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domingo, 29 de abril de 2018

"Cuando era primavera en España... ", de Emilio Prados


Cerezo en flor, valle del Jerte



          

Cuando era primavera en España:
frente al mar los espejos
rompían sus barandillas
y el jazmín agrandaba
su diminuta estrella
hasta cumplir el límite
de su aroma en la noche...
¡Cuando era primavera!

Cuando era primavera en España:
junto a la orilla de los ríos,
las grandes mariposas de la luna
fecundaban los cuerpos desnudos
de las muchachas,
y los nardos crecían silenciosos
dentro del corazón
hasta taparnos la garganta...
¡Cuando era primavera!

Cuando era primavera en España:
todas las playas convergían en un anillo
y el mar soñaba entonces,
como el ojo de un pez sobre la arena,
frente a un cielo más limpio
que la paz de una nave, sin viento, en su pupila.
¡Cuando era primavera!

Cuando era primavera en España:
los olivos temblaban
adormecidos bajo la sangre azul del día,
mientras que el sol rodaba
desde la piel tan limpia de los toros
al terrón en barbecho*
recién movido por la lengua caliente de la azada...
¡Cuando era primavera!

Cuando era primavera en España:
los cerezos en flor
se clavaban de un golpe contra el sueño
y los labios crecían,
como la espuma en celo de una aurora,
hasta dejarnos nuestro cuerpo a su espalda,
igual que el agua humilde
de un arroyo que empieza...
¡Cuando era primavera!

Cuando era primavera en España:
todos los hombres desnudaban su muerte
y se tendían  juntos sobre la tierra,
hasta olvidarse el tiempo
y el corazón tan débil por el que ardían...
¡Cuando era primavera!

Cuando era primavera en España:
yo buscaba en el cielo,
yo buscaba
las huellas tan antiguas
de mis primeras lágrimas,
y todas las estrellas levantaban mi cuerpo
siempre tendido en una misma arena.
al igual que el perfume tan lento,
nocturno, de las magnolias...
¡Cuando era primavera!

Pero, ¡ay!, tan sólo
¡cuando era primavera en España...
Solamente en España
antes, cuando era primavera!


                  De Penumbras I, 1939-1941


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*barbecho: tierra de labrantía que no se siembra durante uno
o más años.

El poeta Emilio Prados
Emilio Prados, poeta español  de la Generación del 27, nació en Málaga en 1899 en el seno de una familia acomodada. En su ciudad pasó los primeros quince años. Allí su abuelo materno, Miguel Such, le inculcó desde la infancia la afición por los libros, y Prados comenzó a frecuentar las tertulias del Café Inglés, donde entró en contacto con jóvenes poetas como Manuel Altolaguirre*, José María Hinojosa, José Moreno Villa o José María Souvirón.

Su enorme interés por la naturaleza lo llevó a Madrid para estudiar Ciencias Naturales. En 1914 obtuvo una plaza en el Grupo de Niños de la Residencia de Estudiantes, internado madrileño donde se aficionó a las lecturas filosóficas y conoció al poeta Juan Ramón Jiménez*, quien determinó en buena medida su dedicación a la poesía. En 1918 se incorporó al grupo universitario de la Residencia,  donde surgió la generación poética del 27 y donde Prados trabó amistad con el círculo formado por Federico García Lorca*, Luis Buñuel, Juan Vicens, Pepín Bello y Salvador Dalí.

En 1921, al agravarse la enfermedad pulmonar que padecía desde niño, tuvo que pasar una
Blanca Nagel
larga temporada en el Waldsanatorium de Davos-Platz (Suiza), famoso por ser el escenario de La montaña mágica, de Thomas Mann. Este periodo de convalecencia le sirvió para descubrir a los principales autores de la literatura europea y para consolidar su vocación de escritor. De regreso a Madrid, tuvo noticia del enlace de Blanca Nagel, inspiradora de sus primeras composiciones, con el hermano de José María Hinojosa. En 1922 se trasladó a Alemania para asistir a  un curso de filosofía en la universidad de Friburgo, desde allí viajó por Alemania y llegó a París, donde conoció a Picasso y a otros pintores españoles.


Tras regresar a Málaga en 1924, en la imprenta Sur, que recibió de su padre, publicó junto a Manuel Altolaguirre la revista Litoral (1926-1929), uno de los principales órganos de difusión de la poesía española y de las vanguardias en todos los campos artísticos,  y libros fundamentales de sus compañeros de generación. Fue uno de los pocos componentes de su grupo que se negó a participar en los homenajes a Góngora.

Con la llegada de la II República sus ideas políticas se radicalizaron, participó en la fundación del sindicato de tipógrafos de Málaga y escribió poesía revolucionaria. Al estallar la Guerra Civil, abandonó su ciudad, alarmado por el clima de violencia reinante. Durante la guerra, que pasó en Madrid, Valencia y Barcelona, desarrolló una intensa actividad: firmó el Manifiesto de Intelectuales Antifascistas,  visitó los frentes, participó en programas de radio, colaboró en la revista Hora de España y en la recopilación del Romancero general de la guerra de España. En 1938 recibió el Premio Nacional de Literatura por Destino fiel, recopilación de su poesía de guerra. Durante el conflicto se forja su amistad con Antonio Machado* y María Zambrano. Cuando en 1939  atravesó la frontera  francesa, llevaba como únicas pertenencias su Biblia de bolsillo y una edición de la Antología, de Gerardo Diego*. Se exilió en México, donde relanzó la revista Litoral y llevó una vida modesta y austera. Pese a sus escasos recursos, en 1942 adoptó al huérfano español Francisco Sala. Falleció en Ciudad de México el 24 de abril de 1962.


En la Residencia de Estudiantes, 1924. De izquierda a derecha,
Louis Eaton-Daniel, Juan Cantero, Federico García Lorca,
Emilio Prados y Pepín Bello

La poesía de Emilio Prados, que muestra desde sus inicios un alto nivel de exigencia estética, constituyó una incógnita de la literatura española hasta la publicación en 1975 de su obra poética completa, cuya mayor parte estaba inédita. En su producción poética, que, como indica  Arturo Ramoneda,  tiene como tema central la búsqueda de una visión unitaria y armónica del hombre y el cosmos, suelen distinguirse tres etapas. 

Sus primeros libros (Tiempo, 1925; Canciones del farero, 1926; Vuelta, 1927; Misterio del agua, 1926-1927, publicado en 1954, y Cuerpo perseguido, 1927-1928, pero editado en 1946 en México) muestran influencia de Juan Ramón Jiménez,  del neopopularismo andaluz y de la poesía francesa, desde el simbolismo al surrealismo. En ellos, el poeta busca integrarse en la armonía de la naturaleza en un ansia permanente de eternidad. Sus poemas muestran una tendencia a la abstracción y una preferencia por la imagen y la sobriedad expresiva.

En su producción de los años treinta (recogida parcialmente en Llanto subterráneo, 1936; Llanto en la sangre, 1937, y Cancionero menor para combatientes, 1938) se hace más evidente la influencia del surrealismo, del que toma no solo recursos técnicos (versos libres, imágenes visionarias, libertad formal), sino también el compromiso social. La intención social y política, que se acrecienta a partir de la frustrada revolución de los mineros asturianos en octubre de 1934,  se manifiesta también en el predominio de recursos propios de la lírica tradicional (reiteraciones, esquema paralelístico) y en su preferencia por el romance.

En el exilio, su sentimiento de soledad y sus agudas crisis espirituales lo llevan a replegarse sobre sí mismo y a desarrollar una compleja visión panteísta del mundo, en la que se desarrollan las obsesiones de sus primeros libros, como observa Arturo Ramoneda. Su producción de esta tercera etapa destaca por su densidad filosófica y su extraordinaria intensidad emotiva. No faltan en ella el recuerdo y la nostalgia de España, tampoco la meditación sobre el paso del tiempo, la memoria, el conocimiento y la muerte. Pertenecen a este periodo: Memoria del olvido (1940), Mínima muerte (1944), Jardín cerrado (1946), Río natural (1957), Circuncisión del sueño (1957) y La piedra escrita (1961). Jardín cerrado, construido a partir del símbolo místico de la noche y en el que el recuerdo de san Juan de la Cruz* es permanente, representa la culminación del primer periodo del exilio. En él, su cuerpo, "jardín cerrado", rompe sus límites y se funde con un Dios que, como en las tradiciones panteístas, se proyecta en todas las cosas. Sus siguientes obras alcanzan una hondura metafísica solo comparable en la poesía española a la última lírica de Juan Ramón.


En el poema elegido, compuesto en 1941,  expresa la nostalgia por una patria  y un tiempo históricos perdidos para siempre.


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-San Juan de la Cruz:

[Foto inicial: Blogs hoy.es]

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