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domingo, 10 de abril de 2016

"La hora", de Juana de Ibarbourou





                  La hora

Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aún es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora, que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora, que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.

Ahora, que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida aprisa.

Después... ¡Ah, yo sé
que nada de eso más tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aún es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Hoy, y no mañana. Oh amante. ¿No ves
que la enredadera crecerá ciprés?

              De Las lenguas de diamante, 1919


"Jamás ha hablado  en español, que yo sepa, así la pasión desnuda y ardiente. Me recuerda a trechos a Safo, pero a la de verdad, no a la legendaria", escribió Miguel de Unamuno  a Juan Ramón Jiménez, en carta fechada en Salamanca el 22 de diciembre de 1919, tras leer Las lenguas de diamante. Ejemplo de  esa pasión es el poema elegido, en que, con sones especialmente eróticos, rompiendo con el pudor que la sociedad tradicional imponía a la mujer,  Juana de Ibarbourou recrea el tema horaciano del carpe diem, la invitación a gozar de la vida y la juventud ante la certidumbre de que pronto llegarán la vejez y la muerte. 

Muy ilustrativas resultan las palabras de María del Rocío Contreras Romo sobre este poema:
 Poema hedonista donde el imperativo del primer verso determina los contenidos semánticos del mismo, y que conforme avanza va adquiriendo un cierto tono irónico. El sujeto de la enunciación, la mujer que ama, demanda a su interlocutor, el amante, que se fundan en el acto amoroso antes de que la frescura de la piel, la belleza la abandone. El poema avanza de acuerdo con el ritmo de la vida humana y de la naturaleza. Los sustantivos dalias, primavera, nardos y enredadera, nos hablan de la juventud, en tanto que ofrenda, mausoleo, y ciprés aluden a la vejez, a la muerte. Esto está reforzado con los adjetivos, nuevas, olorosa, limpios, ligera, viva, inútil, mustia; y por la conciencia del tiempo, ahora, temprano, hoy, después, más tarde y mañana.
  La amante de este poema es doblemente transgresora, pues por un lado es una mujer que, consciente de su cuerpo, de su sexualidad, exige su satisfacción; y por el otro, es ella la que le demanda al hombre y no al revés, como tradicionalmente se ha impuesto.
                   De  "El placer de la palabra o la palabra del placer, la poesía de Juana de Ibarbourou", en Espéculo: Revista de Estudios Literarios, Nº 22, 2002

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