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domingo, 15 de junio de 2014

"Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima", de Juan Ramón Jiménez



CARTA
A GEORGINA HÜBNER
EN EL CIELO DE LIMA

                      … Pero a qué le hablo a usted de mis pobres
               cosas melancólicas; a usted, a quien todo sonríe?
                    … con un libro en la mano, ¡cuánto he pen-
 sado en usted, amigo mío!
                  … Su carta me dio pena y alegría;¿ por qué
             tan pequeñita y tan ceremoniosita?

                        Cartas de Georgina al poeta.—Verano de 1904.


El cónsul del Perú me lo dice: “Georgina
Hübner ha muerto”…
                                       ¡Has muerto! ¿Por qué?
                                                     [¿cómo? ¿qué día?
¿Cual oro, al despedirse de mi vida, un ocaso,
iba a rosar la maravilla de tus manos
cruzadas dulcemente sobre el parado pecho,
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?
…Ya tu espalda ha sentido el ataúd blanco,
tus muslos están ya para siempre cerrados,
en el tierno verdor de tu reciente fosa,
el sol poniente inflamará los chuparrosas…
¡ya está más fría y más solitaria La Punta
que cuando tú la viste, huyendo de la tumba,
aquella tarde en que tu ilusión me dijo:
“¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!”…

   ¿Y yo, Georgina, en ti? Yo no sé cómo eras…
¿Morena? ¿Casta? ¿Triste? ¡Sólo sé que mi pena
parece una mujer, cual tú, que está sentada,
llorando, sollozando, al lado de mi alma!
¡Sé que mi pena tiene aquella letra suave
que venía, en un vuelo, a través de los mares,
para llamarme “amigo”… o algo más…no sé…
algo que sentía tu corazón de veinte años!

—Me escribiste: “Mi primo me trajo ayer su libro”…

—¿Te acuerdas? —Y yo, pálido: “Pero… ¿usted
                                                          [tiene un primo?”

   Quise entrar en tu vida y ofrecerte mi mano
noble cual una llama, Georgina… ¡En cuantos barcos
salían, fue mi loco corazón en tu busca…
yo creía encontrarte, pensativa, en La Punta,
con un libro en la mano, como tú me decías,
soñando, entre las flores, encantarme la vida!…

   Ahora, el barco en que iré, una tarde, a buscarte,
no saldrá de este puerto, ni surcará los mares,
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba,
buscando, como un ángel, una celeste isla…
¡Oh, Georgina, Georgina! ¡Qué cosas!… mis libros
los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído
a Dios algunos versos… tú hollarás el poniente
en que mis pensamientos dramáticos se mueren…
desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada,
que, salvado el amor, lo demás son palabras…

   ¡El amor! ¡El amor! ¿Tú sentiste en tus noches
el encanto lejano de mis ardientes voces,
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa,
sollozando hacia el sur, te llamaba: Georgina?
Una onda, quizás, del aire que llevaba
el perfume inefable de mis vagas nostalgias
¿pasó junto a tu oído? ¿Tú supiste de mí
los sueños de la estancia, los besos del jardín?

   ¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos… ¿para qué? ¡Para mirar los días
de fúnebre color, sin cielo en los remansos…
para tener la frente caída entre las manos,
para llorar, para anhelar lo que está lejos,
para no pasar nunca el umbral del ensueño,
ah, Georgina, Georgina! ¡Para que tú te mueras
una tarde, una noche… y sin que yo lo sepa!

   El cónsul del Perú me lo dice: “Georgina
Hübner ha muerto”…
                                       Has muerto. Estás, sin alma,
                                                                         [en Lima,
abriendo rosas blancas debajo de la tierra…

   Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,
¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,
hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?

                               Juan Ramón Jiménez, de Laberinto (1910-1911) 

Laberinto está dividido en seis secciones, cada una dedicada a una mujer distinta. El poema elegido es el sexto de  "Tesoro", sección dedicada a Graciella, hermana de una mujer puertorriqueña  a la que conoció el poeta cuando estudiaba en la universidad de Sevilla. "Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima" es  el poema más conocido, debido quizá al motivo que lo originó, pues  en su génesis se borran los límites entre la realidad y la ficción. 

En 1903 Juan Ramón había publicado Arias tristes, que, acogido con entusiasmo por la crítica, divulgó la fama del poeta por todo el mundo de habla española. Los poemas de este libro fueron apareciendo en Blanco y Negro, donde los leyeron los jóvenes peruanos Carlos Rodríguez Hübner  y José Gálvez. Deseosos, según explicaron más tarde, de hacerse con un ejemplar  del poemario, se sirvieron de una joven imaginaria que en cartas dirigidas al autor le revela la profunda impresión que le habían causado sus versos y termina pidiéndole un ejemplar del mismo. Georgina era el nombre atribuido a la joven y también el de una prima de Carlos  Rodríguez Hübner, que colaboró en el engaño, según Howard T. Young, si bien no está claro si la autora de las cartas fue la propia Georgina u otra persona (probablemente, el poeta Gálvez, capaz de encontrar el tono adecuado  para  mantener el interés de Juan Ramón). 

El poeta de Moguer, que se enamoraba con facilidad, cayó en la trampa y pronto mostró su deseo de viajar a Lima para conocer a su admiradora. La alarma causada por el anunciado viaje, llevó a Georgina a pedir a los jóvenes que pusieran fin al engaño. Estos, después de tres cartas en las que se informaba de que Georgina, enferma de tisis, se había refugiado en un lugar de veraneo llamado La Punta, y un silencio de varios meses, decidieron poner fin a la existencia de Georgina. Efectivamente, cuando el cónsul de Perú en Sevilla decidió hacer averiguaciones, a petición de Juan Ramón, recibió un telegrama notificándole la muerte de Georgina. La noticia causó profunda impresión en el poeta y le inspiró este poema. Tres frases de la última carta son, precisamente, las que sirven de epígrafe al poema.

Cuando más tarde Juan Ramón descubrió el engaño, decidió olvidarse del asunto. Posteriormente, ya en el exilio y con la perspectiva que da el tiempo, escribió en La Prensa: "En suma, yo tuve una gran ilusión y escribí un poema que se hizo famoso y que Neruda aprovechó bastante en sus versos de aquella época y en otros de después. Nada me pesa el engaño, ya lo saben Georgina Hübner, los que participaron en la farsa y la exquisita escritora de las epístolas, que tengo a su disposición." Y en Vida (2014), su autobiografía, reconoce: "Sea como sea yo he amado a Georgina Hübner, ella llenó una época de vacío y para mí ha existido tanto como si hubiera existido. Gracias, pues, a quien la inventara".

El escritor santanderino Juan Gómez Bárcena parte de este episodio de la vida de Juan Ramón Jiménez para crear un fresco de la sociedad limeña de principios del siglo xx en su novela El cielo de Lima, cuyo   comienzo reproducimos a continuación:
Al principio es sólo una carta ensayada muchas veces, queridísimo amigo, estimado poeta, muy señor mío; un comienzo diferente para cada pliego que acaba rasgado bajo el escritorio, lustre de las letras españolas, distinguido Ramón Jiménez, admirado maestro, compañero. Al día siguiente la sirvienta mulata barrerá las pelotas de papel esparcidas por el suelo y las confundirá con poemas del señorito Carlos Rodríguez. Pero esta noche el señorito no escribe poemas. Fuma un cigarro tras otro con su amigo José Gálvez y juntos sopesan las palabras precisas con que dirigirse al Maestro. Antes han buscado su último título por las librerías de toda Lima y sólo han encontrado una edición resobada de Almas de violeta, que ya han leído muchas veces y cuyos versos son capaces de recitar de memoria. Y ahora garabatean tantas palabras que un instante después sonarán ridículas, noble amigo, insigne pluma, nuestro más audaz renovador de las letras, acaso usted, en su infinita bondad, no tendría un gesto para con nosotros sus amigos del otro lado del Atlántico, sus fervorosos lectores del Perú —pues ha de saber, don Juan Ramón, que acá seguimos sus versos con una admiración de la que acaso no tenga noticia—; no sería muy inoportuno por nuestra parte rogarle nos hiciera llegar un ejemplar de su último libro, de esas arias tristes suyas imposibles de hallar en Lima; no sería, ah, un abuso esperar esa pequeña atención de usted sin remitirle las tres pesetas de su precio.
   Cuando se cansan beben pisco. Abren las ventanas para asomarse a las calles desiertas. Es una noche sin luna, corre el año 1904; apenas son unos niños de veinte años, con la juventud suficiente para sobrevivir dos guerras mundiales y celebrar el trofeo de Perú en la Copa de América, casi treinta y cinco años más tarde. Pero por supuesto ahora no saben nada de eso. Sólo rasgan un papel tras otro, en busca de unas palabras que saben imposibles. Porque con la última carta arrojada al suelo comprenden por fin  que no conseguirán su ejemplar firmado de Arias tristes por mucho que lo llamen admirado prócer de las letras y honra de España y las Américas; ni una sola línea a vuelta de correo si le confiesan que son sólo dos señoritos jugando a ser pobres en una buhardilla de Lima. Hay que adornar la realidad, porque al fin y al cabo eso es lo que hacen los poetas, y ellos lo son, o al menos sueñan con serlo a lo largo de muchas noches en vela como ésta. Eso es exactamente lo que están a punto de hacer ahora, el poema más difícil, uno que no tenga versos pero sepa conmover el corazón de un verdadero artista.
   La primera vez parece una broma pero luego resulta que no es una broma, uno de los dos dice casi sin pensarlo: sería más fácil si fuéramos una mujer bonita, verías cómo entonces a don Juan Ramón se le iba el alma en contestarnos, esa alma suya de violeta, y entonces se interrumpe de pronto, los dos jóvenes se miran un momento y casi sin quererlo la travesura ya está urdida, ríen, se felicitan por la ocurrencia, intercambian palmadas y vasos de pisco, y a la mañana siguiente se reúnen en la buhardilla con un pliego de papel perfumado, que Carlos se ha acordado de robar del escritorio de su hermana. Es también el propio Carlos quien escribe; tantas veces se burlaron en el liceo de su caligrafía de mujer, de letras redondas y suaves como una caricia, y por fin ha llegado la hora de sacarle algún partido. Cuando usted quiera, señor Gálvez, dice conteniendo la risa, y juntos comienzan a recitar esas palabras largamente maduradas para las que sólo necesitan papel verjurado y un escribiente con letra de mujer; ese poema sin versos que no recogerá ningún libro pero que está a punto de hacer lo que sólo sabe la mejor poesía: nombrar lo que nunca  antes ha existido y darle vida.
   De esas palabras nacerá Georgina, tímidamente al principio, porque así es como escogen que sea, una jovencita miraflorina que suspira con los versos de Juan Ramón y cuya candidez les hace reír en las pausas. Una muchacha que de tan ingenua sólo puede ser bonita. Es ella la que pide un ejemplar de Arias tristes; ella la que está tan avergonzada por su atrevimiento; ella la que ruega al poeta que la disculpe y la comprenda. Falta la firma y con ella un apellido sonoro y poético, que acuerdan tras un largo debate en el que agotan las bebidas y las pastas: Georgina Hübner. 
                                 (Juan Gómez Bárcena, El cielo de Lima, Salto de página, 2014, pp. 11-13)
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