EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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sábado, 24 de octubre de 2020

Grupo de lectura "Leer juntos" - curso 20/ 21

A mediados del mes de marzo hubo que suspender las actividades programadas hasta final de curso de los Grupos de lectura a causa del confinamiento obligado por la pandemia de la covid-19. Ha comenzado el nuevo curso escolar y muchas incertidumbres siguen sin despejarse. No obstante, convencidos de que la lectura y el intercambio de reflexiones personales y literarias sobre las lecturas compartidas constituyen unas experiencias absolutamente beneficiosas en unas circunstancias como las actuales, queremos retomar las tertulias del club de lectura aunque de modo inevitable deban celebrarse a distancia con ayuda de las nuevas tecnologías.

El club de lectura “Leer juntos” del IES Goya recupera, para el curso 20/ 21, los títulos que quedaron pendientes del curso pasado del grupo “Leer juntos Hoy” y completa con nuevas propuestas la programación, que a continuación se detalla.

Como siempre, el club está abierto a toda la comunidad educativa (alumnado y familias, profesorado, personal de servicios) y a amigos del instituto (antiguos alumnos, profesorados jubilados, etc.).

 

16 de noviembre: El corazón de las tinieblas (1899), de Joseph Conrad.

El corazón de las tinieblas es una novela inspirada en los seis meses que Joseph Conrad pasó en el Congo colonizado y devastado por el rey Leopoldo II de Bélgica. A través de la voz del viejo marinero Marlow, el relato narra la larga travesía de Marlow en pos del enigmático Kurtz, jefe de una explotación de marfil río arriba. A medida que su embarcación se introduce en el corazón de la selva, Marlow descubre los horrores que, en nombre de la civilización, han ido perpetuando los colonizadores belgas.

domingo, 18 de octubre de 2020

"Anquises", de Olga Novo




ANQUISES

Arrastras los pies papá
te llevo con mis ojos a la espalda
porque intentas huir de la vejez como de una guerra ancestral
te subo a mis vértebras
combadas por el peso
arrastras los pies pero yo puedo contigo
y te llevo a la espalda
hasta el final de la vida.

Arrastras el lenguaje y no acude
a tu memoria un verbo
que anidaba en la parte izquierda de tu cerebro y yo
completo tu frase con la palabra arar querer cavar tractor o mariposa   arrastras

la mente hacia el pasado
solo recuerdas aquella feria de 1952
cuando de tanto andar tus bueyes
perdieron en el monte sus pezuñas volviendo de Piedrafita
sus pies sangrando en el río
su cornamenta aún se abre en alguna de tus neuronas
y vuelves a ser un tratante de ganado cuarenta años después.

No sé hasta cuándo recordarás mi nombre
y sabrás aún que soy tu hija.
Desconozco cómo se enroscan las terminaciones nerviosas
y se crispan y a veces encuentran una luz silábica
que les indica el camino. 
Cómo es que de repente no sabes tal vez
que había que poner un pie después el otro
para poder soñar
y que si rodeas a una mujer con los brazos eso es amor
y todo lo demás
desaparece.

Porque así de sencillo es el universo.
Como el pequeño lexema al que te agarras alguna tarde
como si fuera el mango de una guadaña.
que fuiste un orador en medio del campo ante un público estupefacto
de cuervos grillos topos libélulas y ovejas
que tenías la intuición del poema en la punta de la lengua
y te explotaba en el paladar como un higo maduro
carnoso exacto y brutal.
Que sabías que en nuestro idioma se acuesta el trigo
ante una orden del viento
que la rama de las patacas arde
que existen cosas tan finas
como la lengua de una gallina...

y solo recuerdas aquella feria de 1952
cuando de tanto andar tus bueyes
perdieron en el monte sus pezuñas volviendo de Piedrafita

Papá 
cómo será 
cuando se te despalatalicen las consonantes
y veas llover desde dentro sin entender el agua
y remuevas la lengua hasta encontrar la forma más adecuada
y sonríes porque sabes 
que todavía no has caído 
definitivamente
en la curva melódica del silencio.

Recuerdas
con toda exactitud
que mamaste hasta los cinco años en los pechos de tu Benigna madre
que parió dieciséis hijos en el último cuarto de la casa
agarrada al cabecero de la cama rezándole a algún santo
rompiendo todas las aguas como quien hace añicos el mar...

Yo creo que tus ojos la ven
abiertos al más allá
cuando te quedas absorto y nadie alcanza a saber
en qué dimensión de la maravilla se ha posado tu cerebro
como las pequeñas patas de un petirrojo
sobre la rama de un peral.

Igual ves la nieve por dentro
la estructura molecular del amor
las partículas de un beso cuando se está formando en la carne de los labios y el aire

igual ves 
la energía
y no encuentras en el abecedario
herramientas para lo inefable
y por eso callas o le llamas cuchara a la lámpara
y te trabas en medio de la oración simple
y comienzas a hablar hermosamente poniendo delante la subordinada.

Porque al fin
papá
te diriges a mí sin orden en tus órdenes
y deshaces la sintaxis igual que desgranabas habas
y todo cobra el sentido profundo de cuanto no tiene lógica
ni está sometido a nada.

Igual ves la nieve por dentro
igual entiendes la sombra
y eres capaz de calcular el radio de una pasión
aunque el resultado no pueda comunicarse
más que a través de la piel.

Igual ves cómo viene a cantar el poema en el caracol del oído
y ves cómo resbala de su pico ese polvo dorado
a caerme en el tímpano
cuando empiezo a llorar con la emoción de la escritura.

Igual ves cómo se me encoge el alma
cuando se encoge la tuya.

