Pintura: "Habitación de hotel", de Edward Hopper (1882-1967)
El libro siempre ha sido algo eléctrico. Y el acto de leer, electrizante. ¡Por fin a solas, con el libro deseado! Abrirlo y que te abra. ¿No oyen la crepitación? ¿No siente el estremecimiento, la quemadura incluso? Con razón, Clarice Lispector tituló a ese encuentro 'la felicidad clandestina'. Ese roce erótico es lo que percibimos en la iconografía de la lectura. Suelen ser cuadros que hoy vemos con una inquieta melancolía. Como el de la lectora que retrata Edward Hopper, con una maleta al lado, en una especie de habitación nómada. La mirada se nos vuelve táctil. La mujer tiene una cita. Un amor en verdad libre. ¡Un libro, claro!*
Así comienza el artículo de Manuel Rivas La resistencia erótica de la bibliotecas, publicado en El País, el domingo 10 de junio de 2012. En él reflexiona sobre la necesidad de la literatura y sobre la amenaza que se cierne sobre el libro y el periódico de papel, "las dos criaturas predilectas de la era Gutenberg". El escritor gallego se confiesa "un pesimista esperanzado" que cree compatibles el libro electrónico y el de papel, apostando por una re-existencia del libro con nuevas cualidades estéticas. Pero lo que es indudable es que el incierto porvenir del libro está asociado al de las librerías y bibliotecas públicas, que Rivas reivindica como imprescindibles centros ciudadanos de encuentro en los que, como explica en la última parte de su artículo, necesidad y emoción se dan la mano:
Preguntarse
por el futuro del libro es también, y sobre todo, preguntarse qué pasará con el
ecosistema del libro. Con las librerías y las bibliotecas. En especial con las
redes de bibliotecas públicas. Sin librerías y bibliotecas, no existe la
ciudad*. En psicogeografía, hay el lugar y el no lugar. El lugar es una unidad de emoción y
memoria. Podríamos ser más precisos y hablar del tercer lugar. El lugar donde a la memoria y la
emoción se suma el encuentro. Hoy es difícil señalar un lugar donde se dé mayor
diversidad, mayor mezcla entre gente de diferentes generaciones, clases
sociales, géneros, orígenes, ideologías, creencias o estéticas que en una
biblioteca pública. Se habla mucho de los bajos índices de lectura en España,
pero se habla poco de la gran revolución vivida en muchas ciudades, grandes y
pequeñas, al crear, y con bajo coste, redes de bibliotecas públicas*. No hay
ninguna entidad, ni siquiera deportiva, que en proporción tenga tantos
asociados como las bibliotecas públicas. Algunas instituciones, por desgracia, ya han recortado los gastos
en el suministro de libros a las bibliotecas. Esto sí que es fundir los plomos
de la “civilización”.* Cuando el urbanismo humanista, avanzado, imaginó la ciudad como
una ciudad-jardín, tenía la forma de círculos concéntricos, en los que cada
círculo era un anillo verde. En el centro estaban los servicios públicos. Y
desde luego, como una célula madre, la biblioteca. En la ciudad pluricéntrica,
la biblioteca (concebida ya como un taller plural de artes) debería ocupar los
lugares de referencia, la primera marca en las coordenadas humanas de la
ciudad.* El lugar sentipensante, de resistencia y re-existencia. En ese sentido ecológico, el lugar de lo necesario coincide con el
deseo. Un espacio donde una ley no establecida dice: no dominar. El lugar
erótico, donde puedan encontrarse Anna Karenina y uno que dice ser Ulises,
mientras Falstaff murmura: “Nadie sabe lo que puede pasar si viene junio un
poco caliente”.
* Sin negrita en el original.
Un artículo necesario que puedes leer completo en:
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