EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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domingo, 4 de abril de 2021

Homenaje poético a don Francisco de Goya

Francisco de Goya, Autorretrato ante su
caballete (1785)


A Goya

Poderoso visionario,
raro ingenio temerario,
por ti enciendo mi incensario.

Por ti, cuya gran paleta, 
caprichosa, brusca, inquieta,
debe amar todo poeta;

por tus lóbregas visiones,
tus blancas irradiaciones,
tus negros y bermellones; 

por tus colores dantescos,
por tus majos pintorescos
y la gloria de tus frescos.

Porque entra en tu gran tesoro
el diestro que mata al toro,
la niña de rizos de oro,

y con el bravo torero,
el infante, el caballero,
la mantilla y el pandero.

Tu loca mano dibuja
la silueta de una bruja
que en la sombra se arrebuja,

y aprende una abracadabra
del diablo patas de cabra
que hace una mueca macabra.

Musa soberbia y confusa,
ángel, espectro, medusa.
Tal aparece tu musa.

Tu pincel asombra, hechiza,
ya en sus claros electriza,
ya en sus sombras sinfoniza;

con las manolas amables,
los reyes, los miserables,
o los cristos lamentables.

En tu claroscuro brilla
la luz muerta y amarilla
de la horrenda pesadilla,

o hace encender tu pincel
los rojos labios de miel
o la sangre del clavel.

Tienen ojos asesinos
en sus semblantes divinos
tus ángeles femeninos.

Tu caprichosa alegría
mezclaba la luz del día
con la noche oscura y fría:

Así es de ver y admirar
tu misteriosa y sin par
pintura crepuscular.

De lo que da testimonio:
por tus frescos, San Antonio;
por tus brujas, el demonio.

(Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza, 1905)

  
Francisco de Goya, Toro enmaromado (1793)
                    
               Goya

       La dulzura, el estupro,
       la risa, la violencia,
       la sonrisa, la sangre,
       el cadalso, la feria.
       Hay un diablo demente persiguiendo
       a cuchillo la luz y las tinieblas.

       De ti me guardo un ojo en el incendio.
       A ti te dentelleo la cabeza.
       Te hago crujir los húmeros. Te sorbo
       el caracol que te hurga en una oreja.
       A ti te entierro solamente
       en el barro las piernas.
                Una pierna.
                Otra pierna.
                                                             Golpea.

       ¡Huir!
       Pero quedarse para ver,
       para morirse sin morir.

¡Oh luz de enfermería!
Ruedo tuerto de la alegría.
Aspavientos de la agonía.
Cuando todo se cae
y en adefesio España se desvae
y una escoba se aleja.
                                                              Volar.
       El demonio, senos de vieja.
       Y el torero,
       Pedro Romero.
       Y el desangrado en amarillo,
       Pepe-Hillo.
       Y el anverso
       de la duquesa con reverso.
       Y la Borbón esperpenticia
       con su Borbón espertenticio.
       Y la pericia
       de la mano del Santo Oficio.
       Y el escarmiento
       del más espantajado
       fusilamiento.
       Y el repolludo
       cardenal narigado,
       narigudo.
       Y la puesta de sol en la Pradera.
       Y el embozado
       con su chistera.
       Y la gracia de la desgracia.
       Y la desgracia de la gracia.
       Y la poesía
       de la pintura clara
       y la sombría.
       Y el mascarón
       que se dispara
       para
       bailar en la procesión.

El mascarón, la muerte,
la Corte, la carencia,
el vómito, la ronda,
la hartura, el hambre negra,
el cornalón, el sueño,
la paz, la guerra.

¿De dónde vienes tú, gayumbo extraño, animal fino,
corniveleto,
rojo y zaíno?
¿De dónde vienes, funeral,
feto,
irreal
disparate real,
boceto,
alto
cobalto,
nube rosa,
arboleda,
seda umbrosa,
jubilosa
seda?

       Duendecitos. Soplones.
       Despacha, que despiertan.
       El sí pronuncian y la mano alargan
       al primero que llega.
       Ya es hora.

