EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


biblioteca.ies.goya@gmail.com


domingo, 19 de noviembre de 2023

"Los ojos de Elsa" y "No hay ningún amor feliz", de Louis Aragon

 

Louis Aragon y Elsa Triolet


Los ojos de Elsa


Tus ojos son tan hondos que me incliné a beber
Y vi todos los soles venir a contemplarse
Arrojarse a morir a los desesperados
Tus ojos son tan hondos que pierdo la memoria

A la sombra del pájaro está turbio el océano
De repente el buen tiempo surge y tus ojos cambian
El estío labra nubes en mandiles de ángeles
Nunca es azul el cielo como lo es sobre el trigo

El viento sigue en vano las penas del horizonte
Tus ojos más claros que él cuando brillan con lágrimas
Tus ojos ponen celoso al cielo tras la lluvia
Nunca es azul el vidrio como cuando se quiebra

Madre de los siete dolores oh, luz mojada
Siete espadas punzaron el prisma de colores
El día más doloroso despunta entre las lágrimas
Fresado en negro el iris más azul por el luto

En el dolor tus ojos abren la doble brecha
Por donde se repite el milagro de los Reyes
Cuando vieron los tres —su corazón latiendo
El manto de María colgado en el pesebre

Una boca abastece a mayo de palabras
Por todas las canciones y todos los suspiros
Muy poco firmamento para millones de astros
Les faltaban tus ojos y sus gemelos íntimos

El niño acaparado por las bellas imágenes
Abre mucho los suyos menos grandiosamente
Cuando fijas los ojos yo no sé si tú mientes
Parece un aguacero que abre flores silvestres

Quizá ocultan relámpagos en la lavanda donde
Los insectos deshacen sus amores violentos
Estoy preso en la red de las estrellas fugaces
Como un marino que muere en el mar en agosto

Partiendo la pecblenda* he obtenido este radio
Me he quemado los dedos en el fuego prohibido
Oh, paraíso cien veces recobrado perdido
Tus ojos mi Perú mi Golconda mis Indias**

Sucedió que una noche se quebró el universo
Sobre los arrecifes de hogueras de piratas
Y yo veía brillar por encima del mar 
Los ojos de Elsa los ojos de Elsa los ojos de Elsa

(De Los ojos de Elsa. Traducción: Raquel Lanseros.
Visor, 2015)
------------
*pecblenda o pechblenda (del alemán pech=brea y blenden=
lucir, brillar, cegar), mineral radiactivo, uno de los principales
minerales de uranio. Marie Curie descubrió en ella el radio, uno
de los productos de la degradación radiactiva del uranio.
** Lugares famosos por sus fabulosas riquezas.
 (Las notas son nuestras.)

VERSIÓN ORIGINAL:

Les  yeux d’Elsa

Tes yeux sont si profonds qu’en me penchant pour boire
J’ai vu tous les soleils y venir se mirer
S’y jeter à mourir tous les désespérés
Tes yeux sont si profonds que j’y perds la mémoire

À l’ombre des oiseaux c’est l’océan troublé
Puis le beau temps soudain se lève et tes yeux changent
L’été taille la nue au tablier des anges
Le ciel n’est jamais bleu comme il l’est sur les blés

Les vents chassent en vain les chagrins de l’azur
Tes yeux plus clairs que lui lorsqu’une larme y luit
Tes yeux rendent jaloux le ciel d’après la pluie
Le verre n’est jamais si bleu qu’à sa brisure

Mère des Sept douleurs ô lumière mouillée
Sept glaives ont percé le prisme des couleurs
Le jour est plus poignant qui point entre les pleurs
L’iris troué de moir plus bleu d’être endeuillé

Tes yeux dans le malheur ouvrent la double brèche
Par où se reproduit le miracle des Rois
Lorsque le coeur battant ils virent tous les trois
Le manteau de Marie accroché dans la crèche

Une bouche suffit au mois de Mai des mots
Pour toutes les chansons et pour tous les hélas
Trop peu d’un firmament pour des millions d’astres
Il leur fallait tes yeux et leurs secrets gémeaux

L’enfant accaparé par les belles images
Écarquille les siens moins démesurément
Quand tu fais les grands yeux je ne sais si tu mens
On dirait que l’averse ouvre des fleurs sauvages

Cachent-ils des éclairs dans cette lavande où
Des insectes défont leurs amours violentes
Je suis pris au filet des étoiles filantes
Comme un marin qui meurt en mer en plein mois d’août

J’ai retiré ce radium de la pechblende
Et j’ai brûlé mes doigts à ce feu défendu
Ô paradis cent fois retrouvé reperdu
Tes yeux sont mon Pérou ma Golconde mes Indes

Il advint qu’un beau soir l’univers se brisa
Sur des récifs que les naufrageurs enflammèrent
Moi je voyais briller au-dessus de la mer
Les yeux d’Elsa les yeux d’Elsa les yeux d’Elsa

(De Les yeux d'Elsa, 1942)


No hay ningún amor feliz

El hombre nada adquiere jamás  Ni su ternura
Ni su amor ni su fuerza  Y cuando abre los brazos
La sombra que proyecta es una cruz oscura
Y si abraza su dicha la destroza en pedazos
Su vida es una extraña y espantable locura
                No hay ningún amor feliz

Su vida se parece a un inerme soldado
Que para otra estrategia ha sido preparado
Que madruga y de noche sufre de hambre y de sed
Y que en la tarde tiembla deshecho y desarmado
Decid «mi pobre vida» y el llanto contened
                  No hay ningún amor feliz

Mi bello amor mi dulce amor mi amor perdido
Dentro de mí te llevo como un pájaro yerto
Y aquellos que de lejos nos vieron no han sabido
Que mis propios poemas tras de mí han repetido
Y que ya por tus ojos varias veces han muerto
                   No hay ningún amor feliz

El tiempo de aprender a vivir ya ha pasado
Que lloren en la noche nuestros dos corazones
Por el dolor que esconde cada recuerdo amado
Las tragedias que nutren el éxtasis soñado
Los sollozos que impregnan las menores canciones
                    No hay ningún amor feliz

No hay amor que no aflija al par que desespera
No hay amor que no se halle mezclado a su dolor
No hay amor que no espante No hay amor que no hiera
No hay amor que no viva de lágrimas y espera
Y el amor de la patria lo mismo que tu amor
                     No hay ningún amor feliz
                     Pero este es nuestro amor

                              Traducción de Andrés Holguín


VERSIÓN ORIGINAL:

 

Il n’y a pas d’amour heureux

 

Rien n’est jamais acquis à l’homme Ni sa force
Ni sa faiblesse ni son coeur Et quand il croit
Ouvrir ses bras son ombre est celle d’une croix
Et quand il croit serrer son bonheur il le broie
Sa vie est un étrange et douloureux divorce
Il n’y a pas d’amour heureux

 

Sa vie Elle ressemble à ces soldats sans armes
Qu’on avait habillés pour un autre destin
A quoi peut leur servir de se lever matin
Eux qu’on retrouve au soir désoeuvrés incertains
Dites ces mots Ma vie Et retenez vos larmes
Il n’y a pas d’amour heureux

 

Mon bel amour mon cher amour ma déchirure
Je te porte dans moi comme un oiseau blessé
Et ceux-là sans savoir nous regardent passer
Répétant après moi les mots que j’ai tressés
Et qui pour tes grands yeux tout aussitôt moururent
Il n’y a pas d’amour heureux

