EL BLOG DE LA BIBLIOTECA "IRENE VALLEJO" DEL IES GOYA DE ZARAGOZA


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jueves, 16 de septiembre de 2021

"El juez", un cuento de Josefina Aldecoa




EL JUEZ

La tarde de domingo rezumaba su luz tristísima a través de los cristales. El silencio del domingo era un silencio hostil. Como si a la ciudad le hubieran arrebatado su ritmo habitual. Pocos coches, ningún camión; una ciudad abandonada, una ciudad de desertores.

Metros de moqueta blanca servían de pista al niño para sus juegos. Ensimismado, lanzaba uno en pos de otro los coches de carreras. Al tiempo que los impulsaba emitía sonidos agudos e hirientes.

El padre, derrumbado en una butaca, trataba de leer el periódico.

—No hagas ruido, por favor —dijo al niño.

—¿No te puedes estar quieto? —dijo la madre.

El padre levantó la cabeza de su lectura para advertir a la madre: los dos a la vez, no.

Ella se miraba las uñas, perfectamente arregladas; daba vueltas al brillante en el dedo larguísimo. Tenía las piernas dobladas en el sofá. Una mesa de cristal marcaba la frontera con la butaca de él.

—Creo que es un buen momento para puntualizar detalles, ¿no te parece?

Él no contestó, y señaló hacia el niño con un gesto.

—No importa —dijo ella—. Estoy hablando de detalles prácticos. Por ejemplo, ¿qué va a pasar con el verano?

Él dobló su periódico con un gesto de fastidio.

—No me hagas pensar en el verano. Estamos en febrero.

—Dentro de una semana es mi cumpleaños —dijo el niño.

Seguía moviendo los cochecitos pero ya no hacía ruidos.

—Estamos en febrero pero tú sabes muy bien que los planes cada vez hay que organizarlos con más tiempo. Acuérdate el año pasado. Nos quedamos sin la villa que nos gustaba por tu culpa, por haber dicho lo mismo: es pronto todavía…

—Tienes la especialidad de machacar con los detalles prácticos como tú dices y olvidar el fondo de la cuestión.

Ahora fue ella la que señaló en dirección al niño arrodillado en el suelo.

—Creo que el fondo de la cuestión quedó ya claro la semana pasada cuando fuimos a ver a Luis a su despacho.

—Quedó claro, desde luego, quedó clarísimo…

—Por eso yo insisto que hoy es domingo, no está el servicio, estamos juntos con una tarde por delante y es buen momento para decidir por ejemplo qué va a pasar con el verano.

Él hizo un gesto de hastío. Aparentemente se dio por vencido.

—Decide tú. Elige tú —murmuró.

—Yo estoy dispuesta a ir a Mallorca, ya lo sabes, pero necesito saber qué fechas, qué hago con el servicio. Si te quedas aquí necesitarás a alguien y en cualquier caso podemos repartírnoslo. Tú me dejas a Juani y te llevas a Elisa… El mecánico puede tomarse vacaciones. Yo no lo necesito para nada.

—Quiero que venga Eloy con nosotros —intervino el niño. Pero nadie le contestó.

—Comprenderás que si tú vas a Mallorca me estás obligando a mí a quedarme. No vamos a ir los dos, a montar números —dijo él.

—Pero tú podrías quedarte en el barco todo el tiempo. ¿Por qué no? Y tienes el club como un pied a terre. O quédate en el hotel para mayor comodidad, para cambiarte cuando estés en tierra y tengas una fiesta o algo…

—Perdona; me molesta hablar de todo esto. No estoy para fiestas.

—Pero tendrás que estar —dijo ella.

—O no.

—No me lo creo conociéndote.

—Perdona —insistió él—te repito que no podemos estar los dos en el mismo sitio después de la situación creada… —y volvió a hacer un gesto que implicaba preocupación por la presencia del niño.

—¿Sabes la casa que yo quería alquilar? Aquella de los pinos hasta el mar que está tan cerca de Deia, pero no en el mismo Deia. La que tuvieron los Briviesca el verano pasado.

Él no contestó. Volvió a coger el periódico. Volvió a sumirse, aparentemente, en la lectura. El niño levantó la cabeza y los miró a los dos, primero a uno, después a la otra, por separado. Y siguió empujando cochecitos hasta la meta: el radiador empotrado, al otro extremo del salón.

—Tu táctica de siempre: si no hablo de las cosas no existen. Si no hablo de las situaciones, no existen —dijo ella.

El teléfono sonó entre los dos y ella esperó unos instantes antes de alargar la mano hacia la mesa.

—¿Sí? —preguntó.

Y en seguida le alargó el auricular.

—¿Sí? —dijo él. Y luego—: Mamá, ¿qué pasa? A mí nada. ¿Qué me va a pasar? Estamos en casa con el niño. No teníamos ganas de hacer planes. Hace frío… Ahora se pone…

El niño había suspendido su juego por un momento y miraba a su padre.

