domingo, 10 de octubre de 2021
domingo, 3 de octubre de 2021
"Al otoño" (To Autumn), de John Keats
jueves, 30 de septiembre de 2021
"Cabeza rapada", un cuento de Jesús Fernández Santos
Cabeza rapada
Era un viento
templado. Las hojas volaban llenando la calzada, remontándose hasta caer de
nuevo desde las copas de los árboles. Su cabeza, rapada al cero, aparecía
oscura del sudor y el sol, como las piernas con sus largos pantalones de pana.
No había cumplido los diez años; era un chico pequeño. Íbamos andando a través
de aquel amplio paseo, mecidos por el rumor de los frondosos eucaliptos,
envueltos en remolinos de polvo y hojas secas que lo invadían todo: los
rincones de los bancos, las vías… Menudas y rojizas, pardas, como de castaño
enano o abedul, llenaban todos los huecos por pequeños que fuesen, pegándose a
nosotros como el alma al cuerpo.
Cruzaban sombras
negras, luminosas, de los coches; los faros rojos atrás, acentuando su tono
hasta el morado. Aunque no hacía frío nos arrimamos a una hoguera en que el
guarda de las obras quemaba ramas de eucaliptos esparciendo al aire un
agradable olor a monte abierto. Allí estuvimos un buen rato, llenando de él
nuestros pulmones, hasta que el chico se puso a toser de nuevo.
—¿Te duele? —le
pregunté.
Y contestó:
—Un poco
—hablando como con gran trabajo.
—Podemos estar
un poco más, si quieres.
Dijo que sí, y
nos sentamos. Eran enormes aquellos árboles flotando sobre nosotros, cantando las
ráfagas en la copa con un zumbido constante que a intervalos subía; y, más allá
del pilón donde el hilo de la fuente saltaba, se veía a la gente cruzar, la
ropa pegada al cuerpo, íntimamente unidas las parejas.
El chico volvió
a quejarse.
—¿Te duele ahora?
—Aquí, un poco…
Se llevó la mano
bajo la camisa. Era la piel blanca, sin rastro de vello, cortada como las manos
de los que en invierno trabajan en el agua. Otra vez tenía miedo. Yo también,
pero me esforzaba en tranquilizarle.
—No te apures;
ya pasará como ayer.
—¿Y si no pasa?
—¿Te duele
mucho?
El guarda nos
miraba con recelo, pero no dijo nada cuando nos recostamos en el cajón de las
herramientas. Freía sardinas en una sartén de juguete. A la luz anaranjada de
la llama, el olor de la grasa se mezclaba al aroma de la madera que ardía.
—Ese chico no
está bueno…
—¡Qué va! No es
más que frío…
El chico no
decía palabra. Miraba el fuego pesadamente, casi dormido.
—No está bueno…
Ahora no tenía
un gesto tan hosco. El chico escupió al fuego y guardó silencio.
—Va a coger una
pulmonía, ahí sentado.
Me levanté y le
cogí del brazo, medio dormido como estaba.
—Vamos —dije—;
vámonos.
Le fui llevando,
poco a poco, lejos del fuego y de la mirada del guarda.
Mientras andábamos,
por animarle un poco, froté aquella cabeza monda y suave, con la mano, al
tiempo que le decía:
—¡Que no es
nada, hombre!
Pero él no se
atrevía a creerlo, y por si era poco, vino de atrás la voz del otro:
—¡Le debía ver
un médico!
—¡Ya lo vio
ayer!
Esto pasó con el
médico: como no conocíamos a nadie, fuimos al hospital y nos pusimos a la cola
de la consulta, enana habitación alta y blanca, con un ventanillo de cristal
mate en lo más alto y dos puertas en los extremos abriéndose constantemente. La
gente aguardaba en bancos, a lo largo de las paredes, charlando; algunos en
silencio, los ojos fijos, vagos, en la pared de enfrente. La enfermera abría
una de las puertas, diciendo: “Otro”, y el que en aquel momento salía,
saludaba: “Buenos días, doctor”.
Una mujer olvidó
algo y entró de nuevo en la consulta. Salió aprisa, sin ver a nadie, sin
saludar. Exclamaba algo que no entendimos bien. Todos miraron las baldosas,
como si cada cual no pudiera soportar la mirada de los otros, y un hombre
joven, de cara macilenta, maldijo muchas veces en voz baja.
El médico
auscultaba al chico y, al mismo tiempo, me miraba a mí. Nos dio un papel con
unas señas para que fuéramos al día siguiente.
—¿Es hermano
tuyo?
—No.
Al día siguiente
no fuimos adonde el papel decía.
Se inclinó un
poco más. Debía sufrir mucho con aquella punzada en el costado. Sudaba por la
fiebre y toda su frente brillaba, brotada de menudas gotas. Yo pensaba: “Está
muy mal. No tiene dinero. No se puede poner bien porque no tiene dinero. Está del
pecho. Está listo. Si pidiera a la gente que pasa no reuniría ni diez pesetas. Se
tiene que morir. No conoce a nadie. Se va a morir porque de eso se muere todo
el mundo. Aunque pasara el hombre más caritativo del mundo, se moriría”.
Reunimos tres
pesetas. Decidimos tomar un café y entrar en calor.
—Con el calor se
te quita.
Un café vacío y
mal alumbrado, con sillas en los rincones. La barra estaba al fondo, de muro a
muro, cerrando una esquina, con el camarero más viejo sentado porque padecía
del corazón, y sólo para los buenos clientes se levantaba. Tres paisanos
jugaban al dominó. Llegaban los sones de un tango entre el soplido del exprés y
los golpes de fichas sobre el mármol.
Sólo estuvimos
un momento; lo justo para tomar el café. Al salir todo continuaba igual: el
viejo tras el mostrador, mirando sus pies hinchados; los otros jugando, y el
que andaba en la radio con los botones en la mano. La música y la luz parecían
ir a desaparecer de pronto. Viéndolos por última vez, quedaban como un mal
recuerdo, negro y triste.
En el paseo,
bajo los árboles, de nuevo empezó a quejarse, y se quiso sentar. Pisábamos el
césped a oscuras. Buscó un árbol ancho, frondoso, y apoyando en él su espalda,
rompió a llorar. De nuevo acaricié la redonda cabeza, y al bajar la mano me
cayó una lágrima. Lloraba sobre sus rodillas, sobre sus puños cerrados en la
tierra.
—No llores —le
dije.
—Me voy a morir.
—No te vas a morir, no te mueres…
(Jesús Fernández
Santos, Cabeza rapada, Barcelona,
Seix Barral, 1982)
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| Jesús Fernández Santos |
Jesús Fernández Santos (Madrid, 1926-1988) fue un escritor perteneciente a la Generación de los 50, además de director y guionista cinematográfico.
Hijo de una familia de clase media, quedó huérfano de madre cuando contaba poco más de un año y perdió a su padre con catorce. La Guerra Civil lo sorprendió en Segovia, donde permaneció hasta el final de la misma. En Madrid inició los estudios de Filosofía y Letras, en cuya Facultad entró en contacto con otros escritores de su generación y, junto a Florentino Trapero y al futuro dramaturgo Alfonso Sastre, dirigió el Teatro Experimental Universitario. Sin acabar los estudios, a finales de la década de los 40 se matriculó en la Escuela Oficial de Cine, donde coincidió con Carlos Saura, Borau y Camus, entre otros. Una vez obtenido el título de realizador, el cine se convirtió en su segunda profesión, que compatibilizó con la literatura. Dirigió numerosos documentales, una película de larga duración (Llegar a más, basada en uno de sus cuentos) y varios cortometrajes. En los años 60 inició una estrecha colaboración con Radio Televisión Española, dirigiendo capítulos de diversas series culturales (La víspera de nuestro tiempo, Los españoles, Los libros, Conozca usted España...). Ejerció la crítica cinematográfica en el diario El País.
Su producción literaria se inicia con la novela Los Bravos (1954), en la que, con técnica objetivista, describe la dureza de la vida en un pueblo leonés dominado por el caciquismo, la violencia y la incultura. El objetivismo y la intención social son rasgos también de su segunda novela, En la hoguera (1957, Premio Gabriel Miró) y de su volumen de relatos Cabeza rapada (1958, Premio de la Crítica). Sus numerosas novelas posteriores siguen caminos diversos: novela intimista (El hombre de los santos, 1968, Premio de la Crítica), histórica: Lo que no tiene nombre (1977, Premio Fastenrath de la Real Academia), Extramuros (1978, Premio Nacional de Literatura) y Cabrera (1981) o biografía novelada (El Griego, 1985, Premio Ateneo de Sevilla), con predominio de las de tono moral, como Laberintos (1964), Las catedrales (1970) o Libro de la memoria de las cosas (1971, Premio Nadal 1970). En 1978 se editaron sus Cuentos completos y, en 1979, A orillas de la vieja dama, libro de narraciones breves. Su narrativa se caracteriza por su sencillo pero muy cuidado lenguaje, el lento desarrollo de la acción y la influencia de técnicas cinematográficas.
El libro de cuentos Cabeza rapada es una recopilación de catorce cuentos, algunos de los cuales habían aparecido previamente en periódicos y revistas. Todos ellos están escritos desde la perspectiva de los niños, lo que da unidad al volumen, a pesar de la diversidad temática. Susana Pastor Cesteros señala como núcleos temáticos de los mismos las vivencias infantiles, el recuerdo de la Guerra Civil, la dureza del trabajo y del mundo rural y el aburrimiento de la burguesía. El relato que da título al volumen presenta el desamparo de un niño de nueve años enfermo de tuberculosis que, sin dinero ni medios para combatir la enfermedad y con la sola compañía de un amigo, teme morir.
[Imagen inicial: freepik.es]
domingo, 26 de septiembre de 2021
Dos poemas de Begoña M. Rueda
En 2015 resultó ganadora del Premio Facultad de la Universidad de Jaén, en la modalidad de poesía con La canción del bardo. Con Princesa Leia ganó el II Premio de Poesía Joven Antonio Colinas (2016); con Siberia es un estado de ánimo, el I Premio Luis Cernuda de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla (2017); con Reencarnación, el Premio Complutense de Literatura 2018; con Error 404, el XLVI Premio de Poesía Ciudad de Burgos; Todo lo que te perdiste por meterte a monja fue galardonado en el VIII Certamen Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos de Albox, Almería, y Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, con el XVII Premio de Poesía Dionisia García de la Universidad de Murcia.
En su último poemario, Servicio de lavandería, XXXVI Premio de Poesía Hiperión, plasma la amargura por la pandemia del Covid-19 e intenta visibilizar el trabajo que se desempeña en el servicio de lavandería de un hospital. Los poemas se ordenan como un diario, según la fecha, y se organizan en dos partes: "Aclarado" y "Lavado". La primera recoge los poemas compuestos en la primavera de 2019, un año antes de la pandemia. La segunda comienza el 21 de marzo de 2021, fecha de inicio del estado de alarma. El jurado del premio señaló acerca del poemario:
Renunciando al adorno y al artificio, construye una poética humana de la enfermedad y sus secuelas en general y de la pandemia en particular, focalizada en unas coordenadas subjetivas inéditas, intrahistóricas: las de los y las protagonistas anónimos de la Historia desde un lugar invisible: el personal que se encarga de limpiar la ropa en los hospitales.
[Imagen inicial: es.123rf.com]
domingo, 19 de septiembre de 2021
"Oración" y otro poema de Ana Blandiana
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| Ana Blandiana. Foto: Viorica Patea. (elcultural.com) |
Ana Blandiana, seudónimo de Otilia Valeria Coman (Timisoara, Rumanía, 1942), es la poeta más relevante de las letras rumanas contemporáneas. Ha sido propuesta al premio Nobel.
Blandiana recrea una patria de palabras, de agua y de árboles, de ciudades con iglesias abandonadas y ángeles caídos, que ya no encuentran el camino de regreso, y de dioses que aprenden a andar sobre patines para acercarse a unos jóvenes que han olvidado su existencia. Configura unos espacios visionarios contenidos en los límites de un folio A4, que nacen de su imaginación y que se revelan como territorios angustiosos en los que el yo lírico intenta trazar unos contornos precisos en el magma de las palabras. La creación poética es la única forma de definición del ser y las fronteras trazadas por la escritura circunscriben su patria, la única a la que puede pertenecer un poeta.
jueves, 16 de septiembre de 2021
"El juez", un cuento de Josefina Aldecoa
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EL JUEZ
La tarde de
domingo rezumaba su luz tristísima a través de los cristales. El silencio del
domingo era un silencio hostil. Como si a la ciudad le hubieran arrebatado su
ritmo habitual. Pocos coches, ningún camión; una ciudad abandonada, una ciudad de
desertores.
Metros de
moqueta blanca servían de pista al niño para sus juegos. Ensimismado, lanzaba
uno en pos de otro los coches de carreras. Al tiempo que los impulsaba emitía
sonidos agudos e hirientes.
El padre,
derrumbado en una butaca, trataba de leer el periódico.
—No hagas ruido,
por favor —dijo al niño.
—¿No te puedes
estar quieto? —dijo la madre.
El padre levantó
la cabeza de su lectura para advertir a la madre: los dos a la vez, no.
Ella se miraba
las uñas, perfectamente arregladas; daba vueltas al brillante en el dedo
larguísimo. Tenía las piernas dobladas en el sofá. Una mesa de cristal marcaba
la frontera con la butaca de él.
—Creo que es un
buen momento para puntualizar detalles, ¿no te parece?
Él no contestó,
y señaló hacia el niño con un gesto.
—No importa
—dijo ella—. Estoy hablando de detalles prácticos. Por ejemplo, ¿qué va a pasar
con el verano?
Él dobló su
periódico con un gesto de fastidio.
—No me hagas
pensar en el verano. Estamos en febrero.
—Dentro de una
semana es mi cumpleaños —dijo el niño.
Seguía moviendo
los cochecitos pero ya no hacía ruidos.
—Estamos en
febrero pero tú sabes muy bien que los planes cada vez hay que organizarlos con
más tiempo. Acuérdate el año pasado. Nos quedamos sin la villa que nos gustaba
por tu culpa, por haber dicho lo mismo: es pronto todavía…
—Tienes la
especialidad de machacar con los detalles prácticos como tú dices y olvidar el
fondo de la cuestión.
Ahora fue ella
la que señaló en dirección al niño arrodillado en el suelo.
—Creo que el
fondo de la cuestión quedó ya claro la semana pasada cuando fuimos a ver a Luis
a su despacho.
—Quedó claro,
desde luego, quedó clarísimo…
—Por eso yo
insisto que hoy es domingo, no está el servicio, estamos juntos con una tarde
por delante y es buen momento para decidir por ejemplo qué va a pasar con el
verano.
Él hizo un gesto
de hastío. Aparentemente se dio por vencido.
—Decide tú.
Elige tú —murmuró.
—Yo estoy
dispuesta a ir a Mallorca, ya lo sabes, pero necesito saber qué fechas, qué
hago con el servicio. Si te quedas aquí necesitarás a alguien y en cualquier
caso podemos repartírnoslo. Tú me dejas a Juani y te llevas a Elisa… El
mecánico puede tomarse vacaciones. Yo no lo necesito para nada.
—Quiero que
venga Eloy con nosotros —intervino el niño. Pero nadie le contestó.
—Comprenderás
que si tú vas a Mallorca me estás obligando a mí a quedarme. No vamos a ir los
dos, a montar números —dijo él.
—Pero tú podrías
quedarte en el barco todo el tiempo. ¿Por qué no? Y tienes el club como un pied a terre. O quédate en el hotel para
mayor comodidad, para cambiarte cuando estés en tierra y tengas una fiesta o
algo…
—Perdona; me
molesta hablar de todo esto. No estoy para fiestas.
—Pero tendrás
que estar —dijo ella.
—O no.
—No me lo creo
conociéndote.
—Perdona
—insistió él—te repito que no podemos estar los dos en el mismo sitio después
de la situación creada… —y volvió a hacer un gesto que implicaba preocupación
por la presencia del niño.
—¿Sabes la casa
que yo quería alquilar? Aquella de los pinos hasta el mar que está tan cerca de
Deia, pero no en el mismo Deia. La que tuvieron los Briviesca el verano pasado.
Él no contestó.
Volvió a coger el periódico. Volvió a sumirse, aparentemente, en la lectura. El
niño levantó la cabeza y los miró a los dos, primero a uno, después a la otra,
por separado. Y siguió empujando cochecitos hasta la meta: el radiador
empotrado, al otro extremo del salón.
—Tu táctica de
siempre: si no hablo de las cosas no existen. Si no hablo de las situaciones,
no existen —dijo ella.
El teléfono sonó
entre los dos y ella esperó unos instantes antes de alargar la mano hacia la
mesa.
—¿Sí? —preguntó.
Y en seguida le
alargó el auricular.
—¿Sí? —dijo él.
Y luego—: Mamá, ¿qué pasa? A mí nada. ¿Qué me va a pasar? Estamos en casa con
el niño. No teníamos ganas de hacer planes. Hace frío… Ahora se pone…
El niño había
suspendido su juego por un momento y miraba a su padre.
—Ponte —le dijo
él.
Y el niño fue
corriendo.
—Abuela… No, no
puedo… No me quieren llevar, seguro que no quieren… Juego con los coches… Sí,
abuela. Adiós, abuela —y colgó.
—¿Qué te decía
la abuela? —preguntó ella.
—Que por qué no
me llevabais a su casa.
—Estás muy bien
aquí ¿no?, con tus cochecitos y papá y mamá —dijo él.
—Tu madre muy
oportuna —comentó ella.
Y él no
contestó.
—La abuela me va
a regalar unos esquís nuevos para mi cumpleaños —advirtió el niño—, unos
Kestle.
—Ese es otro
asunto a tratar. ¿Qué pasa con la nieve? —dijo ella—. El niño, ¿va con el
colegio o va contigo? Tengo que contestar lo más tarde el miércoles. Se van
dentro de quince días…
—Este año no iré
a la nieve —dijo él sin dejar de mirar las páginas extendidas—. Así que decide
lo que te parezca.
—Si tú no vas
iré yo. Y el niño podría ir conmigo y con el colegio, ¿no te parece?
Él no contestó.
—¿Me quieres
decir para qué tenemos el apartamento de Baqueira si no vamos ninguno de los
dos?
Él siguió en
silencio. Ella se levantó y se dirigió al carrito de las botellas y los vasos.
El cubo estaba lleno de hielo. Cogió con la mano unos cuantos trozos y se
sirvió un buen chorro de Bombay.
—Amor mío —dijo
dirigiéndose al niño—, ¿te importaría traerme una tónica de la cocina?
El niño abandonó
el juego dócilmente y salió del salón. Entonces ella se volvió airada hacia él
y casi le gritó.
—Me tienes harta
de tus silencios y tus hermetismos. Contéstame cada vez que te digo algo. Dime qué
piensas hacer para que yo pueda empezar a organizar mi vida a mi manera. Quedamos
que estaríamos así hasta el curso que viene cuando el niño vaya a Suiza. Pero si
sigues en ese plan, precipitaré las soluciones…
El niño entraba
ya con su botella y la madre la tomó de sus manos con un: “gracias mi vida”,
cortés y lejano.
El padre dobló
el periódico en cuatro partes, como queriendo señalar que iba a dejar su
lectura definitivamente. Se cruzó de brazos y la miró desafiante, esperando sus
nuevas intervenciones.
—Estoy dispuesto
—dijo—. Empieza…
—Por última vez,
¿qué vas a hacer este verano? —preguntó ella.
—Me iré a
esquiar a Bariloche.
—Muy bien, de
acuerdo. Yo alquilaré la casa que quiero para dos meses. En julio me llevaré a
Juani y Elisa y… —señaló con una leve indicación al niño que jugaba de espaldas
a ellos.
—Pero, ¿qué
pasará en agosto? —continuó—. Porque supongo que en agosto querrás tú hacer
algo especial —y volvió a señalar, avanzando el mentón, a su hijo.
—No te preocupes
de agosto. Ya pensaré algo…
El niño se
levantó de pronto y dijo:
—Voy a merendar.
He visto que Elisa me dejó la merienda preparada en el frigorífico.
Su anuncio no
causó ningún efecto. Cuando volvió con el sándwich en una mano y el vaso de
leche en la otra, los padres seguían en silencio y en la misma postura que los
había dejado. Al verle entrar, los dos le miraron.
—Por favor, una
bandeja, un plato —dijo ella.
—Tiene siete
años —dijo él.
—No me
desautorices, por favor…
El teléfono
volvió a sonar. Ahora, ella no alargó la mano y esperó a que él lo cogiera.
—Dígame —ordenó
él. Y esperó unos segundos.
—Un momento
—dijo. Y le alargó el teléfono.
Mientras ella
hablaba, él se levantó y se dirigió al gran ventanal. Apartó un poco la cortina
de encaje y miró abajo, a la calle tranquila. Un breve jardín los separaba de
la acera. Del garaje salió un coche. El Porsche
de Juanjo Roca. En el teléfono, la conversación fluía en monosílabos lentos,
arrastrados.
—Mañana.
—…
—No.
—…
—… Figúrate.
—…
—Sí.
—…
—Adiós.
—Ese ruido era
del Porsche de Juanjo, un 959. Lo tengo
—dijo el niño.
Y buscó entre su
flota un Porsche diminuto, plateado y
brillante.
—Es éste —dijo.
El padre regresó
a la butaca. Se sentó con parsimonia y preguntó:
—¿Continuamos?
Ella se había
quedado pensativa y bebió de su copa antes de contestar.
—Queda la nieve,
¿qué hacemos con él?
—Que vaya con el
colegio y que no vaya contigo. No creo que le convenga perder tantos días —dijo
él.
—Bien.
—¿Algo más? ¿No
tenías tantas cosas que concretar, tantos detalles prácticos?
Ella seguía
abstraída, como pensando en otra cosa, en otro asunto, algo que la separaba del
niño y de él y de las decisiones que la urgía tomar.
De pronto se
dirigió al niño, le pidió que se acercara, le cogió de las manos y le hizo una
pregunta.
—Dime, amor mío,
si tú tuvieras que elegir entre irte a vivir con papá o con mamá, ¿a quién
preferirías?
El niño sonrió
inocentemente, distraído, miró hacia los cochecitos abandonados, como deseando
volver a su juego solitario. Luego los miró a los dos, primero a uno, luego a
la otra. Y volvió a sonreír.
—Con ninguno de los dos —fue su respuesta.
(En Cuentos de este siglo. Ángeles Encinar (ed.), Barcelona, Lumen, 1995)
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| Josefina Aldecoa en una imagen de 2005. CRISTÓBAL MANUEL. (El País) |
En 1944 se trasladó a Madrid, donde estudió Filosofía y Letras y se doctoró en Pedagogía con una tesis sobre la relación de la infancia con el arte, publicada después con el título El arte del niño (1960). En la facultad entró en contacto con un grupo de amigos que más tarde formarían parte de la Generación de los 50: Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Jesús Fernández Santos e Ignacio Aldecoa,con quien se casó en 1952 y con quien tuvo una hija, Susana.
En 1959 fundó el colegio Estilo, un centro educativo laico y mixto, en pleno franquismo, cuya línea educativa se basaba en el krausismo (base ideológica de la ILE), en las ideas recogidas en su tesis y en lo observado en colegios británicos y estadounidenses. Ubicado en un chalet de la madrileña colonia de El Viso, acogió durante años a los hijos de la intelectualidad madrileña, que recibieron una enseñanza basada en el razonamiento y en la tolerancia, con la que se pretendía, sobre todo, potenciar el pensamiento crítico.
En 1961 publicó la colección de cuentos A ninguna parte. En 1969 falleció Ignacio Aldecoa, y durante los diez años siguientes, Josefina se centró en la docencia y permaneció apartada de la literatura, hasta que en 1981 apareció su edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa. A partir de ese momento, reanudó su actividad literaria, adoptando el apellido de su esposo. Ha publicado la memoria generacional Los niños de la guerra (1983), el libro infantil Cuento para Susana (1988); las novelas La enredadera (1984), Porque éramos jóvenes (1985), El vergel (1988), El enigma (2002), Hermanas (2008) y la trilogía de contenido autobiográfico formada por Historia de una maestra (1990), Mujeres de negro (1994) y La fuerza del destino (1997); el ensayo Confesiones de una abuela (1998); Fiebre (2000), antología de cuentos escritos entre 1950 y 1990. Madrid, otoño, sábado (2012) es una recopilación de todos sus cuentos que incluye los libros A ninguna parte y Fiebre, además de los cuentos sueltos Cuento para Susana y El mejor (1998).
[Imagen inicial: guiadelnino.com]









