EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


biblioteca.ies.goya@gmail.com


Mostrando entradas con la etiqueta Washington Benavides. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Washington Benavides. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de diciembre de 2018

"Can vei la lauzeta mover...", de Bernart de Ventadorn [fragmento]

Alondra



 I       Can vei la lauzeta mover
      de joi sas alas contral rai,
      que s’oblid’ e·s laissa chazer
      per la doussor  c’al cor li vai,
      ai! Tan grans enveya m’en ve
      de cui qu’eu veya jauzion,
      meravilhas ai, car desse
      lo cor de dezirer no·m fon.

II       Ai, las! Tan cuidava saber
      d’amor, e tan petit en sai,
      car eu d’amar no·m posc tener
      celeis don ja pro non aurai.
      Tout m’a mo cor, e tout m’a me,
      e se mezeis e tot lo mon;
      e can se·m tolc, no·m laisset re
      mas dezirer e cor volon.

III      Anc non agui de me poder
      ni no fui meus de l’or’ en sai
      que·m laisset en sos olhs vezer
      en un miralh que mout me plai.
      Miralhs, pus me mirei en te,
      m’an mort li sospir de preon,
      c’aissi·m perdei com perdet se
      lo bels Narcisus en la fon.
    
(En F. Carmona, C. Hernández y J. A.
Trigueros, Lírica románica medieval, 1986)
     

Traducción al castellano de Martín de Riquer:
I. Cuando veo  la alondra mover sus alas de alegría contra el rayo del sol y que se desvanece y se deja caer por la dulzura que le llega al corazón, ¡ay!, me entra una envidia tan grande de cualquiera que vea gozoso, que me maravillo de que al momento el corazón no se me funda de deseo. 
II. ¡Ay de mí! Creía saber mucho de amor, ¡y sé tan poco!, pues no me puedo abstener de amar a aquella de quien nunca obtendré ventaja. Me ha robado el corazón, me ha robado a mí, y a sí misma y  todo el mundo; y cuando me privó de ella no me dejó nada más que deseo y corazón anheloso. 
III. Nunca más tuve poder sobre mí, ni fui mío desde aquel momento en que me dejó mirar en sus ojos, en un espejo que me place mucho. Espejo: desde que me miré en ti, me han muerto los suspiros de lo profundo, porque me perdí de la misma manera que se perdió Narciso en una fuente.

Bernat de Ventadorn (1147-1171) fue uno de los mejores, si no el mejor, de los trovadores provenzales y el principal representante del trobar leu, una de las formas adoptadas por la poesía en lengua de oc, caracterizada por su claridad y sencillez. Poco sabemos de él, aunque su Vida provenzal (cuestionada por estudiosos posteriores) lo presenta como hijo de unos humildes sirvientes del castillo de Ventadorn, en el Lemosín francés. De ser eso cierto, ocurriría en vida del trovador Ebles II, vizconde de Ventadorn. Bernat hace referencia al arte de su señor, de quien aprendió a trovar, según se desprende de una de sus composiciones juveniles. Se cuenta de él que se vio obligado a abandonar Ventadorn cuando se enamoró de la esposa de su señor. Es posible que conociera las cortes de Tolosa y la inglesa de Leonor de Aquitania. Se especula con la posibilidad de un encuentro con el novelista Chrétien de Troyes. Probablemente falleció en el monasterio cisterciense de Dalon.

Bernat de Ventadorn es el trovador del amor, tema de todas las composiciones que se le atribuyen (unas cuarenta), dedicadas exclusivamente al análisis de la pasión amorosa, en un tono melancólico y nostálgico. La tradición  trovadoresca le impone unas ideas preestablecidas sobre el sentimiento amoroso, el llamado código del amor cortés: amor y cortesía, estados del enamorado, vasallaje de amor  y superioridad de la dama, etc. No obstante, Bernat insiste en la sinceridad de sus sentimientos, que expresa con una gran claridad de estilo y de conceptos, de manera que consigue esquivar el tópico mediante el empleo de recursos expresivos propios. De ese amor auténtico surge necesariamente, según el autor, una poesía auténtica y, en consecuencia, excelente. 