 

Le temps d’apprendre à vivre il est déjà trop tard
Que pleurent dans la nuit nos coeurs à l’unisson
Ce qu’il faut de malheur pour la moindre chanson
Ce qu’il faut de regrets pour payer un frisson
Ce qu’il faut de sanglots pour un air de guitare
Il n’y a pas d’amour heureux

 

Il n’y a pas d’amour qui ne soit à douleur
Il n’y a pas d’amour dont on ne soit meurtri
Il n’y a pas d’amour dont on ne soit flétri
Et pas plus que de toi l’amour de la patrie
Il n’y a pas d’amour qui ne vive de pleurs
Il n’y a pas d’amour heureux
Mais c’est notre amour à tous les deux


(De La Diane française, 1946)


Louis Aragon
Louis Aragon (París, 1887-1982) fue un poeta, ensayista y novelista  francés. Después de formar parte del movimiento dadaísta, en 1924 se convierte junto a André Breton, Paul Éluard y Philippe  Soupault en una de las figuras fundamentales del surrealismo, para volver después a la tradición literaria.

Fruto de la relación adúltera entre Marguerite Toucas, joven de la burguesía católica, y de Louis Andrieux, político francés treinta y tres años mayor que ella, fue presentado como hijo adoptivo de su abuela materna, a fin de preservar el honor de ambas familias. Al rellenar la partida de nacimiento, su padre anotó, en lugar de Andrieux, el apellido Aragon, en recuerdo de esta región española, que conoció en su época de embajador en nuestro país. Su obra refleja el dolor secreto de no haber sido reconocido por su padre, drama vital que evocó en un conjunto de tres poemas titulado Domaine Privé.

Aragon comenzó los estudios de Medicina y en esta época conoció a Breton y Soupault, con quienes fundó en 1919 la revista Litterature, órgano del dadaísmo de París. En 1917, cuando cursaba segundo año de Medicina,  fue llamado a  filas como camillero, ocasión en que su madre le confesó el secreto de su nacimiento. Se incorporó al frente en la primavera de 1918 como médico auxiliar. Permaneció hasta junio de 1919 en la Renania ocupada y recibió la Cruz de Guerra en reconocimiento a su heroísmo. Su experiencia en el frente lo marcó profundamente y fue el desencadenante de su compromiso político posterior, que lo llevará a militar en el Partido Comunista Francés a partir enero de 1927. Durante la ocupación de Renania empezó a escribir la novela Anicet ou le panorama.

En 1928 conoció en el café La Coupule de París a la escritora de origen ruso Elsa Triolet. Nacida en Moscú como Elza Yúrievna en el seno de una familia acomodada y cosmopolita, era hermana de Lilia Brik, amada de Vladimir Maiakovski, y fue la primera mujer galardonada con el Premio Goncourt, en 1944. Convertida en  musa y compañera con la que contrajo matrimonio en 1939,  ambos formarán una pareja mítica hasta el fallecimiento de Elsa en 1970.

Movilizado de nuevo en septiembre de 1939, participó en los combates de la campaña francesa en la primavera de 1940. Fue hecho prisionero por los alemanes en Angulema pero logró escapar. La campaña de 1940 le valió la Medalla Militar  y la Cruz de Guerra con palma, esta última por ir varias veces a buscar a sus compañeros heridos a través de las líneas enemigas. Estos meses en el frente son el origen de muchos de los poemas de Los ojos de Elsa. Refugiados posteriormente en la Francia libre,  tanto Elsa como Louis forman parte de la Resistencia contra el nazismo, y la obra poética de Aragon se pone al servicio de la movilización patriótica.

De 1953 a 1970 la pareja vivió en la finca del Moulin de Villenueve, que Aragon cedió a Elsa. En 1957 recibió el Premio Lenin de la Paz y en 1967 fue elegido académico de la Goncourt, pero dimitió al año siguiente. Tras la muerte de Elsa reconoció públicamente su atracción por los hombres. Dedicó los últimos años de su vida a preparar la edición de las obras completas de Elsa Triolet y la de sus propias obras. Nombrado miembro de la Legión de Honor francesa en 1981, murió en la Nochebuena de 1982. Fue inhumado, junto a Elsa,  en la finca del Moulin de Villeneuve, en Saint-Arnoult-en-Yvelines.

Dejó tras sí una considerable obra poética y narrativa, de carácter plural e innovador, que contribuyó de forma significativa al avance de la literatura del siglo XX. De su época surrealista sobresalen las colecciones de poemas Fuego de alegría (1920) y El movimiento perpetuo (1925), y las novelas Aniceto o el panorama (1921) y El campesino de París (1926). A su periodo de contenido social y político pertenecen las novelas Las campanas de Basilea (1933), Los bellos barrios (1936) y los seis volúmenes de Los comunistas (1949-1951), obra adscrita al realismo socialista, y los poemarios La congoja (1941) y La Diana francesa (1946). 

Elsa Triolet

A partir de la década de los 40,  Aragon dedicó a su esposa todo un ciclo de poemas de temática amorosa reunidos en  Los ojos de Elsa (1942), Elsa (1959) y Loco por Elsa (1963). Sus poemas en honor de la mujer amada le valieron a Louis Aragon el apelativo de "el último poeta cortés". Y, como ha señalado Raquel Lanseros en el prólogo a la edición de Los ojos de Elsa, el propio poeta recuerda en sus composiciones "la gloria de los poetas provenzales que hicieron florecer en la Edad Media este concepto de amor rendido, sincero, noble y caballeresco hacia una mujer a veces desdeñosa o imposible, a la que cantaron en la melodiosa lengua occitana, forjando una visión del amor que, con sus cambios y transformaciones, ha permanecido en el imaginario colectivo hasta nuestros días".

Compuesto, en parte, en el sureste francés, la tierra de los trovadores occitanos,  durante la ocupación nazi de Francia, que Aragon vivió con profundo dolor, Los ojos de Elsa reúne veintiún poemas dispuestos en el orden cronológico en el que fueron escritos desde diciembre de 1940 hasta febrero de 1942. Este poemario es "una contribución poética  a la resistencia francesa, un doble himno que canta por igual el amor a su amada y el amor a Francia, invadida y mortificada", como observa Raquel Lanseros, pues Aragón quiso convertir su poesía en un arma contra el ocupante. Para evitar la censura, el autor crea lo que denominó "poésie de contrebande" y codifica su obra, convertida así en un enigma que el lector debe descifrar. Por otra parte, pertenece a lo que se ha denominado "le chant national", pues  el autor abandona el verso libre y vuelve a los metros clásicos de la poesía francesa para mostrar así la continuidad de la poesía francesa en un momento en que una cultura extranjera, la alemana, busca imponerse en Francia. La métrica tradicional favorece la memorización y, en consecuencia, la difusión de los poemas. La ausencia de puntuación (que no es una novedad) permite jugar con el sentido, con las interpretaciones.