                             ¡Gaudeamus!
                                                           Buen viaje.

       Sueño de la mentira.

                                             Y un entierro
       que verdaderamente amedrenta al paisaje.

       Pintor.
       En tu inmortalidad llore la Gracia
       y sonría el Horror.

(Rafael Alberti, A la Pintura. Poema del color y la línea, 1948)


Francisco de Goya, Carlos IV en traje
de caza (1799)


Carlos IV

Bartolomé Zenarro, arcabucero
del Rey, esta magnífica escopeta
fabricó, y es tan fina y tan coqueta
como listo este perro perdiguero.

Riofrío, La Granja, El Pardo, los ardores
cinegéticos vieron y amorosos,
con que pasaron por aquí dichosos
los currutacos y los mirliflores.

Los ciervos y conejos cortesanos,
siempre al alcance de las reales manos,
acuden a batidas y encerronas.

Don Carlos cuarto los persigue y mata,
bonachón y feliz, cual lo retrata
el oro viejo de las peluconas*.

(Manuel Machado, Apolo. Teatro pictórico, 1911)

----
*pelucona: moneda, onza de oro, y especialmente
cualquiera de las acuñadas con el busto de uno de
los reyes de la casa de Borbón, hasta Carlos IV inclusive.


Con esta selección de poemas, el blog de la biblioteca del IES Goya de Zaragoza quiere rendir homenaje a don Francisco de Goya en el 275 aniversario de su nacimiento, celebrado el pasado 30 de marzo.

Nuestro humilde homenaje se enriquece con el arte de Inmaculada Martín Catalán, que ha querido rendir tributo a nuestro pintor más universal con sus magníficas reinterpretaciones de dos de los Caprichos de Goya.

©Inmaculada Martín Catalán

 
 
Vídeo "Aragón, tierra de Goya" 
(Gobierno de Aragón y Diputación Provincial de Zaragoza)
 

Entrada relacionada: 

domingo, 31 de enero de 2021

"De invierno", de Rubén Darío



Róbert Berény, Mujer dormida con jarrón negro


De invierno

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Alençón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda de Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos; mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.

(Rubén Darío, Azul, 1890)


Carolina

Rubén era poeta
y ya se sabe cómo son los poetas,
pero yo nunca he tenido un abrigo
de marta cibelina
ni un solo biombo de Japón.

Mi gato no es de angora,
es callejero,
y para qué quiero una chimenea
si en casa hay calefacción central.

Queda la puntualización más importante:
no nevaba en París,
llovía en Roma.

Pero besarme sí que me besó.

(Almudena Guzmán, Zonas comunes, 2011)


Dos versiones distintas, dos puntos de vista diferentes: el masculino en el poema de Rubén Darío; el femenino, en el de Almudena GuzmánLa escena de lujo y exotismo descrita por un yo masculino en este poema de Rubén Darío, tan representativo del primer Modernismo, y ambientada en París, meta de los modernistas, es "corregida" con cierta ironía en el poema de Almudena Guzmán y transformada en una escena cotidiana situada en Roma en un día lluvioso. Carolina, el personaje femenino del poema de Darío,  toma la palabra para desmentir a este, pues "ya se sabe cómo son los poetas": mentirosos, según  Platón, que proponía excluirlos de la república ideal.  Eliminados el lujo y el exotismo, sustituido París por Roma y la nieve por lluvia, permanece lo esencial, el beso del enamorado a la mujer: "Pero besarme sí que me besó", todo lo demás es accesorio y se presenta en el segundo poema como una invención del poeta.

El poema de Almudena Guzmán responde a la tendencia de la literatura actual a dar voz a los mitos o personajes literarios femeninos para que cuenten su propia versión de la historia literaria de la que forman parte.

