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miércoles, 12 de febrero de 2014

Carlos García Gual: de las islas en la literatura



 EL LEGENDARIO PRESTIGIO DE LAS ISLAS

CARLOS GARCÍA GUAL


Ofertando sucedáneos del paraíso, es­cenarios de maravilla y discreto exo­tismo, ámbitos de raras aventuras o albergues selectos de plácida som­nolencia, las islas suelen rodearse de un prestigio especial, que ilumina bien una larga tradición literaria. Pero es tan diversa su condición y tan plurales sus imágenes, que resulta difícil trazar un catá­logo de sus tipos y sus reflejos.
    La más renombrada de las islas grie­gas, Ítaca, debe su claro prestigio a la anti­gua épica. Es la isla de Ulises, el héroe de la Odisea. Entre las mu­chas islas helénicas no bri­lla por su imponente paisa­je ni por su grandeza, sino tan sólo por su valor como símbolo. Es una isla peque­ña, muy recortada, pedregosa y agreste. Un territorio para corderos y cabras, pero no para caballos. (Telémaco debe rechazar los que le ofrece Menelao, el rey de Espar­ta, pues en Ítaca no hay prados ni prade­ras para galopar). Aunque angosta y po­bre, su atractivo refulge desde el gran poe­ma homérico. No necesita más prodigios. Es la meta del retorno final, la patria anhe­lada del viajero errabundo, el faro secreto de sus nostalgias, el hogar fiel que aguarda sus relatos. El poema de Cavafis Ítaca dice que sólo después de un largo viaje se sabe qué y cuánto significan las Ítacas. ¡Dichoso aquel que guarda su Ítaca en el cora­zón, aunque su patria pequeña y pobre no llegue a isla y tenga acaso otro nombre!
   En los mares de Grecia abundan las islas, ya sean reales o de invención litera­ria. En la misma Odisea hallamos la isla mistérica de la hechicera Circe, la escondi­da ínsula de la seductora Calipso, la caver­nosa del cíclope Polifemo y la hospitalaria y festiva Feacia. Algunas se han identifica­do más tarde con islas mediterráneas: la Trinacria de Polifemo pudiera ser Sicilia, y Feacia tal vez Corfú, por ejemplo. Pero poco importa si pertenecen a la geografía real o a la fantástica. En todo caso, ahí están, alegre refugio de náufragos.
Del todo fabulosa es la mítica Atlánti­da, descrita por Platón en el Critias, y convertida en un paradigma de la gran ínsula utópica. La Utopía, de Tomás Mo­ro, es una Nueva Atlántida refrescada por brisas de América, reinventada a la sombra del renacimiento casi veinte si­glos más tarde. La isla feliz de los atlan­tes es también un símbolo: el de una civilización orgullosa de sus progresos que destruyó una fatal catástrofe natu­ral. (Alguna isla del Egeo, como Tera o Santorini, sufrió un cataclismo parecido, y se quedó sumergida a medias por el azul Egeo. Como eco de ese cataclismo pudo surgir quizá el mito de la gran civili­zación tragada por las aguas).
Del todo real es, en cambio, la idílica isla de Lesbos que una de las primeras novelas escogió como marco geográfico ideal del hermoso relato pastoril de Dafnis y Cloe. ¡Espléndido prestigio el de esta sinuosa isla! Contaba un mito que en ella estaba enterrada la cabeza cantora de Or­feo, después de su maravillosa navegación fluvial y marina, y la historia atestigua que allí compusieron sus poemas líricos la
inigualable Safo y el apasionado Alceo. Una isla de modestas dimensiones parece, desde entonces, el lugar perfec­to para los amores bucólicos. La isla hermosa y cálida alberga a los ingenuos amantes lejos de la sociedad adulta, rutinaria y burguesa. (Valga para muestra otra novela famosa, la de Pablo y Virginia, de Bernardino de Saint-Pierre, de esquema romántico y final triste, que evoca otra isla muy distinta, de paisaje tropical y horizontes africanos. De nuevo aquí el decorado isleño resulta esencial al idilio erótico. No menos que en alguna película taquillera de nuestros días, donde la isla oceánica acoge a una bella pareja de náufragos adolescentes como refugio pinti­parado para sus retozos amorosos).
También encontramos en la literatura he­lenística otro tópico: el de la isla paradisíaca perdida en los Mares del Sur. A ella arriba el viajero, como náufrago, harto de los vi­cios del mundo civilizado, y allí descubre con inmenso deleite una población salvaje y feliz, integrada en un paisaje de sorprenden­te belleza y con una sociedad bienaventura­da. Sin guerras, sin dinero, sin temores ni ambiciones, allí florece una rara felicidad edénica. Tal era la isla Pancaya o Panquea que visitó, internándose desde Arabia en el océano Indico, el viajero Yambulo. (La des­cribía en una autobiografía novelesca que se nos ha perdido). Allí vivió maravillado y feliz unos años, y luego acabó siendo expul­sado del paraíso isleño. (Un paraíso terre­nal modelado según las pautas de las utopías cínicas). No sabe­mos muy bien por qué motivo, pero nos sabíamos ese final: un ser civilizado está harto conta­minado y pervertido para poder aclimatarse bien en el Edén isle­ño. (Panquea, paraíso perdido, es un preludio de Tahití). Tal es la moraleja. Yambulo, expulsa­do y obligado a volverse, a su pesar, es un ejemplo opuesto al de Ulises.
Los griegos fabularon otras is­las más etéreas. Luciano visitó en raudo vuelo las de los bienaventu­rados, y la Isla del Corcho, la del Queso, la de los Sueños, y la de las Lámparas, al volver de su ex­cursión a la Luna (según cuenta en sus Relatos verídicos). Esas is­las tan fabulosas parodian las de otros textos, casi todos perdidos, y preludian las invenciones de fu­turas ínsulas novelescas.