Ese amor sincero es el origen del joi (gozo, júbilo) del poeta, que transforma en belleza cuanto le rodea y, como señala Martín de Riquer,  la naturaleza participa de este gozo, como la alondra con su vuelo en estos versos que imitará Dante en el Canto XX del "Paraíso", en los que transmite la emoción de la ascensión jubilosa y el desvanecimiento y  caída  de una alondra que cruza el cielo. Martín de Riquer (en Historia de la Literatura Universal, vol. 2, Planeta, 1984, pág. 320) observa también en esta composición la influencia de Ovidio, el autor de la Antigüedad que mejor conoció Bernart de Ventadorn:
En la canción de la alondra [...] hay una metáfora debida sin duda alguna a la lectura de las Metamorfosis. El trovador afirma que quedó totalmente enajenado cuando su dama le permitió que se mirara en sus ojos, y se vio reflejado a sí mismo en la retina de la hermosa, retina que se metaforiza en un espejo, comparado a su vez con el agua de la fuente en que Narciso vio reflejada su imagen, lo que le produjo la muerte. Rara vez un dato de una fábula se ha acomodado con tanta elegancia y con tanta eficiencia a una situación sentimental.

Algunos siglos más tarde, el escritor uruguayo Washington Benavides invoca a  Bernart de Ventadorn en un poema en el que conviven las imágenes de las miserias del siglo XX con las referidas a la poesía (simbolizada por la alondra) como defensa frente a la oscuridad. El poema está fechado en 1963, época ya sombría, pero fue incluido en Hokusai, libro fundamental en la trayectoria poética de Benavides publicado en 1975, un año oscuro para Uruguay, sometido a la dura represión de la dictadura, y para Benavides, que había sido destituido como profesor y  había tenido que emigrar a Montevideo. En el poema, la alondra de la hermosa composición de Ventadorn es, como observa Rosario Peyron ("Hokusai-El poeta y la poesía"), "imagen del canto poético como forma de resistencia ante los malos tiempos".

Bernart de Ventadorn, ataviado con elegante traje y en actitud de
recitar. Inicial miniada del cancionero K, siglo XIII (Biblioteca
Nacional, París), detalle


A  Bernart de Ventadorm en 1963


Bernart de Ventadorm: cómo de pronto envidio
tus canciones —si Leonor de Aquitania[1]
u otra olvidada dama, templaron a las cuerdas
de tu fino instrumento—.
                                                                Pero aún más, todavía
la estrofa con el puro fucilazo[2] de oro
del instante:
                        “Can vei la lauzeta mover
                        de joi sas alas contra ’l rai,
                        e que s’oblid’e’s laissa chazer
                        per la doussor c’al cor li vai…”.

Esa alondra, que mueve con alegría sus alas
contra el rayo del sol y que se desvanece
y se deja caer, por la dulzura
que al corazón le llega, cómo empuja
ojos y frente oscuros a lo alto!

Triste país es este, Bernart, cuando sentimos
que antes de la agonía aspiramos a sombras;
cuando desconocemos al caído,
cuando vemos sin ver la miseria y la costra.

Y tú con esa alondra para alumbrar la vida!

(Y de un oscuro origen, en duro tiempo hiciste
brotar el agua limpia)
                                               Trobar clus[3] = luz guardada.

Sangraste, trovador, en tu alambique
donde se destilaban rimas y neoplatónicas
veladuras.
                               Pero te sobrevive lo esencial:
el alma.
                    El alma o su armadura
                                                                              en una alondra.

Miro el cielo del triste país, Bernart, que amo,
y acaso estén ahí —como una dura prueba
del tiempo y su alevosa espoleta— maquinarias
fatales y con alas de ángeles o “lauzetas”…
Una alondra es preciso, Bernart de Ventadorn, ahora!




[1] Leonor de Aquitania (1122 o 1124-1204), noble medieval nieta de
Guillermo de Poitiers, el primer trovador. Heredó el ducado de
Aquitania (1137) y fue reina consorte de Francia (1137-1152) y de
Inglaterra (1154-1189). Mecenas de numerosos trovadores.
[2] fucilazo, relámpago que ilumina la atmósfera en el horizonte por
la noche.
[3] trobar clus; es decir, cerrado. Poesía hermética y difícil cultivada por
algunos trovadores. Opuesta al trovar leu, de estilo más sencillo.

[Imagen inicial: pinterest.es]

sábado, 3 de agosto de 2013

"Canción de los lentes", de Washington Benavides



CANCIÓN DE LOS LENTES

El poeta envejece.
No ve la línea,
la delgada silueta 
que, antes, veía.
La escritura le baila
una polkita;
se le van los matices,
las golondrinas.
Pero se puso lentes
y oh maravilla
se dibujaron netas
las golondrinas.
Apareció de nuevo
-la delgadiña-
aquella del romance,
palabra limpia...
Los tipos de su máquina
la tinta china
por más que los limpiaba no aparecían...
Se arrimaba a la hoja
cuanto podía,
su nariz borroneaba
la letra fina...
Pero se puso lentes
y oh maravilla
volvieron las "corrientes"
las "cristalinas"...
Y releyó a Pessoa
y a Carlos Williams
y anduvo con Sabines
por la cornisa...
Ahora es un "cuatrojos"
es un "lenteja"* pero ve lo que escribe
y lo que piensa.

