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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Giulia Alberico:El olor de las palabras


Los libros son tímidos es un breve y hermoso libro de la escritora italiana Giulia Alberico, hija de una maestra rural a la que acompañó por diferentes pueblos adonde la llevó el ejercicio de su profesión. Como ha escrito  Elisabetta Bolondi, la autora "nos habla, en un relato magnético y maravilloso, de su amor por los libros: la autobiografía de una lectora a través de los títulos que la han acompañado desde que era niña y adolescente (en la Italia de los años 50 y 60), hasta el día de hoy. Libros universales que muchos de nosotros hemos leído también; o libros que querremos leer enseguida una vez leamos este. Para todos los gustos, y de todas las épocas. Y libros a los que la autora se acerca como muchos de nosotros: primero tocándolos, oliéndolos...":


     Antes de que los signos se volviesen para mí descifrables, eran sonidos, y eran los mayores quienes poseían la capacidad de traducir los signos en palabras y con las palabras construir un cuento... De modo que leía escuchando. Y oliendo. Las palabras de las historias estaban indisolublemente ligadas a los olores.     El tío Rodolfo leía historias de las que emanaba un olor a clavo de clavel mezclado con una infusión que tenía un nombre precioso: kardadé. Las historias que leía Rosinella olían a manzanas porque la estancia de la buhardilla donde me las contaba estaba llena de pequeñas manzanas verdes. Las historias que me contaba mi madre olían a frío: estábamos en el país de la nieve y siempre era invierno, o casi.
     [...] Siempre he olfateado los libros, al igual que los cuadernos, con un gesto instintivo, primario, animal. Creo además que el olfato es el más brillante de los sentidos.  En todo caso, el que posee mayor poder evocador. Sirve para comprender, más que el gusto, si un guiso en cocción ha llegado a su punto; más que la vista y que el tacto, si un fruto está maduro o si el aire anuncia nieve o lluvia; si un vestido en apariencia limpio debería en realidad ser lavado; más que el oído y que la vista, si un aula pertenece a la escuela maternal, elemental o media: los niños tienen olores diferentes. En cuanto al olor de los libros, los olores son extraordinariamente variados. Las páginas brillantes, con las reproducciones de cuadros o fotografías, huelen a ácido, como los bocadillos envueltos en celofán que se venden en las estaciones; las páginas muy delgadas de papel biblia de los Meridiani huelen a lencería seca y planchada. Las páginas de los libros viejos huelen a polvos de tocador comprimidos, a polvos de talco; huelen a frasco de cristal  vacío que durante un tiempo contuvo un perfume de magnolia o de nardo.     Cuando iba al instituto había libros escolares intonsos a los que había que cortar las páginas. Durante la operación exhalaba de los desgarrones un olor a grano, a hierba cortada pero no verde, ya un poco pasada o seca. Ciertos libros huelen a la  tiza que usan las modistas. Los olores que exhalan los libros son su poesía. 
                (Giulia Alberico: Los libros son tímidos, traducción de Francisco de Julio Carrobles, Periférica,   Cáceres, 2011)

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