EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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domingo, 10 de octubre de 2021

"Geórgica imposible", de Rosendo Tello




Geórgica imposible

Beatus ille qui procul negotiis
(HORACIO)

Yo podría haber sido agricultor, dichoso
en mi finca vallada con un seto de vincas.
Entre viñas e higueras pasaría las horas
sin envidiar a nadie, atento a los augurios
de mis antepasados, que a todo antepusieron
el arte de vivir en la serenidad
de acuerdo con la edad y sus ocios fecundos.
El olivo sagrado señorea la tierra
que heredé de mis padres, entreabren los frutales
sus botones granados como pechos granados
de doncellas en flor, dialogan al aire
los parrales latinos y el corazón del mar
late en la lejanía.
¡Tener un pozo blanco
en el atrio de casa, con una piedra negra
sobre el brocal labrado para oír los oráculos
de los tiempos antiguos en los claros de luna!
¿Qué distracción mayor que ver rumiar los bueyes
bajo los tamarindos, a la sombra dorada
de sus verdes sombrillas con encaje de sedas?
¿Y qué decir si pienso en los rubios panales
que, al pie de las laderas, hacen dulces y amables
las suertes de la vida?
Los domingos podría
ensayarme en la pesca, leer en las entrañas
de los peces los cambios que los cielos anuncian
y evitar con las aves los desastres del tiempo.
O pasear cantando por bancales de avenas
y pajizos trigales, y oír los ruiseñores
en las foscas umbrías. Ser pastor solitario,
como lo fue mi abuelo, ¡suprema ocupación!
La que a Lope dictaba tiernas alegorías
tras vida borrascosa, la que aprendí de Rilke
y sus noches de Ronda.
Yo no sería nunca
Salicio o Nemoroso, pues mi amada estaría
sin disfraz esperándome, tendida en la espesura
al ventalle almenado de sauces amorosos.
¿Son enajenaciones? ¿O tal vez, sólo el sueño
de un solitario errante que ha perdido el sentido
de las cosas sagradas y ahora se empeña en vano
en ser lo que no fue? ¿O que no pudo ser?
¿Que no será jamás?

            
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domingo, 3 de octubre de 2021

"Al otoño" (To Autumn), de John Keats

 
Viñedos en la región de Umbría, Italia. MAURIZIO RELLINI


AL OTOÑO

 

I

 

    Estación de nieblas y frutos maduros

         compañera íntima del sol que madura,

    que con él conspiras para bendecir y llenar

         de fruto las viñas que los tejados rodean;

    para colmar de manzanas los árboles cubiertos de musgo,

         y hacer que el corazón de la fruta madure;

              que crezca la calabaza, y las cáscaras de avellana se llenen

         de pulpa sabrosa; que nazcan brotes nuevos,

    flores tardías que hagan creer a las abejas

    que jamás han de acabar los días cálidos,

              pues el verano sus panales ha colmado.

 

II

 

    ¿Quién entre los de tu especie, no te ha visto a menudo?

         Quien sea que te busque puede a veces encontrarte

    Sentada con descuido en el suelo del granero,

         tu cabello agitado por ráfagas de viento;

    o profundamente dormida en los surcos labrados,

         ebria por los efluvios de la adormidera, mientras tu hoz

    evita el siguiente haz y sus flores entrelazadas.

    Y, a veces, cual espigador, mantienes

         la carga firme sobre tu cabeza al cruzar el arroyo;

         o con mirada paciente, junto al lagar,

    vigilas hora tras hora los últimos olores.

 

III

 

    ¿Dónde están las canciones de primavera? Sí, ¿dónde están?

         No pienses en ellas, que también tú tienes tu música,

    mientras nubes ligeras florecen en el ocaso

         y tiñen de rosa pálido las llanuras;

    y un coro de lamentos entonan los insectos

         entre los sauces del río, y se alejan

              o se hunden en el viento ligero que nace o muere;

    y los corderos adultos balan ruidosos desde las colinas;

         cantan las cigarras, y con voz atiplada

         el petirrojo silba desde el jardín en flor;

               y golondrinas en bandadas revolotean en el cielo.

 

    Versión original:

 

TO AUTUMN

 

I

 

    Season of mists and mellow fruitfulness,

       Close bosom-friend of the maturing sun;

    Conspiring with him how to load and bless

       With fruit the vines that round the thatch-eves run;

    To bend with apples the moss'd cottage-trees,

       And fill all fruit with ripeness to the core;

          To swell the gourd, and plump the hazel shells

       With a sweet kernel; to set budding more,

    And still more, later flowers for the bees,

    Until they think warm days will never cease,

          For summer has o'er-brimm'd their clammy cells.

 

II

 

    Who hath not seen thee oft amid thy store?

       Sometimes whoever seeks abroad may find

    Thee sitting careless on a granary floor,

       Thy hair soft-lifted by the winnowing wind;

    Or on a half-reap'd furrow sound asleep,

       Drows'd with the fume of poppies, while thy hook

          Spares the next swath and all its twined flowers:

    And sometimes like a gleaner thou dost keep

       Steady thy laden head across a brook;

       Or by a cyder-press, with patient look,

          Thou watchest the last oozings hours by hours.

 

III

 

    Where are the songs of spring? Ay, Where are they?

       Think not of them, thou hast thy music too,—

        While barred clouds bloom the soft-dying day,

       And touch the stubble-plains with rosy hue;

    Then in a wailful choir the small gnats mourn

       Among the river sallows, borne aloft

          Or sinking as the light wind lives or dies;

    And full-grown lambs loud bleat from hilly bourn;

       Hedge-crickets sing; and now with treble soft

       The red-breast whistles from a garden-croft;

          And gathering swallows twitter in the skies.

 

En Poemas escogidos, ed. bilingüe de Juan V. Martínez

Luciano, Pedro Nicolás Payá y Miguel Teruel Pozas,

Cátedra, Letras Universales, 4ª ed., 2011.



"Al otoño", considerada la culminación de la obra literaria del poeta romántico John Keats (1795-1821) y uno de los mejores poemas de la lírica inglesa de todos los tiempos, es la última oda compuesta por el autor, que la escribió el 19 de septiembre de 1819, después de un paseo por las afueras de Winchester. Fue incluida en el libro Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas (1820).

Dividida en tres partes de once versos cada una, agrupados en  una cuarteta de Shakespeare (abab) y un septeto (cdecdde), el poema es una celebración del otoño, contemplado no como una estación melancólica, sino como una época de completa madurez y fertilidad. La oda ha sido objeto de muy variadas interpretaciones por parte de la crítica. Para unos, el poema se centra en la belleza del otoño, que depende de su devenir reflejado en las sucesivas partes, desde el momento anterior a la cosecha, la cosecha misma, y el vacío posterior que precede al invierno. Para otros se trata de un recorrido por los sentidos: comienza con el tacto, continúa con las sensaciones visuales y concluye con las auditivas. Otros lo interpretan como un recorrido que va  desde el mundo de lo vegetal al de lo humano y acaba en el mundo de los animales. Finalmente,  Barnard ha visto en el poema una interconexión, implícita en todo el poema, entre madurez, muerte y regeneración (Juan V. Martínez Luciano).

2021 es el año del bicentenario de la muerte de John Keats, acaecida en Roma el 23 de febrero de 1821. 

jueves, 30 de septiembre de 2021

"Cabeza rapada", un cuento de Jesús Fernández Santos





Cabeza  rapada

Era un viento templado. Las hojas volaban llenando la calzada, remontándose hasta caer de nuevo desde las copas de los árboles. Su cabeza, rapada al cero, aparecía oscura del sudor y el sol, como las piernas con sus largos pantalones de pana. No había cumplido los diez años; era un chico pequeño. Íbamos andando a través de aquel amplio paseo, mecidos por el rumor de los frondosos eucaliptos, envueltos en remolinos de polvo y hojas secas que lo invadían todo: los rincones de los bancos, las vías… Menudas y rojizas, pardas, como de castaño enano o abedul, llenaban todos los huecos por pequeños que fuesen, pegándose a nosotros como el alma al cuerpo.

Cruzaban sombras negras, luminosas, de los coches; los faros rojos atrás, acentuando su tono hasta el morado. Aunque no hacía frío nos arrimamos a una hoguera en que el guarda de las obras quemaba ramas de eucaliptos esparciendo al aire un agradable olor a monte abierto. Allí estuvimos un buen rato, llenando de él nuestros pulmones, hasta que el chico se puso a toser de nuevo.

—¿Te duele? —le pregunté.

Y contestó:

—Un poco —hablando como con gran trabajo.

—Podemos estar un poco más, si quieres.

Dijo que sí, y nos sentamos. Eran enormes aquellos árboles flotando sobre nosotros, cantando las ráfagas en la copa con un zumbido constante que a intervalos subía; y, más allá del pilón donde el hilo de la fuente saltaba, se veía a la gente cruzar, la ropa pegada al cuerpo, íntimamente unidas las parejas.

El chico volvió a quejarse.

—¿Te duele ahora?

—Aquí, un poco…

Se llevó la mano bajo la camisa. Era la piel blanca, sin rastro de vello, cortada como las manos de los que en invierno trabajan en el agua. Otra vez tenía miedo. Yo también, pero me esforzaba en tranquilizarle.

—No te apures; ya pasará como ayer.

—¿Y si no pasa?

—¿Te duele mucho?

El guarda nos miraba con recelo, pero no dijo nada cuando nos recostamos en el cajón de las herramientas. Freía sardinas en una sartén de juguete. A la luz anaranjada de la llama, el olor de la grasa se mezclaba al aroma de la madera que ardía.