          (Washington Benavides, de Finisterre, 1986)

*lenteja, en Uruguay se utiliza despectiva y coloquialmente para referirse a la persona que usa lentes.

Puedes encontrar información sobre el autor en este blog y leer otro poema suyo:

domingo, 19 de agosto de 2012

"Los trabajos de Katsushika Hokusai", de Washington Benavides

Katsushika Hokusai: "Ola rompiendo frente a Kanagawa"



Los trabajos de Katsushika Hokusai



No había pintado aún su
                                          “Ola rompiendo frente a Kanagawa”
acechaba en sus frascos
                                         el hondo azul de Prusia
que daría
                 profundidad de arterias
                                                           a sus trazos
móvil ladera de ola
                                 la que estallaba arriba
en una planta fantasmal y blanca
                                                          en raíces
aéreas e instantáneas
                                      en bandos de avecillas
que planean
                      pajaritas de agua
                                                     y que regresan
a la madre profunda
                                    Entonces Hokusai escribió
(en levísima variante
                                     dejó a un lado tintas planchas
plumas)
               este resumen
                                       de su vida:
“Desde los seis
                           conservo la manía
de dibujar las cosas
                                  (la forma de las cosas)
a los 50
              tenía publicados infinitos dibujos
aunque sé muy bien que antes de los 70
lo hecho nada vale
                                (una burbuja vale)
a los 73 aprendí algo
sobre la verdadera estructura de los seres:
cuadrúpedos o peces
                                    plantas árboles
pájaros e insectos
                               En consecuencia
a los 80 aumentaré el progreso
                                                       y a los 90
penetraré el misterio de las cosas
y cuando llegue
(porque llegaré) a los 110 años
todo lo que haga
                              ya sea un punto o una línea
será la vida
Pido
       a quien me sobreviva
                                              que compruebe
si cumplo mi palabra”
A los 89 murió renegando
                                             “solo un poquito
solo un poquito más y seré
                                               de veras un pintor”.

                                                   (Washington Benavides, de Hukusai, 1975)


Washington Benavides, poeta y músico uruguayo, nació  en Tacuarembó, Uruguay, en 1930. Fue profesor de literatura primero en Educación Secundaria y más tarde en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación  de la Universidad de la República. Ha cultivado el ensayo, ejercido la crítica y traducido  a importantes poetas de lengua portuguesa. Durante los años de la dictadura impulsó la música popular como  forma de resistencia. Fue uno de los integrantes del llamado Grupo de Tacuarembó, del cual también formaron parte otros poetas y músicos de ese departamento. De su abundante producción poética, que  lo sitúa entre los poetas más importantes de su generación,  destacan  El poeta (1959),  Poesía (1963), Las milongas (1966), Poemas de la ciega (1968), Los sueños de la razón (1968), Fontefrida (1979), Fotos (1986), El molino del agua ­(Premio Nacional y Municipal­, 1993), La luna negra y el profesor (1994), Un viejo trovador (2004), Diarios del Iporá (2006). Sus poemas han sido versionados en canciones por artistas como Eduardo Darnauchans, Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa, Héctor Numa Moraes  o Abel García.

Actualización (septiembre de 2017):
Washington Benavides  falleció en Montevideo el 24 de septiembre de 2017, a los 87 años.

Katshushika Hokusai (1760-1849) es considerado  como el mejor artista de la historia de Japón y máxima expresión del Ukiyo-e, el género de estampa practicado en aquel país a partir del siglo XVII.  Se inició desde la niñez en la técnica de la pintura y el grabado, formándose con uno de los grandes maestros de la época: Katsukawa Shunsho. A partir de los 30 años, Hokusai inicia su fase de madurez desarrollando un estilo muy personal con el paisaje como gran protagonista. "La gran ola de Kanagawa" es su obra más conocida y la primera de Treinta y seis vistas del monte Fuji, serie con la que alcanzó la culminación de su carrera a la vez que ejercía una poderosa influencia no sólo sobre los artistas de su país sino también sobre los europeos.

Entrada relacionada: