EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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domingo, 11 de agosto de 2013

"Halcón que se atreve", de Gil Vicente



Halcón que se atreve
con garza guerrera,
peligros espera.

Halcón que se vuela
con garza a porfía
cazarla quería
y no la recela.
Mas quien no se vela
de garza guerrera,
peligros espera.

La caza de amor
es de altanería:
trabajos de día,
de noche dolor.
Halcón cazador
con garza tan fiera,
peligros espera.

       (Gil Vicente)

Gil Vicente, escritor portugués, nació probablemente en Lisboa hacia 1465 y murió en Évora hacia 1536. Se cree que estudió Derecho, pero ejerció como orfebre, músico, actor, dramaturgo y poeta.  Fue autor dramático en la corte portuguesa entre 1502 y 1536, con Manuel I y Juan III. Al ser una corte bilingüe, pues sus reyes estaban casados con españolas, compuso once obras  en castellano, diecisiete en portugués y dieciséis en una mezcla de ambas lenguas. Después de su muerte, se imprimieron conjuntamente las cuarenta y cuatro obras que se le atribuyen en la Compilçam de todas las obras de Gil Vicente (Lisboa, 1562). Sus composiciones poéticas se encuentran intercaladas en su producción dramática;  no obstante,  existen -como ocurre con su obra dramática- problemas de filiación y, al parecer, algunas composiciones poéticas de Gil Vicente son atribuidas por la crítica a la tradición oral popular, de forma que no es posible distinguir con seguridad cuáles pertenece al autor y cuáles no.  
El texto elegido pertenece a la Comedia Rubena (1521). Es un poema de amor en el que el autor recurre al tópico literario de la "caza de amor",   a la imagen de la caza practicada con halcones y otras aves de cetrería para referirse al combate amoroso como disputa mortal entre seres altivos y soberbios. Con los primeros versos de esta composición como anuncio de la tragedia,  se abre Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. Recientemente, la escritora  Begoña Oro hace del poema de Gil Vicente, pórtico de su novela juvenil Croquetas y Wasaps, la clave de interpretación de la narración.

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sábado, 10 de agosto de 2013

Javier Cercas: sobre 'Rayuela'



LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO
Por Javier Cercas


Los escritores tendemos a la ingratitud. Harold Bloom argumentó que toda obra literaria auténtica surge de una mala lectura creativa (“a creative misreading”) de una obra anterior, y que sin esa suerte de fecunda traición o corrección o distorsión, sin ese acto de revisionismo, la literatura moderna no existiría. Si bien se mira, lo anterior quizá es sólo una variante de la vieja urgencia de matar al padre: uno elige a su progenitor, lo exprime hasta la última gota y luego lo tira a la basura. Es ley de vida. O casi.

A principios de verano cumplió medio siglo Rayuela y abundaron los elogios escritos a esa novela, quizá la más conocida de Julio Cortázar. Pese a ello, desde hace años tengo la fuerte impresión de que el crédito de Cortázar en general y de ese libro emblemático en particular es, sobre todo entre los escritores en español, bastante escaso, y por eso sospecho que una de las pocas opiniones discrepantes que escuché en los días del aniversario, la de Damián Tabarovsky – según el cual Rayuela “nació cursi, remanida, llena de recursos demagógicos”–, es la que mejor expresa la opinión de muchos escritores sobre la obra de Cortázar. ¿Es eso verdad? ¿Es Rayuela una novela cursi? Puede ser, o puede que nos lo parezca, pero también nos parece ahora cursi –no pongo el ejemplo al azar– el Mayo del 68, con todo su idealismo juvenil, y cabría preguntarse qué sería hoy de nosotros sin él; puede que Rayuela sea cursi, pero es que a los 18 años, cuando tantos la leímos con la intensidad alucinada con que sólo se lee a los 18 años, todos somos un poco cursis, igual que, según el célebre verso de Pessoa, todas las cartas de amor son ridículas. Una de las formas de aquilatar la importancia de un libro consiste en preguntarse qué hubiera ocurrido si no existiese; la respuesta, en este caso, parece obvia: sencillamente, una parte nada desdeñable de la mejor literatura escrita desde entonces en español no existiría, o al menos no existiría como la conocemos. La de Roberto Bolaño, sin ir más lejos: al fin y al cabo, Los detectives salvajes puede leerse como una puesta al día de Rayuela. Menciono adrede a Bolaño: como él ahora, Cortázar fue idolatrado por sus seguidores, que lo consideraban superior a Borges (cosa que a Cortázar debía de darle risa, como le hubiera dado risa a Bolaño que sus seguidores lo consideren superior a Cortázar); como Bolaño ahora, Cortázar suscitó legiones de jóvenes imitadores. Ambas cosas obraron en contra de Cortázar (como pueden obrar en contra de Bolaño), sobre todo la segunda: no en vano muchos de los detractores actuales de Cortázar son en realidad vástagos emancipados de su tutela. O dicho de otro modo: ahora estamos defendiendo a Cortázar de antiguos cortazaritos (igual que pronto habrá que defender a Bolaño de antiguos bolañitos). Sea como sea, una cosa es segura: en su momento, Rayuela supuso una revolución para la literatura en español; de hecho, si fuera posible mezclarla con Tres tristes tigres y añadirle de paso unas gotitas de Tiempo de silencio, el resultado sería lo más parecido a lo que, 40 años antes, representó para el inglés el Ulysses: una inyección de libertad desconocida hasta entonces.
El tema de ‘Rayuela’ es sencillo: un letraherido porteño llamado Horacio Oliveira busca el paraíso; todo el libro no es en el fondo sino un vagabundeo metafísico-humorístico en torno a ese núcleo. Por supuesto, el paraíso que busca Horacio es un paraíso terrenal, inalcanzable, pero años más tarde Cortázar creyó alcanzarlo en la revolución cubana, o en la revolución a secas. Cortázar siguió siendo el mismo –nadie ha escuchado hablar mal de Cortázar a una persona decente: él no era de este mundo, y por eso buscaba otro con tanto ahínco–, aunque su escritura se resintió, se destensó, se volvió previsiblemente cortazariana; a él no le importó, o eso creo, porque había decidido ponerla al servicio de una causa que consideraba superior. Un cliché muy extendido sostiene que sus novelas han envejecido mal, pero sus cuentos no; como tantos clichés, éste tiene su parte de verdad: yo al menos creo que perdurarán algunos cuentos de Bestiario, de Las armas secretas, de Todos los fuegos el fuego. Los escritores tendemos a la ingratitud, pero en nuestra lengua pocos la merecen menos que Cortázar.

                                                    (Publicado en  El País Semanal, Nº 1923, domingo 8 de agosto de 2013)


Si  quieres conocer la opinión de otros escritores sobre Rayuela, te interesará leer la información recogida por Javier Rodríguez Marcos:

sábado, 3 de agosto de 2013

"Canción de los lentes", de Washington Benavides



CANCIÓN DE LOS LENTES

El poeta envejece.
No ve la línea,
la delgada silueta 
que, antes, veía.
La escritura le baila
una polkita;
se le van los matices,
las golondrinas.
Pero se puso lentes
y oh maravilla
se dibujaron netas
las golondrinas.
Apareció de nuevo
-la delgadiña-
aquella del romance,
palabra limpia...
Los tipos de su máquina
la tinta china
por más que los limpiaba no aparecían...
Se arrimaba a la hoja
cuanto podía,
su nariz borroneaba
la letra fina...
Pero se puso lentes
y oh maravilla
volvieron las "corrientes"
las "cristalinas"...
Y releyó a Pessoa
y a Carlos Williams
y anduvo con Sabines
por la cornisa...
Ahora es un "cuatrojos"
es un "lenteja"* pero ve lo que escribe
y lo que piensa.

          (Washington Benavides, de Finisterre, 1986)

*lenteja, en Uruguay se utiliza despectiva y coloquialmente para referirse a la persona que usa lentes.

Puedes encontrar información sobre el autor en este blog y leer otro poema suyo:

miércoles, 31 de julio de 2013

"Las luces de septiembre", de Carlos Ruiz Zafón


FICHA BIBLIOGRÁFICA
Nombre: Las luces de septiembre.
Autor: Carlos Ruiz Zafón.
Editorial: Edebé
Fecha de 1ª edición: 1995
Páginas: 284

PRESENTACIÓN
Género literario: novela de misterio gótica
Público: juvenil

INFORMACIÓN SOBRE EL AUTOR
Nació en Barcelona en 1964. Un año después de matricularse en Ciencias de la Información aceptó una oferta para trabajar de publicista, mundo que dejó en 1992 para dedicarse a la literatura. Desde entonces ha escrito siete obras y ha ganado varios premios de certámenes nacionales e internacionales.

ARGUMENTO
Ambientado en 1937 en la costa Azul. Una mujer viuda y con dos hijos acepta el puesto de ama de llaves de una misteriosa mansión, llamada Cravenmoore, propiedad de Lazarus, un fabricante de juguetes retirado. Comienzan a ocurrir hechos extraños después de la muerte de Hannah, que acaban en la persecución de Irene y de su familia por una sombra asesina, mientras se descubren los secretos del pasado de Lazarus, y todo esto acompañado de una historia de amor entre Irene e Ismael.

PERSONAJES
Irene Sauvelle: adolescente protagonista del libro.
Dorian Sauvelle: hermano menor de Irene.
Simone Sauvelle: viuda, madre  de Irene y ama de llaves de Cravenmoore.
Hannah: amiga de Irene que muere asesinada por la sombra.
Ismael: novio de Irene y primo de Hannah.
Lazarus Jann: fabricante de juguetes retirado y dueño de Cravenmoore. En su infancia hizo un pacto con Daniel Hoffan en el que el prometió no amar más que a los juguetes y su sombra, a cambio de ser heredero de su fábrica de juguetes.
Alexandra Jann: esposa de Lazarus que muere asesinada por la sombra.
Daniel Hoffman: fabricante de juguetes que hizo un pacto con Lazarus antes de morir.

VALORACIÓN
Uno de mis libros favoritos, ya que reúne misterio, engancha y no es demasiado pesado con el amor. Además, el autor cuenta la historia de una manera fácil de leer.

RECOMENDACIÓN Y VALORES
Se la recomiendo a  los que les guste el misterio y la novela negra. Es un poco inquietante a veces. Este libro nos enseña que cuando se rompe un pacto tiene sus consecuencias (en este caso, la muerte de dos personas).

RELACIÓN CON OTRAS OBRAS
Si te gusta este libro, seguro que te gustarán los otros dos de la Trilogía de la Niebla, que tienen el mismo guión, pero con personajes y ambientes completamente diferentes.

                                                                                             Pedro Cabello



domingo, 28 de julio de 2013

" Por qué mi carne no te quiere verbo", de Ana Rossetti

Buganvilla. Foto: Josefina López



Por qué mi carne no te quiere verbo,
por qué no te conjuga, por qué no te reparte,
por qué desde la tapia no saltan buganvillas con tus significados
y en miradas de azogue no reverbera el sol dando noti-
cia, ni se destapan cajas con tu música y su claro propósito, y
ningún diccionario ajeno te interpreta.

Por qué, por qué, Amor mío, eres mapa ilegible, flecha des-
orientada, regalo ensimismado en su intacto envoltorio, pala-
bra indivisible que nace y muere en mí.

                             (Ana Rossetti, de Punto Umbrío, 1995)



 Ana Rossetti es el seudónimo de Ana Bueno de la Peña (San Fernando, Cádiz, 1951), escritora española que cultiva el teatro, la poesía y la narrativa. Su producción poética, caracterizada por el erotismo, el esteticismo y el culturalismo, se inicia con Los devaneos de Erato (1980, III Premio Gules), libro con el que introduce una nueva propuesta cargada de erotismo, sin olvidar el recurso metalingüístico propio del culturalismo; le siguen Dióscuros (1982), Misterios de la pasión (1985), Devocionario (1986, Premio Rey Juan Carlos 1985), Yesterday (1988), que marca un punto de inflexión hacia la melancolía; Aquellos duros antiguos (1988); Punto Umbrío (1995), en el que se pasa del hedonismo y el regocijo de su obra inicial al dramatismo; Pruebas de escritura (1998), Ciudad irrenunciable (1998), Entretiempos (2001), Llenar tu nombre (2008) y El mapa de la espera (2010).

El poema elegido habla de la insuficiencia del lenguaje: el ser amado, a diferencia de los códigos lingüísticos,   no se puede descomponer en partes que nos permitan entender su complejidad.

[La fotografía de la autora procede de esferalibros.com]

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lunes, 22 de julio de 2013

Javier Reverte: "Viaje al mar de la literatura"


