EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


biblioteca.ies.goya@gmail.com


domingo, 26 de abril de 2020

"Morirse de cordura", de Ana Merino

© Juan Burguete Albalat


MORIRSE DE CORDURA

A Alonso Quijano el Bueno

Ya tienes juicio,
se agota tu ser
desencantado de saberse mortal,
frágil y cuerdo.

Todo lo que creías
era sólo extrañeza
de sombras familiares
transformada en invento.

Los libros fabricaban
el aliento inmortal
de los que habitan
en los encantamientos.

Y tú eras invencible
imaginando anhelos
en las palabras huecas
de los miedos ajenos.

Ahora que la cordura
es tu epitafio
ya no podrá existir
lo que soñabas,
ya no podré vivir
en tu locura,
vestida de espejismo
cosido a tu mirada.

De Compañera de celda, Visor, 2006

Sobre este poemario, el quinto publicado por Ana Merino, ha escrito Francisco Díaz de Castro (El Cultural, 14/12/2006):
Entre sueños y sombras, lo colectivo y lo privado, Ana Merino explora las vías de la emoción, tan a menudo imposibles de razonar, conjuga desengaños y deseos y se abraza a la aparente inocencia de sus motivos infantiles cargados de ironía para entregarnos el balance de ese sentimiento de cautiverio en la ciudad carcelaria que alegoriza el vivir.
Y añade que los poemas de Compañera de celda "nos hablan de desamor, dolor y desengaño, de memoria y soledad", pero también del sufrimiento y la explotación ajenos, sin olvidar "los guiños a las canciones infantiles, a la pintura o a la literatura". En el poema elegido Dulcinea se dirige al hidalgo  Alonso Quijano, que en el lecho de muerte recobra la cordura, de modo que ya no podrá existir Dulcinea, espejismo creado por la locura de don Quijote.

jueves, 23 de abril de 2020

"¿Dónde está mi cabeza?", un cuento de Benito Pérez Galdós


René Magritte, Le principe du plaisir, 1937 (detalle)

 

¿Dónde está mi cabeza?

 

 I

Antes de despertar, ofrecióse a mi espíritu el horrible caso en forma de angustiosa sospecha, como una tristeza hondísima, farsa cruel de mis endiablados nervios que suelen desmandarse con trágico humorismo. Desperté; no osaba moverme, no tenía valor para reconocerme y pedir a los sentidos la certificación material de lo que ya tenía en mi alma todo el valor del conocimiento. Por fin pudo más la curiosidad que el terror; alargué mi mano, me toqué, palpé… Imposible exponer mi angustia cuando pasé la mano de un hombro a otro sin tropezar en nada… El espanto me impedía tocar la parte, no diré dolorida, pues no sentía dolor alguno…, la parte que aquella increíble mutilación dejaba al descubierto… Por fin, apliqué mis dedos a la vértebra cortada como un troncho de col; palpé los músculos, los tendones, los coágulos de sangre, todo seco, insensible, tendiendo a endurecerse ya, como espesa papilla que al contacto del aire se acartona… Metí el dedo en la tráquea; tosí… Metílo también en el esófago, que funcionó automáticamente queriendo tragármelo…; recorrí el circuito de piel de afilado borde… Nada, no cabía dudar ya. El infalible tacto daba fe de aquel horroroso, inaudito hecho. Yo, yo mismo, reconociéndome vivo, pensante, y hasta en perfecto estado de salud física, no tenía cabeza.

 II

Largo rato estuve inmóvil, aturdido, divagando en penosas imaginaciones. Mi mente, después de juguetear con todas las ideas posibles, empezó a fijarse en las causas de mi decapitación. ¿Había sido degollado durante la noche por mano de verdugo? Mis nervios no guardaban reminiscencia del cortante filo de la cuchilla. Busqué en ellos algún rastro de escalofrío tremendo y fugaz, y no lo encontré. Sin duda, mi cabeza había sido separada del tronco por medio de una preparación anatómica desconocida, y el caso era de robo más que de asesinato; una sustracción alevosa, consumada por manos hábiles, que me sorprendieron indefenso, solo y profundamente dormido.

En mi pena y turbación, centellas de esperanza iluminaban a ratos mi ser… Instintivamente me incorporé en el lecho, miré a todos lados, creyendo encontrar sobre la mesa de noche, en alguna silla, en el suelo, lo que en rigor de verdad anatómica debía estar sobre mis hombros, y nada…, no la vi. Hasta me aventuré a mirar debajo de la cama…, y tampoco. Confusión igual no tuve en mi vida, ni creo que hombre alguno en semejante perplejidad se haya visto nunca. El asombro era en mí tan grande como el terror.

No sé cuánto tiempo pasé en aquella turbación muda y ansiosa. Por fin, se me impuso la necesidad de llamar, de reunir en torno mío los cuidados domésticos, la amistad, la ciencia. Lo deseaba y lo temía, y el pensar en la estupefacción de mi criado cuando me viese, aumentaba extraordinariamente mi ansiedad.

Pero no había más remedio; llamé… Contra lo que yo esperaba, mi ayuda de cámara no se asombró tanto como yo creía. Nos miramos un rato en silencio.

—Ya ves, Pepe —le dije, procurando que el tono de mi voz atenuase la gravedad de lo que decía—; ya lo ves, no tengo cabeza.

El pobre viejo me miró con lástima silenciosa: me miró mucho, como expresando lo irremediable de mi tribulación.

Cuando se apartó de mí, llamado por sus quehaceres, me sentí tan solo, tan abandonado, que le volví a llamar en tono quejumbroso y aun huraño, diciéndole con cierta acritud:

—Ya podréis ver si está en alguna parte, en el gabinete, en la sala, en la biblioteca… No se os ocurre nada.

