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domingo, 5 de noviembre de 2017

"Lope. La Noche. Marta", de José Hierro


Vilhelm Hammershoi, Interior with two candles


Lope[1]. La Noche. Marta[2]           


            He abierto la ventana. Entra sin hacer ruido
            (afuera deja sus constelaciones).
            «Buenas noches, Noche».
            Pasa las páginas de sombra
  5        en las que todo está ya escrito.
            Viene a pedirme cuentas.

            «Salí al rayar el alba —digo—.
            Lamía el sol las paredes leprosas.
            Olía a vino, a miel, a jara»
 10       (Deslumbrada por tanta claridad
            ha entornado los ojos).
            La llevan mis palabras por calles, ascuas, no lo sé:
            oye la plata de las campanadas.
            Ante la puerta de la iglesia
 15       me callo, me detengo —entraría conmigo
            si yo no me callase, si no me detuviera—;
            yo sé bien lo que quiere la Noche;
            lo de todas las noches;
            si no, por qué habría venido.

 20      Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba
            no dije 
Agnus Dei qui tollis peccata mundi[3],
            sino que dije 
Marta Dei (ella es también cordero de Dios
            que quita mis pecados del mundo).
            La Noche no podría comprenderlo,
 25       y qué decirle, y cómo, para que lo entendiese.

            No me pregunta nada la Noche,
            no me pregunta nada. Ella lo sabe todo
            antes que yo lo diga, antes que yo lo sepa.
            Ella ha oído esos versos
 30      que se escupen de boca en boca, versos
            de un malaleche del Andalucía[4]
            —al que otro malaleche de solar montañés
            llamara «capellán del rey de bastos»—
            en los que hace mofa de mí y de Marta,
 35       amor mío, resumen de todos mis amores:

            Dicho me han por una carta
            que es tu cómica persona
            sobre los manteles, mona
            y entre las sábanas, Marta
.

 40      qué sabrá ese tahúr, ese amargado
            lo que es amor.
            La Noche trae entre los pliegues de su toga
            un polvillo de música, como el del ala de la mariposa.
            Una música hilada en la vihuela
 45       del maestro del danzar, nuestro vecino.
            En la cocina la estará escuchando Marta;
            danzará, mientras barre el suelo que no ve,
            manchado de ceniza, de aroma, de trigo candeal,
            de jazmines, de estrellas, de papeles rompidos[5].
 50      Danza y barre Marta.

            Pido a la Noche que se vaya. Hasta mañana. Noche.
            Déjame que descanse. Cuando amanezca regaré el jardín,
            saldré después a decir misa
            —
Deus meus, Deus meus, quare tristis est anima mea[6]
  55      luego volveré a casa, terminaré una epístola en tercetos,
            escribiré unas hojas
            de la comedia que encargaron unos representantes.
            Que las cosas no marchan bien en el teatro,
            y uno no puede dormirse en los laureles.

 60      Hasta mañana, Noche.
            Tengo que dar la cena a Marta,
            asearla, peinarla (ella no vive ya en el mundo nuestro),
            cuidar que no alborote mis papeles,
            que no apuñale las paredes con mis plumas
 65       —mis bien cortadas plumas—,
            tengo que confesarla. «Padre, vivo en pecado»
            (no sabe que el pecado es de los dos),
            y dirá luego: «Lope, quiero morirme»
            (y qué sucedería si yo muriese antes que ella).
 70     
Ego te absolvo[7].

            Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,
            aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos,
            de lugares vividos y soñados: de lo que fue
            y que no fue y que pudo ser mi vida.

 75       Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.


