y algunos otros que han sabido sacarles partido a los secundarios. Los utilizan para humillar, para empequeñecer a sus protagonistas. Nada más saludable en una novela que esa lección de humildad dada a los héroes. Recuerda Guerra y paz: las campesinas que cruzan la carretera riendo ante la carroza del príncipe André lo verán hablar primero para ellas, para sus oídos, y de pronto la visión del lector se eleva: ya no hay un solo rostro, una sola alma. Descubre la multiplicidad de moldes.Irène Némirovsky: Suite francesa
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viernes, 21 de junio de 2013
Irène Némirovsky: de los personajes secundarios
domingo, 29 de enero de 2012
"Un niño prodigio", de Irène Némirovsky
Irène Némirovsky, Un niño prodigio, Madrid, Alfaguara, 2009, 104 páginas.
Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – Auschwitz, 1942) escribió esta novela corta a los veinticuatro años.
Cuenta la historia de un niño judío, Ismael, que canta para las personas marginales en el puerto de una ciudad del Mar Negro. Tiene una vida difícil y miserable. En una taberna lo descubre un hombre de otra posición social que se queda encantado con sus poesías. Se lo lleva para que cante a una rica mujer. Ismael disfruta de sus cuidados y cariño pasajeros. A ella deja de interesarle y lo abandona cuando pierde su genio, la facilidad que tenía para componer preciosas canciones en cualquier momento. Han pasado unos años y él es ahora otra persona. Salió de su ambiente y se ha convertido en un extraño para todos. No pertenece ni a un mundo ni a otro. Nada tiene remedio.
Es una historia muy cuidada, sensible, que narra lo efímero de la felicidad, de la fama y de la vida.
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