Puedes leer sendos comentarios del texto de Rubén Darío en los siguientes enlaces:

jueves, 12 de septiembre de 2019

"El pájaro azul", de Rubén Darío

[mike-mora.blogspot.com]


                                        El pájaro azul


París es un teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al café Plombier, buenos y decididos muchachos —pintores, escultores, escritores, poetas; sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!—, ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba, y, como bohemio intachable, bravo improvisador.
    En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Delacroix*, versos, estrofas enteras, escritas en la letra echada y gruesa de nuestro  pájaro azul.
    El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así? Nosotros le bautizamos con ese nombre.
  Ello no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino triste. Cuando le preguntábamos por qué, cuando todos reíamos como insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo raso, y nos respondía sonriendo con cierta amargura:
    —Camaradas, habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro; por consiguiente...

*   *   *

    Sucedió también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la primavera. El aire del bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el poeta.
    De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos de madrigales, escritos al ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes. Las violetas eran para Niní, su vecina, una muchacha fresca y rosada, que tenía los ojos muy azules.
    Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos. Todos teníamos una alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía brillar. El tiempo vendría. ¡Oh, el pájaro azul volaría muy alto! ¡Bravo! ¡Bien! ¡Eh, mozo, más ajenjo!

*   *   *

    Principios de Garcín:
    De las flores, las lindas campánulas.
    Entre las piedras preciosas, el zafiro.
    De las inmensidades, el cielo y el amor; es decir, las pupilas de Niní.
    Y repetía el poeta:
    —Creo que siempre es preferible la neurosis a la estupidez.

*   *   *

    A veces, Garcín estaba más triste que de costumbre.
    Andaba por los bulevares; veía pasar indiferentes los lujosos carruajes, los elegantes, las hermosas mujeres. Frente al escaparate de un joyero sonreía; pero cuando pasaba cerca de un almacén de libros, se llegaba a las vidrieras, husmeaba y, al ver las lujosas ediciones, se declaraba decididamente envidioso, arrugaba la frente; para desahogarse, volvía el rostro hacia el cielo y suspiraba. Corría al café en busca de nosotros, conmovido, exaltado, pedía su vaso de ajenjo, y nos decía:
    —Sí; dentro de la jaula de mi cerebro está preso un pájaro azul que quiere su libertad...

*   *   *

    Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de la razón.
    Un alienista a quien se le dio la noticia de lo que le pasaba, calificó el caso como una monomanía especial. Sus estudios patológicos no dejaban lugar a dudas.
    Decididamente, el desgraciado Garcín estaba loco.
   Un día recibieron de su padre, un viejo provinciano de Normandía, comerciante en trapos, una carta que decía lo siguiente, poco más o menos:

    "Sé tus locuras en París. Mientras permanezcas de ese modo, no tendrás de mí un solo sou. Ven a llevar los libros de mi almacén, y cuando hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías, tendrás mi dinero."

    Esta carta se leyó en el café Plombier.
    —¿Y te irás?
    —¿No te irás?
    —¿Aceptas?
    —¿Desdeñas?
    ¡Bravo, Garcín! Rompió la carta, y soltando el trapo a la ventana, improvisó unas cuantas estrofas, que acababan, si mal no recuerdo:

                                              ¡Sí; seré siempre un gandul,
                                                  lo cual aplaudo y celebro,
                                                  mientras sea mi cerebro
                                                  jaula de pájaro azul!

    Desde entonces, Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dio un baño de alegría, compró levita nueva y comenzó un poema de tercetos, titulado El pájaro azul.
   Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello era excelente, sublime, disparatado.
    Allí había un cielo muy hermoso, una campiña muy fresca, países brotados como por la magia del pincel de Corot, rostros de niños asomados entre flores, los ojos de Niní húmedos y grandes; y por añadidura, el buen Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello un pájaro azul que sin saber cómo ni cuándo anida dentro del cerebro del poeta, en donde queda aprisionado. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y de da contra las paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un cigarrillo de papel.
    He aquí el poema.

*   *   *

    Una noche llegó Garcín riendo mucho, y, sin embargo, muy triste.
    La bella vecina había sido conducida al cementerio.
    —¡Una noticia! ¡Una noticia! Canto último de mi poema. Niní ha muerto. Viene la primavera y Niní se va. Ahorro las violetas para la campiña. Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se dignan siquiera leer mis versos. Vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del tiempo. El epílogo se debe titular así: De cómo el pájaro azul alza el vuelo al cielo azul.

