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jueves, 1 de enero de 2015

Leer juntos Hoy: 'Intemperie', de Jesús Carrasco

Grupo de lectura I "Leer juntos Hoy" del IES Goya
Sesión del 15 de noviembre de 2014
Obra comentada: 'Intemperie' (Seix Barral, 2013)
Autor: Jesús Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972)

Elegida libro del año 2013 por los libreros de Madrid, la primera novela de Jesús Carrasco se convirtió en un auténtico fenómeno editorial no solo en nuestro país, donde en diciembre de 2014 había alcanzado la decimotercera impresión, sino también fuera de él: baste recordar que en la feria del libro de Frankfurt quince editoriales extranjeras contrataron los derechos de edición. El éxito editorial coincide en este caso con la excelente recepción de la crítica especializada, que ha relacionado la obra con la de autores como Delibes, Cela, José Donoso, Rulfo o  ciertos narradores norteamericanos contempráneos, si bien el autor reconoce la influencia de la narrativa norteamericana, exclusivamente, y ha expresado su admiración por el estilo desnudo de Carver y su capacidad de contención, a la que él aspira: "Ser un buen podador, quitar y dejar interpretar a los demás".
   Con esa contención aprendida de Carver, Jesús Carrasco narra la huida de un niño a través de un territorio castigado por una larga sequía, origen de  la pobreza que arrebata a sus habitantes la dignidad; un mundo de hombres regido por  la violencia (contra los niños, las mujeres y los animales, sobre todo). Perseguido por el alguacil y sus ayudantes, su encuentro providencial con un anciano cabrero posibilita su supervivencia y hace del niño una persona distinta. La huella de La carretera, del estadounidense Cormac McCarthy, parece innegable, lo que no resta mérito a la novela de Jesús Carrasco.

   El título de la novela fue el primer elemento que reclamó nuestra atención en la tertulia. Hasta él parece haber llegado ese afán podador de su autor que priva al sustantivo "intemperie" del artículo, en un uso extraño por inhabitual. Se trata de un sustantivo cargado de connotaciones negativas, presente de manera reiterada en la novela con el significado que encontramos en el diccionario, pero al que se le añade, en nuestra opinión, un segundo sentido figurado: el desamparo del ser humano en un mundo gobernado por la brutalidad y la violencia ("[La intemperie] le había llevado hasta el mismo borde de la muerte", piensa el niño tras su encuentro con el tullido). De ahí que deba luchar, como él mismo reconoce, contra la naturaleza y contra los hombres.

   La cubierta del libro participa de ese mismo minimalismo, pero también del simbolismo de la obra: una sola figura, la de un animal joven completamente blanco, sin mancha,  sobre un fondo  blanco también. Además de representar al rebaño,  las características del animal  (indefenso, dócil  y del color blanco  de la inocencia) nos llevan a atribuirle  un valor simbólico, y a interpretarlo  como una representación de las inocentes víctimas de la violencia, entre ellas el niño (los niños), víctima inocente y propiciatoria ofrecida al poderoso para calmar su ira.

El llano con los Montes de Toledo al fondo./Pedro Albornoz
   El espacio por el que transitan los personajes (se trata de una novela itinerante; walk movie, si utilizamos la terminología tomada del cine), descrito de forma minuciosa y precisa,  es un espacio rural, un llano  asolado por una larga sequía y calcinado por un sol inclemente, en el que surge de tanto en tanto algún campo de olivos o algún bosquecillo de encinas; alisos escuálidos, chopos o tarays, donde queda algún resto de humedad. Higueras, una palmera, la chumbera tras la que se oculta el niño, vides perdidas y los restos de la última siega completan la desolada estampa de un paisaje casi apocalíptico, un lugar que el niño identifica con el infierno. Hay otro espacio evocado por el recuerdo que participa de las mismas características negativas: el pueblo sin nombre, casi desierto, donde ha vivido el niño, con su ferrocarril abandonado, la antigua  fábrica de vinagre y la acequia de desagües, fuente ambas   de   hedores insoportables; la casa del alguacil, con su terrible sala de trofeos,  y la de los padres ("un refugio, pero no un hogar" para el niño). A estos dos lugares se oponen las montañas del norte, un lugar donde nunca falta el agua, cuya visión brumosa ejercerá sobre el chico "una atracción magnética"; es el territorio soñado, "la morada de los dioses", el paraíso que  se propone alcanzar cuando abandona su casa.
   Este punto suscitó una animada polémica sobre la ubicación de la acción de la novela: las características del pueblo hacían pensar a alguna de nuestras participantes en Extremadura, mientras que  otras, atentas a la vegetación y a los cultivos, lo relacionaban con la mitad sur de la península. El autor ha reconocido haberse inspirado en la llanura que se extiende entre los Montes de Toledo y la Sierra de Gredos, un  lugar familiar para él, que se trasladó a vivir a Torrijos (Toledo) cuando  tenía cuatro años. Algún lector  incluso ha identificado el castillo de la novela con el de Ribadeneyra, en la provincia de Toledo. No obstante,  la acción se sitúa en un lugar indeterminado: ninguno de los dos pueblos tiene nombre ni aparecen topónimos en la novela. El autor ha creado un territorio mítico, una llanura infinita casi aislada del mundo, que ha sido comparada con la de El llano en llamas, de Juan Rulfo.

