EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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domingo, 14 de noviembre de 2021

"Detente, instante, eres tan bello" y otros tres poemas de Cristina Peri Rossi

 

© Getty Images (bbc.com)


DETENTE, INSTANTE, ERES TAN BELLO

Como el joven Fausto seducido por Mefistófeles
al inclinarme sobre tu cuerpo
al besar tu sonrisa
al encender tus senos como faros de Alejandría
dije: "Detente, instante, eres tan bello"
y todo para mí era una ola precipitándose
sobre el tiempo
para volver el aire roca
para volver la sábana cielo
para volver el instante un siglo
y todo en mí era aspiración
la aspiración de retener lo pasajero
el ímpetu de atrapar lo fugitivo
más allá de Heráclito y sus revelaciones
y todo en mí era vocación de permanencia
estar y no pasar
fijar y no desvanecerse
como en el grito de Munch
la boca abierta sigue gritando
como en el retrato de la esposa de Giocondo
la joven sigue sonriendo eternamente

Hasta que comprendí
otra vez que soy mortal
que sos mortal
o sea fugitivas perecederas
frágiles volubles mutantes

y sólo queda entonces
el deseo.
El inmenso deseo de volver
a la sábana roja
a la tarde de sábado o domingo
al restaurante de luces y de espejos
siendo sin embargo más viejas
más antiguas
más sabias
o más cautas
para repetir el ruego del joven Fausto:
"Detente, instante, eres tan bello".
Mefistófeles faltó a la cita
y yo, Mefistófela, la escribo.

De La noche y su artificio, 2014

EL VIAJE

Mi primer viaje
fue el del exilio
quince días de mar
sin parar
la mar constante
la mar antigua
la mar continua
la mar, el mal
Quince días de agua
sin luces de neón
sin calles sin aceras
sin ciudades
sólo la luz 
de algún barco en fugitiva
Quince días de mar
e incertidumbre
no sabía adónde iba
no conocía el puerto de destino
sólo sabía aquello que dejaba
Por equipaje
una maleta llena de papeles
y de angustia
los papeles para escribir
la angustia
para vivir con ella
compañera amiga

Nadie te despidió en el puerto de partida
nadie te esperaba en el puerto de llegada
Y las hojas de papel en blanco enmoheciendo
volviéndose amarillas en la maleta
maceradas por el agua de los mares

Desde entonces
tengo el trauma del viajero
si me quedo en la ciudad me angustio
si me voy
tengo miedo de no poder volver
Tiemblo antes de hacer una maleta
-cuánto pesa lo imprescindible-
A veces preferiría marcharme
El espacio me angustia como a los gatos
Partir
es siempre partirse en dos.

De Estado de exilio, 2003

HISTORIA DE UN AMOR

Para que yo pudiera amarte
los españoles tuvieron que conquistar América
y mis abuelos
huir de Génova en un barco de carga

Para que yo pudiera amarte
Marx tuvo que escribir El Capital
y Neruda la Oda a Leningrado.

Para que yo pudiera amarte
en España hubo una guerra civil
y Lorca murió asesinado
después de haber viajado a Nueva York.

Para que yo pudiera amarte
Virginia Wolf tuvo que escribir Orlando
y Charles Darwin
viajar al Río de la Plata.

Para que yo pudiera amarte
Catulo se enamoró de Lesbia
y Romeo, de Julieta,
Ingrid Bergman filmó Stromboli
y Pasolini, Los cien días de Saló.

Para que yo pudiera amarte,
Lluís Llach tuvo que cantar Els Segadors
Y Milva, los poemas de Bertolt Brecht.

Para que yo pudiera amarte
alguien tuvo que plantar un cerezo
en la tapia de tu casa
y Garibaldi pelear en Montevideo.

Para que yo pudiera amarte
las crisálidas se hicieron mariposas
y los generales tomaron el poder.

Para que yo pudiera amarte
tuve que huir en barco de la ciudad donde nací
y tú combatir a Franco.

Para que nos amáramos, al fin, 
ocurrieron todas las cosas de este mundo

y desde que no nos amamos
sólo existe un gran desorden.

De Aquella noche, 1996

GENEALOGÍA

                                       (Safo, V. Woolf y otras)

Dulces antepasadas mías
ahogadas en el mar
o suicidadas en jardines imaginarios
encerradas en castillos de muros lilas
y arrogantes
espléndidas en su desafío
a la biología elemental
que hace de una mujer una paridora
antes de ser en realidad una mujer
soberbias en su soledad
y en el pequeño escándalo de sus vidas
tienen lugar en el herbolario
junto a ejemplares raros
de diversa nervadura.

De Otra vez Eros, 1994

Cristina Peri Rossi, escritora uruguaya nacionalizada española, ha sido galardonada con el Premio Cervantes 2021. Se convierte así en la sexta mujer que recibe el máximo galardón de las letras hispanas, tras su compatriota Ida Vitale (2018), Elena Poniatowska (2013), Ana María Matute (2010), Dulce María Loynaz (1992) y María Zambrano (1988). El Cervantes 2021 reconoce la trayectoria de "una de las grandes vocaciones literarias de nuestro tiempo", además de "la envergadura de una escritora capaz de plasmar su talento en una pluralidad de géneros": la poesía, la autobiografía, la novela y especialmente el relato, en el que ha destacado como una de las grandes cuentistas de su generación.   El jurado del premio destaca también que la literatura de Peri Rossi "es un ejercicio constante de exploración y crítica" y que expresa "temas claves de la conversación contemporánea como la condición de la mujer y la sexualidad", destacando también su obra como puente entre Latinoamérica y España, que "ha de quedar como recordatorio perpetuo del exilio y las tragedias políticas del siglo XX".

