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domingo, 20 de abril de 2014

Sobre García Márquez

Gabriel García Márquez (1927-2014) /Getty Images

Muere Gabriel García Márquez: Un encantador de serpientes

FELIPE BENÍTEZ REYES

En gran medida, García Márquez nos ganaba por el oído: su prosa tenía una cadencia envolvente, hipnotizadora, apoyada en recursos estilísticos endiabladamente artificiosos, aunque sin perder nunca su apariencia de oralidad

Hay escritores que tienen la facultad insólita de ganarse el favor de esa abstracción surtida que englobamos bajo el concepto de “gran público” y de ganarse a la vez la admiración respetuosa y asombrada de sus colegas, al menos de los que no hayan perdido la capacidad de admirar a sus contemporáneos, pues de todo puede haber. Uno de esos escritores fue Charles Dickens, por ejemplo, adorado en su día por el gran público y admirado por los literatos, aunque es verdad que menos por los de su tiempo que por los posteriores, ya que a veces las cosas van lentas. El del colombiano Gabriel García Márquez es un caso similar al del británico, y las coincidencias se extienden hasta la dedicación de ambos al periodismo -que fue su campo de batalla contra la realidad cuando la realidad decidía ponerse intolerable-, en paralelo a sus respectivos ámbitos imaginarios, donde la realidad es menos un punto de partida que un punto de llegada: una construcción.
Al igual que Dickens, García Márquez fue un novelista en estado puro: un prodigioso encantador de serpientes. Desde las primeras líneas de una novela suya, ya te había arrastrado a su territorio. Ya estabas “allí”, adonde había querido llevarte. A Macondo mismo, que viene a ser una miniatura exótica no sólo del mundo, sino de todos los mundos literarios posibles: desde los cuentos de hadas hasta el folletín, desde la epopeya a las historias de fantasmas.
En gran medida, García Márquez nos ganaba por el oído: su prosa tenía una cadencia envolvente, hipnotizadora, apoyada en recursos estilísticos endiabladamente artificiosos, aunque sin perder nunca su apariencia de oralidad: el gran cuentista que te encandilaba con su timbre de voz, con sus argucias de embaucador infalible. Pocos escritores han tenido una prosa más melodiosa que él, más ornamental y a la vez menos ornamentada, pues era la suya recia y concisa, mágicamente certera, ondulante, con su barroquismo jamás espeso, sino liviano y luminoso.
De joven tuvo aspecto de rumbero tarambana. De mayor, ascendió de rango y se le puso pinta de cantante de boleros. Y algo de bolero tienen sus novelas: entran por el oído para descender desde allí al corazón.
En sus últimos años andaba a malas con su memoria. Dicen sus próximos que ni siquiera recordaba que era el dueño de un mundo. El mundo que nos regaló. Ese mundo que seguirá girando sobre sí, aunque su dios haya muerto
                                                                 (Publicado en ABC, 18/04/2014)




García Márquez y Borges, nuestro Dioniso y nuestro Apolo


No podrían parecer más distantes, pero los une la misma convicción: han sido en el siglo XX los dos escritores más influyentes y poderosos de la región y de la lengua

Por Jorge Volpi  | El País

 Una vez que se extingan las ceremonias fúnebres y se adormezca el duelo, que se agoten los homenajes y las exequias, y se desdoren las figuras públicas y se olviden las antipatías abruptas o las declaraciones estertóreas, se volverá una convicción natural lo que algunos han vaticinado desde hace décadas: que los dos colosos surgidos de esa brillantísima Edad de Oro de la narrativa latinoamericana que se prolongó durante la segunda mitad del siglo XX fueron Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. Los dos escritores más influyentes y poderosos de nuestra región y nuestra lengua. Los dos más admirados e imitados en el orbe. En ese juego de dualidades que tanto nos gusta, nuestro Platón y nuestro Aristóteles. O, mejor, nuestro Apolo y nuestro Dioniso.

