EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Leer juntos a los Clásicos: "Edipo Rey"



“Leer juntos a los Clásicos” – Sesión de Edipo rey

El pasado 29 de octubre tuvo lugar la sesión de “Leer juntos a los clásicos” dedicada a la obra de Sófocles Edipo Rey. Durante la primera parte de la actividad los habituales a la tertulia comentamos la obra teatral, junto a invitados como dos estudiantes griegos del programa “Erasmus”, que nos leyeron un fragmento de la tragedia en griego clásico y después en griego moderno; un profesor de Filosofía del IES Pedro de Luna, que aportó su particular punto de vista sobre los temas tratados, y, algún alumno más, que se animó a unirse a nosotros en la sesión dedicada al comentario de la primera lectura de este curso.

Hablamos sobre los conflictos que se desarrollan en la tragedia, las reflexiones que plantea a los lectores actuales, la construcción de los personajes y la relación entre ellos. Pudimos ver un fragmento de la grabación sobre la representación de la obra teatral Medea,  interpretada por los alumnos de la compañía “Clásicos Luna”, que celebraba su duodécimo aniversario este año. Todo ello aderezado con el sabor de unas pastas y con ganas de volver a reunirnos en una próxima sesión, en la que hablaremos, distendidamente como en esta, sobre El fantasma de Canterville de Oscar Wilde.

 J. Lorenzo Legua y Celia Sánchez-Rico, B1E



domingo, 9 de noviembre de 2014

"No volveré a ser joven", de Jaime Gil de Biedma

El poeta Jaime Gil de Biedma


No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.


Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.



Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

                
                         De Poemas póstumos, 1968

[Selección del profesor  Javier Aznar]

Escucha el poema recitado por el autor:
 http://www.youtube.com/watch?v=w6BhEIv4YC0#t=12

Y cantado por Serrat:


sábado, 8 de noviembre de 2014

Rosalía de Castro y Carmen Conde "Emisarias de lo sagrado eterno"


Tras publicar en 2011 María Zambrano y sor Juana Inés de la Cruz: la pasión por el conocimiento, Carmen Romeo Pemán, Paula Ortiz Álvarez y Gloria Álvarez Roche acaban de presentar, en la editorial online 'bubok', un nuevo libro sobre otras dos relevantes figuras femeninas, un brillante estudio sobre dos  poetas esenciales: Rosalía de Castro y Carmen Conde "Emisarias de lo sagrado eterno"

El libro muestra cómo ambas  poetas encontraron una voz poética propia a través de sus dudas y de sus crisis religiosas, y cómo desde la duda religiosa de Rosalía hasta el grito afirmativo de Carmen Conde se produjo una evolución en el yo poético de las escritoras. Si Rosalía no tenía modelos para elaborar su reflexión poética, Carmen Conde se sintió acompañada por Rosalía, de quien "aprendió a soñar". Posteriormente Carmen Conde se convirtió en un nuevo referente para las escritoras españolas.

Se trata, sin duda, de un  estudio de enorme atractivo para las personas interesadas en la investigación sobre  literatura escrita por mujeres y, en particular,  en la obra de estas dos grandes escritoras,  el cual  puedes descargar gratis en este enlace:
http://www.bubok.es/libros/236851/ROSALIA-DE-CASTRO-y-CARMEN-CONDE-Emisarias-de-lo-sagrado-eterno

El libro aparece cuando la profesora Carmen Romeo acaba de recibir el premio del VII concurso de Relatos "Helvéticas" por su relato "De la roca nacida" ( http://elhacedordesuenos.blogspot.com.es/2014/10/de-la-roca-nacida.html) y la cineasta Paula Ortiz se encuentra inmersa en el montaje de su segundo largometraje, La novia, basado en Bodas de sangre, de García Lorca.  Carmen Romeo y Gloria Álvarez también habían colaborado anteriormente en el libro Callejero. La Zaragoza de las mujeres (2010): http://elhacedordesuenos.blogspot.com.es/2011/02/recomendacion-de-los-lectores.html


domingo, 2 de noviembre de 2014

Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley (1797 – 1851)




La semilla de este libro nació de un pequeño concurso en el que Lord Byron retó al matrimonio Shelley y a su médico personal, Polidori, a un concurso de cuentos de terror. El hecho inesperado fue que Mary Shelley, que jamás se había dedicado a la escritura profesional, sorprendiera a los dos poetas y a Polidori (autor de El Vampiro) con una original historia que luego perfeccionaría.
Es la narración de terror más famosa y desconocida. Digo esto porque, al igual que les ha pasado a muchos otros clásicos (en un sentido amplio de la palabra), han dejado de leerse bajo pretexto de que ya se conoce en gran medida su argumento sin necesidad de leerlo… y, para leer algo que ya sabes, mejor pasamos ¿no? ¡Pues no! Ni las versiones en cómic, ni las películas, ni las parodias pueden igualarse a la historia que narra uno de los textos más absorbentes que jamás he leído. La historia de un niño que quiso vencer a la muerte y, convertido en adulto, lo consigue con la ayuda de la ciencia, desencadenando así una serie de terribles consecuencias que se cobrarán la vida de muchos personajes.
Pero también la mucho menos conocida historia del ser creado, que se encontró solo en un mundo que le era ajeno, en busca de algo que todos cuantos le rodean tienen y su atroz aspecto le impide obtener: el amor de una mujer o, simplemente, de un padre. La relación entre creador y creación será complicada y contradictoria muchas veces, sintiendo maravillosos escalofríos en los escasos encontronazos entre ambos personajes.
Una visión mucho más humana de la narración es el principal atractivo del libro y lo que más me sorprendió, cuando pasé la última página y recordé la superficial concepción que había tenido del científico loco y su atroz criatura. En mi humilde opinión, alguien que no ha leído el libro de Victor Frankenstein y su apasionada creación (en efecto, Frankenstein es el nombre del creador, no del “monstruo”) no puede entender el verdadero significado de la historia.

Jorge J. Marco Guimbao, B 2B

'El estudiante de Salamanca', de José de Espronceda




   El estudiante de Salamanca 

                         [FRAGMENTO]

                         Parte primera

                                                         Sus fueros, sus bríos,
                                                       sus premáticas, su voluntad.

Quijote.- Parte primera
Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego envuelta la tierra,
 5            los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas[1] voces suenan
informes, en que se escuchan
10          tácitas[2] pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas:
15          En que tal vez la campana
               de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
20          a las brujas a su fiesta[3].
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
25          fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
30          temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
35          el Tormes, fecundo río,
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
40          Súbito rumor de espadas
cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela
45          y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.

El ruido
cesó,
50        un hombre
             pasó
             embozado,
             y el sombrero,
             recatado,
55         a los ojos
             se caló.
             Se desliza
             y atraviesa
             junto al muro
60        de una iglesia,
             y en la sombra
             se perdió. […]




[1] temerosas, temibles.
[2] tácitas, esquivas, huidizas.
[3] El aquelarre que las brujas celebraban el sábado con el demonio, 
según creencia popular.                            
                                             

José de Espronceda fue  un escritor español considerado el más genuino representante del Romanticismo en nuestro país, tanto por su obra poética como por su actitud ante la vida. 

Nació en el palacio del Marqués de Monsalud, en Almendralejo (Badajoz), el 25 de marzo de 1808, cuando su padre, sargento mayor de caballería,  iba camino de Badajoz acompañado de su esposa. De 1821 a 1824 estudió en Madrid en un colegio fundado por el poeta Alberto Lista, donde recibió una formación de inspiración ilustrada y neoclásica. Pronto mostró interés por la literatura y por la política. A los quince años, tras haber visto ejecutar,  en noviembre de 1823, a Riego (militar, jefe del alzamiento liberal de 1820 en Cabezas de San Juan)  en la plaza de la Cebada  de Madrid, se incorporó a la sociedad secreta "Los Numantinos", que conspiraba contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que fue condenado en 1825, durante la represión política que siguió al trienio liberal,  a tres semanas de reclusión en un convento de Guadalajara, donde su padre estaba destinado. En el verano de 1827, tras un periodo apartado de la política y dedicado a la escritura,  abandona el país. Marcha primero a Lisboa, de donde es expulsado, y después a Londres, entonces lugar de reunión de los liberales españoles exiliados. En Londres tiene ocasión de conocer la obra de autores románticos ingleses, cuya influencia marcará un cambio de rumbo  en su literatura. Por esta época (en Lisboa o en Londres) inicia su turbulenta relación amorosa con Teresa Mancha, hija de un militar exiliado. Después marchó a Francia y, en París, tomó parte en la revolución de julio de 1830  y luego en una incursión fallida a España. En octubre de 1831 se instala en París con Teresa, ya casada con un emigrante español y madre de dos hijos, y en 1933 regresa con ella a España acogiéndose a la amnistía por la muerte de Fernando VII. Espronceda ingresa en la Guardia Real, pero al poco tiempo es desterrado a Cuéllar y más tarde a Badajoz. Las largas ausencias y las infidelidades hacen que Teresa lo abandone en 1836, dejándole a Blanca, la única hija de ambos, nacida en 1834. La muerte de Teresa en septiembre de 1837 sume al poeta en la desesperación. Obtiene un cargo diplomático en La Haya  y es elegido diputado por la provincia de Almería (marzo de 1842). Muere en Madrid, de forma inesperada, el 23 de mayo de 1842, cuando se había enamorado de nuevo y estaba a punto de casarse. En 1902 sus restos fueron trasladados al Panteón de Hombres Ilustres.

Aunque escribió también teatro (Blanca de Borbón) y novela histórica ( Sancho Saldaña), su producción  literaria más importante es la de la poesía, tanto lírica como narrativa. En su obra poética se advierte una clara evolución desde una poesía juvenil de corte neoclásico escrita bajo la influencia de su maestro Alberto Lista (El Pelayo, intento inacabado de poema épico), pasando por su poesía del exilio en la que se observan nuevas influencias (especialmente del poeta apócrifo  Ossian)  que  anuncian su evolución hacia la sensibilidad romántica ( Himno al sol y el poema narrativo Óscar y Malvina), hasta la poesía romántica escrita a su regreso a España. En sus poemas líricos de esta última etapa  (Canción del pirata, El verdugo, El mendigo, El reo de muerte, El canto del cosaco, A jarifa en una orgía) encontramos el Espronceda más auténtico, en el que abundan los tonos sociales: defensa de los seres marginales, identificación con los proscritos, anhelo de libertad y desprecio de las leyes. No obstante, sus dos grandes poemas narrativos, El estudiante de Salamanca y El diablo mundo, se consideran sus obras poéticas más importantes.

El estudiante de Salamanca (1840), formado por casi dos mil versos polimétricos y dividido en cuatro partes, está considerado el mejor poema narrativo del Romanticismo español. Cuenta la historia de don Félix de Montemar, cínico donjuán en la Salamanca del siglo XVII, quien, tras seducir y abandonar a Elvira (que muere de dolor), mata en duelo a don Diego de Pastrana, hermano de esta. Una tétrica noche persigue por las calles de la ciudad a una fantasmal dama que resulta ser el esqueleto de Elvira, contempla burlón una visión de su propio entierro, en la mansión de los muertos contrae matrimonio con el esqueleto de Elvira y acaba bailando una danza macabra rodeada de espectros. Espronceda mezcla diversos motivos tomados de la tradición literaria (el donjuán burlador, la mujer transformada en esqueleto, el personaje que contempla su propio entierro, la danza de la muerte) para crear un ambiente intensamente romántico y un personaje que encarna la rebeldía, el cinismo y el satanismo propio de los héroes románticos.

El diablo mundo (1841), poema inacabado formado por una introducción y siete cantos,  fue publicado por entregas durante 1840 y 1841, antes de ser editado como libro. Carente de unidad, pretendía ser un ambicioso poema lírico, filosófico y social, una epopeya de la vida, cuyo protagonista (llamado Adán, simbólicamente) se enfrenta a la realidad, sufre persecución, se rinde a la malicia y descubre la injusticia de la muerte. La segunda parte, sin conexión con el resto, es el célebre Canto a Teresa, en el que el poeta evoca los primeros momentos de amor, a los que siguieron la decepción, la ruptura y la muerte de su amante.



En el siguiente enlace puedes leer el texto completo de El estudiante de Salamanca:

El cuento  de Espronceda "La pata de palo": AQUÍ.

miércoles, 29 de octubre de 2014

La biblioteca de Drácula


Fotograma de Drácula, de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola

Para estas fechas en que celebramos nuestra VI Semana de la literatura de misterio y terror, nada más adecuado que recordar a uno de los grandes clásicos de la literatura gótica: Drácula (1897), del irlandés Bram Stoker.  En esta ocasión hemos elegido una parte que transcurre en la biblioteca del castillo de Drácula, donde el conde se reúne con el joven abogado londinense Jonathan Harker. Este ha acudido a la morada del conde, en Transilvania, para cerrar con él la compra de unas propiedades en Inglaterra, país al que Drácula piensa trasladarse en un futuro inmediato en busca de sangre joven. Así refleja  el joven Harker en su diario su entrevista con el vampiro,  en la que ya  se  traslucen algunos detalles inquietantes:
En la biblioteca encontré, para mi gran regocijo, un vasto número de libros en inglés, estantes enteros llenos de ellos, y volúmenes de periódicos y revistas encuadernados. Una mesa en el centro estaba llena de revistas y periódicos ingleses, aunque ninguno de ellos era de fecha muy reciente. Los libros eran de las más variadas clases: historia, geografía, política, economía política, botánica, biología, derecho, y todos refiriéndose a Inglaterra y a la vida y costumbres inglesas. Había incluso libros de referencia tales como el directorio de Londres, los libros "Rojo" y "Azul", el almanaque de Whitaker, los catálogos del Ejército y la Marina, y, lo que me produjo una gran alegría ver, el catálogo de Leyes.
     Mientras estaba viendo los libros, la puerta se abrió y entró el conde. Me saludó de manera muy efusiva y deseó que hubiese tenido buen descanso durante la noche.
     Luego, continuó:
     —Me agrada que haya encontrado su camino hasta aquí, pues estoy seguro de que aquí habrá muchas cosas que le interesarán. Estos compañeros —dijo, y puso su mano sobre unos libros— han sido muy buenos amigos míos, y desde hace algunos años, desde que tuve la idea de ir a Londres, me han dado muchas, muchas horas de placer. A través de ellos he aprendido a conocer a su gran Inglaterra; y conocerla es amarla. Deseo vehemente caminar por las repletas calles de su poderoso Londres; estar en medio del torbellino y la prisa de la humanidad, compartir su vida, sus cambios y su muerte, y todo lo que la hace ser lo que es. Pero, ¡ay!, hasta ahora sólo conozco su lengua a través de libros. A usted, mi amigo, ¿le parece que sé bien su idioma?
      —Pero, señor conde —le dije —, ¡usted sabe y habla muy bien el inglés!
      Hizo una grave reverencia.
      —Le doy las gracias, mi amigo, por su demasiado optimista estimación; sin embargo, temo que me encuentro apenas comenzando el camino por el que voy a viajar. Verdad es que conozco la gramática y el vocabulario, pero todavía no me expreso con fluidez.
      —Insisto —le dije— en que usted habla en forma excelente.
    —No tanto —respondió él—. Es decir, yo sé que si me desenvolviera y hablara en su Londres, nadie allí hay que no me tomara por un extranjero. Eso no es suficiente para mí. Aquí soy un noble, soy un boyar; la gente común me conoce y yo soy su señor. Pero un extranjero en una tierra extranjera, no es nadie; los hombres no lo conocen, y no conocer es no importar. Yo estoy contento si soy como el resto, de modo que ningún hombre me pare si me ve, o haga una pausa en sus palabras al escuchar mi voz, diciendo: "Ja, ja, ¡un extranjero!" He sido durante tanto tiempo un señor que seré todavía un señor, o por lo menos nadie prevalecerá sobre mí. Usted no viene a mí solo como agente de mi amigo Peter Hawkins, de Exéter, a darme los detalles acerca de mi nueva propiedad en Londres. Yo espero que usted se quede conmigo algún tiempo, para que mediante muestras conversaciones yo pueda aprender el acento inglés; y me gustaría mucho que usted me dijese cuando cometo un error, aunque sea el más pequeño, al hablar. Siento mucho haber tenido que ausentarme durante tanto tiempo hoy, pero espero que usted perdonará  a alguien que tiene tantas cosas importantes en la mano.
     Por supuesto que yo dije todo lo que se puede decir acerca de tener buena voluntad, y le pregunté si podía entrar en aquel cuarto cuando quisiese. Él respondió que sí, y agregó:
     —Puede usted ir a donde quiera en el castillo, excepto donde las puertas están cerradas con llave, donde por supuesto usted no querrá ir. Hay razón para que todas las cosas sean como son, y si usted viera con mis ojos y supiera con mi conocimiento, posiblemente entendería mejor.
     Yo le aseguré que así sería, y él continuó:
    —Estamos en Transilvania; y Transilvania no es Inglaterra. Nuestra manera de ser no es como su manera de ser, y habrá para usted muchas cosas extrañas. Es más, por lo que usted ya me ha contado de sus experiencias, ya sabe algo de qué cosas extrañas pueden ser.
    Esto condujo a mucha conversación; y era evidente que él quería hablar aunque sólo fuese por hablar. Le hice muchas preguntas relativas a cosas que ya me habían pasado o de las cuales yo ya había tomado nota. Algunas veces esquivó el tema o cambió de conversación simulando no entenderme; pero generalmente me respondió a todo lo que le pregunté de la manera más franca. Entonces, a medida que pasaba el tiempo y yo iba entrando en más confianza, le pregunté acerca de algunos de los sucesos extraños de la noche anterior, como por ejemplo, porqué el cochero iba a los lugares a donde veía la llama azul. Entonces él me explicó que era creencia común que cierta noche del año (de hecho la noche pasada, cuando los malos espíritus, según se cree, tienen ilimitados poderes) aparece una llama azul en cualquier lugar donde haya sido escondido algún tesoro.
     —Que hayan sido escondidos tesoros en la región por la cual usted pasó anoche —continuó él—, es cosa que está fuera de toda duda. Esta ha sido tierra en la que han peleado durante siglos los valacos, los sajones y los turcos. A decir verdad, sería difícil encontrar un pie cuadrado de tierra en esta región que no hubiese sido enriquecido por la sangre de hombres, patriotas o invasores. En la antigüedad hubo tiempos agitados, cuando los austriacos y húngaros llegaban en hordas y los patriotas salían a enfrentárseles, hombres y mujeres, ancianos y niños, esperaban su llegada entre las rocas arriba de los desfiladeros para lanzarles destrucción y muerte a ellos con sus aludes artificiales. Cuando los invasores triunfaban encontraban muy poco botín, ya que todo lo que había era escondido en la amable tierra.
    —¿Pero cómo es posible —pregunté yo— que haya pasado tanto tiempo sin ser descubierto, habiendo una señal tan certera para descubrirlo, bastando con que el hombre se tome el trabajo solo de mirar?
    El conde sonrió, y al correrse sus labios hacia atrás sobre sus encías, los caninos, largos y agudos, se mostraron insólitamente. Respondió:
    —¡Porque el campesino es en el fondo de su corazón cobarde e imbécil! Esas llamas sólo aparecen en una noche; y en esa noche ningún hombre de esta tierra, si puede evitarlo, se atreve siquiera a espiar por su puerta. Y, mi querido señor, aunque lo hiciera, no sabría qué hacer. Le aseguro que ni siquiera el campesino que usted me dijo que marcó los lugares de la llama sabrá donde buscar durante el día, por el trabajo que hizo esa noche. Hasta usted, me atrevo a afirmar, no sería capaz de encontrar esos lugares otra vez. ¿No es cierto?
      —Sí, es verdad —dije yo—. No tengo ni la más remota idea de dónde podría buscarlos.
     Luego pasamos a otros temas.
    —Vamos —me dijo al final—, cuénteme de Londres y de la casa que ha comprado a mi nombre.
    Excusándome por mi olvido, fui a mi cuarto a sacar los papeles de mi  portafolios. Mientras los estaba colocando en orden, escuché un tintineo de porcelana y plata en el otro cuarto, y al atravesarlo, noté que la mesa había sido arreglada y la lámpara encendida, pues para entonces ya era bastante tarde. También en el estudio o biblioteca estaban encendidas las lámparas, y encontré al conde yaciendo en el sofá, leyendo, de todas las cosas en el mundo, una Guía Inglesa de Bradshaw. Cuando yo entré, él quitó los libros y papeles de la mesa; y entonces comencé a explicarle los planos y los hechos, y los números. Estaba interesado por todo, y me hizo infinidad de preguntas relacionadas con el lugar y sus alrededores. Estaba claro que él había estudiado de antemano todo lo que podía esperar en cuanto al tema de su vecindario, pues evidentemente al final él sabía mucho más que yo. Cuando yo le señalé eso, respondió:
     —Pero, mi amigo, ¿no es necesario que sea así? Cuando yo vaya allá estaré completamente solo, y mi amigo Harker Jonathan, no, perdóneme, caigo siempre en la costumbre de mi país de poner primero su nombre patronímico; así pues, mi amigo Jonathan Harker no va a estar a mi lado para corregirme y ayudarme. Estaré en Exéter, a kilómetros de distancia, trabajando probablemente en papeles de la ley con mi otro amigo, Peter Hawkins. ¿No es así?
    Entramos de lleno al negocio de la compra de la propiedad en Purfleet. Cuando le hube explicado los hechos y ya tenía su firma para los papeles necesarios, y había escrito una carta con ellos para enviársela al señor Hawkins, comenzó a preguntarme cómo había encontrado un lugar tan apropiado. Entonces yo le leí las notas que había hecho en aquel tiempo, y las cuales transcribo aquí:
    "En Purfleet, al lado de la carretera, me encontré con un lugar que parece ser justamente el requerido, y donde había expuesto un rótulo que anunciaba que la propiedad estaba en venta. Está rodeado de un alto muro, de estructura antigua, construido de pesadas piedras, y que no ha sido reparado durante un largo número de años. Los portones cerrados son de pesado roble viejo y hierro, todo carcomido por el moho.
    "La propiedad es llamada Carfax, que sin duda es una corrupción del antiguo Quatre Face, ya que la casa tiene cuatro lados, coincidiendo con los puntos cardinales. Contiene en total unos veinte acres, completamente rodeados por el sólido muro de piedra arriba mencionado. El lugar tiene muchos árboles, lo que le da un aspecto lúgubre, y también hay una poza o pequeño lago, profundo, de apariencia oscura, evidentemente alimentado por algunas fuentes, ya que el agua es clara y se desliza en una corriente bastante apreciable. La casa es muy grande y de todas las épocas pasadas, diría yo, hasta los tiempos medievales, pues una de sus partes es de piedra sumamente gruesa, con solo unas pocas ventanas muy arriba y pesadamente abarrotadas con hierro.
    “Parece una parte de un castillo, y está muy cerca a una vieja capilla o iglesia. No pude entrar en ella, pues no tenía la llave de la puerta que conducía a su interior desde la casa, pero he tomado con mi kodak vistas desde varios puntos. La casa ha sido agregada, pero de una manera muy rara, y solo puedo adivinar aproximadamente la extensión de tierra que cubre, que debe ser mucha. Sólo hay muy pocas casas cercanas, una de ellas es muy larga, recientemente ampliada, y acondicionada para servir de asilo privado de lunáticos. Sin embargo, no es visible desde el terreno.
    Cuando hube terminado, el conde dijo:
    —Me alegra que sea grande y vieja. Yo mismo provengo de una antigua familia, y vivir en una casa nueva me mataría. Una casa no puede hacerse habitable en un día, y, después de todo, qué pocos son los días necesarios para hacer un siglo. También me regocija que haya una capilla de tiempos ancestrales. Nosotros, los nobles transilvanos, no pensamos con agrado que nuestros huesos puedan algún día descansar entre los muertos comunes. Yo no busco ni la alegría ni el júbilo, ni la brillante voluptuosidad de muchos rayos de sol y aguas centelleantes que agradan tanto a los jóvenes alegres. Yo ya no soy joven; y mi corazón, a través de los pesados años de velar sobre los muertos, ya no está dispuesto para el regocijo. Es más: las murallas de mi castillo están quebradas; muchas son las sombras, y el viento respira frío a través de las rotas murallas y casamatas. Amo la sombra y la oscuridad, y prefiero, cuando puedo, estar a solas con mis pensamientos.
    De alguna forma sus palabras y su mirada no parecían estar de acuerdo, o quizá era que la expresión de su rostro hacía que su sonrisa pareciera maligna y saturnina.
   Al momento, excusándose, me dejó, pidiéndome que recogiera todos mis papeles. Había estado ya un corto tiempo ausente, y yo comencé a hojear algunos de los libros que tenía más cerca. Uno era un atlas, el cual, naturalmente, estaba abierto en Inglaterra, como si el mapa hubiese sido muy usado. Al mirarlo encontré ciertos lugares marcados con pequeños anillos, y al examinar éstos noté que uno estaba cerca de Londres, en el lado este, manifiestamente donde su nueva propiedad estaba situada. Los otros dos eran Exéter y Whitby, en la costa de Yorkshire.


domingo, 26 de octubre de 2014

"Playa", de Manuel Altolaguirre





                     PLAYA

                                               A Federico García Lorca

Las barcas de dos en dos,
como sandalias del viento
puestas a secar al sol.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Sobre la arena tendido
como despojo del mar 
se encuentra un niño dormido.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

Y más allá, pescadores
tirando de las maromas
amarillas y salobres.

Yo y mi sombra, ángulo recto.
Yo y mi sombra, libro abierto.

                          De Las islas invitadas, 1926

Manuel Altolaguirre, poeta perteneciente a la Generación del 27, impresor, guionista y director cinematográfico, nació en Málaga en 1905, en el seno de una familia acomodada. Fue fundador y director,  con  Emilio Prados*, de la revista Litoral (1926), y partir de 1935 edita la revista Caballo verde para la poesía, dirigida por Pablo Neruda* entre 1935 y 1936; en ese mismo año crea la colección de poesía El Héroe, en la que edita algunos libros de sus compañeros de generación. Al acabar la Guerra Civil, tras ser internado en un campo de concentración francés, se exilia en Cuba y posteriormente en México. Interesado por el cine, realizó el guion para la película de Luis Buñuel Subida al cielo, premio de la Crítica del Festival de Cannes (1953), y dirigió El cantar de los cantares (1959). En 1950 visita Madrid y Málaga, donde se reúne con familiares y amigos; en 1959 regresa a España para presentar una de su producciones en el Festival de Cine de San Sebastián y muere en Burgos, víctima de un accidente de tráfico, junto a su segunda esposa.
   Inspirado por Juan Ramón Jiménez* y Pedro Salinas*, es autor de una obra lírica original impregnada de espiritualidad, característica que lo diferencia de otros poetas de su generación, de la que es el miembro más joven. Ha publicado, entre otros,  los siguientes libros de poemas: Las islas invitadas y otros poemas (1926), Ejemplo (1927), Poesía (1930), Soledades juntas (1931), La lenta libertad (1936),  Nube temporal (1939), Fin de un amor (1949) y Poemas de América (1955). Luis Cernuda* publicó sus Poesías completas (1926-1959) en 1960.