Peri Rossi,  que se define como "muy subversiva, muy contestataria", y en palabras de María Teresa Andruetto, "escribió con desparpajo el desgarro del exilio y el deseo lésbico",  es miembro de la generación del 68 de su país, llamada también "de la crisis". Su brillante trayectoria literaria se ha visto jalonada con importantes premios: fue la primera mujer en ganar el prestigioso premio Loewe de poesía, en 2008, por su poemario Playstation, y en 2019 obtuvo en Chile el Premio José Donoso por toda su obra. Se reconoce como una escritora de mentalidad renacentista, abierta a todas las disciplinas, amante del cine y enamorada desde muy temprano de la pintura y de la fotografía, porque nos permiten "retener el instante". De ahí que Fernando Valls (infoLibre, 12 / 11 / 2021) señale las relaciones  pintura-literatura entre  las aportaciones de la autora a la literatura en español: 
Diría que una nueva mirada sobre aspectos de la realidad en los que no se había profundizado cuando se ocupó de ellos, como la condición femenina, las relaciones amorosas ("No hay mejor marido que una mujer", afirma en una entrevista) y el lugar de la mujer en la sociedad, la condición de exiliada ("El exilio ha sido la experiencia más dolorosa de mi vida y también la más enriquecedora", ha comentado), la insatisfacción ante el canon establecido, el cultivo de la écfrasis o las estrechas vinculaciones que puede haber entre la pintura y la literatura. No en vano, muchos de los cuadros que aparecen en las cubiertas de sus libros los eligió ella misma [...], e incluso un título, Europa después de la lluvia (1986), proviene de un cuadro de Max Ernst, sin olvidar su interés por la música, de Wagner a la cantante italiana Mina. En cualquier caso, esta visión del mundo -a veces- culturalista, suele conllevar siempre una actitud crítica.
Una  certera visión que  Ricardo Baixeras  (elPeriódico de Aragón, 11 / 11 / 2021) complementa con su análisis sobre la obra de una de las autoras más influyentes de la literatura en español:
Peri Rossi ha hecho del exilio y la transgresión la dualidad fructífera que tensa su lenguaje. Y lo ha poblado de una mirada infantil y nostálgica como si ésa fuera la única forma de recuperar un mundo perdido. La honda carga simbólica de todo su imaginario prefigura la liberación que sus personajes buscan afanosamente. Liberación que alcanza al lenguaje, exuberante en su sensibilidad, rítmico en sus texturas y hedonista en su impulso. El placer del texto que reclamaba Roland Barthes se convierte en sus manos en una erótica del lenguaje que configura una literatura sin prejuicios confrontando, como quería el poeta Luis Cernuda, la realidad al deseo.
Cristina Peri Rossi y Julio Cortázar, en una imagen de juventud-ABC

-Puedes leer otro poema de la autora, "Para qué sirve la lectura": AQUÍ.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

VUELVE “POESÍA PARA LLEVAR” AL IES GOYA


 Una edición más vuelve el programa Poesía para llevar al instituto. En la edición del curso 2021-2022 participan nada más y nada menos que 101 centros educativos de toda la comunidad autónoma de Aragón.

Esperamos que con esta edición en la que se cumplen 20 años del nacimiento de esta formidable iniciativa podamos recuperar cierta normalidad. Aunque para facilitar las cosas en un centro tan grande apostemos por un modelo de divulgación virtual para llegar al mayor número de personas (como puedes ver en el enlace de abajo), también queremos sentir y tocar los poemas en el papel y poderlos guardar en nuestros bolsillos, en nuestras carpetas, y así recuperar una forma más sosegada y vívida de leer.

A tal efecto vamos a volver a poner los poemas en papel en tres espacios: en la biblioteca del centro- en el expositor creado por nuestra compañera Marisa-, en el recibidor principal y en el pabellón Sur, donde gracias a los buenos oficios de nuestra conserje Rocío y de la Jefa de estudios María José Medrano tenemos un pequeño espacio del que cuelgan poemas que desde ya mismo puedes recoger.

Si deseas realizar alguna sugerencia o simplemente darte a conocer como lector o poeta en ciernes puedes escribir a jose.luis.garrido@iesgoya.es.

Tú también tienes una voz y un espacio en Poesía para llevar-IES Goya.



 

domingo, 7 de noviembre de 2021

Dos poemas de María Elena Higueruelo


Calle de la Judería de Tarazona, Zaragoza (Imjoying)

-
HE ENCONTRADO UN ATAJO

Perdidos en la Judería

Muchachas de Jerusalén: yo os invoco.

Muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga
con las manos vacías,
con las manos 
sin frutos ni manjares. Dejad que venga 
a mí sin nada; así yo,
imposible Sulamita, pálida y mundana,
llenaré las suyas con las mías.

Muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga
por este atajo: acortad la distancia
entre su abrazo y el mío;
ya sé que no puede aliviar
de las cosas el peso, pero cuando
permanece aquí cerca sí consigue
que no me importe soportar tamaña carga.
Por favor,

muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga
para quitarme la corona de espinas
y, en su lugar, trence en mi pelo
una corona de flores azules
que expanda el olor de su nombre.
Así yo le ofreceré este cantar,
aunque no sea el más bello, aunque no
sea digno de un rey.
Quizá mi amor lo estime
al menos digno de lo nuestro:

       Amor, yo repudio
      el pasado y el porvenir
      por este instante contigo.

De Los días eternos, 2020


LA MITAD DE LA MITAD

Defienden los físicos la idea
de que si divides por dos la materia
                                 sucesivamente
llega un momento en que ésta,
exhausta, se rinde y desintegra.

Por el contrario, los matemáticos
insisten —insistimos— en que
hasta llegar, aún más exhaustos,
al infinito (que, todos sabemos,
                      nunca se alcanza)
podría alargarse el proceso
y dividir, y dividir
sin llegar a cero
                         indefinidamente.

Aun sabiendo la respuesta, lanzo 
la pregunta a nadie como quien lanza
una moneda al aire con dos caras:
¿quién está en lo cierto?

Cada día te recuerdo 
la mitad que el anterior.
En teoría, te querré de por vida.
En la práctica, llegará el día
en que nunca más vuelva
—ni tan siquiera la mitad
de la mitad— a hacerlo.
¿Cuándo, entonces,
la sexta noche termina?

De El agua y la sed, 2015

María Elena Higueruelo (abc.es)
María Elena Higueruelo (Torredonjimeno, Jaén, 1994) es una poeta española. Graduada en Matemáticas y en Literaturas Comparadas por la Universidad de Granada, donde también ha cursado el Máster en Estudios Literarios y Teatrales. Ha publicado los poemarios El agua y la sed (Hiperión, 2015), con el que obtuvo el XVIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, y Los días eternos (Rialp, 2020), ganador del Premio Adonáis 2019 y del Premio de Poesía Joven Miguel Hernández 2021. Ha sido incluida en las antologías Nacer en otro tiempo (Renacimiento, 2016), Piel fina (Maremágnum, 2019) y Cuando dejó de llover (Sloper, 2021).

En opinión de la autora, El agua y la sed es el resultado "de una escritura muy intuitiva, directa con intereses propios de la edad y de mi materia de estudio, las Matemáticas, con las que jugaba mucho a nivel semiótico". Así ocurre en el poema "La mitad de la mitad", en que recurre a las Matemáticas para preguntarse cuándo acaba el olvido. 

Los días eternos, escrito durante su etapa como estudiante de Literaturas Comparadas, responde, según Higueruelo, "al entusiasmo de adentrarme en un nuevo campo de estudio, de descubrir más referencias y seguir el pensamiento literario y poético. Se trasluce de un poemario a otro una meditación más profunda en torno al ejercicio creativo. La escritura deja de ser visceral y se vuelve más simbólica, más extraña".  Como explica su editor, este poemario "deja entrever una profunda reflexión sobre el paso del tiempo, sometido éste tanto a la inconsciencia del pasado (la infancia y la adolescencia) como a la plena lucidez del presente (la madurez de la autora) y a la incertidumbre del futuro". Un poemario del que el jurado del Premio Adonáis destaca "su atención constante a los mitos y el  juego con la literatura, integrados en una poesía personal que nos lleva desde la Antigüedad clásica a lo más pop, de la mano de una inteligente ingenuidad". En el poema "He encontrado un atajo" la intertextualidad nos remite al Cantar de los Cantares, libro del Antiguo Testamento atribuido tradicionalmente al rey Salomón, si bien actualmente se considera que no es obra de un único autor, sino una colección de canciones de los siglos V y IV a. C., recopiladas a principios del siglo III a. C.  Se trata  de cantos eróticos que celebran el amor humano protagonizado por un hombre y una mujer, un joven pastor y una sulamita (nativa de la aldea de Shulam) de piel oscura y gran belleza. Han sido separados y se buscan con desesperación, mientras expresan alternativamente sus sentimientos. En el poema, un yo poético femenino, como una "imposible Sulamita", expresa su impaciencia por reencontrarse con su amado, del que se ha visto separada ("Perdidos en la Judería"), y, como en el poema bíblico,  invoca a las "hijas de Jerusalen" solicitando su ayuda.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Presentación del libro “De la roca nacidas” de Carmen Romeo y María Aguirre

 El Grupo de lectura “Leer juntos” del IES Goya invita a la comunidad educativa a la presentación-coloquio del libro de relatos “De la roca nacidas”, escrito por Carmen Romeo Pemán e ilustrado por María Aguirre Romeo, que tendrá lugar el lunes 8 de noviembre a las 19:00 h. en el Salón de actos del instituto.


El libro contiene una selección de relatos nacidos del amor que Carmen profesa a su pueblo natal, El Frago, y de su admiración por aquellas maestras rurales cuya entusiasta labor tan bien describe. Los cuentos se agrupan en las series “Las fragolinas de mis ayeres”, “Leyendas escolares” y “De la tradición oral”. Proceden, en parte, del blog literario “Letras desde Mocade”, en el que participa asiduamente la autora, mientras que otros son inéditos.

Carmen Romeo Pemán fue alumna de la escuela de su pueblo hasta los 13 años. Es catedrática de Lengua y Literatura, maestra de Primera Enseñanza y Licenciada en Lenguas Románicas. Ha desarrollado la mayor parte de su vida docente en las aulas del Instituto Goya y, aunque jubilada, siempre ha estado vinculada a nuestro centro, en el que actualmente participa como miembro del grupo de lectura.

Cada uno de sus relatos va precedido de una ilustración de María Aguirre. María, aunque profesionalmente dedicada a las ciencias, muestra su sensibilidad, su formación artística y también el cariño que siente hacia su pueblo en las acuarelas cuya exposición se inaugurará el mismo día en la Sala Cebrián del IES Goya y que podrá visitarse hasta el 29 de noviembre, de lunes a viernes de 17 a 20:30 horas.

martes, 2 de noviembre de 2021

Aitana Monzón, ganadora del Premio ESPASAesPOESÍA 2021

 En febrero del año pasado, nuestra compañera del departamento de Lengua Castellana y literatura, Marisa Mateo, nos descubría a la poeta Aitana Monzón Blasco, al proponer la lectura de su poema «In moonlight black boys look blue» desde el IES Goya al resto de centros educativos de Aragón a través del Programa Poesía para Llevar.

El inesperado confinamiento que nos sobrevino como consecuencia de la pandemia de la covid obligó a cancelar el encuentro que habíamos programado con la joven poeta para comentar su poema con nuestros alumnos. No obstante, meses más tarde, Aitana tuvo la amabilidad de venir a visitarnos al instituto y se hizo esta foto en el vestíbulo:


 

Desde este blog queremos felicitar a Aitana Monzón por haber ganado el último Premio Espasa Joven de Poesía con La civilización no era esto. Los enlaces del final de la página nos permiten escuchar o leer algunas de las entrevistas que le fueron realizando poco después de obtener el galardón. Aitana recibió la noticia al salir de clase, a través de una llamada de Luis Alberto de Cuenca; no podía creérselo. Un premio de poesía con 20000 euros de dotación supone un reconocimiento y un empujoncito tremendo. Está feliz. El próximo día 17 estará ya disponible su obra en las librerías.


