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domingo, 16 de julio de 2017

"Acis y Galatea", de Jaime Siles

Nicolas Poussin, Acis y Galatea, 1629. National Gallery of Ireland (Dublin)


                Acis y Galatea

Ese cuerpo labrado como plata,
ese oro, esa túnica, esa piel,
ese color que tiñe la escarlata
corola del pistilo de un clavel;

ese cielo de cárdenos espacios,
esa carne que tiembla en el vaivén
de las rodillas y de los topacios
nos dicen que este cuadro es de Poussin.

El resplandor del sol en los minutos
del gris del agua sobre el gouache del gres,
el césped de corales diminutos
que puntean las puntas de sus pies;

el placer de los vicios absolutos,
el maquillado estambre, el cascabel
de sus tacones, los ojos resolutos
disueltos en vidrieras de bisel;

las dunas de su cuerpo y esas manos
que la luz difumina en el papel
de este poema dicen que eran vanos
ese oro, esa túnica, esa piel.

La chica que los mira aquí a mi lado
es más real que el lienzo y que el pincel:
hace un gesto de geisha emocionado,
más certero, más cierto, más rimado
de rimmel que la estrofa del clavel.

El cuadro del museo que miramos
no está en la sala, ni en el Louvre, ni en
la Tate Gallery, el Ermitage o Samos,
y no es -ni por asomo- de Poussin.

El cuadro del museo que miramos,
Acis y Galatea, ella y él,
somos nosotros mismos mientras vamos
-ojo, labio, boca, lengua, mano-
sobre la carne del amor humano
ensortijando flores, cuerpos, ramos
de un verano mejor que el del pincel.



De Semáforos, semáforos,  1990


En 1989 un jurado presidido por Octavio Paz y compuesto por Carlos Bousoño, Antonio Colinas, Francisco Brines, Juan Luis Panero y Luis Antonio de Villena concedía el II Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe a la obra Semáforos, semáforos, de Jaime Siles.

Este libro representa un gran cambio en la trayectoria poética de Siles, que olvidando la poesía metafísica o más intelectual se acerca al mundo de la cotidianeidad, expresa lo fugaz, lo visual, lo sensorial, y da entrada al paisaje urbano de la modernidad. En opinión de Ángel Díaz Arenas ("Evolución poética de Jaime Siles: introducción al análisis poetológico"), los poemas de "Semáforos, semáforos" son claras muestras de una nueva tendencia "expresadora de la modernidad" cuyas características ha resumido Gustav Siebenmann ("Prefacio", en Iberomanía, Nº 34. Citado por Díaz Arenas):
Vuelta a la estrofa y al metro; incorporación de las tradiciones a modo de intertextos, adaptados a una nueva sensibilidad; combinación de campos semánticos y niveles discursivos distintos (lenguas especiales, cotidianeidad); guiños irónicos a la sociedad de consumo y, sobre todo, comunicación de emociones y experiencias en complicidad con el lector.
El poema elegido parte de la écfrasis, la descripción literaria de una obra de arte: el cuadro "Acis y Galatea", del pintor clasicista Poussin. La pintura se inspira en el mito de Acis y Galatea narrado por Ovidio en las Metamorfosis: la nereida Galatea estaba enamorada del joven y hermoso  Acis, pastor siciliano que todas las tardes se acercaba a la orilla del mar para ver y hablar con la  bella Galatea. Pero  el monstruoso cíclope Polifemo se había prendado de la ninfa marina y vagaba desconsolado por valles y montañas entonando canciones para su amada. Un día sorprende a Galatea en brazos de Acis  y, enfurecido por los celos,  lanza una enorme roca contra el joven y lo mata. Galatea llora desconsoladamente y sus lágrimas, mezcladas con la sangre de su amado, dan origen al  río Acis. El lienzo de Poussin representa, a la izquierda, a los enamorados enmarcados por una tela roja sujeta por dos amorcillos. Tras ellos, aparece Polifemo tocando la flauta de pan para distraer sus penas. A la derecha del lienzo, tritones y nereidas retozan voluptuosamente.

De la descripción del cuadro, el poema salta a la descripción de una escena cotidiana, del arte se pasa a la vida, como explica Jesús Ponce Cárdenas ("Eros siempre recomenzado: cuatro siglos para un poema barroco". Ínsula, Nº 781-782. Enero 2012):
Como puede verse, el arranque del poema incide en los elementos plásticos de una pintura del Barroco francés a través de una serie de elementos suntuosos (plata, oro, topacios) y una paleta de colores encendidos (escarlata, cárdenos). En los versos de cierre, la escena mítica de la unión de los amantes se ha metamorfoseado en una 'historia' real, en un 'amor de verano' compartido por el yo lírico y la joven amada. [...] para realizar esta singular transposition d'art, Jaime Siles se va apropiando sutilmente de algunas claves propias del estilo gongorino. Rasgos elocutivos como los ya citados (la ponderación a través de referentes suntuarios, el gusto por los colores cálidos y las armonía cromáticas) se alían con imágenes procedentes de la Fábula de Polifemo y Galatea. Sin duda, la presencia floral del clavel se vincula a la escena culminante del epilio gongorino (el momento del beso, que precede a la desfloración de la ninfa): "No a las palomas concedió Cupido /juntar de sus dos picos los rubíes, /cuando al clavel el joven atrevido /las dos hojas le chupa carmesíes" (estancia XLII, vv. 329-332). De hecho, el gesto de la muchacha que contempla el cuadro se exaltará -no sin humor- como "más certero, más cierto, más rimado /(de rimmel) que la estrofa del clavel". El uso de la cumulatio ("ojo, labio, boca, lengua, mano") o la construcción trimembre de algún verso ("ensortijando flores, cuerpos, ramos") permite identificar asimismo el poso gongorino en esta evocación plástica del mito.
Sergio Arlandis ("Asedio y transformación de los cuerpos amantes en la poesía amorosa de J. Siles". En Liburna 4 [Nov. 2011]. 41-47) observa, por su parte, que los amantes protagonistas de ese 'amor de verano' representan, al unirse, una escena idéntica a la de la pintura "dándoles sentido no sólo como objeto artístico en sí, sino también como espejo de una realidad que busca -y necesita- superar los límites de lo cotidiano".

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