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domingo, 20 de abril de 2014

"Se querían", de Vicente Aleixandre




                                           SE QUERÍAN


     Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

     Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

     Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

     Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.

     Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

      Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

     Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

     Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

           Vicente Aleixandre, de La destrucción o el amor,
1933

Vicente Aleixandre (Sevilla, 1898-Madrid, 1984), poeta español perteneciente a la generación del 27,  pasó su infancia en Málaga, la "ciudad del Paraíso", y en 1909 se trasladó con su familia a Madrid, donde residió el resto de su vida. Aunque por sus estudios de Derecho y Comercio y por sus primeros trabajos parecía esperarle una carrera profesional de economista o profesor, una enfermedad crónica le obligó desde 1925 a pasar largos periodos de reposo y lo mantuvo apartado de toda actividad profesional. No obstante, quizá este hecho (como en el caso de Juan Ramón o Alberti) influyó decisivamente en su dedicación a la literatura.  Su vocación poética se despertó leyendo en 1917 un libro de Rubén Darío prestado por Dámaso Alonso, al que seguirán los poemas de Bécquer, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. En 1928 publicó su primer libro de versos y solo cinco años más tarde  recibió el Premio Nacional de Literatura por La destrucción o el amor.  En aquella época era amigo de muchos de los poetas de su generación, y poco después estrechará lazos de amistad con Pablo Neruda y Miguel Hernández. Durante la guerra permaneció enfermo en Madrid, y en la posguerra su casa se convirtió en lugar de acogida de los poetas jóvenes, para los que se convirtió en un referente. En 1949 fue elegido miembro de la Real Academia, y en 1977 recibió el Premio Nobel de Literatura, que él insistió en considerar como un reconocimiento colectivo a todos los poetas de su generación.
     Para Aleixandre la poesía es, ante todo,   comunicación. De ahí que no existan, en su opinión, palabras feas o bonitas sino palabras necesarias, vivas, y palabras muertas. Por tanto, en un poema la palabra es poética si es necesaria y la labor del poeta será situar cada palabra en el lugar del poema donde esta alcance su plenitud. El surrealismo ejerció en él una gran influencia en el uso de imágenes visionarias (muchas de ellas vinculadas a lo cósmico), del verso libre y de los versículos. En su producción poética se distinguen tres etapas:
    En la primera el tema fundamental es la naturaleza, el cosmos,  como unidad cohesionada por el amor. El ser humano aparece como un elemento integrante de ese comos, pero es el ser más vulnerable del universo, una criatura del dolor. Por eso el poeta, como Rubén Darío en  "Lo fatal", envidia lo vegetal y lo mineral, y su aspiración más profunda sería volver a  la tierra, fundirse con la naturaleza para participar de su unidad.  Abre esta etapa con la poesía pura de Ámbito (1928), obra a la que suceden otras influidas por el surrealismo, como Espadas como labios (1932) y La destrucción o el amor (1933). El surrealismo se atenúa en los libros posteriores, entre los que destaca Sombra del paraíso (1944), obra de gran influencia en la poesía de posguerra.
     En la segunda,  la temática de sus obras se centra en el ser humano, en su tiempo y circunstancias, con una visión positiva y solidaria. En sus versos prima la claridad, las imágenes se hacen más sencillas y se abandona el surrealismo. Pertenecen a esta etapa Historia del corazón ( 1954), En un vasto dominio (1962) y Retratos con nombre (1965).
     La última etapa, representada por Poemas de la consumación (1968) y Diálogos del conocimiento (1974), supone un retorno a la línea más surrealista y difícil para indagar sobre el sentido de la vida y del mundo, aceptando la muerte sin angustia ni trascendencia religiosa alguna, como forma de fusión con el cosmos.

La destrucción o el amor es el libro más importante de su segundo ciclo. En él el amor equivale a la destrucción (la conjunción o del título es identificativa), y la pasión amorosa se confunde con la pasión por una muerte liberadora. Se trata, pues, de una actitud panteísta, en la que el mundo es una gran unidad hacia la que tiende el ser humano por amor. En el poema elegido el amor alcanza una dimensión cósmica al difundirse por toda la naturaleza. El amor de dos personas resume el amor del mundo; su pasión lo abarca todo, trasciende el contexto de los amantes, los desborda y se funde con el universo. La larga enumeración caótica de la estrofa final sintetiza la variedad de imágenes usada en el poema y  es expresión perfecta de esa fusión, la culminación del amor-pasión del universo.

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