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domingo, 27 de mayo de 2018

"Para decir por fin la primavera...", de Vicente Valero





     LA SUBIDA

           [FRAGMENTOS]


Para decir por fin la primavera,
para decirla toda enteramente,
por fin y hasta el final,
a solas -y ahora ya con esta luz
nueva en el bosque:
luz llena de caminos invisibles,
de claros con sentido-,
subo hasta aquí en silencio cada día,
subo sin más, acudo
siempre y con sed a donde deseaba,
te vengo a ver a ti,
árbol azul y fuerte, sin descanso,
para decir que yo la he visto, entera,
la primavera toda,
que la conozco de verdad,
árbol lleno de estrellas muchas veces,
o que me llama sin saberlo,
con sus palabras húmedas,
lentamente...

[...]

Para decir que sí, que yo la he visto,
la primavera entera, de verdad,
llena de nuevas claridades, rojos
abiertos, llena de amarillos,
de extraños amarillos casi verdes,
subo hasta aquí en silencio,
hasta llegar a ti, árbol del bosque,
árbol que estás (me digo)
siempre allá arriba, en el reflejo
total y cíclico del sol,
en la llanura azul del cielo,
pero mirando al mar. (Sé que oyes olas
en ti, y el mar oye las tuyas,
las olas de tus ramas,
cuando el aire las trae, las lleva y las extiende,
en paz y sin descanso,
solo y despacio, cada día,
siempre desde el principio y porque sí ...)
Para decir la primavera,
para decirla toda, muchas veces,
subo entonces por fin: tomo el camino
también azul y fuerte 
de los acantilados. Y escucho en mi subir
una respiración que reconozco,
el aire sin final de lo que viene: luz
de la tarde bañando los almendros,
mostrando abiertamente
toda la plenitud de su caída.
Saludaré al asfódelo primero
y seguiré seguro mi camino hacia el árbol
transparente y fecundo,
hacia el árbol que sé, que yo recuerdo,
siempre lleno de estrellas,
porque es el árbol siempre que está arriba.
Todo lo que hay en él me pertenece:
ramas, cortezas, animales, frutos,
muerte y resurrección,
principalmente las raíces,
pero también el sol de mediodía
que lo calcinará... No me detengo
hasta llegar a él,
aunque me asomo muchas veces
a nuevos precipicios,
voy buscando una altura, un horizonte
oscuro y vertical que me recuerde
la salida primera,
la que yo digo andando todavía
hacia el bosque total,
y la palabra que vuela por el aire
y ya no vuelve.

            De Libro de los trazados, 2005


Cinco partes, cinco poemas largos y unitarios, conforman el Libro de los trazados, una obra en la que confluyen el romanticismo, el simbolismo y la mística para dibujar magistralmente el trayecto de un aprendizaje y una aceptación. El libro se inicia con "La subida", un ascenso por el bosque persiguiendo aprehender la celebración que es la primavera, en una reinterpretación de la misma como estación última, como conquista final. Se trata de una escalada real, pero también de una progresión simbólica, espiritual.  La segunda parte, "Taller de paisajistas", esconde bajo sus lecciones de pintura toda una poética: cómo el arte consigue acceder a los secretos de la naturaleza. La tercera composición, "Curva en el camino del bosque" es una elegía por la hermana muerta y una reflexión sobre el dolor, en ella el recorrido por la naturaleza es también una forma de consuelo. En "Voces para una danza infinita" se produce una identificación panteísta entre el alma y la naturaleza, representada por la noche y la lluvia. "El río", la última parte, le descubre al sujeto una aceptación y la sabiduría, entre la desolación y la promesa.

De "La subida", un poema de casi 400 versos, ha escrito Francisco Díaz de Castro en El Cultural (16/06/2005):
"La subida", mi preferido, es uno de esos raros poemas alcanzados por la gracia poética, que no necesitan raras invenciones ni hermetismos para decirnos la grandeza de nuestra limitación y transmitirnos, al tiempo, la grandeza de seguir, aquí y ahora. La grandeza de ese ascenso hasta la cumbre de los acantilados por el camino del bosque, constelado de aromas, sonidos, colores y presencias, presenta al paseante solitario en pos de su  decir mejor la primavera como culminación, como estación última, si no total -el mejor Juan Ramón Jiménez no anda lejos de estos versos-, de un diálogo interminable con el árbol, el pájaro, la flor, el mar, el cielo, la altura y el abismo, símbolos sencillos de una materialidad que, para el poeta, exige perseguir la trascendencia, "lo que existe después de lo que existe", "el lugar de la palabra sí" y de su secreto sacrificio, "la salida transparente". Poema memorable, que vale, casi, por toda una trayectoria.

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