No sólo los jóvenes amantes disfrutan bien en el aislamiento. Por razones distintas, también los piratas se refugian muy a gusto en las islas, muy razonablemente, ya sea  el Caribe o en el Pacífi­co. Allí instalan sus guaridas, re­calan a sus anchas, proclaman su desaforada libertad ebrios de sol y de ron. Y en los islotes más escondidos entierran furtivos sus sanguinolentos tesoros. (Y no ol­vidan nunca dibujar un plano oportuno para buscarlos más tar­de). La isla del tesoro, de Steven­son, combina con magistral ele­gancia esos tópicos que repiten muchos relatos de pira­tas y bucaneros. (En otro estilo surrealista la isla de los piratas resur­girá en el país mágico de Peter Pan para deleite de lectores infantiles).

En Las afortunadas, Herman Melville rememora cómo en unas is­las tan remotas y adus­tas como las Galápagos, pobladas sobre todo de tortugas, iguanas, pelíca­nos y albatros, se cruza­ban los barcos de pira­tas y los despojos de los náufragos. En el Pacífi­co se sitúan los mejores relatos de náufragos, co­menzando por el prota­gonizado por Robinsón Crusoe (según la famo­sa novela de Daniel De­foe, quien también escri­bió una ilustrada Histo­ria de los más famosos piratas). Larga ha sido la descendencia de ese relato, y muchos los Robinsones que lo han emulado, en recreacio­nes optimistas como las varias de Julio Verne, o en alguna robinsonada colectiva de signo contrario, tan amarga y truculenta como El señor de las moscas, de William Golding.
En todo caso, Robinsón es un confiado mito de la modernidad. La isla solitaria permite al náufrago ingenioso, tenaz y muy hábil en el manejo de las técnicas manua­les, haciendo uso oportuno de las herra­mientas salvadas del naufragio, reinstalar-se a su gusto, construirse una casa y culti­var un huerto, y dominar la naturaleza, es decir, reinventar un entorno civilizado. Le­jos de la sociedad agobiante, lejos de los jueces, los curas y los acreedores, en ese nuevo mundo, el sagaz náufrago, que hasta tiene unos pocos libros y un par de escope­tas, podría ser feliz. Luego aparece Viernes, un buen esclavo doméstico, para colmar las ansias de compañía y coloquio, y parece que no hay más que pedir. O casi, porque conviene volver a la civilización para con­tar la historia.
Pero para equilibrar el número de las is­las deshabitadas, la literatura de naufragios fantásticos no cesa de inventar otras más, pobladas de seres raros e inquietantes. Como ­son las que visita Gulliver en viajes diversos: ­islas dislocadas o volantes, tales como Liliput, Laputa, etcétera. El ácido humor de Jonathan Swift impulsa a su protagonista a toparse con sus habitantes, de diversos tamaños, enormes o diminutos, o en forma de caballos, y sus pintorescas sociedades, muy extrañas en apariencia, pero que reflejan en sus crueles extravagancias nuestros propios hábitos. El humor se alía aquí bien a la sátira. Podemos imaginar una reunión en la taberna del taimado John Silver con Robin­són Crusoe y Gulliver, bien abastecidos de ron y cerveza, comentando sus viajes. Coinci­dirían, desde luego, en un punto básico: las islas no sólo son estupendas, sino necesarias. (Véase qué asombroso tropel de islas fabulosas se recoge y describe en el libro de A. Manguel y G. Guadalupi, Guía de lugares imginarios, Alianza, Madrid, 1992).
Desde que tienen todas  su aeropuerto y las inunda el turismo, las islas ya no son lo que fueron. Porque a una isla se debe llegar ­por mar, contemplando de lejos su silue­ta, reconociendo a medida que se acerca sus calas, sus muelles y sus edificios, apreciando sus singulares perspectivas hasta que el barco queda amarrado y fijo. Quien ama las islas sabe que cada una es un mundo, un universo propio y singular, con gentes peculiares y ritos y caracteres propios, un mundo insular centrado sobre mismo y donde todo lo exterior se moldea  según sus modos en una escala más o menos reducida.

En nuestro Mediterráneo hay islas de muy variado tamaño y de muy diversa tradición y con una larga historia a sus espaldas. Al­gunas, como Creta o Sicilia. son grandes y con un vasto pasado de historias y leyendas de muchos siglos. Las islas mayores han da­do origen a una literatura autóc­tona espléndida y han sido centro de numerosos relatos. Por ejem­plo, la milenaria Creta, la isla del Laberinto minoico y del Minotau­ro, una isla montaraz en la que se decía que estuvo la tumba del mis­mo Zeus, y cuya patética historia moderna hasta su tardía indepen­dencia y su aguerrido talante están bien reflejados en las novelas del prolífico Niko Katsantsakis. O la volcánica y pródiga Sicilia, de tantas ilustres ciudades de origen griego y tantos escritores, con su atmósfera peculiar tan bien evocada por Lampedusa, Verga, Sciascia, Consoló y Camillieri.


    Mallorca, por apuntar otro ejemplo, es tierra de mediano tamaño, curiosa ­y apaciguada histo­ria, y  discretas figuras literarias. Fue, en la Edad  Media,  un reino breve y la cuna del gran sabio y muy fogoso Ramón Llull. Ha pro­ducido luego unos cuantos poetas y algunos novelistas, como los her­manos Miguel  y Lorenzo Villalon­ga (La  novela Bearn del segundo se considera el paralelo mallorquín de­ El gatopardo del siciliano Lampedusa).  Paradójicamente,  sin embargo, es  Un  invierno en Mallorca  de la romántica George Sand el texto más famoso sobre la isla. ­Un texto usado a me­nudo incluso en la propaganda turística, a pesar  de que mezcla sus elogios del paisaje con los más duros reproches a sus gentes, intoleran­tes, avariciosos y ruines. Menos difundido aho­ra, el libro de Santiago Rusiñol La isla de la cal­ma ofrece el elogio más amable y estilizado con su mejor humor de las bellezas de la isla y del carácter de sus morado­res, displicentes, plácidos, lentos y discretos. A unos ochenta años de distancia, La isla de la calma es una elegía    en prosa de la Mallor­ca desvanecida. Es   muy dudoso que quede algo, si dejamos a un lado las bellezas naturales, de ese talante isleño retratado con tanto humor por el pintor catalán. El desarrollo turístico acelerado parece haber cambiado hasta el modo de ser de las gentes. Las islas, como decía antes, ya no son lo que eran.

     Lawrence Durell, que tanto escribió de las islas griegas, se confesaba “islómano”,  en uno de sus libros. Es decir, “amante  furibundo de las islas”. Así como hay  amantes de las cumbres y de los ríos, hay “amantes de las islas”, nesófilos irredentos,  a pesar del turismo. A ese secreto club per­tenecemos unos cuantos más.

                                                  Publicado en Babelia. El País, 19 de agosto de 2000
La negrita es nuestra.
Sin las imágenes en el original.




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