—Ese chico no está bueno…

—¡Qué va! No es más que frío…

El chico no decía palabra. Miraba el fuego pesadamente, casi dormido.

—No está bueno…

Ahora no tenía un gesto tan hosco. El chico escupió al fuego y guardó silencio.

—Va a coger una pulmonía, ahí sentado.

Me levanté y le cogí del brazo, medio dormido como estaba.

—Vamos —dije—; vámonos.

Le fui llevando, poco a poco, lejos del fuego y de la mirada del guarda.

Mientras andábamos, por animarle un poco, froté aquella cabeza monda y suave, con la mano, al tiempo que le decía:

—¡Que no es nada, hombre!

Pero él no se atrevía a creerlo, y por si era poco, vino de atrás la voz del otro:

—¡Le debía ver un médico!

—¡Ya lo vio ayer!

Esto pasó con el médico: como no conocíamos a nadie, fuimos al hospital y nos pusimos a la cola de la consulta, enana habitación alta y blanca, con un ventanillo de cristal mate en lo más alto y dos puertas en los extremos abriéndose constantemente. La gente aguardaba en bancos, a lo largo de las paredes, charlando; algunos en silencio, los ojos fijos, vagos, en la pared de enfrente. La enfermera abría una de las puertas, diciendo: “Otro”, y el que en aquel momento salía, saludaba: “Buenos días, doctor”.

Una mujer olvidó algo y entró de nuevo en la consulta. Salió aprisa, sin ver a nadie, sin saludar. Exclamaba algo que no entendimos bien. Todos miraron las baldosas, como si cada cual no pudiera soportar la mirada de los otros, y un hombre joven, de cara macilenta, maldijo muchas veces en voz baja.

El médico auscultaba al chico y, al mismo tiempo, me miraba a mí. Nos dio un papel con unas señas para que fuéramos al día siguiente.

—¿Es hermano tuyo?

—No.

Al día siguiente no fuimos adonde el papel decía.

Se inclinó un poco más. Debía sufrir mucho con aquella punzada en el costado. Sudaba por la fiebre y toda su frente brillaba, brotada de menudas gotas. Yo pensaba: “Está muy mal. No tiene dinero. No se puede poner bien porque no tiene dinero. Está del pecho. Está listo. Si pidiera a la gente que pasa no reuniría ni diez pesetas. Se tiene que morir. No conoce a nadie. Se va a morir porque de eso se muere todo el mundo. Aunque pasara el hombre más caritativo del mundo, se moriría”.

Reunimos tres pesetas. Decidimos tomar un café y entrar en calor.

—Con el calor se te quita.

Un café vacío y mal alumbrado, con sillas en los rincones. La barra estaba al fondo, de muro a muro, cerrando una esquina, con el camarero más viejo sentado porque padecía del corazón, y sólo para los buenos clientes se levantaba. Tres paisanos jugaban al dominó. Llegaban los sones de un tango entre el soplido del exprés y los golpes de fichas sobre el mármol.

Sólo estuvimos un momento; lo justo para tomar el café. Al salir todo continuaba igual: el viejo tras el mostrador, mirando sus pies hinchados; los otros jugando, y el que andaba en la radio con los botones en la mano. La música y la luz parecían ir a desaparecer de pronto. Viéndolos por última vez, quedaban como un mal recuerdo, negro y triste.

En el paseo, bajo los árboles, de nuevo empezó a quejarse, y se quiso sentar. Pisábamos el césped a oscuras. Buscó un árbol ancho, frondoso, y apoyando en él su espalda, rompió a llorar. De nuevo acaricié la redonda cabeza, y al bajar la mano me cayó una lágrima. Lloraba sobre sus rodillas, sobre sus puños cerrados en la tierra.

—No llores —le dije.

—Me voy a morir.

—No te vas a morir, no te mueres…

(Jesús Fernández Santos, Cabeza rapada, Barcelona, Seix Barral, 1982)


Jesús Fernández Santos


Jesús Fernández Santos
(Madrid, 1926-1988) fue un escritor perteneciente a la Generación de los 50, además de director y guionista cinematográfico. 

Hijo de una familia de clase media, quedó huérfano de madre cuando contaba poco más de un año y perdió a su padre con catorce. La Guerra Civil lo sorprendió en Segovia, donde permaneció hasta el final de la misma. En Madrid inició los estudios de Filosofía y Letras, en cuya Facultad entró en contacto con otros escritores de su generación y, junto a Florentino Trapero y al futuro  dramaturgo Alfonso Sastre, dirigió el Teatro Experimental Universitario. Sin acabar los estudios, a finales de la década de los 40 se matriculó en la Escuela Oficial de Cine, donde coincidió con Carlos Saura, Borau y Camus, entre otros. Una vez obtenido el título de realizador, el cine se convirtió en su segunda profesión, que compatibilizó con la literatura. Dirigió numerosos documentales, una película de larga duración (Llegar a más, basada en uno de sus cuentos) y varios cortometrajes. En  los años 60 inició una estrecha colaboración con Radio Televisión Española, dirigiendo capítulos de  diversas series culturales (La víspera de nuestro tiempo, Los españoles, Los libros, Conozca usted España...). Ejerció la crítica cinematográfica en el diario El País.