 

BIOGRAFÍA

Aitana Monzón Blasco (Tudela, 2000) cursa Estudios Ingleses en la Universidad de Zaragoza. Ha colaborado en antologías y revistas a nivel nacional e internacional y entre sus reconocimientos literarios destacan el XLII Certamen Poético Nacional Ciudad de Archidona; XXXIII Certamen de Poesía Gabriel y Galán, su puesto como finalista en el II Concurso Nacional de Poesía Viva #LdeLírica y el IV Premio ESPASAesPOESÍA. El año pasado estudió Literatura Comparada en la Universidad de Kent y es autora del poemario Dormir à la belle étoile (Amarante, 2019). Actualmente investiga sobre la poesía fragmentaria, la ecopoesía y el legado anglosajón.

REDES SOCIALES DE AITANA MONZÓN:

Twitter: @koskynta

Instagram: @aitanamonzonb

ENLACES A PRENSA:

Entrevista en “Navarra Informativos” de RNE (20/10 /2021)

Aitana Monzón Blasco, Premio Espasa: “La poesía me ha acompañado siempre”

ABC Cultura: Aitana Monzón gana el premio ESPASAesPOESÍA con ‘La civilización no era esto’.

Eldiario.es: La navarra de 21 años Aitana Monzón gana el Premio…

Aitana Monzón: “Lo bueno de la poesía es la comunión entre personas” (Diario de Navarra)

domingo, 31 de octubre de 2021

"Noviembre", de Claudio Rodríguez





                    NOVIEMBRE

Llega otra vez noviembre, que es el mes que más quiero
porque sé su secreto, porque me da más vida.
La calidad de su aire, que es canción,
casi revelación,
y sus mañanas tan remediadoras,
su ternura codiciosa,
su entrañable soledad.
Y encontrar una calle en una boca,
una casa en un cuerpo mientras, tan caducas,
con esa melodía de la ambición perdida,
caen las castañas y las telarañas.

Estas castañas, de ocre amarillento,
seguras, entreabiertas, dándome libertad
junto al temblor en sombra de su cáscara.
Las telarañas, con su geometría
tan cautelosa y pegajosa, y
también con su silencio,
con su palpitación oscura
como la del coral o la más tierna
de la esponja, o la de la piña
abierta,
o la del corazón cuando late sin tiranía, cuando
resucita y se limpia.
Tras tanto tiempo sin amor, esta mañana
qué salvadora. Qué
luz tan íntima. Me entra y me da música
sin pausas
en el momento mismo en que te amo,
en que me entrego a ti con alegría,
trémulamente e impacientemente,
sin mirar a esa puerta donde llama el adiós.

Llegó otra vez noviembre. Lejos quedan los días
de los pequeños sueños, de los besos marchitos.
Tú eres el mes que quiero. Que no me deje a oscuras
tu codiciosa luz olvidadiza y cárdena
mientras llega el invierno.

De El vuelo de la celebración, 1976

Entradas relacionadas:

jueves, 28 de octubre de 2021

"Los ojos de la pantera", un cuento de Ambrose Bierce


 

LOS OJOS DE LA PANTERA


I

NO SIEMPRE SE CASA UNO CUANDO ESTÁ LOCO

Un hombre y una mujer (este agrupamiento era obra de la naturaleza) estaban sentados en un banco rústico, a últimas horas de la tarde. El hombre era de mediana edad, delgado, moreno, con la expresión de un poeta y la complexión de un pirata... era un hombre al que uno tenía que mirar por segunda vez. La mujer era joven, rubia, grácil, con algo en su aspecto y sus movimientos que sugería la palabra "flexible". Llevaba un vestido gris con curiosos signos marrones tejidos en él. Puede que fuera hermosa; no era fácil asegurarlo, porque sus ojos desviaban la atención de cualquier otra cosa. Eran de color verde-pardo, rasgados y estrechos, con una expresión que desafiaba el análisis. Uno sólo podía darse cuenta de que eran inquietantes. Cleopatra pudo haber tenido unos ojos así.

El hombre y la mujer conversaban.

—Sí —dijo la mujer—, te quiero, ¡Dios lo sabe! Pero casarme contigo, no. No puedo, no lo haré.

—Irene, has dicho esto muchas veces, y siempre te has negado a darme una explicación. Tengo derecho a saber, a comprender, a sentir y a poner a prueba mi fortaleza, si la tengo. Dame una razón.

—¿Por quererte?

La mujer sonreía entre sus lágrimas y su palidez. Aquello no alentó en absoluto el sentido del humor del hombre.

—No; para eso no hay razón. Dame una razón para no casarte conmigo. Tengo derecho a saber. Debo saber. ¡He de saber!

El hombre se había puesto en pie y estaba frente a ella, con los puños cerrados, ceñudo... podría decirse iracundo. Parecía como si pudiera tratar de saber estrangulándola. Ella ya no sonreía... Se limitaba a tener alzada la mirada hacia la cara del hombre, con una expresión fija y tensa completamente desprovista de emoción o sentimiento. Pero había algo en esa mirada que dominó la cólera del hombre y le hizo estremecer.

—¿Estás decidido a conocer mi razón? —preguntó la mujer, en un tono enteramente mecánico... un tono que podía haber sido la versión audible de su mirada.

—Si tú quieres..., si no estoy pidiendo demasiado.

Aparentemente, aquel amo de la creación estaba cediendo parte de su dominio a su congénere.

—Muy bien, vas a saber: estoy loca.

El hombre tuvo un sobresalto, luego adoptó un aire incrédulo y tuvo conciencia de que debería sentirse divertido. Pero de nuevo le falló su sentido del humor en aquel momento de necesidad, y, a pesar de su incredulidad, estaba profundamente turbado por aquello que no creía. Nuestras convicciones y nuestros sentimientos no se entienden bien.

—Esto es lo que dirían los médicos —prosiguió la mujer—, si supieran la cosa. Yo quizá preferiría llamarlo un caso de "posesión". Siéntate y escucha lo que tengo que decir.

El hombre volvió a sentarse silenciosamente a su lado, en el banco rústico, junto al camino. Frente a ellos, en el lado oriental del valle, las colinas tenían ya el rubor del sol poniente, y el silencio, alrededor, tenía esa cualidad peculiar que anuncia el crepúsculo. Algo de su solemnidad misteriosa y llena de significado se había comunicado al estado de ánimo del hombre. En el mundo espiritual, como en el material, hay signos y presagios de la noche. Jenner Brading, buscando raras veces la mirada de la mujer, y consciente, cuando lo hacía, del miedo indefinible con que aquellos ojos, pese a su belleza felina, le impresionaban, escuchó en silencio la historia que narró Irene Marlowe. En consideración al posible prejuicio del lector contra la pobreza de métodos de una historiadora sin práctica, el autor se permite sustituir la versión de la mujer por la suya propia.


II

UNA HABITACIÓN PUEDE SER PEQUEÑA PARA TRES, AUNQUE UNO DE ELLOS ESTÉ FUERA

En una casita de troncos en la que había una sola habitación sobria y toscamente amueblada, acurrucada en el suelo contra una de las paredes, había una mujer, apretando a una niña contra su pecho. Fuera, un espeso bosque se extendía, sin interrupción, varias millas en todas direcciones. Era de noche, y la habitación estaba en una profunda oscuridad: ninguna mirada humana hubiera podido percibir a la mujer con la niña. Sin embargo, eran observadas estrecha y vigilantemente, sin ni un momento de relajamiento en la atención; y éste es el hecho central en torno al cual gira esta narración.

Charles Marlowe pertenecía a la categoría, ahora extinguida en el país, de los pioneros del bosque, hombres que hallaban su más aceptable entorno en las soledades selváticas que se extendían a lo largo de la vertiente oriental del valle del Mississippi, desde los Grandes Lagos hasta el Golfo de México. Durante más de cien años, aquellos hombres se abrieron paso cada vez más al oeste, generación tras generación, con el rifle y el hacha, exigiendo de la Naturaleza y sus salvajes criaturas, aquí y allí, una aislada superficie para el arado, cedida, apenas después de conseguida, a sus sucesores, menos aventureros pero más prósperos. Finalmente emergieron de la linde del bosque en terreno abierto, y se desvanecieron como si hubieran caído en un abismo. El pionero del bosque ya no existe; el pionero de las llanuras, cuya fácil tarea consistió en subyugar, para su ocupación, dos terceras partes del país en una sola generación, es un producto distinto e inferior. Acompañando a Charles Marlowe en la extensión selvática, compartiendo los peligros, las penalidades y las privaciones de aquella vida extraña y poco provechosa, estaban su mujer y su hija, por las cuales, del modo que es propio en su categoría, en la que las virtudes domésticas eran una religión, sentía un cariño apasionado. La mujer era todavía lo bastante joven para ser bonita, y lo bastante poco veterana en aquel espantoso aislamiento para ser alegre. Aun reteniéndole la amplia capacidad para la felicidad que las sencillas satisfacciones de la vida en el bosque  no podían colmar, el Cielo se había portado bien con ella. En sus leves tareas domésticas, su hija, su marido y sus pocos libros dispares, la mujer hallaba una abundante provisión para sus necesidades.

Cierta mañana, a mediados de verano, Marlowe descolgó su rifle de los ganchos de madera de la pared, y manifestó su intención de ir de caza.

—Tenemos suficiente carne —dijo la mujer—; por favor, no te vayas hoy. La pasada noche soñé... ¡Oh, qué cosa tan espantosa! No puedo recordarla, pero estoy casi convencida de que ocurrirá si te vas.

Lamentamos admitir que Marlowe recibió aquella solemne declaración con menos gravedad de la que merecía la misteriosa naturaleza de la calamidad pronosticada. A decir verdad, se rió.

—Intenta recordar —dijo—. A lo mejor soñaste que la niña había perdido el don del habla.

Esta conjetura estaba obviamente sugerida por el hecho de que la niña, asida del faldón de su chaqueta de caza con sus diez regordetes dedos, manifestaba en aquellos momentos su opinión acerca de la situación por medio de una serie de "gugús" entusiastas inspirados por el gorro de piel de mapache de su padre.

La mujer cedió: carecía del don del humor, y era incapaz de ofrecer resistencia a las amables bromas de su marido; así que éste, con un beso para la madre y otros para la niña, dejó la casa y cerró la puerta a su felicidad, para siempre.

No había vuelto al anochecer. La mujer preparó la cena y esperó. Luego puso a la niña en la cama, y le cantó suavemente hasta que se durmió. Por entonces el fuego de la chimenea, con el que había cocinado la cena, se había extinguido, y la habitación estaba iluminada por una sola vela. La puso en la ventana abierta como señal y bienvenida para el cazador, si venía por aquel lado. Había cerrado y atrancado concienzudamente la puerta, como protección contra los animales salvajes que pudieran preferir la puerta a la ventana... No estaba al corriente de las costumbres de los animales depredadores cuando entraban en una casa sin ser invitados, aunque, con previsión auténticamente femenina, hubiera podido tomar en consideración la posibilidad de que entraran por la chimenea. A medida que avanzaba la noche no le disminuyó la ansiedad, pero le entró sueño, y por fin apoyó los brazos en la cama, junto a la niña, y la cabeza en los brazos. La vela, en la ventana, ardió hasta el candelero, chisporroteó y fulguró un instante, y se apagó sin que nadie se fijara en ella; ya que la mujer dormía y soñaba.

En su sueño, estaba sentada junto a la cuna de una segunda hija. La primera había muerto. El padre había muerto. Había desaparecido la casa en el bosque, y la nueva morada no le era familiar. Había macizas puertas de roble, permanentemente cerradas, y en la parte exterior de las ventanas, encajados en los gruesos muros de piedra, había barrotes de hierro, obviamente (pensó) como precaución contra los indios. Observó todo aquello con una infinita lástima por sí misma, pero sin sorpresa... emoción ésta desconocida en los sueños. La criatura en la cuna estaba oculta a la mirada por la colcha, y sintió que algo la impulsaba a apartarla. Lo hizo, dejando al descubierto la cara de... ¡un animal salvaje! Con la impresión de aquella revelación espantosa, la durmiente despertó, temblando en las tinieblas de su cabaña en el bosque.

Le volvió lentamente la conciencia de dónde estaba realmente, encontró a tientas a la hija que no era un sueño, y se aseguró, por su respiración, de que estaba perfectamente; pero no pudo contenerse de pasarle levemente la mano por la cara. Luego, movida por un impulso que probablemente no hubiera sabido explicar, se puso en pie y tomó en sus brazos a la niña dormida, sujetándola fuertemente contra su pecho. La cabecera del catre de la niña estaba contra la pared a la que la mujer volvió la espalda cuando estuvo en pie. Alzó la mirada, y vio dos objetos brillantes que centelleaban en las tinieblas con un fulgor verde-rojizo. Los tomó por dos brasas de la chimenea, pero junto con el sentido de la orientación que iba recobrando le llegó la inquietante certidumbre de que no estaban en aquella parte de la habitación; además, estaban demasiado altos, casi al nivel de los ojos... de sus propios ojos. Porque aquéllos eran los ojos de una pantera.

La bestia estaba en la ventana abierta, directamente en frente, a menos de cinco pasos. No se veía nada más que aquellos ojos terribles, pero, entre el espantoso tumulto de sus sensaciones cuando la situación se reveló a su entendimiento, la mujer supo de algún modo que la bestia estaba erguida sobre sus patas traseras, apoyando las garras delanteras en el borde de la ventana. Aquello expresaba un interés maligno... no simplemente la satisfacción de una curiosidad gratuita. El carácter consciente de aquella actitud era un horror adicional que acentuaba la amenaza de aquellos ojos espantosos, en cuyo fuego inmutable se consumían la fuerza y el valor de la mujer. Se estremeció y sintió vértigo ante la silenciosa interrogación de aquellos ojos. Le flaquearon las rodillas, y gradualmente, esforzándose instintivamente por evitar cualquier movimiento súbito que pudiera lanzar a la bestia contra ella, se dejó caer al suelo, se acurrucó contra la pared, y trató de proteger a la niña con su propio cuerpo tembloroso, sin desviar la mirada de aquellas órbitas luminosas que la estaban matando. En su angustia, no pensó en su marido... no tenía ni esperanzas ni ideas de rescate o huida. Su capacidad de pensar y sentir se había empequeñecido hasta las dimensiones de una sola emoción: el miedo al salto del animal, al impacto de su cuerpo, al golpe de sus patazas, a la sensación de sus dientes en la garganta, al despedazamiento de su niña. Inmóvil, en absoluto silencio, esperaba su fin, y los instantes se convertían en horas, en años, en siglos; y aquellos ojos diabólicos mantenían su vigilancia.

Al volver a su cabaña, ya muy entrada la noche, con un venado sobre los hombros, Charles Marlowe tanteó la puerta. No se abrió. Llamó; no hubo respuesta. Soltó su venado y dio la vuelta hasta la ventana. Al volver el ángulo de la casa, le pareció oír un sonido como de pisadas sigilosas y leves crujidos entre los matorrales, pero el sonido era demasiado débil para estar seguro, aun con su experimentado oído. Se acercó a la ventana, y, para sorpresa suya, se la encontró abierta; pasó una pierna por encima del borde y entró. Todo era oscuridad y silencio. Caminó a tientas hasta la chimenea, frotó una cerilla y encendió una vela. Luego miró a su alrededor. Acurrucada en el suelo, contra una pared, estaba su mujer, asiendo fuertemente a la niña. Cuando dio un salto hacia ella, la mujer se puso en pie y rompió en una carcajada,larga, fuerte y mecánica, carente de alegría y carente de sentido... una carcajada a la que no le faltaba cierto parecido con un rechinar de cadenas. Sin saber apenas lo que hacía, el hombre extendió los brazos. Ella le puso a la niña en ellos. Estaba muerta... asfixiada hasta morir en el abrazo de su madre.


III

LA TEORÍA DE LA DEFENSA

Esto fue lo que ocurrió cierta noche en un bosque, pero no es todo lo que Irene Marlowe contó a Jenner Brading; ni tampoco todo lo que ella sabía. Cuando acabó, el sol estaba por debajo del horizonte, y el largo crepúsculo estival había empezado a oscurecerse en las hondonadas. Brading permaneció en silencio unos momentos, a la espera de que la narración prosiguiera hasta tener una relación definida con la conversación de la que había partido; pero la narradora estaba tan callada como él; había desviado la mirada, y enlazaba y desenlazaba las manos en su regazo dando la singular impresión de una acción independiente de su voluntad.

—Es una historia triste, terrible —dijo finalmente Brading—, pero no comprendo. Charles Marlowe es tu padre, eso lo sé. Que envejeció antes de tiempo, abrumado por alguna gran pena, es cosa que vi, o creí ver. Pero, perdóname, dijiste que estás... que estás...

—Que estoy loca —dijo la muchacha, sin ningún movimiento de cabeza o cuerpo.

—Pero, Irene, has dicho... Por favor, querida, no apartes de mí la mirada... Has dicho que la criatura estaba muerta, no enloquecida.

—Sí, aquella criatura... Yo soy la segunda. Yo nací tres meses después de aquella noche, y mi madre conoció la bendición de morir al darme a luz.