Igual ves cómo viene a cantar el poema en el caracol del oído
y ves cómo resbala de su pico ese polvo dorado
a caerme en el tímpano
cuando empiezo a llorar con la emoción escrita
y tú solo recuerdas aquella feria de 1952
cuando de tanto andar tus bueyes
perdieron en el monte las pezuñas
volviendo de Piedrafita.

(Versión al castellano de Olga Novo)


Versión original en gallego:

ANQUISES

Arrastras os pés papá
lévote cos ollos ao carrelo
porque tentas fuxir  da vellez coma dunha guerra ancestral
eu súbote ás miñas vértebras
combadas polo peso
arrastras os pés pero eu podo contigo
e lévote ao carrelo
ata o final da vida.

Arrastras a linguaxe e non che vén
á memoria un verbo
que aniñaba  na parte esquerda do cerebro e eu
completo a túa frase coa  palabra arar querer sachar tractor ou balboreta arrastras

a mente cara o pasado
e só lembras aquela feira de 1952
cando se lles caeron os cascos aos bois volvendo de Pedrafita
e lles sangraban os pés no río
a sua cornamenta aínda se abre nalgunha das túas neuronas
e volves a ser un tratante de gando corenta anos despois.

Eu non sei ata cando lembrarás inda o meu nome
e saberás aínda que son a túa filla.
Descoñezo como se enrodelan as terminacións nerviosas
e se crispan e ás veces atopan unha luz silábica
que lles indica o camiño.
Como é  que de súpeto non sabes talvez
que había que pór un pé diante do outro
para poder soñar
e que se arrodeas unha muller cos brazos iso é amor
e todo o demais
desaparece.

Porque así de sinxelo é o universo.
Como o pequeno lexema ao que te agarras algunha tarde
como se fora o mango dunha gadaña.
Ti
que fuches un orador no medio do agro ante un público estupefacto
de corvos grilos toupas ovellas e libeliñas
Ti
que tiñas a intuición do poema na punta da lingua
e explotábache no ceo do padal coma un figo maduro
carnoso exacto e brutal.
Que sabías que a nosa lingua o trigo déitase
ante unha orde do vento
que a rama das patacas arde
que existen cousas tan finas
coma a lingua dunha pita...

e só lembras aquela feira de 1952
cuando se lles caeron os cascos aos bois volvendo de Pedrafita.

Papá
como será
cando se che  despalatalicen as consoantes
e vexas chover desde dentro sen entender a auga
e remexas a lingua ata atopar a forma máis adecuada
e sorrís porque sabes
que aínda non caíches definitivamente
na curva melódica do silencio.

Lembras
con toda exactitude
que mamaches ata os cinco anos nos peitos da mai Benigna
que parira  dazaseis fillos no último cuarto da casa
agarrada á branceira rezándolle a algún santiño
rompendo tódalas augas coma quen escacha un océano...

Eu penso que a podes ver ata cos ollos abertos
espalancados ao alén
cando ficas absorto e ninguén alcanza a saber
en que dimensión da marabilla está pousado o teu cerebro
coma as patiñas pequenas dun paporroibo riba da galla dunha pereira.

Igual ves a neve por dentro
a estructura molecular do amor
as partículas dun bico cando se está formando na carne dos beizos e o ar

igual ves 
a enerxía 
e non atopas  no abecedario
ferramentas para o inefable
e por iso calas ou lle chamas culler á lámpada a
e te trabas no medio da oración simple
e comenzas a falar feremosamente poñendo por diante a subordinada.

Porque á fin
papá
te dirixes a min sen orde nas túas ordes
e desfás a sintaxe igual que debullabas fabas
e todo cobra o senso profundo daquilo que non ten lóxica
nin está sometido a nada.

Igual ves a neve por dentro
igual entendes a sombra
e es quen de calcular o radio dunha paixón
aínda que o resultado non poida comunicarse
máis que a través de pel.

Igual ves como vén cantar o poema na caracol do oído
e lle ves esvarar do peteiro ese po dourado
e caerme no tímpano
cando empezo a chorar coa emoción da escritura.

Igual ves como se me encolle a alma
cando se che encolle a túa.

Igual ves como ven cantar o poema no caracol do oído
e lle ves esvarar do peteiro ese po dourado
e carme no tímpano
cando empezo a chorar coa emoción da escrita
e ti só lembras aquela feira de 1952
cando se lles caeron os cascos aos bois volvendo de Pedrafita.

(En (TRAS)LÚCIDAS. Poesía escrita por mujeres (1980-2016),
edición de Marta López Vilar, Bartleby, 2016)

Olga Novo. (fronterad.com)

Olga Novo
(Vilarmao, Lugo, 1975) es una voz destacada de la poesía contemporánea en lengua gallega. Licenciada en Filología gallega por la Universidad de Santiago de Compostela,  compagina la creación literaria con la docencia. Su obra poética está marcada por un profundo vitalismo telúrico, el feminismo, la memoria agraria y el erotismo. De sus tres primeros poemarios (A teta sobre o sol, 1996; Nós nus, 1997, Premio Losada Diéguez de  Creación, y A cousa vermella, 2004), la crítica ha destacado su fuerza expresiva y su personal y honda sensualidad. Posteriormente ha publicado Cráter (2011), Premio de la Crítica española, Feliz Idade (2019, Premio Nacional de Poesía 2020) y la antología bilingüe Los líquidos íntimos (2013), donde ha vertido al castellano parte esencial de su obra. Es autora, asimismo, de dos poemarios en colaboración: Magnalia (2001), con el poeta Xoán Abeleira y la pintora Alexandra Domínguez, y Monocromos (2006), con el pintor Concetto Pozati. Ha publicado también libros de ensayo y colabora en varias publicaciones culturales. 

[Imagen inicial: ub.edu]

domingo, 11 de octubre de 2020

"Eros" y otro poema de Louise Glück


Foto: Saul Leiter


EROS

Había acercado la silla a la ventana del hotel, para mirar la lluvia.

Estaba en una suerte de sueño o trance...
enamorada, y sin embargo
nada quería.

Tocarte parecía innecesario, volver a verte.
Sólo quería esto:
la habitación, la silla, el sonido de la lluvia al caer,
hora tras hora, en la tibieza de la noche de primavera.

No necesitaba nada más; estaba completamente saciada.
Mi corazón se había vuelto pequeño, se colmaba con muy poco.
Miré la lluvia que caía en una densa cortina sobre la ciudad oscurecida...

Nada de esto te concernía: podía dejarte vivir
tal como necesitaras vivir.

Al amanecer cesó la lluvia. Hice las cosas
que se hacen de día, me puse en movimiento,
pero como una sonámbula.

Había bastado y ya no era cosa tuya.
Unos pocos días en una ciudad desconocida.

Una conversación, el roce de una mano.
Y después, me quité mi alianza de matrimonio.

Eso era lo que quería: estar desnuda.

De Las siete edades. Trad. Mirta Rosenberg, Pre-Textos, 2011


EL TRIUNFO DE AQUILES

En la historia de Patroclo,
no sobrevive nadie, ni siquiera Aquiles,
que era casi un dios.
Patroclo se parecía a él; usaron
la misma armadura.

En estas amistades,
siempre hay uno que atiende al otro,
la jerarquía
se nota todo el tiempo, aunque no se pueda
confiar en las leyendas:
su fuente es el que sobrevive,
el abandonado.

¿Qué eran las naves griegas incendiadas
en comparación con esa pérdida?

En su carpa, Aquiles
lo lloró con todo su ser,
y los dioses vieron

que ya era un hombre muerto, víctima
de la parte que amaba,
de la parte mortal.

De La victoria de Aquiles. Trad. de Ezequiel Zaindenwerg,
en zaidenwerg.com


Louise Glück. (diariogente.com)

Louise Glück es una escritora estadounidense, ganadora del  Premio Nobel de Literatura 2020 por "su inconfundible voz poética que a través de una belleza austera hace universal la vida individual".

Nacida en Nueva York en 1943, sus abuelos paternos eran judíos húngaros que emigraron a Estados Unidos. Creció en Long Island y en su juventud sufrió anorexia nerviosa. Se graduó en 1961 por la George W. Hewlett High School de Nueva York y posteriormente asistió al Sarah Lawrence College y a la Universidad de Columbia. Ha impartido clases de poesía en varias universidades y se ha divorciado dos veces. En 1980 un incendio destruyó su casa de Vermont con todas sus pertenencias. Actualmente vive en Cambridge, Massachusett y es profesora de inglés en la Universidad de Yale.

El Premio Nobel es el colofón a una carrera literaria jalonada de importantes galardones, que incluye doce volúmenes de poesía. Hizo su debut en 1968 con Firstborn  (Primogénito), Premio de  la Academia Americana de Poetas, y pronto fue aclamada como una de las poetas más destacadas de la literatura estadounidense contemporánea. Entre sus poemarios se cuentan títulos tan notables como The Triumph of Achilles (El triunfo de Aquiles 1985), National Book Critics Circle Award; Ararat (1990), Premio Nacional de poesía Rebekah Johnson Bobbit; The Wild Iris (Iris salvaje, 1992), Premio Pulitzer de poesía y Premio William Carlos Williams; Meadowlands (Praderas, 1996); Vita Nova (1999), que le valió en 2001 el prestigioso Premio de poesía Bolligen de la Universidad de Yale; The Seven Ages (Las siete edades, 2001); Averno (2006) y A Village Life (Una vida de pueblo, 2009). En 2003 fue nombrada 12º Poeta Laureado por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en 2015 recibió la Medalla Nacional de Humanidades y en 2020 el Premio Tranströmer.  Su obra poética se caracteriza por una gran sensibilidad, la precisión técnica y la utilización de un lenguaje engañosamente sencillo para reflexionar sobre la soledad, las relaciones familiares, el divorcio y la muerte, temas en los que busca lo universal, para lo que se inspira en los mitos clásicos, presentes en casi todas sus obras. En 1994 reunió sus ensayos sobre poética bajo el título Proofs and Theories, reconocido con el premio PEN / Martha Albrand de no ficción.

Actualización (13 /9 /2023):

La poeta Louise Glück ha fallecido hoy, 13 de octubre, a los 80 años. 

Louise Glück , al recibir la Medalla Nacional de Humanidades 2015. AP (latimes.com)

jueves, 8 de octubre de 2020

Dos microrrelatos de Augusto Monterroso

Portada del libro 'Paddy the Pigeon', de Gail Seekamp y Sean Aherneen, 
Pixie Books. (20minutos.com)


La honda de David

Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él —y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos— un nuevo David.

Pasó el tiempo.

Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.

David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.

Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.

Dedicado después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.


La tela de Penélope o quién engaña a quién

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

                               (Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas, Alfaguara, 1988)


Augusto Monterroso. (diariodeleon.es)

Augusto Monterroso (Tegucigalpa, 1921-Ciudad de México, 2003), maestro del relato breve, fue un escritor guatemalteco de origen hondureño. Hijo de hondureña y guatemalteco, pasó su adolescencia y juventud en Guatemala, país al que se trasladó su familia en 1936. De formación autodidacta (a los once años abandonó la escuela voluntariamente),  publicó sus primeros cuentos en la revista 'Acento' y en el periódico 'El Imparcial'. En 1940 fundó la Asociación de artistas y escritores jóvenes de Guatemala. Simultáneamente, trabajaba clandestinamente contra la dictadura de Jorge Ubico y fue uno de los firmantes del Memorial de los 311, que exigía la renuncia del dictador. Tras la caída de este en 1944, fundó el diario 'El Espectador', pero más tarde fue detenido por orden del general Ponce Vaides, miembro del triunvirato militar que sucedió a Ubico, y tuvo que exiliarse en México, donde permanecería el resto de su vida. 

En 1953 contrajo matrimonio con la mexicana Dolores Yáñez, con quien tuvo una hija, y se trasladó a Bolivia cuando el gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz lo nombró cónsul de Guatemala en La Paz, cargo al que renunció en 1954, al ser derrocado Arbenz. De allí marchó a Santiago de Chile, donde trabó amistad con Pablo Neruda. En 1956 regresó a México y trabajó en diferentes puestos relacionados con el mundo académico y editorial. En 1959 publicó su primer libro, Obras completas (y otros cuentos), que incluye "El dinosaurio", considerado durante años el cuento más breve de la literatura hispanoamericana.  En 1962 se casó con la colombiana Milagros Esguerra, madre de su segunda hija. En 1967 viajó por distintos países europeos y en 1970 conoció en la Universidad Nacional Autónoma de México a Bárbara Jacobs, quien en 1976 se convertiría en su tercera esposa. En colaboración con ella realizó la recopilación Antología del cuento triste (1992).

Entre sus obras, además de las ya citadas,  destacan: La oveja negra y demás fábulas (1969), que supone su reconocimiento definitivo; Movimiento perpetuo (1972); Lo demás es silencio (1978), su única novela; Viaje al centro de la fábula (1981), conjunto de entrevistas realizadas al autor por diversos estudiosos; La palabra mágica (1983), breves homenajes literarios ilustrados por el autor; el libro autobiográfico La letra e. Fragmentos de un diario (1987);  Los buscadores de oro (1993), nostálgica evocación de la infancia, y Pájaros de Hispanoamérica (2002), homenaje a sus coetáneos escritores. Su obra se caracteriza por la precisión del lenguaje, la ironía, la crítica social y cultural y la intertextualidad. 

Ha recibido importantes reconocimientos. En 1975 ganó el Premio Xavier Villaurrutia por Antología personal, y en 1978 recibió la condecoración del Águila Azteca por su aportación a la cultura de México. En 1993 fue nombrado miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua, en 1996 fue galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances,  en 1997 con el Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias y en 2000 con el Príncipe de Asturias de las Letras, en reconocimiento a toda su carrera.

A. K. Kleveland* incluye los microrrelatos de La oveja negra y demás fábulas en un nuevo tipo genérico denominado la nueva fábula, que presenta rasgos relacionados con la teoría de la posmodernidad, como es el escepticismo propio de nuestra época, del que surge una técnica retórica nueva que 

en vez de predicar una moral o educar al lector a través de una moraleja explícita, exige que sea el propio lector quien extraiga la conclusión, a veces resultando en una antimoraleja.

Relacionada con el escepticismo se encuentra también la ambigüedad, otra técnica habitual en la nueva fábula, junto a la sátira y la parodia.

Monterroso, como los nuevos fabulistas, -explica Kleveland- no se limita a los antiguos motivos de la fábula sino que toma otros "iconos" de la cultura occidental, como la Biblia y obras clásicas como la Odisea o la Ilíada, de lo que los textos seleccionados son excelentes ejemplos. En ellos se observa igualmente la desmitificación del héroe, convertido en antihéroe o en hombre común. Así,  "La honda de David" está protagonizada por David N., un antihéroe actual, "no muy inteligente, brutal, destrozado por la sociedad violenta en la que vivimos", que, por extraño que parezca,  guarda cierta similitud con el David de la Biblia. En "La tela de Penélope", Ulises queda despojado de la astucia que le atribuye la tradición y aparece como un hombre actual que viaja para "buscarse a sí mismo". La desmitificación, abarca también a Penélope y al mismo Homero, que quizá se equivoca al escribir la historia. 

*KLEVELAND, Anne Karine: "Augusto Monterroso y la fábula en la literatura contemporánera". América Latina Hoy, 30, 2002, págs. 119-155.

©Liniers

domingo, 4 de octubre de 2020

"Manzanas del huerto de Tolstoi", de Yolanda Castaño



MANZANAS DEL HUERTO DE TOLSTOI

Yo,

que bordeé en automóvil las orillas del Neretva,

que apuré en bicicleta las calles húmedas de Copenhague.

Yo que medí con mis brazos los boquetes de Sarajevo,

que atravesé, al volante, la frontera de Eslovenia

y sobrevolé en avioneta la ría de Betanzos.

Yo que partí en un ferry que arribaba a las costas de Irlanda,

y a la isla de Ometepe en el Lago Cocibolca;

yo que nunca olvidaré aquella tienda en Budapest,

ni los campos de algodón en la provincia de Tesalia,

ni una noche en un hotel a los 17 años en Niza.

Mi memoria va a mojar los pies a la playa de Jurmala en Letonia

y en la sexta avenida se siente como en casa.

Yo,

que pude morir una vez viajando en un taxi en Lima,

que atravesé el amarillo de los campos brillantes de Pakruojis

y crucé la misma calle que Margarett Mitchell en Atlanta.

Mis pasos pisaron las arenas rosadas de Elafonisi,

cruzaron una esquina en Brooklyn, el puente Carlos, Lavalle.

Yo que atravesé desierto para ir hasta Essaouira,

que me deslicé en tirolina desde las cumbres del Mombacho,

que no olvidaré la noche que dormí en plena calle en Amsterdam,

ni el Monasterio de Ostrog, ni las piedras de Meteora.

Yo que pronuncié un nombre en el medio de una plaza en Gante,

que surqué una vez el Bósforo vestida de promesas,

que nunca volví a ser la misma después de aquella tarde en Auschwitz.

Yo,

que conduje hacia el este hasta cerca de Podgorica,

que recorrí en motonieve el glaciar de Vatnajökull,

yo que nunca me sentí tan sola como en la rue de Sant Denis,

que jamás probaré uvas como las uvas de Corinto.

Yo, que un día recogí

   manzanas del jardín de Tolstoi,

quiero volver a casa:

el escondite

que prefiero

de A Coruña

 

justo en ti.


VERSIÓN EN GALLEGO:

MAZÁS DO XARDÍN DE TOLSTOI

Eu,
que bordeei en automóbil as beiras do Neretva,
que rebañei en bicicleta as rúas húmidas de Copenhague.
Eu que medín cos meus brazos os buratos de Saraxevo,
que atravesei ao volante a fronteira de Eslovenia
e sobrevoei en avioneta a ría de Betanzos.
Eu que collín un ferry que arribase ás costas de Irlanda,
e á illa de Ometepe no Lago Cocibolca;
eu que non esquecerei aquela tenda en Budapest,
nin os campos de algodón na provincia de Tesalia,
nin unha noite nun hotel aos 17 anos en Niza.
A miña memoria vai mollar os pés á praia de Jurmala en Letonia
e na sexta avenida síntense coma na casa.
Eu,
que houben morrer unha vez viaxando nun taxi en Lima,
que atravesei o amarelo dos campos brillantes de Pakruojis
e crucei aquela mesma rúa que Margarett Mitchell en Atlanta.
Os meus pasos pisaron as areas rosadas de Elafonisi,
cruzaron unha esquina en Brooklyn, a ponte Carlos, Lavalle.
Eu que atravesei deserto para ir ata Essaouira,
que me deslicei en tirolina dende os cumios do Mombacho,
que non esquecerei a noite que durmín na rúa en Amsterdam,
nin o Mosteiro de Ostrog, nin as pedras de Meteora.
Eu que pronunciei un nome no medio dunha praza en Gante
que unha vez suquei o Bósforo vestida de promesas,
que nunca volvín ser a mesma despóis daquela tarde en Auschwitz.
Eu,
que conducín cara o leste até preto de Podgorica,
que percorrín en motoneve o glaciar de Vatnajökull,
eu que nunca me sentín tan soa coma na rue de Sant Denis,
que xamáis probarei uvas coma as uvas de Corinto.
Eu, que un día recollín
   mazás do xardín de Tolstoi,
quero voltar a casa:
o recanto
que prefiro
da Coruña

xusto en ti.

(En A Coruña à luz das letras, Trifolium, 2008)



Yolanda Castaño.  (Fundación Centro de Poesía José Hierro)

Yolanda Castaño
(Santiago de Compostela, 1977) es poeta en lengua gallega y crítica literaria. Se licenció en Filología hispánica por la Universidad de A Coruña, ciudad en la que reside desde la década de los noventa. La obtención del Premio Fermín Bouza Brey de Poesía, cuando apenas contaba diecisiete años, le permitió darse a conocer con la publicación del libro premiado, Elevar los párpados (1995). Posteriormente ha publicado alguno de los títulos más destacados de la poesía gallega actual: Vivimos en el ciclo de las erofanías (1998, Premio Johán Carballeira y Premio de la Crítica Española), Profundidad de campo (2007, Premio Espiral Maior, Premio Ojo Crítico RNE),  La segunda lengua (2014, Premio de Poesía Afundación) y la antología Un cobertizo lleno de significados sospechosos (2020). Es autora de poesía para niños, además de guionista y presentadora de televisión, traductora, ensayista y comisaria de exposiciones de arte y de poesía. Dirige en A Coruña el ciclo poético "Poetas Di(n)versos" y coordina el Taller Internacional de Traducción Poética que se celebra cada año en la isla de San Simón. Fruto de su interés por la fusión de la poesía con otras artes son publicaciones como el libro-cd Edénica (2000) o su colaboración como letrista de músicos como Guadi Galego  o Rosa Cedrón.

-Puedes leer su poema "Suspendida": AQUÍ.

[Imagen inicial: Agriculturers.com]

domingo, 27 de septiembre de 2020

"Oda al otoño", de Pablo Neruda


Otoño en la comarca del Jiloca, Teruel. Foto: Josefina López


Oda al otoño

Ay cuánto tiempo
tierra
sin otoño,
cómo
pudo vivirse!
Ah qué opresiva 
náyade
la primavera
con sus escandalosos
pezones
mostrándolos en todos
los árboles del mundo,
y luego
el verano,
trigo,
trigo,
intermitentes
grillos,
cigarras,
sudor desenfrenado.
Entonces
el aire
trae por la mañana
un vapor de planeta.
Desde otra estrella
caen gotas de plata.
Se respira
el cambio
de fronteras,
de la humedad al viento,
del viento a las raíces.
Algo sordo, profundo,
trabaja bajo la tierra
almacenando sueños.
La energía se ovilla,
la cinta
de las fecundaciones
enrolla
sus anillos.

Modesto es el otoño
como los leñadores.
Cuesta mucho
sacar todas las hojas
de todos los árboles
de todos los países.
La primavera 
las cosió volando
y ahora
hay que dejarlas
caer como si fueran
pájaros amarillos.
No es fácil.
Hace falta tiempo.
Hay que correr por todos
los caminos,
hablar idiomas,
sueco,
portugués,
hablar en lengua roja,
en lengua verde.
Hay que saber
callar en todos
los idiomas
y en todas partes,
siempre
dejar caer,
caer,
las hojas.

Difícil
es 
ser otoño,
fácil ser primavera.
Encender todo
lo que nació
para ser encendido.
Pero apagar el mundo
deslizándolo
como si fuera un aro
de cosas amarillas,
hasta fundir olores,
luz, raíces,
subir vino a las uvas,
acuñar con paciencia
la irregular moneda
del árbol en la altura
derramándola luego
en desinteresadas
calles desiertas,
es profesión de manos
varoniles,
Por eso,
otoño,
camarada alfarero,
constructor de planetas,
electricista,
preservador de trigo, 
te doy mi mano de hombre
a hombre
y te pido me invites
a salir a caballo,
a trabajar contigo.
Siempre quise
ser aprendiz de otoño,
ser pariente pequeño
del laborioso
mecánico de altura,
galopar por la tierra
repartiendo
oro,
inútil oro.
Pero, mañana,
otoño,
te ayudaré a que cobren
hojas de oro
los pobres del camino.

Otoño, buen jinete,
galopemos,
antes que nos ataje
el negro invierno.
Es duro
nuestro largo trabajo.
Vamos
a preparar la tierra
y a enseñarla
a ser madre,
a guardar las semillas
que en su vientre
van a dormir cuidadas
por dos jinetes rojos
que corren por el mundo:
el aprendiz de otoño
y el otoño.

Así de las raíces
oscuras y escondidas
podrá salir bailando
la fragancia
y el velo verde de la primavera.

De Odas elementales, 1954

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jueves, 24 de septiembre de 2020

"La casa de Chef", un relato de Raymond Carver

Edward Hopper, House on Dune, South Truro, c.a.1931



La casa de Chef

Aquel verano Wes le alquiló una casa amueblada al norte de Eureka a un alcohólico recuperado llamado Chef. Luego me llamó para pedirme que olvidara lo que estuviese haciendo y que me fuese allí a vivir con él. Me dijo que no bebía. Yo ya sabía qué era eso de no beber. Pero él no aceptaba negativas. Volvió a llamar y dijo: Edna, desde la ventana delantera se ve el mar. En el aire se huele la sal. Me fijé en cómo hablaba. No arrastraba las palabras. Le dije que me lo pensaría. Y lo hice. Una semana después volvió a llamar preguntándome si iba. Contesté que lo seguía pensando. Empezaremos de nuevo, dijo él. Si voy para allá, quiero que hagas algo por mí, le dije. Lo que sea, contestó Wes. Quiero que intentes ser el Wes que conocí antes. El Wes de siempre. El Wes con quien me casé. Wes empezó a llorar, pero lo interpreté como una señal de sus buenas intenciones. Así que le dije, de acuerdo, iré. Había dejado a su amiga, o ella le había abandonado a él, ni lo sé ni me importa. Cuando me decidí a irme con Wes, tuve que decirle adiós a mi amigo. Mi amigo me dijo que estaba cometiendo un error. No me hagas esto a mí. ¿Qué pasará con nosotros? Tengo que hacerlo por el bien de Wes, le dije. Está intentando dejar de beber. Ya recordarás lo que es eso. Lo recuerdo, pero no quiero que vayas, contestó mi amigo. Iré a pasar el verano, luego ya veré. Volveré, le dije. ¿Y qué pasa conmigo?, preguntó él. ¿Qué hay de bien? No vuelvas más.

Aquel verano bebimos café, gaseosa y toda clase de zumos de fruta. Eso es lo que bebimos durante todo el verano. Me encontré deseando que el verano no terminase nunca. Debí figurármelo, pero al cabo de un mes de estar con Wes en casa de Chef, volví a ponerme el anillo de boda. Hacía dos años que no lo llevaba. Desde la noche en que Wes estaba borracho y tiró el suyo a un huerto de melocotones.

Wes tenía algo de dinero, así que yo no tenía que trabajar. Y resultó que Chef nos dejaba la casa por casi nada. No teníamos teléfono. Pagábamos el gas y la luz y comprábamos de oferta en el supermercado. Un domingo por la tarde salió Wes a comprar una regadera y volvió con algo para mí. Me trajo un precioso ramo de margaritas y un sombrero de paja. Los martes por la tarde íbamos al cine. Otras noches iba Wes a lo que denominaba "sus reuniones secas". Chef le recogía a la puerta en su coche y después lo traía a casa. Algunos días Wes y yo íbamos a pescar truchas en una de las lagunas que había cerca. Pescábamos desde la orilla, y tardábamos todo el día en atrapar unas pocas. Nos vendrán muy bien, decía yo, y por la noche las freía para cenar. A veces me quitaba el sombrero y me quedaba dormida sobre una manta, junto a la caña de pescar. Lo último que recordaba eran nubes que pasaban por encima hacia el valle central. Por la noche Wes solía tomarme en sus brazos y preguntarme si seguía siendo su chica.

Nuestros hijos mantenían sus distancias. Cheryl vivía con otra gente en una granja en Oregón. Cuidaba de un rebaño de cabras y vendía la leche. Tenía abejas y vendía tarros de miel. Tenía su propia vida, y yo no la culpaba. No le importaba lo más mínimo lo que su padre y yo hiciéramos con tal de que no la metiéramos en ello. Bobby estaba en Washington, trabajando en la siega del heno. Cuando se acabara la temporada, pensaba trabajar en la recolección de la manzana. Tenía novia y estaba ahorrando dinero. Yo escribía cartas y las firmaba: "Te quiere siempre".

Una tarde estaba Wes en el jardín cuando Chef paró el coche delante de la casa. Yo estaba fregando en la pila. Miré y vi cómo se detenía el enorme coche de Chef. Yo veía el coche, la carretera de acceso y la autopista, y más allá, las dunas y el mar. Había nubes sobre el agua. Chef bajó del coche y se alzó los pantalones de un tirón. Comprendí que pasaba algo. Wes dejó lo que estaba haciendo y se incorporó. Llevaba guantes y un sombrero de lona. Se quitó el sombrero y se secó el sudor con el dorso de la mano. Chef se acercó a Wes y le puso un brazo en los hombros. Wes se quitó un guante. Salí a la puerta. Oí a Chef decir a Wes que sólo Dios sabía cómo lo sentía, pero que tenía que pedirnos que nos marcháramos a fin de mes. Wes se quitó el otro guante. ¿Y por qué, Chef? Chef dijo que su hija, Linda, la mujer que Wes solía llamar Linda la gorda desde la época en que bebía, necesitaba un sitio para vivir, y el sitio era aquella casa. Chef le contó a Wes que el marido de Linda había salido a pescar con la barca hacía unas semanas y nadie había vuelto a saber de él desde entonces. Había  perdido a su marido. Había perdido al padre de su hijo. Yo la puedo ayudar, me alegro de estar en disposición de hacerlo, dijo Chef. Lo siento, Wes, pero tendrás que buscar otra casa. Luego Chef volvió a abrazar a Wes, se tiró de los pantalones, subió a su enorme coche y se marchó.

Wes entró en la casa. Dejó caer en la alfombra el sombrero y los guantes y se sentó en la butaca grande. La butaca de Chef, pensé. La alfombra de Chef, también. Wes estaba pálido. Serví dos tazas de café y le di una.

Está bien, dije. No te preocupes, Wes.

Me senté con el café en el sofá de Chef.

Linda la Gorda va a vivir aquí en lugar de nosotros, dijo Wes. Sostenía la taza pero no bebía.

No te excites, Wes, le dije.

Su marido aparecerá en Ketchikan, dijo Wes. El marido de Linda la Gorda se ha largado, sencillamente. ¿Y quién podría reprochárselo?

Dijo Wes que, llegado el caso, él también se hundiría con una barca antes que pasar el resto de su vida con Linda la Gorda y su hijo. Entonces Wes dejó la taza en el suelo, junto a los guantes. Hasta ahora este ha sido un hogar feliz, dijo.

Tendremos otra casa, le sugerí.

Como esta, no, afirmó Wes. De todos modos, no sería lo mismo. Esta ha sido una buena casa para nosotros. Esta casa alberga muchos recuerdos. Ahora Linda la Gorda y su hijo estarán aquí, dijo Wes. Cogió la taza y dio un sorbo.

La casa es de Chef, le recordé. Él hace lo que tiene que hacer.

Lo sé, repuso Wes. Pero no tiene por qué gustarme.

Wes tenía una curiosa expresión. Yo ya conocía aquella expresión. No dejaba de pasarse la lengua por los labios. Se manoseaba la camisa por debajo del cinturón. Se levantó de la butaca y se fue a la ventana. Permaneció en pie mirando al mar y a las nubes, que se iban extendiendo. Se daba palmaditas en la barbilla con los dedos, como si estuviera pensando algo. Y estaba pensando.

Tranquilo, Wes, le dije.

Ella quiere que esté tranquilo, repuso Wes. Siguió allí de pie.

Pero al cabo de un momento se acercó y se sentó junto a mí en el sofá. Cruzó las piernas y empezó a jugar con los botones de la camisa. Le cogí la mano. Empecé a hablar. Del verano. Pero lo hice como si fuese algo del pasado. Quizá de años atrás. En cualquier caso, como algo que hubiese terminado. Luego empecé a hablar de los chicos. Wes dijo que deseaba hacerlo todo y bien, esta vez.

Te quieren, le dije.

No, no me quieren, repuso.

Algún día entenderán las cosas, le animé.

Quizá, dijo Wes. Pero entonces no importará.

No lo sabes.

Sé unas cuantas cosas, aseguró Wes, mirándome. Sé que me alegro de que hayas venido aquí. No lo olvidaré. 

Yo también me alegro. Estoy contenta de que encontraras esta casa.

Wes soltó un bufido. Luego se rió. Los dos reímos. Este Chef, dijo Wes, meneando la cabeza. Nos la ha hecho buena, el hijo de puta. Pero me alegro de que lleves el anillo. Me alegro de que hayamos pasado juntos este tiempo.

Entonces dije una cosa. Figúrate, sólo imagínate que nunca ha pasado nada. Suponte que ésta ha sido la primera vez. Supóntelo. Suponer no hace daño. Digamos que lo otro no ha sucedido jamás. ¿Sabes lo que quiero decir? ¿Entonces, qué?

Wes me miró con fijeza. Entonces calculo que tendríamos que ser otras personas, si se diera el caso, dijo Wes. Distintas. Ya no puedo hacer esa clase de suposiciones. Nacimos para ser lo que somos. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Le contesté que no había dejado algo bueno ni recorrido casi cien mil kilómetros para oírle hablar así.

Lo siento, pero no puedo hablar como alguien que no soy, dijo Wes. Yo no soy otro. Si lo fuese, con toda seguridad no estaría aquí. Si fuera otro, no sería yo. Pero soy como soy. ¿No lo entiendes?

Está bien, Wes, le dije. Me llevé su mano a la mejilla. Entonces, no sé, recordé cómo era cuando tenía diecinueve años, su aspecto cuando corría por el campo adonde estaba su padre, sentado en el tractor, con la mano sobre los ojos, viendo correr a Wes hacia él. Nosotros acabábamos de llegar de California. Me bajé con Cheryl y Bobby y dije: ése es el abuelo. Pero no eran más que niños.

Wes seguía sentado junto a mí, dándose golpecitos en la barbilla, como si intentara decidir lo que haría a continuación. El padre de Wes había muerto y nuestros hijos habían crecido. Miré a Wes y luego el cuarto de Chef y las cosas de Chef. Tenemos que hacer algo, y rápido, pensé. 

Cariño, dije. Wes, escúchame.

¿Qué quieres?, me dijo. Pero eso fue todo. Parecía haber llegado a una conclusión. Pero, una vez decidido, no tenía prisa. Se recostó en el sofá, cruzó las manos sobre el regazo y cerró los ojos. No dijo nada más. No tenía por qué hacerlo. 

Pronuncié su nombre para mis adentros. Era fácil de decir, y estaba acostumbrada a repetirlo desde hacía mucho tiempo. Luego volví a decirlo. Esta vez en voz alta. Wes, dije.

Abrió los ojos. Pero no me miró. Simplemente se quedó sentado donde estaba y miró a la ventana. Linda la Gorda, dijo. Pero yo sabía que no se trataba de ella. No era nada. Sólo un nombre. Wes se levantó, echó las cortinas y el mar desapareció como por ensalmo. Fui a preparar la cena. Aún teníamos un poco de pescado en la nevera. No quedaba mucho más. Esta noche haremos limpieza, pensé, y eso será el fin de todo.

(En Catedral (Cathedral), trad.  de Benito Gómez Ibáñez, Barcelona, Anagrama, 1992, págs. 32-37)



El escritor Raymond Carver
Raymond Carver
(Clatskanie, Oregon, 1938-Port Angeles, Washington, 1988) fue un narrador y poeta
estadounidense, considerado uno de los fundadores y mayores representantes del realismo sucio. Su vida estuvo marcada por la pobreza y el alcoholismo. Su padre era afilador de sierras. La familia se trasladó a Yakima y a Chester (California), donde empezó a desempeñar el oficio de su padre. Con veinte años tuvo que casarse en Yakima con Maryam Burk, una joven de dieciséis y afrontar la paternidad de su hija Christine, y al año siguiente de su hijo Vane. Durante años su vida fue un peregrinaje de ciudad en ciudad (Paradise, Eureka, Arcata, Palo Alto...) buscando trabajo y desempeñando los más variados oficios, que compaginó con los estudios. Se matriculó en la universidad y obtuvo la diplomatura en Humanidades por la Estatal de Humboldt. En 1958 asistió a un curso sobre escritura creativa, en el State College de California, que lo llevó a publicar su primer relato corto, "Pastoral", y su primer poema, "El aro de bronce." 

Conoció su primer éxito como escritor en 1967, cuando su cuento "¿Quieres hacer el favor de estarte quieto, por favor?" fue incluido en la antología Los mejores relatos breves americanos. Pero la insatisfacción personal lo llevó a buscar refugio en la bebida y a convertirse en un alcohólico desde la década de los 60. En 1968 publicó Cerca de Klamath, su primer volumen de poesía, y en 1974, la colección de relatos cortos Ponte en mi lugar. Fue becado en Stanford y profesor invitado en Santa Bárbara (1974-75), pero tuvo que dimitir a causa de su alcoholismo y de sus problemas familiares. Separado en  1977, ese mismo año conoció a la poeta Tess Gallagher, que se convertiría en su segunda esposa. En 1979 se instala con Tess en Port Angeles e inicia lo que llamó su "segunda vida", tras sobrevivir a la pobreza y a cuatro hospitalizaciones por alcoholismo. Una vez superada su dependencia del alcohol,  su vida se reparte entre sus clases en distintas universidades (Vermont, El Paso, Siracusa) y la escritura. En 1983 fue galardonado con el premio Mildred and Harold Strauss Living Award. En la década de los 80 aparecieron sus más famosas colecciones de cuentos: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? (1981), Catedral (1983) y Tres rosas amarillas (1988). Murió a los cincuenta años, de cáncer de pulmón.

Los silencios y los finales abruptos caracterizan unos relatos en los que Carver habla de sí mismo y de los seres anónimos que lo rodean. Refleja las miserias cotidianas del estadounidense medio: los problemas de pareja, los divorcios, las peleas por la custodia de los hijos, las infidelidades, son temas recurrentes en su narrativa. Sus personajes son perdedores que buscan mejorar su situación pero nunca lo consiguen. Hoy sabemos que su editor fue responsable de esa contención característica de sus relatos.

A pesar de su éxito como narrador, él se consideraba ante todo, poeta y deseaba pasar a la historia por sus versos, que escribió durante toda su vida: "Mis relatos son más conocidos, pero yo lo que amo es mi poesía", afirmó. Muchos de sus relatos fueron antes poemas. Con frecuencia, sus poemas iluminan aspectos apenas insinuados en los relatos.  En 2019 Anagrama publicó Todos nosotros. Poesía completa, que reúne Fuegos (1985), Donde el agua se junta con otras aguas (1986), Ultramar (1988) y Un sendero nuevo a la cascada (1989).

AQUÍ puedes leer el poema "Ondas de radio" de Raymond Carver.

Raymond Carver y Tess Gallagher. (abc.es)

[La información sobre la vida de Carver procede, fundamentalmente, del artículo "Raymond Carver, biografía fotográfica", de César Antonio Molina, publicado en ABC Cultural]

[Imagen inicial: Pinterest.fr]