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miércoles, 8 de agosto de 2012

García Márquez: la peste del olvido

El escritor  colombiano Gabriel García Márquez

       A comienzos de julio saltó la noticia de que el premio Nobel colombiano, aquejado de demencia senil, estaba perdiendo la memoria, por lo que no cabía esperar que escribiera nada más, ni siquiera  la segunda parte de sus memorias. Según su hermano Jaime, existe una predisposición familiar que se ha visto acelerada por el tratamiento de quimioterapia al que se sometió para superar un cáncer linfático.   Algunos amigos del autor han desmentido la noticia; en su opinión, el escritor no padece demencia, sino pequeños despistes propios de la edad. 
       En fechas más recientes hemos conocido la existencia de una región colombiana, en las montañas al norte de Medellín, donde un elevado porcentaje de la población viene padeciendo desde el siglo XVIII lo que tradicionalmente se ha denominado la "bobera", una enfermedad que les roba la memoria a edades muy tempranas, y que  los lugareños creían ocasionada por árboles envenenados o maleficios. Los enfermos permanecían encerrados,  e incluso atados, para que no se perdieran. Hoy se sabe que se trata de una extraña y precoz variante del  alzheimer debida a una mutación genética que es resultado de sucesivos matrimonios consanguíneos  en una región  aislada. Inevitablemente, en todas estas informaciones se establece una similitud con uno de los más fascinantes episodios de la novela Cien años de soledad, el de la peste del insomnio, cuya consecuencia es el olvido. Por este motivo, hoy queremos traerlo a la memoria de nuestros lectores:

     Recordemos que un día la india Visitación descubre en Rebeca (la misteriosa niña, comedora de tierra,    que llega a casa de los Buendía cargada con un saquito con los huesos de sus padres) los síntomas de la peste del insomnio. La india, que muchos años antes había escapado de  su reino huyendo del insomnio, explicó a la familia que " lo más terrible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que, cuando el enfermo se acostumbra a sus estado de vigila, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado." 
    Al cabo de varias semanas, no solo  se habían contagiado todos los habitantes de la casa, sino que los animalitos de caramelo fabricados por Úrsula  Iguarán  propagaron la peste por todo Macondo, pues el insomnio se transmitía por vía oral. Para que la enfermedad no alcanzara a otras poblaciones de la ciénaga, Macondo fue sometido a cuarentena. Los forasteros debían hacer sonar una campanita para que se supiese que estaban sanos, y tenían prohibido comer y beber en Macondo. Llegó un momento en que los habitantes de Macondo se habían habituado a esa situación excepcional y ya a nadie le preocupaba el insomnio. Pero...

   Un día  [Aureliano] estaba buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo: "tas". Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde la impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerca, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita. 
     En la entrada del camino de la ciénaga se había puesto un anuncio que decía Macondo y otro más grande en la calle central que decía Dios existe. En todas las casas se habían escrito claves para memorizar los objetos y los sentimientos. Pero el sistema exigía tanta vigilancia y tanta fortaleza moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por ellos mismos, que les resultaba menos práctica pero más reconfortante. Pilar Ternera fue quien más contribuyó a popularizar esa mistificación, cuando concibió el artificio de leer el pasado en las barajas como antes había leído el futuro. Mediante ese recurso, los insomnes empezaron a vivir en un mundo construido por las alternativas inciertas de los naipes, donde el padre se recordaba apenas como el hombre moreno que había llegado a principios de abril y la madre se recordaba apenas como la mujer trigueña que usaba un anillo de oro en la mano izquierda, y donde una fecha de nacimiento quedaba reducida al último martes en que cantó la alondra en el laurel. Derrotado por aquellas prácticas de consolación, José Arcadio Buendía decidió entonces construir la máquina de la memoria que una vez había deseado para acordarse de los maravillosos inventos de los gitanos. El artefacto se fundaba en la posibilidad de repasar todas las mañanas, y desde el principio hasta el fin, la totalidad de los conocimientos adquiridos en la vida. Lo imaginaba como un diccionario giratorio que un individuo situado en el eje pudiera operar mediante una manivela, de modo que en pocas horas pasaran frente a sus ojos las nociones más necesarias para vivir. Había logrado escribir cerca de catorce mil fichas, cuando apareció por el camino de la ciénaga un anciano estrafalario con la campanita triste de los durmientes, cargando una maleta ventruda amarrada con cuerdas y un carrito cubierto de trapos negros. Fue directamente a la casa de José  Arcadio Buendía.
     Visitación no lo conoció al abrirle la puerta, y pensó que llevaba el propósito de vender algo, ignorante de que nada podía venderse en un pueblo que se hundía sin remedio en el tremedal del olvido. Era un hombre decrépito. Aunque su voz estaba también cuarteada por la incertidumbre y sus manos parecían dudar de la existencia de las cosas, era evidente que venía del mundo donde todavía los hombres podían dormir y recordar. José Arcadio Buendía lo encontró sentado en la sala, abanicándose con un remendado sombrero negro, mientras leía con atención compasiva los letreros pegados en las paredes. Lo saludó con amplias muestras de afecto, temiendo haberlo conocido en otro tiempo y ahora no recordarlo. Pero el visitante advirtió su falsedad. Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía muy bien, porque era el olvido de la muerte. Entonces comprendió. Abrió la maleta atiborrada de objetos indescifrables, y de entre ellos sacó un maletín con muchos frascos. Le dio a beber a José Arcadio Buendía una sustancia de color apacible, y la luz se hizo en su memoria. Los ojos se le humedecieron de llanto, antes de verse a sí mismo en una sala absurda donde los objetas estaban marcados, y antes de avergonzarse de las solemnes tonterías escritas en las paredes, y aun antes de reconocer al recién llegado en un deslumbrante resplandor de alegría. Era Melquíades.
(Gabriel García Márquez, Cien años de soledad,  Alfaguara, Colección "Biblioteca" de Gabriel García Márquez, Madrid, 1982, pp. 49-51)

   Lamentablemente, ni García Márquez ni los habitantes de esa región colombiana cuentan con el poder de la magia del gitano Melquíades para recuperar sus recuerdos, pero la ciencia continúa en la lucha contra esta enfermedad que ya afecta a millones de personas en el mundo, y en otoño se van iniciar en estas poblaciones de Colombia los  ensayos clínicos  de una terapia preventiva destinada a personas sanas pero con predisposición genética a contraer la enfermedad.

                                          Josefina López Granada, profesora del IES Goya

3 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Es que el fantástico García Márquez utiliza esa enfermedad como símbolo, el más profundo y dramático, probablemente,
    en el camino espiritual del Hombre de toda la historia...
    Gracias por este momento...

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