   Respecto al tiempo histórico, también hubo disparidad de opiniones. En el libro no se da ni una sola fecha, pero ciertas referencias (el ferrocarril abandonado; la moto del alguacil y el coche del gobernador, únicos vehículos de motor; el uso del trillo y de carros de madera,  así como la cosechadora abandonada, o los arrieros) inducían a pensar a algunas contertulias en los años 40 o 50 del siglo XX; sin embargo, las farolas de gas en el pueblo del niño así como la ausencia de electricidad en la posada  o las veinticinco monedas de la recompensa harían retroceder esas fechas hasta comienzos de siglo. Pero  la figura del alguacil, totalmente anacrónica como persona que ejerce la autoridad en una determinada jurisdicción (sobre esto hubo opiniones encontradas),  demuestra que el autor no pretende situar los hechos en un periodo histórico concreto sino en una época indeterminada. Al escritor le parece innecesario concretar el contexto espacio-temporal, pero además, con esa indeterminación consciente y premeditada, el relato se despoja de todo carácter localista y adquiere una dimensión universal.
Castillo de Ribadeneyra/ lapipirrana.blogspot.com
    Del tiempo del relato, por el contrario, se nos da cuenta minuciosamente. El narrador    registra   el paso de los días y de las noches,  la posición del sol y  la presencia constante de la luna o de la Vía Láctea, vitales para unos seres que viven a la intemperie, se trasladan de noche y se orientan por las estrellas. El tiempo que transcurre desde que el niño huye de su casa hasta que cumple el último encargo del viejo es de unos doce días de verano, después de la siega. La acumulación de sucesos terribles en ese corto espacio de tiempo incrementa la  intensidad dramática de la narración.

    El número de personajes que participa en la acción es muy limitado: el niño, el cabrero, el alguacil, sus dos ayudantes y el lisiado. Ninguno de ellos tiene nombre propio, además son personajes sin rostro pues no se  describen sus facciones, excepto las  de uno de los ayudantes del alguacil,   identificado también mediante un apodo, "Colorao".
   Salvo el niño y el cabrero, el resto son personajes negativos y sin ninguna profundidad psicológica; seres dominados por las pasiones más elementales, la codicia o la lujuria. El alguacil impone su ley por medio de la violencia; es un hombre alto, con bigote, tocado con un sombrero de fieltro de color marrón y calzado con botas. Para el niño encarna la figura de Satán en el infierno del llano, y el ruido de su moto, "la trompeta del primer ángel". Sus ayudantes se caracterizan por su lenguaje soez, signo de su degradación moral, y el "Colorao", además,  por su dependencia del alcohol. El lisiado, taimado y codicioso, es un personaje digno de Valle-Inclán.
  El cabrero es un anciano flaco de mirada lechosa, no muy alto (el niño tiene casi su misma estatura),  con pelo y bigote blancos, que apacienta un rebaño de nueve cabras y un macho;  hombre rudo y de pocas palabras, al que vamos conociendo poco a poco, al mismo tiempo que el niño, convertido en observador atento. Mediante sus actos y sus palabras, descubrimos a un hombre de  escasa formación (lee silabeando), pero poseedor de  saberes ancestrales que le permiten sobrevivir en el llano; un hombre libre que conserva intacta su dignidad en un mundo de seres indignos. Es lector de la Biblia y  persona de profundas convicciones religiosas, aunque no duda en usar la violencia cuando resulta inevitable. En el libro se establece cierto paralelismo con la figura de Cristo: sometido a martirio y convertido en  un eccehomo, con "una cicatriz purulenta entre las costillas parecida a la que debió tener Cristo en el Calvario". Así pues,  no parece aventurado, en una novela abundante en referencias religiosas, ver en él una personificación del buen pastor, máxime  cuando el niño reconoce el quebranto sufrido por la salud del viejo a causa del esfuerzo realizado en su huida y agravado por las heridas que castigan su silencio. Nada sabemos respecto a su vida anterior, ni siquiera cuáles eran sus cuentas pendientes con el alguacil. Al final de la obra, el niño piensa que le hubiera gustado saber su nombre.
   El chico, protagonista de la novela (o coprotagonista con el cabrero), aparece descrito como un niño enclenque con extremidades de alambre y flequillo, que huyendo del infierno a que es sometido escapa  de su casa  y emprende un viaje iniciático con la intención de alcanzar las montañas del norte, teniendo como guía la estrella Polar. Dominado por el odio y acostumbrado a la violencia, su lucha contra la intemperie  y las enseñanzas del pastor harán de él una persona nueva: "Sentía que, después de su extraño viaje, era otro [...]", reflexiona el chico, "Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres en seres invulnerables." El viejo le transmite los conocimientos necesarios para sobrevivir, pero también le enseña a practicar la misericordia con el lisiado, "porque también él es hijo de Dios", y con el alguacil y su ayudante (enterrar a los muertos es una  de las obras de misericordia), precisamente porque no se lo merecen. La misma misericordia que el cabrero ha practicado con el niño cuando le ha dado de comer y de beber, le ha sanado de sus heridas y le ha enseñado el oficio.
   La relación entre ambos evoluciona a lo largo de la obra desde la inicial desconfianza del niño y la aparente indiferencia del cabrero hasta un reconocimiento mutuo, de la ayuda del anciano por parte del niño, y de las cualidades de este por el pastor ("Eres un muchacho muy valiente"). El episodio del castillo representa un punto de inflexión en la relación. Una vez que ambos han puesto las cartas boca arriba en un breve diálogo y que se ha producido el encuentro de nefastas consecuencias para el viejo,  la distancia física entre ellos se acorta (el niño se permite, incluso, alguna manifestación de afecto), los diálogos se hacen más frecuentes y profundos, el viejo le transmite las enseñanzas morales y  los conocimientos del oficio, estos en un acto que el narrador presenta casi como un rito: "Envolvió con sus manos las del chico y, sin decir palabra, manipuló las tetas [de la cabra] haciendo que la leche saliera despedida. Y así, mediante esa imposición el viejo le transmitió al muchacho el rudimento del oficio, otorgándole en ese instante la llave de una sabiduría perenne y esencial."   A partir de ese momento, el  chico, convertido en "una extensión tónica del viejo", deberá enfrentarse en soledad a situaciones que lo atemorizan y que lo sitúan ante terribles dilemas morales,  a fin de  asegurarse  la supervivencia del viejo y la suya propia, así como la realización del sueño de alcanzar juntos la montaña.

Ilustración de Fernando Prado

    Jesús Carrasco ha escrito una novela de iniciación de enorme dureza e intensidad, que atrapa al lector desde las primeras páginas, a pesar de que en los  capítulos iniciales, tras el encuentro entre el niño y el cabrero, se limita a narrar de manera pormenorizada la vida cotidiana de un pastor de cabras. Sin embargo, el interés de la historia no decae en ningún momento; por el contrario,  se va incrementando en una gradación ascendente, en la misma medida  en que aumenta el peligro  y la violencia de las situaciones.  Para crear y mantener la intriga, el autor se vale de  procedimientos como la advertencia del viejo cuando el niño se dirige a la aldea con pozo ("Guárdate de la gente del pueblo"), que siembra la inquietud  en el niño y en los lectores, la desaparición inexplicada del perro o la anticipación de lo que va a ocurrir ("Ninguno de los dos presintió la brutalidad de lo que iba a suceder después"). Pero es, sobre todo, la maestría con la que se dosifica la información  lo que genera la expectación impaciente y ansiosa de los lectores. Así, sabemos desde el principio que algún hecho terrible ha empujado al niño a abandonar su casa y, a través de los recuerdos o reacciones del niño, el narrador nos irá proporcionando un goteo de información, que solo se
Dibujo de Jesús Carrasco
completará en el  penúltimo capítulo del libro, cuando  se confirma lo que habíamos ido intuyendo. Con la misma finalidad, un narrador omnisciente focalizado en la conciencia del niño nos escamotea los pensamientos del anciano, de quien ignoramos las intenciones respecto al fugitivo, generando en los lectores una desconfianza  compartida con el niño. Cuando el chico y el cabrero se separan, se narra exclusivamente lo que le sucede al primero, como ocurre cuando  este se oculta en la torre de la fortaleza: él ignora lo que ha sucedido abajo, lo mismo que los lectores, que debemos esperar a que el chico descienda para descubrir a través de sus ojos lo ocurrido.
   Por otra parte, la belleza de esa prosa contenida, de oraciones cortas y abundancia de estilo nominal ("Un preludio comunal para el cinturón gastado del padre. Hebilla cobriza rajando el aire podrido de la cocina [...]"),  plagada de sugerentes imágenes ("Aún le mordía el estómago la flor negra de la familia", "Recuerdos que pasaban como siluros en un pozo de aguas negras" ),   hace que se haya hablado de la novela como de un largo poema en prosa. El empleo de  numerosos términos en desuso, propios del habla campesina, no entorpece la lectura ya que no supone un obstáculo para la comprensión global del sentido del texto.

   La novela, que profundiza en  las miserias del alma humana, presenta un final abierto a la esperanza. Tras vivir su particular  infierno, el chico se prepara para su ascensión al paraíso soñado, mientras la lluvia tamborilea contra una chapa caída, señal de que el Dios que castiga al llano con la sequía "aflojaba por un rato las tuercas de su tormento".
 
                                                                                                                      Josefina López Granada

El escritor Jesús Carrasco

3 comentarios:

  1. Maravilloso comentario de una de las novelas que más me ha impresionado en los últimos tiempos.

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  2. Agudo, certero y muy completo análisis de una de las mejores novelas de la literatura española actual.

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  3. Muy buena crónica de la tertulia y un excelente análisis de la novela. Carmen Romeo Pemán

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