                      De Agenda, 1991




[1] El escritor Lope de Vega.
[2] Marta de Nevares, el último gran amor de Lope.
[3] Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo. Comienzo del 
Canto de la Fracción. En el siglo XVII la misa se celebraba en latín.
[4] Se refiere al poeta  Luis de Góngora, uno de los mayores rivales de Lope. 
Quevedo (“otro malaleche de solar montañés”) lo llamó en uno de sus poemas
 “capellán del rey de bastos” porque fue nombrado capellán real por Felipe III 
y por su enorme afición al juego (el rey de bastos es un naipe de la baraja española).
[5] Referencia a los borradores rotos por Lope, pero también a su Soneto CXC,
  “A unos papeles rompidos”, en el que habla de sus "versos de amor". Por tanto, se refiere
a sus versos rotos y a los fragmentos de su vida rota de la que trata en ellos. Marta barre sus
versos y su vida, las experiencias amorosas pasadas de Lope, por eso dice que Marta es
"resumen de todos mis amores" (Rey Hazas).
[6] Fragmento del Salmo 42 (Vg 41): “ ¿por qué te abates, alma mía…?”, que forma parte
del Introito  de la misa.
[7] Fórmula de la absolución en el sacramento de la penitencia.


José Hierro/ Foto: elcultural.com
José Hierro (Madrid, 1922-2002) fue crítico de arte y poeta español perteneciente a    la llamada Generación de posguerra. En su obra caben tanto el testimonio social como la subjetividad intimista. Su producción poética ha corrido paralela a sus incursiones en el dibujo y la pintura, así como en la crítica de arte, que ejerció en distintos medios desde 1944.

Hijo de madrileño y santanderina, cuando tenía dos años su familia se traslada a Santander por cambio de destino de su padre, empleado de Telégrafos. Allí comenzó los estudios de perito industrial, interrumpidos al comenzar la Guerra Civil en 1936; escribió sus primeros poemas (integrados después en el Romancero General de la Guerra de España) y entró a formar parte de la Unión de Escritores Revolucionarios. Al terminar la contienda, fue detenido y encarcelado en septiembre de 1939, bajo la acusación de pertenecer a una organización de apoyo a los presos políticos (uno de los cuales era su propio padre, Joaquín Hierro, que el 18 de julio de 1936 interceptó el cable con el que el Gobierno Civil pretendía sublevar a la guarnición de Santander, por lo que sufrió prisión desde 1937 hasta 1941). Tras dos procesos, el poeta fue condenado a doce años y un día de reclusión, de los que cumplió casi cinco. En ese tiempo recorrió las prisiones de Santander, Comendadoras (Madrid), Palencia, Santander de nuevo, Porlier (Madrid), Torrijos (Toledo), Segovia y Alcalá de Henares. Estas vivencias marcarán profundamente su vida y su poesía. 

En enero de 1944 sale de la cárcel y vuelve a Santander, pero tras el verano marcha a Valencia donde el poeta José Luis Hidalgo* (a quien había conocido en 1936 y al que lo unirá una gran amistad hasta su prematura muerte en 1947) creía haberle encontrado trabajo. En Valencia residió hasta 1946, con José Luis Hidalgo y Jorge Campos. Allí se incorpora al grupo de la revista Corcel y escribe los poemas de Tierra sin nosotros (1947), eco de la experiencia traumática de la guerra, en el que se plantea la poesía como testimonio del tiempo vivido.  Algunos de estos poemas habían sido publicados en las revistas Garcilaso, Corcel y Proel, en la que participará muy activamente desde 1946. Además comienza a escribir los poemas de Alegría (1947, galardonado con el premio Adonáis), en el que, en un estilo sobrio pero cuidado, reivindica la esperanza, la alegría que se ha ganado al espanto: "Llegué por el dolor a la alegría". Estos dos libros representan para Jesús María Barrajón dos caras, melancólica y vitalista, de su existencialismo contenido.

De 1947 a 1952 vive en Santander, donde desempeñó diferentes trabajos para sobrevivir mientras seguía colaborando en la revista Proel y escribiendo. En 1949 contrajo matrimonio con María Ángeles Torres, con quien tuvo cuatro hijos: Juan Ramón (1949, llamado así por el poeta de Moguer), Margarita (1951), Marián (1953) y Joaquín (1960). En 1950 publica Con las piedras, con el viento, centrado en el sufrimiento amoroso,  y en 1952 Francisco Ribes lo incluye en la Antología consultada de la joven poesía española. Ese mismo año se traslada a Madrid porque comienza a trabajar en Editora Nacional y en el Ateneo. Colabora en revistas de información y en Radio Exterior de España y Radio 3. Más tarde se incorpora a Radio Nacional, donde continuará hasta su jubilación en 1987. En 1953 publica Quinta del 42, en el que el paso del tiempo y la derrota son los temas fundamentales de unos poemas que él llamó "reportajes". A este seguirán Estatuas yacentes (1954), Cuanto sé de mí (1957), reconocido con el Premio de la Crítica y el March, y El libro de las alucinaciones (1964), en el que anticipa una línea poética que habría de imponerse más tarde en la poesía española. Finalmente y tras un largo silencio, ven la luz Agenda (1991) y Cuaderno de Nueva York (1998). Su obra fue reconocida con   galardones tan importantes como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1981), el Nacional de las Letras Españolas (1990), el  Reina Sofía (1995), el Premio Cervantes (1998) y el Nacional de Poesía (1999). Aquejado de insuficiencia respiratoria, falleció en Madrid el 21 de diciembre de 2002, a los ochenta años.

Considerado por muchos como un puente entre la generación del 27 y la poesía actual, el propio autor distingue en su producción poética (cuyos principales valores son su honda raíz humana y su prodigioso sentido del ritmo) una doble orientación, hacia el realismo y hacia el irracionalismo: los reportajes (poemas de carácter narrativo, que parten de un hecho real y emplean un lenguaje sencillo; se diferencian de la prosa "gracias al ritmo oculto y sostenido, que pone emoción en sus palabras fríamente objetivas") y las alucinaciones (donde predomina la subjetividad y los componentes irracionales, en los que todo parece "como envuelto en niebla").

"Lope. La Noche. Marta" es el último poema de la última sección de Agenda, titulada "Nombres propios". En él, como observa Gregorio Torres Nebrera ("Lope. La Noche. Marta". La alucinación de José Hierro), recrea un momento de la vida del escritor Lope de Vega, en torno a 1630 o 1632, poco antes de la muerte de Marta de Nevares y cuando Lope se hallaba ya en la setentena, una edad similar a la de José Hierro cuando compuso el poema. Para Rosa Navarro Durán, esta composición es "el gran poema de amor de la vida de Lope."

Marta de Nevares, madrileña educada en Alcalá de Henares,  era una mujer culta y refinada,  de gran belleza, a quien Lope, en la dedicatoria de su comedia La viuda valenciana, describió con elogiosas palabras: "tenía los ojos verdes, cejas y pestañas negras, y en cantidad, cabellos rizados y copiosos, boca que pone en cuidado los que la miran cuando ríe, manos blancas, gentileza de cuerpo, el don de la poesía, la voz divina, la pureza del hablar cortesano, toda la gracia de la danza".  Había nacido hacia 1591, y en 1604, cuando tenía trece años, fue obligada a contraer matrimonio con  el hombre de negocios Roque Hernández de Ayala ("un fiero Herodes", según Lope), con quien tuvo dos hijos.
   Lope y Marta se conocieron en 1616  durante una fiesta poética celebrada en un jardín madrileño. Ella tendría unos 26 años y el escritor, con 55, era casi un viejo para la época y se había ordenado sacerdote poco antes. Lope estaba más enamorado que nunca, como confiesa en una carta al duque de Sessa, en la primavera de 1617: "Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo". El amor triunfó, como indica Torres Nebreda,  sobre los numerosos obstáculos que debieron vencer: la diferencia de edad, los constantes problemas con el marido de Marta, el escándalo por ser Lope sacerdote y Marta mujer casada,  la enfermedad de esta y los muchos sufrimientos que les deparó la vida. Pronto iniciaron una relación  semiclandestina y después Lope la llevó a vivir a su casa en la madrileña calle Francos (hoy Cervantes, 11), en la que convivieron durante dieciséis años. En 1617 tuvieron una niña, Antonia Clara, inscrita como hija de Roque, y al año siguiente les nació un niño muerto. Ese mismo año, Marta inicia una serie de pleitos con su marido para obtener la anulación del matrimonio, problema que vino a resolver la inesperada muerte de Roque en 1619. Marta (la Amarilis de su epistolario amoroso y la Marcia Leonarda de Novelas a Marcia Leonarda y de la dedicatoria a La viuda valenciana) empezó a perder la vista en 1622 y en 1627 había quedado  ciega. Lope la cuidó durante estos años y siguió haciéndolo después, cuando en 1928 empezó a sufrir ataques de locura, hasta su muerte, acaecida en casa del escritor en la primavera de 1632. Para evitar más habladurías, los funerales fueron sufragados por Alonso Pérez, editor y amigo del poeta. Lope murió tres años después.

El poema es un monólogo en el que Lope conversa con la Noche hablándole de su vida con Marta. Sus sentimientos se mezclan con el sentimiento de culpa, los asuntos de la vida cotidiana, las burlas malintencionadas de sus enemigos Góngora y Quevedo, y  "se tiñen de una tristeza empapada de cariño", añade Torres Nebrera, que escribe:
Hierro evoca a los amantes en los momentos más sosegados, en los años "de senectute" del poeta, cuando es preciso que el escritor sacerdote y anciano eche la vista atrás, contemple el camino recorrido y valore lo que tiene a su lado: una pobre mujer ciega y loca. Es el momento en que Lope se para a reflexionar, tiene la ocasión de arrepentirse, y de pedir perdón a la Noche e incluso a la misma mujer que ha compartido sus últimos años. A los dos, en realidad, los visita esa Noche, que parece más oscura que nunca pues se desase de sus hermosas estrellas, de sus luminarias intensas y bellísimas ("afuera deja sus constelaciones") y se presenta revestida de su carácter de "noche oscura", al modo de como la utiliza el simbolismo místico, sanjuanesco en concreto (y Juan de la Cruz es otro poeta admirado y considerado por el autor de este poema).
Está formado por setenta y cinco versos (alejandrinos, endecasílabos y eneasílabos, preferentemente) y dividido en tres secuencias de veinticinco versos cada una, que se inician con la alusión a la Noche: "Buenas noches, Noche", "No me pregunta nada la Noche", "Hasta mañana, Noche". Todo en el poema gira en torno al número tres, como observa Antonio Rey Hazas ("José Hierro y Lope de Vega: Lope. La noche. Marta"), para quien los tres personajes se corresponden con tres momentos de una sola noche:
En un primer momento [...], en la primera parte [...], Lope aparece solo con La Noche, mientras Marta está únicamente en su memoria aunque ocupe inconscientemente en ella el lugar de Dios. Poco a poco, durante la segunda parte [...], la Noche va perdiendo importancia y Marta empieza a vislumbrarse, a entreverse, sin aparecer aún. Finalmente, en la tercera [...], Marta es ya la referencia fundamental, la presencia clave del poema, al tiempo que La Noche desaparece definitivamente.
Añade Rey Hazas que el título indica con precisión la importancia de cada personaje: la presencia de Lope lo domina todo, mientras que Marta, siendo la motivación del poema, solo aparece al final, pues está ciega y loca, por lo que Lope empieza a estar verdaderamente solo, "empieza a caminar consigo y con sus 'pensamientos', con su Noche, hacia sus 'soledades' ". Así,  el poema "va cobrando una mayor fuerza dramática conforme se acerca al final", como ha observado Jesús María Barrajón, para quien el momento de la confesión, con las dos confidencias de Marta "sugieren implícitamente uno de los contrastes centrales del poema: sacerdote/amante".

 La Noche, según Torres Nebreda, "sugiere tanto la conciencia del yo lírico como la muda y elocuente presencia del otro, y finalmente la sombra de la noche será una manera de personalizar también la ausencia de luz  y de pensamiento (la ceguera y la locura) de la mujer".

Yolanda Soler Onís (José Hierro: "La biografía de un pájaro se resume en su canto" Una poética confirmada) señala, por su parte,  la presencia en el poema de muchas de las características de la poesía de José Hierro:
Recursos tales como las distintas voces; el uso del paréntesis, del encabalgamiento, de la enumeración; la utilización de fórmulas, citas, coplas. Incluso el mar [...] es atraído hasta el escenario castellano en el que se sitúa el poema. También se dan cita en este texto las preocupaciones más recurrentes del poeta, por un lado la noche y el mundo de los sueños perdidos y, por otro, presidiéndolo todo, el amor.




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