Sin duda fueron acompañados por una asombrosa cohorte de titanes, con poéticas al gusto de cada uno, de Rulfo a Vargas Llosa, de Donoso a Fuentes, de Sábato a Ibargüengoitia, de Ribeyro a Cortázar, pero las voces más oídas, más singulares, más originales -si entendemos por originalidad una mutación insólita entre las enseñanzas del pasado y la serena rivalidad con sus contemporáneos- fueron las del poeta y cuentista argentino y las del cuentista y novelista colombiano, suma de todos los esfuerzos que los precedieron, de Machado de Assis y Jorge Isaacs a Macedonio Fernández y Alfonso Reyes, y umbrales de todos aquellos que los han seguido, de Roberto Bolaño a quienes hoy publican, a su sombra, sus primeros libros.
A la distancia no podrían parecer más contrarios, más distantes. De un lado, el escritor ciego y puntilloso, tan acerado como melancólico, hierático hasta casi fungir como profeta, dueño de un sutilísimo humor aún malentendido, el hombre cercano -a su pesar- a la derecha, el vate unánimemente venerado que jamás recibiría el Nobel. Del otro, el escritor jacarandoso y bullanguero, tan dotado para desenrollar la sintaxis como para reconducir los mitos, sonriente hasta convertirse en amigo de todas las familias -esas que sin conocerlo hoy sin pudor lo llaman Gabo-, el hombre cercano a la izquierda y a Fidel Castro, el bardo unánimemente adorado que recibió el Nobel más joven que ningún otro en América latina.
Sí: en lontananza encarnan vías antagónicas. Borges es, evidentemente, el apolíneo. El escultor que pule cada arista y cada ángulo. El prestidigitador que obsesivamente trastoca cada adjetivo y cada adverbio. El criminal que siempre esconde la mano. El modesto anciano que odia los espejos y la cópula y sin embargo multiplica los Borges a puñados. El detective que en su búsqueda esconde que al mismo tiempo es el criminal. El filósofo nominalista y el físico cuántico que se pierde en la Enciclopedia. El autor de las paradojas y bucles más aventajado desde Zenón. García Márquez es, en cambio, el dionisíaco. El torrencial demiurgo de genealogías y prodigios. El audaz dispensador de metáforas y laberintos de palabras. El cartógrafo de la jungla y el cronista de nuestra circular cadena de infortunios. El ídolo sonriente que trasforma la Historia -y en especial la sórdida trama colombiana- en mil historias entrecruzadas, tan tiernas y atroces como inolvidables. El bailarín que, al conducirnos a la pista, nos obliga a seguir su hipnótico ritmo a rajatabla. El sagaz escriba que se burla de los tiranuelos con los que tanto ha convivido. El desmadrado cuentero que finge no seguir regla alguna fuera de su imaginación, excepto que las que él mismo se -y nos- impone.
Apolo y Dioniso. Y sin embargo estas dos vías, como ya apuntaba Nietzsche, no son excluyentes sino complementarias. Las dos mitades del mundo. De nuestro mundo. Para empezar, García Márquez no hubiese escrito como García Márquez sin aprender de Borges, su predecesor y su maestro. Y Borges no habría encontrado mejor continuador que este discípulo rejego, dispuesto no a copiar sus trucos o su doctrina sino a usarlos en su provecho para huir de la Academia y fundar una nueva, exitosísima escuela, el realismo mágico. Ninguno tiene la culpa, por supuesto, de su ingente legión de copistas: sus invenciones resultaban demasiado deslumbrantes como para que cientos de salteadores de caminos no quisieran agenciárselas.
Los dos han sido justamente elevados a los altares. O, mejor aún, a los altares privados que cada uno erige en su hogar: son nuestros penates. Imposible no adorarlos y no querer, a la vez, descabezarlos. Imposible no aspirar a reiterar -Vargas Llosa dixit- su deicidio.

 

En la redacción de El Espectador


El inventor del hielo

JUAN VILLORO

Desde sus primeras crónicas, García Márquez decidió que la realidad es una rama de la mitología.

Gabriel García Márquez solía recordar que llegó a México el día de la muerte de Hemingway. Ciertos momentos se definen por lo que perdemos: el 17 de abril del 2014 falleció la única persona que hubiera escrito bien esa noticia.Desde sus primeras crónicas, publicadas en Cartagena de Indias y Barranquilla, García Márquez decidió que la realidad es una rama de la mitología, llena de cosas tan difíciles de probar y tan inolvidables como estas: no hay nada más dramático que una negra engreída, suicidarse es una forma de ser chino y el azúcar murmura cuando sube a las naranjas. 
    Después del asesinato del político liberal Jorge Eliécer Gaitán, la prensa colombiana pasó por una fuerte censura. Imposibilitado para cubrir acontecimientos, el joven García Márquez narró la vida íntima de un bandoneón, los problemas de tráfico causados por los muertos y el desconcierto producido por una vaca que se creyó urbana.
     Como su maestro Daniel Defoe, renovó el periodismo para renovar la literatura. El autor de Robinson Crusoe tuvo que llegar a los sesenta años para describir el desconcierto que produce una huella en la arena de una isla desierta. Nacido en Piscis –signo aliado de la fortuna–, García Márquez encontró más pronto a su náufrago. José Salgar, encargado de la cocina de El Espectador, bajó la escalera en espiral del diario y pidió al joven periodista de Aracataca (al que apodaban ‘Trapo Loco’ por su fantasiosa mezcla de ropas) que escribiera El relato de un náufrago. Todo el mundo conocía la noticia. García Márquez encendió un cigarrillo pensando en pretextos para negarse, pero el diálogo lo llevó a una revelación: podía escribir en primera persona, como Crusoe en su isla. Los lectores conocían la información, pero nadie, ni siquiera el náufrago, conocía la vida interior de la información.
     García Márquez entendió el periodismo en clave cervantina. Los datos que el mundo pone frente al Quijote son arbitrarios, abigarrados, caóticos; se trata de “noticias”. Desde su perspectiva, la época ha enloquecido; desde la perspectiva de la época, él ha enloquecido. Gracias a este desfase, todo se comprende dos veces: con la mirada alucinada del Quijote y con la sensatez del entorno. El resultado es la literatura moderna. A los 53 años, Alonso Quijano concluye su aventura de lector absoluto, transformando la realidad en libro. A los 19 años, García Márquez inicia su aventura narrando la realidad como fábula.
     En un buen reportaje, los detalles son inobjetables y la trama tiene la desmesura de lo que solo es lógico porque así sucedió y puede ser probado. Con esa estrategia, García Márquez escribió dos obras maestras de la novela breve: El coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada. El narrador actúa como reportero de investigación de sus propias creaciones. Los datos son tan exactos que no dudamos del resto.
    En sus clases en la Fundación de Nuevo Periodismo, Gabo recordaba que “la ética debe acompañar al periodismo como el zumbido al moscardón”. Para el novelista, la apariencia de realidad es el zumbido del moscardón. El episodio de Cien años de soledad en que Remedios la Bella sube al cielo no es un triunfo de la exageración sino de la exactitud. La chica, de por sí etérea, sale a un patio donde las sábanas se secan como velas de navío. La escena va por buen camino pero le falta “realidad”. Un reportero que ha cubierto homicidios sabe que si la víctima lleva calcetines de distintos colores es porque se vistió en la oscuridad. Con el mismo sentido de la precisión, García Márquez buscó un dato para apuntalar su fantasía. Acercó a Remedios a una taza de chocolate; un líquido espumoso, ascendente. Buen combustible. Cuando ella lo bebió, no hubo Dios que la parara.
    El cronista de la fabulación ofrecía informes únicos: el gasto militar del planeta podría usarse para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara… la conquista de la Luna no dejó otro saldo que una bandera en una tierra sin vientos…
Hay cosas cuyo valor depende del deseo. En el primer capítulo de Cien años de soledad, García Márquez brindó una exclusiva del trópico: el hielo es el gran invento de nuestro tiempo.
     Descubrir el agua tibia no tiene chiste; reinventar el hielo fue un golpe de genio, la noticia que solo podía dar el mayor reportero de la imaginación latinoamericana.
  
                                                 (el Periódico // cuaderno del domingo/ 20 de abril de 2014)



Con una de las primeras ediciones de Cien años de soledad/ COLITA

En Aracataca empezó todo

Tras las huellas del escritor en su pueblo natal, donde se ubica el territorio mítico de Macondo

JESÚS RUIZ MANTILLA


Todo queda a mano en Aracataca. Todo a un paso. Aunque en mitad del trayecto que lleva del Instituto Picardía a la estación, uno pueda caer víctima del soponcio por ese calor húmedo que aprieta y reblandece hasta convertir en gelatina interna, el improbable calcio de los huesos.
   Por eso extraña más. Por eso no deja de llamar la atención que la inmensa e inabarcable dimensión de Macondo saliera un día de aquel olvidado trozo de terruño al que llegaron aquellos gitanos guiados por Melquiades y portadores de todas las claves de la sabiduría, así como de las orillas donde defecaran los cocodrilos, se confundieran sin parar todas las costumbres y el niño Gabo, Gabito, recorriera agolpando en el radar de sus sentidos cada olor, cada vestigio de vida, cada sonido animal y vegetal, hasta ensancharlo para dejar boquiabierto al mundo como su vasto territorio imaginario.
Dicen que Aracataca desembocó en el disfraz de otro nombre porque al niño Gabo le atraía cada vez que pasaban por delante el cartel de una finca bananera. Lo relata en sus memorias, Vivir para contarla. “El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino, que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética”.
    Lo de menos era enterarse de qué se trataba: “Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera que significaba… Lo había usado ya en tres libros, como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual, que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde, descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca”.
    Sin embargo ya nadie en el planeta saca a colación los demás significados de dicha palabra encomendada al solar de su magia. Macondo ya para siempre es el territorio inventado por García Márquez. Y ese territorio está inspirado en la ciudad donde nació  el Nobel en 1927. Allí, junto a su casa, uno puede imaginar sus diarios recorridos. Allí sigue en pie la iglesia donde fue bautizado en la Plaza Bolívar. Un espacio —no la iglesia, la plaza— cuyos jardines fueron construidos gracias a la financiación de las putas que lo frecuentaban.
     Con una de tantas crisis, escasearon los clientes y las peleas fueron habituales. Por cada riña, el alcalde las conminó a aportar una cantidad que serviría para plantar árboles o acotar jardineras, como cuenta Rubiela Reyes, guía local. Seguido está la calle de los turcos, que más que turcos eran libaneses o sirios católicos despistados. Habían cambiado el calor seco del desierto por el húmedo borbotón de la selva a miles de kilómetros de distancia de sus orígenes.
     Allí estaba el teatro Olimpia, por allí sigue viviendo Magdalena Bolaño, la niñera del escritor, quien aún lo recuerda como muy tremendo, y un poco más alejado, a la derecha, la ruta que lleva al colegio María de Montessori, donde Gabo cuenta que le costó mucho aprender a leer. Una prueba que logró pasar cuando se adentró en un volumen polvoriento que andaba por la casa y que mucho tiempo después descubriría que se trataba de Las mil y una noches.
    Al otro lado de la calle, al parecer, don Nicolás Márquez, coronel retirado que insufló para siempre en él cierta fascinación por el poder y otros enigmas desde que le regalara su primer diccionario, nada más soltar al crío en manos de sus maestras, se dejaba querer por una de sus amantes en la casa de enfrente. Fue un secreto que el nieto jamás reveló a nadie. Quizás por lealtad, quizás por no ver sufrir a su abuela Tranquilina.
    Vicios menores y negocios mayores dejaban constancia de la inclinación hacia las mujeres de este personaje que fue el primer héroe de Gabito. Un hombre cercano, curioso y avispado para desenvolverse entre las filas del liberal Rafael Uribe, caudillo que dio mucho juego posterior al autor de Cien años de soledad. El abuelo Nicolás, aparte de sus aficiones por la gramática en un país donde al menos cuatro presidentes de la república habían publicado compendios sobre la materia en sus años de juventud, parece ser que regentó un burdel dedicado a prestar servicios a los extranjeros en las afueras del pueblo. No muy alejado de la estación, aquel antro se dio en llamar con un guiño de elegancia La Academia de Baile.
    Por allí se dejaban caer los mandamases de la United Fruit Company antes y después de la matanza bananera que asoló el lugar en diciembre de 1928. Silenciada entonces para no alentar la rabia de todos los sindicalistas del país que hubieran podido levantarse en armas, pasó de puertas para afuera como una anécdota y quedó grabada en el lugar como una supurante sombra de silencio. Sólo años después, certificado por el Departamento de Estado en Estados Unidos, se supo que por aquellos altercados se había llevado a cabo una matanza indiscriminada con más de mil víctimas bajo orden del presidente Miguel Abadía Méndez.
     A partir de entonces nada volvió a ser lo mismo. Aracataca fue fundiéndose en la ciénaga terrenal de una irremediable decadencia. Hasta que aquel niño, testigo inquieto de las epopeyas calladas que protagonizaron los suyos, elevó aquel lugar a los cielos inmortales de la literatura con otro nombre. El que resuena hoy en todos los oídos con un eco de luto conocido como Macondo.