VIAJE AL MAR DE LA LITERATURA
Javier Reverte
    El viaje del Mediterráneo es, por fuerza, un recorrido literario. No puede uno navegar sus aguas ni recorrer sus litorales sin cargarse el alma de literatura. O por lo menos, sin manifestar una cierta voluntad de abrir los oídos a los cantos de la sirenas en Capri; o al rumor de los pasos que Justine deja en las calles de Alejandría; o al eco de los versos de Virgilio sobre los campos romanos. El Mediterráneo tiene alma mitológica y mística. Pero sobre todo, posee un alma poética. Muchos de los grandes caminos del mar de la literatura salen desde sus puertos o van a morir en sus orillas. Y cada ola escoge una canción.
     Podemos zarpar de cualquiera de sus dársenas. Y a mi se me ocurre que la primera de todas sea Sidón, hoy un pedazo de tierra de las costas libanesas y, hace treinta siglos, más o menos, el lugar en donde se alzaba la fastuosa ciudad de Tiro. Desde allí, los marinos fenicios iniciaron los grandes viajes mediterráneos desde el Este hacia el Oeste y, en el curso de sus arriesgadas navegaciones, sin duda sufrieron no pocas penalidades y vivieron al tiempo imponentes aventuras que fueron corriendo de boca en oreja. Y aquellos relatos de la mar, unidos a los que los micénicos habían acuñado en navegaciones anteriores, llegaron a los oídos de los cantores ciegos. Y los cantores los convirtieron en mitos. Y los mitos, en fin, se tradujeron en palabras cuando el alfabeto fenicio formó con el verbo griego la diabólica fusión que provocó la más honda de las revoluciones humanas: la aparición de la lengua escrita. De los viajes, pues, de los cuentos marineros del Mediterráneo, del genio fenicio unido al talento griego, brotó la voz enorme de la literatura. Y lo hizo sobre las olas y en las orillas del mar que de nuevo surcamos.

     Seguimos viaje, pues, de la mano de un primer mito del que se guarda memoria: el de Jasón y los Argonautas, que navegaron desde las costas continentales griegas, en Tessalia, hasta la Cólquide, en las riberas del Mar Negro, en busca del Vellocino de Oro. La aventura que dio pie a la epopeya pudo suceder en el siglo XII antes de Cristo. Y aunque los versos que recitaron los cantores ciegos de los días anteriores a Homero se hayan perdido en su mayoría, algunos de los personajes de la historia sobrevivieron en la literatura clásica, como la infeliz Medea y el propio Jasón. La épica de aquel viaje la cantó siglos después Apolonio de Rodas. Y hace unas pocas décadas la repitió, incluso con más talento, un poeta británico al que se le antojó rebautizarse mediterráneo en las soledades de Mallorca: Robert Graves.

La entrada del Bósforo
     En un viaje posterior, un griego llamado Bizas (Bizancio le debe su nombre) levantó un fortín en la entrada del Bósforo, que con el paso de los siglos pasaría a convertirse en Constantinopla, primero, y más tarde Estambul. Y Estambul, pese a la "indolencia de Oriente" que se mece en su atmósfera, como escribía Pierre Loti, es esencialmente una ciudad mediterránea. Victor Hugo, Lady Montagu, Gérard de Nerval, Theóphile Gautier, Edmundo de Amicis, Juan Perucho, Hemingway y otros cuantos arrancaron literatura de sus calles, sus puertos y sus bazares. Y por los pasillos del fastuoso hotel Pera Palace deambuló varias noches Agatha Christie buscando un asesino.
    Pero regresa Jasón a Tessalia y es la hora de que Ulises (Odiseo en griego) se eche a la mar. Escribe Joseph Conrad: "¡Dichoso aquel que, como Ulises, ha hecho un viaje aventurero; y para viajes aventureros no hay mar como el Mediterráneo". El poderoso Agamenón reune a los príncipes micénicos y organiza la mayor expedición militar de su tiempo para rendir la ciudad de Troya y limpiar los cuernos de su hermano Menelao. Ulises se embarca en la aventura. Vencen los griegos a los troyanos tras diez años de lucha, los héroes supervivientes regresan, Agamenón muere asesinado y Ulises se pierde en el mar. Y la literatura se llena de los mitos, de los nombres y las voces que darán contenido a los cantos épicos homéricos (siglo VIII a.C.) que, tres siglos después, poblarán los escenarios de la tragedia en Atenas. Arde el mar de la poesía en la nave de Ulises, cuyo viaje de regreso a la patria, a la pequeña isla de Ítaca, le ocupa diez años. Y en el camino, nuestro héroe, tan sabio como cínico, tan astuto como truquista, lanza en la cara del gigante Polifemo, el hijo de Poseidón, el primer grito rebelde y desesperado de la literatura, aunque lo haga con ánimo de burla: "¡Mi nombre es Nadie!". ¿No estaremos percibiendo ya los lamentos de Hamlet en el eco de ese grito?
     Las llamas de Troya se extienden a la lírica y a la comedia. Se alumbran los géneros literarios. Safo teje en Lesbos los mejores poemas de amor de la Historia y Píndaro tersa las cuerdas de su lira para cantar en elegías a los atletas vencedores en los juegos. Junto a la montaña de la épica alzada por los versos de Homero, crece una nueva cima literaria: la tragedia. Los héroes de Esquilo, Sófocles y Eurípides son los mismos desafortunados guerreros de Troya, como Ajax; crueles criminales como Egisto; desafortunados vengadores como Orestes, y sufrientes doncellas como Medea. El armazón teatral creado por los tres atenienses y por autores de comedias como Aristófanes sienta, además, las bases del teatro del Siglo de Oro y, si me apuran, de la técnica del guión de Hollywood: eso que hoy nos parece tan sencillo como la estructura del planteamiento, el nudo y el desenlace.
     Descartes y Hume lo escribieron siglos después: "La filosofía nace del viaje". Y así sucedía sobre las ondas de aquel mar de ida y vuelta, donde los héroes navegaban en la leyenda y en la literatura, donde los Diez Mil de Jenofonte gritaban "¡el mar, el mar!" al divisar las aguas del Mediterráneo, su verdadera patria. Quizás lo vieron así los primeros hombres que rescataron el pensamiento de las manos de los dioses, que desdeñaron la magia a favor de la razón. En las costas del Egeo, en el Asia Menor, la civilización jónica dio a luz la filosofía. Y en la ciudad de Mileto, hoy un campo en ruinas de las costas del Egeo turco, nacieron y crecieron los tres primeros rebeldes que, dando la espalda a los dioses, quisieron explicarse el mundo: Tales, Anaximandro y Anaximenes. Tras ellos, otros dos hombres buscaron definir lo que era el ser: Heráclito, en Efeso, también territorio de Asia Menor, y Parménides, en Elea, la Magna Grecia de entonces y hoy Sicilia. En fin, ya en el esplendoroso siglo V, el siglo de Pericles, la filosofía dio el salto definitivo para instalarse en Atenas. Y tres nombres se clavaron para siempre en el firmamento literario: Sócrates, Platón y Aristóteles.

La fundación de Roma
     La nave vuelve a navegar, sigue el viaje por las aguas mediterráneas, esta vez camino de Occidente. El príncipe troyano Eneas, escapado del incendio de su ciudad, arriba a las costas de la entonces inculta Italia. Y funda Roma. Un poeta llamado Virgilio se ocupa de cantar la gesta. Grecia desfallece y el nuevo imperio toma el timón de la nave mediterránea. Los dioses se mudan del Egeo al Tirreno; cambian su nombre, pero no sus aficiones, sus poderes y sus vicios. Los nuevos poetas cantan y escriben teatro. Oímos la lírica de Ovidio y Horacio, escuchamos la oratoria de Cicerón, seguimos los caminos de la ciencia de la historia de la mano de Julio César, Tácito y Tito Livio, las crónicas de Pausanias y de los dos Plinios, las enseñanzas morales de Séneca, los epigramas de Marcial, las fábulas de Fedro, las narraciones de Petronio... ¿Para qué seguir? Entretanto, en Alejandría, los descendientes Ptolomeos del Gran Alejandro han dejado encendida una lámpara de sabiduría y allí se recogen, se ordenan, se codifican y se almacenan los conocimientos del mundo antiguo. Crecen la geografía y las ciencias que estudian el cielo, la mar y la tierra. Hay viajeros que recorren el interior oscuro de África y una mujer, Hypatia, la primera filósofa de la Historia, inventa el astrolabio, el instrumento que determina la distancia entre las estrellas y el horizonte. Sin ello, los europeos no hubieran alcanzado América tan pronto.
     Entonces los bárbaros atacan, Roma muere de asfixia y la literatura navega a la deriva en los siglos oscuros. Pero es el turno de la otra orilla. Con paciencia, tenacidad y sin descanso, hombres de ciencia y pensamiento surgidos de las hasta entonces silenciosas gargantas del Islam cruzan la mar y reconstruyen en Córdoba, Murcia, Sevilla y Toledo, sin alharacas y sin miedo, el tejido del saber. Salvan lo que pueden del desastre. Y lo entregan con generosidad a los hombres que van a abrir las puertas del Renacimiento.
Las campanas debieron de haber repicado en todos los campos de la Toscana, aunque no lo hicieron, aquel día de primavera en que Florencia vio nacer al Dante. De la mano del poeta Virgilio y de su amada Beatriz, el poeta paseó la literatura por los Infiernos y la elevó después al Purgatorio y el Paraíso. Y con generosidad, volvió a echarla a la mar, a bordo de un velero remozado, para que siguiera navegando durante los siglos siguientes. "El día terminaba -comienza el Canto II-. El aire oscuro de la noche a los seres de la tierra al reposo invitaba. Yo, inseguro y solo, me aprestaba a hacer la guerra del viaje y de la angustia, guerra mía que evocará la muerte que no yerra".

El rostro delgado del caballero
     Nadie detiene ya la derrota del navío. De costa a costa, de sur a norte, de oriente a occidente, lucen las luminarias de un fuego ya inextinguible. Estamos a salvo, no importan las guerras y ni siquiera los muertos. Hacia Levante, una escuadra de estados cristianos aliados le cierra la mar a una gran flota turca. Y en una galera española, La Marquesa, un soldado es herido en un brazo. Pero le queda el otro sano para escribir. Y quizás allí mismo en Lepanto, en lo que el soldado herido llamaría "la más alta ocasión que vieron los siglos", comienza su imaginación a entrever el rostro delgado del caballero que recorrerá las tierras manchegas para inventar por fin la novela, el género que ha salvado desde entonces los estragos y desánimos de quienes lo dan una y otra vez por muerto. Skakespeare, contemporáneo de Cervantes, se asoma también a las orillas mediterráneas y sitúa en Venecia la historia de un mercader y, más al sur, en la otra ribera, los desdichados últimos amores de Cleopatra con Marco Antonio. Nadie está inmune en literatura a la fuerza de ese mar que hierve.
     Baja del norte inglés una tríada de poetas que llevan en sus sienes el laurel de los clásicos. Pronto, el más frágil de ellos, John Keats, muere de tuberculosis en Roma; pero deja escrito un verso que define a todo el romanticismo: "La belleza es verdad y la verdad belleza; nada más es preciso saber en la tierra". Percy B. Shelley se ahoga en una playa toscana, con un libro de Keats en el bolsillo: "Desafiar al poder absoluto; amar y soportar", proclamaba en uno de sus versos. Y Lord Byron, el más bello, el más vigoroso, el más ardiente, fallecía devorado por la malaria en Missolonghi, no muy lejos de Lepanto. Luchaba, cuando murió, por la causa de la independencia de Grecia: "Busca la tumba de un soldado -pedía-; para ti, la mejor. Luego, mira a tu alrededor y elige el sitio, y entrégate al descanso (...), haciendo de la muerte una victoria".
    En España, Espronceda arría las velas de su barco y llega hasta Estambul: "Navega velero mío sin temor...". Chateaubriand viaja de París a Jerusalén y otros poetas franceses como Lamartine se arriman a las orillas de su mar. Unas décadas antes, en Alemania, el gigantesco Goethe ha enseñado el camino a los centroeuropeos con su fastuoso Viaje a Italia y ha cantado al clasicismo en sus Poemas Romanos. Se asombra a la vista de Venecia, y no siempre en un sentido positivo. Stendhal no tardará en seguirle unos cuantos años más tarde y, en su libro Roma, Nápoles, Florencia, traza una vigorosa pintura de la capital toscana.
     Bien entrado el XIX, Charles Dickens se embarca hacia el Sur para escribir su libro Imágenes de Italia. Queda prendado de Venecia, cuya realidad, en su opinión, "excede el sueño más extravagante". Y sobre la ciudad cae la riada de la literatura iniciada por Goethe. Llegan Ruskin, Twain, Henry James, Proust, George Sand, Gauthier, Morris, Hemingway, d'Annunzio, Carpentier..., la lista es interminable. "Es el Shakespeare de las ciudades -se le ocurre decir a John Addington Symonds-: incomparable, irrebatible, y por encima de la envidia". Thomas Mann pervierte a su personaje, el escritor Aschenbach, mientras persigue la belleza destructora, encarnada en la figura de Tadzio. El ruso Joseph Brodsky escribe: "Al rozar el agua, esta ciudad mejora la imagen del tiempo, embellece el futuro. Ése es el papel de esta ciudad en el universo". No muy lejos de allí, en un castillo sobre el Adriático, a las afueras de Trieste, Rainer María Rilke canta en sus Elegías del Duino: "Pues lo bello no es más que ese grado de lo terrible que aún podemos soportar. Todo ángel es terrible". Y Joyce se larga de Zurich para vivir enseñando inglés y seguir tejiendo su monumental Ulises entre prostíbulos y tabernas.
     Hechizado, Henry Miller recorre los mares griegos. Su amigo Lawrence Durrell reflexiona en Sicilia: "Qué afortunado soy de haber vivido en el Mediterráneo y contemplado tan a menudo el sol y la luna juntos en el cielo". Más al Este, en Bosnia, Ivo Andric adelanta una crónica de la ira, la venganza y la sangre. Kazanzakis, Elites y Seferis hacen renacer el clasicismo allá en las islas egeas. No lejos, Amin Maalof nos relata historias del Levante mediterráneo, Naguib Mahfuz nos lleva a oler El Cairo y Albert Camus desciende a Orán para mostrarnos los límites del alma. El Chukri nos cuenta las penas de la gente del Rif y, dando un poco la vuelta, asoman en el litoral español el aroma a naranjos en las páginas de Vicent, las ramblas y las flores de la Barcelona brava de Marsé, el campo ampurdanés de Josep Plá. De nuevo en Italia oímos tambores de guerra en el Nápoles de Malaparte y Norman Lewis. Y más abajo, otra vez en Sicilia, Lampedusa nos retrata el fin de toda una era... No es posible continuar, el papel se acaba y el barco de la literatura navega todavía.
      Por cierto, ¿hemos dicho algo sobre un libro de viajes llamado la Biblia?

                                                                    (Publicado en El País, domingo 27 de noviembre de 2005*)
*En el original, sin las imágenes.

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domingo, 21 de julio de 2013

" Pan y vino" (Brot und Wein), de Hölderlin [fragmentos]

Templo de Atenea en Delfos


PAN Y VINO

[FRAGMENTOS]

4

¡Dichosa Grecia! Oh tú, morada de los celestiales,
¿es cierto, entonces, lo que oímos en la juventud?
¡Oh sala de festines, cuyo suelo es el mar, sus mesas las montañas, para tan simple uso levantadas desde antaño!
Pero, ¿dónde los tronos?, ¿dónde los templos y las copas?,
¿dónde, llena de néctar, la canción que hubo de ser delicia de los dioses?
¿Dónde, oh, dónde brillan ahora los oráculos que nos golpean 
desde la distancia?
Delfos duerme, y la gran voz del destino ¿dónde suena?
¿Dónde el destino urgente? ¿Dónde, lleno de omnipresente
gozo, de qué cielos claros
surgido, quiebra los ojos con su tonante resplandor?

7
Pero llegamos tarde, amigos. Ciertamente los dioses viven 
todavía,
pero allá arriba, sobre nuestras cabezas, en un mundo distinto.
Allí actúan sin tregua, y no parece ser que les inquiete
si vivimos o no, ¡tanto los celestiales cuidan de nosotros!
Pues no siempre una vasija frágil puede contenerles,
el hombre soporta la plenitud divina sólo un tiempo.
Después, soñar con ellos es toda nuestra vida. Pero ayuda
el error,
como el estar dormido, y las necesidades y la noche nos dan fuerza
hasta que un suficiente número de héroes, crecidos en sus cunas
de bronce, sean valerosos, como acostumbran ser los celestiales.
Vendrán entonces como truenos. Pienso, mientras tanto,
mejor dormir que estar sin compañeros,
esperar de tal modo y qué hacer entre tanto y qué decir,
yo no lo sé, y ¿para qué poetas en tiempos de miseria?
Pero, me dices, son como santos sacerdotes del dios de los viñedos
que de una tierra vagan a otra tierra en la noche sagrada.

                       ( Hölderlin, Pan y vino. Versión de Jenaro Talens)



BROT UND WEIN

4
Seliges Griechenland! du Haus der Himmlischen alle,
Also ist wahr, was einst wir in der Jugend gehört?
Festlicher Saal! der Boden ist Meer! und Tische die Berge,
Wahrlich zu einzigem Brauche vor alters gebaut!
Aber die Thronen, wo? die Tempel, und wo die Gefässe,
Wo mit Nektar gefüllt, Göttern zu Lust der Gesang?
Wo, wo leuchten sie denn, die fernhintreffenden Sprüche?
Delphi schlummert und wo tönet das grosse Geschick?
Wo ist das schnelle? wo bricht's, allgegenwärtigen Glücks voll,
Donnernd aus heiterer Luft über die Augen herein?

7

Aber Freund! wir kommen zu spät. Zwar leben die Götter,
Aber über dem Haupt droben in anderer Welt.
Endlos wirken sie da und scheinens wenig zu achten,
Ob wir leben, so sehr schonen die Himmlischen uns.
Denn nicht immer vermag ein schwaches Gefäß sie zu fassen,
Nur zu Zeiten erträgt göttliche Fülle der Mensch.
Traum von ihnen ist drauf das Leben. Aber das Irrsal
Hilft, wie Schlummer, und stark machet die Not und die Nacht,
Bis daß Helden genug in der ehernen Wiege gewachsen,
Herzen an Kraft, wie sonst, ähnlich den Himmlischen sind.
Donnernd kommen sie drauf. Indessen dünket mir öfters
Besser zu schlafen, wie so ohne Genossen zu sein,
So zu harren, und was zu tun indes und zu sagen,
Weiß ich nicht, und wozu Dichter in dürftiger Zeit.
Aber sie sind, sagst du, wie des Weingotts heilige Priester,
Welche von Lande zu Land zogen in heiliger Nacht.



Johann Christian Friedrich Hölderlin, poeta, novelista y dramaturgo, es  una de las más destacadas figuras del romanticismo alemán. Hijo del administrador de un humilde seminario luterano, nació en una aldea de
Suabia en 1770. Destinado a la carrera teológica, pasó por diversos seminarios antes de ingresar en el de Tubinga, donde permaneció  cinco años. Allí estudió la cultura clásica y trabó amistad con los futuros filósofos Schelling y Hegel,  con quienes compartirá entusiasmo ante la Revolución Francesa. También escribió sus primeros poemas, en la huella de Schiller, por quien sintió una profunda admiración. En 1793 abandona el seminario y se emplea como preceptor de familias adineradas, entre ellas  la del banquero Gontard, con cuya esposa, Susette, inspiradora de sus Poemas a Diótima,  mantuvo una relación amorosa. En 1798  abandona su trabajo, y durante un tiempo se dedica a actividades de tipo político, publica su novela Hiperión o el eremita de Grecia y traduce textos griegos. A partir de 1801 empiezan a manifestarse en él síntomas de locura que obligan a internarlo en una clínica de Tubinga en 1806. Al año siguiente es recogido por el ebanista Zimmer, admirador de su obra, en cuya casa  -una torre construida en el siglo XIII, reconstruida y con magníficas vistas al río Nektar- muere en 1843. Entre sus poemas destacan sus grandes elegías: Stuttgard, Pan y vino y El Archipiélago. Su poesía es expresión del malestar romántico, el anhelo de evasión de un mundo doloroso,  en el que el poeta se siente desterrado,  hacia un ideal paradisíaco reflejado en el mundo griego clásico. 

Pan y vino, la más extensa de las elegías de Hölderlin (160 versos), pertenece a su etapa de madurez, años 1800-1801, si bien se revisó posteriormente y  no se publicó hasta 1894. Consta de nueve estrofas, formadas por dísticos y agrupadas de tres en tres. Trata sobre la ausencia de lo divino en el mundo: los dioses se han ido porque no pueden habitar en un mundo dominado por el pensamiento calculador y la adoración por la ciencia. En ese mundo la vocación del poeta es transmitir al pueblo el mensaje de los dioses recibido en signos que solo él puede descifrar. El poeta es, pues, un extraño en una época en que el ser humano vive impoéticamente,  permitiendo así la fuga de los dioses.
    Toda la composición está impregnada por el contraste entre el día y la noche, que representa  la oposición entre el tiempo lleno de Dios y el tiempo sin Dios: la noche se convierte en el presente incumplido y el día hace referencia al tiempo cumplido y brillante de la antigüedad griega, pero también a un anhelado tiempo futuro de plenitud. La oposición entre el día y la noche conecta con los sentimientos de tristeza y alegría, claves también en el poema, de modo que se entrelazan el tono elegíaco y el himno (alegría por la presencia de lo divino). En el centro del poema está Dionisos, el dios del vino en la mitología griega (el título original era Der Weingott, "el dios del vino"). También es el dios de la noche, del entusiasmo dionisíaco, de la locura inspirada y de la alegría. El poema relaciona elementos de la religiosidad órfica con elementos del cristianismo. Así, los términos pan y vino del título simbolizan no sólo el pan y el vino de la liturgia cristiana sino también los dones de Deméter y Dionisos.

La Torre Hölderlin, donde vivió el poeta, en Tubinga,
en una imagen de 1955. ULLSTEIN BILD (GETTY)


-Puedes leer un poema "La ventana de  Hölderlin", de Belén Gache: AQUÍ.