EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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martes, 10 de marzo de 2020

Poemas con corazón



De nuevo el mes de febrero nos ha traído a los pasillos del Pabellón Sur multitud de corazones de colores con poemas de amor y desamor copiados por los alumnos de 1º y 2º de ESO. Elegidos por ellos mismos o sugeridos por sus profesores, encontramos desde poemas clásicos que están descubriendo los jóvenes lectores hasta poemas de última hornada extraídos de Internet que resultan novedosos para todos. 

Como además contamos con alumnos y alumnas tocados por la inspiración poética, se les ha invitado a participar con sus propias composiciones en el Concurso Intercentros de Poesía para Llevar. Ya quedan pocos días para que termine el plazo de entrega de los textos inéditos en la biblioteca del instituto. 

Recordad que el tema es libre y no podéis excederos de 25 versos.

¡Ánimo, no os descuidéis y participad con vuestros poemas!















domingo, 8 de marzo de 2020

"Una mujer se casó...", de Daisy Zamora


Foto: Pérez Siquier



Una mujer se casó, tuvo hijos
y se empeñó en ser feliz.

Hasta que un día
(nunca se sabe cuándo, pero sucede)
escudriñó su corazón a fondo.

Palpó las cicatrices:
comprobó los estragos,
la desolación,
los esfuerzos estériles,
la ruina.

Cuando tenía que llorar lloró.

Hizo acopio de fuerzas:
juntó a sus hijos,
empacó unas pocas cosas,
puso a flote su barco,
levó anclas,
zarpó.


De Cómo te ve tu hombre (Diccionario de
bolsillo para mujeres), 400 Elefantes, 2017

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jueves, 5 de marzo de 2020

"La última clase", un cuento de Alphonse Daudet

Albert Anker, Escuela rural

La última clase
(Relato de un niño alsaciano)

Aquella mañana me había retrasado más de la cuenta en ir a la escuela, y me temía una buena reprimenda, porque, además, el señor Hamel nos había anunciado que preguntaría los participios, y yo no sabía ni una jota. No me faltaron ganas de hacer novillos y largarme a través de los campos.

¡Hacía un tiempo tan hermoso, tan claro! Se oía a los mirlos silbar en la linde del bosque, y en el prado Rippert, tras el aserradero, a los prusianos que hacían el ejercicio. Todo esto me atraía mucho más que la regla del participio; pero supe resistir la tentación y corrí apresuradamente hacia la escuela.

Al pasar por delante de la Alcaldía vi una porción de gente parada frente al tablón de anuncios. Por él nos venían desde hacía dos años todas las malas noticias, las batallas perdidas, las requisiciones, las órdenes de la Kommandature, y,  sin pararme, me preguntaba para mis adentros: "¿Qué es lo que todavía puede ocurrir?".

Entonces, al verme atravesar la plaza a la carrera, el herrero Watcher, que estaba con su aprendiz leyendo el bando, me gritó:

—No te molestes tanto, muchacho, todavía llegas a la escuela bastante a tiempo.

Me pareció que me hablaba con sorna, y entré sin aliento en el patio de la escuela.

De ordinario, al comenzar la clase, se levantaba un gran alboroto, que se oía hasta en la calle: los pupitres, que abríamos y cerrábamos; las lecciones, que repetíamos a voces todos a un tiempo, tapándonos los oídos para aprenderlas mejor, y la ancha palmeta del maestro, que golpeaba la mesa:

—¡Silencio! ¡Un poco de silencio!

Yo contaba con este jaleo para deslizarme en mi banco sin ser visto; pero precisamente aquel día todo estaba tranquilo como la mañana de un domingo. Por la ventana, abierta, veía a mis compañeros alineados en sus sitios, y al señor Hamel, que pasaba y repasaba, con su terrible palmeta bajo el brazo. No hubo más solución que abrir la puerta y entrar en medio de aquel inmenso silencio. ¡No les digo si estaría avergonzado, ni el pánico que tendría!

Pues bien: ¡no! El señor  Hamel me miró sin cólera y me dijo dulcemente:

—Siéntate pronto, hijo mío; íbamos a comenzar sin ti.

Me monté sobre el banco, y en seguida me senté al pupitre. Fue entonces cuando, algo recobrado de mi pavor, eché de ver que el maestro se había puesto su hermosa levita verde, su chorrera rizada y el gorro bordado de seda negra, que sólo sacaba los días de inspección o de distribución de premios. Además, la clase entera tenía un no sabía qué extraordinario, solemne; pero lo que me sorprendió más fue ver en el fondo de la sala, en los bancos que solían quedar desiertos, unos cuentos viejos sentados, silenciosos como nosotros: el anciano Hauser, el antiguo alcalde, el cartero viejo y otros cuantos. Todos ellos parecían tristes, y Hauser había llevado un silabario, roído por los bordes, que sostenía en las rodillas abierto, con las gruesas gafas entre las páginas.

Mientras yo hacía estas extrañas observaciones, el señor Hamel se había subido a su tribuna, y con la misma voz grave y dulce con que me había recibido, nos dijo:

—¡Hijos míos!, es el último día que les doy clase. Ha llegado de Berlín la orden de que no se enseñe más que el alemán en las escuelas de Alsacia y Lorena... El maestro nuevo llega mañana. Hoy es nuestra última lección de francés; les suplico que pongan toda su atención.

Estas cuatro palabras me trastornaron por completo. ¡Miserables! Esto es lo que nos preparaban con el bando de la Alcaldía.

¡Mi última lección de francés! ¡Y yo que apenas sabía escribir! Entonces, ¡yo no lo aprendería nunca! ¡No pasaría de ahí! ¡Cómo me reprochaba a mí mismo el tiempo perdido, los novillos que había hecho para ir a nidos o a patinar sobre el Saar! Mis libros, que hacía poco me aburrían tanto y tanto me pesaban en la mano, mi Gramática, mi Historia Sagrada, ahora me parecían viejos amigos, de quienes me costaría mucho trabajo separarme. Lo mismo que el señor Hamel. La idea de que iba a marcharse, de que ya no lo vería más, me hacía olvidar los castigos y los palmetazos.

¡Pobre hombre! Se había puesto su traje bueno de los domingos en honor a la última clase. Ahora ya comprendía también por qué estos viejos del pueblo habían venido a sentarse en lo último de la sala. Parecía que sentían no haber venido más a menudo; era también una manera de dar las gracias al maestro por sus cuarenta años de buenos servicios, de ofrecer sus respetos a la patria que se marchaba con él...

Estaba en este punto de mis reflexiones, cuando oí que el maestro me llamaba. Me había llegado el turno. ¡Qué no habría dado yo por poder decir de un tirón aquella terrible regla del participio, muy alto, muy claro, sin una sola falta! Pero a las primeras palabras me embrollé, y allí me quedé, de pie, balanceándome en el banco, con el corazón en un puño y sin atreverme a levantar la cabeza. El señor Hamel me iba diciendo:

—No te riño, pobrecito; bastante castigado estás... Pero, mira, las cosas son así. Todos los días nos decimos: ¡Bah!, tengo tiempo, ya estudiaré mañana, y luego, aquí tienes lo que pasa. ¡Ay! Ésta ha sido la gran desgracia de nuestra Alsacia: dejar siempre su instrucción para mañana. Ahora esa gente tiene derecho a decirnos: "Pero ¿cómo? ¿Pretenden ser franceses y no saben hablar su lengua? De todo ello, tú no tienes mucha culpa; todos nosotros tenemos muchas cosas que echarnos en cara. A sus padres no les ha importado gran cosa verlos instruidos; les parecía mejor mandarlos a trabajar la tierra o a las fábricas, para reunir unos cuantos céntimos más. Y yo mismo, ¿no tengo algo que reprocharme también? ¿No les hacía muchas veces regar mi jardín en vez de estudiar? Y cuando quería irme a pescar truchas, ¿me violentaba algo para mandarlos a paseo?

