EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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jueves, 15 de agosto de 2024

"La mancha de humedad", un cuento de Juana de Ibarbourou

 


La mancha de humedad


Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era este un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero sí la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:

—Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuántos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.

Ella me miraba espantada:

—¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mío, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.

Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:

—No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.

Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una “O” de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:

—¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?

Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:

—¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odio a todos!

El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como solo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece… ¡Ay, yo lo sé bien!

(De Chico Carlo, 1944)


-Información sobre la autora en este blog: AQUÍ.

-Puedes leer su poema "Como la primavera": AQUÍ. 

-El poema "La hora": AQUÍ.


[Imagen: Sanysec]

domingo, 11 de agosto de 2024

"Ulises" (Ulysses), de Alfred Tennyson

François-Louis Schmied, El barco de Ulises

ULISES


De poco sirve que yo,  un rey ocioso,
junto a este mudo brezo, entre estos riscos baldíos,
con una anciana esposa, reparta y distribuya
leyes desiguales a una raza salvaje
que atesora y duerme,  se alimenta y me ignora.
No puedo dejar de viajar:  beberé
la vida hasta las heces, cada ocasión en que lo he pasado
en grande, en que grandemente he sufrido, lo mismo
con aquellos que me amaron como solo; en tierra y, cuando
arrastrado por la corriente, las  lluviosas Híades
agitaban el lúgubre mar: me he convertido en un nombre;
pues, siempre vagando con corazón ávido,
mucho he visto y conocido; ciudades de hombres
y costumbres, climas, consejos, gobiernos,
y yo no sin estima, sino honrado por todos;
y  bebí el placer de la batalla con mis pares,
lejos en los valles que rodean  a Troya la de los vientos.
Soy parte de todo lo que he visto;
aunque toda experiencia es un arco por el cual
brilla el  mundo que aún no he visitado, cuyo margen
se desvanece siempre cuando avanzo.
¡Qué triste es detenerse, llegar a un fin,
oxidarse desbruñido, no brillar con el uso!
Como  respirar, era la vida. Vidas amontonadas sobre vidas
eran demasiado poco, y de una
poco me queda; pero cada hora se salva
de ese silencio eterno, un algo más,
un portador de cosas nuevas, y vil sería 
que tres soles me guardaran y atesoraran,
y este encanecido espíritu anhelante
persiguiera  el conocimiento como una estrella que hunde,
más allá del último pensamiento humano.

     Éste es mi hijo, mi Telémaco,
a quien dejo el cetro y la isla,
mi bien amado, capaz de completar
esta labor, apaciguar con lenta prudencia
a un tosco pueblo, y gradualmente
someterlo a lo que es útil y bueno.
Él es del todo intachable, centrado en la esfera
de los deberes públicos, decente para no fracasar
en delicadas misiones, y para ofrecer
la debida adoración a mis dioses domésticos
cuando me marche. Él hace su trabajo, yo el mío.

     Allí se ve el puerto; la nave  hincha su vela:
allí  se oscurecen los vastos, sombríos,  mares. Mis marinos,
almas que os habéis afanado y esforzado, y pensado conmigo
—que siempre con júbilo disteis la bienvenida
al trueno y al sol, oponiéndoles
libres corazones, frentes libres—, somos viejos.
Aún  tiene la vejez sus honores y esfuerzos;
la muerte todo lo concluye: mas algo antes del fin,
una noble tarea aún puede hacerse,
no indecorosos hombres que luchasteis con  dioses.
Empiezan a parpadear las luces de la costa:
el largo día se apaga, la lenta luna asciende, 
en torno los hondos gemidos  de múltiples voces.
Venga, amigos, no es tarde para hallar un nuevo mundo.
Desatracad y, sentados en perfecto orden, batid
los sonoros pliegues; pues es  mi intención
navegar más allá de donde el sol se pone,  y el baño 
de los astros occidentales, hasta que muera.
Puede ser que los golfos nos devoren,
podría ser que alcanzáramos las Islas Afortunadas
y viéramos al gran Aquiles que conocimos.
Aunque mucho se nos fue, mucho nos queda;
y aunque no tengamos la fuerza que antaño
movía tierra y cielo, somos esto que somos;
un igual coraje de corazones heroicos,
que debilitó el tiempo y el destino, mas fuertes en querer
luchar, hallar, buscar y no rendirnos.

VERSIÓN ORIGINAL:

ULYSSES

It little profits that an idle king,
By this still hearth, among these barren crags,
Match'd with an aged wife, I mete and dole
Unequal laws unto a savage race,
That hoard, and sleep, and feed, and know not me.
I cannot rest from travel: I will drink
Life to the lees: all times I have enjoy'd
Greatly, have suffer'd greatly, both with those
That loved me, and alone; on shore, and when
Thro' scudding drifts the rainy Hyades
Vext the dim sea: I am become a name;
For always roaming with a hungry heart
Much have I seen and known; cities of men
And manners, climates, councils, governments,
Myself not least, but honour'd of them all;
And drunk delight of battle with my peers,
Far on the ringing plains of windy 
Troy.
I am a part of all that I have met;
Yet all experience is an arch wherethro'
Gleams that untravell'd world, whose margin fades
For ever and for ever when I move.
How dull it is to pause, to make an end,
To rust unburnish'd, not to shine in use!
As tho' to breathe were life. Life piled on life
Were all too little, and of one to me
Little remains: but every hour is saved
From that eternal silence, something more,
A bringer of new things; and vile it were
For some three suns to store and hoard myself,
And this gray spirit yearning in desire
To follow knowledge like a sinking star,
Beyond the utmost bound of human thought.

This is my son, mine own Telemachus,
To whom I leave the sceptre and the isle,—
Well-loved of me, discerning to fulfil
This labour, by slow prudence to make mild
A rugged people, and thro' soft degrees
Subdue them to the useful and the good.
Most blameless is he, centred in the sphere
Of common duties, decent not to fail
In offices of tenderness, and pay
Meet adoration to my household gods,
When I am gone. He works his work, I mine.

There lies the port; the vessel puffs her sail:
There gloom the dark, broad seas. My mariners,
Souls that have toil'd, and wrought, and thought with me—
That ever with a frolic welcome took
The thunder and the sunshine, and opposed
Free hearts, free foreheads— you and I are old;
Old age hath yet his honour and his toil;
Death closes all: but something ere the end,
Some work of noble note, may yet be done,
Not unbecoming men that strove with Gods.
The lights begin to twinkle from the rocks:
The long day wanes: the slow moon climbs: the deep
Moans round with many voices. Come, my friends,
'Tis not too late to seek a newer world.
Push off, and sitting well in order smite
The sounding furrows; for my purpose holds
To sail beyond the sunset, and the baths
Of all the western stars, until I die.
It may be that the gulfs will wash us down:
It may be we shall touch the Happy Isles,
And see the Great Achilles, whom we knew.
Tho' much is taken, much abides; and tho'
We are not now that strength which in old days
Moved earth and heaven, that which we are, we are;
One equal temper of heroic hearts,
Made weak by time and fate, but strong in will
To strive, to seek, to find, and not to yield.

(En La Dama de Shalott y otros poemas. Edición y
traducción de ANTONIO RIVERO TARAVILLO,
Pre-Textos, 2002)

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-Las Híades son las "cinco ninfas hacedoras de lluvia". 
-Según la mitología griega, en las Islas Afortunadas o de los
Bienaventurados gozan de reposo las almas virtuosas.
(Las notas son nuestras)

 Alfred Tennyson (1809-1892) fue un poeta y dramaturgo británico, considerado uno de los poetas más representativos de la época victoriana. La mayor parte de su obra está inspirada en temas mitológicos y medievales, y se caracteriza por su musicalidad, la profundidad psicológica de sus retratos y la defensa de los valores tradicionales.

Alfred Tennyson

Su padre, un clérigo anglicano, le proporcionó una rica formación literaria. En 1827 ingresó con su hermano Charles en el Trinity College,  Cambridge, donde ya estaba estudiando su hermano Frederik. Allí conoció a Arthur Allan, que se convirtió en su mejor amigo y crítico, y más tarde, en su cuñado, al contraer matrimonio con su hermana Emily en 1833.  

Fue un poeta precoz, muy influenciado en sus inicios por autores como Pope, Scott, Milton y Byron, cuya muerte, cuando él tenía quince años, le impresionó vivamente. Ya en 1829 obtuvo un premio en el Trinity College por su poema "Timbuctoo". Un año después, tras la publicación de Poems by Two Brothers (Poemas de dos hermanos), con versos suyos y de Charles, aparece su primera obra en solitario, Poems Chiefly Lyrical (Poemas en su mayoría líricos), que incluye "Claribel" y "Mariana", dos de los poemas más populares de Tennyson, y en 1932, Poems (Poemas), que contiene "El palacio del Arte", "Los lotófagos" y "La dama de Shalott";  en él alcanza ya esa melodiosa perfección formal tan característica, aunque fue muy criticado en su época. 

Su padre murió en la primavera de 1931, lo que le obligó a abandonar Cambridge sin terminar sus estudios y regresar a la rectoría, donde se le permitió a la familia seguir viviendo algunos años. La muerte repentina de Allan en 1833 le afectó profundamente. Este suceso junto a la mala recepción de sus Poemas, lo  llevan a dejar  de publicar durante varios años, en los que se dedicó a componer Idylls of the King (Idilios del rey), 1859, y la que es para muchos su obra cumbre: In memoriam A. H. H. (1850). Se trata de un largo poema elegíaco dedicado a su amigo; un libro desigual, pero cuyas composiciones más logradas han sido comparadas a algunos sonetos de Shakespeare. Por él obtuvo el nombramiento de poeta laureado a la muerte de Wordsworth, el mismo año de su publicación. A partir de entonces cesan sus penurias económicas y, tras casarse también en 1850, inicia una plácida vida familiar repartida entre su casa en la isla de Wight y Aldworth (Surrey). Como poeta laureado, cantó las glorias del Imperio en composiciones como Oda por la muerte del duque de Wellington (1852) y La carga de la brigada ligera (1854). En su retiro en la isla de Wight compuso La muerte de Arturo (1853), Enoch Arden (1864) y El santo grial (1869). Posteriormente se dedicó al teatro, con piezas históricas como La reina María (1875), Harold (1876), Becket (1884) y Robin Hood (1891). Falleció en Aldworth, el 6 de octubre de 1892 y recibió sepultura en la abadía de Westminster.

Tennyson escribió "Ulysses" tras la muerte de su amigo Arthur Allan. Lo terminó el 20 de octubre de 1833, pero no fue publicado hasta 1842, en su segunda colección compilatoria, titulada Poems. La antología de donde hemos tomado la traducción, si bien coincide en el título con uno de los primeros poemarios del autor, reúne textos seleccionados de entre la totalidad de la obra poética del autor, exceptuando los Idilios del Rey, que han quedado excluidos por tener un carácter más narrativo que lírico. El poema es un monólogo dramático compuesto en versos blancos, en el que un anciano Ulises, tras regresar a su reino, se muestra frustrado por la vida doméstica  y expresa su deseo de embarcarse de nuevo y navegar "más allá de donde el sol se pone". A diferencia de Dante, que en su Infierno parece condenar la imprudencia de Ulises como explorador, Tennyson halla nobleza y heroísmo en la curiosidad ilimitada y el espíritu intrépido de Ulises. Los tres versos finales fueron grabados en una cruz en Observation Hill, en la Antártida, para conmemorar al explorador Robert Falcon Scott y a sus compañeros de expedición, muertos al regresar del Polo Sur en 1912.

***

- Del mismo autor puedes leer en este blog "The Beggar Maid": AQUÍ.

jueves, 8 de agosto de 2024

"Los seres efímeros", un cuento de Pilar Adón

 

Tumba de Scott, Wilson y Bowers.



Los seres efímeros

 

Cuando Scott regresó a Inglaterra no entendió la ausencia de vítores. ¿Es que sus compatriotas habían olvidado cómo se recibe a los héroes? Nadie había ido a esperarle. Así que tomó un coche y, de camino a casa, empezó a preocuparse.

 El inmenso silencio de su hogar hizo madurar esa semilla inicial de preocupación. Vagó por la salita y, súbitamente, dio con la portada del periódico vespertino. En ella aparecía una fotografía que ilustraba la hazaña que él mismo había consumado. Se acercó, contempló la imagen y parpadeó repetidas veces. El titular estaba equivocado. Todo aquello era un terrible error... Leyó: «El noruego Amundsen regresa a casa sano y salvo. La Historia le reserva ya el inmenso honor de ser el primer hombre en llegar al Polo Sur».

Scott cerró los ojos y se dejó caer en una silla.

Segundos más tarde volvía a abrirlos. El frío extremo no había disminuido. Y tampoco su agotamiento. Nevaba. Scott recordó que Evans y Oates habían muerto, y ahora sabía que tampoco él regresaría jamás a Inglaterra. Buscó su diario y, en el interior de su tienda, escribió: «Si hubiéramos sobrevivido, habría podido narrar la historia de la audacia, la resistencia y el valor de mis compañeros; una historia que habría conmovido el corazón de cualquier inglés…».

(Pilar Adón, El mes más cruel, Impedimenta, 2010, pág. 109)


El mes más cruel recopila algunos de los mejores relatos de Pilar Adón. Dos desconocidas han de compartir una casa de tres pisos durante unos días, y ambas se empeñan en mantener el orden y en resultar imprescindibles; una mujer espera, ansiosa, la llegada de un chico más joven que ha de librarla de su aburrimiento y de su frustración; Scott regresa a Inglaterra después de su expedición polar pero nadie va a recibirlo; una muchacha llamada Clara se dedica a seguir los pasos de un esquivo gato; una madre se encarga de aterrorizar a su hijo para que nunca se vaya de su lado. Los catorce relatos que integran El mes más cruel componen una esmerada colección de recetas para sobrevivir a pérdida, a la separación, a la locura y al miedo.

En el relato elegido aborda la tragedia del capitán Robert Falcon Scott, convertido en leyenda. En 1911 comandó la expedición británica cuyos miembros  se proponían ser los primeros humanos en alcanzar el polo sur. Cuando el 17 de enero de 1912 alcanzaron la meta, descubrieron que el noruego Admunsen se les había adelantado, arrebatándoles la ansiada gloria. Pero además ninguno de los cinco expedicionarios británicos sobrevivió al viaje de regreso. Conocemos los pormenores de la historia por los diarios de Scott hallados junto a su cuerpo, donde leemos:

"Si hubiéramos sobrevivido, yo habría podido contar la historia del empeño, la resistencia y el coraje de estos compañeros, que habría conmovido a cualquier inglés. Estas toscas notas y nuestros cadáveres deberán contar la historia". 

 

-Puedes leer el poema de Pilar Adón "¿Quién me va a cuidar cuando sea vieja?": AQUÍ.
[Imagen inicial: Pinterest]

domingo, 4 de agosto de 2024

Seis poemas de Jon Fosse

©Josef Sudek


I
El tren del corazón es tan largo
como el viento, tan largo
como un árbol negro. Mi madre echa
viento en cubos de plástico naranja. Friega
el suelo con destreza en movimiento. Mi padre
tiene la cabeza bajo el brazo y silba 
a las estrellas
con los ojos. Quiero volver a casa

donde el miedo es barro en los pies, donde
la radio humea acogedora una sopa clara
al son de música de órgano
cada mañana de domingo, donde
el fiordo respira a través de las peras maduras.

II
Cada vez más lejos, fuera. Más lejos
y cada vez más cerca.

(De Ángel con agua en los ojos [1986])


¿quién escribe? ¿escribo yo 
o hay algo en mí que escribe y que
escribe mi texto
a través de mí? quizá sea yo quien escribe

si soy yo quien escribe
es un yo que, cada vez, es distinto, porque
en los movimientos del texto siempre hay
un yo que escribe y este yo no soy yo
o quizá sí sea yo
pero es un yo tan distinto cada vez
que no puedo ser yo

si soy yo quien escribe
yo es todos estos yoes distintos
que aun así, en cada texto, son un yo claro, porque
es así: si quiero escribir
y estar cerca de lo que no es
tiene que haber un yo claro
o perceptible en toda su falta de claridad
y este yo solo está presente
precisamente en lo que se escribe o se ha escrito y luego
          desaparece
cada texto tiene su propio yo
y sin ese yo el texto pierde su movimiento
y su dirección

ese yo tan distinto y aun así tan perceptible
ese yo distinto que el texto crea, y
que crea texto y
es un algo y quizá sea ese algo lo que narra el texto.


(el mar)

cambiando
hacia lo distinto y
al mismo tiempo dentro de lo mismo justamente
que el mar    Estoy mirando el mar
Veo azul y blanco cambiando
como el viento que atraviesa la ropa
Veo cielo y mar
Es azul    Es blanco    Es el mar
Veo el mar
Veo, al otro lado del estrecho, las luces de una ciudad
Veo naves cruzando el estrecho
y pienso sin pensar
que puedo ver el mar
Pero el mar no puede verme
Veo el mar


Con peras amarillas que cuelgan
y llena de rosas silvestres
asoma la tierra en el lago,
los leales cisnes
y embebidos de besos
sumergen la cabeza
en el agua sobria y sagrada.

Y yo ¿adónde voy, cuando
es invierno, flores, de dónde vienen
la luz del sol
y las sombras de la tierra?
Las tapias se yerguen
sin habla y frías, en el viento 
tintinean las veletas.

[TRAS HÖLDERLIN: Hälfte des Lebens]

(De Perro y ángel [1992])

En Jon Fosse, Poesía completa. Volumen I,
trad. de Cristina Gómez-Baggethun, Sexto piso, 2023

Solo y seguro

si ves un corazón
a lo largo del viento, una canción
de los ratos ya cantados, un color que descansa
en noches dilatadas
largas
como la luz

de nuestra inquietud, allá

adentro
busco

solo, y seguro

[1986]


Un día abatido

uno de esos días abatidos, mientras tú y yo cruzamos juntos
una frontera
que nunca supimos que estaba ahí, hacia un corazón nuevo
en el que estamos juntos
en todos y cada uno   Es
un día cualquiera
de hierba crecida y seca
en un cielo cargado y gris
Y el mar agitado en olas blancas   La penumbra reluce
sobre tus ojos
como también relucen los míos
de hierba y mar     Hierba crecida y seca
Y el mar agitado en olas blancas    En el cielo
las primeras lluvias.
son sin motivo    Un abatido día cualquiera, nada
pasa Y entonces aparece
la lluvia y el día queda al descubierto.


En Poesía completa. Volumen II, trad. de Cristina
Gómez-Baggethum, Sexto Piso, 2024


El escritor Jon Fosse
Jon Fosse es un escritor noruego galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2023. Nació en Haugesund, una localidad de la costa noruega, en 1959.  Escribe en un idioma minoritario, el nuevo noruego, en el que apenas escribe medio millón de personas. Actualmente vive entre Noruega y Austria.

Publicó su primera novela, Rojo, Negro, en 1983. En esa década publicó algunas otras novelas y un par de colecciones de poesía, pero a principios de los 90 comenzó a escribir teatro. Después de escribir unas treinta piezas teatrales, decidió retomar la narrativa. Ha escrito más de cincuenta y cinco obras, entre narrativa, teatro, poesía y ensayo. Su obra, que ha sido comparada a la de Franz Kafka,  ha sido traducida a cuarenta idiomas y sus obras teatrales se han representado en mil producciones distintas en diferentes países.

Melancolía (1995), galardonada con el Melsom Prize y el Summore Prize, está considerada una de sus grandes novelas. Se trata de una ficción sobre el artista noruego del siglo XIX Lars Hetervig, que pintó paisajes bañados de luz, sufrió una enfermedad mental y murió pobre en 1902. Mañana y tarde (2000) es una novela sobre el hermoso sueño de que nuestras vidas tienen sentido. Ales junto a la hoguera (2004), una conmovedora meditación sobre la familia, el matrimonio, la pérdida y el destino. Trilogía (2016) es una de sus obras centrales, una historia de amor y violencia en un árido paisaje. Su obra más extensa es Septología (2021), una novela de más de mil páginas dividida en  siete secciones, agrupadas en tres libros: El otro nombre (2020), Yo soy otro (2020) y Un nombre nuevo (2021). Se trata del largo monólogo de un pintor viudo que envejece solo y se enfrenta al problema de la religión, la identidad, el arte y la vida familiar. Blancura  es su última novela. Una inquietante historia sobre un hombre que al atardecer de un día de otoño se queda atascado en una pista forestal, se adentra en el bosque y vislumbra un resplandor en la oscuridad.

Como poeta, Jon Fosse pertenece a la tradición órfica, la de aquellos poetas que, en medio de la destrucción, se han impuesto la ardua tarea de reconstruir el sentido sagrado del mundo. Un sentido que está latente, oculto, en lo más sencillo: en un niño, una barca, un animal, un sendero en el bosque o en la memoria. Quizá el punto clave de su poética sea la memoria y la infancia. Poeta obsesionado por la luz: "la luz diáfana del norte de Europa, casi imposible, la luz de la soledad, la que ilumina el mundo en su sencillez, la que es un puente entre lo mortal y lo infinito, entre lo visible y lo invisible", leemos en la edición de Sexto Piso.

jueves, 1 de agosto de 2024

"Calidoscopio", un cuento de Ray Bradbury




Calidoscopio

 

El primer impacto rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

—¡Woode, Woode!

—¡Capitán!

—Hollis, Hollis, aquí Stone.

—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

—Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

—Depende de tu velocidad y la mía.

—Una hora, supongo.

—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.

—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

—¿Hacia dónde caes?

—Creo que me estrellaré en el Sol.

—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como una cerilla.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.


Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

—¿Quién habla?

—No lo sé.

—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

—¿Stimson?

—Sí —replicó por fin.

—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

—Hay una posibilidad de que nos encuentren.

—Sí, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

—Es una pesadilla —dijo alguien.

—¡Cállate! —ordenó Hollis.

—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo…, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!


Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

—¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

“Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?”

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

—Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

—Aquí Applegate otra vez.

—¿Qué hay, Applegate?

—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

—Capitán, ¿por qué no se calla?

—¿Qué?

—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

—¡Compórtese, Applegate!

—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

—¡Le ordeno que se calle!

—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad… Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

—¿Estás enfadado, Hollis?

—No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

—No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso… El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombres estaba hablando.

—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

“Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.”

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

—¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!

—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.

—Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.

—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

—No.

—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

—¡Sí, es mejor!

—¿Por qué?

—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.


Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

—¿Y para qué te sirve eso? —gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

—¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. “Perverso”. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

—Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson… Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la “serenidad”, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.

“Pero, ¿no somos iguales? —se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.”

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

—¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.

—Sí.

—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

—Sí

—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.


Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

—Gracias, Applegate.

—No hay de qué. Y anímate, bobo.

—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

—¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

—Debe de haber muerto.

—No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta…

—Es él. Escuchad.

—¡Stimson!

Nadie respondió.

Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.

—No contestará.

—Ha perdido el conocimiento. Dios lo ayude.

—Es él, escuchad.

Una respiración apenas audible, el silencio.

—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Consideradlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todos lo escucharon.

—¡Eh! —dijo Stone.

—¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

—¿Meteoritos?

—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!

Silencio.

—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

 —Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.

—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

—No te hagas el gracioso —dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.

—Adiós.

—Tómatelo con calma.

-—Adiós, Hollis  —dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood… Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

“¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer? ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible yvacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta… Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.”

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz… Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.

“Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.”

—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.


Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.

(Ray Bradbury, El hombre ilustrado, trad. de Francisco Abelenda, Minotauro, Barcelona, 2020)

El escritor Ray Bradbury. (Britannica)


Ray Bradbury  fue un escritor estadounidense. Nació en Waukegan, Illinois, en 1920, y falleció en 2012, a los 91 años,  en Los Ángeles, donde residía desde 1934. Durante su niñez fue muy propenso a las pesadillas y horribles fantasías que más tarde plasmaría en sus narraciones. En su juventud fue un ávido lector y escritor aficionado. Se graduó en 1938 en Los Angeles Haigh School, donde acabó su formación académica, pues su situación económica no le permitió asistir a la universidad. Inició su actividad literaria como autor de narraciones cortas para diversas revistas y en 1943 decidió convertirse en escritor profesional,  pero se dio a conocer mundialmente a partir de 1945, con la publicación de narraciones de ciencia-ficción en las que presenta una imagen cruel y despiadada de un mundo futuro tecnificado, brutal e inhumano. Sus obras más conocidas son sus colecciones de relatos Crónicas marcianas (1950), una crónica de la colonización de Marte por los seres humanos, que abandonan la tierra,  y El hombre ilustrado (1951),  así como la novela distópica Fahrenheit 451 (1953), que François Truffaut llevó al cine en 1966. Además de narraciones escribió numerosos guiones de televisión, ensayos y poemas. 

En "Calidoscopio" un grupo de astronautas cuya nave ha estallado en mitad del espacio conversan por radio mientras son desplazados a distintos lugares del universo. En estos trágicos momentos en que la muerte se aproxima, uno de ellos, Hollis, trata de dar sentido a su solitaria vida. 


[Imagen inicial: okdiario.com]