                                                         (EL PAÍS, 18 de abril de 2014)



Enemigos íntimos

Crecimos en un mundo dividido entre los partidarios de Gabriel García Márquez y los de Mario Vargas Llosa. Uno era el exotismo y la revolución, el otro el realismo y la democracia de partidos

Por SANTIAGO RONCAGLIOLO

En 1976, durante el estreno de una película en México, Mario Vargas Llosa tumbó de un puñetazo en la cara a Gabriel García Márquez. Hasta entonces, los dos habían sido grandes amigos, incluso vecinos en el barrio barcelonés de Sarriá, y a su alrededor se había formado el movimiento literario del 'boom'. Ese día se rompió su amistad. Nunca explicarían las razones del puñetazo. Tampoco volverían a verse.
     Los latinoamericanos que nacimos por esos años crecimos en mundo dividido entre los partidarios de uno y otro, como si se tratase de dos equipos de fútbol. García Márquez defendía la Revolución Cubana. Vargas Llosa, la democracia de partidos. García Márquez encarnaba el exotismo latinoamericano y el pensamiento mágico. Vargas Llosa era un novelista realista, frecuentemente urbano, y un intelectual racionalista. García Márquez usaba guayabera. Vargas Llosa, traje y corbata.
     Pero los dos equipos nunca estuvieron parejos. Más bien, como el Madrid galáctico y el Barcelona de Guardiola, vivieron su gloria en momentos diferentes.
    Durante mi infancia, escuché millones de veces a mis tíos intelectuales de izquierda odiando a Vargas Llosa. En cambio, de García Márquez lo adoraban todo. Para estos señores con gafas de carey y barbita estilo Che Guevara, García Márquez era mucho más que un escritor: era un modelo de vivir y de pensar, incluso de hablar. Y en un país sin 'best sellers' ni clase media, ellos eran los únicos lectores.
En consecuencia, todo latinoamericano quería escribir como García Márquez. Las novelas se poblaron de personajes voladores, espíritus y sabor tropical. Aún hoy, la única latinoamericana leída en todo el planeta, Isabel Allende, es una heredera de esa forma de escribir.
     Hasta que ocurrió lo que nadie esperaba. Lo irreal. Lo mágico: cayó el muro de Berlín. De un día para otro, se volvió mentira todo lo que los intelectuales latinoamericanos habían defendido por décadas. El sistema soviético desapareció. Cuba entró en el terrible periodo especial, y dejó de ser una utopía y una esperanza para convertirse en una vulgar dictadura. Mis tíos se afeitaron y se pusieron corbatas. Abandonaron sus ONG y montaron empresas. La mayoría se divorció. La democracia que hasta entonces habían llamado 'burguesa' y 'decadente' era ahora la única que quedaba. Y su principal gurú era el outsider de cinco minutos antes: Mario Vargas Llosa.
    La literatura, por supuesto, no fue ajena a estos cambios. A mediados de los años noventa, apareció una antología de nuevos narradores latinoamericanos editada por los chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez. La crítica la recibió con escándalo: estos recién llegados contradecían todo lo que había sido la narrativa hasta entonces. Eran capitalinos, urbanos, realistas y bebían de la cultura pop, incluso de Hollywood. El título de la antología era una provocación: 'McOndo', como McDonalds. El tsunami alcanzó también el extremo Norte de la región. En México, autores como Jorge Volpi e Ignacio Padilla formaron el 'crack', un movimiento que escribía novelas ambientadas en las guerras mundiales, la Unión Soviética o el Himalaya. Los latinoamericanos se negaban de plano a ser exóticos, mágicos, incluso políticos.
Han pasado veinte años desde entonces, y el mundo está irreconocible. En toda América Latina -menos Cuba- rigen democracias de partidos. Los antiguos guerrilleros participan en elecciones, y hasta las ganan. La industria editorial sufre crisis en España y crece del otro lado del océano. Los escritores de la región son masivamente realistas.
    Pero algo no ha cambiado: los dos viejos enemigos mantienen trayectorias opuestas. El fin de Gabriel García Márquez coincide con el máximo esplendor de Mario Vargas Llosa: la recepción del Nobel y la inauguración del premio literario bienal que lleva su nombre.
Algunos han querido ver en este azar un triunfo final cuarenta años después de la pelea. Para mí, más bien, es momento de recordar lo que ocurrió antes, cuando los dos juntos lo cambiaron todo, hasta convertirse en símbolos de momentos históricos sucesivos.
    Gabriel García Márquez encarnó como nadie el sueño latinoamericano de nuestros padres, y de hecho, inspiró a muchos de los presidentes que hoy gobiernan nuestros países. Incluso para oponernos a él, los autores posteriores lo hemos tomado como referencia. Gracias a él sabemos quiénes somos. Y sólo con él se puede entender todo lo que significó el siglo XX para América Latina.

                                       (el Periódico // cuaderno del domingo /20 de abril de 2014)


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Puedes leer "La soledad de América Latina", el discurso de aceptación del Nobel de Literatura 1982:

  
 
En Barcelona  durante la redacción de El otoño del patriarca. Foto: Rodrigo García




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