EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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domingo, 5 de septiembre de 2021

"Planes de futuro" y otro poema de Rosa Berbel

Arenal de la Mangueta, Barbate. GONZALO AZUMENDI
(El Viajero)


PLANES DE FUTURO

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas,
llegar a fin de mes,
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.

Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
pero ante el mar soñamos
un milagro:
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro,
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta.

Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente,
porque nosotros discutimos,
porque no hay nada aquí que nos divierta.

Tenemos casa, hijos y demasiado miedo
a la muerte, a los contratos temporales,
como la gente normal, miedos
de gente feliz, miedos felices,
como este insomnio dulce de los días
antiguos o esta nostalgia común
y rutinaria.

Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,
no cogemos aviones
porque hemos olvidado
cómo decir te quiero en otras lenguas,
la violencia del viaje,
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.

Tenemos cuarenta años y una vida feliz
feliz sin contratiempos,
una vida segura,
equilibrada.

Pero después del amor, de la rutina,
la propiedad privada y el verano,
la realidad regresa
inconformista.


EL AMOR MODIFICA LA TRAYECTORIA 
DE LOS VIAJES

La suerte del amor es ese instante
en que vuelves a casa
como un niño
y te preguntas de nuevo cuánto falta
cuánto falta otra vez
para el futuro.

De Las niñas siempre dicen la verdad, Hiperión, 2018

Rosa Berbel. Foto:Carlos Allende. (elcultural.com)


Rosa Berbe
l (Estepa, Sevilla, 1997) es una poeta española, graduada en Literaturas Comparadas y máster en Estudios Literarios y Teatrales por la Universidad de Granada. Ha prologado la reedición de Poeta en Nueva York de García Lorca (Austral, 2020) y antologado junto a Juan Domingo Aguilar la muestra de poesía joven Piel fina (Maremágnum, 2019). En 2016  resultó ganadora de la IV Edición del Certamen Ucopoética. Su primer libro, Las niñas siempre dicen la verdad (Hiperión, 2018), fue ganador del XXI Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, y galardonado también con el Premio de la Crítica de Andalucía a la mejor Ópera Prima y el Premio Ojo Crítico de Poesía de RNE. Poemas suyos han sido incluidos en antologías como La pirotecnia peligrosa: 11 poetas sevillanos para el siglo XXI (2015), Supernova (2016) o Algo se ha movido (2018).

jueves, 2 de septiembre de 2021

"El ahogado más hermoso del mundo", de Gabriel García Márquez



Derek Walcott, Seascpes with Figures


 

 El ahogado más hermoso del mundo

 

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes[1] y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora[2] y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante[3] de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquel era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos[4] de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores  y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro[5]. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la medianoche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de la casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y el recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes[6] y botavaras[7], y las amarraron con carlingas[8] de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tantos quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas[9] que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubiera dicho Sir Walter Raleigh[10], quizás hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya[11] en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo[12], sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esa porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

 

(Gabriel García Márquez, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada y otro relato, Relato corto, Aguilar, 1994, págs. 71-79)



[1] cardúmenes: Bancos de peces.
[2] rémora: Pequeño pez que se adhiere a otros mayores o a objetos flotantes para desplazarse y obtener su alimento.
[3] bramante: Tejido de hilo de cáñamo.
[4] dédalos: Laberintos.
[5] Lautaro: Caudillo araucano que derrotó en varias ocasiones a los españoles. Su valentía fue cantada por Alonso de Ercilla en La Araucana.
[6] trinquete: Palo vertical en la proa del barco.
[7] botavara: Palo horizontal que sujeta la vela cangreja.
[8] carlinga: Pieza en la que encaja la arboladura del buque.
[9] calderetas: Pequeños recipientes para el agua bendita.
[10] Sir Walter Raleigh: Marino inglés (1552-1618). Luchó contra la Armada Invencible y participó en expediciones como la exploración de las Guayanas y el saqueo de Cádiz.
[11] guacamaya: Papagayo.
[12] sábalo: Pez marino.

"El ahogado más hermoso del mundo", escrito en 1968, fue incluido junto a otras seis narraciones en la colección de cuentos publicada en 1972 bajo el título La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada.

En los siguientes enlaces puedes leer sendos análisis del cuento:

domingo, 29 de agosto de 2021

"Adiós al mar", de Tomás Segovia


Foto: Josefina López


Adiós al mar

Y qué va a hacer sin mí mañana
El mar dormido
A quién va a susurrar sin que nadie se entere
sus vanos devaneos soñolientos
Para esperar a quién
Se querrá levantar temprano ahora
Ah por nada del mundo yo quisiera
Dejarle allí esperándome
No merece quedarse así tan solo
Sin meta sin razón sin cumplimiento
No puede ser que se quede frustrado
Algo que es tan visible
Que tiene que existir en este mundo
No puede ser que yo no vuelva
Como si al mar le hiciera tanta falta
Y yo le hubiera dado mi palabra.

"Adiós al mar" es uno de los últimos  poemas  escritos por Tomás Segovia (1927-2011) e impreso  como poema suelto en 2011 por Juan Pascoe en su taller Martín Pescador, ubicado en la localidad mexicana de Tacámbaro.

(fr.scribid.com)

domingo, 22 de agosto de 2021

"No deseo abrir la boca" y otro poema de Nadia Anjuman


Mujeres afganas con burka


No deseo abrir la boca

No deseo abrir la boca
¿A qué podría cantar?
En mí, a quien la vida odia,
tanto da cantar que callar.
¿Acaso debo hablar de dulzura
cuando siento tanta amargura?
Ay, el festín del opresor
me ha tapado la boca.
Sin nadie al lado en la vida
¿a quién dedicar mi ternura?
Tanto da decir, reír,
morir, existir.
Yo y mi forzada soledad
con mi dolor y mi tristeza.
He nacido para nada
mi boca debería estar sellada.
Ha llegado, corazón, la primavera,
el momento propicio del festejo.
¿Pero qué puedo hacer si un ala 
tengo ahora atrapada?
Así no puedo volar.
Llevo mucho tiempo en silencio,
pero nunca olvidé la melodía
que no paro de susurrar.
Las canciones que brotan de mi corazón
me recuerdan que algún día
romperé la jaula.
Volando saldré de esta soledad
y cantaré con melancolía.
No soy un frágil álamo
sacudido por el viento.
Soy una mujer afgana
Entiéndase pues mi constante queja.

(En revista Trasversales número 6, primavera 2007*)

Un llanto sordo

El sonido de las verdes huellas está en la lluvia
nos llega desde la carretera
almas sedientas y faldas polvorientas llegaron del desierto
su ardiente respiración y el espejismo-fundido
de sus bocas secas y de polvo cubiertas
nos llegan, ahora, desde la carretera
sus atormentados cuerpos, chicas criadas en el dolor
la alegría alejada de sus rostros
corazones viejos y alineados de grietas
no surgen sonrisas en los inhóspitos océanos de sus labios
ni una lágrima brota del seco cauce de sus ojos
¡Oh Dios!
¿Podría ignorar si sus sordos llantos que saltaron del cielo,
alcanzan las nubes?
El sonido de las verdes huellas está en la lluvia.

(En poetassigloveintiuno.blogspot.com)

Nadia Anjuman. (elperiodico.com)
Nadia Anjuman fue una poeta y periodista afgana nacida en Herat en 1980, convertida tras su trágica muerte en símbolo de la lucha por los derechos de las mujeres afganas. 

En septiembre de 1995 los talibanes se apoderaron de la ciudad de Herat y destituyeron al gobernador de la provincia. Con los talibanes en el poder, las libertades de las mujeres se vieron muy restringidas y se les privó del acceso a la educación (cerraron las escuelas para niñas y se prohibió la instrucción privada de las mujeres). La costura y el bordado eran las únicas enseñanzas permitidas para ellas, por lo que en 1996 Anjuman se unió a otras jóvenes de su ciudad en los Círculos de Costura de Herat y comenzó a asistir a un círculo educativo clandestino llamado Escuela de Costura Aguja de Oro, dirigido por el profesor de universidad Muhammad Ali Rahyab, en el que estudiaban a autores prohibidos como Shakespeare o Dostoievski. Las mujeres del grupo se reunían tres veces por semana con el pretexto de aprender a coser, pero en realidad asistían a conferencias impartidas por profesores de la Universidad de Herat y participaban en debates sobre literatura. Todos los participantes se arriesgaban a sufrir terribles castigos e incluso a ser condenados a la horca, de haber sido descubiertos. Para evitarlo, hacían que sus hijos jugaran en las proximidades del edificio donde se reunían, de modo que les pudieran avisar de la presencia de la policía. 

La caída del régimen talibán en 2001, tras la invasión de Estados Unidos en respuesta a los atentados del 11-S,  permitió a Nadia estudiar  Literatura persa en la universidad de su ciudad natal. En 2005, cuando aún era universitaria, publicó su primer libro de poesía, Gul-e-dodi (Flor roja oscura o Flor ahumada), que alcanzó cierta notoriedad no solo en su país sino también en Pakistán e incluso en Irán. La suya es una poesía testimonial en que la autora expresa sus ansias de libertad con un lenguaje actual, nada afectado, e introduce un punto de vista juvenil en la poesía dari. 

Sobre su profundo compromiso con la poesía  y sus temores e inseguridades en el ejercicio de la creación, confiesa la autora: 

Desde que tengo memoria, he amado la poesía, y las cadenas con las que seis años de cautiverio bajo el régimen talibán me ataron los pies me llevaron a entrar vacilante en la arena de la poesía. El estímulo de amigos que pensaban como yo me dio la confianza para seguir este camino, pero incluso ahora, cuando doy el primer paso, la punta de mi pluma tiembla, como lo hago yo, porque no me siento a salvo de tropezar en este camino, cuando el camino por delante es difícil y mis pasos son inestables.

Algunos meses después de la aparición de su primer libro, 4 de noviembre de ese mismo año, la policía encontró el cuerpo sin vida de Nadia en su casa de Herat. La muerte fue causada por la paliza propinada por su marido (un graduado en literatura) y algunos familiares de este, que, al parecer, consideraban a Nadia una deshonra  para su familia por escribir sobre amor y describir la opresión de las mujeres afganas. Le sobrevivió un hijo, que en el momento de su muerte tenía seis meses y quedó bajo la custodia del marido. Este apenas pasó un mes en la cárcel pues, oficialmente, su muerte se consideró suicidio. También dejó un segundo libro inédito: Yek sàbad délhore (Una abundancia de preocupaciones), con poemas que expresaban su aislamiento y la tristeza en su matrimonio. Su brutal asesinato  inspiró a Atiq Rahimí (1962),  escritor afgano residente en París,  para escribir la novela Syngué sabour. Pierre de paciencia (La piedra de la paciencia), con la que ganó el premio Goncourt en 2008. 

Los recientes sucesos en Afganistán, con la vuelta al poder de los talibanes, hacen más necesarios si cabe su  poesía y el ejemplo de su lucha en  defensa de los derechos de las mujeres.

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En el segundo poema, compuesto en 2001, quizá más difícil de comprender que el primero,  utiliza un lenguaje directo para expresar su compasión por las mujeres más pobres de su país, que parecen casi espectros. El poema comienza y termina con una metáfora esperanzada en su promesa de vida en el desierto  (www.universeofpoetry.org).

*La versión no poética en castellano de este poema  se basa en la versión en inglés de Mahnaz Badihian y en la versión en italiano de Cristina Contilli.

La traducción del segundo poema es de María Germaná Matta, a partir de la versión inglesa de Suzanna Olszewska y Belgheis Alavi.

[Imagen inicial: guioteca.com]

jueves, 19 de agosto de 2021

"Fábula primera", un cuento de Juan Benet


Antonio María de Reyna Manescau (1859-1937), Mercado árabe


Fábula primera


—Vete al mercado —dijo el comerciante a su criado— y compra mi destino. Estoy seguro de que será fácil encontrarlo. Pero no te dejes engañar, no pagues más de lo que vale.

—¿Cuánto he de pagar? —preguntó el criado.

—Lo mismo que para los demás. Mira cómo está el destino de los demás y paga lo mismo por el mío.

El criado estuvo ausente durante largo tiempo y volvió desazonado, asegurando a su amo que no había encontrado su destino en el mercado, a pesar de haberlo buscado con gran ahínco. El comerciante le reprendió con acritud y se quejó de su ineficacia.

—No puedo encargarte la encomienda más sencilla. ¿Es que lo he de hacer todo yo? No puedo —compréndelo— abandonar este negocio que sólo marcha si yo lo vigilo. Por otra parte, me interesa mucho hacerme con ese destino. Sigue buscando y no vuelvas por aquí sin haber dado con él.

El criado volvió al mercado y durante días buscó el destino de su amo, sin encontrarlo en parte alguna. Pero alguien le sugirió que buscara en otros mercados y ciudades porque una cosa tan especial no tenía por qué hallarse allí. El criado volvió a casa del comerciante  a pedirle permiso y dinero para el viaje, a fin de buscar un destino por toda la parte conocida del país.

El comerciante lo pensó y dijo:

—Bien, te concedo ese permiso y ese dinero, a condición de que no hagas otra cosa que buscar mi destino. No vuelvas por aquí sin él —y añadió— o sin la seguridad de que no está en parte alguna y a merced de quien se lo quiera llevar.

El criado se puso en viaje y ya no hizo otra cosa que recorrer toda la parte conocida del país en busca del destino de su amo. Viajó por regiones muy lejanas y envejeció; perdió la memoria pero, fiel a la promesa hecha a su amo, sólo conservó la obligación contraída. También el comerciante envejeció y perdió muchas de sus facultades. Un día su constante peregrinación llevó al criado hasta el negocio de su amo a quien ya no reconocía, empero sí le interrogó sobre el objeto de su búsqueda.

—Por lo que me dices —dijo el comerciante—, tengo algo aquí que creo que te puede convenir —y le mostró su propio destino.

—Es exactamente lo que necesito —repuso el criado—. Pero espero que no cueste mucho. Llevo tantos años buscándolo que me he gastado casi todo el dinero que tenía. Sólo me resta esto.

—Ya es bastante y me conformo —repuso el amo—. Este trasto lleva toda la vida en mi casa y a nadie ha interesado hasta ahora. Te lo puedes llevar a condición de que me digas para qué lo quieres.

—Eso no lo puedo decir porque lo ignoro. Lo he olvidado. Sé muy bien que lo necesito, pero no sé para qué.

—Entonces es tuyo —replicó su viejo amo—; es un objeto que conviene a un desmemoriado. Creo recordar que alguien lo olvidó aquí y no se me ocurre destino mejor para él que quedar encerrado en el olvido de quien tanto lo necesitó.

Y cuando el comerciante vio que su antiguo criado se alejaba con su destino bajo el brazo, dijo para sus adentros:

—Al fin.

(Juan Benet, Una tumba y otros relatos. Edición de Ricardo Gullón, Col. Temas de España, Taurus, Madrid, 1981)


Juan Benet. (Pinterest)
Juan Benet (Madrid, 1927-1993) fue un escritor español cuya obra comprende novelas, relatos, teatro y varios libros de ensayos. Era el tercero de una familia de tres hermanos. Su padre, abogado de profesión, fue detenido en zona republicana al comienzo de la Guerra Civil y fusilado poco después aunque contra  él no constaba cargo alguno. La familia buscó refugio en San Sebastián, de donde regresaron al finalizar la guerra. Tras terminar el bachillerato en el elitista colegio Nuestra Señora del Pilar, en 1948 ingresó en la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, donde se licencia en 1954 en la especialidad de Hidráulica. Durante su etapa universitaria frecuenta las tertulias literarias de los cafés Gambrinus y Gijón y conoce a quien se convertirá en su gran amigo, el escritor Luis Martín-Santos. En 1949 viaja por primera vez a París para visitar a su hermano Francisco que, en 1945, aprovechando un viaje de estudios a París, se quedó a vivir en la capital francesa y, desde allí, organizó en 1948 la exitosa fuga de presos franquistas del campo de Cuelgamuros en que se basa la película Los años bárbaros, de Fernando Colomo, convirtiéndose así en un exiliado político. En 1955 contrajo matrimonio con su prima Nuria Jordana, con quien tuvo cuatro hijos. Su esposa falleció trágicamente en 1974. Desempeñó su actividad profesional de ingeniero en diferentes provincias españolas hasta que en 1966 regresó definitivamente a Madrid, integrándose en la plantilla del Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, donde trabajaban también su amigo, el novelista Juan García Hortelano, y el poeta Ángel González. En 1985 se casó con la poeta Blanca Andreu

Juan Benet pertenecía por edad a la Generación del medio siglo, pero su obra literaria, experimental e incluso hermética,  guarda escasa relación con la de los autores de su generación, y no empieza a publicar hasta la década de los 60. Ha escrito los libros de relatos Nunca llegarás a nada (1961), que pasó inadvertido, Cinco narraciones y dos fábulas (1972), Sub Rosa (1973) y Trece fábulas y media (1981). Alcanzó notoriedad con Volverás a Región (1967), novela que, dentro de la narrativa española, representa la más radical ruptura con la tradición anterior. Hermética y difícil, trata sobre Región, espacio mítico creado por al autor al modo de lo que había hecho Faulkner con el imaginario condado de Yoknapatawpha, en el que ambientará muchas de sus novelas posteriores. Con una sintaxis complejísima y sin orden cronológico alguno, presenta la decadencia de la condición humana, asociada a la ruina de su entorno. El hermetismo de Benet, que escribe para la "clase culta", continúa en Una meditación (1970, Premio Biblioteca Breve), Un viaje de invierno (1972), La otra casa de Mazón (1973), Saúl ante Samuel (1980) y se atenúa en novelas posteriores como El aire de un crimen (1980) y Herrumbrosas lanzas (tres vols.: 1983, 1985, 1986). 

domingo, 15 de agosto de 2021

"La nieve y el amor", de Lêdo Ivo




La nieve y el amor


En este día de calor ardiente, estoy esperando la nieve.
Siempre estuve a su espera.
Cuando niño leí Memorias de la Casa de los Muertos*
y vi la nieve cayendo en la estepa siberiana
y en el abrigo roto de Fédor Dostoievski.
Amo la nieve porque ella no separa el día de la noche
ni aleja al cielo de las aflicciones de la tierra.
Une lo que está separado:
los pasos de los hombres condenados al hielo oscurecido
y los suspiros de amor que se pierden en el aire.
Es necesario tener un oído muy fino
para oír la música de la nieve cayendo, algo casi silencioso
como el rozar del ala de un ángel, en caso de que los ángeles existan,
o el estertor de  un pájaro.
No se debe esperar la nieve como se espera el amor.
Son cosas diferentes. Basta que abramos los ojos para ver la nieve caer
en el campo desolado. Y ella cae en nosotros, la nieve blanca y fría
que no quema como el fuego del amor.
Para ver el amor nuestros ojos no bastan,
ni los oídos, ni la boca ni aun nuestros corazones
que laten en la oscuridad con el mismo rumor
de la nieve cayendo en las estepas
y en los tejados de las cabañas oscuras
y en el abrigo roto de Fédor Dostoievski.
Para ver el amor nada basta. Y tanto el frío del invierno como el calor escaldante
lo alejan de nosotros, de nuestros brazos abiertos
y de nuestros corazones atormentados.
Fiel a mi infancia, prefiero ver la nieve
que une el cielo y la tierra, la noche y el día,
a ser presa indefensa del amor,
el amor que no es blanco ni puro ni frío como la nieve.

De Mormaço (2011). En Estación Final, Colección Los torreones, selección,
traducción y prólogo de Mario Bojórquez, Bogotá, 2012 / Valparaíso, Granada,
2013 / Taberna Librarias, Zacatecas, 2013

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*Novela autobiográfica de Dostoievski publicada en 1862 y basada en su experiencia  en presidio.

Estación final
es una antología que reúne una selección de poemas compuestos por el autor brasileño entre 1940 y 2011. Lêdo Ivo (1924-2012) sostenía que "La nieve y el amor" era su último poema, si bien posteriormente parece que han aparecido otros poemas del autor inéditos. Sobre "La nieve y el amor" escribe José Ángel Leyva que, tras charlar con el autor de su infancia brasileña,
Me quedaba claro por qué esa nostalgia de geografías ajenas, de visiones, de la nieve, del saco roto de Fedor Dostoievski en el despertar de la imaginación y la lectura, en un medio caluroso donde la nieve es lo imposible, pero es el sueño que empuja a buscarla en otras latitudes y circunstancias, en la escritura [...].

Sirva este poema como humilde homenaje al gran escritor ruso Fédor Dostoievski (1821-1881), de cuyo nacimiento se cumplirán doscientos años el próximo  11 de noviembre.  

Dostoievski. (okdiario.com)

[Imagen inicial: Pinterest]

domingo, 8 de agosto de 2021

"Circe esgrime un argumento", de Silvia Ugidos

Beatrice Offor, Circe, 1911



CIRCE ESGRIME UN ARGUMENTO

Si regresas, Ulises, 
encontrarás allí en Ítaca una mujer cobarde:
Penélope ojerosa
que afanosa y sin saberlo
le teje y le desteje una mortaja
al amor. Ella pretende
aferrarse y aferraros a lo eterno.
Si regresas
hacia un destino más infame aún
que éste que yo te ofrezco
avanzas si vuelves a su encuentro.
Más enemigo del amor y de la vida
que mis venenos
es vuestro matrimonio, vil encierro.

Quédate, Ulises: sé un cerdo.

De Las pruebas del delito, 1997


Silvia Ugidos. (La Nueva España)
Silvia Ugidos
nació en Oviedo en 1972. Es columnista del semanario Les Noticies y de La Voz de Asturias. Ha publicado poemas en revistas literarias como Reloj de Arena, Clarín o Hélice. Ha sido incluida en antologías de poesía española como Selección nacional (1995), La generación del 99 (1999) y Un siglo de sonetos en español (2000). Es autora del cuaderno Poemas (1995) y del poemario Las pruebas del delito (1997), reeditado parcialmente en 2001. Sus últimos poemas han aparecido en el volumen colectivo Fábula de fuentes (2006). Ha sido traducida al portugués. Vinculada con la llamada poesía de la experiencia, de autores como Ángel González, Jaime Gil de Biedma o Gabriel Ferrater ha tomado el poema narrativo y el empleo del monólogo dramático. También ha publicado relatos en libros colectivos o en revistas, y algunos libros para niños, entre ellos Mi padre es ama de casa (¿Y qué), publicado simultáneamente en castellano, asturiano, gallego, catalán, eusquera y aragonés.