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domingo, 2 de julio de 2023

"Anáfora" (Anaphora), de Elizabeth Bishop



Foto: Eugenio Cortecero

ANÁFORA

                      En memoria de Marjorie Carr Stevens

Con mucha ceremonia,
cada día comienza con pájaros, campanas,
con las sirenas de una fábrica:
son tan blancos de oro los cielos y nuestros ojos
ven, al abrirse, tan brillantes los muros,
que, por un momento, nos preguntamos:
¿Desde dónde vienen la música, la energía?
¿A qué inefable criatura, que debemos haber perdido,
estaba destinado el día? Oh, enseguida
surge y adquiere su carácter terrenal
    en un instante, en un instante cae
    víctima de una larga intriga,
    asumiendo la memoria y la mortal,
    mortal fatiga.

Más lento surge a la vista
rociando las salpicadas caras,
oscureciéndose, condensando toda su luz:
a pesar de todos los sueños que malgastamos en él, con
    esta mirada,
sufre nuestros usos y abusos,
se hunde en la corriente de los cuerpos,
se hunde en la corriente de las clases
cuando anochece para el mendigo que, en el parque,
fatigado, sin lámpara ni libro,
    prepara magníficos estudios:
    el acontecimiento apasionante
    de cada día en un interminable
    interminable asentimiento.

(Elizabeth Bishop, El arte de perder. Poesía Portátil,
Literatura Random House, 2019. Trad.: D. Sam Adans
y Joan Margarit)


ANAPHORA

Each day with so much ceremony
begins, with birds, with bells,
with whistles from a factory;
such white-gold skies our eyes
first open on, such brilliant walls
that for a moment we wonder
'Where is the music coming from, the energy?
The day was meant for what ineffable creature
we must have missed?' Oh promptly he
appears and takes his earthly nature
   instantly, instantly falls
   victim of long intrigue,
   assuming memory and mortal
   mortal fatigue.

More slowly falling into sight
and showering into stippled faces,
darkening, condensing all his light;
in spite of all the dreaming
squandered upon him with that look,
suffers our uses and abuses,
sinks through the drift of bodies,
sinks through the drift of classes
to evening to the beggar in the park
who, weary, without lamp or book
   prepares stupendous studies:
   the fiery event
   of every day in endless
   endless assent.

(The Complete Poems: 1927-1979)

 "Anaphora" es el último poema de North and South, primer poemario de Elizabeth Bishop, publicado en 1946. En él describe la salida y puesta del sol en dos estrofas formalmente idénticas. 

"Anáfora" es el nombre de una figura retórica que consiste en la repetición de una o más palabras al principio de un verso o enunciado. El poema trata sobre la anáfora en nuestras vidas, la importancia que tiene la repetición en la vida cotidiana, algo de lo que tal vez no somos conscientes.


domingo, 26 de junio de 2022

"Cuestiones de viaje" (Questions of Travel), de Elizabeth Bishop


Los desaparecidos saltos del Guairá


CUESTIONES DE VIAJE

Aquí hay demasiadas cascadas: arrolladores torrentes
bajan rápidamente hacia el mar,
y la presión de tantas nubes en las cimas de las montañas
los hace desbordarse en una suave cámara lenta sobre las laderas,
volviéndose cascadas ante nuestros propios ojos.
-Ya que si aquellas venas, aquellas largas millas de brillantes manchas de
lágrimas,
aún no son cascadas,
en una época más o menos rápida, como las que aquí transcurren,
probablemente lo serán.
Pero si los arroyos y las nubes continúan viajando, viajando,
las montañas parecen cascos de volcanes buques
con limos colgantes y lapas.

Piensa en el largo viaje a casa.
¿Tendríamos que haber permanecido en casa y pensar en esto de aquí?
Hoy, ¿dónde deberíamos estar?
¿Es correcto ser expectadores de extraños que actúan en una obra
en el más extraño de los teatros?
¿Qué infantilismo nos empuja, mientras queda un aliento de vida
en nuestros cuerpos, a correr
para mirar el sol desde el otro lado?
¿Para ver el más pequeño colibrí verde del mundo?
¿Para mirar con atención, alguna vieja, inexplicable obra de piedra,
inexplicable e impenetrable,
desde todos los puntos de vista,
percibida en el acto y siempre, siempre encantadora?
Oh, ¿debemos soñar nuestros sueños
y también realizarlos?
¿Y nos queda espacio
para un poniente plegable de viaje, y todavía lo bastante cálido?

Hubiese sido una lástima, a buen seguro,
no haber visto los árboles a lo largo del camino,
realmente exagerados en su belleza,
no haber visto sus gestos,
como nobles pantomimas con vestidos color rosa.
-No haber necesitado detenerse a poner gasolina y no haber podido oír
esas dos tristes notas de la melodía de madera
de unos desaparejados zuecos de madera
que, sin cuidado alguno, golpean
el suelo manchado de aceite de la gasolinera.
(En otro país los zuecos estarían controlados:
cada par sonaría con un idéntico tono.)
-Sería una lástima no haber escuchado
la otra música, la menos primitiva, del gordo pájaro castaño
que canta posado sobre la estropeada bomba de gasolina
en la barroca iglesia de cañas de los jesuitas:
tres torres, cinco cruces de plata.

-Sí, sería una lástima no haber ponderado nunca,
sin precisión, indefinidamente,
qué relación puede existir durante siglos
entre el más burdo calzado de madera
y el cuidado y la exigencia
de las fantasías en las jaulas de madera.
-No haber estudiado historia en 
la débil caligrafía de las jaulas de los pájaros cantores.
-Y nunca haber tenido que escuchar la lluvia,
tan parecida a los discursos de los políticos:
dos horas de oratoria sin pausa alguna
y después, de repente, un silencio de oro
durante el cual la viajera toma un cuaderno de notas y escribe:

"¿Es una falta de imaginación lo que hace que vengamos
a lugares imaginados, en lugar de quedarnos en casa?
¿O quizá Pascal no tenía razón
en aquello de sentarse tranquilo en una estancia?

Continente, ciudad, país, sociedad:
la elección nunca es amplia ni libre.
Y aquí, o allí... No. ¿Tendríamos que habernos quedado en casa,
doquiera fuese?"

VERSIÓN ORIGINAL EN INGLÉS:

QUESTIONS OF TRAVEL

There are too many waterfalls here; the crowded streams
hurry too rapidly down to the sea,
and the pressure of so many clouds on the mountaintops
makes them spill over the sides in soft slow-motion,
turning to waterfalls under our very eyes.
—For if those streaks, those mile-long, shiny, tearstains,
aren't waterfalls yet,
ín a quick age or so, as ages go here,
they probably will be.
But if the streams and clouds keep travelling, travelling,
the mountains look like the hulls of capsized ships,
slime-hung and barnacled.

Think of the long trip home.
Should we have stayed at home and thought of here?
Where should we be today?
Is it right to be watching strangers in a play
in this strangest of theatres?
What childishness is it that while there's a breath of life
in our bodies, we are determined to rush
to see the sun the other way around?
The tiniest green hummingbird in the world?
To stare at some inexplicable old stonework,
inexplicable and impenetrable,
at any view,
instantly seen and always, always delightful?
Oh, must we dream our dreams
and have them, too?
And have we room
for one more folded sunset, still quite warm?

But surely it would have been a pity
not to have seen the trees along this road,
really exaggerated in their beauty,
not to have seen them gesturing
like noble pantomimists, robed in pink.
—Not to have had to stop for gas and heard
the sad, two-noted, wooden tune
of disparate wooden clogs
carelessly clacking over
a grease-stained filling-station floor.
(In another country the clogs would all be tested.
Each pair there would have identical pitch.)
—A pity not to have heard
the other, less primitive music of the fat brown bird
who sings above the broken gasoline pump
in a bamboo church of Jesuit baroque:
three towers, five silver crosses.
—Yes, a pity not to have pondered,
blurr'dly and inconclusively,
on what connection can exist for centuries
between the crudest wooden footwear
and, careful and finicky,
the whittled fantasies of wooden cages.
—Never to have studied history in
the weak calligraphy of songbirds'cages.
—And never to have had to listen to rain
so much like politicians'speeches:
two hours of unrelenting oratory
and then a sudden golden silence
in which the traveler takes a notebook, writes:

"Is it lack of ¡magination that makes us come
to imagined places, not just stay at home?
Or could Pascal have been not entirely right
about just sitting quietly in one's room?

Continent, city, country, society:
the choice is never wide and never free.
And here, or there... No. Should we have stayed at home,
wherever may that be?"

Elizabeth Bishop, Obra poética. Ed. bilingüe. Prólogo de Sam Abrams, estudio
 preliminar y trad. de S. Abrans y J. Margarit. Igitur. Montblanc (Tarragona), 2008


Elizabeth Bishop (1911-1979), quizá por su falta de arraigo, fue una gran viajera. Visitó Francia, Irlanda,  España, Italia, el norte de África, y en 1951 llegó a Brasil, país donde permaneció durante quince años. Su libro  Cuestiones de viaje (1965), dedicado a su compañera Lota Macedo de Soares, documenta en la primera parte, titulada Brasil, su prolongada estancia en este país. Como observa F. J. Irazoki, se centra en "un Brasil de cascadas, zapatos enlodados, seres envueltos en niebla, soldados que vigilan desde la niebla del horizonte". Javier Montes, en su ensayo Varados en Río, afirma: "A  lo largo de sus viajes, Bishop no consigue resolver (o más bien, prefiere no hacerlo) una contradicción y un desarraigo que es justo la raíz de su trabajo". Es lo que expresa en el poema que da título al volumen, donde se pregunta si deberíamos haber permanecido en casa e imaginar el lugar visitado, si es la falta de imaginación la que nos impulsa a viajar. Las mismas cuestiones que se plantea muchos años después el poeta español Álvaro Valverde en el siguiente poema:

Catedral Alexander Nevski, Sofía. (viajar.elperiodico.com)


QUESTIONS OF TRAVEL

Desde que lo leí por vez primera
me obsesiona el poema "Cuestiones de viaje",
de la bostoniana Elizabeth Bishop.
Nunca ha dejado de estar en mi memoria,
ni de interpelarme sus preguntas.
No hay viaje que no me lo recuerde.
Tras descubrir Brasil,
nuestra poeta inquiere, por ejemplo,
si hubiese sido mejor quedarse en casa
e imaginar ese lugar.
De ser así, tampoco
estaríamos nosotros aquí.
Nos acomete la misma inmadurez:
la de mirar el sol desde esta orilla,
por más que brille ahora por su ausencia.
No nos basta con soñar nuestros sueños:
debemos vivirlos también.
Ella evoca a Pascal, esas desgracias
que derivan del hecho de ser incapaces
de no quedarnos solos y tranquilos
en nuestro propio cuarto. Se interroga: 
¿Es falta de imaginación lo que nos obliga a venir
a lugares imaginados, en vez de quedarnos en casa?
Estamos en Sofía, pero podría ser 
en cualquier parte.
Con ella, por fin, nos cuestionamos:
¿Deberíamos habernos quedado en casa,
dondequiera que eso quede?
Y en su formulación retórica,
no encontramos al cabo la respuesta.

(Publicado en la revista Estación Poesía. Sevilla, 2019.
Pertenece al libro de Álvaro Valverde Cuaderno de Sofía, inédito)

[Imagen inicial: Tripadvisor]

domingo, 17 de diciembre de 2017

"El arte de perder", de Elizabeth Bishop


Elizabeth Bishop, con su gato Tobias, en 1954 (Vassar College Library)




                    UN ARTE

No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.

Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.

Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.

He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
—quizás por la penúltima— de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.

He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.



Versión original en inglés:


                      ONE ART

The art of losing isn’t hard to master;
 so many things seem filled with the intent to be
 lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
 of lost door keys, the hour badly spent. The art
 of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last,
or next-to-last, of three loved houses went. The
art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
 some realms I owned, two rivers, a continent
 I miss them, but it wasn’t a disaster.

—Even losing you (the joking voice, a gesture
 I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master though it may
look like (Write it!) like disaster.

Elizabeth Bishop, Obra poética. Edición bilingüe. Prólogo de 
Sam Abrams, estudio preliminar y traducción de S. Abrams y J. Margarit.
Igitur, Montblanc (Tarragona), 2008


Elizabeth Bishop, fotografiada a los 43 años
en la hacienda Samambaia. DAVID MERCADO
(REUTERS) 

Elizabeth Bishop (1911-1979) fue una poeta estadounidense (laureada en 1949 y Premio Pulitzer en 1956) que, como recuerda Natalia Carbajosa ("Poesía en movimiento: Elizabeth Bishop", en: www.jotdown.es), es una rara avis en la poesía contemporánea por  la escasez de su obra poética, por su ausencia del escenario literario angloamericano (debido a sus numerosos viajes y a sus años de residencia en Brasil) y por hacer una poesía "de una contención extrema, ajena a la poesía confesional de los años cincuenta, y concienzudamente basada en la forma, en evidente contraste con la espontaneidad y el coloquialismo preconizados por los poetas del movimiento Beat en los sesenta".

Nacida en Worcester (Massachusetts), perdió  a sus padres  prematuramente: su padre falleció cuando ella tenía apenas ocho meses, y su madre, aquejada de graves episodios de inestabilidad mental, fue internada en un manicomio cuando la futura escritora tenía cinco años y, a pesar de que vivió hasta 1934, no volvieron a verse más. Por ello, Elizabeth pasó su infancia y adolescencia en hogares ajenos: primero en un pequeño pueblo de Nueva Escocia (que después idealizará en su obra), a cargo de sus abuelos maternos, y más tarde, bajo la tutela de la familia paterna, personas adineradas de Massachusetts que no tardaron en internarla en la elitista Walnut Hill School for the Arts (en cuya revista The Blue Pencil aparecieron sus primeras publicaciones) y posteriormente en el Vassar College, institución que, tras la muerte de la autora,  custodia su legado. Sus años en el Vassar College fueron de enorme importancia para ella ya que  conoció a la  escritora Marianne Moore (que se convertirá en amiga, mentora y fuerza estabilizadora de su vida), y  fundó con otros estudiantes  la influyente revista literaria Con Spirito. Una vez graduada en 1934, vivió en Nueva York y viajó por Francia, España, Irlanda, Italia y norte de África. En 1938 se trasladó a Key West (Florida), donde escribió muchos de los poemas incluidos en su primer poemario Norte y Sur (1946), por el que ganó el Premio Houghton Mifflin de poesía.

Su falta de arraigo le ocasionó dolencias y traumas que arrastrará toda su vida (alergias, depresión, alcoholismo) y que pondrán en peligro su carrera literaria. Para dejar atrás esa vida deprimente que incluía una grave  crisis de creatividad, en 1951, becada por el Bryn Mawr College, se embarca en Nueva York en un carguero, con intención de circunnavegar América del Sur. Aprovecha la  escala en el puerto brasileño de Santos para visitar a una compatriota y a su pareja (la arquitecta y paisajista Carlota Costallat de Macedo Soares, Lota), a quienes había conocido cuatro años antes. Una virulenta reacción alérgica que le obliga a guardar cama durante semanas trastoca sus planes, de manera que lo que iba a ser una breve visita se convertirá en una estancia de quince años. Lota, hija de un magnate de la prensa carioca, la acoge en su hacienda Samanbaia, en Petrópolis, y se inicia entre ellas una relación amorosa de catorce años que acabó con el  suicidio de Lota en 1967, tras el abandono de Elizabeth a causa del deterioro de la relación. Después de la muerte de Lota, la escritora alterna sus estancias en la  casa que había restaurado en el pintoresco pueblo minero de Ouro Preto, en el sureste de Brasil, con sus viajes a Estados Unidos.   Por primera vez en su vida, la tímida y frágil Elizabeth  había conseguido echar raíces en un lugar. Durante su estancia en Brasil ganó el Premio Pulitzer en 1956 por el volumen  titulado Poemas: Norte y Sur-Una primavera fría (1955), reunión de sus dos primeros poemarios; y compuso, además,  un tercero, Cuestiones de viaje, que vio la luz en 1965. En 1969 publicó su Poesía completa, galardonado con el National Book Award.

En 1970 regresa a su país para sustituir a su amigo Robert Lowell (que había aceptado un puesto en la Universidad de Essex, Inglaterra) como profesora en la Universidad de Harward, donde permanecerá siete años. Antes había impartido cursos durante un breve periodo de tiempo en la Universidad de Washington; después enseñará en la de Nueva York y, finalmente, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.  En 1977 apareció su cuarto  y último poemario, Geografía III, con el que obtuvo el Neustadt International Prize for Literature, que ninguna mujer había ganado antes. Falleció de una hemorragia cerebral en su casa de Lewis Wharf (Boston), a los sesenta y ocho años, y fue enterrada en su ciudad natal. Sus derechos literarios fueron heredados por Alice Methfessel, su pareja en los últimos años. Con tan solo cuatro poemarios, uno por década, y poco más de cien poemas publicados en vida, está considerada  uno de los poetas  estadounidenses más importantes del siglo XX.

Bishop concibe la poesía como una necesidad de expresar la realidad contemplada, no la vivida. Evita en sus versos la emoción así como lo autobiográfico, busca  la distancia y la perfección formal. No  obstante,  Sam Abrams observa en su obra un difícil equilibrio entre la contención, el retraimiento, y la expansión:
Elizabeth Bishop controlaba a la perfección la distancia entre ella y el lector, en definitiva, entre ella y el mundo. Sus poemas son muy personales, próximos, solidarios con los otros y con el entorno, pero a la vez la poeta ejerce un sutil sentido de la reserva, de la reticencia y del replegamiento [...]. Se podría decir que existe un punto de tensión equilibrada entre ambas tendencias, la tendencia a la expansión y la tendencia al retraimiento, de modo que nuestra autora disfrutaba del uso calculado de una curiosa y nueva mezcla entre la herencia del romanticismo, con la proyección de la personalidad, y la modernidad, con la huida de la personalidad. Y sobre esta base Bishop supo construir una obra que tiene el calor humano de la particularidad y la fuerza intelectual atemporal de la universalidad. Este punto  de vista tan peculiar que supo crear Bishop para canalizar su discurso poético acabó manifestándose también en la visión de la realidad subyacente en toda su obra [....]. Creo que no hay mejor poeta que Bishop para ayudarnos a entender el dilema de la condición humana en la actualidad, con todas sus dudas, su falta de certezas, su profundo sentido de la provisionalidad. 
Escrito en la madurez e incluido en Geografía III, "One Art" es el poema más antologado de Elizabeth Bishop. En él se sirve de la villanelle, estructura métrica tradicional basada en la repetición -formada por cinco tercetos (aba) y una cuarteta (abaa)-, que también utilizaron autores del siglo XX como Dylan Thomas o Sylvia Plath. 
  Lo que comienza como una reflexión de carácter general sobre la inevitabilidad de las pérdidas y la necesidad de aceptarlas, pronto da paso al recuento de sus propias pérdidas personales y el impacto de las mismas sobre ella (tercetos 3º y 4º). En la última estrofa aparece la verdadera razón del poema: la pérdida de una persona, si bien los detalles están silenciados y solo en el paréntesis se revela la importancia de esa pérdida. Aunque el yo poético reitera que ninguna pérdida representa un desastre, la cuarteta final, dirigida a la persona perdida, revela que su pérdida la ha dejado devastada. Es decir, lo que  el poema pone de manifiesto, en realidad,  es  la imposibilidad de superar las pérdidas, esto es, que el perder es un arte que nunca logra dominar. Porque, como ha señalado Elizabeth Dodd, el poema es, al menos en parte, "una elegía profundamente sentida, pero Bishop usa una forma estricta y difícil y un tono informal y coloquial para silenciar la intensidad emocional". En palabras de Natalia Carbajosa, "Es el artificio extremo el que le permite enfrentarse a la enormidad de la pérdida".

-Puedes leer el poema "Cuestiones de viaje" (Questions of Travel): AQUÍ.
-Y el poema "Anáfora" (Anaphora): AQUÍ