Se abre el libro con el poema que le da nombre, una descripción codificada de los ojos de la mujer amada formada por diez cuartetos de alejandrinos ( ABBA). El poema solo es comprensible si tenemos en cuenta las circunstancias en que fue escrito  y el triple papel de Elsa. El hecho referencial es la ofensiva alemana que comienza en mayo de 1940 y que terminó con la derrota del ejército francés, acorralado en Dunkerque, el 4 de junio del mismo año. El poema describe un paisaje cambiante que toma forma a través de los ojos de la mujer amada. Se trata de un paisaje simbólico ya que Elsa, además de la amada y la musa idealizada, también representa a Francia y encarna tanto el amor a la patria como la esperanza en la victoria. El poeta despliega varias metáforas entrelazadas: la del paisaje, que mezcla mar y cielo porque la mujer es el mundo; la de la Virgen María  (la mujer es la salvación) y el naufragio. El  ritmo del último verso ("Les yeux d'Elsa les yeux d'Elsa les yeux d'Elsa") evoca la luz intermitente del faro que guía a los barcos a tierra pues los ojos de Elsa son la luz que guía hacia el futuro.

Los ojos de Elsa son un espejo que refleja lo que sucede fuera: la guerra y la ocupación. El sufrimiento de la guerra está presente en todo el poema, como muestra el campo del léxico ("mourir", "déséspéres", "chagris", "douleurs"...) y las numerosas evocaciones de los acontecimientos de la guerra: el recuerdo de los bombardeos ("l'ombre des oiseaux", la sombra de los pájaros), los nazis ("les naufrageurs", los saboteadores), el carácter mundial de la guerra ("l'univers se brisa", se quebró el universo), la alusión a los acontecimientos de mayo de 1940 y a la capitulación de Francia ("au mois de Mai"). También expresa el sufrimiento durante la ocupación mediante la evocación de todo lo que se rompió ("taille", "brisure") o la referencia a los siete dolores de la Virgen María desde el nacimiento hasta la crucifixión de Jesús : "Mère de Sept douleurs... / Sept glaives on percé le prisme des couleurs" (la Virgen de los Dolores se representa con el corazón atravesado por siete espadas) .

"Il n'y a pas d'amour hereux" fue escrito en Lyon, capital de la Resistencia, en casa de su amigo René Tavernier (poeta y padre del cineasta Bertrand Tavernier) en enero de 1943, poco antes de la victoria de los soviéticos en Stalingrado. Fue incluido en La Diana francesa (1946), título que evoca el toque militar del despertar, como si el poeta quisiera llamar a Francia a despertar y resistir al ocupante alemán. El poema está escrito en una época convulsa que impide la plenitud del amor. El estado de ánimo del poeta es melancólico y pesimista, por ello expresa su concepción del amor como un absoluto inaccesible. No obstante, termina con una nota de esperanza: el amor y el dolor están indisolublemente unidos, pero la desgracia se desvanece ante el amor del otro. También hace referencia a la Resistencia, muy evidente en la última estrofa. 

En 1953 el poema fue musicado por  Georges Brassens (puedes escucharlo: AQUÍ.), quien suprimió la última estrofa, lo que disgustó a Aragon pues la amputación distorsiona el sentido original del poema, ya que no se trata solo de un poema de amor, sino también de un poema de carácter político, de resistencia frente a la ocupación nazi.

[Imagen inicial: Pinterest]

Referencias:
-Ahlem Belgherbi, Aragon: Entre poésie et chanson, à travers "Les yeux d'Elsa", Mémoire de Master en littérature générale et comparé, Université Ibn Khaldoun, Tiaret, Année universitaire 2018 / 2019. Consultada en: http://dspace.univ-tiaret.dz/bitstream/123456789/210/1/TH.M.FR.2019.42.pdf
-Deyaa El-daine Abdelatif Moussa, Les yeux d'Elsa: L'incarnation d'une figure patriotique de Louis Aragon, Journal of Qena Faculty of Arts, Issue 54 (Vol. 2) January 2022. Consultado en: https://qarts.journals.ekb.eg/article_259392_a6e2a084559946515755a13bf861b8d2.pdf.
-Fiche sur Les Yeux d'Elsa d'Aragon: analyse et commentaire. En: https://interlettre.com/bac/386-fiche-sur-les-yeux-d-elsa-d-aragon-analyse-et-commentaire
-Les yeux d'Elsa, Louis Aragon, 1942. En: http://www.maremurex.net/aragon1.html
-L'oeil du surrealisme et l'art avant-garde. Les Yeux d'Elsa-Louis Aragon. Consultado en: https://invinoveritas.svbtle.com/loeil-du-surralisme-et-lart-avantgarde-les-yeux-delsa-louis-aragon


miércoles, 15 de noviembre de 2023

XV Semana de la literatura de terror y misterio

 En la literatura fantástica y de terror encontramos relatos en los que órganos del cuerpo humano –ojos, cabeza, corazón, piernas…- adquieren vida propia, para espanto de la persona que todavía vive y busca desesperada su órgano perdido, o para pavor de quienes confiaron en que un cadáver ya no les causaría problemas.

Este ha sido el tema preferente de los cuentos que este año hemos contado los profesores de Lengua y literatura a nuestros alumnos en la XV Semana de la literatura de misterio y terror, celebrada del 26 al 31 de octubre.

Cuentos de terror como El corazón delator (de Poe) o El horror de las sombras (de Lovecraft), fantásticos como ¿Dónde está mi cabeza? (de Galdós), El corazón perdido (de Pardo Bazán) o, rayando el humor, La pata de palo (de Espronceda) junto a relatos clásicos de otros temas o incluso creados por los profesores, amenizaron una de las clases de Lengua a los alumnos de ESO, que se trasladaron a la sala de la biblioteca histórica, convenientemente decorada –telarañas, insectos, mantel negro, velas, copa con globos oculares, etc. – por el alumnado de 4ºD.

A partir del tema escogido para este curso, los alumnos de ESO y Bachillerato están creando sus propias producciones y ya nos las están enviando. El próximo número de nuestra revista “Cuadernos de Biblioteca” recogerá una selección de los mejores cuentos para disfrute de todos.














domingo, 12 de noviembre de 2023

"¿Quién me va a cuidar cuando sea vieja?", de Pilar Adón

 



No descuido la escritura
sino a mí misma.
Ingeborg Bachman

¿QUIÉN ME VA A CUIDAR cuando sea vieja?
¿Quién me va a esperar, feliz de verme?
Cabello de nudos. Sin cepillados nocturnos.
Peines y espejos de plata.
Sola en mi sillón. Harta del cansancio y los sermones.
Sin hijos que me bañen,
me cocinen asado con puré,
me traigan jerséis de talla grande,
me laven los pies y las axilas
cuando queden ya pocos motivos para existir.
Vencida por los razonamientos
sobre aquello de recoger lo que se ha sembrado.
Celebraciones, cumpleaños y fiestas
en perspectiva de una soledad redonda.
¿Quién va a venir a verme
los fines de semana?
Si no soy madre.
Si vivo sin reconocer la devoción, el auxilio.
La ternura. Las visitas a los amigos dolientes.
Entre evasivas, papeles y libros,
alejada del sentimiento original.
Escapando de la llamada primera.
Sin saber qué es la entrega.
Qué la piedad. Qué la delicadeza
de los niños fotocopia. Su mente dulce y sencilla
como trozos de manzana asada. Como bolsas de osos Haribo.

¿Quién va a abrazarme cuándo sea vieja?
Y esté sola. Y no haya quien quiera hablarme. Y las cortinas se prendan fuego
y las llamas asciendan hacia el techo. Y nadie pueda acercarse 
al teléfono. Para llamar al servicio de extinción de incendios.

(De Las órdenes, La Bella Varsovia, 2018)


Pilar Adón. (Editorial Impedimenta)

Pilar Adón nació en Madrid en 1971. Se licenció en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado las novelas Las hijas de Sara (2003), Las efímeras (2015) y De bestias y aves (2022), por la que ha recibido el Premio Nacional de Narrativa, el Premio de la Crítica, el Premio Francisco Umbral al Libro del Año y el Premio Cálamo Otra Mirada; el relato largo ilustrado Eterno amor (2021) y los libros de relatos Viajes inocentes (2005, Premio Ojo Crítico de Narrativa), El mes más cruel (2010), por el que fue nombrada Nuevo Talento Fnac, y La vida sumergida (2017). Ha sido incluida en diversos volúmenes de relatos.

En 2010 publicó el cuadernillo de poesía De la mano iremos al bosque, al que siguieron los poemarios La hija del cazador (2011), Mente animal (2014), Las órdenes (2018), por el que recibió el Premio Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid, y Da dolor (2020). 

Ha traducido a Barbara Baynton, John Fowles, Penelope Fitzgerald, Joan Lindsay, Edith Wharton, Christina Rossetti y Henry James.


-En este blog puedes leer el cuento de Pilar Adón "Los seres efímeros": AQUÍ.

domingo, 5 de noviembre de 2023

"Llevó tras sí los pámpanos octubre...", de Lupercio Leonardo de Argensola

 

Juan Bautista Martínez del Mazo, Vista de Zaragoza en 1647.
Museo Nacional del Prado


Llevó tras sí los pámpanos octubre,
y con las grandes lluvias, insolente,
no sufre Ibero márgenes ni puente,
mas antes los vecinos campos cubre.

Moncayo, como suele, ya descubre
coronada de nieve la alta frente,
y el sol apenas vemos en Oriente
cuando la opaca tierra nos lo encubre.

Sienten el mar y selvas ya la saña
del aquilón, y encierra su bramido
gente en el puerto y gente en la cabaña.

Y Fabio, en el umbral de Tais tendido,
con vergonzosas lágrimas lo baña,
debiéndolas al tiempo que ha perdido.

(a. 1594)

-----
-Ibero: el río Ebro.
-aquilón: viento del norte, muy fuerte y frío.
-Fabio...Tais: nombres pertenecientes a la convención
poética, romano el uno, griego el otro.

Cuando en 1620 Lope de Vega escribe su Introducción a la Justa poética en honor de san Isidro, pone cinco ejemplos de sonetos perfectos y uno de ellos es este, compuesto por el aragonés Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613). Reproducimos la versión del texto recogida en las Rimas de Lupercio y Bartolomé L. de Argensola (Zaragoza, 1634, pág. 72), la más autorizada en opinión de José Manuel Blecua.  El poema lo publicó ya en 1605 Pedro Espinosa en la antología Flores de poetas ilustres, entre las 19 composiciones atribuidas a Lupercio. En respuesta a las dudas surgidas sobre su autoría (Eduardo Juliá lo atribuyó al canónigo valenciano Tárrega), José Manuel Blecua defiende la autoría de Lupercio, aduciendo entre otras razones que se atribuyó siempre a Lupercio en vida del autor y de su hermano, lo que los Argensola, que se resistieron a que se publicaran sus poemas, no hubiesen admitido de no ser cierto. Y añade Blecua en su argumentación lo siguiente:

Para mí no ofrece duda que el soneto fué escrito por alguien que había vivido en Zaragoza lo suficiente, por lo menos, para saber que aun antes de que aparezca el otoño, el Moncayo, "como suele", lanza vientos helados capaces de arrancar chimeneas [...] y para saber que el Moncayo se ve muy bien desde Zaragoza en días claros "coronada de nieve su alta frente". La asociación del Ebro con sus riadas al frío y ventoso Moncayo encaja perfectamente en la estructura de los cuartetos. La localización es precisa y exacta.
[...]
(Se me argüirá que tampoco hay mar en Zaragoza, y sí en Valencia, pero leyendo despacio el soneto, se advertirá muy bien cómo los dos últimos versos del segundo cuarteto abandonan la localización, para generalizar todo y preparar la entrada del terceto cuya universalidad es indudable.) 
 Francisco Rico, por su parte, escribe sobre el poema:
El tiempo desapacible que caracteriza la llegada del invierno se corresponde con la tristeza del hombre que lamenta haber desperdiciado su juventud, vergonzosamente, en el amor (Tais era el prototipo de cortesana). 
Destaca la feliz disposición de los motivos (la caída de las hojas, las lluvias, las nevadas, el día breve, el viento del norte), aderezada con imágenes de sabor local: las crecidas del Ebro o las nieves del Moncayo. Por lo demás "la conclusión es excelente", según dijo ya Lope de Vega. 

REFERENCIAS:

-José Manuel Blecua, El soneto "Llevó tras sí los pámpanos octubre", RFE, XXXVIII, 1954, págs. 272-278. Consultado en: https://xn--revistadefilologiaespaola-uoc.revistas.csic.es/index.php/rfe/article/view/1092/1382

 -Francisco Rico, Mil años de poesía española, Planeta, 3ª ed., 1997

-Del mismo autor puedes leer el soneto "Si quiere amor que siga sus antojos...": AQUÍ.
-Y de su hermano Bartolomé, "A una dama que se afeitaba y estaba hermosa": AQUÍ.

lunes, 30 de octubre de 2023

"El guardavía", un relato de Charles Dickens




 El guardavía*


—¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!

Cuando oyó la voz que así lo llamaba se encontraba de pie en la puerta de su caseta, empuñando una bandera, enrollada a un corto palo. Cualquiera hubiera pensado, teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, que no cabía duda alguna sobre la procedencia de la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, hacia donde yo me encontraba, sobre un escarpado terraplén situado casi directamente encima de su cabeza, el hombre se volvió y miró hacia la vía. Hubo algo especial en su manera de hacerlo, pero, aunque me hubiera ido en ello la vida, no habría sabido explicar en qué consistía, mas sé que fue lo bastante especial como para llamarme la atención, a pesar de que su figura se veía empequeñecida y en sombras, allá abajo, en la profunda zanja, y de que yo estaba muy por encima de él, tan deslumbrado por el resplandor del rojo crepúsculo que sólo tras cubrirme los ojos con las manos, logré verlo.

—¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!

Dejó entonces de mirar a la vía, se volvió nuevamente y, alzando los ojos, vio mi silueta muy por encima de él.

—¿Hay algún camino para bajar y hablar con usted?

Él me miró sin replicar y yo le devolví la mirada sin agobiarle con una repetición demasiado precipitada de mi ociosa pregunta. Justo en ese instante el aire y la tierra se vieron estremecidos por una vaga vibración transformada rápidamente en la violenta sacudida de un tren que pasaba a toda máquina y que me sobresaltó hasta el punto de hacerme saltar hacia atrás, como si quisiera arrastrarme tras él. Cuando todo el vapor que consiguió llegar a mi altura hubo pasado y se diluía ya en el paisaje, volví a mirar hacia abajo y lo vi volviendo a enrollar la bandera que había agitado al paso del tren. Repetí la pregunta. Tras una pausa, en la que pareció estudiarme con suma atención, señaló con la bandera enrollada hacia un punto situado a mi nivel, a unas dos o tres yardas de distancia. "Muy bien", le grité, y me dirigí hacia aquel lugar. Allí, a base de mirar atentamente a mi alrededor, encontré un tosco y zigzagueante camino de bajada excavado en la roca y lo seguí.

El terraplén era extremadamente profundo y anormalmente escarpado. Estaba hecho en una roca pegajosa, que se volvía más húmeda y rezumante a medida que descendía. Por dicha razón, me encontré con que el camino era lo bastante largo como para permitirme recordar el extraño ademán de indecisión o coacción con que me había señalado el sendero.

Cuando hube descendido lo suficiente para volverlo a ver, observé que estaba de pie entre los raíles por los que acababa de pasar el tren, en actitud de estar esperándome. Tenía la mano izquierda bajo la barbilla y el codo descansando en la derecha, que mantenía cruzada sobre el pecho. Su actitud denotaba tal expectación y ansiedad que por un instante me detuve, asombrado.

Reanudé el descenso y, al llegar a la altura de la vía y acercarme a él, pude ver que era un hombre moreno y cetrino, de barba oscura y cejas bastante anchas. Su caseta estaba en el lugar más sombrío y solitario que yo hubiera visto en mi vida. A ambos lados se elevaba un muro pedregoso y rezumante que bloqueaba cualquier vista salvo la de una angosta franja del cielo; la perspectiva por un lado era  una prolongación distorsionada de aquel gran calabozo; el otro lado, más corto, terminaba en la tenebrosa luz roja situada sobre la entrada, aún más tenebrosa, a un negro túnel de cuya maciza estructura se desprendía un aspecto rudo, deprimente y amenazador. Era tan oscuro aquel lugar que el olor a tierra lo traspasaba todo, y circulaba un viento tan helado que su frío me penetró hasta lo más hondo, como si hubiera abandonado el mundo de lo real.

Antes de que él hiciese el menor movimiento me encontraba tan cerca que hubiese podido tocarlo. Sin quitarme los ojos de encima ni aun entonces, dio un paso atrás y levantó la mano.

Aquél era un puesto solitario, dije, y me había llamado la atención cuando lo vi desde allá arriba. Una visita sería una rareza, suponía; pero esperaba que no fuera una rareza mal recibida y le rogaba que viese en mí simplemente a un hombre que, confinado toda su vida entre estrechos límites y finalmente en libertad, sentía despertar su interés por aquella gran instalación. Más o menos éstos fueron los términos que empleé, aunque no estoy nada seguro de las palabras exactas porque, además de que no me gusta ser yo el que inicie una conversación, había algo en aquel hombre que me cohibía.

Dirigió una curiosísima mirada a la luz roja próxima a la boca de aquel túnel y a todo su entorno, como si faltase algo allí y luego me miró.

—¿Aquella luz está a su cargo, verdad?

—¿Acaso no lo sabe? —me respondió en voz baja.

Al contemplar sus ojos fijos y su rostro saturnino, me asaltó la extravagante idea de que era un espíritu, no un hombre.

Desde entonces, al recordarlo, he especulado con la posibilidad de que su mente estuviera sufriendo una alucinación.

Esta vez fui yo quien dio un paso atrás. Pero, al hacerlo, noté en sus ojos una especie de temor latente hacia mí. Esto anuló la extravagante idea.

—Me mira —dije con sonrisa forzada— como si me temiera.

—No estaba seguro —me respondió— de si lo había visto antes.

—¿Dónde?

Señaló la luz roja que había estado mirando.

—¿Allí? —dije.

Mirándome fijamente respondió (sin palabras), "sí".

—Mi querido amigo ¿qué podría haber estado haciendo yo allí? De todos modos, sea como fuere, nunca he estado allí, puede usted jurarlo.

—Creo que sí —asintió—, sí, creo que puedo.

Su actitud, lo mismo que la mía, volvió a la normalidad, y contestó a mis comentarios con celeridad y soltura.

¿Tenía mucho que hacer allí? Sí, es decir, tenía suficiente responsabilidad sobre sus hombros; pero lo que más se requería de él era exactitud y vigilancia, más que trabajo propiamente dicho; trabajo manual no hacía prácticamente ninguno: cambiar alguna señal, vigilar las luces y dar la vuelta a una manivela de hierro de vez en cuando era todo cuanto tenía que hacer en ese sentido. Respecto a todas aquellas largas y solitarias horas que a mí me parecían tan difíciles de soportar, sólo podía decir que se había adaptado a aquella rutina y estaba acostumbrado a ella. Había aprendido una lengua él solo allá abajo —si se podía llamar aprender a reconocerla escrita y a haberse formado una idea aproximada de su pronunciación—. También había trabajado con quebrados y decimales, y había intentado hacer un poco de álgebra. Pero tenía, y siempre la había tenido, mala cabeza para los números. ¿Estaba obligado a permanecer en aquella corriente de aire húmedo mientras estaba de servicio? ¿No podía salir nunca a la luz del sol de entre aquellas altas paredes de piedra? Bueno, eso dependía de la hora y de las circunstancias. Algunas veces había menos tráfico en la línea que otras, y lo mismo ocurría a ciertas horas del día y de la noche. Cuando había buen tiempo sí que procuraba subir un poco por encima de las tinieblas inferiores; pero como lo podían llamar en cualquier momento por la campanilla eléctrica, cuando lo hacía estaba pendiente de ella con redoblada ansiedad, y por ello el alivio era menor de lo que yo suponía.

Me llevó a su caseta, donde había una chimenea, un escritorio para un libro oficial en el que tenía que registrar ciertas entradas, un telégrafo con sus indicadores y sus agujas, y la campanilla a la que se había referido. Confiando en que disculpara mi comentario de que había recibido una buena educación (esperaba que no se ofendiera por mis palabras), quizá muy superior a su presente oficio, comentó que ejemplos de pequeñas incongruencias de este tipo rara vez faltan en las grandes agrupaciones humanas; que había oído que así ocurría en los asilos, en la policía e incluso en el ejército, ese último recurso desesperado; y que sabía que pasaba más o menos lo mismo en la platilla de cualquier gran ferrocarril. De joven había sido (si podía creérmelo, sentado en aquella cabaña —él apenas si podía—) estudiante de filosofía natural y había asistido a la universidad; pero se había dedicado a la buena vida, había desaprovechado sus oportunidades, había caído y nunca había vuelto a levantarse de nuevo. Pero no se quejaba de nada. Él mismo se lo había buscado y ya era demasiado tarde para lamentarlo.

Todo lo que he resumido aquí lo dijo muy tranquilamente, con su atención puesta a un tiempo en el fuego y en mí. De vez en cuando intercalaba la palabra "señor", sobre todo cuando se refería a su juventud, como para darme a entender que no pretendía ser más de lo que era. Varias veces fue interrumpido por la campanilla y tuvo que transmitir mensajes y enviar respuestas. Una vez tuvo que salir a la puerta y desplegar la bandera al paso de un tren y darle alguna información verbal al conductor. Comprobé que era extremadamente escrupuloso y vigilante en el cumplimiento de sus deberes, interrumpiéndose súbitamente en mitad de una frase y permaneciendo en silencio hasta que cumplía su cometido.

En una palabra, hubiera calificado a este hombre como uno de los más capacitados para desempeñar su profesión si no fuera porque, mientras estaba hablando conmigo, en dos ocasiones se detuvo de pronto y, pálido, volvió el rostro hacia la campanilla cuando no estaba sonando, abrió la puerta de la caseta (que mantenía cerrada para combatir la malsana humedad) y miró a la luz roja próxima a la boca del túnel. En ambas ocasiones regresó junto al fuego con la inexplicable expresión que yo había notado, sin ser capaz de definirla, cuando los dos nos mirábamos desde tan lejos.

Al levantarme para irme dije:

—Casi me ha hecho usted pensar que es un hombre satisfecho consigo mismo.

(Debo confesar que lo hice para tirarle de la lengua.)

—Creo que solía serlo —asintió en el tono bajo con el que había hablado al principio—. Pero estoy preocupado, señor, estoy preocupado.

Hubiera retirado sus palabras de haber sido posible. Pero ya las había pronunciado, y yo me agarré a ellas rápidamente.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que le preocupa?

—Es muy difícil de explicar, señor. Es muy, muy difícil hablar de ello. Si me vuelve a visitar en otra ocasión, intentaré hacerlo.

—Pues deseo visitarle de nuevo. Dígame , ¿cuándo le parece?

—Mañana salgo temprano y regreso a las diez de la noche, señor.

—Vendré a las once.

Me dio las gracias y me acompañó a la puerta.

—Encenderé la luz blanca hasta que encuentre el camino, señor —dijo en su peculiar voz baja—. Cuando lo encuentre ¡no me llame! Y cuando llegue arriba ¡no me llame!

Su actitud hizo que el lugar me pareciera aún más gélido, pero sólo dije "muy bien".

—Y cuando baje mañana ¡no me llame! Permítame hacerle una pregunta para concluir: ¿qué le hizo gritar "¡Eh,oiga! ¡Ahí abajo!" esta noche?

—Dios sabe —dije—, grité algo parecido...

—No parecido, señor. Fueron exactamente ésas sus palabras. Las conozco bien.

—Admitamos que lo fueran. Las dije, sin duda, porque lo vi ahí abajo.

—¿Por ninguna otra razón?

—¿Qué otra razón podría tener?

—¿No tuvo la sensación de que le fueron inspiradas de alguna manera sobrenatural?

—No.

Me dio las buenas noches y sostuvo en alto la luz. Caminé a lo largo de los raíles (con la desagradable sensación de que me seguía un tren) hasta que encontré el sendero. Era más fácil de subir que de bajar y regresé a mi pensión sin ningún problema.

A la noche siguiente, fiel a mi cita , puse el pie en el primer peldaño del zigzag, justo cuando los lejanos relojes daban las once. El guardavía me esperaba abajo, con la luz encendida.

—No he llamado —dije cuando estábamos ya cerca—. ¿Puedo hablar ahora?

—Por supuesto, señor.

—Buenas noches y aquí tiene mi mano.

—Buenas noches, señor, y aquí tiene la mía.

Tras lo cual anduvimos el uno junto al otro hasta llegar a su caseta, entramos, cerramos la puerta y nos sentamos junto al fuego.

—He decidido, señor —empezó a decir inclinándose hacia delante tan pronto estuvimos sentados y hablando en un tono apenas superior a un susurro—, que no tendrá que preguntarme por segunda vez lo que me preocupa. Ayer tarde le confundí con otra persona. Eso es lo que me preocupa.

—¿Esa equivocación?

—No. Esa otra persona.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—¿Se parece a mí?

—No lo sé. Nunca le he visto la cara. Se tapa la cara con el brazo izquierdo y agita el derecho violentamente. Así.

Seguí su gesto con la mirada y era el gesto de un brazo que expresaba con la mayor pasión y vehemencia algo así como "por Dios santo, apártese de la vía".

—Una noche de luna —dijo el hombre—, estaba sentado aquí cuando oí una voz que gritaba "¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo!". Me sobresalté, miré desde esa puerta y vi a esa persona de pie junto a la luz roja cerca del túnel, agitando el brazo como acabo de mostrarle. La voz sonaba ronca de tanto gritar y repetía "¡Cuidado! ¡Cuidado!" y de nuevo "¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo! ¡Cuidado!". Cogí el farol, lo puse en rojo y corrí hacia la figura gritando "¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde?". Estaba justo a la salida de la boca del túnel. Estaba tan cerca de él que me extrañó que continuase con la mano sobre los ojos. Me aproximé aún más y tenía ya la mano extendida para tirarle de la manga cuando desapareció.

—¿Dentro del túnel? —pregunté.

—No. Seguí corriendo hasta el interior del túnel, unas quinientas yardas. Me detuve, levanté el farol sobre la cabeza y vi los números que marcan las distancias, las manchas de humedad en las paredes y el arco. Salí corriendo más rápido aún de lo que había entrado (porque sentía una aversión mortal hacia aquel lugar) y miré alrededor de la luz roja con mi propia luz roja, y subí las escaleras hasta la galería de arriba y volví a bajar y regresé aquí. Telegrafié en las dos direcciones "¿Pasa algo?". La respuesta fue la misma en ambas: "Sin novedad".

Resistiendo el helado escalofrío que me recorrió lentamente la espina dorsal, le hice ver que esta figura debía ser una ilusión óptica y que se sabía que dichas figuras, originadas por una enfermedad de los delicados nervios que controlan el ojo, habían preocupado a menudo a los enfermos, y algunos habían caído en la cuenta de la naturaleza de su mal e incluso lo habían probado con experimentos sobre sí mismos. Y respecto al grito imaginario, dije, no tiene sino que escuchar un momento al viento en este valle artificial mientras hablamos tan bajo y los extraños sonidos que hace en los hilos telegráficos.

Todo esto estaba muy bien, respondió, después de escuchar durante un rato, y él tenía motivos para saber algo del viento y de los hilos, él, que con frecuencia pasaba allí largas noches de invierno, solo y vigilando. Pero me hacía notar humildemente que todavía no había terminado.

Le pedí perdón  y lentamente añadió estas palabras, tocándome el brazo:

—Unas seis horas después de la aparición, ocurrió el memorable accidente de esta línea, y al cabo de diez horas los muertos y los heridos eran transportados por el túnel, por el mismo sitio donde había desaparecido la figura.

Sentí un desagradable estremecimiento, pero hice lo posible por dominarlo. No se podía negar, asentí, que era una notable coincidencia, muy adecuada para impresionar profundamente su mente. Pero era indiscutible que esta clase de coincidencias notables  ocurrían a menudo y debían ser tenidas en cuenta al tratar el tema. Aunque, ciertamente, debía admitir, añadí (pues me pareció que iba a ponérmelo como objeción), que los hombres de sentido común no tenían mucho en cuenta estas coincidencias en la vida ordinaria.

De nuevo me hizo notar que aún no había terminado, y de nuevo me disculpé por mis interrupciones.

—Esto —dijo, poniéndose otra vez la mano en el brazo y mirando por encima de su hombro con los ojos vacíos— fue hace justo un año. Pasaron seis o siete meses y ya me había recuperado de la sorpresa y de la impresión cuando una mañana, al romper el día, estando de pie en la puerta, miré hacia la luz roja y vi al espectro otra vez.

Y aquí se detuvo, mirándome fijamente.

—¿Lo llamó?

—No, estaba callado.

—¿Agitaba el brazo?

—No. Estaba apoyado contra el poste de la luz, con las manos delante de la cara. Así.

Una vez más seguí su gesto con los ojos. Era una actitud de duelo. He visto tales posturas en las figuras de piedra de los sepulcros.

—¿Se acercó usted a él?

—Entré y me senté, en parte para ordenar mis ideas, en parte porque me sentía al borde del desmayo. Cuando volví a la puerta, la luz del día caía sobre mí y el fantasma se había ido.

—¿Pero no ocurrió nada más? ¿No pasó nada después?

Me tocó en el brazo con la punta del dedo dos o tres veces, asintiendo con la cabeza y dejándome horrorizado a cada una de ellas:

—Ese mismo día, al salir el tren del túnel, noté en la ventana de uno de los vagones lo que parecía una confusión de manos y de cabezas y algo que se agitaba. Lo vi justo a tiempo de dar la señal de parada al conductor. Paró el motor y pisó el freno, pero el tren siguió andando unas ciento cincuenta yardas más. Corrí tras él y al llegar oí gritos y lamentos horribles. Una hermosa joven había muerto instantáneamente en uno de los compartimentos. La trajeron aquí y la tendieron en el suelo, en el mismo sitio donde estamos nosotros.

Involuntariamente empujé la silla hacia atrás, mientras desviaba la mirada de las tablas que señalaba.

—Es la verdad, señor, la pura verdad. Se lo cuento tal y como sucedió.

No supe qué decir, ni en un sentido ni en otro y sentí una gran sequedad en la boca. El viento y los hilos telegráficos hicieron eco a la historia con un largo gemido quejumbroso. Mi interlocutor prosiguió:

—Ahora, señor, preste atención y verá por qué está turbada mi mente. El espectro regresó hace una semana. Desde entonces ha estado ahí, más o menos continuamente, un instante sí y otro no.

—¿Junto a la luz?

—Junto a la luz de peligro.

—¿Y qué hace?

El guardavía repitió, con mayor pasión y vehemencia aún si cabe, su anterior gesto de "¡Por Dios santo, apártese de la vía!". Luego continuó:

—No hallo tregua ni descanso a causa de ello. Me llama durante largos minutos, con voz agonizante,  ahí abajo, "¡Cuidado! ¡Cuidado!". Me hace señas. Hace sonar la campanilla.

Me agarré a esto último:

—¿Hizo sonar la campanilla ayer tarde, cuando yo estaba aquí y se acercó usted a la puerta?

—Por dos veces.

—Bueno, vea —dije— cómo le engaña su imaginación. Mis ojos estaban fijos en la campanilla y mis oídos estaban abiertos a su sonido y, como que estoy vivo, no sonó entonces, ni en ningún otro momento salvo cuando lo hizo al comunicar la estación con usted.

Negó con la cabeza.

—Todavía nunca he cometido una equivocación respecto a eso, señor. Nunca he confundido la llamada del espectro con la de los humanos. La llamada del espectro es una extraña vibración de la campanilla que no procede de parte alguna y no he dicho que la campanilla hiciese algún movimiento visible. No me extraña que no la oyese. Pero yo sí que la oí.

—¿Y estaba el espectro allí cuando salió a mirar?

—Estaba allí.

—¿Las dos veces?

—Las dos veces —repitió con firmeza.

—¿Quiere venir a la puerta conmigo y buscarlo ahora?

Se mordió el labio inferior como si se sintiera algo reacio, pero se puso en pie. Abrí la puerta y me detuve en el escalón, mientras él lo hacía en el umbral. Allí estaban la luz de peligro, la sombría boca del túnel y las altas y húmedas paredes del terraplén, con las estrellas brillando sobre ellas.

—¿Lo ve? —le pregunté, prestando una atención especial a su rostro.

Sus ojos se le salían ligeramente de las órbitas por la tensión, pero quizá no mucho más de lo que lo habían hecho los míos cuando los había dirigido con ansiedad hacia ese mismo punto un instante antes.

—No —contestó—, no está allí.

—De acuerdo —dije yo.

Entramos de nuevo, cerramos la puerta y volvimos a nuestros asientos. Estaba pensando en cómo aprovechar mi ventaja, si podía llamarse así, cuando volvió a reanudar la conversación con un aire tan natural, dando por sentado que no podía haber entre nosotros ningún tipo de desacuerdo serio sobre los hechos, que me encontré en la posición más débil.

—A estas alturas comprenderá usted, señor —dijo—, que lo que me preocupa tan terriblemente es la pregunta "¿Qué quiere decir el espectro?".

No estaba seguro, le dije, de que lo entendiese del todo.

—¿De qué nos está previniendo? —dijo, meditando, con sus ojos fijos en el fuego, volviéndolos hacia mí tan sólo de vez en cuando—. ¿En qué consiste el peligro? ¿Dónde está? Hay un peligro que se cierne sobre la línea en algún sitio. Va a ocurrir alguna desgracia terrible. Después de todo lo que ha pasado antes, esta tercera vez no cabe duda alguna. Pero es muy cruel el atormentarme a mí, ¿qué puedo hacer yo?

Se sacó el pañuelo del bolsillo y se limpió el sudor de la frente.

—Si envío la señal de peligro en cualquiera de las dos direcciones, o en ambas, no puedo dar ninguna explicación —continuó, secándose las manos—. Me metería en un lío y no resolvería nada. Pensarían que estoy loco. Esto es lo que ocurriría: Mensaje: "¡Peligro! ¡Cuidado!". Respuesta: "¿Qué peligro? ¿Dónde?". Mensaje: "No lo sé. Pero, por Dios santo, tengan cuidado". Me relevarían de mi puesto. ¿Qué otra cosa podrían hacer?

El tormento de su mente era penoso de ver. Era la tortura mental de un hombre responsable, atormentado hasta el límite por una responsabilidad incomprensible en la que podrían estar en juego vidas humanas.

—Cuando apareció por primera vez junto a la luz de peligro —continuó, echándose hacia atrás el oscuro cabello y pasándose una y otra vez las manos por las sienes en un gesto de extremada y enfebrecida desesperación—, ¿por qué no me dijo dónde iba a ser el accidente, si era inevitable que sucediera? ¿por qué, si hubiera podido evitarse, no me dijo cómo impedirlo? Cuando durante su segunda aparición escondió el rostro, ¿por qué no me dijo en lugar de eso: "Alguien va a morir. Haga que no salga de casa". Si apareció en las dos ocasiones sólo para demostrarme que las advertencias eran verdad y así prepararme para la tercera, ¿por qué no me advierte claramente ahora? ¿Y por qué a mí, Dios me ayude, un pobre guardavía en esta solitaria estación? ¿Por qué no se lo advierte a alguien con el prestigio suficiente para ser creído y el poder suficiente para actuar?

Cuando lo vi en aquel estado, comprendí que, por el bien del pobre hombre y la seguridad de los viajeros, lo que tenía que hacer en aquellos momentos era tranquilizarlo. Así que, dejando a un lado cualquier discusión entre ambos sobre la realidad o irrealidad de los hechos, le hice ver que cualquiera que cumpliera con su deber a conciencia actuaba correctamente y que, por lo menos, le quedaba el consuelo de que él comprendía su deber, aunque no entendiese aquellas desconcertantes apariciones. En esta ocasión tuve más éxito que cuando intentaba disuadirlo de la realidad del aviso. Se tranquilizó; las ocupaciones propias de su puesto empezaron a reclamar su atención cada vez más conforme avanzaba la noche. Lo dejé solo a las dos de la madrugada. Me había ofrecido a quedarme toda la noche pero no quiso ni oír hablar de ello.

No me avergüenza confesar que me volví más de una vez para mirar la luz roja  mientras subía por el sendero, y que no me gustaba esa luz roja, y que hubiera dormido mal si mi cama hubiera estado debajo de ella. Tampoco veo motivo para ocultar que no me gustaban las dos coincidencias del accidente y de la muerte de la joven.

Pero lo que fundamentalmente ocupaba mi mente era el problema de cómo debía yo actuar, una vez convertido en confidente de esta revelación. Había comprobado que el hombre era inteligente, vigilante, concienzudo y exacto. ¿Pero durante cuánto tiempo podía seguir así en su estado de ánimo? A pesar de lo humilde de su cargo tenía una importantísima responsabilidad. ¿Me gustaría a mí, por ejemplo, arriesgar mi propia vida confiando en la posibilidad de que continuase ejerciendo su labor con precisión? Incapaz de no sentir que sería una especie de traición si informase a sus superiores de lo que me había dicho sin antes hablar claramente con él para proponerle una postura intermedia, resolví por fin ofrecerme para acompañarlo (conservando de momento el secreto) al mejor médico que pudiéramos encontrar por aquellos alrededores y pedirle consejo. Me había advertido que la noche  siguiente tendría un cambio de turno, y saldría una hora o dos después del amanecer, para empezar de nuevo después del anochecer. Yo había quedado en regresar de acuerdo con este horario.

—La tarde siguiente fue una tarde maravillosa y salí temprano para disfrutarla. El sol no se había puesto del todo cuando ya caminaba por el sendero cercano a la cima del profundo terraplén. "Seguiré paseando durante una hora —me dije a mí mismo—, media hora hacia un lado y media hora hacia el otro, y así haré tiempo hasta el momento de ir a la caseta de mi amigo el guardavía".

Antes de seguir el paseo me asomé al borde y miré mecánicamente hacia abajo, desde el punto en que lo vi por primera vez. No puedo describir la excitación que me invadió cuando, cerca de la entrada del túnel,  vi la aparición de un hombre con la mano izquierda sobre los ojos, agitando el brazo derecho apasionadamente. El inconcebible horror que me sobrecogió pasó al punto, porque enseguida vi que esta aparición era en verdad un hombre y que, de pie y a corta distancia, había un pequeño grupo de otros hombres para quienes parecía estar destinado el gesto que había hecho. La luz de peligro no estaba encendida aún. Apoyada en su poste, y utilizando unos soportes de madera y lona, había una tienda pequeña y baja que me resultaba totalmente nueva. No parecía mayor que una cama.

Con la inequívoca sensación de que algo iba mal —y el repentino y culpable temor de que alguna desgracia fatal hubiera ocurrido por haber dejado al hombre allí y no haber hecho que enviaran a alguien a vigilar o a corregir lo que hiciera— descendí el sendero excavado en la roca a toda velocidad de la que fui capaz.

—¿Qué pasa? —pregunté a los hombres.

—Ha muerto un guardavía esta mañana, señor.

—¿No será el que trabajaba en esa caseta?

—Sí, señor.

—¿No el que yo conozco?

—Lo reconocerá si le conocía, señor —dijo el hombre que llevaba la voz cantante, descubriéndose solemnemente y levantando la punta de la lona—, porque el rostro está bastante entero.

—Pero ¿cómo ocurrió? ¿cómo ocurrió? —pregunté, volviéndome de uno a otro mientras la lona bajaba de nuevo.

—Lo arrolló la máquina, señor. No había nadie en Inglaterra que conociese su trabajo mejor que él. Pero por algún motivo estaba dentro de los raíles. Fue en pleno día. Había encendido la luz y tenía el farol en la mano. Cuando la máquina salió del túnel estaba vuelto de espaldas y le arrolló. Ese hombre la conducía y nos estaba contando cómo ocurrió. Cuéntaselo al caballero, Tom.

El hombre, que vestía un burdo traje oscuro, regresó al lugar que ocupara anteriormente en la boca del túnel:

—Al dar la vuelta a la curva del túnel, señor —dijo—, lo vi al fondo, como si lo viera por un catalejo. No había tiempo para reducir la velocidad y sabía que él era muy cuidadoso. Como no pareció que hiciera caso del silbato, lo dejé de tocar cuando nos echábamos encima de él y lo llamé tan alto como pude.

—¿Qué dijo usted?

—¡Eh, oiga! ¡Ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Por Dios santo, apártese de la vía!

Me sobresalté.

—Oh, fue horroroso, señor. No dejé de llamarle ni un segundo. Me puse el brazo delante de los ojos para no verlo y le hice señas con el brazo hasta el último momento; pero no sirvió de nada.

Sin ánimo de prolongar mi relato para ahondar en alguna de las curiosas circunstancias que lo rodean, quiero no obstante, para terminar, señalar la coincidencia de que la advertencia del conductor no sólo incluía las palabras que el desafortunado guardavía me había dicho que lo atormentaban, sino también las palabras con las que yo mismo —no él— había acompañado —y tan sólo en mi mente— los gestos que él había representado.

(Charles Dickens, Cuentos de miedo, trad. Miguel Ángel Pérez Pérez, Alianza Editorial, 2019)

 *El guardavía, llamado también guardagujas, es un empleado  que tiene a su cargo la vigilancia de un tramo de la vía en una empresa de ferrocarril y se ocupa de mover las agujas cuando ha de efectuarse un cambio de vía. Tiene un banderín y un farol de señales para comunicarse con los empleados del tren.

Túnel de Clayton. (en.wikipedia.org)

"El guardavía" (The Signal-Man) es un relato de terror escrito por Charles Dickens (1812-1870). Fue publicado en diciembre de 1866,  en el número  especial de Navidad de la revista All the Year Round dirigida y fundada por  Dickens—, año y medio después de que el autor sufriera un terrible accidente de tren en Staplehurst el 9 de junio de 1865.  El relato parece estar inspirado por dos accidentes de tren ocurridos en su país: el descarrilamiento del tren en el que viajaba el propio Dickens cuando regresaba de Francia, debido a un error de señalización, y el choque en el túnel de Clayton (en cuyo portal se ambienta el cuento), ocurrido el 25 de agosto de 1861.

En un aislado cruce de vías, un viajero (el narrador de la historia) conoce a un solitario guardavía quien le cuenta el secreto que lo atormenta: la aparición de un espectro junto a la boca del túnel que le avisa de un peligro sin concretar. Un sonido de la campana que solo él puede escuchar precede a cada aparición del espectro y esta es  seguida siempre de un suceso trágico en el tramo de vía a su cargo. La primera aparición es seguida de un terrible accidente en el túnel y la segunda de la muerte de una joven en uno de los compartimentos del tren. La tercera aparición tortura al guardavía ya que no puede evitar un  peligro cuya naturaleza desconoce ni avisar a sus superiores porque lo tomarían por loco.

***

-Encontrarás más información sobre el autor: AQUÍ.

[Imagen inicial: treneando.com]