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domingo, 7 de julio de 2013

"Acerca del jilguero", de Eloy Sánchez Rosillo


ACERCA DEL JILGUERO

Para empezar el día, anoto aquí
que de todos los pájaros que yo he visto y oído
el más mío de todos es sin duda el jilguero.
Cuando digo su nombre mi infancia entera
   vuelve,
y desando el camino y de nuevo retorno
a aquella casa blanca cuyos muros se alzaban
en medio de los campos, en el centro 
del corazón del mundo y del verano.
Y me veo a mí mismo en la mañana de oro
-igual que en el comienzo prometedor de un
   mito-
por vez primera oyendo un canto que venía
de dónde, de qué ser maravilloso y puro.
Escucha, escucha, niño, y acércate despacio
al lugar del que brota sin cesar
esa música hermosa. No hagas ningún ruido.
Y poco a poco llegas con tus pequeños pasos
hasta el pie de un almendro. Pero miras
hacia arriba y no ves más que hojas verdes

y cielo azul. Insiste. No te muevas, y observa
con atención. Insiste. Sí, ya veo, parece 
que algo se está moviendo en esa rama.
Por fin, por fin lo ves: es un jilguero.
Lo ves hoy y lo has visto para siempre.
Quién podría olvidarlo. Lo viste, sí. Y yo ahora 
lo sigo viendo aún con nitidez
y apunto emocionado en mi cuaderno
ese cuerpo menudo que al cantar se estremece,
e intento dibujar también la gracia
de su rojo antifaz y la delicadeza
de su ropaje pardo que se adorna
con pinceladas blancas, amarillas y negras. 
Canta, canta  el jilguero en la mañana
remota del origen. Y después alza el vuelo
y se va por el aire. Mas desde entonces vibra
en tu oído, en mi oído y en la verdad más
   honda
su canto de aquel día, su milagroso canto.


                          (Eloy Sánchez Rosillo, de La certeza, 2005. 
Incluido en En el árbol del tiempo)

La antología En el árbol del tiempo [Juan Marqués (sel.), Valencia,Pre-Textos, 2012] incluye una "Nota sobre el jilguero" en la que,  acerca del predominio del jilguero entre los pájaros de su poesía, escribe el autor:
[...] Su hegemónica presencia se debe a que él fue sin duda, de todos sus congéneres, el que más de cerca y más intensamente viví en mi infancia y mi adolescencia. Nunca me canso de pensar en tan menudo y mágico ser y lo tengo en el corazón como pájaro tutelar.
De niño y de muchacho pasaba  los largos meses vacacionales de los veranos en una finca familiar perdida en las inmensidades de la Mancha, que es la que con frecuencia aparece en mis poemas. Los cuatro o cinco cortijos (o aldeas, como los llamaban los lugareños) más próximos estaban diseminados al menos a tres kilómetros a la redonda del nuestro, y el pueblo más cercano se encontraba a siete u ocho. Los trabajos y los días transcurrían allí, en los años a que me refiero, como en los tiempos de Hesíodo*. No había luz eléctrica ni agua corriente en la zona. No se utilizaban aún los tractores ni ninguna otra maquinaria agrícola. todas las faenas se hacían a mano o con la ayuda de animales de labor. Era el campo irremediable y sin paliativos: el campo absoluto.
El pájaro que más abundaba por aquellos pagos, después del omnipresente y universal gorrión, era el jilguero, ya que en esas tierras de pan llevar* proliferaban, junto a los cereales, diversas especies de cardos, y, como es sabido, el trigo y las semillas de esas plantas erizadas de espinas, aunque de bellísimas flores, son los alimentos básicos de este alado animalillo (hasta el punto de que su nombre latino es Carduelis carduelis). Solían anidar los jilgueros en los almendros, muy comunes en la finca, al igual que las encinas. En el verano estaban ya las crías en todo lo suyo y danzaban y cantaban sin parar con sus progenitores por los aires purísimos.  A más de uno de tales inexpertos pipiolos logramos mis hermanos y yo amaestrarlos (cosa nada fácil tratándose de jilgueros), y volaban libres por el interior del inmenso caserón en el que vivíamos. Sólo se recogían en la jaula para comer y beber agua, y a veces para dormir. Los llamábamos y acudían solícitos y contentísimos, llenándolo todo con sus gorjeos, a posarse en los dedos de la mano extendida, en el hombro, en la cabeza.
Tan incomparable maravilla la perdí cuando mi madre, a la altura de mis dieciocho años, tuvo que vender la finca. Era yo por entonces un poeta en ciernes, y con la conciencia de  la pérdida del paraíso empezó a fraguarse en el alma y en los poemas que escribía el mito del jilguero. El paso del tiempo me ha ido haciendo ver la importancia capital en mi vida de aquella criatura prodigiosa.
                                                                                                   ELOY  SÁNCHEZ ROSILLO
                                                                                                              (noviembre de 2011)

*Hesíodo, poeta de la antigua Grecia, autor de Los trabajos y los días, obra en la que se dan consejos sobre las labores agrícolas.
*tierra de pan llevar, tierra adecuada para el cultivo de cereales.





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