—Ponte —le dijo él.

Y el niño fue corriendo.

—Abuela… No, no puedo… No me quieren llevar, seguro que no quieren… Juego con los coches… Sí, abuela. Adiós, abuela —y colgó.

—¿Qué te decía la abuela? —preguntó ella.

—Que por qué no me llevabais a su casa.

—Estás muy bien aquí ¿no?, con tus cochecitos y papá y mamá —dijo él.

—Tu madre muy oportuna —comentó ella.

Y él no contestó.

—La abuela me va a regalar unos esquís nuevos para mi cumpleaños —advirtió el niño—, unos Kestle.

—Ese es otro asunto a tratar. ¿Qué pasa con la nieve? —dijo ella—. El niño, ¿va con el colegio o va contigo? Tengo que contestar lo más tarde el miércoles. Se van dentro de quince días…

—Este año no iré a la nieve —dijo él sin dejar de mirar las páginas extendidas—. Así que decide lo que te parezca.

—Si tú no vas iré yo. Y el niño podría ir conmigo y con el colegio, ¿no te parece?

Él no contestó.

—¿Me quieres decir para qué tenemos el apartamento de Baqueira si no vamos ninguno de los dos?

Él siguió en silencio. Ella se levantó y se dirigió al carrito de las botellas y los vasos. El cubo estaba lleno de hielo. Cogió con la mano unos cuantos trozos y se sirvió un buen chorro de Bombay.

—Amor mío —dijo dirigiéndose al niño—, ¿te importaría traerme una tónica de la cocina?

El niño abandonó el juego dócilmente y salió del salón. Entonces ella se volvió airada hacia él y casi le gritó.

—Me tienes harta de tus silencios y tus hermetismos. Contéstame cada vez que te digo algo. Dime qué piensas hacer para que yo pueda empezar a organizar mi vida a mi manera. Quedamos que estaríamos así hasta el curso que viene cuando el niño vaya a Suiza. Pero si sigues en ese plan, precipitaré las soluciones…

El niño entraba ya con su botella y la madre la tomó de sus manos con un: “gracias mi vida”, cortés y lejano.

El padre dobló el periódico en cuatro partes, como queriendo señalar que iba a dejar su lectura definitivamente. Se cruzó de brazos y la miró desafiante, esperando sus nuevas intervenciones.

—Estoy dispuesto —dijo—. Empieza…

—Por última vez, ¿qué vas a hacer este verano? —preguntó ella.

—Me iré a esquiar a Bariloche.

—Muy bien, de acuerdo. Yo alquilaré la casa que quiero para dos meses. En julio me llevaré a Juani y Elisa y… —señaló con una leve indicación al niño que jugaba de espaldas a ellos.

—Pero, ¿qué pasará en agosto? —continuó—. Porque supongo que en agosto querrás tú hacer algo especial —y volvió a señalar, avanzando el mentón, a su hijo.

—No te preocupes de agosto. Ya pensaré algo…

El niño se levantó de pronto y dijo:

—Voy a merendar. He visto que Elisa me dejó la merienda preparada en el frigorífico.

Su anuncio no causó ningún efecto. Cuando volvió con el sándwich en una mano y el vaso de leche en la otra, los padres seguían en silencio y en la misma postura que los había dejado. Al verle entrar, los dos le miraron.

—Por favor, una bandeja, un plato —dijo ella.

—Tiene siete años —dijo él.

—No me desautorices, por favor…

El teléfono volvió a sonar. Ahora, ella no alargó la mano y esperó a que él lo cogiera.

—Dígame —ordenó él. Y esperó unos segundos.

—Un momento —dijo. Y le alargó el teléfono.

Mientras ella hablaba, él se levantó y se dirigió al gran ventanal. Apartó un poco la cortina de encaje y miró abajo, a la calle tranquila. Un breve jardín los separaba de la acera. Del garaje salió un coche. El Porsche de Juanjo Roca. En el teléfono, la conversación fluía en monosílabos lentos, arrastrados.

—Mañana.

—…

—No.

—…

—… Figúrate.

—…

—Sí.

—…

—Adiós.

—Ese ruido era del Porsche de Juanjo, un 959. Lo tengo —dijo el niño.

Y buscó entre su flota un Porsche diminuto, plateado y brillante.

—Es éste —dijo.

El padre regresó a la butaca. Se sentó con parsimonia y preguntó:

—¿Continuamos?

Ella se había quedado pensativa y bebió de su copa antes de contestar.

—Queda la nieve, ¿qué hacemos con él?

—Que vaya con el colegio y que no vaya contigo. No creo que le convenga perder tantos días —dijo él.

—Bien.

—¿Algo más? ¿No tenías tantas cosas que concretar, tantos detalles prácticos?

Ella seguía abstraída, como pensando en otra cosa, en otro asunto, algo que la separaba del niño y de él y de las decisiones que la urgía tomar.