Y después, de una cosa en otra, el señor Hamel llegó a hablarnos de la lengua francesa, diciendo que era la lengua más hermosa del mundo, la más clara, la más sólida; que era preciso guardarla entre nosotros y no olvidarla nunca, porque cuando un pueblo cae en la esclavitud, si conserva bien la lengua propia, es como si tuviera la llave de la prisión*. Después cogió una gramática y nos leyó la lección; yo estaba asombrado de ver cómo lo comprendía; todo lo que decía me pareció fácil, facilísimo. Acaso fuera que nunca había escuchado con tanta atención y que tampoco él había puesto tanta paciencia en sus explicaciones. Se diría que el pobre quería infundirnos todo su saber antes de marcharse, que nos lo quería meter de golpe en la cabeza.

Cuando hubo terminado la lección pasamos a la escritura. El maestro nos había preparado modelos nuevos, sobre los que había escrito con una hermosa letra redonda: Francia, Alsacia, Francia, Alsacia. Parecían banderitas que ondeaban por toda la clase, colgadas como de un mástil sobre nuestros pupitres. ¡Era de ver cómo nos aplicábamos todos! ¡Qué silencio! No se oía más que el rasguear de las plumas sobre el papel. Por la ventana entraron zumbando unos abejorros; nadie paró en ellos, ni siquiera los pequeñuelos, que no levantaban  cabeza, trazando sus palotes con tanta afición como si fueran francés también.

Sobre el tejado de la escuela, las palomas se arrullaban dulcemente; al oírlas me preguntaba: "¿Las obligarán también a arrullarse en alemán?".

De vez en cuando levantaba los ojos de mi plana y veía al señor Hamel, inmóvil en su silla, mirando fijamente los objetos a su alrededor, como si quisiera llevarse en la mirada toda su escuela. ¡Figúrense! Desde hacía cuarenta años estaba allí; en el mismo sitio, con el patio enfrente y la clase siempre parecida; sólo los bancos, los pupitres, se habían lustrado, bruñidos por el uso; los nogales del patio habían crecido, y la enredadera, plantada por su mano, festoneaba las ventanas y subía hasta las tejas. ¡Qué tortura debía ser para aquel pobre hombre dejar todas estas cosas y oír a su hermana, que trajinaba en el piso de encima haciendo las maletas!... Porque debían partir al día siguiente, ¡irse de su tierra para siempre!

Sin embargo, aún tuvo ánimos para darnos la clase de cabo a rabo. Después de la escritura dimos la lección de historia; más tarde, los más pequeños cantaron juntos el ba, be, bi, bo, bu. Allá en lo último de la sala, el viejo Hauser se había puesto los espejuelos, y, con la cartilla abierta, deletreaba a coro con ellos. Se veía que también él se aplicaba; su voz temblaba de emoción y era tan gracioso oírlo, que teníamos ganas de reír y llorar a la vez. ¡Ay! ¡Siempre me acordaré de esta última clase!

En esto, el reloj de la iglesia dio las doce; después, sonó el Ángelus. En el mismo momento, los sonidos de las trompetas de los prusianos, que volvían de la instrucción, estallaron bajo las ventanas. El señor Hamel se levantó de su asiento completamente demudado; nunca me había parecido tan grande.

—Hijos míos —dijo—; hijos míos... Yo... yo...

Pero algo lo ahogaba, y no pudo terminar la frase.

Entonces se volvió hacia la pizarra, cogió la tiza y, calcando con todas sus fuerzas, escribió en trazos tan gruesos como pudo:

"¡VIVA FRANCIA!"

Y allí se quedó, la cabeza apoyada contra la pared. Y, sin hablar, nos hacía con la mano señas que querían decir:

—Se ha acabado... Salgan.


*"Si conserva la lengua, tiene la llave que le liberta de sus cadenas". F. Mistral. (N. del A.)


        (De Cuentos del lunes,1873. En Antología de cuentos franceses: vol. 2. Ed. BM, 2015)


Alphonse Daudet (IMDb)
Alphonse Daudet (Nîmes, 1840-París, 1897) fue un novelista francés famoso por sus relatos sobre su Provenza natal. Tras la ruina económica de sus padres, dedicados al comercio de la seda, la familia marchó a Lyon y él se dedicó a la enseñanza en Alès. Pero en 1857 en compañía de su hermano mayor,  Ernest, marchó a París, donde trabajó como secretario del duque de Morny, director de 'Le Figaro'. Al año siguiente, con tan solo dieciocho años, publicó el libro de poemas titulado Les Amoureuses, que le dio alguna notoriedad y le permitió empezar a escribir en periódicos y revistas. Hacia 1861 comenzaron sus colaboraciones en 'Le Figaro', y en 1867 contrajo matrimonio con la escritora Julia Allard, con quien tuvo dos hijos y una hija. En 1870 participó en la Guerra Franco-Prusiana. Fue miembro de la Academia Goncourt (1874-1880) .

Evocó su infancia en Provenza  en Cartas desde mi molino (1869), su célebre colección de cuentos publicada en 1866 en 'Le Figaro'; en la novela semiautobiográfica Poquita cosa (1868) y en su obra más internacional, la trilogía sobre  el divertido pícaro provenzal Tartarín, formada por Tartarín de Tarascón (1872), Tartarín en los Alpes (1855) y Puerto Tarascón (1890). Cuentos del lunes (1873) es una serie de relatos basada en sus experiencias durante la Guerra Franco-Prusiana. También hizo su incursión en el teatro con el drama La arlesiana (1872), cuyo argumento procede de uno de los relatos de Cartas desde mi molino,  inmortalizado por Bizet en una de sus piezas musicales. Bajo la influencia del realismo y el naturalismo, escribió las novelas Fromont el joven y Risler el mayor (1874), Jack (1876), El nabab (1877), Numa Roumestan (1880), Safo (1884) y El inmortal (1888). Es autor asimismo de dos volúmenes de memorias, Treinta años de París y Recuerdos de un hombre de letras, publicados en 1888.

La Guerra Franco-Prusiana, que inspiró los Cuentos del lunes, tuvo lugar entre el 19 de julio de 1870 y el 10 de mayo de 1871. Concluyó con la victoria de Prusia y sus aliados. Como consecuencia de ello, el nuevo Imperio alemán se anexionó Alsacia y la parte norte de Lorena, hasta entonces territorios franceses. "La última lección", el relato más famoso de la colección,  es la historia de un niño alsaciano que asiste a la ocupación de su patria por las tropas prusianas y a la prohibición de usar la lengua francesa, cuya enseñanza va a ser sustituida en la escuela por la del alemán.

Este cuento tiene una importancia capital en la evolución del protagonista de Sostiene Pereira, la famosa novela de Antonio Tabucchi. El  viejo Pereira es un periodista portugués que en el verano de 1938, en plena dictadura de Salazar, se ocupa de la sección cultural del vespertino 'Lisboa'. Entusiasta admirador de la literatura francesa del XIX, mientras descansa en una clínica talasoterápica, le cuenta a su médico, el doctor Cardoso, su intención de publicar este cuento, cuyo argumento le resume*:
"Verá, dijo Pereira, se llama La dernière classe, habla de un maestro de un pueblo francés en Alsacia, sus alumnos son hijos de campesinos, pobres muchachos que tienen que trabajar en el campo y que faltan a sus clases y el maestro está desesperado. [...] Y, en fin, continuó, se llega al último día de la escuela, la guerra franco-prusiana ha terminado, el maestro aguarda sin esperanza que llegue algún alumno y, en cambio, llegan todos los hombres de aquel pueblo, los campesinos, los viejos del lugar, que vienen a rendir homenaje al maestro francés que ha de partir, porque saben que al día siguiente su tierra será ocupada por los alemanes, entonces el maestro escribe en la pizarra "Viva Francia", y se marcha así, con lágrimas en los ojos, dejando en el aula una gran conmoción".
El doctor Cardoso expresa sus dudas de que el texto sea bien recibido ya que se trata de un cuento contra Alemania "y Alemania es intocable en nuestro país". La conversación de Pereira con el director del periódico tras la publicación del relato, dejará en evidencia la falta de independencia de la prensa, así como  el seguidismo del gobierno de Portugal respecto de la Alemania nazi, tanto en política interna como en política exterior, confirmando las opiniones del médico.

*Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira, RBA, Narrativa de Hoy, Barcelona, 1997, pp. 102-103.

Alphonse Daudet

domingo, 1 de marzo de 2020

"¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando...", de Francisco de Aldana


José de Togores, Desnudos en la playa


                                     [XVIII]

"¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos, trabados,
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid entre el jazmín se va enredando,

y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y sospirar de cuando en cuando?"

"Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también, tan fuerte

que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte."

En Antología Cátedra de Poesía de las Letras 
Hispánicas, 1998

Francisco de Aldana (Nápoles, 1537-Alcazalquivir, Marruecos, 1578) fue un militar español y uno
Francisco de Aldana (elcorreo.com)
de nuestros más grandes poetas del siglo XVI. Su vida es un ejemplo de hombre renacentista. Sus contemporáneos lo llamaron "el Divino", y Quevedo lo describe como "doctísimo español, elegantísimo soldado, valiente y famoso soldado en muerte  y en vida". Cervantes lo menciona junto a Boscán y Garcilaso. Fue admirado por poetas de la Generación del 27 como Luis Cernuda, quien lamentaba así (en "Tres poetas metafísicos") el inexplicable olvido en que cayó el poeta:
¡Y pensar que durante cuatro siglos la posteridad no ha tenido espacio, atención ni gusto para reconocer al autor de la Epístola a Arias Montano como uno entre nuestros mayores poetas!
Nacido en una familia de infanzones  extremeños dedicados a la milicia, su padre fue capitán de la guarnición destacada en Nápoles,  entonces  territorio  de la Corona española. Pasó la juventud en Florencia bajo la protección de los Medici en la escuela del humanista Benedetto Varchi, dedicado al estudio de las lenguas clásicas y de los autores de la antigüedad. Como su padre y su hermano, se consagró a la carrera militar, que no tardó en detestar,  y combatió como capitán en San Quintín. Bajo el mando del duque de Alba, luchó en Flandes, ya como general de artillería. Durante el sitio de Haarlem, fue herido por un mosquetazo en un pie. Don Sebastián, rey de Portugal y sobrino de Felipe II, le encomendó  la misión de explorar el territorio marroquí, labor que realizó con éxito por su dominio de varias lenguas. Murió luchando en la batalla de Alcazalquivir  como general de infantería de la expedición de don Sebastián. Tras su muerte, su hermano Cosme editó su obra en dos partes (Milán, 1589; Madrid, 1591).

Junto a sus sonetos, destaca su "Fábula de Faetonte" en octavas reales, su "Canción a Cristo crucificado" y, sobre todo, su "Epístola a Arias Montano" (1577) en tercetos encadenados, en la que proclama su desprecio por las vanidades del mundo. Su obra trasluce una fuerte influencia de las concepciones neoplatónicas, dominantes en la literatura florentina.  A través de Virgilio y Horacio se familiarizó también con la sensibilidad pastoril, que en su obra aparece frecuentemente teñida de sensualidad. Su poesía evoluciona después hacia un humanismo místico  que anhela la experiencia divina.

La crítica coincide en señalar el carácter excepcional de este soneto de Aldana en que se combinan erotismo y filosofía, pues es poco frecuente en la lírica renacentista presentar el amor correspondido, y menos aún, la correspondencia erótica. El poema se presenta como un diálogo, siguiendo una moda muy extendida en la época. En él se reproduce la conversación de la pareja (Filis y Damón) tras el acto de amor. A Pablo Sol Mora ( El soneto "¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando..." de Francisco de Aldana a la luz de los trattati d'amore. En RFE XCVII, julio-diciembre 2017, pp. 367-387) le llaman la atención, por inusuales en la época, "la curiosidad y la franqueza erótica" en las palabras de Filis; y en las de Damón, la doctrina neoplatónica, según la cual, el amor logra la fusión de las almas y persigue la de los cuerpos sin lograrlo, de ahí el llanto y los suspiros. Para Sol Mora parece claro que su fuente principal se encuentra en un pasaje del Dialogo d'amore de Speroni, ya que las coincidencias son notables, incluida la imagen  que compara a los amantes con la esponja y el agua. Pero Aldana se distancia de la teoría amorosa, teñida de aristotelismo, de Speroni y elabora una respuesta más cercana al neoplatonismo:
Aldana insiste en que solo la fusión de las almas es posible, mientras que los cuerpos, por más que lo intenten, están condenados a estar separados. El veredicto final contra el cuerpo —ese "velo mortal" de "avara suerte"— es inapelable. No hay aquí la amistosa, y aristotélica, intención de conciliar esos dos antiguos enemigos platónicos. El poema de Aldana —como buena parte de su poesía— es de una gran sensualidad, pero esa sensualidad, en la última instancia filosófica, acaba siendo sometida por una censura del cuerpo.

miércoles, 26 de febrero de 2020

'Marx y la muñeca', de Maryam Madjidi

Grupo de lectura "Leer juntos Hoy" del IES "Goya"
Sesión del 10 de febrero de 2020
Obra comentada: Marx y la muñeca (Marx et la poupée). Traducción de Palmira Feixas. Minúscula, 2018
Autora: Maryam Madjidi


¿Quién es Maryam Madjidi?

Maryam Madjidi es una escritora franco-iraní en lengua francesa nacida en Teherán en 1980. Dejó Irán a la edad de seis años para vivir en París, primero, y después en Drancy. Sus padres eran comunistas por lo que su padre se vio obligado a exiliarse tras la revolución iraní que derrocó al Shah e instauró la República islámica. En 1986 la familia pudo reunirse en Francia. Madjidi estudió Letras en la Universidad de la Sorbona y escribió su tesis en literatura comparada sobre dos autores iraníes: el poeta Omar Khayyam (o Jayyam) y el novelista Sadegh Hedayat. Del primero dice que le ha influido en su concepción de la vida, por ser crítico con la religión y por su afán de disfrutar el presente ante la certeza de la finitud de la vida. Hoy la autora enseña francés a menores no acompañados después de haberles dado clase a estudiantes de secundaria de barrios ricos y pobres, a discapacitados físicos y psíquicos, a estudiantes chinos y turcos, y a presos. Vivió cuatro años en Pekín y dos en Estambul antes de regresar a Francia. Maryam Madjidi se presentó como independiente en las listas del Partido Comunista Francés para las elecciones europeas de mayo de 2109. Además de Marx et la poupée (2017),  ha publicado Je m'appelle Maryam (210), un libro para niños.

La escritora Maryam Madjidi (ouest-france.fr)
Sobre Marx y la muñeca

Es la primera novela de Maryam Madjidi. Con ella ganó en 2017 el Premio Goncourt a la Primera Novela y el Premio Éttonnants Voyageurs, así como el Prix Soroptimist de la Romancière Francophone 2018. Ha sido traducida a catorce idiomas.

La novela se estructura en tres partes que, bajo los títulos de Primer, Segundo y Tercer Nacimiento, contienen textos cortos con recuerdos de su vida en Irán y en el exilio de París, algunos de ellos en forma de cuentos.

Si estos relatos tuvieran fecha, podrían ser un diario. Al saltar en el tiempo, se tiene la sensación de que escribe y reinventa su vida cuando, en algún momento, va a la búsqueda de sí misma, de su quién es, y reelabora su memoria acompañada de poemas de Omar Jayyam, astrónomo, astrólogo, matemático, filósofo, médico y entendido en música (1048-1132). La memoria no nos devuelve fielmente lo vivido, sino que la imaginación hace reconstruir, recrear y, a veces, inventar la vida. Necesitamos un relato de vida,  saber quiénes somos, y el "quién" es lo creado, la persona realizada a través de la acción. El qué somos (la fecha, el lugar de nacimiento) nos viene dado y, por tanto, nos cosifica.

La novela se puede leer como un relato de la melancolía, de la nostalgia, de la vivencia de la pérdida de la fusión con la totalidad, que nos puede conducir a la depresión (doliéndonos por la pérdida) o a un mundo de creación  a la búsqueda de ampliar la vida con el amor, la creación como ruptura de límites en la música, poesía... Estas dos actitudes las podemos ver en la madre y el padre de Maryam al llegar a su exilio en París, en sus cartas (pág. 101). La actitud de la hija es la búsqueda y, de alguna manera, en cuanto este libro puede ser una cierta autobiografía, su salida es la creación a través de la escritura.

La novela nos pone en contacto con algunas ideas relevantes para reflexionar en los momentos actuales. Una de ellas es la experiencia traumática del exilio, con la visión de dos actitudes posibles de integración: negando su origen, su cultura, o bien armonizando el origen con la nueva cultura, sin perder totalmente la identidad cultural. Otra idea expresada por la autora es la vivencia del desarraigo de ambos espacios de vida: el del origen y el de la llegada. Imposible volver a las raíces. Imposible salvarlas totalmente (pág. 202).

No falta  en la novela la crítica del totalitarismo con el fanatismo impuesto por la pérdida de libertad y la tortura. Los que permanecen en Irán intentan salvarse con una vida banal vivida en la clandestinidad.

Las sombras, a modo de "realismo mágico", acompañan los recuerdos de la niña Madjidi.

La sesión de "Leer juntos", en esta ocasión con Marx y la muñeca, resultó interesante. Los lectores celebraron el grato encuentro con esta novela. La sesión se terminó con la lectura de los versos del Rubaiyat, que la autora reproduce en ambos idiomas en su novela, como homenaje a la cultura iraní cuando, al final del libro, un conductor de taxi recita un poema y le dice a Maryam: "Pues le voy a decir una cosa, señorita: lo único que hemos sabido preservar es nuestra poesía, y es lo único que se puede salvar de Irán"(pág. 202). Los participantes en la tertulia completamos este homenaje a la poesía con la lectura de otros poemas de Omar Jayyam.

                  Inocencia Torres Martínez


Maryam Madjidi, el 22 de marzo de 2019 en París.
Photo Bob para Libération

domingo, 23 de febrero de 2020

"Poente" y "A unos metros de casa", de Juan Antonio González Iglesias


Atardecer en Salamanca



                              POENTE

                  Para Pedro Serra

Também no Poente onde habito
SOPHIA DE MELLO BREYNER-ANDRESEN

Sobrios también podemos embriagarnos
con este vino que la tarde vierte
en su pequeña copa. ¿No se llama 
el cielo así? ¿No está hecho de un finísimo
cristal ligeramente azul, no está
todo para nosotros preparado?
Si no es para nosotros este vino,
¿para quién? El asombro mudo cabe
en unas cuantas sílabas. El bosque
cede ante el puente y más allá la puesta
de sol, igual que el río, se dirige,
con una lentitud que ya he hecho mía
hacia el jardín, hacia el país que casi
veo desde mi ventana, hacia Poniente.


A UNOS METROS DE CASA

Para Carmen Sayagués

A unos metros de casa algo ha resucitado.
Todo ha resucitado y estamos a unos metros.
Las cosas parecían terminadas.
Pero estaba cumpliéndose secreta
una plegaria griega, la que pide:
ojalá quede siempre algo de polen.
Mientras dormimos crece lo visible
y lo invisible. Hagamos poco o nada.
Y el bosque nos escolta, otra vez verde,
como si nada hubiera sucedido,
porque no ha sucedido. Una mañana
inaugural y brusca pulveriza
todo el invierno. Otra vez de pie
está todo, otra vez estamos todos.
Está abril al alcance de febrero.
Una mañana es un cuerpo joven.
Exhala aroma, emite sus preciosas
ondas determinadas. Cada cuerpo
deshace por completo lo incorpóreo.
Para que no dudemos se nos dio
lo tangible. Mejor cierro los ojos,
como hacen los dichosos. Bajaría
al mundo, pero no hace falta. Abro
otra vez todas las ventanas. Cierro
los ojos para ver cómo despierta
la brisa, y escuchar cómo relumbra
el brazo transparente de este río
cuyo nombre me tiene enamorado.
Saco la mano como si viajara
en un tren de otro tiempo, en la avioneta
que ha dejado el aeródromo, kilómetros
atrás y está ya en pleno vuelo, casa
que fue para los pájaros y ahora
está volando ya. Meto mi mano
en el costado de la primavera.

De Jardín Gulbenkian, Visor, 2019

Sobre este poemario, galardonado con el XXIX Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, escribe su editor:
El Jardín Gulbenkian de Lisboa centra este libro en el que se recorren, a partir de ese espacio creado por la arquitectura contemporánea, algunas líneas clásicas: la cultura que ennoblece la naturaleza, el arte como regalo del espíritu, la amistad y la apología de lo sencillo. Protegido por estas formas serenas del amor, el jardín es símbolo de la esperanza en un mundo mejor que este.
El jardín o parque Gulbenkian, de 7,5 hectáreas de extensión,  fue creado en 1969 y forma parte del centro cultural donde se encuentra la sede de la Fundación Calouste Gulbenkian, el Museo Gulbenkian y el Centro de Arte Moderno José de Azeredo Perdigão. Los jardines fueron diseñados por los arquitectos paisajistas Gonçalo Ribeiro Telles y António Viana Barreiro. En el mismo año se inauguró el Museo Gulbenkian, que alberga las más de seis mil piezas de arte reunidas a lo largo de su vida por Calouste Gulbenkian, empresario petrolero de origen armenio y filántropo. Durante la Segunda Guerra Mundial se refugió en Portugal y a su muerte legó sus bienes al país. Su legado dio origen a la fundación que lleva su nombre. 

Juan Antonio González Iglesias, en entrevista concedida a Nuria Azancot para El Cultural (25 de noviembre, 2019), explica lo que representa para él el jardín que da título a su poemario: 
Cada vez que voy tengo la sensación de que es a la vez un punto en el espacio y ofrece un momento, un kairós, un tiempo en el que todo puede ir a mejor, según la definición preciosa de los griegos. Noto que tiene lo mejor de la tradición (equilibrio, serenidad) y lo mejor de la modernidad (materiales, democratización de la belleza). También tiene lo mejor de Oriente y de Occidente.[...] Me tranquiliza pensar que somos coetáneos, que soy de la misma quinta que ese jardín. Así que muy a lo lejos también es un autorretrato. El hecho de que el jardín custodie una colección de arte me parece un fruto increíble de la cultura. Y que la colección, como el jardín, sea resultado del mecenazgo y de la amistad, me conmueve especialmente. En la amistad entre Calouste Gulbenkian y el poeta Sain-John Perse he encontrado el mejor correlato contemporáneo de la amistad entre Mecenas y Horacio. Por último: el jardín recorta sobre la tierra un fragmento de mundo bien hecho que equivale al mundo entero, al menos mientras estamos dentro. El poema también, es exactamente lo mismo, solo que lo recorta en el lenguaje.

Jardín Gulbenkian, Lisboa (Lifecooler)