Brading calló de nuevo; estaba un tanto aturdido, y no se le ocurría, de momento, qué era lo que convenía  decir. La muchacha apartaba todavía la cara. Él, perplejo, hizo ademán, impulsivamente, de tomar aquellas manos que se enlazaban y desenlazaban en el regazo de la muchacha, pero algo... no podría haber explicado qué... le retuvo. Luego recordó, vagamente, que nunca se había sentido demasiado inclinado a tomarle las manos.

—¿Es posible —prosiguió ella— que una persona nacida en esas circunstancias sea como las demás...? ¿Que esté lo que se dice cuerda?

Brading no contestó; le preocupaba una nueva idea que iba tomando forma en su mente... un científico la hubiera llamado hipótesis; un detective, teoría. Podía arrojar una luz adicional, aunque escalofriante, en las dudas acerca de su cordura que su afirmación no había disipado.

El territorio era todavía nuevo, y, fuera de los pueblos, estaba muy dispersamente poblado. El cazador profesional seguía siendo un personaje familiar, y entre sus trofeos figuraban cabezas y pieles de las bestias de caza de mayor tamaño. Historias de variable credibilidad acerca de encuentros nocturnos con animales salvajes en caminos solitarios circulaban de vez en cuando, pasaban por las habituales etapas de crecimiento y decadencia, y luego eran olvidadas. Un reciente añadido a aquellos apócrifos populares, originado, en apariencia, por generación espontánea en distintas casas, consistía en que una pantera había asustado a varios de sus miembros mirando de noche por la ventana. El cuento había provocado unas ondas de excitación... Incluso había logrado la distinción de verse mencionado en el periódico local; pero Brading no le había prestado ninguna atención. Ahora, su parecido con la historia que acababa de escuchar le pareció ser quizá algo más que accidental. ¿No era posible que una historia hubiese sugerido la otra..., que, encontrando condiciones congeniales en una mente enfermiza y una imaginación fértil, se hubiera transformado en la trágica narración que acababa de oír?

Brading recordó ciertas circunstancias de la historia de la muchacha y de su carácter a las que, con la falta de curiosidad de un enamorado, no había prestado hasta entonces atención... como lo solitario de su vida con su padre, en cuya casa nadie, aparentemente, era tolerado como visitante; o como el extraño miedo de la muchacha a la noche, miedo que, según los que mejor la conocían, explicaba el hecho de que jamás se la viera después de anochecer. Sin duda, en una mente como aquella la imaginación, una vez inflamada, podía arder con una llama incontrolada, penetrando y envolviendo la estructura entera. De que estaba loca, aunque esa convicción le causara un agudísimo dolor, Brading no podía ya dudar; la muchacha, simplemente, había confundido un efecto de su enfermedad mental con la causa de ésta, y había establecido una imaginaria relación entre su propia personalidad y los desvaríos de los inventores de mitos locales. Con la vaga intención de poner a prueba su nueva "teoría", y sin ideas demasiado claras acerca de cómo llevar la cosa a cabo, dijo gravemente, pero sin titubeo:

—Irene, querida, dime... Te ruego que no te ofendas, pero dime...

—Ya te he dicho —interrumpió la muchacha, hablando con una apasionada vehemencia que él no había conocido antes en ella—, ya te he dicho que no podemos casarnos; ¿merece la pena decir algo más?

Antes de que él pudiera detenerla, la muchacha había saltado de su asiento, y, sin añadir palabra, se alejó, deslizándose entre los árboles, en dirección a la casa de su padre. Brading se había puesto en pie en el momento de intentar detenerla; permaneció contemplándola en silencio hasta que se hubo desvanecido en la oscuridad. De repente, tuvo un sobresalto, como si hubiera recibido un balazo; su rostro adquirió una expresión de asombro y alarma: en una de las negras sombras en las que la joven había desaparecido, ¡entrevió por un instante unos ojos brillantes! Por unos momentos estuvo desconcertado e indeciso; luego se abalanzó hacia el bosque, siguiéndola y gritando: "¡Irene! ¡Cuidado, Irene! ¡La pantera! ¡La pantera!".

Al poco rato había cruzado la franja de bosque, emergiendo en terreno abierto, y vio el vestido gris de la muchacha desvaneciéndose por la puerta de la casa de su padre. No se veía ninguna pantera.


IV

LLAMAMIENTO A LA CONCIENCIA DE DIOS

Jenner Brading, abogado, vivía en una casita en los límites de la ciudad. Directamente detrás del edificio estaba el bosque. Como era soltero, y, en consecuencia, de acuerdo con el draconiano código moral del tiempo y del sitio, le estaban prohibidos los servicios de la única clase de sirviente doméstico conocida por allí, la "muchacha por horas", comía en el hotel del pueblo, donde tenía también su despacho. La casita junto al bosque era simplemente una vivienda que mantenía (sin grandes gastos, desde luego) como prueba de prosperidad y respetabilidad. No hubiera estado en consonancia con una persona definida con orgullo, por el periódico local, como "el más eminente jurista de su tiempo" el no tener un hogar, aunque él, a veces, había sospechado que las palabras "hogar" y "casa" no eran estrictamente sinónimas. A decir verdad, su conciencia de esta disparidad, y su deseo de armonizar ambos términos, eran temas de inferencia lógica, pues todo el mundo decía que, poco después de que la casita quedara construida, su propietario había dado ciertos pasos infructuosos en dirección al matrimonio... En realidad, había llegado hasta el punto de verse rechazado por la hermosa y excéntrica hija del viejo Marlowe, el recluso. Esto era públicamente admitido, ya que él mismo lo había contado, aunque ella no... inversión ésta del orden usual de las cosas que difícilmente podía dejar de convencer.