De pronto se dirigió al niño, le pidió que se acercara, le cogió de las manos y le hizo una pregunta.

—Dime, amor mío, si tú tuvieras que elegir entre irte a vivir con papá o con mamá, ¿a quién preferirías?

El niño sonrió inocentemente, distraído, miró hacia los cochecitos abandonados, como deseando volver a su juego solitario. Luego los miró a los dos, primero a uno, luego a la otra. Y volvió a sonreír.

—Con ninguno de los dos —fue su respuesta.

(En Cuentos de este siglo. Ángeles Encinar (ed.), Barcelona, Lumen, 1995)

 

Josefina Aldecoa en una imagen de 2005. CRISTÓBAL MANUEL.
(El País)

Josefina  Aldecoa (o Josefina R. Aldecoa) es el nombre con el que se dio a conocer como escritora Josefina Rodríguez Álvarez (La Robla, León, 1926-Mazcuerras, Cantabria, 2011). Nació en una familia muy ligada a la enseñanza, puesto que su madre y su abuela fueron maestras que participaron de la ideología de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Vivió en León, donde formó parte del grupo (compuesto, entre otros, por Nora, Crémer y González de Lama)  que produjo la revista 'Espadaña' (1944-1951), vehículo para una poesía de tono desarraigado.

En 1944 se trasladó a Madrid, donde estudió Filosofía y Letras y se doctoró en Pedagogía con una tesis sobre la relación de la infancia con el arte, publicada después con el título El arte del niño (1960). En la facultad entró en contacto con un grupo de amigos que más tarde formarían parte de  la Generación de los 50: Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Jesús Fernández Santos e Ignacio Aldecoa,con quien se casó en 1952 y con quien tuvo una hija, Susana. 

En 1959 fundó el colegio Estilo, un centro educativo laico y mixto, en pleno franquismo, cuya línea educativa se basaba en el krausismo (base ideológica de la ILE), en las ideas recogidas en su tesis y en lo observado en colegios británicos y estadounidenses. Ubicado en un chalet de la madrileña colonia de El Viso, acogió durante años a los hijos de la intelectualidad madrileña, que recibieron una enseñanza basada en el razonamiento y en la tolerancia,  con la que se pretendía, sobre todo, potenciar el pensamiento crítico. 

En 1961 publicó la colección de cuentos A ninguna parte. En 1969 falleció Ignacio Aldecoa, y durante los diez años siguientes, Josefina se centró en la docencia y permaneció apartada de la literatura, hasta que en 1981 apareció su edición crítica de una selección de cuentos de Ignacio Aldecoa. A partir de ese momento, reanudó su actividad literaria, adoptando el apellido de su esposo. Ha publicado la memoria generacional Los niños de la guerra (1983), el libro infantil Cuento para Susana (1988); las novelas La enredadera (1984), Porque éramos jóvenes (1985), El vergel (1988), El enigma (2002), Hermanas (2008) y la trilogía de contenido autobiográfico formada por Historia de una maestra (1990), Mujeres de negro (1994) y La fuerza del destino (1997); el ensayo Confesiones de una abuela (1998); Fiebre (2000), antología de cuentos escritos entre 1950 y 1990. Madrid, otoño, sábado (2012) es una recopilación de todos sus cuentos que incluye los libros A ninguna  parte y Fiebre, además de los cuentos sueltos Cuento para Susana y El mejor (1998).

[Imagen inicial: guiadelnino.com]

domingo, 12 de septiembre de 2021

"Tanto gentile", de Dante Alighieri

Henry Holiday, Dante y Beatriz, 1884


Tanto gentile

Tanto es gentil el porte de mi amada,
tanto digna de amor cuando saluda,
que toda lengua permanece muda
y a todos avasalla su mirada.

Rauda se aleja oyéndose ensalzada
—humildad que la viste y que la escuda—,
y es a la tierra cual celeste ayuda
en humano prodigio transformada.

Tanto embeleso el contemplarla inspira,
que al corazón embriaga de ternura:
lo siente y lo comprende quien la mira.

Y en sus labios, cual signo de ventura,
vagar parece un rizo de dulzura
que al alma va diciéndole: ¡Suspira!

(Versión al castellano de Carlos López Narváez)

Muéstrase tan hermosa y recatada
la dama mía si un saludo ofrece
que toda lengua, trémula, enmudece
y los ojos se guardan la mirada.

Sigue su rumbo, de humildad nimbada,
y al pasar ella su alabanza crece.
Desde los cielos descender parece
en virtud de un milagro presentada.

Tan amable resulta a quien la mira,
que por los ojos da un dulzor al seno
que no comprenderá quien no lo sienta.

Y hasta parece que su boca alienta
un hálito agradable, de amor lleno,
que va diciendo al corazón:"¡Suspira!"

(La vida nueva, www.elaleph.com, 1999)

Versión original:

Tanto gentile e tanto onesta pare
la donna mia, quand'ella altrui saluta,
ch'ogne lingua devèn, tremando, muta,
e li  occhi no l'ardiscon di guardare.

Ella si va, sentendosi laudare,
benignamente d'umiltà vestuta,
e par che sia una cosa venuta
da cielo in terra a miracol mostrare.

Mostrasi si piacente a chi la mira
che dà per li occhi una dolcezza al core,
che 'ntender no la può chi no la prova;
e par che de la sua labbia si mova
un spirito soave pien d'amore
che va dicendo a l'anima: Sospira.

De Vita nuova


Dante Alighieri  fue un pensador y poeta italiano autor de la Divina Comedia, la obra maestra de la 
Sandro Boticelli, Retrato de Dante, 1495
literatura italiana y una de las cumbres de la universal. Está considerado el padre del idioma italiano porque quiso crear un patrón lingüístico que superase las numerosas hablas dialectales de la Italia de su época.

Su verdadero nombre era Durante di Alighero degli Alighieri. Son pocos los datos que conocemos sobre su vida, casi siempre transmitidos de manera indirecta por el propio poeta. Nació en Florencia, cuando Italia estaba formada por un mosaico de pequeños estados, en el seno de una antigua familia noble venida a menos: un tatarabuelo suyo fue un ilustre Cacciaguida, a quien el escritor colocaría en el Paraíso (XVI) de la Comedia. Su padre, el notario Alighero di Bellincione, que había hecho fortuna con el comercio, contrajo matrimonio con una joven noble, Gabriella (Bella) degli Abati, muerta cuando Dante era un niño.  Desconocemos la fecha exacta de su nacimiento, pero teniendo en cuenta las alusiones autobiográficas diseminadas por su obra se cree que pudo nacer entre el 21 de mayo y el 21 de junio (en el Paraíso afirma haber nacido bajo el signo de Géminis) del año 1265 (en el Infierno indica que en 1300, al iniciar su gran obra, se encuentra "nel mezzo del camin di nostra vita", es decir, que tendría treinta y cinco años, ya que entonces se fijaba en setenta la duración de la vida humana). Sí se conoce, en cambio, la fecha de su bautismo, el 26 de marzo de 1266, en una ceremonia colectiva celebrada en el baptisterio de San Giovanni. En su ciudad natal aprendió retórica y filosofía con el maestro Brunetto Latino -a quien sitúa en el Infierno (XV), entre los homosexuales, pero le muestra gran veneración- y fue amigo del poeta Guido Cavalcanti, uno de los creadores de la corriente poética denominada dolce stil novo. Parece que estudió en la universidad de Bolonia.

A los nueve años, según afirma en su Vita nuova, se enamoró de una niña de casi su misma edad a quien llama "Beatrice", "la que da felicidad". No volvió a verla hasta nueve años después. El segundo  encuentro tuvo lugar en el puente de la Santísima Trinidad de Florencia la tarde el 30 de abril de 1283, cuando Beatriz, vestida de blanco, caminaba en compañía de dos mujeres y lo saludó amablemente. Dante intentaba ocultar su pasión fingiendo amar a otras mujeres y su amada, más tarde, le retiró el saludo. Beatriz encarnará para él el ideal de donna angelicata, un concepto clave en el dolce stil novo, corriente poética de la que formará parte Dante. La donna es encarnación de todo lo ideal y espiritual, inspiradora de un amor "purificado y purificador", que eleva espiritualmente al amante  Según la Vita nuova, Beatriz murió en 1290, a los veinticuatro años, después de que el poeta la hubiera visto muerta en un sueño. Un año más tarde el poeta conoce a otra mujer de la que cree estar enamorándose, cuando tiene una visión en la que Beatriz lo exhorta a no volver a hablar de ella hasta poder hacerlo más dignamente. Beatriz ha sido identificada con Bice Portinari, que vivió en Florencia en una casa próxima a la de Dante y contrajo matrimonio en 1287 con el banquero Simone dei Bardi. J. L.Borges resume así, en Nueve ensayos dantescos, la relación entre Dante y Beatriz:
Enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible. Que Dante profesó una adoración idolátrica  es una verdad que no cabe contradecir; que ella una vez se burló de él y otra vez lo desairó son hechos que registra la Vita nuova [...]. Infinitamente existió Beatriz para Dante. Dante, muy poco, tal vez nada, para Beatriz: todos nosotros propendemos por piedad, por veneración, a olvidar esa lastimosa discordia inolvidable para Dante.
Dante en un retrato atribuido a Andrea 
del Castagno, c. 1450. Ufizzi
Cuando Dante tenía doce años se acordó su matrimonio con Gemma Donati, cuya familia era una de las más importantes de Florencia. Más tarde la familia se convirtió en punto de referencia del partido de los güelfos negros y Corso Donati, hermano de Gemma, en el principal enemigo político de Dante. En 1285, cuando Dante tenía veinte años (o en 1291, tras la muerte de Beatriz) se celebró el matrimonio, del que nacieron tres hijos (o cuatro, según otras versiones): Jacopo, eclesiástico; Pietro, que llegó a ser juez en Verona, y Antonia, convertida en monja, tras la muerte de su padre, con el nombre de sor Beatriz. Dante no dedica en su obra ni una sola mención a su esposa ni hay constancia de que esta lo acompañara durante su exilio.

