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domingo, 19 de mayo de 2013

"Testamento de Don Quijote", de Quevedo

Dibujo de Nikolaj Pirnat

Testamento de Don Quijote

                 Romance

                      [Fragmento]


De un molimiento de güesos,
a duros palos y piedras,
Don Quijote de la Mancha
yace doliente y sin fuerzas.
Tendido sobre un pavés,
cubierto con su rodela,
sacando como tortuga 
de entre conchas la cabeza;
con voz roída y chillando,
viendo el escribano cerca,
ansí, por falta de dientes,
habló con él entre muelas:
Escribid, buen caballero,
[...] el testamento que fago
por voluntad postrimera.
Y en lo de "su entero juicio"
que ponéis a usanza vuesa,
basta poner "decentado",
cuando entero no le tenga.
A la tierra mando el cuerpo;
coma mi cuerpo la tierra,
que, según está de flaco,
hay para un bocado apenas.
En la vaina de mi espada 
mando que llevado sea
mi cuerpo , que es ataúd
capaz para su flaqueza.
Que embalsamado me lleven
a reposar a la iglesia,
y que sobre mi sepulcro
escriban esto en la piedra:
"Aquí yace Don Quijote,
el que en provincias diversas
los tuertos vengó, y los bizcos,
a puro vivir a ciegas".
A Sancho mando las islas
que gané con tanta guerra:
con que, si no queda rico,
aislado, a lo menos queda.
Ítem, al buen Rocinante
dejo los prados y selvas
que crió el Señor del cielo
para alimentar las bestias.
[...] De los palos que me han dado,
a mi linda Dulcinea,
para que gaste en invierno,
mando cien cargas de leña.
[...] Mi lanza mando a una escoba,
para que puedan con ella
echar arañas del techo,
cual si de San Jorge fuera.
[...] Dejo por testamentarios
a don Belianís de Grecia,
al Caballero del Febo,
a Esplandián el de las Xergas.


                Francisco de Quevedo, 1616



[Selección de Ángel Gallego, 1º de bachillerato B]

NOTAS
1. pavés, escudo oblongo y de suficiente tamaño para cubrir todo el cuerpo del combatiente.
2. rodela,  escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada.
3. "San Jorge mata la araña", según un dicho popular.
4. Belianís de Grecia, el Caballero del Febo y Esplandián son personajes de distintos  libros de caballerías.

Don Francisco de Quevedo y Villegas (Madrid, 1580-Villanueva de los Infantes,1645), escritor español,  se crió en la corte, donde su padre (muerto cuando Quevedo contaba seis años) fue secretario de la emperatriz doña María, hija de Carlos I, y luego de la reina doña Ana de Austria, hija de Felipe II, y la madre del autor sirvió como dama de esta soberana y de la infanta Isabel Clara Eugenia. Tras cursar estudios en Madrid y Alcalá, en 1601, siguiendo a la corte se traslada a Valladolid, donde empieza a ser conocido por sus escritos satíricos. Vuelve a Madrid en 1606 y entra en contacto con el duque de Osuna, valido de Felipe III. Se dice que en 1611 hubo de huir a Sicilia por retar y matar en duelo a un hombre que abofeteó a una dama en la madrileña iglesia de San Martín. En 1613 marcha a Nápoles al servicio del duque, que había sido nombrado virrey. Allí participa activamente en los intentos del duque para recuperar el prestigio español en el Mediterráneo, contra la república veneciana, enemiga de las aspiraciones españolas. Se cuenta que actuó como espía en Sicilia valiéndose de su extraordinario dominio de la lengua italiana y de su facilidad para el disfraz. En 1618, tras el fracaso  de la llamada "Conjuración de Venecia" (complot que pretendía crear una situación que permitiera la intervención militar de la flota española en el Adriático), Quevedo se ve obligado a  escapar de la ciudad  disfrazado de mendigo y regresa a la corte. Pero la situación en Madrid ha cambiado: Osuna ha caído en desgracia y el nuevo rey, Felipe IV, delega casi todo su poder en el conde-duque de Olivares, a quien Quevedo adula en poemas y dedicatorias de libros para mantener su posición de privilegio en la corte.  En 1634 se casa con la viuda doña Esperanza López de Mendoza, señora de Cetina (Zaragoza), pero el matrimonio apenas duró tres meses, pues el escritor decidió abandonar a  su esposa y regresar a Madrid.  En la capital es detenido el 7 de diciembre de 1639  debido, al parecer, a que el rey encontró debajo de su servilleta un extenso poema  en el que se criticaba  la política española y se formulaban graves acusaciones contra el conde-duque. Este, atribuyéndolo  a Quevedo, lo condujo al convento de San Marcos de León, en cuyos calabozos permaneció durante cinco años, sin que jamás se formularan cargos contra él. Con la salud quebrantada por la dureza de la prisión, consigue la libertad en 1643 y se retira a sus posesiones de la Torre de Juan Abad (Toledo) y luego a Villanueva de los Infantes, donde murió. Son conocidas sus  constantes polémicas y su enemistad con otros escritores como Góngora, Ruiz de Alarcón y Pérez de Montalbán, quienes fueron con frecuencia blanco de sus invectivas.

Quevedo es autor de una ingente obra en prosa que abarca todos los géneros.  Su pensamiento político aparece desarrollado en Política de Dios (1626) o Marco Bruto (1644) . Entre sus obras morales y religiosas destaca el Tratado de la providencia divina ( 1641), Constancia de Job y Vida de san Pablo ( 1644). Es autor asimismo de la novela picaresca El buscón (1626) y de Los sueños (1626), conjunto de sátiras sobre la vida española. También su obra poética ofrece numerosas facetas:  desde la  profunda reflexión filosófica y moral hasta la burla más despiadada o los insultos desvergonzados o procaces, desde la intensidad de su poesía amorosa hasta los chistes más obscenos. En su poesía metafísica y moral aborda temas típicamente barrocos como la muerte, la brevedad de la vida y la fugacidad del tiempo , así como la censura de los vicios o el desengaño.  Su poesía amorosa, insuperable en la intensidad del sentimiento y en la perfección formal, está impregnada de neoplatonismo y petrarquismo. En su poesía satírica pone en solfa los temas más serios (la vida, el amor, la muerte, la hipocresía...)  y satiriza a médicos, alguaciles, maridos cornudos, poetas cultos y mujeres; en esta poesía pone de manifiesto su capacidad para la agudeza y el ingenio lingüístico, logrando una de las más asombrosas creaciones del lenguaje. Quevedo domina admirablemente la lengua en sus más variados registros y conoce a la perfección los recursos retóricos de la lírica, incluidos los de carácter métrico. En su poesía, especialmente en los sonetos, llega a la culminación del principio conceptista de decir mucho con pocas palabras, al obligarse a condensar al máximo la expresión.
    El poema elegido pertenece a su poesía satírica. Se trata de una parodia del pasaje del Quijote en el que el hidalgo, tras recobrar la cordura y reconocer que no es el caballero andante Don Quijote de la Mancha, sino el hidalgo Alonso Quijano, reniega de las novelas de caballerías que  causaron su locura, dicta testamento y muere cristianamente en su cama. En el romance de Quevedo, por el contrario, muere loco como se observa en el hecho de que nombra como testamentarios a tres personajes literarios, héroes de otros tantos libros de caballerías.

Quevedo, personaje literario. La popularidad de que gozó el escritor en su tiempo ha continuado en los siglos posteriores, en que su personalidad y su vida aventurera y misteriosa han despertado el interés de diversos escritores  que lo han convertido en personaje de ficción. Ya en el siglo XVIII lo hizo Diego de Torres Villarroel, imitador constante de don Francisco,  en sus cuadros costumbristas titulados Visiones y visitas de Torres con Quevedo por Madrid (1727-1751). En el siglo XIX el autor barroco es personaje principal de los dramas Don Francisco de Quevedo (1848), del poeta romántico Eulogio Florentino Sanz,  de Una broma de Quevedo y Cuando ahorcaron a Quevedo, escritos por Luis Eguílaz; así como de la novela histórica Quevedo, de Francisco José Orellana, y de Aventuras de don Francisco de Quevedo (1883-1884), novela por entregas de Antonio de San Martín. En el siglo xx  el dramaturgo Alejandro Casona se basa en la figura de Quevedo para escribir  El caballero de las espuelas de oro, estrenada en 1964. Finalmente,  Arturo Pérez-Reverte convierte a Quevedo en personaje literario en la serie de novelas de El Capitán Alatriste.  Amigo del capitán, Quevedo frecuenta la taberna de Caridad la Lebrijana y los mentideros madrileños, o viaja a Aragón para investigar los antecedentes familiares del siniestro  Luis de Alquézar. "No queda sino batirnos" es su frase característica, pues con frecuencia  se ve obligado a echar mano del acero para apoyar a  Alatriste o para salir airoso de los constantes conflictos provocados por su carácter difícil y su afilada lengua:
     He dicho más arriba que don Francisco de Quevedo frecuentaba las gradas de San Felipe; y en muchos de sus paseos se hacía acompañar  por amigos como el Licenciado Calzas, Juan de Vicuña o el capitán Alatriste. Su afición a mi amo obedecía, entre otros, a un aspecto práctico: el poeta andaba siempre en querellas de celos y pullas con varios de sus colegas rivales, cosa muy de la época de entonces y muy de todas las épocas en este país nuestro de caínes, zancadillas y envidias, donde la palabra ofende  y mata tanto o más que la espada. Algunos, como Luis de Góngora o Juan Ruiz de Alarcón se la tenían jurada, y no solo por escrito.[...]
   Tales versos circulaban anónimos, en teoría; pero todo el mundo sabía perfectamente quién los fabricaba con la peor intención del mundo. Por supuesto los otros no se quedaban cortos; menudeaban los sonetos y las décimas, y leerlos en los mentideros y afilar su talento don Francisco atacando y contraatacando con pluma mojada en su más corrosiva hiel, era todo uno. Y si no se trataba de Góngora y Alarcón podía tratarse de cualquiera; pues los días en que el poeta se levantaba con ganas, hacía fuego con bala rasa contra cuanto se movía.[...]
   De modo que, aun siendo bravo y diestro con la espada, llevar al lado a un hombre como Diego Alatriste a la hora de pasear entre eventuales adversarios siempre resultaba tranquilizador para el malhumorado poeta. Precisamente el citado Fulano del soneto -o alguien que se vio retratado como tal, porque en aquel Madrid de Dios andaban los cornudos de dos en dos- acudió a pedir explicaciones a las gradas de San Felipe, escoltado por un amigo, cierta mañana que don Francisco paseaba con el capitán Alatriste. El asunto se resolvió al caer la noche con un poco de acero tras la tapia de Recoletos, de modo que tanto el presunto cornudo como el amigo, una vez sanaron de las respectivas mojadas recibidas a escote, se dedicaron a leer prosa y no volvieron a encarar un soneto durante el resto de sus días.
                                                                                          (El capitán Alatriste, pp. 178-181)

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