El dormitorio de Brading estaba en la parte trasera de la casa, y tenía una sola ventana, que daba al bosque. Cierta noche le despertó un ruido en la ventana; le hubiera costado definir a qué se parecía. Con un leve estremecimiento nervioso, se incorporó en la cama y asió el revólver que, con una previsión muy recomendable para alguien que duerme en la planta baja con la ventana abierta, tenía debajo de la almohada. La habitación estaba en la más absoluta oscuridad, pero, al no sentirse aterrorizado, supo hacia dónde dirigir la mirada, y en esa dirección la mantuvo fijamente, esperando en silencio lo que pudiera ocurrir. Ahora podía distinguir difusamente la abertura... un cuadrado de negrura menos intensa. Al poco rato aparecieron, en su borde inferior, ¡dos ojos refulgentes que ardían con un fulgor maligno, inexpresablemente terrible! El corazón le dio un vuelco, y luego pareció parársele. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal y el cuero cabelludo; sintió que la sangre abandonaba sus mejillas. No podría haber gritado... ni siquiera para salvar la vida; pero era un hombre valiente, y no hubiera gritado, para salvar la vida, aunque hubiese podido hacerlo. Su cuerpo cobarde podía sentir cierta trepidación, pero su ánimo era de material más duro. Lentamente, los ojos brillantes se elevaron, con un movimiento uniforme que parecía de aproximación; la mano derecha de Brading se alzó lentamente, sosteniendo el revólver. ¡Disparó!

Cegado por el fogonazo y aturdido por el estampido, Brading oyó, pese a todo, o creyó oír, el grito salvaje y agudo de la pantera, humano en su tono, demoníaco en su sugestión. Brading saltó de la cama, se vistió rápidamente, y, revólver en mano, cruzó la puerta de un salto, encontrándose con dos o tres hombres que subían corriendo por el camino. Una breve explicación se vio seguida por un cauteloso registro de la casa. La hierba estaba húmeda de rocío; debajo de la ventana había sido pisada, y parcialmente aplastada, en un ancho espacio, a partir del cual unas huellas, visibles a la luz de una linterna, se dirigían hacia la maleza. Uno de los hombres tropezó y cayó sobre sus manos, y, al frotárselas cuando se puso en pie, las notó viscosas. Le fueron examinadas: estaban rojas de sangre.

El enfrentamiento, sin armas, con una pantera herida no les apetecía en absoluto; todos, salvo Brading, volvieron sobre sus pasos. Él, con la linterna y el revólver, siguió valientemente bosque adentro. Tras atravesar dificultosamente una densa maleza, llegó a un pequeño claro, y allí su valor obtuvo su recompensa, ya que allí estaba el cadáver de su víctima. Pero no era una pantera. Lo que todavía hoy puede leerse en una lápida del cementerio del pueblo fue diariamente atestiguado, durante muchos años, junto a la tumba, por la figura encorvada y el rostro surcado de arrugas de dolor del viejo Marlowe. Paz a su alma, y paz al alma de su extraña y desdichada hija. Paz y reparación.

(Ambrose Bierce, Los ojos de la pantera y otros relatos de terror. Trad. de Emilio Olcina Aya, Col. Rutas, Ed. Fontamara, Barcelona, 1984, págs. 47-55)


Ambrose Bierce. (revistadeletras.net)

Ambrose Gwinnet Bierce, llamado Bitter Bierce por su humor amargo y cáustico, fue escritor, periodista y editor estadounidense. Nació en Ohio en 1842. Fue el décimo de doce hijos de un matrimonio de granjeros calvinistas que criaron a sus hijos en un ambiente de represión y prejuicios. Combatió, como voluntario, con los unionistas del norte durante la Guerra de Secesión (1861-1865), en la que fue herido de gravedad y fue ascendido hasta capitán, aunque por error fue licenciado con el grado de comandante. Su experiencia bélica le inspiró los extraordinarios Cuentos de soldados y civiles (1891). 

De formación autodidacta, publicó su primer cuento, "The Haunted Valley" (El valle hechizado) en 1871 en la revista Overland Monthly. Ese mismo año contrajo matrimonio con Mary Ellen (Molly) Day, con quien tuvo tres hijos. De 1872 a 1875 vivieron en Londres. Se separaron en 1888. En 1877 inauguró su famosa columna "Prattle" en el semanario Argonaut. Diez años después empezó a trabajar para los periódicos del magnate de la prensa William Randolph Hearst (inmortalizado por Orson Welles en Ciudadano Kane), una fructífera relación que duró más de veinte años, durante los cuales Bierce se convirtió en el azote de la sociedad estadounidense. 

Se sabe que a finales de 1913, cuando tenía 71 años, marchó a México, en plena  Revolución, y se unió al ejército de Pancho Villa como observador. En su última carta manifiesta su intención de trasladarse a Ojinaga, ciudad donde unos días después se libró una sangrienta batalla. Nunca más se volvió a saber nada de él, desapareció sin dejar rastro. Por algunos documentos que se refieren a un "gringo viejo", se cree que pudo morir en el sitio de Ojinaga (enero de 1914) o fusilado en Sierra Mojada. Quizá este era el final que él deseaba, ya que había escrito: "Debe de ser horrible morir entre sábanas; si Dios quiere, a mí no me ocurrirá". El escritor mexicano Carlos Fuentes se basó en la vida de Bierce para escribir la novela Gringo viejo (1985), que se convirtió en el primer best seller de un autor mexicano en la ciudad de Nueva York. Fue llevada al cine por Luis Puenzo en 1989, con Gregory Peck  en el papel protagonista.

La prosa de Bierce se caracteriza por la lucidez y el cinismo y cierta fascinación por el horror y la muerte. Sus relatos de terror lo señalaron como heredero de Poe, Hawthorne o Maupassant y le granjearon la admiración de Lovecraft, que incorporó en su mitología elementos tomados de Bierce. Junto a  Cuentos de soldados y civiles, sobresalen obras como El monje y la hija del verdugo (1892), ¿Pueden existir cosas semejantes? (1893) y El diccionario del diablo (1906), recopilación de cerca de un millar de definiciones corrosivas escritas entre 1881 y 1906. Su preocupación por la técnica literaria se refleja en Write It Right ( Escriba bien) (1909).


[Imagen inicial: elfaroluzyciencia.com]