Tras su matrimonio, tomó parte en algunos hechos de armas contra enemigos de Florencia y en la década de los noventa, una época muy convulsa en la historia de Florencia,  comenzó a intervenir en la política comunal, para ello los nobles debían adscribirse a un gremio, y Dante lo hizo en el de los médicos y farmacéuticos. En el ejercicio de la política, el escritor, que llegó a ser nombrado prior de la ciudad en 1300, se vio envuelto en la sangrienta disputa entre las dos facciones (blancos y negros) en que se dividió el partido de los güelfos, que dominaba la ciudad. Los güelfos defendían el poder temporal del papa, frente a los gibelinos, los altos potentados feudales, partidarios del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Dante era seguidor de los güelfos moderados o blancos, que aceptaban las demandas populares y propugnaban un acercamiento entre el emperador y el papado, mientras que la facción de los güelfos negros era liderada por su cuñado, Corso Donati. Cuando en 1294 Bonifacio VIII llegó al papado, quiso tomar el control de la ciudad de Florencia con el apoyo de los negros. En 1301, mientras Dante acudía a una embajada ante el papa, los negros tomaron el poder en la ciudad y desterraron a los blancos. El escritor, retenido en Roma contra su voluntad, fue acusado de varios delitos (corrupción, malversación, fraude..., y de haber obstaculizado la voluntad de Bonifacio durante su etapa como prior), se le impuso una multa de 5.000 florines y fue condenado a dos años de destierro y a inhabilitación permanente para ocupar cargos públicos. Como se negó a comparecer ante el tribunal en marzo de 1302 ya que no se consideraba culpable, fue condenado en rebeldía y sentenciado a ser quemado vivo en la hoguera. Nunca regresaría a su ciudad. 

Poco a poco perdió la esperanza en el regreso que mantuvo los primeros años y, desilusionado de sus compañeros de partido, fue aproximándose a las posiciones de los gibelinos pues puso en Enrique VII de Luxemburgo, emperador germánico que se propone ejercer una autoridad unificadora en Italia,  las esperanzas de que restableciera el orden en Florencia, defraudadas definitivamente con la muerte de este en 1313. Con la amnistía de  1315 las autoridades florentinas le ofrecieron la posibilidad de regresar a su tierra a condición de pagar una importante multa, vestir saco de penitente y  reconocer públicamente su culpabilidad, pero él se negó a aceptar una proposición tan injusta como humillante. Durante sus años de destierro desempeñó tareas diplomáticas y escribió la Divina Comedia. Vivió protegido por distintos señores antes de aceptar en 1318 la hospitalidad de Guido da Polenta, señor de Rávena, con quien ejerció como secretario. Este, en 1321, lo envió a Venecia para que mediara en el litigio que los enfrentaba por la adjudicación de unas salinas. Triunfó como diplomático consiguiendo que la explotación de las salinas siguiera en manos de Rávena, pero se infectó de malaria y, con cincuenta y seis años, falleció en  la noche del 13 al 14 de septiembre en Rávena, ciudad donde recibió sepultura por expreso deseo del escritor. Los florentinos, que llevan siglos reclamando sus restos, le construyeron un cenotafio en la basílica de Santa Croce, en el que puede leerse: "Honrad al más alto poeta".

Tumba de Dante en Rávena. GIACOMO BANCHELLI. (turismo.ra.it)

OBRA POÉTICA

Dante empieza siendo un poeta del dolce stil novo, escuela poética de la que él mismo se considera el mejor poeta, tras haber superado con el tiempo a Guido Guinizzelli y Guido Cavalcanti, como afirma en un pasaje de su Comedia. Su obra juvenil, que incluye otras rimas como las Rime pietrose, alcanza su mayor dimensión en la Vita nuova, obra escrita entre 1292 y 1293, poco después de la muerte de Beatriz. Escrita en toscano (lengua vulgar que se convertirá en matriz del italiano), consta de cuarenta y dos capítulos en los que narra su pasión por Beatriz e intercala treinta y un poemas, explicando las circunstancias de su composición  y comentando tanto el contenido como la estructura. Para Esperanza Seco Santos, la Vita nuova 
Es un lamento inextinguible, es el incienso que el alma de Dante eleva a Beatriz, vino a ser el anuncio de su inmortalidad, porque después crearía la mayor epopeya por la cual sería luego llamado el "Homero cristiano".

TRATADOS EN PROSA

Durante los primeros años de su exilio escribió importantes tratados en prosa. En el primero de ellos, Convivio (1303-1308), obra inconclusa escrita en toscano para que fuese entendida por quienes no sabían latín, pretende reunir, a través del comentario de varios cantos doctrinales,  los conocimientos más importantes necesarios para quienes se dedicasen a la actividad pública sin haber cursado estudios regulares.  De monarchia (1310), escrito en latín, es una llamada a la unidad de los italianos y un compendio de las ideas políticas de Dante, entre ellas, la necesidad de la existencia de un Sacro Imperio Romano y la separación de la Iglesia y el Estado. La autoridad temporal del emperador y la espiritual del papa, aun siendo autónomas, han de cooperar en la salvación de la cristiandad. De vulgari eloquentia, escrito en latín entre  1303 y 1305, es el primer manifiesto en favor de la creación de una lengua literaria nacional italiana, apta para la expresión de temas nobles, frente al monopolio del latín. Dante no identifica el italiano con ninguno de los numerosos dialectos hablados en la península itálica, sino con la lengua hablada en la corte o  la curia, o con la lengua vernácula depurada por los poetas.

LA DIVINA COMEDIA

La Divina Comedia, escrita en su lengua vulgar toscana, es su obra de madurez, que le ha dado fama imperecedera. Dante no tituló su poema, pero se refería a él como "poema sacro" o "comedia", ya que termina felizmente y está compuesto no en el tono elevado de la tragedia sino en el más directo y flexible de la comedia. El adjetivo "divina", añadido por Boccaccio, no figura hasta tardías ediciones del siglo XVI. Se trata de un extenso poema  alegórico compuesto por 14.333 versos, en el que Dante trabajó al menos durante los últimos quince años de su vida. Boccaccio, en su Vida de Dante, cuenta que el poeta tuvo la intuición de su gran poema durante su época de prior de Florencia, concretamente el 10 de junio de 1300, mientras contemplaba desde lo alto la ciudad cuya vida trataba de ordenar. Boccaccio añade que, al ser desterrado en 1302, Dante tenía escritos los siete primeros cantos del Infierno, pero los estudiosos creen que el Infierno se escribió entre 1304 y 1308; el Purgatorio, a partir de 1308, y el Paraíso desde 1316 hasta 1320.

El poema refiere el viaje del poeta por las tres regiones de ultratumba de la escatología cristiana: infierno, purgatorio y paraíso. Su rigurosa construcción se articula en torno al número tres, número de la Trinidad cristiana.  Compuesto en versos endecasílabos agrupados en tercetos, se divide en tres partes (Infierno, Purgatorio y Paraíso), llamadas Cantigas, formadas por treinta y tres cantos cada una, más uno introductorio, lo que hace un total de cien cantos, el número perfecto según el pensamiento medieval. Nueve (múltiplo de tres) es el número de los círculos infernales y de las plataformas del purgatorio (antepurgatorio, siete gradas del purgatorio y Paraíso terrenal), así como de los cielos del paraíso.

En el canto de introducción el autor se encuentra extraviado en una selva oscura, porque ha perdido la senda verdadera. Divisa a lo lejos un monte y, cuando se dirige hacia él, encuentra el camino cortado por una pantera, una loba y un león, triple alegoría de la lujuria, la codicia y la soberbia. Cuando retrocede espantado, le sale al encuentro el poeta Virgilio, enviado para devolverlo al recto camino, pasando por las regiones del Infierno y el Purgatorio, en las que él será su guía, y por el Cielo con la ayuda de un alma más digna, la propia Beatriz, ya que Virgilio, por su condición de pagano, se encuentra relegado en el limbo y privado de la contemplación de la divinidad. 

Esquema del Infierno de Dante. (elcuadernodigital.com)

Junto al poeta latino atraviesa la puerta donde figura la famosa advertencia: "Abandonad toda esperanza los que entráis aquí", y emprende su recorrido por el infierno, situado bajo el monte Gólgota de Jerusalén y concebido como un enorme embudo dividido en distintos círculos que hay que bajar hasta llegar al centro de la Tierra, donde se encuentra Lucifer. En el  limbo están los más célebres poetas de la antigüedad.  Los condenados se encuentran ordenados siguiendo la escala de Aristóteles: incontinencia, bestialidad y malicia. Dante inventa torturas, espacios y monstruos, y mezcla personajes tomados de la antigüedad grecolatina (Ulises, entre los ladrones; Bruto, traidor a César) con otros del pasado reciente de Italia (los amantes Paolo y Francesca, el conde Ugolino, el caudillo gibelino Farinata, el padre de Guido di Cavalcanti, etc.). De igual modo introduce en el infierno cristiano elementos procedentes de la mitología grecolatina, como Caronte, Minos, las arpías o el Cancerbero, guardianes de los diferentes círculos.
Visión cosmogónica de Dante, Divina Comedia

Atravesando la tierra desde   su centro hasta las antípodas de Jerusalén llegan a la montaña del Purgatorio, que se alza en una isla en medio del océano que ocupa el hemisferio Austral. Un ángel guarda su puerta y escribe siete letras "p" en la frente del poeta, en representación de los siete pecados capitales. En cada repecho de la montaña se purga uno de estos pecados y al pasar a la cornisa siguiente un ángel borra una de las letras de la frente de Dante, simbolizando así el proceso de purificación. La subida es cada vez más ligera a medida que se acercan a la cumbre, donde se encuentra el Paraíso terrenal. Tras un nuevo proceso de purificación y una procesión alegórica, Virgilio, que representa la razón  y la sabiduría pagana, abandona a Dante que, guiado por Beatriz, representación de la teología cristiana, se dispone a ascender al Paraíso. 

Con la guía de  Beatriz, que le alecciona en las verdades teológicas, Dante va subiendo, de una a otra, las nueve esferas que rodean la Tierra, que ocupa el centro del universo. Cada esfera está regida por uno de los planetas hasta entonces conocidos, más la Luna, el Sol y las estrellas fijas. El círculo final, el Empíreo, es la sede de los bienaventurados.  En cada esfera halla a personajes relacionados con los influjos astrológicos de cada planeta: en el cielo de la Luna encuentra a aquellos que forzosamente faltaron a sus votos; en el de Mercurio a los que obraron para conquistar fama, entre ellos, el emperador Justiniano, que le cuenta a Dante la historia del Imperio romano; en el de Venus a los que estuvieron bajo el influjo del amor; en el cielo del sol a los espíritus sabios (Tomás de Aquino); en el de Marte a los que lucharon por la fe (su antepasado Cacciaguida); en el cielo de Júpiter, las almas de los hombre justos; el cielo de Saturno alberga los espíritus contemplativos, como san Benito, narrador de la historia de la orden benedictina. Tras una aparición del triunfo de Cristo y de la Virgen, tres apóstoles examinan a Dante sobre las virtudes teologales y Adán le resuelve ciertas dudas. En el noveno cielo, formado por nueve esferas, Dios se muestra como un punto luminoso. En el Empíreo, sede de los ángeles y los santos en forma de rosa, Beatriz lo abandona para ocupar su lugar en el coro de los santos. El poeta escucha la explicación de San Bernardo sobre la estructura del Paraíso, antes de contemplar una visión inefable de la Trinidad, con la que termina su viaje.

La Comedia es una obra sumamente rica y compleja, ya que en el relato de ese viaje iniciático Dante nos  ofrece una síntesis de la sabiduría pagana y la cristiana, así como una reflexión sobre el misterio de la redención. Pero es también un vastísimo fresco del pasado reciente y del presente de la política italiana, incluyendo la reflexión sobre su propio destierro y el ajuste de cuentas con sus enemigos políticos. Refleja, asimismo, numerosos pormenores de la vida cotidiana de su tiempo y una muy variada gama de sentimientos humanos. Por otra parte, las combinaciones numerológicas y el repertorio de símbolos enigmáticos la convierten en un campo de especulaciones esotéricas.

Cristóbal Rojas, Dante y Beatriz a orillas del río Leteo, 1889


El poema elegido, del que ofrecemos dos versiones en castellano, es uno de los más conocidos de Dante y se encuentra intercalado en el capítulo XXVI de la Vita nuova. En él se describe "la aparición de la donna amada entre la gente, rodeada de alabanzas y difundiendo un hálito de pureza y bienaventuranza celeste" (Valverde).  Así explica Dante las circunstancias de la composición de este soneto:
La gentilísima mujer de quien anteriormente he hablado era tan admirada por las gentes, que cuando iba por las calles corrían todos a contemplarla, lo cual me alegraba sobremanera. Y cuando ella estaba cerca de alguien, tanta honestidad infundíale en el corazón, que no osaba levantar la cabeza ni responder a su saludo [...]. Coronada y vestida de humildad pasaba ella, sin mostrar vanagloria de lo que veía y oía. Y cuando había pasado, decían muchos: "No es una mujer, sino un hermosísimo ángel del cielo". Otros decían: "¡Qué maravilla! ¡Bendito sea el señor que tan admirables obras produce!". Mostrábase, en efecto, tan bella y colmada de hechizos, que quienes la miraban sentíanse invadidos por una dulzura tan honesta y suave, que no podían expresarla, a más de que al principio se habían visto obligados a suspirar. Estos efectos y otros más admirables producía mi amada, por lo cual yo, pensando en ello y queriendo volver al estilo de su alabanza, decidí escribir unos versos en los que diese a entender sus admirables y excelentes influencias, no tan sólo para dirigirlos a quienes podían verla en la realidad, sino para los demás, a fin de que procuren saber de ella lo que las palabras no pueden entender. 
Referencias:
-Alighieri, Dante, La vida nueva, www.elaleph.com, 1999.
-Borges, Jorge Luis, Nueve ensayos dantescos, Alianza, 2002.
-Seco Santos, E. (1990). Cultura italiana: Dante y su "Divina Comedia". Didáctica. Lengua y Literatura, 2, 231. Recuperado a partir de https://revistas.ucm.es/index.php/DIDA/article/view/DIDA9090110231A
-Valverde, José María, "Hacia el Renacimiento en Italia. Dante", en M. de Riquer y J. M. Valverde, Historia de la Literatura universal, vol. 4, Planeta, Barcelona, 1984.
-VV. AA., Literatura Universal. Bachillerato, Akal, 1998.
 