A poco volvió José, y con su afligida cara y su gesto de inmenso desaliento, sin emplear palabra alguna, díjome que mi cabeza no aparecía.

 III

La mañana avanzaba, y decidí levantarme. Mientras me vestía, la esperanza volvió a sonreír dentro de mí.

“¡Ah! —pensé—. De fijo que mi cabeza está en mi despacho… ¡Vaya, que no habérseme ocurrido antes!… ¡Qué cabeza! Anoche estuve trabajando hasta hora muy avanzada… ¿En qué? No puedo recordarlo fácilmente; pero ello debió de ser mi discurso-memoria sobre la Aritmética filosófico-social, o sea, Reducción a fórmulas numéricas de todas las ciencias metafísicas. Recuerdo haber escrito dieciocho veces un párrafo de inaudita profundidad, no logrando en ninguna de ellas expresar con fidelidad mi pensamiento. Llegué a sentir horriblemente caldeada la región cerebral. Las ideas, hirvientes, se me salían por ojos y oídos, estallando como burbujas de aire, y llegué a sentir un ardor irresistible, una obstrucción congestiva que me inquietaron sobremanera…”

Y enlazando estas impresiones, vine a recordar claramente un hecho que llevó la tranquilidad a mi alma. A eso de las tres de la madrugada, horriblemente molestado por el ardor de mi cerebro y no consiguiendo atenuarlo pasándome la mano por la calva, me cogí con ambas manos la cabeza, la fui ladeando poquito a poco, como quien saca un tapón muy apretado, y, al fin, con ligerísimo escozor en el cuello, me la quité, y cuidadosamente la puse sobre la mesa. Sentí un gran alivio, y me acosté tan fresco.

IV

Este recuerdo me devolvió la tranquilidad. Sin acabar de vestirme, corrí al despacho. Casi, casi tocaban al techo los rimeros de libros y papeles que sobre la mesa había. ¡Montones de ciencia, pilas de erudición! Vi la lámpara ahumada, el tintero tan negro por fuera como por dentro, cuartillas mil llenas de números chiquirritines…, pero la cabeza no la vi.

Nueva ansiedad. La última esperanza era encontrarla en los cajones de la mesa. Bien pudo suceder que al guardar el enorme fárrago de apuntes, se quedase la cabeza entre ellos, como una hoja de papel secante o una cuartilla en blanco. Lo revolví todo, pasé hoja por hoja, y nada… ¡Tampoco allí!

Salí de mi despacho de puntillas, evitando el ruido, pues no quería que mi familia me sintiese. Metíme de nuevo en la cama, sumergiéndome en negras meditaciones. ¡Qué situación, qué conflicto! Por de pronto, ya no podría salir a la calle porque el asombro y horror de los transeúntes habían de ser nuevo suplicio para mí. En ninguna parte podía presentar mi decapitada personalidad. La burla en unos, la compasión en otros, la extrañeza en todos me atormentaría horriblemente. Ya no podría concluir mi discurso-memoria sobre la Aritmética filosófico-social; ni aun podría tener el consuelo de leer en la Academia los voluminosos capítulos ya escritos de aquella importante obra. ¡Cómo era posible que me presentase ante mis dignos compañeros con mutilación tan lastimosa! ¡Ni cómo pretender que un cuerpo descabezado tuviera dignidad oratoria, ni representación literaria!… ¡Imposible! Era ya hombre acabado, perdido para siempre.

 V

La desesperación me sugirió una idea salvadora: consultar al punto el caso con mi amigo el doctor Miquis[1], hombre de mucho saber, a la moderna, médico, filósofo y, hasta cierto punto, sacerdotal, porque no hay otro para consolar a los enfermos cuando no puede curarlos, o hacerles creer que sufren menos de lo que sufren.

La resolución de verle me alentó; vestíme a toda prisa. ¡Ay! ¡Qué impresión tan extraña, cuando, al embozarme, pasaba mi capa de un hombro a otro, tapando el cuello como servilleta en plato para que no caigan moscas! Y al salir de mi alcoba, cuya puerta, como de casa antigua, es de corta alzada, no tuve que inclinarme para salir, según costumbre de toda mi vida. Salí bien derecho, y aun sobraba un palmo de puerta.

Salí y volví a entrar para cerciorarme de la disminución de mi estatura. Y en una de éstas redobláronse de tal modo mis ganas de mirarme al espejo, que ya no pude vencer la tentación, y me fui derecho hasta el armario de luna. Tres veces me acerqué y otras tantas me detuve, sin valor bastante para verme… Al fin me vi… ¡Horripilante figura!... Era yo como un ánfora jorobada, de corto cuello y asas muy grandes. El corte del pescuezo me recordaba los modelos en cera o pasta que yo había visto mil veces en Museos anatómicos.

Mandé traer un coche, porque me aterraba la idea de ser visto en la calle y de que me siguieran los chicos, y de ser espanto y chacota de la muchedumbre. Metíme con rápido movimiento en la berlina. El cochero no advirtió nada, y durante el trayecto nadie se fijó en mí.

Tuve la suerte de encontrar a Miquis en su despacho, y me recibió con la cortesía graciosa de costumbre, disimulando con su habilidad profesional el asombro que debí causarle.

—Ya ves, querido Augusto —le dije, dejándome caer en un sillón—; ya ves lo que me pasa.

—Sí, sí… —replicó, frotándose las manos y mirándome atentamente—; ya veo, ya… No es cosa de cuidado.

—¡Que no es cosa de cuidado!

—Quiero decir… Efectos del mal tiempo, de este endiablado viento frío del Este…

—¡El viento frío es la causa de…!

—¿Por qué no?

—El problema, querido Augusto, es saber si me la han cortado violentamente o me la han substraído por un procedimiento latro-anatómico, que sería grande y pasmosa novedad en la historia de la malicia humana.

Tan torpe estaba aquel día el agudísimo doctor, que no me comprendía. Al fin, refiriéndole mis angustias, pareció enterarse, y al punto su ingenio fecundo me sugirió ideas consoladoras.

—No es tan grave el caso como parece —me dijo—, y casi, casi me atrevo a asegurar que la encontraremos muy pronto. Ante todo, conviene que te llenes de paciencia y calma. La cabeza existe. ¿Dónde está? Ése es el problema.

Y dicho esto, echó por aquella boca unas erudiciones tan amenas y unas sabidurías tan donosas, que me tuvo como encantado más de media hora. Todo ello era muy bonito; pero no veía yo que por tal camino fuéramos al fin capital de encontrar una cabeza perdida. Concluyó prohibiéndome en absoluto la continuación de mis trabajos sobre la Aritmética filosófico-social, y al fin, como quien no dice nada, dejóse caer con una indicación, en la que al punto reconocí la claridad de su talento.

¿Quién tenía la cabeza? Para despejar esta incógnita convenía que yo examinase en mi conciencia y en mi memoria todas mis conexiones mundanas y sociales. ¿Qué casas y círculos frecuentaba yo? ¿A quién trataba con intimidad más o menos constante y pegajosa? ¿No era público y notorio que mis visitas a la marquesa viuda de X… traspasaban por su frecuencia y duración los límites a que debe circunscribirse la cortesía? ¿No podría suceder que en una de aquellas visitas me hubiera dejado la cabeza o me la hubieran secuestrado y escondido, como en rehenes que garantizara la próxima vuelta?...

Diome tanta luz esta indicación, y tan contento me puse, y tan claro vi el fin de mi desdicha, que apenas pude mostrar al conspicuo doctor mi agradecimiento, y abrazándole salí presuroso. Ya no tenía sosiego hasta no personarme en casa de la marquesa, a quien tenía por autora de la más pesada broma que mujer alguna pudo inventar.

 VI

La esperanza me alentaba. Corrí por las calles hasta que el cansancio me obligó a moderar el paso. La gente no reparaba en mi horrible mutilación, o si la veía, no manifestaba gran asombro. Algunos me miraban como asustados; vi la sorpresa en muchos semblantes, pero el terror, no.

Dióme por examinar los escaparates de las tiendas, y para colmo de confusión, nada de cuanto vi me atraía tanto como las instalaciones de sombreros. Pero estaba de Dios que una nueva y horripilante sorpresa trastornase mi espíritu, privándome de la alegría que lo embargaba y sumergiéndome en dudas crueles. En la vitrina de una peluquería elegante vi…

Era una cabeza de caballero admirablemente peinada, con barba corta, ojos azules, nariz aguileña… Era, en fin, mi cabeza, mi propia y auténtica cabeza… ¡Ah!, cuando la vi, la fuerza de la emoción por poco me priva del conocimiento… Era, era mi cabeza, sin más diferencia que la perfección del peinado, pues yo apenas tenía cabello que peinar, y aquella cabeza ostentaba una espléndida peluca.

Ideas contradictorias cruzaron por mi mente. ¿Era? ¿No era? Y si era, ¿cómo había ido a parar allí? Si no era, ¿cómo explicar el pasmoso parecido? Dábanme ganas de detener a los transeúntes con estas palabras: «Hágame usted el favor de decirme si es ésa mi cabeza.»

Ocurrióme que debía entrar en la tienda, inquirir, proponer, y, por último, comprar la cabeza a cualquier precio… Pensado y hecho; con trémula mano abrí la puerta y entré… Dado el primer paso, detúveme cohibido, recelando que mi descabezada presencia produjese estupor y quizás hilaridad. Pero una mujer hermosa, que de la trastienda salió risueña y afable, invitóme a sentarme, señalando la más próxima silla con su bonita mano, en la cual tenía un peine.

 

(En Cuentos del siglo XIX, La Gaya Ciencia, Barcelona, 1981, págs. 135-147)

 


[1] El doctor Augusto  Miquis es un personaje secundario de La desheredada, que reaparece en Lo prohibido,  en Torquemada y San Pedro y en  Tristana. (La nota es nuestra)

Pérez Galdós retratado por Sorolla (1898)


Benito Pérez Galdós (1843-1920) fue un escritor español, el principal autor de  novela realista española y uno de los mejores escritores europeos de su época. 

Nació en Las Palmas de Gran Canaria en el seno de una familia acomodada en la  que era el menor de diez hermanos. A los diecinueve años marchó a Madrid para cursar la carrera de Derecho, pero abandonó los estudios para dedicarse al periodismo y a la literatura. En la capital acude a las tertulias del Ateneo y de los cafés Fornos y Suizo, donde frecuenta a intelectuales y artistas de la época, y escribe en los diarios La Nación y El Debate. Como corresponsal de prensa, viaja por España, lo que le permite entrar en contacto con la realidad cotidiana de sus gentes,  y por  Europa, donde conoce las corrientes literarias del momento como el realismo y el naturalismo. La revolución del 68, de la que era partidario, lo sorprendió en Barcelona, de regreso de un viaje por Francia, pero llegó a Madrid a tiempo de presenciar los sucesos posteriores a la Gloriosa. Entonces es un joven periodista que pone su pluma al servicio del general Prim y después, de Amadeo I. En 1870 publica su primera novela, La Fontana de Oro, y en 1870 ya es director de El Debate. A partir de 1873, cuando inicia la publicación de la primera serie de los Episodios Nacionales, se dedica casi en exclusiva a la literatura, que le permite vivir desahogadamente. En Madrid vive con otros miembros de su familia, viaja por Europa y pasa los veranos en Santander. Galdós permaneció soltero y, a pesar de su discreción, se conocen  sus relaciones amorosas con distintas mujeres, entre ellas, Emilia Pardo Bazán. De una de estas relaciones, nació una hija que Galdós reconoció en 1905.

Su amistad con Sagasta y los métodos caciquiles de la época lo llevaron a ser diputado por Puerto Rico en 1886, por el Partido Liberal. A pesar de su talante moderado y tolerante, su ideología liberal y su anticlericalismo le granjearon la enemistad de los sectores conservadores, lo que hizo que fracasara su candidatura a la Real Academia a principios de 1889, a pesar de los apoyos de Menéndez Pidal y de Valera. Finalmente, resultó elegido a mediados de ese mismo año. Por los mismos motivos fracasó su candidatura al Premio Nobel en 1912.

A comienzos del siglo XX, la situación política lo lleva a posicionarse junto a los republicanos, en cuyas filas es elegido diputado en 1907. En 1909 es copresidente de la Conjunción Republicano-Socialista junto a Pablo Iglesias, por quien manifestó su simpatía en distintas ocasiones. Ese mismo año vuelve a ser elegido diputado.  Sus últimos años fueron difíciles por las dificultades económicas y  la progresiva pérdida de visión que  le obliga a dictar sus obras. Sin embargo, gozó del reconocimiento general. En enero de 1919 se descubrió en el parque de El Retiro una estatua en su honor erigida por suscripción popular. Galdós,  totalmente ciego por entonces, lloró emocionado al palpar la obra. Y cuando un año después, en la madrugada del 4 de enero de 1920, fallecía en su casa de Madrid, los teatros cerraron esa noche en señal de duelo y, en su entierro, unos treinta mil ciudadanos acompañaron su féretro hasta el cementerio de la Almudena.

Galdós es autor de una vasta obra literaria que comprende narrativa y teatro. En su obra narrativa se suele distinguir los Episodios Nacionales del resto. Los Episodios Nacionales están formados por cuarenta y seis novelas redactadas entre 1872 y 1912, agrupadas en  cinco series de diez episodios cada una, excepto la última que quedó inconclusa. Pretenden reconstruir de forma novelada la historia del siglo XIX español, para explicar a sus coetáneos los orígenes de los conflictos de su tiempo narrándoles su pasado más reciente. En cada una de las series hay un personaje de ficción que funciona como hilo conductor de los acontecimientos históricos narrados.

Respecto al resto de sus novelas, se suelen dividir en los siguientes grupos:

Primeras novelas, publicadas en la década de los setenta. Son novelas de tesis o prerrealistas, en las que al autor le interesa más el conflicto entre dos posturas contrarias que la creación de ambientes o el estudio psicológico de los personajes. Los personajes son tipos, que encarnan determinada ideología, y los lugares son imaginarios.  A esta época pertenecen La Fontana de Oro (1870), Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), Marianela (1878) y La Familia de León Roch (1878).

Novelas españolas contemporáneas o realistas. En ellas los personajes son complejos, llenos de matices, y evolucionan psicológicamente.  Madrid es el escenario por donde desfila toda una galería de personajes que representan los distintos estamentos sociales y muchos de ellos vuelven a aparecer en  otras novelas, completándose como personajes. A ello hay que añadir la minuciosa captación de ambientes, el uso magistral de los diálogos y, en algunos casos, del novedoso monólogo interior. En este grupo se incluyen: La desheredada (1881), influida por el naturalismo de Zola, El amigo Manso (1882), La de Bringas (1884), Fortunata y Jacinta (1887), su obra cumbre, y Miau (1888).

Últimas novelas: novelas espiritualistas o simbólicas, llamadas así porque en algunas de ellas es visible el espiritualismo característico de la novela finisecular europea. Son novelas más centradas en el ser humano y en el sentido de la vida. En ellas ensaya originales procedimientos narrativos  (novelas dialogadas, epistolares…) e introduce elementos fantásticos, sueños o símbolos. Son de esta etapa: La incógnita (1889), Realidad (1889), Ángel Guerra (1891), Tristana (1892), la tetralogía del usurero Torquemada (1889-1895), Misericordia (1897) y El caballero encantado (1909).

Galdós fue también un notable dramaturgo. Aunque su dedicación al teatro fue tardía y motivada por intereses económicos, llegó a estrenar veintitrés obras (la mayoría, con éxito), seis de las cuales son adaptaciones de sus novelas. Con ellas pretendió renovar la escena española de la época, superando su trivialidad e introduciendo problemas de conciencia. Algunos de sus títulos teatrales son La de San Quintín (1984), Electra (1901), Mariucha (1903) y adaptaciones de novelas como El abuelo (1904) y Casandra (1910).

Galdós, en el salón de su villa San Quintín, en Santander, donde
pasó largas temporadas. COLECCIÓN BIBLIOTECA MENÉNDEZ PELAYO

Es autor, asimismo, de algunos cuentos, publicados en la prensa de la época. "¿Dónde está mi cabeza?" apareció por primera vez en El Imparcial de Madrid, en un número especial de 30-31 de diciembre de 1892.  Se trata de un cuento fantástico que quedó inconcluso. Efectivamente, en la edición de La Gaya Ciencia se omite la advertencia final del autor: "La continuación en el número de Navidad del año que viene", continuación que no se publicó nunca. Alan E. Smith (Los cuentos inverosímiles de Galdós en el contexto de su obra, Anthropos, 1992) observa un paralelismo entre el cuento de Galdós y la estructura de los sueños. Lo relaciona con el cuento del traje nuevo del emperador, ya que ambos tratan de la hipocresía y el miedo a la crítica de la comunidad, que participa de esta misma falta.

Igual que en los sueños de exhibición, se trata de la dramatización de un sentimiento de culpabilidad que busca expiarse a través de la confesión con otros [...]. Por tanto, Miquis y los demás personajes secundarios son espejos de la propia ansiedad del protagonista, como lo demuestra el que el silencio de los otros se colme con el ruido de la conciencia del protagonista, pues él ve en la reacción del criado y de Miquis la confirmación de su mutilación.

El cuento expresa, según Alan E. Smith, uno de los temas obsesivos de la burguesía europea del siglo XIX y representa una crítica a esa sociedad, "a su mala conciencia y a la hipocresía que cuarteaba su ansiosa coherencia". Como observa Smith, Miquis ofrece la "pista fundamental" cuando reprueba la conducta del protagonista y asocia la decapitación a las visitas a casa de la marquesa.

domingo, 19 de abril de 2020

"La libertad" (La Llibertat), de Joan Margarit


Fotograma de La librería (2017), de Isabel Coixet



LA LIBERTAD

Es la razón de nuestra vida,
dijimos, estudiantes soñadores.
La razón de los viejos, matizamos ahora,
su única y escéptica esperanza.
La libertad es un extraño viaje.
Son las plazas de toros con las sillas
sobre la arena en las primeras elecciones.
Es el peligro, que de madrugada,
nos acecha en el metro,
son los periódicos al fin de la jornada.
La libertad es hacer el amor en los parques.
Es el alba de un día de huelga general.
Es morir libre. Son las guerras médicas.
Las palabras República y Civil.
Un rey saliendo en tren hacia el exilio.
La libertad es una librería.
Ir indocumentado.
Las canciones prohibidas.
Una forma de amor, la libertad.

Versión en catalán:

LA LLIBERTAT

La llibertat és la raó de viure,
dèiem, somniadors, d'estudiants.
És la raó dels vells, matisem ara,
la seva única esperança escèptica.
La llibertat és un estrany viatge.
Va començar en les places
de toros amb cadires a la sorra
en les primeres eleccions.
És el perill, de matinada, al metro,
sóns els diaris al final del dia.
La llibertat és fer l'amor als parcs.
La llibertat és quam comença l'alba
en un dia de vaga general.
És morir lliure. Són les guerres mèdiques.
Les paraules República i Civil.
Un rei sortint en tren cap a l'exili.
La llibertat és una llibreria.
Anar indocumentat.
Les cançons prohibides.
Una forma d'amor, la llibertat.

De Aiguaforts (Aguafuertes), 1995

Aguafuertes cierra el ciclo poético que Joan Margarit, Premio Cervantes 2019,  inició con Llum de pluja (Luz de lluvia), 1987,  y continuó con Edat roja (Edad roja), 1989, y Els motius del llop (Los motivos del lobo), 1993. Sobre Aguafuertes escribe el autor, en el prólogo del libro,  que está formado por  "escenas o imágenes inmovilizadas en blanco y negro, o sepia, en mi memoria sentimental", de ahí el título, porque  ha procurado trasladarlas al poema "con la misma austeridad que en el campo de la plástica tiene esa técnica", la del aguafuerte, "con un mínimo de recursos lingüísticos y retóricos".

Un verso del poema seleccionado, "La libertad es una librería", se ha convertido en el lema de la campaña de reconocimiento a las librerías que ha puesto en marcha el Instituto Cervantes, dirigido por el poeta Luis García Montero.  Con las librerías cerradas temporalmente por la crisis del coronavirus y ante la imposibilidad de celebrar el Día del Libro el próximo 23 de abril, y con la cancelación de la entrega del Premio Cervantes, así como  de otros eventos culturales relacionados con el libro,  el Instituto Cervantes ha decidido celebrar el "mes del libro" para insistir en la importancia de las librerías.

Otros poemas del autor en este blog:

domingo, 12 de abril de 2020

"Lugares", de Eloy Sánchez Rosillo





             LUGARES


¿SUCEDE la belleza sin nosotros
o la crean los ojos al mirarla?
El ojo es sólo parte de lo bello,
cristal vivo en sus trémulas urdimbres,
al igual que los astros. Pero no
es él quien dilucida, sino el alma,
y ésta puede observar desde muy lejos,
porque ya ha visto, y sabe, y ella misma
es también lo mirado. Hay en el mundo
muchos sitios secretos en los que arde
la belleza a esta hora y yo no estoy
ni existe otra conciencia —trepa el puma
por un árbol sin nombre en la recóndita
selva cifrada; en la montaña surge,
muy alto y a trasmano, inverosímil,
un lirio, hijo del alba, que en la tarde
se desvanece cuando el sol declina;
cae la lluvia en el claro de algún bosque
y la luna la pulsa como un arpa
en mitad de la noche—; sí, transcurre
a solas la hermosura en nuestra ausencia,
aunque no en vano late, pues el alma
la considera y la comprende. Y no hay
en lo que digo soledad, derroche
de lo creado. Hay abundancia fértil,
continuidad de un todo inacabable,
honda misericordia de la vida.

De Quién lo diría, Tusquets, 2015

Entrada relacionada:

domingo, 5 de abril de 2020

"Palabras para Julia", de José Agustín Goytisolo





PALABRAS PARA JULIA

    Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
    Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.
    Te sentirás acorralada
te sentirás perdida y sola
tal vez querrás no haber nacido.
    Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.
    Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso. 
    Un hombre solo una mujer
así tomados de uno en uno
son como polvo no son nada.
    Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otros hombres.
    Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.
    Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones
    Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
    Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
    La vida es bella tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor tendrás amigos.
    Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.
    Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
    Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

De Algo sucede, 1968

José Agustín Goytisolo (1928-1999) escribió este poema para su hija, Julia Goytisolo Carandell,
Julia y José Agustín Goytisolo
cuando esta  tenía solamente siete años. Julia lleva ese nombre por deseo de su abuelo paterno pues era el nombre de su esposa, Julia Gay, cuya muerte, acaecida en Barcelona el 17 de marzo de 1938 durante un bombardeo de la aviación italiana, sumió en el más profundo dolor a la familia.

El poema, musicado y cantado por Paco Ibáñez, se convirtió pronto en un himno de resistencia, en un canto a la esperanza y a la solidaridad humana. Julia Goytisolo lo oyó cantar por primera vez  en Collioure, cuando tenía doce años y todavía no alcanzaba a comprender su significado. Fue Paco Ibáñez, su intérprete, quien le desveló que la Julia del poema era ella.

Fue incluido en Palabras para Julia y otras canciones (Laia, 1980), en cuyo prólogo Manuel Vázquez Montalbán afirma que en el conjunto de la obra poética de Goytisolo pesa sobre todo "la asunción del relativo poder de la palabra y la propuesta de utilizarla para enseñar a querer y a vivir". Y añade:
Por eso Goytisolo es un gran poeta intimista que se revela en sus versos familiares: la madre muerta, la mujer en cuyos brazos quisiera morir, la hija a la que ha de enseñar a vivir a pesar de su propio escepticismo: 
                       Tendrás amor
                       Tendrás amigos, 
le propone a Julia en los sesenta, dibujándole el único programa vital sensato al alcance de un padre y que hoy incluso nos puede parecer excesivamente ambicioso.
Sobre esta composición, una de las más conocidas y celebradas del poeta, han escrito Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada (en Antología comentada de la poesía lírica española, Cátedra, 2005):
Escrito sin comas, en tercetos blancos eneasilábicos y con un estribillo cada cuatro estrofas, parece como si, en este poema con ritmo de salmodia y con palabras "vibrantes y calientes", el padre —él mismo aún "en el camino"— quisiera entregarle a su hija el legado de su propia experiencia; esta es la herencia más apreciada que puede ofrecerle, para que ella, Julia, sepa orientarse en el arduo camino de la vida.
Magda Boix, Asunción Carandell, Julia, Josep Mª Carandell,
José Agustín Goytisolo, Paco Ibáñez y Víctor Lana, posiblemente
después de una actuación de Paco Ibáñez

Puedes escuchar el poema, cantado por Rosalía o por Paco Ibáñez:

jueves, 2 de abril de 2020

'Cara de pan', de Sara Mesa

Grupo de lectura "Leer juntos Hoy" del IES "Goya"
Sesión del 9 de marzo de 2020
Obra comentada: Cara de pan, Anagrama, Narrativas hispánicas, 2018
Autora: Sara Mesa


1. Acerca de Sara Mesa

Sara Mesa es una periodista y escritora española nacida en Madrid en 1976. Siendo niña, su familia se trasladó  a la ciudad de Sevilla, donde sigue residiendo la autora. Estudió Periodismo y Filología hispánica. Fue madre joven y no empezó a escribir hasta los treinta años: "Viví y luego me puse a escribir", confiesa la autora. Afirma no haber sentido antes la vocación de escribir, tarea que, no obstante, le apasiona, si bien no la concibe como una profesión, razón por la que compagina la escritura con su trabajo en el mundo audiovisual. 

Sara Mesa.(elcultural.com)

Sus inicios literarios se centraron en la poesía, que abandonó muy pronto, a pesar de la excelente acogida de su poemario Este jilguero agenda (2007), galardonado con el Premio Nacional de Poesía "Fundación Cultural Miguel Hernández". Hoy es conocida por su obra narrativa: sus libros de cuentos —La soledad del galápago (2008), No es fácil ser verde (2009) y Mala letra (2016)— y sus novelas: El trepanador de cabezas (2010), Un incendio invisible (2011), Cuatro por cuatro (2013, finalista del Premio Herralde de Novela), Cicatriz (2015, Premio Ojo Crítico) y Cara de pan (2018). El cuento es el género en que se siente más cómoda. Tanto es así, que ha llegado a afirmar que "si algún día hago algo realmente bueno, será dentro del cuento".

Su narrativa, de gran fuerza emocional, pretende mostrar la realidad desde un ángulo inesperado, con un lenguaje sencillo pero cuidado. "Para mí", confiesa la autora en entrevista concedida a Nuria Azancot (El Cultural, 22 de enero de 2016), "el reto radica en utilizar las palabras normales, las habituales, incluso las antiliterarias, usar una materia prima humilde, una especie de art povera de la escritura".

2. Sobre Cara de pan

Cara de pan es una novela breve que tiene su germen, como explica la autora,  en uno de sus cuentos, titulado "A contrapelo". La trama gira en torno a la relación entre una chica  de trece años, apodada por sus compañeros de instituto "Cara de pan", y un excéntrico cincuentón apasionado de los pájaros y  de la cantante Nina Simone. La niña, que odia su nombre, pasa a ser 'Casi' para el hombre (por sus "casi catorce años") y este, un viejo para ella, será 'Viejo', con mayúscula, un nombre libre aquí  de connotaciones negativas. De esta forma, explica el viejo, "escapan del nombre real, que es una cárcel" (pág. 24), como ya hiciera su idolatrada Nina Simone. La relación comienza de un modo fortuito cuando ambos se encuentran en un parque de una ciudad "en la que apenas hace frío nunca" (pág. 94), donde Casi, que lleva unos días faltando a clase voluntariamente, ha encontrado refugio en un angosto escondite a salvo de  miradas ajenas, entre un olmo siberiano y unos setos.

Las conversaciones diarias entre ambos y los pensamientos de la chica constituyen la esencia de un relato de sencillez solo aparente. La tensión narrativa surge del constante temor de Casi a ser descubierta por los operarios del parque  y de su desconfianza hacia el hombre, pues ignora qué es lo que busca, lo que quiere de ella.  Pero es, sobre todo, la aprensión de los lectores, para quienes la relación entre un viejo y una niña resulta impropia, sospechosa, la que nos  mantiene en vilo, ansiosos por conocer el desarrollo de la historia. Para ello, la autora  se sirve de un narrador en tercera persona focalizado en la conciencia de la chica, que, por tanto, desconoce los pensamientos del viejo y sus verdaderas intenciones. La historia se cuenta, pues, desde la perspectiva de una preadolescente con escaso conocimiento de la vida, que confunde lo que ve y oye  o no es capaz de conceptualizarlo. De ahí que el narrador, en ocasiones,  avance información que Casi desconoce todavía, resuma  lo que esta sabe o contemple a la niña desde un punto de vista externo al personaje.

Los hechos se sitúan en la época actual y el tiempo interno abarca un año aproximadamente. De las dos partes perfectamente trabadas en que se divide la novela, la primera —que concluye de forma abrupta, sin que conozcamos el desenlace— se sitúa en el refugio del parque, un lugar en que los protagonistas se sienten a salvo porque  no son juzgados por nadie, y transcurre a lo largo de algo más de dos meses, desde mediados de octubre hasta el comienzo del invierno. Entre ambas partes hay una elipsis de varios meses: ha comenzado el nuevo curso y la niña, con casi quince años,  ya no tiene cara de pan; ha madurado y siente que ahora se han intercambiado los papeles: ella es la adulta y el viejo, el niño. La segunda parte, una especie de epílogo, narra el reencuentro de ambos y su conversación, durante algo más de tres horas, en una cafetería, donde  se exponen al juicio de los demás, expresado por la camarera (pág 136). En esta parte, mucho más breve que la primera, se nos da cuenta, de forma  fragmentaria e incompleta, del final de la aventura de Casi y de las consecuencias que esta ha tenido para ambos, y se completa el retrato del viejo a partir de visiones deformadas que ambos contradicen. Un encuentro  casual abre cada una de las partes: el primero da comienzo a una relación socialmente inaceptable, basada en la dependencia afectiva, en la unión de dos soledades; el segundo nos aboca  al final de la historia. En la cafetería, el viejo cumple simbólicamente la promesa que le hizo a Casi en la última secuencia de la primera parte, pero ambos saben que ese anillo de papel, igual que el anillado de las aves,  representa el adiós de dos seres que, al salir de la cafetería, toman caminos opuestos: el viejo, "hacia el pasado"; la niña "hacia el futuro" (pág. 136).

Ambos personajes son antihéroes, dos pájaros heridos, dos seres solitarios, marginados, porque se apartan de la normalidad. La de Casi es una situación temporal, transitoria; la del viejo, definitiva e irreversible. Casi es una chica de clase media "con padres que tratan de hacerlo lo mejor posible" (pág. 30). Su aspecto físico se nos esconde, del mismo modo que ella oculta su cuerpo bajo sus ropas amplias. Únicamente conocemos aquello que más la mortifica (su gordura, sus granos en los brazos, su  cara de pan) y lo que el viejo le dice, que tiene "unos ojos bonitos y  soñadores"  (pág. 51). Acomplejada por su físico, muy alejado del modelo impuesto por sus compañeras, que rivalizan entre ellas "para ver cuál está más buena" (pág. 35), es la única que no tiene novio, tampoco tiene amigas y odia los trabajos en grupo, obligatorios en el instituto. Una chica con "problemas de integración", según la orientadora de su instituto, quien ha anotado en su cuaderno: "acomplejada pero inteligente, es posible que se crea superior al resto" (pág. 75). Una "casi" adolescente "rabiosa, injusta con su entorno, maleducada a
Imagen de un jilguero./EFE (cadenaser.com)
veces", "incomprendida" y "sin oyentes, salvo ahora que al menos ha encontrado a ese hombre" (pág. 30). Molesta en principio con el viejo, a quien considera un intruso y un plasta, poco a poco irá interesándose por los pájaros y disfrutando con las canciones de Nina Simone. Agradece que no le haga preguntas indiscretas, pero al mismo tiempo le fastidia que el hombre no demuestre más interés por ella. Porque la insegura  Casi, que tiene una vida convencional y nunca ha vivido nada digno de ser contado, la Casi rechazada,  necesita más que nada sentirse atractiva, interesante, especial. Y conforme pasan los días y se sabe a punto de ser descubierta, va creciendo en ella la  necesidad de protagonizar una historia que contar, una historia que le dé ante los demás un aura de chica mala. Porque, como ha escrito Charo Ramos (en Diario de Sevilla, 23/09/2018),
Casi no es una nínfula pero las palomitas y las patatas tienen, en esta novela pequeña y magistral, el sabor de la manzana con la que Eva tienta a su compañero en ese jardín del bien y del mal donde nada es lo que parece. 
Pero, cuando  la realidad está lejos de ajustarse a sus deseos, serán su diario -en el que vuelca sus fantasías, incluidas las eróticas- y las ideas preconcebidas de los adultos los que la conviertan en falsa protagonista de esa historia que anhela desesperadamente.

A través de la mirada de Casi, vamos descubriendo al viejo, un personaje poliédrico, enigmático y sorprendente. Ataviado con ropa elegante pero anticuada, a Casi le recuerda a un distinguido profesor, antiguo vecino suyo (pág. 16). Parece un hombre tímido,  sin malicia, que habla como un niño, nunca miente y tiene unos conocimientos asombrosos sobre sus dos grandes pasiones, los pájaros y  Nina Simone. A Casi le resulta tan desconcertante como
el contraste entre su rostro de frente y su rostro de perfil, el primero de apariencia inocente y hasta bobalicona, el segundo introspectivo y sabio, como si pertenecieran a dos caras diferentes de dos hombres diferentes. (pág. 34)
Después sabremos, por él mismo,  de la amargura de  un hombre marcado por un estigma familiar "como una res marcada por el fuego" (pág. 79), rechazado por su madre y recluido en un psiquiátrico. Una persona de aspecto inofensivo pero con antecedentes; con algún tipo de desorden mental, en opinión de los "vigilantes de la moral que hacen sus diagnósticos  mentales diseccionando familias" (pág. 76); un "pobre zumbado" para un policía; un retrasado según los padres de Casi, un loco para otros; un "viejo ridículo, patético, con pinta de colgado y de enfermo" (pág. 136), a juicio de la camarera. Él se confiesa obsesivo y cabezota (pág. 39), pero rechaza  la etiqueta de loco con que la sociedad lo ha clasificado:
Él solo tiene las conexiones cerebrales enlazadas de un modo diferente; ciertas conexiones, ¡no todas!, lo que significa que algunas cosas no las hace muy bien —no las puede hacer muy bien—, pero en otras en cambio es un hacha, ¡no tiene competencia! (pág. 81)
No obstante, son muchas las zonas de sombra, los vacíos, los interrogantes,  en la historia de este hombre que se resiste a hablar de sí mismo. Un inocente maltratado por la vida, rechazado por todos, un marginado social sin posibilidad de reinserción. Un personaje que, como recuerda Rafael Fuentes (El Imparcial, 18/11/2018), pertenece a la estirpe de otros tan inolvidables como el "Boo" Radley de Matar un ruiseñor   o el Azarías de Los santos inocentes.

El viejo es incapaz de dar respuesta a la pregunta  de Casi sobre por qué se centra solo en los pájaros y
La cantante Nina Simone. Foto: David Redfern/Redferns
en Nina Simone,  pero más tarde le confiesa que cuando su vida se torció encontró consuelo en los pájaros, que lo salvaron del rencor (pág. 86). Los conocimientos del viejo sobre pájaros le servirán a la autora, a modo de fábulas animalescas, para que los personajes se expliquen a sí mismos y para explicárnoslos a los lectores. A fin de que Casi entienda  su desesperación en la clínica, el viejo recurre al símil de los pájaros enjaulados —con su carga simbólica de falta de libertad—, que se golpean contra los  barrotes y se destrozan el pico tratando de escapar (pág. 82). La niña comprende que la canción  "Blackbird" de Nina Simone  quizá también trata de él o incluso de ambos (pág. 80) y se pregunta si ellos son dos pájaros teñidos para ocultar su debilidad cuando el viejo habla ya de otros pájaros "que se resistieron a participar en el juego", "que se mantenían aparte aunque les costase el repudio" (pág. 46). Los pájaros sin patas a que alude el viejo (pág. 71) representan para los personajes  la libertad y la pureza que quisieran en sus vidas;  mientras que  Domingo Ródenas de Moya (elPeriódico, 2/10/2018)   los asocia  a los protagonistas, "seres carenciales con serias dificultades de posarse en el suelo". Cuando la niña Casi se ve impulsada  a hacer cosas de adultos, el narrador observa que, en ese momento,  rompe el silencio el canto de un estornino (pág. 101), ese pájaro del que ha dicho el viejo que imita el canto de otras aves y confunde. En cuanto a Nina Simone, con quien el viejo comparte la marginación y el paso por una clínica psiquiátrica, según Rafael Fuentes, "asume el rol de gran 'ave humana' enjaulada junto a los afrodescendientes herederos de la esclavitud, y cuyas prodigiosas canciones se convirtieron en himnos a la libertad".

Sara Mesa retoma en esta novela el motivo del viejo y la niña, de larga tradición literaria, para subvertirlo, pues el desarrollo de la novela rompe con las expectativas de los lectores, que se ven obligados a revisar sus prejuicios.  Son precisamente esas ideas preconcebidas ("El viejo engaña, tiene intenciones ocultas.", pág. 95) las que  hacen pasar la ficción por realidad y  al  inocente por culpable, porque quien debe averiguar la verdad de los hechos busca únicamente que el relato de los mismos concuerde con sus sospechas, con lo que parece esperable de la relación entre esta "pareja inadmisible, sin sentido" (pág. 136), porque "era más fácil creer que había pasado todo antes que admitir que, posiblemente, no había pasado nada" (pág. 113).

Una vez más, la autora consigue presentar la realidad desde un ángulo nuevo y sorprendente, en este caso con una absorbente y espléndida novela que nos habla, como observa  Carlos Zanón, de "la destrucción de la pureza, de lo irrepetible, de lo raro a manos del catálogo, la ley y lo cotidiano".

                                                                             Josefina López Granada

Como complemento a la lectura, nuestra compañera  Inocencia Torres nos sugiere escuchar el canto de los pájaros en el siguiente enlace: 

También te proponemos oír "Blackbird", la canción de Nina Simone: