Cala Blanca, Menorca
MEDITERRÁNEA
A primera hora, la casa duerme y el mar es una lámina de platino bajo el taller celeste. Yo voy arrancando hierbas con la azada. Es un rito más del verano, como tantos: el paseo matutino, los baños, la siesta, las puestas de sol, o la lectura de los clásicos, que siempre son modernos y enseñan lo que no sabes, hablándote de lo que sí. Como exiliados que vivieran bajo tierra, las hormigas ya han comenzado sus labores de intendencia y arquitectura interior. Imagino esa ciudad suya de murallas pardas, celdas doradas y túneles oscuros como una Troya en paz, donde Aquiles y Héctor llevan casco rojo y armas negras, pero no pelean. Príamo ha muerto y Helena es una reina sin amantes. En sus cuevas no hay bisontes ni caballos, ni cazadores o nadadores pintados, pero tampoco grecas, estanques o dioses. Carecieron de Platón: he ahí su destino, idéntico día tras día, siglo tras siglo. Sobre nosotros vuelan torcaces, cuervos, gaviotas. Mis dedos huelen a aromas que el perfumista desconoce. Balan las cabras detrás de los chivos -manchas canela sobre las rocas gris-naranja- y el macho-cabrío tose como un viejo con enfisema. Juegan los papamoscas persiguiendo insectos y tres jilgueros cruzan el aire transparente mientras cantan en una pintura de Giotto. El sol va tomando posiciones muy deprisa para instalar sin tregua su despotismo cotidiano, el mismo al que las mujeres se regalan. Las sombras, herencia de la noche huidiza, se baten en retirada y los cargueros afeitan el horizonte como emisarios de un barbero con negocios en El Pireo, Chipre, o Estambul. Las abejas hacen su trabajo en la flor japonesa de la alcaparra. La música del verano es calma: los perros del valle, las cigarras, la sorda quietud del agua: las horas de la tarde no pasan, las horas de la tarde están embalsamadas, y el mar manda mensajes centelleantes como los heliógrafos de una flota de guerra. Ésta es mi casa, la que limita con Oriente, donde los armadores griegos son herederos de Ulises y los mapas por descubrir no existen. Ésta es la tierra del olivo y el ciprés, la higuera, el algarrobo, la encina y el nopal, pero a sus pies se encuentra el origen del mundo. Ésta es la tierra de la vida sabia y la pulsión cruel. A sus pies estoy yo ahora, agachado, arrancando hierbas: no soy su hijo, sino su hermano, y el hombre que la mira desnuda al salir del baño -las redondas nalgas bronceadas, el surco oscuro, las piernas como una invitación- y el que escribe sobre su piel versos que hablan de ella, mientras se despereza y sonríe con el misterio de una diosa antigua.
De Cuando acaba septiembre, Lumen, 2011 |
Suscribo lo que dice la crítica de este hermosísimo poema. Me ha gustado lo de la ciudad de las hormigas -aunque no sé si tiene mucho que ver con esta exaltación mediterránea pese a que el poeta imagine el hormiguero como un Troya subterránea... ¿por qué si en una colonia de hormigas no parece que hay sitio para el conflicto?. Y otra cosa: los cargueros ya no vienen del próximo Oriente; ahora nos enlazan con el del extremo, con la apabullante China.
ResponderEliminarMe ha parecido muy plástico y no me cuesta nada reconocer en este poema las postales iniciales de la ficticia Vigatta con las que comienzan los episodios del gran comisario Montalbano.
Carlos San Miguel