Estatua de Dante en Florencia (detalle). CLÉMENT BARDOT. (Wikimedia)

domingo, 5 de septiembre de 2021

"Planes de futuro" y otro poema de Rosa Berbel

Arenal de la Mangueta, Barbate. GONZALO AZUMENDI
(El Viajero)


PLANES DE FUTURO

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas,
llegar a fin de mes,
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.

Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
pero ante el mar soñamos
un milagro:
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro,
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta.

Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente,
porque nosotros discutimos,
porque no hay nada aquí que nos divierta.

Tenemos casa, hijos y demasiado miedo
a la muerte, a los contratos temporales,
como la gente normal, miedos
de gente feliz, miedos felices,
como este insomnio dulce de los días
antiguos o esta nostalgia común
y rutinaria.

Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,
no cogemos aviones
porque hemos olvidado
cómo decir te quiero en otras lenguas,
la violencia del viaje,
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.

Tenemos cuarenta años y una vida feliz
feliz sin contratiempos,
una vida segura,
equilibrada.

Pero después del amor, de la rutina,
la propiedad privada y el verano,
la realidad regresa
inconformista.


EL AMOR MODIFICA LA TRAYECTORIA 
DE LOS VIAJES

La suerte del amor es ese instante
en que vuelves a casa
como un niño
y te preguntas de nuevo cuánto falta
cuánto falta otra vez
para el futuro.

De Las niñas siempre dicen la verdad, Hiperión, 2018

Rosa Berbel. Foto:Carlos Allende. (elcultural.com)


Rosa Berbe
l (Estepa, Sevilla, 1997) es una poeta española, graduada en Literaturas Comparadas y máster en Estudios Literarios y Teatrales por la Universidad de Granada. Ha prologado la reedición de Poeta en Nueva York de García Lorca (Austral, 2020) y antologado junto a Juan Domingo Aguilar la muestra de poesía joven Piel fina (Maremágnum, 2019). En 2016  resultó ganadora de la IV Edición del Certamen Ucopoética. Su primer libro, Las niñas siempre dicen la verdad (Hiperión, 2018), fue ganador del XXI Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, y galardonado también con el Premio de la Crítica de Andalucía a la mejor Ópera Prima y el Premio Ojo Crítico de Poesía de RNE. Poemas suyos han sido incluidos en antologías como La pirotecnia peligrosa: 11 poetas sevillanos para el siglo XXI (2015), Supernova (2016) o Algo se ha movido (2018).

jueves, 2 de septiembre de 2021

"El ahogado más hermoso del mundo", de Gabriel García Márquez



Derek Walcott, Seascpes with Figures


 

 El ahogado más hermoso del mundo

 

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes[1] y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora[2] y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante[3] de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquel era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos[4] de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

—Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores  y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro[5]. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la medianoche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de la casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y el recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes[6] y botavaras[7], y las amarraron con carlingas[8] de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tantos quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas[9] que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubiera dicho Sir Walter Raleigh[10], quizás hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya[11] en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo[12], sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esa porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

 

(Gabriel García Márquez, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada y otro relato, Relato corto, Aguilar, 1994, págs. 71-79)



[1] cardúmenes: Bancos de peces.
[2] rémora: Pequeño pez que se adhiere a otros mayores o a objetos flotantes para desplazarse y obtener su alimento.
[3] bramante: Tejido de hilo de cáñamo.
[4] dédalos: Laberintos.
[5] Lautaro: Caudillo araucano que derrotó en varias ocasiones a los españoles. Su valentía fue cantada por Alonso de Ercilla en La Araucana.
[6] trinquete: Palo vertical en la proa del barco.
[7] botavara: Palo horizontal que sujeta la vela cangreja.
[8] carlinga: Pieza en la que encaja la arboladura del buque.
[9] calderetas: Pequeños recipientes para el agua bendita.
[10] Sir Walter Raleigh: Marino inglés (1552-1618). Luchó contra la Armada Invencible y participó en expediciones como la exploración de las Guayanas y el saqueo de Cádiz.
[11] guacamaya: Papagayo.
[12] sábalo: Pez marino.

"El ahogado más hermoso del mundo", escrito en 1968, fue incluido junto a otras seis narraciones en la colección de cuentos publicada en 1972 bajo el título La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada.

En los siguientes enlaces puedes leer sendos análisis del cuento: