EL BLOG DE LA BIBLIOTECA DEL I.E.S. "GOYA" DE ZARAGOZA


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viernes, 28 de febrero de 2014

Libros que dejan huella

Dice la escritora Rosa Montero que "todos tenemos un libro que nos espera, de la misma manera que a todos nos aguarda  un amor en algún sitio" y que aquellos que no disfrutan con la lectura  es porque "no han encontrado aún esa obra que les atraparía y les dejaría temblorosos y exhaustos, como siempre dejan las grandes pasiones." Casi todos los lectores pueden hablar de un libro que les hizo amar para siempre la literatura, y en el caso de los escritores, de un libro que despertó su vocación o representó un cambio de rumbo en su escritura. Hace unos meses, el diario Heraldo de Aragón preguntó a algunos escritores aragoneses sobre ese libro decisivo en sus vidas, y nosotros hemos seleccionado algunas de las respuestas, desechando -por consejo de otro escritor- aquellas en que el libro elegido es el de un amigo o persona próxima al escritor. Estas son algunas de las respuestas:

Ramón ACÍN
20000 leguas de viaje submarino
Un niño de apenas siete años. La inocencia en un valle aherrojado entre montañas. Un viaje a la ciudad de Jaca. La calle Mayor. Un escaparate (hoy Librería La Unión). La atracción ante la belleza de una portada (peces coloreados por un acuoso azul y una extraña máquina). Un libro: '20000 leguas de viaje submarino' (Julio Verne). Un padre observador, complaciente y, por supuesto, lector. El hallazgo de otros mundos posibles. Descubrimiento de la aventura. Disfrute pleno de la imaginación con la jubilosa algarabía de las palabras (encanto de la lectura, placer de la escritura), quicio y forja de un lector, escritor y profesor de literatura.


Ana ALCOLEA
Hiperión 
En la universidad nadie nos explicó mejor el Romanticismo que el profesor Leonardo Romero Tobar. No solo nos hablaba de Larra, Bécquer y Zorrilla, sino que gracias a él paseamos por el Romanticismo inglés y por el alemán. Hablaba de Shelley, de Worsworth, de Novalis y de Hölderlin. Compré 'Hiperión' de Hölderlin por primera vez en 1987, cuando vivía en Teruel. Pasamos tardes comentándolo en una tertulia literaria que organizamos en la Residencia de Estudiantes  de la ciudad. Desde entonces lo he regalado muchas veces. Mi ejemplar está muy subrayado, muy vivido. Muy vivo. Es de papel, claro.


Carlos CASTÁN
Rayuela
Yo diría que son cientos los libros de mi vida, pero para que un libro marque verdaderamente tiene que llegar muy temprano, como una revelación, como un universo entero que no sabíamos que estaba allí ni que pudiera ser posible. Si tengo que citar el título que llegó y lo cambió todo no puede ser otro que 'Rayuela', de Cortázar. Aun así, el libro que más veces he regalado es 'Helena o el mar del verano', de Ayesta, pequeña joya que me sobresaltó al hacerme pensar en algo tan mágico y cortazariano como es la posibilidad de poder haber sido influido por esa prosa retrospectivamente, antes de haberla leído.


José Luis CORRAL
Poema del Cid
No recuerdo el día con exactitud, pero fue en diciembre de 1970 -yo tenía 13 años-, cuando leí, era obligado en el colegio, 'El Poema del Cid'. La vida y leyenda de aquel héroe extraordinario, incomprendido y tratado con injusticia me impactó sobremanera. Aprendí de memoria muchos versos de aquel cantar de gesta, algunos sobrecogedores ("De sus ojos, tan fuertemente llorando"), y años después sentí la necesidad de volver sobre El Cid. Aquella epopeya me cautivó de tal modo que escribí una novela y una docena de artículos sobre Rodrigo Díaz de Vivar, un hombre real cuya leyenda venció a su historia. Literatura plena.


Javier DELGADO
Alma Venus
En 1970 me hice fan de Pere Gimferrer y confieso que solo a este poeta  me fue imposible traer a Zaragoza para la revista 'Poesía en el Campus'. Sus últimos libros: 'Apariciones', 'El vendaval', 'La llum', 'Mascarada', 'L'agent provocador', me entusiasman. 'Alma Venus', en el que se lee nada más comenzar "no es la vida un poema paisajístico / es la cobra de fuego de la muerte" es a la poesía lo que fueron los últimos quintetos de Beethoven y los últimos cuartetos de Schubert. Si no le dan el Nobel no es culpa suya. ¡Larga vida a Pere Gimferrer!



Cristina GRANDE
                                 El libro del desasosiego
Siempre me han gustado los diarios. Leyendo el 'Manual de uso del lector de diarios' de mi amigo José Luis Melero, he recordado lo que me impactó la lectura de 'El libro del desasosiego'. Yo empezaba entonces, a mediados de los años 80, a escribir pequeños relatos, frases sueltas, impresiones, y algunos poemas. Tenía la edición de Seix Barral en cuya portada Fernando Pessoa aparece retratado  por el gran artista Almada Negreiros, un ejemplar que, por cierto, no encuentro en mi desordenada biblioteca. Con el 'Libro del desasosiego' me di cuenta de que mi vida, tan parecida a otras vidas, iba a ser mi material literario.




Eva HINOJOSA

La historia interminable
Bastian y yo teníamos once años cuando comenzamos a leer la mayor historia jamás contada. Ha habido muchos otros libros antes y después, pero aquella aventura en el reino de Fantasía además de interminable es inolvidable. Escapar entre libros era lo mejor del día. Leía incluso bajo las mantas con una pequeña linterna. Salvar Fantasía de la nada se convirtió también en mi objetivo. Si Atreyu conseguía salvar a la Emperatriz infantil todo sería mejor, en Fantasía y en mi pequeño mundo real. Bastian y yo lo conseguimos, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.


Ángela LABORDETA
La casa en Mango Street
Un libro lo es por muchas cosas: porque te enseña una nueva forma de ver la vida, porque te retrotrae a un momento, a un instante que sin ese libro no tendría esa luz. Hay libros que te devuelven a personas, y en mi caso 'Una casa en mango Street' lo es porque me lo regaló Félix Romeo cuando yo debía tener 26 o 27 años. Félix siempre me regalaba libros, libros escritos por mujeres, libros desnudos de palabras pomposas, libros repletos de vida, libros colosales en su brevedad y brutales en su construcción. Félix sabía la literatura que yo sentía. Aquel día abracé ese libro; hoy me abrazo a su recuerdo.


Magdalena LASALA

Los clásicos
De aquella estantería que cubría la pared, mi padre me prohibió cuatro libros, puestos en lo más alto porque iban estuchados en piel: 'Las mil y una noches', 'Don Quijote', 'La Divina Comedia' y 'Sonetos y Tragedias ' de Shakespeare. Yo tenía 13 años y huía del mundo en aquella habitación, leyendo a solas, desde los siete. No obedecí. Los devoré uno tras otro antes de los 15, descubriendo con ellos las sensaciones que han guiado las búsquedas de mi vida: lo secreto, la belleza, el placer, las otras realidades, la pasión cotidiana y el pecado sin culpa. Mi padre murió sin desvelarme por qué me dijo que no los leyera.


Miguel MENA
Martín Romaña
Tenía veintiún años cuando leí 'La vida exagerada de Martín Romaña', de Alfredo Bryce Echenique. Debió de ser su mezcla de humor y melancolía lo que me impactó tanto, lo cierto es que ese libro me marcó durante un tiempo y llegué a adoptar como frases recurrentes algunas de sus expresiones más repetidas, que aún hoy no he olvidado. Aguardé expectante una segunda parte, que llegó años después, 'El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz', y por supuesto me decepcionó. También me entristecieron algunos episodios vitales del autor, pero mantengo intacta la emoción de aquellos días con Martín Romaña.


José Javier RUEDA

Ficciones
Con Jorge Luis Borges comencé a amamantarme de letras. Fui, pues, lector tardío. En una España yerta y yerma, desperté al mundo a través del argentino y la singularidad de sus ficciones. Hubo muchos más, desde Delibes a Juan Marsé pasando por Camus, Machado, Vargas Llosa, Hesse, García Márquez, Böll, Sartre... Pero la huella borgiana en mi memoria quedó imborrable. En las acampadas por el Pirineo, les leía a mis amigos 'El jardín de los senderos que se bifurcan' y otros relatos. Siempre me sorprendió que, en vez de rechazarlas por su erudición apabullante, cada noche me exigieran un cuento antes de dormir.

Fernando SANMARTÍN

Los miserables
De adolescente hay quienes le dan al botellón, al sexo, a las meriendas de avestruz o a vestirse de vampiro. Yo lo recuerdo bien, me di a la lectura de novelas grandes. Y la mejor fue una obra de Victor Hugo, 'Los miserables', donde el fugitivo Jean Valjean escapa de un policía terrible. Leí aquel libro en verano, junto a una piscina, y sus páginas fueron mi protección solar y la arquitectura del alma. La buena literatura nos sorprende más que un disparo de caza, más que los efectos de tres copas de coñac. Lo aprendí con Victor Hugo. Y lo anoté.


Félix TEIRA
La Regenta
Un cierzo áspero, con rachas de lluvia, golpea los ventanales del Goya. El profesor comenta con displicencia: "Disponen de un fin de semana propicio  para encerrarse en casa con un coñac aromático, buen tabaco y leer 'La Regenta'; pero ustedes no lo harán". Lo hice y me aficioné a los tres. A los dieciséis me fascinó la novela. ¿Cómo podía una catedral de palabras reproducir el mundo con esa fuerza? Después leí '1984', que sembró de dudas la toma de conciencia política. Cuando, estudiando Historia, comprobé que el mejor tratado sobre el siglo XVI era 'El Lazarillo' tomé la decisión: la literatura era un sendero para adentrarse en la vida.


             (Publicado en Heraldo de Aragón, suplemento Artes&Letras, nº 421, 23 de abril de 2013)

2 comentarios:

  1. No se pueden perder libros como estos: "Historia de un amor maravilloso" de Carl-Johan Vallgren; pese al título nada que ver con novela rosa. "Las uvas de la ira" de John Steinbeck, "El muchacho persa" de Mary Renault. También les recomiendo a autores como Yasmina Kadra o Alice Munro.

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    1. Gracias por sus recomendaciones. Como puede ver, de alguno de ellos tratamos en otras entradas del blog.

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