Su producción literaria se inicia con la novela Los Bravos (1954), en la que, con técnica objetivista, describe la dureza de la vida en un pueblo leonés dominado por el caciquismo, la violencia y la incultura. El objetivismo y la intención social son rasgos también de su segunda novela, En la hoguera (1957, Premio Gabriel Miró) y de su volumen de relatos Cabeza rapada (1958, Premio de la Crítica). Sus numerosas novelas posteriores siguen caminos diversos: novela intimista (El hombre de los santos, 1968, Premio de la Crítica), histórica: Lo que no tiene nombre (1977, Premio Fastenrath de la Real Academia), Extramuros (1978, Premio Nacional de Literatura) y Cabrera (1981) o  biografía novelada (El Griego, 1985, Premio Ateneo de Sevilla), con   predominio de las de tono moral, como Laberintos (1964), Las catedrales (1970) o Libro de la memoria de las cosas (1971, Premio Nadal 1970). En 1978 se editaron sus Cuentos completos y, en 1979, A orillas de la vieja dama, libro de narraciones breves. Su narrativa se caracteriza por su sencillo pero muy cuidado lenguaje, el lento desarrollo de la acción y la influencia de técnicas cinematográficas.

El libro de cuentos Cabeza rapada es una recopilación de catorce cuentos, algunos de los cuales habían aparecido previamente en periódicos y revistas. Todos ellos están escritos desde la perspectiva de los niños, lo que da unidad al volumen, a pesar de la diversidad temática. Susana Pastor Cesteros señala como núcleos temáticos de los mismos las vivencias infantiles, el recuerdo de la Guerra Civil, la dureza del trabajo y del mundo rural y el aburrimiento de la burguesía. El relato que da título al volumen presenta el desamparo de un niño de nueve años enfermo de tuberculosis que, sin dinero ni medios para combatir la enfermedad y con la sola compañía de un amigo, teme morir.

[Imagen inicial: freepik.es]

domingo, 26 de septiembre de 2021

Dos poemas de Begoña M. Rueda




Dos viajes

La chica del tren se seca las lágrimas
con la manga de la rebeca
al pasar la última página
de un libro.
Después mira por la ventana
y sonríe.
Lo que daría yo por llegar,
pronto,
a la última página.
Lo que yo daría
por un final feliz.

(En: http://elarpadener.blogspot.com/)


A 11 de abril de 2019

A pesar de que la ropa es lavada
a temperatura de ochenta grados
y tratada con detergentes específicos,
productos neutralizadores de cloro,
lejías y suavizantes,
no es raro percibir un leve aroma a perfume
al doblar las camisas de los pijamas.
Sé a qué huelen los enfermos
antes de fallecer,
sé que algunos se peinan, se afeitan
y se empapan en Varón Dandy
como si morir
no consistiera sino en dar otro de muchos paseos
los domingos por la mañana.

(De Servicio de lavandería, Hiperión, 2021)

Begoña M. Rueda. (cadenaser.com)


Begoña M. Rueda  es una poeta española nacida en Jaén en 1992. En  la actualidad, compagina la escritura con el trabajo en la lavandería del hospital Punta Europa de Algeciras, adonde se trasladó tras abandonar, por motivos personales,  su Jaén natal e interrumpir los estudios de Filología hispánica (a falta de ocho asignaturas para graduarse).

En 2015 resultó ganadora del Premio Facultad de la Universidad de Jaén, en la modalidad de poesía con La canción del bardo. Con Princesa Leia  ganó el II Premio de Poesía Joven Antonio Colinas (2016); con Siberia es un estado de ánimo, el I Premio Luis Cernuda de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla (2017); con Reencarnación, el Premio Complutense de Literatura 2018; con Error 404, el XLVI Premio de Poesía Ciudad de Burgos; Todo lo que te perdiste por meterte a monja fue galardonado en el VIII Certamen Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos de Albox, Almería, y Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, con el XVII Premio de Poesía Dionisia García de la Universidad de Murcia.

En su último poemario, Servicio de lavandería, XXXVI Premio de Poesía Hiperiónplasma la amargura por la pandemia del Covid-19 e intenta visibilizar el trabajo que se desempeña en el servicio de lavandería de un hospital. Los poemas se ordenan como un diario, según la fecha, y se organizan en dos partes: "Aclarado" y "Lavado". La primera recoge los poemas compuestos en la primavera de 2019, un año antes de la pandemia. La segunda comienza el 21 de marzo de 2021, fecha de inicio del estado de alarma. El jurado del premio señaló acerca del poemario:

Renunciando al adorno y al artificio, construye una poética humana de la enfermedad y sus secuelas en general y de la pandemia en particular, focalizada en unas coordenadas subjetivas inéditas, intrahistóricas: las de los y las protagonistas anónimos de la Historia desde un lugar invisible: el personal que se encarga de limpiar la ropa en los hospitales.

[Imagen inicial: es.123rf.com]

domingo, 19 de septiembre de 2021

"Oración" y otro poema de Ana Blandiana

Libélula. (hablemosdeinsectos.com)


ORACIÓN

Dios de las libélulas, de las mariposas nocturnas,
De las alondras y de las lechuzas,
Dios de las lombrices, de los escorpiones,
De las cucarachas de la cocina,
Dios que a cada uno has enseñado algo distinto
Y que sabes de antemano todo lo que le pasará a cada uno,
Me gustaría saber qué has sentido 
Cuando has establecido las proporciones
De los venenos, colores y perfumes,
Cuando en un pico pusiste el canto
Y en el otro el cacareo,
En un alma el crimen y en otra el éxtasis,
Daría cualquier cosa por saber 
Si tuviste remordimientos
Porque a unos los hiciste víctimas y a otros verdugos,
Igual de culpable ante todos
Porque a todos los has puesto ante hechos consumados.
Dios de la culpa por haber decidido a solas
La proporción entre el bien y el mal,
La balanza mantenida en equilibrio con dificultad
Sobre el cuerpo ensangrentado
De tu hijo que no se parece a ti.

De Mi patria A4, Pre-Textos, 2014. Traducción: Viorica Patea
y Antonio Colinas

"Me gustaría que muriéramos juntos", me decías, y yo
me reía:"¿Te parece normal que viva siete años menos
que tú?" Pero tú me contestabas serio: "¿Cómo podríamos encontrarnos
si no en la eternidad?" Y tu lógica era
tan convincente que aceptaba, medio en broma, que sería
bueno morir a la vez.

Ahora me pregunto también, con tu seriedad de
entonces, cómo nos vamos a poder encontrar alguna vez,
dónde y cómo podría buscarte en el más allá. La única
posibilidad sería que me esperases en la frontera, pero no
puedo decirte cuándo y no estoy segura de que te dejaran
quedarte sin fecha de vuelta allí.

Lo más probable es que, durante una eternidad, nos
busquemos el uno al otro en el caos, así como nos buscamos
en la tierra hasta que tuvimos la suerte de encontrarnos.

De Variaciones sobre un tema dado [fragmento], Visor, 2021.
Traducción de Viorica Patea y Natalia Carbajosa


Ana Blandiana. Foto: Viorica Patea. (elcultural.com)

Ana Blandiana
, seudónimo de Otilia Valeria Coman (Timisoara, Rumanía, 1942), es la poeta más relevante de las letras rumanas contemporáneas. Ha sido propuesta al premio Nobel.

Tomó su nombre literario de la aldea de Transilvania donde nació su madre. Su padre, un profesor y sacerdote ortodoxo encarcelado por el régimen comunista, falleció poco después de salir de prisión. La autora fue una destacada opositora al régimen de Ceaucescu, que censuró su obra y, durante cuatro años, le prohibió cursar estudios universitarios debido a la condición de preso político de su padre. Tuvo que esperar a 1964 para que se le permitiera publicar su primer poemario, La primera persona del plural, libro que la adscribió al grupo de los neomodernistas. Su libro para niños El gato Arpagic (1988) fue retirado de bibliotecas y librerías, y solo en 1990, tras la caída del comunismo, volvió a ver una obra suya publicada, La arquitectura de las olas. Tras la muerte del dictador en 1989, reorganizó el PEN Club rumano, fundó y presidió la Alianza Cívica (1991-2001), organización independiente que se movilizó en favor de la democracia. Bajo la égida del Consejo de Europa, creó en Sighet el Memorial de las Víctimas del Comunismo y de la Resistencia. En 2009 fue condecorada con la Légion d´Honneur, la más alta distinción de la República Francesa, por su contribución a la cultura europea y a la lucha contra la injusticia. En 2021 fue investida doctora 'honoris causa' por la Universidad de Salamanca.

Para Blandiana la literatura es una forma de testimonio y de resistencia ante el terror de la historia. Su poética, intimista y de sencillez expresiva, contiene una gran carga filosófica y está enraizada en el sentimiento trágico de la existencia. De su vasta obra poética, integrada por diecisiete  poemarios, destacan títulos como Octubre, noviembre, diciembre (1972), El sol del más allá (2000), El reflujo de los sentidos (2004), Mi patria A4 (2010) y Variaciones sobre un tema dado (2018). Todos ellos  han sido publicados en castellano, así como  la antología Un arcángel manchado de hollín (2020) y los libros de cuentos Proyectos de pasado y Las cuatro estaciones. Ha escrito también la novela El cajón de los aplausos (1992) y  ensayos como  Falso tratado de manipulación (2013).

Sobre Mi patria A4 ha escrito Viorica Patea en su prólogo:
Blandiana recrea una patria de palabras, de agua y de árboles, de ciudades con iglesias abandonadas y ángeles caídos, que ya no encuentran el camino de regreso, y de dioses que aprenden a andar sobre patines para acercarse a unos jóvenes que han olvidado su existencia. Configura unos espacios visionarios contenidos en los límites de un folio A4, que nacen de su imaginación y que se revelan como territorios angustiosos en los que el yo lírico intenta trazar unos contornos precisos en el magma de las palabras. La creación poética es la única forma de definición del ser y las fronteras trazadas por la escritura circunscriben su patria, la única a la que puede pertenecer un poeta.
Respecto a Variaciones sobre un tema dado es un largo poema de amor escrito tras la muerte de su marido, como explica su editor,  un extenso monólogo dramático donde la pérdida personal se convierte en un triunfo del amor sobre la muerte: la poeta cambia la tradición de la elegía trazando un viaje místico en el que transforma la ausencia del amado en una presencia real. Un libro con repetidas alusiones a Dante y a la Biblia y al mito de Orfeo y Eurídice, que Blandiana recrea presentando a una desolada Eurídice que lamenta la muerte de Orfeo.

Actualización (23/05/2024):
Ana Blandiana ha sido galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2024.

jueves, 16 de septiembre de 2021

"El juez", un cuento de Josefina Aldecoa




EL JUEZ

La tarde de domingo rezumaba su luz tristísima a través de los cristales. El silencio del domingo era un silencio hostil. Como si a la ciudad le hubieran arrebatado su ritmo habitual. Pocos coches, ningún camión; una ciudad abandonada, una ciudad de desertores.

Metros de moqueta blanca servían de pista al niño para sus juegos. Ensimismado, lanzaba uno en pos de otro los coches de carreras. Al tiempo que los impulsaba emitía sonidos agudos e hirientes.

El padre, derrumbado en una butaca, trataba de leer el periódico.

—No hagas ruido, por favor —dijo al niño.

—¿No te puedes estar quieto? —dijo la madre.

El padre levantó la cabeza de su lectura para advertir a la madre: los dos a la vez, no.

Ella se miraba las uñas, perfectamente arregladas; daba vueltas al brillante en el dedo larguísimo. Tenía las piernas dobladas en el sofá. Una mesa de cristal marcaba la frontera con la butaca de él.

—Creo que es un buen momento para puntualizar detalles, ¿no te parece?

Él no contestó, y señaló hacia el niño con un gesto.

—No importa —dijo ella—. Estoy hablando de detalles prácticos. Por ejemplo, ¿qué va a pasar con el verano?

Él dobló su periódico con un gesto de fastidio.

—No me hagas pensar en el verano. Estamos en febrero.

—Dentro de una semana es mi cumpleaños —dijo el niño.

Seguía moviendo los cochecitos pero ya no hacía ruidos.

—Estamos en febrero pero tú sabes muy bien que los planes cada vez hay que organizarlos con más tiempo. Acuérdate el año pasado. Nos quedamos sin la villa que nos gustaba por tu culpa, por haber dicho lo mismo: es pronto todavía…

—Tienes la especialidad de machacar con los detalles prácticos como tú dices y olvidar el fondo de la cuestión.

Ahora fue ella la que señaló en dirección al niño arrodillado en el suelo.

—Creo que el fondo de la cuestión quedó ya claro la semana pasada cuando fuimos a ver a Luis a su despacho.

—Quedó claro, desde luego, quedó clarísimo…

—Por eso yo insisto que hoy es domingo, no está el servicio, estamos juntos con una tarde por delante y es buen momento para decidir por ejemplo qué va a pasar con el verano.

Él hizo un gesto de hastío. Aparentemente se dio por vencido.

—Decide tú. Elige tú —murmuró.

—Yo estoy dispuesta a ir a Mallorca, ya lo sabes, pero necesito saber qué fechas, qué hago con el servicio. Si te quedas aquí necesitarás a alguien y en cualquier caso podemos repartírnoslo. Tú me dejas a Juani y te llevas a Elisa… El mecánico puede tomarse vacaciones. Yo no lo necesito para nada.

—Quiero que venga Eloy con nosotros —intervino el niño. Pero nadie le contestó.

—Comprenderás que si tú vas a Mallorca me estás obligando a mí a quedarme. No vamos a ir los dos, a montar números —dijo él.

—Pero tú podrías quedarte en el barco todo el tiempo. ¿Por qué no? Y tienes el club como un pied a terre. O quédate en el hotel para mayor comodidad, para cambiarte cuando estés en tierra y tengas una fiesta o algo…

—Perdona; me molesta hablar de todo esto. No estoy para fiestas.

—Pero tendrás que estar —dijo ella.

—O no.

—No me lo creo conociéndote.

—Perdona —insistió él—te repito que no podemos estar los dos en el mismo sitio después de la situación creada… —y volvió a hacer un gesto que implicaba preocupación por la presencia del niño.

—¿Sabes la casa que yo quería alquilar? Aquella de los pinos hasta el mar que está tan cerca de Deia, pero no en el mismo Deia. La que tuvieron los Briviesca el verano pasado.

Él no contestó. Volvió a coger el periódico. Volvió a sumirse, aparentemente, en la lectura. El niño levantó la cabeza y los miró a los dos, primero a uno, después a la otra, por separado. Y siguió empujando cochecitos hasta la meta: el radiador empotrado, al otro extremo del salón.

—Tu táctica de siempre: si no hablo de las cosas no existen. Si no hablo de las situaciones, no existen —dijo ella.

El teléfono sonó entre los dos y ella esperó unos instantes antes de alargar la mano hacia la mesa.

—¿Sí? —preguntó.

Y en seguida le alargó el auricular.

—¿Sí? —dijo él. Y luego—: Mamá, ¿qué pasa? A mí nada. ¿Qué me va a pasar? Estamos en casa con el niño. No teníamos ganas de hacer planes. Hace frío… Ahora se pone…

El niño había suspendido su juego por un momento y miraba a su padre.

—Ponte —le dijo él.

Y el niño fue corriendo.

—Abuela… No, no puedo… No me quieren llevar, seguro que no quieren… Juego con los coches… Sí, abuela. Adiós, abuela —y colgó.

—¿Qué te decía la abuela? —preguntó ella.

—Que por qué no me llevabais a su casa.

—Estás muy bien aquí ¿no?, con tus cochecitos y papá y mamá —dijo él.

—Tu madre muy oportuna —comentó ella.

Y él no contestó.

—La abuela me va a regalar unos esquís nuevos para mi cumpleaños —advirtió el niño—, unos Kestle.

—Ese es otro asunto a tratar. ¿Qué pasa con la nieve? —dijo ella—. El niño, ¿va con el colegio o va contigo? Tengo que contestar lo más tarde el miércoles. Se van dentro de quince días…

—Este año no iré a la nieve —dijo él sin dejar de mirar las páginas extendidas—. Así que decide lo que te parezca.

—Si tú no vas iré yo. Y el niño podría ir conmigo y con el colegio, ¿no te parece?

Él no contestó.

—¿Me quieres decir para qué tenemos el apartamento de Baqueira si no vamos ninguno de los dos?

Él siguió en silencio. Ella se levantó y se dirigió al carrito de las botellas y los vasos. El cubo estaba lleno de hielo. Cogió con la mano unos cuantos trozos y se sirvió un buen chorro de Bombay.

—Amor mío —dijo dirigiéndose al niño—, ¿te importaría traerme una tónica de la cocina?

El niño abandonó el juego dócilmente y salió del salón. Entonces ella se volvió airada hacia él y casi le gritó.

—Me tienes harta de tus silencios y tus hermetismos. Contéstame cada vez que te digo algo. Dime qué piensas hacer para que yo pueda empezar a organizar mi vida a mi manera. Quedamos que estaríamos así hasta el curso que viene cuando el niño vaya a Suiza. Pero si sigues en ese plan, precipitaré las soluciones…

El niño entraba ya con su botella y la madre la tomó de sus manos con un: “gracias mi vida”, cortés y lejano.

El padre dobló el periódico en cuatro partes, como queriendo señalar que iba a dejar su lectura definitivamente. Se cruzó de brazos y la miró desafiante, esperando sus nuevas intervenciones.

—Estoy dispuesto —dijo—. Empieza…

—Por última vez, ¿qué vas a hacer este verano? —preguntó ella.

—Me iré a esquiar a Bariloche.

—Muy bien, de acuerdo. Yo alquilaré la casa que quiero para dos meses. En julio me llevaré a Juani y Elisa y… —señaló con una leve indicación al niño que jugaba de espaldas a ellos.

—Pero, ¿qué pasará en agosto? —continuó—. Porque supongo que en agosto querrás tú hacer algo especial —y volvió a señalar, avanzando el mentón, a su hijo.

—No te preocupes de agosto. Ya pensaré algo…

El niño se levantó de pronto y dijo:

—Voy a merendar. He visto que Elisa me dejó la merienda preparada en el frigorífico.

Su anuncio no causó ningún efecto. Cuando volvió con el sándwich en una mano y el vaso de leche en la otra, los padres seguían en silencio y en la misma postura que los había dejado. Al verle entrar, los dos le miraron.

—Por favor, una bandeja, un plato —dijo ella.

—Tiene siete años —dijo él.

—No me desautorices, por favor…

El teléfono volvió a sonar. Ahora, ella no alargó la mano y esperó a que él lo cogiera.

—Dígame —ordenó él. Y esperó unos segundos.

—Un momento —dijo. Y le alargó el teléfono.

Mientras ella hablaba, él se levantó y se dirigió al gran ventanal. Apartó un poco la cortina de encaje y miró abajo, a la calle tranquila. Un breve jardín los separaba de la acera. Del garaje salió un coche. El Porsche de Juanjo Roca. En el teléfono, la conversación fluía en monosílabos lentos, arrastrados.

—Mañana.

—…

—No.

—…

—… Figúrate.

—…

—Sí.

—…

—Adiós.

—Ese ruido era del Porsche de Juanjo, un 959. Lo tengo —dijo el niño.

Y buscó entre su flota un Porsche diminuto, plateado y brillante.

—Es éste —dijo.

El padre regresó a la butaca. Se sentó con parsimonia y preguntó:

—¿Continuamos?

Ella se había quedado pensativa y bebió de su copa antes de contestar.

—Queda la nieve, ¿qué hacemos con él?

—Que vaya con el colegio y que no vaya contigo. No creo que le convenga perder tantos días —dijo él.

—Bien.

—¿Algo más? ¿No tenías tantas cosas que concretar, tantos detalles prácticos?

Ella seguía abstraída, como pensando en otra cosa, en otro asunto, algo que la separaba del niño y de él y de las decisiones que la urgía tomar.

De pronto se dirigió al niño, le pidió que se acercara, le cogió de las manos y le hizo una pregunta.

—Dime, amor mío, si tú tuvieras que elegir entre irte a vivir con papá o con mamá, ¿a quién preferirías?

El niño sonrió inocentemente, distraído, miró hacia los cochecitos abandonados, como deseando volver a su juego solitario. Luego los miró a los dos, primero a uno, luego a la otra. Y volvió a sonreír.

—Con ninguno de los dos —fue su respuesta.

(En Cuentos de este siglo. Ángeles Encinar (ed.), Barcelona, Lumen, 1995)

 

Josefina Aldecoa en una imagen de 2005. CRISTÓBAL MANUEL.
(El País)

Josefina  Aldecoa (o Josefina R. Aldecoa) es el nombre con el que se dio a conocer como escritora Josefina Rodríguez Álvarez (La Robla, León, 1926-Mazcuerras, Cantabria, 2011). Nació en una familia muy ligada a la enseñanza, puesto que su madre y su abuela fueron maestras que participaron de la ideología de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Vivió en León, donde formó parte del grupo (compuesto, entre otros, por Nora, Crémer y González de Lama)  que produjo la revista 'Espadaña' (1944-1951), vehículo para una poesía de tono desarraigado.

En 1944 se trasladó a Madrid, donde estudió Filosofía y Letras y se doctoró en Pedagogía con una tesis sobre la relación de la infancia con el arte, publicada después con el título El arte del niño (1960). En la facultad entró en contacto con un grupo de amigos que más tarde formarían parte de  la Generación de los 50: Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Jesús Fernández Santos e Ignacio Aldecoa,con quien se casó en 1952 y con quien tuvo una hija, Susana. 

En 1959 fundó el colegio Estilo, un centro educativo laico y mixto, en pleno franquismo, cuya línea educativa se basaba en el krausismo (base ideológica de la ILE), en las ideas recogidas en su tesis y en lo observado en colegios británicos y estadounidenses. Ubicado en un chalet de la madrileña colonia de El Viso, acogió durante años a los hijos de la intelectualidad madrileña, que recibieron una enseñanza basada en el razonamiento y en la tolerancia,  con la que se pretendía, sobre todo, potenciar el pensamiento crítico. 

En 1961 publicó la colección de cuentos A ninguna parte. En 1969 falleció Ignacio Aldecoa, y durante los diez años siguientes, Josefina se centró en la docencia y permaneció apartada de la literatura, hasta que en 1981 apareció su edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa. A partir de ese momento, reanudó su actividad literaria, adoptando el apellido de su esposo. Ha publicado la memoria generacional Los niños de la guerra (1983), el libro infantil Cuento para Susana (1988); las novelas La enredadera (1984), Porque éramos jóvenes (1985), El vergel (1988), El enigma (2002), Hermanas (2008) y la trilogía de contenido autobiográfico formada por Historia de una maestra (1990), Mujeres de negro (1994) y La fuerza del destino (1997); el ensayo Confesiones de una abuela (1998); Fiebre (2000), antología de cuentos escritos entre 1950 y 1990. Madrid, otoño, sábado (2012) es una recopilación de todos sus cuentos que incluye los libros A ninguna  parte y Fiebre, además de los cuentos sueltos Cuento para Susana y El mejor (1998).

[Imagen inicial: guiadelnino.com]