*   *   *

    ¡Plena primavera! ¡Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba y pálidas por la tarde; el aire suave que mueve las hojas y hace aletear las cintas de los sombreros de paja con especial ruido! Garcín no ha ido al campo.
    Hele aquí; viene con traje nuevo, a nuestro amado café Plombier, pálido, con una sonrisa triste:
    —¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós, con todo el corazón, con toda el alma... El pájaro azul vuela...
    Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas sus fuerzas, y se fue.
    Todos dijimos: "Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo normando. Musas, adiós; adiós, gracias. ¡Nuestro poeta se decide a medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!"
    Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente, todos los parroquianos del café Plombier, que metíamos tanta bulla en aquel cuartucho destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él estaba en su lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo rojo de un balazo. Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral... ¡Horrible!
    Cuando, repuestos de la impresión, pudimos llorar ante el cadáver de nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la última página había escritas estas palabras:
    Hoy, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pájaro azul.

*   *   *

    ¡Ay Garcín, cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!

-------
* Delacroix (1798-1863), pintor francés, colorista brillante y atrevido innovador, jefe de la escuela romántica. En las ediciones anteriores a 1905: Clay (Jan Carel Clay, 1817-1890), artista belga que sobresalió como pintor de marismas.

(Rubén Darío, Azul. Cuentos. Poemas en prosa, Madrid, Aguilar, 1987, pp. 61-66)

Edouard Manet, El suicidio (1877-1881). Fundación de la
colección E. G. Bührle, Zúrich

En 1886, con  diecinueve añosRubén Darío se trasladó a Chile, donde permaneció  tres años trabajando en la Aduana de Valparaíso y como periodista en diferentes medios. Azul... fue escrito por Rubén Darío  durante su estancia en este país.  Compuesto, según su autor,  por "un puñado de cuentos y poesías que podían calificarse de parnasianas", se terminó de imprimir el 30 de julio de 1888 en Valparaíso. Esta primera edición  constaba de dieciocho cuentos en prosa y los siete poemas de "El año lírico", textos que habían ido apareciendo en la prensa chilena entre diciembre de 1886 y junio de 1888. El libro -prologado por su amigo Eduardo de la Barra, gran poeta romántico- no tuvo un éxito inmediato, pero fue bien acogido  por el novelista e influyente crítico español Juan Valera, quien escribió dos elogiosas cartas  publicadas en el diario madrileño 'El imparcial' en octubre de 1888. En dichas cartas, reproducidas por la prensa Chilena, reconocía en el autor a un poeta y un prosista de talento, si bien criticaba su "galicismo mental", sus excesivas influencias francesas. La fama que le proporcionó Azul le permitió obtener el puesto de corresponsal del diario 'La Nación' de Buenos Aires. Con las cartas de Valera a modo de prólogo, en 1890 apareció una segunda versión en Guatemala, en la que añadió poemas y prosas nuevos, entre ellos el famoso soneto "Capoulicán".

Azul está considerado como el libro fundacional del Modernismo. Incluso el propio Rubén, obviando la existencia de otros predecesores del movimiento, se declara iniciador del Modernismo cuando escribe (en "Los colores del estandarte", La Nación, 27 de noviembre de 1896):
Y he aquí cómo, pensando en francés y escribiendo en castellano [...] publiqué el pequeño libro que iniciaría el actual movimiento literario americano, del cual saldrá, según José María de Heredia, el renacimiento mental de España.
Y reconoce también la condición parnasiana de su obra:
El Azul... es un libro parnasiano y, por tanto, francés. En él aparecen por primera vez en nuestra lengua el "cuento" parisiense, la adjetivación francesa, el giro galo injertado en el párrafo clásico castellano, las chucherías de Goncourt, la câlinerie erótica de Mendès, el encogimiento verbal de Heredia, y hasta su poquito de Coppée.
De forma que, como observa Miguel Ángel Feria ("La trayectoria poética de Rubén Darío a la luz del parnasianismo. II: de París a Nicaragua", en Anales de Literatura Hispanoamericana. 46 2017: 159-181), le confiere así al Parnasse "un papel fundamental en la génesis del Modernismo".

Mucho se ha insistido en la innovación formal de los cuentos, en los que resulta más evidente el afán innovador y la huella del parnasianismo. Por lo que respecta a  los poemas, Miguel Ángel Feria destaca como principal novedad "la ausencia del tono confesional y elegíaco propio del romanticismo y posromanticismo hispánico". En la edición de 1890 se incrementa el parnasianismo, y en los poemas nuevos resulta evidente la influencia del parnasianismo más canónico de Leconte Lisle y de José María de Heredia.

En cuanto a la razón del "Azul" del título, que pasará a ser emblema del Modernismo, para el autor  se encuentra en la frase de Victor Hugo, "L'art est l'azur", que sirve de epígrafe al prólogo de Eduardo de la Barra, y en Historia de mis libros expone el significado del color azul en su obra:
El azul es para mí el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y fundamental.
José Luis Bernal Muñoz  ("El color en la literatura del modernismo", ALEUA/15) precisa que Darío  ya había utilizado ese color antes de la publicación de Azul, en concreto a partir de su estancia chilena en 1886,  "no sólo como imagen de lo celeste, sino como símbolo del ideal y de la inspiración".

Anteriormente el  azul  había sido utilizado simbólicamente por José Martí  desde 1875 y, como recuerda  Javier Pérez ("Un momento del azul. Rubén Darío acuña un color", en Anales de Literatura Hispanoamericana, 2011, vol. 40: 161-169), a finales del siglo XIX el azul era "un color tópico de las poesías elitistas francesas. Mallarmé y su poema "L'azur" pueden servir como ejemplo". Para José Luis Bernal Muñoz, fue Baudelaire  quien dio al color azul "la mayor parte de sus contenidos simbólicos que después le conferirán los poetas modernistas": el lugar del ideal, de la ensoñación y de  la virginidad original, además de la vida interior y la belleza.

Sobre la génesis del cuento que nos ocupa, explica Javier Pérez:
El azul acompaña a un mito francés del XIX que se extiende como personaje de cuento en el que un pájaro azul es el pájaro de la felicidad. Este es el que motiva el cuento de Darío donde un escritor se enajena (debido a la mitificación) y que Maeterlinck versionará, no directamente a Darío, pero sí con curiosas similitudes, en 1908, en otro "Pájaro azul de la felicidad". En Maeterlinck el azul pasa de ser revelación  a ser sueño.
"El pájaro azul" es el primer cuento de Azul... escrito por Rubén Darío. Fue publicado en 'La Época', Santiago, el 7 de diciembre de 1886.  Para De la Barra (citado por Miguel Ángel García en "Los prólogos de Azul... (1890) de Rubén Darío", RILCE, 31.1 (2016): 159-181), este cuento sería el epílogo de la pequeña trilogía formada por "El rey burgués", "El velo de  la reina Mab" y "La canción del oro". De la Barra defiende el significado alegórico de todos ellos, cuyo protagonista es el poeta, "solo, abandonado, hambriento, casi un mendigo", que identifica con Rubén Darío:
Tiene epílogo en "El pájaro azul" donde ahora el mismo poeta a quien el rey burgués deja morirse de hambre, a quien la reina Mab envuelve en su velo, la especie de mendigo que canta su estridente canción de oro, se ha hecho bohemio, transformándose en el Garcín que se suicida como resultado de "esta lucha trágica del genio con el destino".
El cuento pertenece, pues, a los llamados 'relatos de artista", definidos por Carmen Luna Sellés en "Érase una vez..." en el Modernismo hispanoamericano, en Hesperia. Anuario de Filología Hispánica IV (2001):
En ellos se reproduce el conflicto entre el mundo interior del artista vs. mundo exterior o lo que es lo mismo, entre una dimensión más amplia, entre una sensibilidad finisecular y una realidad hostil.
El título es el seudónimo de Garcín, un amigo del narrador, quien explicaba sus cambios de humor  por un pájaro azul que tenía  en el cerebro. Por tanto, el pájaro azul hace referencia al personaje principal, pero también a la pulsión encerrada en su cerebro y al poema que escribe el personaje. La historia de Garcín -un poeta neurótico en cuyo cerebro se aloja, según él, un pájaro azul que solo quedará libre cuando el poeta se quite la vida- se desarrolla en el París de la Belle Époque y tanto el narrador como el protagonista forman parte de un grupo de artistas bohemios que se reúnen en el café Plombier. Pero, además, el ave prisionera en el cerebro de Garcín tiene una dimensión simbólica, que José Luis Bernal Muñoz interpreta así:
El ave, que no es otra cosa que el ensueño y la inspiración, abandonará las tristes moradas terrenales para volar hacia el cielo azul, hacia la región empírea de la belleza y el ideal.
Para Christian David Troncoso Castillo, en su tesis La diferencia radica en los detalles. Elementos para una poética en los Cuentos Completos de Rubén Darío (2017),  el relato, una reflexión sobre el papel del artista en la sociedad, expresa el "rechazo al cientifismo y al afán positivista de la época". En el mismo sentido se expresa Kelly Comfort (citada por Troncoso Castillo), para quien el suicidio es la única posibilidad que tiene Garcín de liberarse del sistema capitalista y, por tanto, su muerte "simboliza la resistencia del artista".


El escritor estadounidense de origen alemán Charles Bukowski (1920-1994) tomó este título para un poema suyo publicado en 1992, en el que el pájaro azul encerrado en su corazón, representa las emociones, pequeñas debilidades que  el yo poético procura ocultar,  reprimiéndolas en público, para que no destruyan la imagen de hombre duro y poeta maldito que los demás se han formado de él.


           El  pájaro azul

tengo un pájaro azul en el corazón que
quiere salir
pero soy demasiado fuerte para él.
le digo: quédate ahí, no voy a permitir
que te
vean.

tengo un pájaro azul en el corazón que
quiere salir,
pero lo empapo de whisky  e inhalo
el humo del tabaco,
y las putas y los camareros
y los dependientes de los colmados
no se enteran de que
está
ahí.

tengo un pájaro azul en el corazón que
quiere salir,
pero soy demasiado fuerte para él.
le digo:
no te muevas, ¿quieres
fastidiarme?
¿quieres joderlo
todo?
¿quieres cargarte la venta de mis libros en
Europa?

tengo un pájaro azul en el corazón que
quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo lo dejo salir
a veces por la noche,
cuando todos están dormidos.
le digo:  sé que estás ahí;
no te  
entristezcas.
luego lo devuelvo a su lugar,
pero se pone a 
cantar:  no le he dejado
morirse. 
dormimos juntos
así,
con nuestro
pacto secreto,
y es muy agradable,
tanto como para hacer llorar
a un hombre, 
pero yo no lloro,
¿y
tú?


De Poemas de la última noche de la tierra.
Traducción y prólogo de Eduardo Moga, DVD,
Barcelona, 2004

domingo, 7 de febrero de 2016

"Sonatina", de Rubén Darío





                        SONATINA

   La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave[1] sonoro;
 y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

   El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

   ¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda[2] o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz[3]?

   ¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

   Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos[4] del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

   ¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Esta presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas[5],
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

   ¡Oh quién fuera hipsipila[6] que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(la princesa está pálida, la princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

  —¡Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor!

            De Prosas profanas, 1896 y 1901




[1] clave o clavecín, instrumento musical con cuerdas y teclado 
que se caracteriza por el modo de herir dichas cuerdas desde 
abajo por picos de pluma que hacen el oficio de plectros.
[2] Opulenta ciudad de la India antigua.
[3] Isla a la entrada del golfo Pérsico famosa por sus perlas.
[4] Planta ninfácea, de flores blancas o amarillas, que comprende 
el loto de la India.
[5] Pica con cuchilla en forma de media luna.
[6] Mariposa.

Ayer se cumplió el primer centenario de la muerte del poeta nicaragüense Rubén Darío (Metapa, hoy Ciudad Darío, 18 de enero de 1867-León, Nicaragua, 6 de febrero de 1916), gran renovador de la lírica en castellano y uno de los autores que mayor influencia ha ejercido en la poesía hispanoamericana del siglo XX.

"Sonatina", uno de sus poemas más conocidos, apareció en el diario La Nación de Buenos Aires el 17 de junio de 1895 y fue incluido en la primera edición de Prosas profanas y otros poemas (Buenos Aires, Imprenta de Pablo E. Coni e hijos, 1896). Narra una historia enmarcada en un mundo de fantasía, un cuento de hadas, cuya princesa protagonista se siente presa en su palacio y espera la llegada de un príncipe salvador. Se trata de un argumento recurrente en el Modernismo que, como indica José Vicente Nebot Nebot*, "Darío adorna con su imágenes refinadas y estetizantes: flores y metales preciosos que consiguen un valor cromático, mariposas, aves, animales fantásticos y mitológicos y miradas hacia oriente". La historia ha sido relacionada con el cuento de la Bella Durmiente, liberada del sueño-muerte por el beso del príncipe. Según el autor, el tema de "Sonatina" es el despertar de la adolescencia, la espera del amor, la alegoría de las ansias  amorosas de la mujer: el poema "contiene el sueño cordial de toda adolescente, de toda mujer que aguarda el instante amoroso.Es el deseo íntimo, la melancolía ansiosa, y es, por fin, la esperanza" (Historia de mis libros, pág. 143).

Compuesto por sextetos de versos alejandrinos de ritmo dactílico, con acento en la sílabas tercera y sexta de cada hemistiquio, es una de las composiciones más representativas de Rubén Darío y del Modernismo, por su perfección formal, su musicalidad y la plasticidad y elegancia de las imágenes. Parte de la crítica ha visto en el poema una muestra  de preciosismo vacío y superficial en el que no encontramos la emoción del sentimiento ni profundidad de pensamiento.

Pero otros críticos consideran que  contiene algo más que belleza y perfección formal. Así, Jaime Concha explica que el poema admite dos niveles de lectura, como anécdota maravillosa o como alegoría de un estado de alma. De acuerdo con esta segunda lectura, la princesa se convierte en símbolo del alma prisionera y angustiada del poeta  que espera el amor que lo salve, y el anhelo de libertad de la princesa puede interpretarse como búsqueda de la belleza y del misterio  de la trascendencia. Alberto Acereda Extremiana** recuerda, a este respecto,  las circunstancias en que Rubén Darío compuso "Sonatina", angustiado por "su tragedia vital y sentimental": por la muerte de su esposa Rafaela Contreras el 26 de enero de 1893, por la trampa tendida al poeta dos meses después por la familia de Rosario Murillo, con quien había mantenido una relación, para casarlo con ella bajo los efectos del alcohol, y por la muerte de la madre del poeta, Rosa Sarmiento, acaecida el tres de mayo de 1895, un mes antes de la publicación del poema.

María Luisa Redondo Figuero ("La poesía de la generación del 98 y modernismo", en Monte Buciero 2. Cursos 1998) explica el poema como una alegoría ambivalente:
la princesa prisionera en su palacio podría ser una personificación  de la belleza libertada por el poeta; aunque podría ser también un trasunto lírico del alma de Rubén que, triste ante la realidad que le rodea, anhela un mundo de ensueño, donde reine la belleza y la felicidad.
Para María A. Salgado, por el contrario,   el poema expresa el hastío del poeta no de la realidad que lo rodea, de la que se evade su poesía, sino "de su mundo poético, de ese mundo ideal forjado como escape y refugio  de su angustiosa realidad vital: [...] Darío confirma el fracaso de su mundo al rechazar   el palacio y el jardín encantado de su Bella-Durmiente"  ("El alma de la Sonatina").

*"Sobre la musicalidad en Prosas Profanas de Rubén Darío", en FÒRUM DE RECERCA, nº 16.
**"La expresión del alma en el modernismo: relaciones contextuales entre la Sonatina de Rubén Darío y algunos escritos de Amado Nervo", en www.cervantesvirtual.com.

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